Miguel Hernández

Miguel Hernández

1910–1942 · vivió 31 años ES ES

Miguel Hernández Gilabert fue un poeta español, conocido como el "poeta del pueblo" o el "poeta de la lluvia". Su obra, marcada por una profunda conexión con la tierra y el pueblo, evolucionó desde un neogótico y barroquismo iniciales hasta un compromiso social y político cada vez más explícito, especialmente durante la Guerra Civil Española. Su poesía, de gran fuerza expresiva y emotividad, aborda temas como el amor, la muerte, la injusticia y la esperanza, con un lenguaje directo y visceral que conecta profundamente con el lector. Su trágica vida y su temprana muerte en prisión lo convirtieron en un símbolo de la resistencia y la memoria de la Guerra Civil.

n. 1910-10-30, Orihuela · m. 1942-03-28, Alicante

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No Puedo Olvidar

No puedo olvidar
que no tengo alas,
que no tengo mar,
vereda ni nada
con que irte a besar.
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Biografía

Identificación y contexto básico

Miguel Hernández Gilabert fue un poeta español, nacido en Orihuela, Alicante. Es considerado una de las figuras más importantes de la Generación del 27 y un poeta de gran calado social. Su vida estuvo marcada por la Guerra Civil Española, que truncó su carrera literaria y su existencia.

Infancia y formación

Nacido en el seno de una familia humilde de pastores, la infancia de Hernández estuvo ligada al campo y al trabajo. Recibió una educación básica, pero su verdadera formación fue autodidacta, alimentada por su amor a la lectura, especialmente de los clásicos de la literatura española y de los poetas del Siglo de Oro. Su contacto temprano con la naturaleza y la vida rural marcó profundamente su obra.

Trayectoria literaria

Comenzó a escribir poesía en su juventud, inicialmente influenciado por el neogótico y el barroco. Su primer libro publicado fue "Perito en lunas" (1933). Con el tiempo, su poesía fue evolucionando hacia un tono más personal y comprometido, especialmente tras su traslado a Madrid y su contacto con el ambiente intelectual y político de la época. La Guerra Civil marcó un punto de inflexión en su obra, dotándola de un fuerte carácter testimonial y de denuncia social. Escribió "Viento del pueblo" y "Cancionero y romancero de ausencias" en circunstancias difíciles.

Obra, estilo y características literarias

La obra de Hernández abarca desde el neogoticismo y el barroquismo de sus inicios hasta una poesía de corte social y existencial de gran fuerza lírica. Sus temas recurrentes son el amor (a la mujer, a la patria, a la vida), la muerte, la injusticia, la lucha del pueblo y la esperanza. Su estilo se caracteriza por un lenguaje directo, apasionado y a menudo desgarrado, con una gran musicalidad y un uso magistral de la metáfora y la imagen. Es conocido por su capacidad para conjugar la profundidad lírica con un compromiso ético y social inquebrantable. Utilizó tanto formas tradicionales como el verso libre, adaptándose a la intensidad de sus sentimientos y a la urgencia de sus mensajes.

Contexto cultural e histórico

Miguel Hernández es una figura central de la Generación del 27, aunque su producción poética se extiende más allá de los límites cronológicos del grupo. Vivió intensamente la convulsa España de los años 30 y la Guerra Civil, acontecimientos que impregnaron su obra de un profundo sentido de compromiso y denuncia. Sus amistades y colaboraciones con otros intelectuales y artistas de la época, como Neruda, Alberti y Lorca, son testimonio de su activa participación en el panorama cultural y político de su tiempo.

Vida personal

La vida de Miguel Hernández estuvo marcada por la precariedad económica y la lucha constante. Fue pastor, minero y viajó por España en diversas circunstancias. Su compromiso político lo llevó a alistarse en el bando republicano durante la Guerra Civil. Su relación amorosa con Josefina Manresa fue una fuente de inspiración fundamental en su obra, especialmente en sus poemas de amor y en "Cancionero y romancero de ausencias", dedicado a su hijo.

Reconocimiento y recepción

Aunque en vida gozó de un notable reconocimiento entre sus pares y de parte de la crítica, su figura y obra alcanzaron una dimensión mítica tras su muerte. Se le considera uno de los poetas españoles más importantes del siglo XX, y su poesía ha sido traducida a numerosos idiomas, ganando una amplia proyección internacional. Su compromiso y su trágico final lo convirtieron en un símbolo de la memoria histórica.

Influencias y legado

Influenciado por Garcilaso, Góngora, Lope de Vega y los poetas de su generación, Miguel Hernández legó una obra de gran valor lírico y testimonial. Su influencia se extiende a numerosas generaciones de poetas y escritores que admiran su autenticidad, su fuerza expresiva y su profundo humanismo. Su poesía sigue resonando por su capacidad para expresar las emociones humanas más universales y por su defensa de la libertad y la justicia.

Interpretación y análisis crítico

La obra de Hernández es objeto de continuos estudios que analizan su evolución estilística, su compromiso social y la universalidad de sus temas. Se destaca su capacidad para aunar la expresión de lo íntimo con la denuncia de lo colectivo, y su profunda humanidad.

Infancia y formación

Una anécdota curiosa es que, a pesar de su formación autodidacta, Miguel Hernández poseía un conocimiento extraordinario de la literatura clásica española. Su faceta de hombre de pueblo, de pastor, le otorgó una conexión única con las realidades más básicas de la vida.

Muerte y memoria

Miguel Hernández murió el 28 de marzo de 1942 en la enfermería de la prisión de Alicante, a causa de la tuberculosis y las pésimas condiciones carcelarias. Su muerte fue un duro golpe para la cultura española y latinoamericana. Sus obras han sido publicadas y reeditadas en múltiples ocasiones, y su figura es recordada y homenajeada constantemente como un símbolo de la poesía comprometida y de la memoria histórica.

Poemas

93

Vientos Del Pueblo Me Llevan

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
554

Elegía Primera

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,

y en traje de cañón, las parameras

donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,

y llueve sal, y esparce calaveras.

Verdura de las eras,

¿qué tiempo prevalece la alegría?

El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas

y hace brotar la sombra más sombría.

El dolor y su manto

vienen una vez más a nuestro encuentro.

Y una vez más al callejón del llanto

lluviosamente entro.

Siempre me veo dentro

de esta sombra de acíbar revocada,

amasado con ojos y bordones,

que un candil de agonía tiene puesto a la entrada

y un rabioso collar de corazones.

Llorar dentro de un pozo,

en la misma raíz desconsolada

del agua, del sollozo,

del corazón quisiera:

donde nadie me viera la voz ni la mirada,

ni restos de mis lágrimas me viera.

Entro despacio, se me cae la frente

despacio, el corazón se me desgarra

despacio, y despaciosa y negramente

vuelvo a llorar al pie de una guitarra.

Entre todos los muertos de elegía,

sin olvidar el eco de ninguno,

por haber resonado más en el alma mía,

la mano de mi llanto escoge uno.

Federico García

hasta ayer se llamó: polvo se llama.

Ayer tuvo un espacio bajo el día

que hoy el hoyo le da bajo la grama.

¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!

Tu agitada alegría,

que agitaba columnas y alfileres,

de tus dientes arrancas y sacudes,

y ya te pones triste, y sólo quieres

ya el paraíso de los ataúdes.

Vestido de esqueleto,

durmiéndote de plomo,

de indiferencia armado y de respeto,

te veo entre tus cejas si me asomo.

Se ha llevado tu vida de palomo,

que ceñía de espuma

y de arrullos el cielo y las ventanas,

como un raudal de pluma

el viento que se lleva las semanas.

Primo de las manzanas,

no podrá con tu savia la carcoma,

no podrá con tu muerte la lengua del gusano,

y para dar salud fiera a su poma

elegirá tus huesos el manzano.

Cegado el manantial de tu saliva,

hijo de la paloma,

nieto del ruiseñor y de la oliva:

serás, mientras la tierra vaya y vuelva,

esposo siempre de la siempreviva,

estiércol padre de la madreselva.

¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,

pero qué injustamente arrebatada!

No sabe andar despacio, y acuchilla

cuando menos se espera su turbia cuchillada.

Tú, el más firme edificio, destruido,

tú, el gavilán más alto, desplomado,

tú, el más grande rugido,

callado, y más callado, y más callado.

Caiga tu alegre sangre de granado,

como un derrumbamiento de martillos feroces,

sobre quien te detuvo mortalmente.

Salivazos y hoces

caigan sobre la mancha de su frente.

Muere un poeta y la creación se siente

herida y moribunda en las entrañas.

Un cósmico temblor de escalofríos

mueve temiblemente las montañas,

un resplandor de muerte la matriz de los ríos.

Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos,

veo un bosque de ojos nunca enjutos,

avenidas de lágrimas y mantos:

y en torbellino de hojas y de vientos,

lutos tras otros lutos y otros lutos,

llantos tras otros llantos y otros llantos.

No aventarán, no arrastrarán tus huesos,

volcán de arrope, trueno de panales,

poeta entretejido, dulce, amargo,

que al calor de los besos

sentiste, entre dos largas hileras de puñales,

largo amor, muerte larga, fuego largo.

Por hacer a tu muerte compañía,

vienen poblando todos los rincones

del cielo y de la tierra bandadas de armonía,

relámpagos de azules vibraciones.

Crótalos granizados a montones,

batallones de flautas, panderos y gitanos,

ráfagas de abejorros y violines,

tormentas de guitarras y pianos,

irrupciones de trompas y clarines.

Pero el silencio puede más que tanto instrumento.

Silencioso, desierto, polvoriento

en la muerte desierta,

parece que tu lengua, que tu aliento,

los ha cerrado el golpe de una puerta.

Como si paseara con tu sombra,

paseo con la mía

por una tierra que el silencio alfombra,

que el ciprés apetece más sombría.

Rodea mi garganta tu agonía

como un hierro de horca

y pruebo una bebida funeraria.

Tú sabes, Federico García Lorca,

que soy de los que gozan una muerte diaria.

616

Sentado Sobre Los Muertos

Sentado sobre los muertos
que se han callado en dos meses,
beso zapatos vacíos
y empuño rabiosamente
la mano del corazón
y el alma que lo sostiene.

Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.

Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.

Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.

Ayer amaneció el pueblo
desnudo y sin qué comer,
y el día de hoy amanece
justamente aborrascado
y sangriento justamente.
En su mano los fusiles
leones quieren volverse:
para acabar con las fieras
que lo han sido tantas veces.

Aunque le faltan las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
ancho como las paredes.

Canto con la voz de luto,
pueblo de mí, por tus héroes:
tus ansias como las mías,
tus desventuras que tienen
del mismo metal el llanto,
las penas del mismo temple,
y de la misma madera
tu pensamiento y mi frente,
tu corazón y mi sangre,
tu dolor y mis laureles.
Antemuro de la nada
esta vida me parece.

Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.
965

Soneto Final

Por desplumar arcángeles glaciales,
la nevada lilial de esbeltos dientes
es condenada al llanto de las fuentes
y al desconsuelo de los manantiales.

Por difundir su alma en los metales,
por dar el fuego al hierro sus orientes,
al dolor de los yunques inclementes
lo arrastran los herreros torrenciales.

Al doloroso trato de la espina,
al fatal desaliento de la rosa
y a la acción corrosiva de la muerte

arrojado me veo, y tanta ruina
no es por otra desgracia ni por otra cosa
que por quererte y sólo por quererte.
731

Mis Ojos, Sin Tus Ojos, No Son Ojos

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.
704

Por Una Senda Van Los Hortelanos

Por una senda van los hortelanos,
que es la sagrada hora del regreso,
con la sangre injuriada por el peso
de inviernos, primaveras y veranos.

Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
y van a la canción, y van al beso,
y van dejando por el aire impreso
un olor de herramientas y de manos.

Por otra senda yo, por otra senda
que no conduce al beso aunque es la hora,
sino que merodea sin destino.

Bajo su frente trágica y tremenda,
un toro solo en la ribera llora
olvidando que es toro y masculino.
1.032

Elegía

ELEGÍA


(En Orihuela, su pueblo y el mío, se

me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,

con quien tanto quería).


Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento.

a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irán a cada lado

disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

10 de enero de 1936

1.484

Al Derramar Tu Voz Su Mansedumbre

Al derramar tu voz su mansedumbre
de miel bocal, y al puro bamboleo,
en mis terrestres manos el deseo
sus rosas pone al fuego de costumbre.

Exasperado llego hasta la cumbre
de tu pecho de isla, y lo rodeo
de un ambicioso mar y un pataleo
de exasperados pétalos de lumbre.

Pero tú te defiendes con murallas
de mis alteraciones codiciosas
de sumergirte en tierras y océanos.

Por piedra pura, indiferente, callas:
callar de piedra, que otras y otras rosas
me pones y me pones en las manos.
793

Fatiga Tanto Andar Sobre La Arena

Fatiga tanto andar sobre la arena
descorazonadora de un desierto,
tanto vivir en la ciudad de un puerto
si el corazón de barcos no se llena.

Angustia tanto el son de la sirena
oído siempre en un anclado huerto,
tanto la campanada por el muerto
que en el otoño y en la sangre suena,

que un dulce tiburón, que una manada
de inofensivos cuernos recentales,
habitándome días, meses y años,

ilustran mi garganta y mi mirada
de sollozos de todos los metales
y de fieras de todos los tamaños.
695

¿recuerdas Aquel Cuello, Haces Memoria

¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
del privilegio aquel, de aquel aquello
que era, almenadamente blanco y bello,
una almena de nata giratoria?

Recuerdo y no recuerdo aquella historia
de marfil expirado en un cabello,
donde aprendió a ceñir el cisne cuello
y a vocear la nieve transitoria.

Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
de estrangulable hielo femenino
como una lacteada y breve vía.

Y recuerdo aquel beso sin apoyo
que quedó entre mi boca y el camino
de aquel cuello, aquel beso y aquel día.
736

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