Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Cuando mejor mentimos es cuando la mentira concuerda con nuestro carácter.
A quien ha pensado mucho, todo pensamiento nuevo que lee u oye se le aparece enseguida en forma de cadena.
La manera más cortante de criticar a una persona, a un libro, consiste en trazar su ideal.
De niño es cuando más distante del animal está el ser humano, cuando más humano es su intelecto. A los quince años, con la pubertad, se acerca un paso al animal; y otro paso más, con el sentido de la propiedad de los treinta años (la línea intermedia entre la holganza y la avidez). A los sesenta años, se pierde a menudo también el pudor; después el septuagenario se nos presenta como una bestia sin velos; basta mirar sus ojos y su dentadura.
Alimentación vegetariana y vino. ¡ésa sería, de todas las dietas posibles, la más desatinada!
Antes de buscar al hombre es menester haber encontrado la linterna. ¿Tendrá que ser la linterna del cínico?
La igualdad hace disminuir la felicidad del individuo, pero abre la vía para la ausencia de dolor de todos. Al final de la meta estaría ciertamente la ausencia de dolor, pero también la ausencia de felicidad.
Una persona enteramente piadosa ha de ser para nosotros objeto de veneración, pero también ha de serlo una persona enteramente impía que sea sincera y esté convencida. Si en compañía de las segundas nos hallamos como cerca de las altas montañas, allí donde tienen su origen las corrientes más poderosas, cuando estamos en compañía de personas piadosas nos hallamos como bajo árboles llenos de savia, umbrosos, tranquilos.
Todo gran amor lleva consigo el cruel pensamiento de dar muerte al objeto del amor, para que así quede ese objeto sustraído, de una vez por todas, al abominable juego del cambio, pues al amor la mudanza lo horroriza más aún que la aniquilación.
De igual modo que la justicia es con mucha frecuencia el manto que tapa la debilidad, así los hombres que piensan con equidad, pero que son débiles, recurren por ambición al disimulo y se comportan de un modo claramente injusto y duro para no dar impresión de fortaleza.
Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos.
Nos resultan muy dolorosos y nos hieren profundamente el corazón los signos de desconsiderada superioridad por parte de personas amigas o ligadas a nosotros por gratitud.
Esta mujer es bella e inteligente. ¡Ay, cuánto más inteligente habría llegado a ser si no fuera bella!
¡No ser un despreciador de la voluptuosidad!
Lo grande de los antiguos es su tendencia universal, sus ojos y su estima para todas las cosas, su escaso acento nacional (griegos y romanos).
No en el modo como un alma se acerca a otra, sino en el modo como se aleja de ella, reconozco yo el parentesco y afinidad que allí había.
Los médicos más peligrosos son aquellos que, por ser actores natos, imitan con perfecto arte del engaño al médico nato.
Será habitualmente un buen escritor de cartas quien no escribe libros, piensa mucho y vive en insuficiente compañía.
Las personas que con sus adulaciones quieren aletargar nuestra cautela en el trato con ellas, emplean un medio peligroso, una bebida soporífera, por así decirlo; ésta, cuando no nos adormece, nos mantiene tanto más despiertos.
La juventud pone sus esperanzas en quien usa siempre expresiones demasiado enérgicas; el hombre adulto, en aquel cuyas palabras quedan siempre por detrás de sus acciones.
Quien da consejos a un enfermo adquiere un sentimiento de superioridad sobre él, tanto si los consejos son aceptados como si son rechazados. Por ello los enfermos irritables y orgullosos odian, aún más que a su propia enfermedad, a quienes les dan consejos.
No tratar nunca con quien no sabe oír, sino que se pone por delante a sí mismo y sus ocurrencias, creyendo así guiar la conversación. Es la señal de un gran egoísta, por muy dotado que esté. Asimismo, es egoísta, sólo que más cortés, quien se obliga a prestar atención.
Tratar a todos con igual benevolencia y ser bondadosos sin acepción de personas puede ser tanto el resultado de un profundo desprecio a los hombres como el resultado de un radical amor a ellos.
Quien ha contemplado el ideal de alguien es su juez inexorable y, por así decirlo, su mala conciencia.
La crueldad es el remedio del orgullo ofendido.
Su mal carácter le sigue hasta la cima más alta de su genio.
Las personas que viven bajo una presión interna se inclinan a los excesos; también a los del pensamiento. La crueldad es a menudo el signo de una insatisfacción interior que anhela un narcótico; y también lo es una cierta desconsideración cruel del pensamiento.
«Perdonadnos nuestras virtudes». Así debe rezarse a los hombres.
Fueron amigos, pero han dejado de serlo, y por ambos cabos deshicieron al mismo tiempo el nudo de su amistad, el uno porque se creía demasiado desconocido, el otro porque se creía demasiado conocido. ¡Y ambos se engañaban!, pues ninguno de ellos se conocía suficientemente a sí mismo.
La neutralidad de la gran Naturaleza (en la montaña, el mar, el bosque y el desierto) agrada, pero sólo por breve tiempo; luego nos impacientamos. «¿Es que esas cosas no quieren decirnos nada? ¿Es que nosotros no existimos para ellas?». Surge el sentimiento de un crimen laesae majestatis humanae.
Este pensador no necesita de nadie que lo refute; se basta a sí mismo.
Nos gusta tanto estar en la libre Naturaleza porque ésta no tiene opinión sobre nosotros.
«No me caigo bien a mí mismo», dijo alguien para explicar su propensión a la sociedad. «El estómago de la sociedad es más sólido que el mío, me aguanta».
Estúpidos y sudorosos, suben la montaña como animales; alguien se olvidó de decirles que por el camino hay buenas vistas.
No debe confundirse la pequeña fuerza que se necesita para empujar un bote a la corriente con la fuerza de la corriente misma, que en lo sucesivo lo transporta. Pero ese error se da en casi todas las biografías.
La independencia (llamada, en su dosis más débil, «libertad de pensamiento») es la forma de renuncia que el ansioso de poder acaba por aceptar; él, que ha estado buscando largo tiempo algo que poder dominar y que no ha encontrado nada, excepto a sí mismo.
Le has dado ocasión de mostrar grandeza de carácter y no la ha aprovechado. Jamás te lo perdonará.
– El que es condenado a una pena no es ya el que cometió la acción. Es siempre el chivo expiatorio.
El eclipse de Europa puede depender de que cinco o seis espíritus bastante libres permanezcan o no permanezcan fieles a sí mismos.
También el alma ha de tener determinadas cloacas propias por las que deja fluir sus inmundicias; para tal fin sirven personas, circunstancias, estamentos, o la patria, o el mundo, o por fin –para los muy presumidos (estoy refiriéndome a nuestros queridos «pesimistas» modernos)– el buen Dios.
El oído, órgano del miedo, ha podido desarrollarse con la riqueza con que lo ha hecho tan sólo en la noche y en la penumbra de cavernas y bosques oscuros, de acuerdo con el modo de vivir de la edad medrosa, es decir, de la edad humana más prolongada que ha habido; en la claridad diurna el oído resulta menos necesario. De ahí el carácter de la música, arte de la noche y de la penumbra.
En los momentos difíciles las personas buenas no tienen escrúpulos.
Nuestro estado de ánimo habitual depende del estado de ánimo en que sepamos mantener a quienes nos rodean.
En moral exigimos a todo el mundo la teoría más rigurosa.
Es raro que alguien que se ha hecho famoso no se vuelva por ello cobarde y ridículo. Los seguidores, que son masa, se adhieren siempre a sus debilidades y exageraciones y tienen fácil el convencerlo de que vea en eso su virtud, su vocación. ¿Ha ocurrido alguna vez que un gran hombre haya sido reconocido por sus contemporáneos en lo que él es grande?, ¿se ha convertido alguna vez un hombre famoso en el enemigo de sus seguidores? Schopenhauer se convirtió en el bufón de su fama antes de tenerla.
La voz humana es la apología de la música.
En todas las instituciones en las que no penetra el aire cortante de la crítica pública, crece como los hongos una corrupción no culpable (es decir, por ejemplo, en los cuerpos y organismos universitarios).
Más de una mujer tiene el intelletto del sacrificio y ya no está contenta de su vida si el marido no quiere sacrificarla. La mujer ya no sabe entonces a dónde dirigirse con su entendimiento e imprevistamente pasa de ser el animal del sacrificio a ser el propio sacerdote que sacrifica.