Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Lo normal es que sólo tras la muerte de una persona encontremos inconcebible que falte. En el caso de personas grandes del todo eso no ocurre a menudo hasta que han pasado decenios. Quien es honesto opina habitualmente, cuando ocurre una muerte, que en realidad no es mucho lo que falta y que el solemne orador fúnebre es un hipócrita. Sólo la necesidad enseña lo necesario que era un individuo, y el epitafio justo es un suspiro tardío.
El miedo ha favorecido más el conocimiento general del ser humano que el amor, pues el miedo quiere adivinar quién es el otro, qué es lo que puede, qué es lo que quiere. Equivocarse en eso constituiría un peligro y una desventaja. El amor, por el contrario, tiene un secreto impulso a ver en el otro la mayor cantidad posible de cosas bellas o a elevarlo lo más alto posible. Equivocarse a ese respecto sería para el amor un placer y una ventaja, y actúa de ese modo.
En la dorada vaina de la compasión se esconde a veces el puñal de la envidia.
Aniquilar las pasiones y apetitos meramente para prevenir su estupidez y las consecuencias desagradables que de ésta se derivan es algo que hoy se nos aparece nada más que como una forma aguda de estupidez. Ya no admiramos a los dentistas que extraen los dientes para que no sigan doliendo...
Para no apartarme de mi manera de ser, que dice sí y que sólo de manera indirecta, sólo contra su voluntad, tiene que ver con la contradicción y la crítica, voy a señalar enseguida las tres tareas en razón de las cuales se tiene necesidad de educadores. Se ha de aprender a ver, se ha de aprender a pensar, se ha de aprender a hablar y escribir. La meta en estas tres cosas es una cultura aristocrática.
En la primera era de la humanidad superior se considera como la virtud más aristocrática la valentía; en la segunda, la justicia; en la tercera, la moderación; en la cuarta, la sabiduría. ¿En qué era vivimos nosotros? ¿En cuál vives tú?
No son pocas las personas que, para mantener su propia estima y una cierta capacidad de acción, necesitan completamente rebajar y denigrar en su imaginación a todos sus conocidos. Puesto que todos nosotros sacamos ventaja de esa capacidad, hemos de aprobar, por las buenas o por las malas, su instrumento necesario: la envidia y la denigración.
Para que haya arte, para que haya algún hacer y contemplar estéticos, resulta indispensable una condición fisiológica previa: la embriaguez.
El amor prolongado es posible –aun siendo un amor feliz– porque no es fácil poseer a un ser humano hasta el final, conquistarlo hasta el final. Siempre se abren fondos nuevos, cuartos traseros del alma nuevos, aún no descubiertos, y también hacia ellos alarga sus manos la infinita ansia posesiva del amor. Pero el amor finaliza tan pronto como sentimos un ser como limitado.
Suponiendo que queramos alabar, constituye un sutil y a la vez aristocrático dominio de nosotros mismos el alabar únicamente cuando no estamos de acuerdo; de lo contrario, nos alabaríamos, en efecto, a nosotros mismos, lo cual va contra el buen gusto. Desde luego es ése un autodominio que ofrece una ocasión y un motivo magníficos para que se nos malentienda constantemente.
El supremo instinto de la pulcritud sitúa a su poseedor en el aislamiento más prodigioso y peligroso, como si fuese un santo, pues la santidad es cabalmente eso: la espiritualización suprema del instinto de pulcritud.
Nos equivocaremos pocas veces si atribuimos las acciones extremas a la vanidad; las mediocres, al hábito, y las mezquinas, al miedo.
¡La música, arte de la aurora!
Quien alcanza su ideal, justo por ello va más allá de él.
Casi todos los pensadores escriben mal, pues nos comunican no sólo sus pensamientos, sino también el acto de pensar sus pensamientos.
La inactividad de los «activos». No conocen la razón por la que trabajan; pierden, sin sentido, su Les falta la actividad superior, la «individual»; piensan como funcionarios, como comerciantes, pero son inactivos en cuanto seres humanos únicos.
Si los casados no viviesen juntos serían más frecuentes los buenos matrimonios.
Nada es bello, sólo el ser humano es bello. Sobre esta ingenuidad descansa toda estética; ella es su primera verdad. Añadamos enseguida su segunda verdad: nada es feo, excepto el ser humano que degenera; con esto queda delimitado el reino del juicio estético.
¿Cómo es que toda ejecución nos ofende más que un asesinato? Es la frialdad de los jueces, la meticulosa preparación, la inteligencia de que aquí se utiliza a una persona como medio para intimidar a otras. Pues no se castiga la culpa, aunque la hubiese; la culpa se halla en los educadores, en los padres, en el ambiente, en nosotros, no en el asesino. Estoy refiriéndome a las circunstancias ocasionantes.
El cinismo es la única forma en que las almas vulgares rozan lo que es honestidad; y el hombre superior tiene que abrir los oídos siempre que tropiece con un cinismo bastante grosero y sutil, y tiene que felicitarse cada vez que, justo delante de él, alcen su voz el bufón carente de pudor o el sátiro científico.
Siempre expresamos nuestros pensamientos con las palabras que tenemos a mano. O para expresar toda mi sospecha: en cada momento tenemos tan sólo el pensamiento para el que disponemos de palabras capaces de expresarlo aproximadamente.
El diablo mira con envidia a quien sufre mucho y lo expulsa al cielo.
Pocas personas habrá que, si están apuradas por falta de materia de conversación, no revelen los asuntos más secretos de sus amigos.
Ironía frente a quienes creen superado el cristianismo por las modernas ciencias naturales. Los juicios cristianos de valor no están en absoluto superados por ellas. «Cristo en la cruz» es el símbolo más sublime, todavía.
Quien tiene mucho que hacer mantiene casi inmodificados sus puntos de vista y sus opiniones generales. Lo mismo hace el que trabaja al servicio de una idea: nunca la examinará, ya no tiene tiempo para hacerlo; más aún, va contra su interés hasta el mero considerarla discutible.
No la ausencia de amor, sino la ausencia de amistad, eso es lo que hace los matrimonios desgraciados.
Por lo que más se nos castiga es por nuestras virtudes.
A: «¿Pero por qué evitas a ese gran hombre?». B: «¡No quisiera conocerlo mal! Nuestros defectos no se compadecen; yo soy miope y desconfiado y él lleva sus diamantes falsos tan a gusto como los auténticos».
Para mí Richard Wagner lleva demasiados diamantes falsos.
Un buen escritor no tiene sólo su propio espíritu, sino, además, el de sus amigos.
El arte es el gran estimulante para vivir: ¿cómo podría concebírselo como algo carente de finalidad, desprovisto de meta, como ?
En el elogio hay más entremetimiento que en la censura.
Cuando la mujer tiene virtudes masculinas es para salir corriendo; y cuando no tiene virtudes masculinas es ella misma la que sale corriendo.
Tanto los grandes hombres como las grandes épocas son sustancias explosivas en las cuales está acumulada una fuerza enorme. Su presupuesto es siempre, histórica y fisiológicamente, que durante largo tiempo se haya estado juntando, amontonando, ahorrando y guardando con vistas a ellos, que durante largo tiempo no haya habido ninguna explosión. Si la tensión en la masa se ha vuelto demasiado grande, hasta el estímulo más casual puede hacer surgir el «genio», la «acción», el gran destino.
Para poder mantener las promesas hechas es preciso tener buena memoria. Para poder sentir compasión es preciso tener gran capacidad de imaginación. Tan estrechamente ligada está la moral a la bondad del intelecto.
El mejor autor será el que se avergüence de convertirse en escritor
El pensamiento libre, los cuentos de hadas y la lascivia hacen que el ser humano se alce de puntillas.
La ciencia moderna tiene como meta el menor dolor posible, la vida más larga posible; es decir, una especie de eterna bienaventuranza, ciertamente muy modesta en comparación con la prometida por las religiones.
Hay almas esclavas que llevan tan lejos el reconocimiento por los beneficios recibidos que se estrangulan a sí mismas con el dogal de la gratitud.
Es extraordinario el peligro que hay en los grandes hombres y en las grandes épocas; van seguidos muy de cerca por el agotamiento de todo tipo, por la esterilidad. El gran hombre es un final; la gran época, el Renacimiento, por ejemplo, es un final.
A un escritor debería vérselo como un malhechor que sólo en casos rarísimos merece absolución o indulto; sería un medio contra la proliferación de libros.
No quedar adherido a nadie, aunque sea la persona más amada. Toda persona es una cárcel y, también, un rincón.
Hablar mucho de sí mismo es también un medio de ocultarse.
La gran ventaja de proceder de la nobleza es que permite soportar mejor la pobreza.
Las mujeres que poseen mucha vivacidad y a las que les gustaría atenuar esa impresión eligen colores azules, y del mismo modo hay en los libros tonalidades azules con las que su autor trata de compensar su saltarina excitabilidad.
Lo último que se le ocurre a quien es honesto consigo en público es darse importancia por esa honestidad, pues sabe muy bien por qué es honesto, por la misma razón por la que otros prefieren la apariencia y el disimulo.
Las personas virtuosas quieren hacernos creer a nosotros (y a veces también a sí mismas) que fueron ellas las que inventaron la felicidad. La verdad es que la virtud fue inventada por las personas felices.
Hay que apartar de nosotros el mal gusto de querer coincidir con muchos. «Bueno» deja de ser bueno cuando nuestro vecino toma esa palabra en su boca. ¡Y cómo podría existir un «bien común»! La expresión se contradice a sí misma: lo que puede ser común tiene siempre poco valor.