Manuel Acuña

Manuel Acuña

1849–1873 · vivió 24 años -- --

Manuel Acuña fue un poeta mexicano considerado una de las figuras más representativas del Romanticismo en su país. Su obra, marcada por una profunda melancolía y una sensibilidad exacerbada, aborda temas como el amor no correspondido, la fugacidad de la vida y la muerte. A pesar de su corta existencia, dejó una huella imborrable en la literatura mexicana, siendo recordado por su fervor romántico y su trágica vida.

n. 1849-08-27, Saltillo · m. 1873-12-06, Cidade do México

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A Un Arroyo

A UN ARROYO

A mi hermano Juan de Dios Peza


Cuando todo era flores tu camino,

cuando todo era pájaros tu ambiente,

cediendo de tu curso a la pendiente

todo era en ti fugaz y repentino.

Vino el invierno con sus nieblas, vino

el hielo que hoy estanca tu corriente,

y en situación tan triste y diferente

ni aún un pálido sol te da el destino.

Y así en la vida el incesante vuelo

mientras que todo es ilusión, avanza

en sólo una hora cuanto mide un cielo.

Y cuando el duelo asoma en lontananza

entonces como tú cambiada en hielo

no puede reflejar ni la esperanza.

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Biografía

Identificación y contexto básico

Manuel Acuña es uno de los poetas más emblemáticos del Romanticismo mexicano. Su obra se caracteriza por una profunda introspección, el tratamiento del amor idealizado y la melancolía.

Infancia y formación

Nació en el seno de una familia acomodada. Su educación estuvo marcada por una notable inteligencia y una temprana inclinación hacia la literatura. Estudió medicina, profesión que ejercería de forma intermitente.

Trayectoria literaria

Su carrera literaria comenzó con la publicación de poemas en diversas revistas de la época. Su obra cumbre, "El pasado", le valió un gran reconocimiento.

Obra, estilo y características literarias

La poesía de Acuña es eminentemente romántica, con un fuerte componente lírico y emocional. Sus temas predilectos son el amor, la muerte, la fugacidad del tiempo y la desesperanza. Utilizó un lenguaje cuidado y una métrica tradicional, pero infundida de una intensa subjetividad.

Contexto cultural e histórico

Vivió en una época de importantes cambios en México, marcada por la inestabilidad política y la búsqueda de una identidad nacional. El Romanticismo era el movimiento literario dominante, y Acuña se convirtió en uno de sus principales exponentes.

Vida personal

Su vida estuvo signada por una profunda melancolía y desengaños amorosos, que se reflejan en su obra. La enfermedad y la precariedad económica también marcaron su existencia.

Reconocimiento y recepción

En vida, Acuña gozó de un considerable reconocimiento por parte de sus contemporáneos. Su obra fue celebrada por su lirismo y su capacidad para expresar los sentimientos de una generación.

Influencias y legado

Fue influenciado por poetas románticos europeos como Lord Byron y Alfred de Musset. Su legado reside en su contribución a la consolidación del Romanticismo en México y en la profunda huella que dejó en la poesía posterior por su emotividad y su estilo.

Interpretación y análisis crítico

La obra de Acuña ha sido interpretada como un reflejo de las tensiones del individuo romántico frente a la realidad, de la búsqueda de ideales inalcanzables y de la confrontación con la finitud de la existencia.

Infancia y formación

Acuña mantuvo una relación epistolar con otros escritores importantes de su tiempo. Su dedicación a la medicina coexistió con su fervor poético.

Muerte y memoria

Falleció de forma prematura, dejando una obra que, a pesar de su brevedad, perdura en la memoria literaria de México. Su figura se convirtió en un símbolo del poeta romántico por excelencia.

Poemas

17

La Ausencia Del Olvido

LA AUSENCIA DEL OLVIDO
DOLORA

A Lola


Iba llorando la Ausencia

con el semblante abatido

cuando se encontró en presencia

del Olvido,

que al ver su faz marchitada,

le dijo con voz turbada:

sin colores,

—«Ya no llores niña bella,

ya no llores,

que si tu contraria estrella

te oprime incansable y ruda,

yo te prometo mi ayuda

contra tu mal y contra ella».

Oyó la Ausencia llorando

la propuesta cariñosa,

y los ojos enjugando

ruborosa,

—«Admito desde el momento,

buen anciano»

—le dijo con dulce acento—

«admito lo que me ofreces

y que en vano

he buscado tantas veces,

yo que triste y sin ventura,

la copa de la amargura

he apurado hasta las heces».

Desde entonces, Lola bella,

cariñosa y anhelante

vive el Olvido con ella,

siempre amante;

y la Ausencia ya ni gime,

ni doliente

recuerda el mal que la oprime;

que un amor ha concebido

tan ardiente

por el anciano querido,

que si sus penas resiste,

suspira y llora muy triste

cuando la deja el Olvido.

1.615

Adiós

ADIÓS

A...


Después de que el destino

me ha hundido en las congojas

del árbol que se muere

crujiendo de dolor,

truncando una por una

las flores y las hojas

que al beso de los cielos

brotaron de mi amor.

Después de que mis ramas

se han roto bajo el peso

de tanta y tanta nieve

cayendo sin cesar,

y que mi ardiente savia

se ha helado con el beso

que el ángel del invierno

me dio al atravesar.

Después... es necesario

que tú tambien te alejes

en pos de otras florestas

y de otro cielo en pos;

que te alces de tu nido,

que te alces y me dejes

sin escuchar mis ruegos

y sin decirme adiós.

Yo estaba solo y triste

cuando la noche te hizo

plegar las blancas alas

para acogerte a mí,

entonces mi ramaje

doliente y enfermizo

brotó sus flores todas

tan solo para ti.

En ellas te hice el nido

risueño en que dormías

de amor y de ventura

temblando en su vaivén,

y en él te hallaban siempre

las noches y los días

feliz con mi cariño

y amándote también...

¡Ah! nunca en mis delirios

creí que fuera eterno

el sol de aquellas horas

de encanto y frenesí;

pero jamás tampoco

que el soplo del invierno

llegara entre tus cantos,

y hallándote tú aquí...

Es fuerza que te alejes...

rompiéndome en astillas;

ya siento entre mis ramas

crujir el huracán,

y heladas y temblando

mis hojas amarillas

se arrancan y vacilan

y vuelan y se van...

Adiós, paloma blanca

que huyendo de la nieve

te vas a otras regiones

y dejas tu árbol fiel;

mañana que termine

mi vida oscura y breve

ya solo tus recuerdos

palpitarán sobre él.

Es fuerza que te alejes

del cántico y del nido

tu sabes bien la historia

paloma que te vas...

El nido es el recuerdo

y el cántico el olvido,

el árbol es el siempre

y el ave es el jamás.

Adiós mientras que puedes

oír bajo este cielo

el último ¡ay! del himno

cantado por los dos...

Te vas y ya levantas

el ímpetu y el vuelo,

te vas y ya me dejas,

¡paloma, adiós, adiós!

1.079

Oda

Leída en la sesión que el Liceo Hidalgo celebró en
honor de Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda.


De los tres cielos que recorre el hombre

de la existencia en la medida impía,

cuando la gloria me enseñó tu nombre

yo estaba en el primero todavía.

La pena que del pecho

hasta el abismo lóbrego desciende,

y del cadáver de un amor deshecho

finge flotando en derredor del lecho

la aparición bellísima de un duende;

la sombra a cuyo peso aborrecido

muere el placer y el alma se acobarda,

tratando de evocar en el olvido

el recuerdo dulcísimo y querido

de los besos del ángel de la guarda;

todo eso que en la frente

deja un sello de luto y desconsuelo,

cuando en el alma pálida y doliente

no queda ni la fe. que es del creyente

la última golondrina que alza el vuelo,

todo eso que de noche

baja hasta el corazón como una sombra,

y que terrible y sin piedad ninguna,

sus ilusiones todas despedaza,

aún no era sobre el cielo de mi cuna,

ni la pálida nube que importuna

se levanta enseñando la amenaza.

Dichoso con la dulce indiferencia

del que al amor de su callado asilo

ha vivido a la luz de la inocencia,

acostumbrado a ver en la existencia

la imagen de un azul siempre tranquilo,

yo entonces ignoraba

que, más allá de aquel humilde techo

que sus caricias y su amor me daba,

clamando al cielo y suspirando en vano

desde el rincón sin luz de la vigilia,

hubiera en otro hogar una familia

de la que yo también era un hermano...

Mi amor no sospechaba que existiera

más ilusión, ni cariñoso exceso,

que la mirada dulce y hechicera

de la santa mujer que la primera

nos anuncia a la vida con un beso...

Y hasta que al ducle y mágico sonido

del arpa que temblaba entre tus manos,

dejé mi rama, abandoné mi nido

y te segué hasta ese árbol bendecido,

donde todos los nidos son hermanos,

fue cuando despertando de la calma

en que flotaba la existencia mía,

sentí asomar en lo íntimo de mi alma

algo como la luz de un nuevo día.

Tu voz fue la primera

que me habló en la dulzura de ese idioma

que canta como canta la paloma

y gime como gime la palmera...

las cuerdas de tu lira,

como la voz de la primera alondra

que llama a las demás y las despierta,

fueron las que al arrullo de tu acento

sonaron sobre mi alma estremecida,

como si siendo un pájaro la vida

quisieran despertarlo al sentimiento...

Tu nombre va ligado en mi cariño

con los recuerdos santos y amorosos

de mis tiempos de niño,

con los placeres dulces y sabrosos

de esa época sonriente,

en la que es cada instante una promesa

y en la que el ángel de la fe aún no besa

las primeras arrugas de la frente;

tu nombre es la memoria

del pueblo y del hogar adonde un día

fue a estremecerse el eco de tu gloria

y el trino arrullador de tu poesía;

la evocación de todo lo más santo

en medio de mis noches desmayadas,

que aún tiemblan a las dulces campanadas,

de aquellas horas en que amaba tanto...

Y así, cuando yo supe

que abandonada a tu dolor morías,

y que en tu muda y lánguida tristeza

renunciabas a ver junto a tu lecho,

quien, al rodar sin vida tu cabeza,

recogiera el laurel de tu grandeza

y el último sollozo de tu pecho;

cuando yo supe que en la huesa insana

te inclinabas por fin pálida y sola,

sin que el adiós de tu alma soberana

se enlutara la cítara cubana,

ni gimiera la cítara española;

al darte mis adioses, los adioses

de la eterna y postrera despedida,

sentí que algo de triste sollozaba

de mi dolor en el oscuro abismo,

y que tu sombra que flotaba arriba,

al extinguirse y al borrarse se iba

llevándose un pedazo de sí mismo,

y entonces al poder de los recuerdos,

borrando la distancia,

tendí mis alas hacia el nido blando

de los primeros sueños de la infancia;

llegué al rincón modesto

donde tus dulces páginas leía,

a la fe y al amor siempre dispuesto,

y allí de pie frente a la blanca cuna

donde en sus flores me envolvió el destino,

busqué en su fondo alguna

que aún no cerrara su oloroso broche,

y en él hallé dormida,

esta con la que el alma agradecida

viene a aromar las sombras de la noche.

Deuda en mi cariño

contraje desde niño con tu nombre,

esa flor es el cántico del niño

mezclada con las lágrimas del hombre;

esta flor es el fruto de aquel germen

que derramaste en mi niñez dichosa,

y que al rodar sobre la humilde fosa

donde tus restos duermen,

entre sus piedras ásperas se arraiga

recogiendo su jugo en tus cenizas,

y esperando en su cáliz a que caiga

la gota de los cielos que le traiga

la esencia y el amor de tus sonrisas.

898

Nocturno

NOCTURNO

A Rosario


¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,

decirte que te quiero con todo el corazón;

que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro,

que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro,

te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.

Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días

estoy enfermo y pálido de tanto no dormir;

que están mis noches negras, tan negras y sombrías,

que ya se han muerto todas las esperanzas mías,

que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir.

De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada

y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver,

camino mucho, mucho, y al fin de la jornada,

las formas de mi madre se pierden en la nada,

y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.

Comprendo que tus besos jamás han de ser míos,

comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás;

y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos,

bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos,

y en vez de amarte menos te quiero mucho más.

A veces pienso en darte mi eterna despedida,

borrarte en mis recuerdos y huir de esta pasión;

mas si es en vano todo y el alma no te olvida,

¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida,

qué quieres tú que yo haga con este corazón?

Y luego que ya estaba concluido el santuario,

tu lámpara encendida, tu velo en el altar,

el sol de la mañana detrás del campanario,

chispeando las antorchas, humeando el incensario,

y abierta allá a lo lejos la puerta del hogar...

¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo,

los dos unidos siempre y amándonos los dos;

tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho,

los dos una sola alma, los dos un solo pecho,

y en medio de nosotros mi madre como un Dios!

¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida!

¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así!

Y yo soñaba en eso, mi santa prometida;

y al delirar en eso con alma estremecida,

pensaba yo en ser bueno por ti, no más por ti.

Bien sabe Dios que ese era mi más hermoso sueño,

mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer;

¡bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño,

sino en amarte mucho en el hogar risueño

que me envolvió en sus besos cuando me vio nacer!

Esa era mi esperanza... mas ya que a sus fulgores

se opone el hondo abismo que existe entre los dos,

¡adiós por la vez última, amor de mis amores;

la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores;

mi lira de poeta,mi juventud, adiós!

1.796

A La Patria

A LA PATRIA

Composición recitada por una niña en Tacubaya de los Mártires,
el 11 de septiembre de 1873.


Ante el recuerdo bendito

de aquella noche sagrada

en que la patria alherrojada

rompió al fin su esclavitud;

ante la dulce memoria

de aquella hora y de aquel día,

yo siento que en el alma mía

canta algo como un laúd.

Yo siento que brota en flores

el huerto de mi ternura,

que tiembla entre su espesura

la estrofa de una canción;

y al sonoroso y ardiente

murmurar de cada nota,

siendo algo grande que brota

dentro de mi corazón.

¡Bendita noche de gloria

que así mi espíritu agitas,

bendita entre benditas

noche de la libertad!

Hora del triunfo en que el pueblo

vio al fin en su omnipotencia,

al sol de la independencia

rompiendo la oscuridad.

Yo te amo... y al acercarme

ante este altar de victoria

donde la patria y la historia

contemplan nuestro placer,

yo vengo a unir al tributo

que en darte el pueblo se afana

mi canto de mexicana,

mi corazón de mujer.

1.685

Nada Sobre Nada

Poesía leída en la velada literaria que celebró la
Sociedad "El Porvenir" la noche del 3 de mayo de 1873.


Pues, señor, dije yo, ya que es preciso

puesto que así lo han dicho en el programa,

que rompa ya la bendecida prosa

que preparado para el caso había,

y que escriba en vez de ella alguna cosa

así, que parezca poesía,

pongámonos al punto,

ya que es forzoso y necesario, en obra,

sin preocuparnos mucho del asunto,

porque al fin el asunto es lo que sobra.

Así dije, y tomando

no el arpa ni la lira,

que la lira y el arpa

no pasan hoy de ser una mentira,

sino una pluma de ave

con la que escribo yo generalmente,

violenté las arrugas de mi frente

hasta ponerla cejijunta y grave

y pensando en mi novia, en la adorada

por quien suspiro y lloro sin sosiego,

mojé mi pluma en el tintero, y luego

puse ocho letras: «A mi amada».

Su retrato, un retrato

firmado por Valleto y compañía,

se alzaba junto a mí plácido y grato,

mostrándome las gracias y recato

que tanto adonran a la amada mía;

y como el verlo sólo

basta para que mi alma se emocione,

que Apolo me perdone

si, dije aquí que me sentí un Apolo.

Ella no es una rosa

ni un ser ideal, ni cosa que lo valga;

pero en verso o en prosa

no seré yo el estúpido que salga

con que mi novia es fea,

cuando puedo decir que es muy hermosa

por más que ni ella misma me lo crea;

así es que en mi pintura

hecha en rasgos por cierto no muy fieles,

aumenté de tal modo su hermosura

que casi resultaba una figura

digna de ser pintada por Apeles.

Después de dibujarla como he dicho,

faltando a la verdad por el capricho,

iba yo a colocar el fondo negro

de su alma inexorable y desdeñosa,

cuando al hacerlo me ocurrió una cosa

que hundió mi plan, y de lo cual me alegro;

porque, en último caso,

como pensaba yo entre las paredes

de mi cuarto sombrío,

¿qué les importa a ustedes

que mi amada me niegue sus mercedes,

ni que yo tenga el corazón vacío?

Si mi vida vegeta en la tristeza

y el yugo del dolor ya no soporta,

caeré de referirlo en la simpleza

para que alguien me diga en su franqueza:

«¡¿si viera usted que a mí nada me importa?!»

No, de seguro, que antes

prefiero verme loco por tres días,

que imitar a ese eterno Jeremías

que se llama el señor de Cervantes.

Y convencido de esto,

ya que era conveniente y necesario,

borré el título puesto,

y buscando a mi lira otro pretexto

escrbí este otro título: «El santuario».

¡El santuario!... exclamé; pero y ¿qué cosa

puedo decir de nuevo sobre el caso,

cuando en cada volumen de poesías,

en versos unos malos y otros buenos,

sobre templos, santuarios y abadías?

Para entonar sobre esto mis cantares,

a más de que el asunto vale poco,

¿Qué entiendo yo de claustros ni de altares,

ni que sé yo de sacristán tampoco?

No, en la naturaleza

hay asuntos más dignos y mejores,

y más llenos de encantos y de belleza,

y que he de escribir, haré una pieza

que se llame: Los prados y las flores.

Hablaré de la incauta mariposa

que en incesante y atrevido vuelo,

ya abandona el cielo por la rosa;

ya abandona la rosa por el cielo,

del insecto pintado y sorprendente

que de esconderse entre las hierbas trata,

y de el ave inocente que lo mata,

lo cual prueba que no es tan inocente;

hablaré... pero y luego que haya hablado

sacando a luz el boquirrubio Febo,

me pregunto, señor, ¿qué habré ganado,

si al hacerlo no digo nada nuevo?...

Con que si esto tampoco es un asunto

digno de preocuparme una sola hora,

dejemos sus inútiles detalles,

ya que no hay ni un señor ni una señora

que no sepa muy bien lo que es la aurora

y lo que son las flores y los valles...

Coloquemos a un lado estas materias

que valen tan poco para el caso,

y pues esto se ofrece a cada paso

hablemos de la vida y sus miserias.

Empezaré diciendo desde luego,

que no hay virtud, creencias ni ilusiones;

que en criminal y estúpido sosiego

ya no late la fe en los corazones;

que el hombre imbécil, a la gloria ciego,

sólo piensa en el oro y los doblones,

y concluiré en estilo gemebundo:

¡Que haya un cadáver más qué importa al mundo!

Y me puse a escribir, y así en efecto,

lo hice en ciento cincuenta octavas reales,

cuyo único defecto,

como se ve por lo que dicho queda,

era que en vez de ser originales

no pasaba de un plagio de Espronceda.

Como era fuerza, las rompí en el acto

desesperado de mi triste suerte,

viendo por fin que en esto de poesía

no hay un solo argumento ni una idea

que no peque de fútil, o no sea

tan vieja como el pan de cada día.

En situación tan triste

y estando la hora ya tan avanzada,

¿qué hago, dije yo, para salvarme

de este grave y horrible compromiso,

cuando ningún asunto puede darme

ni siquiera un adarme

de novedad, de encanto, o de un hechizo?

¿Hablaré de la guerra y de la gente

que enardecida de las cumbres baja

desafiando al contrario frente a frente,

y habré de convertirme en un valiente,

yo que nunca he empuñado una navaja?

No, señor, aunque estudio medicina

y pertenezco a esa importante clase

que no hay pueblo y lugar en donde no pase

por ser la mas horrible y asesina,

aparte de que en esto hay poco cierto,

como lo prueba y mucho la experiencia,

yo, a lo menos hasta hoy, me hallo a cubierto

de que se alce la sombra de algún muerto

a turbar la quietud de mi conciencia.

Sobre los libros santos, se podría

con meditar y con plagiar un poco,

arreglar o escribir una poesía;

pero ni esto es muy fácil en un día

ni para hablar sobre esto estoy tampoco;

porque en fiestas como esta,

donde el saber está en su templo,

salir con el Diluvio, por ejemplo,

fuera casi querer aguar la fiesta;

y como yo no quiero que se diga

que he venido a tal cosa,

ya que en mi numen agotado me hallo

el asunto y el plan a que yo aspiro

rompo mi humilde cítara, me callo,

y con perdón de ustedes me retiro.

887

Pobre Flor

—«¿Por qué te miro así tan abatida,
pobre flor?
¿En dónde están las galas de tu vida
y el color?

»Dime, ¿por qué tan triste te consumes,
dulce bien?»
—«¿Quién?, ¡el delirio devorante y loco
de un amor,
que me fue consumiendo poco a poco
de dolor!
Porque amando con toda la ternura
de la fe,
a mí no quiso amarme la criatura
que yo amé.

»Y por eso sin galas me marchito
triste aquí,
siempre llorando en mi dolor maldito,
¡Siempre así!»—
¡Habló la flor!...
Yo gemí... era igual a la memoria
de mi amor.
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