Citas
Citas para inspirar y reflexionar
El ser humano no aspira a la felicidad; sólo el inglés hace eso.
El partidario más peligroso es aquel cuya defección aniquilaría el partido entero, es decir, el mejor partidario.
Nunca se piensa tanto en una amiga o en una amante como cuando la amistad o el amorío están en sus últimos momentos.
Si a una mujer se le concede que tiene razón, no podrá renunciar a colocar todavía su calcañar, en son de triunfo, sobre la cerviz del sometido. La mujer necesita saborear la victoria; mientras que, en un caso semejante, el varón suele avergonzarse frente al otro varón de tener razón. A cambio, el varón está habituado a vencer, en tanto que la mujer vive una excepción cuando vence.
Las personas profundas y lejanas tienen sus fachadas, y a veces necesitan hacer creer que son sólo fachada.
La ventaja de la mala memoria es que disfrutamos varias veces por primera vez de las mismas cosas buenas.
No es ciertamente el atractivo menor de una teoría el que resulte refutable; justo por ello atrae a las cabezas más sutiles.
El amor desea, el temor evita. A eso se debe la imposibilidad de que alguien sea amado y respetado a la vez por la misma persona, al menos en el mismo espacio de tiempo. Pues quien respeta reconoce el poder, es decir, lo teme; su estado es el temor respetuoso. Pero el amor no reconoce ningún poder, nada que separe, diferencie, anteponga o subordine. Como el amor no respeta, las personas ávidas de respeto son secreta o públicamente reacias a ser amadas.
Para los buenos pensamientos es una desventaja el sucederse con demasiada rapidez; se tapan mutuamente la vista. Por ello los más grandes artistas y escritores han hecho abundante uso de lo mediocre.
La burla que más me gusta es la que viene a ocupar el puesto de un pensamiento pesado, peligroso; es a la vez una seña con el dedo y un guiño con el ojo.
Todas las pasiones tienen una época en la que son meramente nefastas y, con el peso de su estupidez, tiran de sus víctimas hacia abajo; y una época tardía, mucho más posterior, en la que se desposan con el espíritu, en la que se «espiritualizan».
El estado genial de una persona es aquel en que, con respecto a una y la misma cosa, se encuentra simultáneamente en estado de amor y en estado de burla.
Para llegar a ser sabio es preciso querer vivir ciertas vivencias, es decir, meterse en sus fauces. Muy peligroso es eso, ciertamente; más de un «sabio» ha sido devorado al hacerlo.
Cuando alguien nos pide disculpas tiene que hacerlo muy bien; de lo contrario, fácilmente nos parece que los culpables somos nosotros y experimentamos un sentimiento desagradable.
El hecho de que el amor exija una posesión exclusiva lo sitúa por debajo de la amistad; en ésta es posible tener varios buenos amigos, los cuales, a su vez, pueden llegar a hacerse amigos entre sí.
Las razas laboriosas encuentran una gran molestia en soportar la ociosidad. Fue una obra maestra del instinto inglés el santificar y volver aburrido el domingo hasta tal punto que el inglés vuelve a anhelar, sin darse cuenta, sus días laborables, no festivos.
El profundo respeto a la vejez y a la tradición –el derecho entero se basa en ese doble respeto–, la fe y el prejuicio favorables para con los antepasados y desfavorables para con los venideros son típicos de la moral de los poderosos; y cuando, a la inversa, los hombres de las «ideas modernas» creen de modo casi instintivo en el «progreso» y en «el futuro» y tienen cada vez menos respeto a la vejez, eso delata ya suficientemente la procedencia no aristocrática de esas «ideas».
Quien no se atreve a fiarse del entendimiento intenta hacerlo sospechoso. Los hombres de sentimiento.
Sé una placa de oro, así las cosas se inscribirán sobre ti con letras de oro.
La distinción que hay en la desgracia (como si sentirse feliz fuera una señal de superficialidad, simpleza de espíritu, ordinariez) es tan grande que cuando alguien nos dice: «¡Pero qué feliz es usted!», habitualmente protestamos.
Sólo una vida llena de sufrimientos y renuncias nos enseña que la existencia se halla enteramente impregnada de miel, por lo cual no es raro que sea por un epicureísmo sutil por lo que se elige el ascetismo. Los «pesimistas» son gente lista que tiene estropeado el estómago: con la cabeza se vengan de su mala digestión.
En la mujer muestra la Naturaleza qué es lo que ha logrado hasta ahora trabajando en la imagen humana; en el hombre, qué es lo que en ese trabajo hubo de superar, pero también todo lo que se propone hacer aún con el ser humano. La mujer perfecta de todo tiempo es la ociosidad del creador cada séptimo día de la cultura, el reposo del artista en su obra.
La ociosidad es el comienzo de toda psicología. ¿Cómo?, ¿sería entonces la psicología un vicio?
Quien hace el regalo de algo grande no encuentra gratitud, pues quien lo recibe tiene ya demasiada carga con aceptarlo.
Entre los cobardes es de mal tono, y provoca desprecio, decir algo contra la valentía, y las personas desconsideradas se muestran muy enfadadas cuando se dice algo contra la compasión.
Somos propietarios de nuestras opiniones como somos propietarios de peces, a saber, siendo propietarios de un estanque de peces. Tenemos que ir a pescar y tener suerte; entonces tenemos nuestros peces, nuestras opiniones. Estoy hablando aquí de opiniones vivas, de peces vivos. Otros están contentos si poseen un gabinete de fósiles, y, en su cabeza, «convicciones».
Los parientes de un suicida le toman a mal que no haya permanecido en vida por consideración a la reputación de ellos.
Nosotros los viejos wagnerianos empedernidos somos, sin embargo, los más agradecidos oyentes de Bellini y de Rossini.
No deberíamos hablar de nuestros amigos; de lo contrario, estropearemos, a fuerza de hablar de ellos, el sentido de la amistad.
¿Cómo?, ¿que la verdad es simple? El hombre veraz es simple, pero la verdad es muy, muy complicada.
Un gran pintor que haya desvelado y fijado en un retrato la expresión y el instante más plenos de que una persona es capaz, casi siempre creerá ver tan sólo una caricatura de esa persona si vuelve a verla más tarde en la vida real.
Muchachas que ríen como tórtolas.
El modo como ríe y el momento en que ríe una mujer son indicio de su cultura, pero donde se desvela su naturaleza es en el timbre de su risa; en mujeres muy cultas se desvela así tal vez incluso el último resto insoluble de su naturaleza. Por eso el estudioso del ser humano dirá, como Horacio, pero por una razón distinta: «Ride te puellae».
Los niños que tienen memoria para los castigos sufridos se vuelven pérfidos y sigilosos. Pero casi siempre los olvidan, y así permanecen inocentes.
Es preciso que digas adiós, al menos por algún tiempo, a aquello que quieres conocer y medir. Sólo cuando has abandonado la ciudad ves la altura a que se elevan sus torres por encima de las casas.
«¡Es tan cortés esa persona!». Sí, siempre lleva consigo un dulce para el Cerbero y es tan miedosa que considera a todo el mundo, también a ti y a mí, como Cerbero; ésa es su «cortesía».
Cuando viejos amigos vuelven a verse tras larga separación ocurre a menudo que se fingen interesados ante la mención de cosas que se han vuelto enteramente indiferentes para ellos, y a veces ambos lo notan, pero no se atreven a levantar el velo por una triste duda. Surgen así diálogos como en el reino de los muertos.
Una persona justa, ponderada, dulce, competente, una persona que tiene «el corazón en su sitio»..., el estar cerca de ella nos hace bien. ¿Mas por qué esa persona no peligrosa, que nos hace bien, debería ser más valiosa para nosotros que la persona peligrosa, enigmática, imprevisible, que nos obliga a estar en guardia? Nuestro sentimiento de bienestar no prueba nada. Pregunta: ¿habrá habido alguna vez entre los grandes hombres uno solo del tipo no peligroso que acaba de describirse?
Guardémonos de estar enfermos demasiado tiempo, pues pronto se impacientan los mirones, por la usual obligación de manifestar compasión, ya que les cuesta mucho mantener por largo tiempo en sí mismos ese estado,y entonces pasan directamente a sospechar de nuestro carácter, con este razonamiento: «Vosotros merecéis estar enfermos y nosotros no necesitamos ya cansarnos con la compasión».
Que nuestros pensamientos tengan la intensa fragancia de un campo de trigo en los atardeceres de estío.
Los escritores que, sirviéndose de la razón, escriben contra la razón, vean de no causarse asco a sí mismos.
Un sabio preguntó a un necio cuál era el camino hacia la felicidad. El necio respondió sin dilación, como alguien al que se le preguntase por el camino hacia la ciudad más próxima: «¡Admírate a ti mismo y vive en la calle!». «Alto», gritó el sabio, «exiges demasiado, ¡basta con admirarse a sí mismo!». El necio replicó: «¿Pero cómo es posible admirarse continuamente a sí mismo sin estar continuamente despreciando?».
En el niño debemos avivar el sentido de la pulcritud hasta que se convierta en una pasión. Posteriormente tal sentido irá elevándose, en metamorfosis siempre nuevas, casi hasta toda virtud y aparecerá por fin, compensando todo talento, como luminosa plenitud de pureza, moderación, templanza, carácter, llevando en sí felicidad, difundiendo felicidad a su alrededor.
Los padres y los hijos se tratan entre sí con mucha más indulgencia que las madres y las hijas.
Señal del hombre no científico: considera verdadera una opinión cuando ésta lo halaga y él queda bien al ser iluminado por ella.
Cuando uno oye música italiana se le desprenden del rostro las máscaras.
Hemos de temer a quien se odia a sí mismo, pues seremos las víctimas de su rencor y de su venganza. ¡Veamos, pues, cómo podemos seducirlo a que se ame a sí mismo!
Que se me perdone esta arrogante afirmación: precisamente porque yo tengo una concepción más alta y más honda, también más científica, de la mujer que sus emancipadores y emancipadoras, me opongo a su emancipación. Yo sé mejor dónde está el punto fuerte de las mujeres y digo de ellas: «No saben lo que hacen». ¡Con sus aspiraciones actuales están diluyendo sus instintos!