Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Querer una meta elevada y querer los medios para alcanzarla
Cuando la alegría de los demás nos hace daño, por ejemplo cuando nos encontramos profundamente afligidos, impedimos esa alegría; les prohibimos, por ejemplo, a los niños que rían. Cuando, por el contrario, estamos alegres, nos resulta penoso el dolor de los otros. ¿Qué es, pues, la simpatía?
«¿La verdad? ¡Oh, usted no conoce la verdad! ¿No es ella un atentado a todos nuestros pudeurs ?».
Sólo oímos las preguntas para las que estamos en condiciones de encontrar respuesta.
Las personas no se avergüenzan de pensar cosas sucias, pero sí cuando se imaginan que se las cree capaces de tener esos pensamientos sucios.
El amor, que reserva para una sola persona lo que corresponde a muchas, es, sin embargo, glorificado como poder antiegoísta; así es como aparece, visto de manera tosca, y porque quiere hacer bien. Sin embargo, ese amor sustrae a todas las demás personas y cosas casi todo el interés y lo vuelca en una sola. Considerado en conjunto, su efecto no es, pues, algo que haga bien.
La verdadera proeza y obra maestra del hombre bueno no consiste en atacar la causa y seguir amando a la persona, sino en algo mucho más difícil, en defender la propia causa sin amargarle o querer amargarle el corazón a quien la ataca. La espada del ataque es honrada y ancha, la de la defensa acaba ordinariamente en punta.
De día el intelecto inferior está cerrado a la conciencia. De noche el intelecto superior duerme y el inferior entra en la conciencia (los sueños).
Que los artistas no tienen sentido de la propiedad intelectual lo mostraban en otro tiempo en su propio arte. Hoy lo muestran casi siempre al presentarse como pensadores y escritores.
Hegel: la inclinación de los alemanes a contradecirse a sí mismos, de ahí su goticismo. Wagner: que no sabía encontrar el final y que hizo asimismo de ello un imperativo, también un goticismo.
Se aferra por terquedad a una causa que se le ha vuelto transparente, pero él llama a eso «fidelidad».
La mejor música es poca cosa si un cantante, una cantante, no nos transporta con su voz y su arte a una suave embriaguez. ¡Y en ese caso una música insignificante es elevada a alturas inefables!
La manera como en conjunto se ha mantenido hasta ahora en Europa el respeto a la Biblia es tal vez el mejor elemento de disciplina y de refinamiento de las costumbres que Europa debe al cristianismo. Tales libros profundos y sumamente significativos necesitan, para su protección, una tiranía de autoridad venida de fuera a fin de conquistar esos milenios de duración que se precisan para agotarlos y descifrarlos.
¡No difundir nunca los pecados de otro! ¡Pero interrumpir nuestro trato con él!
Hay fuentes de aguas minerales que brotan a raudales, otras que simplemente corren y otras que gotean, y, de manera análoga, hay tres especies de pensadores. El profano aprecia esas fuentes por el caudal de agua; el entendido, por la composición del agua, es decir, por aquello precisamente que en ellas no es agua.
El vanidoso se alegra de toda buena opinión que oye acerca de sí (totalmente al margen de todos los puntos de vista de la utilidad de esa opinión, y prescindiendo asimismo de que sea verdadera o falsa), de igual modo que sufre por toda mala opinión, pues se somete a ambas, se siente sometido a ambas, merced a aquel antiquísimo instinto de sumisión que en él se abre paso.
Los autores jóvenes no saben que una buena expresión, un buen pensamiento, sólo quedan bien entre sus iguales, que una cita excelente puede aniquilar páginas enteras, más aún, todo el libro, por cuanto previene al lector y parece gritarle: «Presta atención, yo soy la piedra preciosa y lo que hay a mi alrededor es plomo, pálido y miserable plomo». Cada palabra, cada pensamiento, quiere vivir únicamente en la compañía que le corresponde, tal es la moral del estilo selecto.
¡Era una persona orgullosa! «Preferible morir a tener un bienhechor», dijo, y se arrojó al agua. Media hora más tarde aquella persona tenía un bienhechor y vivía; un pobre trabajador se arrojó al agua tras ella e impidió que muriese.
¡Qué pobre sería el espíritu humano sin la vanidad! Con ella, en cambio, se parece a un almacén de mercancías bien lleno y que continuamente está llenándose. Ese almacén atrae a compradores de toda índole, los cuales pueden encontrar allí casi todo, tener todo, presuponiendo que traigan consigo la clase válida de moneda (la admiración).
La compasión de las mujeres, que es una compasión vocinglera, saca a la plaza pública el lecho del enfermo.
Poner en guardia a los demás contra mí mismo.
Es bueno expresar enseguida una cosa por duplicado y dar así una pierna derecha y una pierna izquierda. Ciertamente la verdad puede tenerse sobre un solo pie, pero con dos andará y dará vueltas.
En el trato con las personas resulta con frecuencia necesario un disimulo benévolo, como si no calásemos los motivos de sus acciones.
«¡Preferible seguir endeudados a pagar con monedas que no lleven nuestra efigie!». Así lo quiere nuestra soberanía.
Para vivir sólo es preciso ser un animal o un dios, dice Aristóteles. Falta el tercer caso; hay que ser ambas cosas: un filósofo.
La tempestad de la lascivia arrebata a veces al varón hasta una altura tal que en ella toda lascivia calla: allí donde el varón ama realmente y donde vive más bien en un ser mejor que en un querer mejor. Y, a su vez, una mujer buena desciende con frecuencia del verdadero amor a la lascivia y se rebaja de ese modo ante sí misma. Sobre todo esto último es una de las cosas más conmovedoras que comporta la idea de un buen matrimonio.
La desgracia de las literaturas alemana y francesa en los últimos cien años consiste en que los alemanes dejaron demasiado pronto la escuela de los franceses y los franceses, posteriormente, ingresaron demasiado pronto en la escuela de los alemanes.
Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen, aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber. Pero también llegará, ¡por fin!, el día en que se comprenderá que sólo para su daño puede ahora toda cultura superior seguir cercada por vallas nacionales. No siempre fue así, pero la rueda ha girado y continúa girando.
Se avergonzó de su santidad y la disfrazó.
Todo pensador profundo tiene más miedo a ser entendido que a ser malentendido. A causa de esto último padece tal vez su vanidad; a causa de lo primero, en cambio, su corazón, su simpatía, que dice siempre: «Ay, ¿por qué queréis vosotros que las cosas os pesen tanto como a mí?».
Si queremos ser alguna vez un personaje hemos de honrar también nuestra propia sombra.
Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero, y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz, presuponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo.
Yo creo que muchos de nosotros, con nuestras costumbres sobrias y moderadas, con nuestra dulzura, con nuestro sentido de los derechos, seríamos venerados como santos si fuéramos transportados a la semibarbarie de los siglos vi al x .
Los envidiosos dotados de olfato fino tratan de no conocer muy exactamente a sus rivales, para poder sentirse superiores a ellos.
La persona ociosa es un peligro para sus amigos, pues, como no tiene bastante que hacer, habla de lo que sus amigos hacen y no hacen, acaba entrometiéndose y se vuelve fastidioso, por lo cual debemos, sabiamente, hacer amistad únicamente con personas trabajadoras.
El chiste es el epigrama a la muerte de un sentimiento
Los escépticos de la moral no piensan en las muchas estimaciones de valor que llevan en su escepticismo. Su estado es casi un suicidio de la moral y tal vez incluso una transfiguración de ella.
Todos los poetas y escritores enamorados del superlativo quieren más de lo que pueden.
Una mujer es una criatura que debe amar –y ama– a su enemigo y ladrón.
A veces cosechamos amor y honor por actos u obras de que nos desprendimos hace ya mucho tiempo como de una piel. Entonces somos seducidos con facilidad a hacer de comediantes de nuestro propio pasado y a cargar otra vez con la vieja piel, y no sólo por vanidad, sino también por benevolencia con nuestros admiradores.
El egoísmo vale lo que valga fisiológicamente quien lo tiene: puede ser muy valioso, puede carecer de valor y ser despreciable. Debería someterse a examen a todo individuo para ver si representa la línea ascendente o la línea descendente de la vida. Cuando se ha tomado una decisión sobre esto, se tiene también un canon para saber lo valioso que es su egoísmo.
Jamás he visto a una persona importante que haya sido corrompida por los elogios. Pero el hecho de que alguien sea corrompido por los elogios proporciona un criterio seguro: esa persona no es importante.
La tendencia más perjudicial es la de estar pensando siempre en otros (actuar en su favor es casi tan malo como actuar en su contra, es una violación de su esfera). ¡Qué brutalidad es la educación habitual, la intromisión de los padres en la esfera de los hijos!
¡Quién puede dibujar un árbol sin convertirse en árbol!
Cada vez se necesita menos fuerza física; con inteligencia se hace trabajar a las máquinas, el ser humano está volviéndose más poderoso y más espiritual.
Quien toma su moralidad como algo muy elevado y grave, ése se encoleriza con los escépticos en el terreno de la moral, pues se debe admirar, pero no investigar y dudar, allí donde él gasta toda su fuerza. Luego hay naturalezas cuyo último resto de moralidad es precisamente la creencia en la moral; también éstos se comportan de igual modo con los escépticos y, en lo posible, aún más apasionadamente.
Encontrar profundas todas las cosas es una cualidad incómoda; hace que esforcemos continuamente los ojos y acabemos encontrando más de lo que habíamos deseado.
Las obras del espíritu alemán no se conservan bien cuando llegan al extranjero; igual que los vinos italianos, han de ser bebidas en su lugar.