Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Una vez que la inclinación o la aversión han clavado bien sus dientes, resulta difícil librarse de ellas, como cuando una tortuga ha mordido un palo. El amor, el odio y la tortuga son estúpidos.
El modo más pérfido de causar daño a una causa es defenderla deliberadamente con malos argumentos.
Emerson posee aquella jovialidad benigna e ingeniosa que quita los ánimos a toda seriedad; no sabe en modo alguno qué viejo es ya y qué joven será aún. Podría decir de sí, con una frase de Lope de Vega: «Yo me sucedo a mí mismo».
Unos gobiernan por ganas de gobernar; otros, para no ser gobernados. Para los últimos es tan sólo el menor de dos males.
Uno olvida su culpa cuando la ha confesado a otro, pero el otro no suele olvidarla.
El lector de periódicos dice: «Con tal error ese partido se arruina». Mi política superior dice: «Un partido que comete tales errores está acabado; ya no posee su seguridad instintiva». Todo error, en todos los sentidos de la palabra, es consecuencia de una degeneración de los instintos, de una disgregación de la voluntad.
El tratamiento de «señor» muestra que a todos los seres humanos los halaga la sumisión y que ante todo quieren que se los tenga por orgullosos y dominadores.
Aún no está probado que exista el olvido; lo único que sabemos es que no está en nuestro poder volver a recordar. Provisionalmente hemos colocado en ese hueco de nuestro poder la palabra «olvido», como si fuera una facultad más en la lista de ellas. ¡Pero qué es lo que, en última instancia, está en nuestro poder! Si esa palabra ocupa un hueco de nuestro poder, ¿no ocuparán las demás palabras un hueco de nuestro saber acerca de nuestro poder?
El punto más flaco de todo libro clásico es estar escrito demasiado en la lengua materna del autor.
Para llegar a ser bella no debería una mujer querer que se la tuviese por demasiado guapa; es decir, de cien casos en que podría agradar, la mujer tiene que desdeñarlo e impedirlo en noventa y nueve, para cosechar una sola vez el arrobo de aquél cuyas puertas anímicas son lo bastante grandes para acoger lo grande.
«¡No sé lo que hago! ¡No sé lo que debo hacer!». Tienes razón, pero no dudes de esto: ¡eres hecho!, ¡en cada instante! La humanidad ha confundido siempre la voz activa con la pasiva; es su eterno error gramatical.
En todas partes donde nuestros lejanos antepasados colocaron una palabra creyeron haber hecho un descubrimiento. ¡Qué distintas eran en verdad las cosas! Habían tocado un problema y, mientras se figuraban haberlo resuelto, habían creado un obstáculo para su solución. Ahora, en cada conocimiento, tenemos que tropezar con palabras eternizadas, duras como peñascos, y antes que romper una palabra nos romperemos una pierna.
Los presuntos «caminos más cortos» han llevado siempre a la humanidad a grandes peligros. Cada vez que la humanidad oye la buena nueva de que se ha encontrado un camino más corto, se aparta de su camino... y pierde el camino.
¿No sería posible demostrar, en las clases cultas de Inglaterra lectoras del Times, una disminución de la capacidad visual cada diez años?
Observe usted lo rápido que ese lector lee, cómo vuelve las páginas; tarda en leer cada una el mismo número de segundos. Saque usted el reloj. Son, todos ellos, pensamientos sobre los que es preciso meditar bien, unos más pesados, otros más ligeros, ¡y él tiene para todos un solo modo de disfrutarlos! Los lee uno tras otro, el desgraciado, ¡como si fuera lícito leer así colecciones de pensamientos!
Quien pretenda matar a su adversario considere si no lo eternizará precisamente con ello dentro de sí.
Para llegar a los grados superiores del poder, abandonar sus grados inferiores.
No he conocido personas que inspiren tanto respeto como los filósofos griegos.
Sólo hasta cierto grado hace la posesión más independiente y libre al ser humano; un peldaño más allá, y la posesión se convierte en señor, y el poseedor, en esclavo, que, como tal, ha de sacrificarle a aquélla su tiempo, su reflexión, y en adelante se siente obligado a ciertas compañías, clavado a un determinado lugar, incorporado a un determinado Estado. Todo ello, tal vez, en contra de la necesidad más íntima y esencial que él siente.
Ser compasivas, burlonas y seductoras con un solo timbre de voz, de eso sólo entienden las mujeres.
Entre los ricos la liberalidad es a menudo sólo una especie de timidez
La admiración de una cualidad o arte puede ser tan fuerte que nos retraiga de aspirar a su posesión.
A un niño que está muriéndose se le da todo lo que quiere: terrones de azúcar. ¿Qué importa que se estropee el estómago? ¿Y no nos encontramos todos nosotros en la situación de ese niño?
Ningún vencedor cree en el azar
Tememos la enemiga del prójimo porque nos da miedo que con ella llegue a descubrir nuestros secretos.
A: «¡Sólo nos alaban nuestros iguales!». B: «¡Sí! Y quien te alaba está diciéndote: “¡Eres mi igual!”».
Cuando más peligro corremos de ser atropellados es cuando acabamos de esquivar un coche.
A: «Vas alejándote cada vez más rápidamente de los vivos. ¡Pronto te borrarán de sus listas!». B: «Es el único medio de participar en el privilegio de los muertos». A: «¿En qué privilegio?». B: «En el de ya no morir».
El hecho de que tú trates de establecer las excepciones y aquél, la regla, te coloca muy por debajo de él.
Las más de las personas nada son y nada valen hasta que se han revestido de convicciones generales y opiniones públicas, según la filosofía del sastre: el hábito hace al monje. Pero de las personas de excepción es preciso decir: «El monje hace el hábito». Aquí las opiniones dejan de ser públicas y se convierten en algo diferente de máscaras, adornos y disfraces.
Cabe discutir si es más perjudicial que los errores estén mal dichos o que estén tan bien dichos como las mejores verdades. Cierto es que en el primer caso causan dos daños a la cabeza y resulta más difícil alejarlos de ella. Pero también es cierto que no causan efecto con tanta seguridad como en el segundo caso; son menos contagiosos.
Cuando nos preguntan de repente por un asunto, la primera opinión que se nos ocurre no es habitualmente la nuestra, sino sólo la corriente, la opinión de nuestra casta, de nuestra posición, de nuestra procedencia; las opiniones propias nadan raras veces en la superficie.
Los jesuitas defendieron contra Pascal la Ilustración y el Humanismo.
Entre doce apóstoles es menester siempre uno duro como una piedra, para que sobre él pueda edificarse la nueva Iglesia.
Quien ve mal, siempre ve algo de menos; quien oye mal, siempre oye algo de más.
Procurarse las ventajas de un difunto; nadie se preocupa de nosotros, ni en favor ni en contra. Imaginarse separado de la humanidad, desaprender los deseos de todo género, ¡y aplicar a la contemplación todo el exceso de fuerza! ¡Ser el espectador invisible!
El ser humano está muy bien defendido contra sí mismo, contra los reconocimientos y asedios realizados por él; habitualmente lo único que es capaz de percibir de sí son sus obras exteriores. La auténtica fortaleza le resulta inaccesible, incluso invisible, a no ser que amigos y enemigos hagan de traidores y lo introduzcan en ella por un camino secreto.
En los grandes Estados el sistema escolar será siempre, a lo sumo, mediocre, por la misma razón por la que en las grandes cocinas se cocina, en el mejor de los casos, mediocremente.
Casi todo político tiene tanta necesidad, en determinadas circunstancias, de un hombre honesto, que, cual si fuera un lobo hambriento, irrumpe en el redil; mas no para devorar el cordero robado, sino para ocultarse tras su lanoso lomo.
A: «¡Amigo, se ha quedado usted ronco de tanto hablar!». B: «Entonces estoy refutado; no se hable más».
Signos de aristocracia: no pensar nunca en rebajar nuestros deberes a deberes de todo el mundo; no querer ceder, no querer compartir la propia responsabilidad; contar nuestros privilegios propios y su ejercicio entre nuestros deberes.
A los doctos que se convierten en políticos suele asignárseles el cómico papel de tener que ser la buena conciencia de una política.
Sin duda es lícito rechazar una petición, pero nunca lo es rechazar un agradecimiento (o lo que es lo mismo, acogerlo fría y convencionalmente). Es algo que ofende profundamente. ¿Y por qué?
Dostoievski, el único psicólogo, dicho sea de paso, del que yo he tenido algo que aprender.
Siempre hay una suerte de ruido en el aplauso, incluso en el que nosotros mismos nos tributamos.
Mientras somos jóvenes y aún no estamos seguros de nosotros mismos, no es pequeño el peligro de que los científicos nos quiten el gusto por la ciencia; o los artistas, por el arte; o nosotros mismos, por la vida.
«Estúpido como un hombre», dicen las mujeres. «Cobarde como una mujer», dicen los hombres. La estupidez es en la mujer lo no femenino.
Se infravalora una mala acción al no tener en cuenta cuántas lenguas pone en movimiento, cuántas energías desencadena y a cuántas personas les sirve para reflexionar o elevarse.