Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Nuestro sufrimiento siempre nace del desequilibrio entre nuestros deseos y el funcionamiento real del mundo.
Lo que hace infelices a los ricos no influye en modo alguno sobre el pobre, pues éste nunca ha aprendido a desearlo . La materia para la alegría y el dolor está delimitada entre lo que uno posee y aquello sobre lo que no abrigamos ninguna esperanza.
Me parece que la auténtica razón del respeto que se profesa a la vejez consiste en el hecho de que un anciano ha superado al fin la prueba de una larga vida, preservando su integridad: tal es la condición de todo respeto.
No hay rosa sin espinas, pero sí algunas espinas sin rosas.
La sabiduría que en el hombre se da sin más teóricamente, sin convertirse en práctica, se parece a la exuberante rosa que deleita a los demás a través del color y el olor, pero que declina sin haber dado fruto.
Nada hay más útil para alimentar la paciencia en la vida y para llevar con serenidad los males y a los hombres que un recuerdo budista como el siguiente: «Esto es samsara: el mundo del placer y el deseo, y por ello, el mundo del nacimiento, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte: tal es el mundo que no debería ser». Quisiera prescribir para todos que se repitieran esto con plena conciencia cuatro veces al día 13 .
Sólo es auténticamente feliz quien, en la vida, no quiere la vida, es decir, quien no ambiciona sus bienes. Así la carga se vuelve ligera. Imagínese un peso que descansa sobre apoyos, y a un hombre agazapado en cuclillas bajo él. Si se levanta e intenta sostenerlo, el peso se le vendrá encima: si se aparta de él y se recoge en sí mismo, no sostendrá nada y se sentirá ligero.
Para tener a mano una brújula segura que nos oriente en la vida y verla siempre a la luz adecuada sin errar, nada es más conveniente que habituarse a considerar este mundo como un lugar de penitencia, es decir, como un establecimiento penitenciario, a penal colony 12 .
El tiempo es un mecanismo de nuestro cerebro para dar a la por completo nula existencia de las cosas y de nuestro yo una apariencia de realidad mediante la duración.
Así es precisamente la vida: sólo podemos perseguir seriamente y con fortuna un anhelo, sea placer, honor, riqueza, saber, arte o virtud, cuando renunciamos a cuantas pretensiones nos alejan del mismo. Por eso, justamente, ni el mero querer ni el mero poder resultan suficientes, sino que un hombre debe saber también lo que quiere y lo que puede: así mostrará carácter y podrá hacer algo a derechas.
No son las cosas tal y como son realmente, en conexión con nuestra experiencia exterior, lo que nos hace felices o desgraciados, sino lo que son para nosotros en la manera en que las comprendemos.
Los hombres que luchan por una vida feliz, brillante y larga en vez de por una vida virtuosa son como insensatos actores que siempre desean representar deslumbrantes, largos y victoriosos papeles, porque no comprenden que el asunto no consiste en qué o cuánto interpretan, sino en cómo lo hacen.
Los buenos clientes de los médicos tienen a su cuerpo como un reloj u otro tipo de máquina, de manera que, cuando en ella se produce un desajuste, sólo puede ser arreglada si el mecánico la repara. Mas no es así, pues el cuerpo es una máquina que se repara a sí misma: gran parte de los desajustes que en él tienen lugar, tanto los grandes como los pequeños, desaparecen por sí mismos tras un tiempo más o menos largo, gracias a la vis naturae medicatrix [fuerza curativa de la naturaleza].
Cuando queremos apresar y poseer algo, hemos de desestimar innumerables otras cosas a derecha e izquierda. Si no podemos decidirnos por nada, y más bien nos sentimos seducidos por cuanto nos atrae fugazmente, somos como niños en la feria. [...] Quien quiere serlo todo, no puede ser nada.
La raíz de la planta precisa de oscuridad y calor; la corona precisa de luz.
El calor es a la voluntad lo que la luz es al conocimiento .
En un corazón sano sólo los actos pesan sobre la conciencia, no los deseos ni los pensamientos.
¡ Querer! ¡Gran palabra! ¡El fiel en la balanza del día del juicio final! ¡Puente entre el cielo y el infierno! La razón no es la luz que brilla desde el cielo, sino sólo un poste indicador que nosotros mismos colocamos en correspondencia con el destino al que apuntamos, y que nos muestra la dirección cuando el propio destino se oculta. Aunque puede conducirnos tanto al infierno como al cielo.
Un deseo cumplido es como la limosna que recibe el mendigo: hoy le sirve, pero mañana se sentirá de nuevo hambriento. Sin embargo, la resignación es como una generosa herencia, pues libra para siempre a su propietario de toda preocupación.
Hemos despertado y volveremos a despertar; la vida es una noche que llena un largo sueño que muy a menudo se convierte en un bochornoso fantasma.
Por doquier, el auténtico símbolo de la naturaleza es el círculo, que representa el esquema del retorno: tal es de hecho la forma más general de la naturaleza que se desarrolla en todo, desde el curso de los astros hasta la muerte y el nacimiento de los seres orgánicos; sólo a través de ella se hace posible una existencia subsistente dentro de la corriente del tiempo y su contenido, esto es, una naturaleza.
Somos tan necios en lo teórico como lo somos incesantemente en lo práctico, pues nos apresuramos de un deseo a su satisfacción y entonces a otro deseo esperando encontrar finalmente la felicidad, en vez de dirigirnos de una vez por todas hacia nosotros mismos, desarraigarnos del querer y permanecer en la conciencia mejor.
Y tal elección es lo único realmente importante.
Para engañarnos a nosotros mismos, vestimos secretamente de precipitación lo que no son más que acciones premeditadas. Pues a nadie como a nosotros mismos embaucamos ni adulamos más a través de refinados artificios.
Este mundo es el reino del azar y el error: por eso sólo debemos dirigirnos hacia lo que ninguna casualidad puede arrebatarnos, y tan sólo sostenernos y actuar allí donde el error no es posible.
Podemos entonces desentendernos de la vida y de la muerte. Como polos de esa totalidad, ambos son esenciales y se necesitan el uno al otro.
Bajo la cambiante carcasa de sus años, de sus relaciones, incluso de sus conocimientos y formas de ver, se esconde, como un cangrejo en su caparazón, el hombre idénti co y aut éntico, totalmente invariable y siempre el mismo. [apuntes Senilia ]
La necedad es el duende que nos enreda tan pronto con esto como con aquello considerándolo deseable: hasta que lo detenemos y vemos el engaño. Por eso cantó Horacio: Nihil admirar i 4 , es decir, no calificar nada de absolutamente deseable ni de absolutamente horroroso.
Nos afanamos incansablemente de deseo en deseo [...] sin caer en la cuenta de que intentamos llenar el tonel de las Danaides. [...] Y así nos lanzamos hacia nuevos deseos, casi hasta el infinito, lo que sólo detiene la muerte antes de que siquiera hayamos quedado satisfechos una vez.
Toda exaltación del espíritu se cura con buen juicio: toda alegría y todo dolor desmesurados tienen siempre como base una ilusión, un engaño.
De lo que verdaderamente carecen las tristes mentes vulgares de las que está repleto el mundo es de dos capacidades estrechamente relacionadas: la de juzgar y la de poseer pensamientos propios.
El hombre debe elevarse sobre la vida, debe saber que cualquier acontecimiento y suceso, sea dichoso o doloroso, no afecta a su mejor y más íntimo yo, que todo es un juego, una competición en la que los contendientes se injurian, y no una grave lucha; de ahí que no deba entrometerse en ningún asunto serio.
¿Qué hay que desear? Apreciar una puesta de sol de igual forma desde un calabozo o desde un palacio: eso es lo que hay que desear, y nada más. ¿Quién puede alcanzarlo? Todos. ¿Quién lo pretende? Todos. ¿Quién lo obtendrá? Uno entre miles.
En todas las cosas y circunstancias, el signo distintivo y característico de la naturaleza vulgar, más aún, el sello de la ordinariez, es actuar por imitación y dejarse llevar por el ejemplo de otros: la gran masa está determinada en todas sus acciones y omisiones casi de manera exclusiva por tal motivo. Por el contrario, toda mente que sea un poco reflexiva se reconoce antes que nada por el hecho de que juzga por sí misma, critica y procede según su propio pensamiento 3 .
Nadie ha vivido en el pasado y nadie vivirá en el futuro; sólo en el presente se da toda vida, su posesión, y nunca puede ser arrancada de él. Es este el único consuelo frente a la transitoriedad del individuo, en tanto que la voluntad de vivir está aquí durante mucho tiempo.
Lo que repugna al corazón tampoco agrada a la cabeza.
La magia de la lejanía nos presenta paraísos que desaparecen como ilusiones ópticas cuando nos lanzamos hacia ellos.
La máxima de que «nadie cambia» resulta de una excepcional relevancia práctica: ha de ser la base de nuestra confianza y nuestra prudencia. Confiamos en un amigo tanto más cuando le probamos seria y bruscamente. Al contrario, nadie confía en quien nos ha mentido una vez. Perdonar un ultraje significa permitir su repetición. Uno sólo lo perdona en tanto que no busca venganza: pero no lo olvida y evita la circunstancia para que no vuelva a suceder.
Conoce la verdad en ti, conócete a ti mismo en la verdad, y verás en un instante que eras tú lo que durante tanto tiempo e inútilmente habías buscado, la anhelada y soñada patria en lo general y en lo particular, y te reconocerás entonces envuelto con asombro en ese lugar: allí se rozan cielo y tierra 1 .
Todos buscan el porqué en vez de considerar el qué 2 ; aspiran a lo lejano en vez de tomar lo cercano; se dirigen hacia fuera en todas direcciones en vez de ir hacia sí mismos, donde todo enigma se resuelve.
Tan frecuentemente como muere un hombre, cae un mundo, el que lleva en su cabeza [...]. [Pero] con la muerte y a través de la supresión de la propia persona, el egoísmo experimenta su más definitiva prueba y su total aniquilación. De ahí el miedo a la muerte. La muerte es, así, la lección que el curso de la naturaleza transmite al egoísmo.
Debemos caer en la cuenta de que la procreación y la muerte han de sernos indiferentes, simples fenómenos que no afectan en absoluto a nuestro ser auténtico, por lo que no debemos temer en modo alguno que la muerte sea nuestro aniquilamiento.
La palabra yo es en lo fundamental la mayor equivocación y la fuente de todo engaño.
El espíritu es eterno en tanto que sea capaz de percibir las cosas desde el punto de vista de la eternidad.
El mundo es la objetivación de la voluntad (de vivir). La manifestación más fuerte de la voluntad es el instinto sexual: tal es el ερως 27 de los antiguos, de los antiguos poetas y filósofos, Hesíodo y el propio Parménides cantaron al amor muy significativamente, el ερως fue lo primero, el principio del mundo, lo creador.
Por lo general, con las rachas de suerte ocurre lo mismo que con ciertos grupos de árboles, tan agradables a la vista desde la lejanía: cuando uno se adentra en la espesura, la belleza desaparece y uno no sabe dónde se encuentra. Es por esta razón por lo que con frecuencia preferimos la situación del otro a la nuestra.
La muerte se presenta manifiestamente como el fin del individuo, pero en tal individuo se encuentra la semilla de un nuevo ser. Por ello, de todo cuanto muere, nada muere para siempre, aunque tampoco nada de cuanto nace recibe un ser radicalmente nuevo. Lo que muere se extingue, pero resta un germen del que aflora un nuevo ser que entonces accede a la existencia sin saber de dónde viene ni por qué es como es.
Quien considere que su existencia se limita a su vida actual, se considera también una nada viviente: pues hace treinta años no era nada, y dentro de otros treinta volverá a no ser nada.