Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Las cosas buenas son sobremanera costosas, y siempre rige la ley de que quien las tiene es distinto de quien las adquiere Todo lo bueno es herencia; lo que no es heredado es imperfecto, es un comienzo...
[93] Regla suprema: es preciso no «dejarse ir» ni siquiera delante de sí mismo.
Algunos maridos han sollozado porque les raptaron sus mujeres; los más, porque nadie ha querido raptárselas.
Quien llora quiere que se llore con él; así ejerce dominio y se alegra.
Casi todas las personas están demasiado ocupadas consigo mismas como para ser malignas.
La tolerancia consigo mismo permite tener varias convicciones: ellas mismas conviven pacíficamente; se guardan, como todo el mundo hoy, de comprometerse. ¿De qué modo se compromete hoy uno? Si es consecuente. Si camina en línea recta. Si tiene menos de cinco significados. Si es auténtico...
Quien sienta que ejerce un gran influjo interno sobre otro habrá de dejarle completamente sueltas las riendas; más aún, ver a gusto e incluso provocar en él oposiciones ocasionales; de lo contrario, se creará inevitablemente un enemigo.
Lo que nosotros sabemos de nosotros mismos y conservamos en la memoria no es tan decisivo como se cree para la felicidad de nuestra vida. Un día nos cae encima lo que otros saben (o creen saber) de nosotros, y entonces nos damos cuenta de que eso tiene más poder. Nos resulta más fácil arreglárnoslas con nuestra mala conciencia que con nuestra mala reputación.
Las personas que captan en toda su hondura una cosa, raras veces le permanecen fieles para siempre. Han sacado a la luz precisamente su fondo, y siempre hay allí muchas cosas malas que ver.
Hay entre los chinos un proverbio que las madres enseñan ya a sus hijos: , «¡haz pequeño tu corazón!». Ésta es la auténtica tendencia básica en las civilizaciones tardías. Yo no dudo de que lo primero que un griego antiguo advertiría también en nosotros los europeos de hoy sería el empequeñecimiento de nosotros mismos; con sólo esto «repugnaríamos ya a gusto».
La desgracia de los escritores agudos y claros está en que se los toma por superficiales y en consecuencia no se les dedica ningún esfuerzo, y la suerte de los escritores no claros, en que el lector les dedica mucho esfuerzo y atribuye a la bondad de ellos la alegría que a él le produce su propio celo.
Hasta que no nos hemos olvidado del médico y de la enfermedad no hemos sanado.
La bondad de un matrimonio se acredita por el hecho de soportar alguna vez una «excepción».
El tener que rechazar un don meramente porque la forma de ofrecerlo no fue correcta es algo que nos hace sentir encono contra el donante.
Nos alegramos los unos de los otros como de plantas frescas de la Naturaleza y nos tenemos consideraciones mutuas. Así vamos creciendo como árboles, unos al lado de los otros, y justo por ello rectos y derechos, pues nos ayudamos recíprocamente a subir.
A un alma delicada la agobia el saber que alguien está obligado a gratitud con ella; a un alma grosera, el saber que ella está obligada a gratitud con alguien.
¡Cuidado con todos los espíritus que están encadenados! Por ejemplo, con las mujeres inteligentes a las que el destino ha confinado en un ambiente pequeño, obtuso, y que envejecen en él. Es verdad que están allí tendidas al sol, en apariencia indolentes y medio ciegas, pero, en cuanto oyen un paso extraño, en cuanto aparece algo imprevisto, se levantan para morder; así se vengan de todo lo que ha escapado de su perrera.
La espiritualización de la sensualidad se llama «amor».
Cuando la verdad que hemos de decir va contra nuestro carácter –como ocurre tantas veces–, nos comportamos como si mintiésemos mal y provocamos desconfianza.
El talento de no pocas personas parece menor de lo que es porque siempre se propusieron tareas demasiado grandes.
El mejor amigo obtendrá probablemente la mejor esposa, pues el buen matrimonio se basa en el talento para la amistad.
El mejor medio de acudir en ayuda de gente muy apocada y de tranquilizarla consiste en elogiarla con decisión.
El único argumento decisivo que en todos los tiempos apartó a los seres humanos de ingerir un veneno no fue que matase, sino que tuviese mal sabor.
Los griegos, que sabían muy bien lo que es un amigo –sólo ellos entre todos los pueblos poseen un tratamiento filosófico profundo y múltiple de la amistad; de modo que ellos fueron los primeros, y hasta ahora los últimos, a los que el amigo se les apareció como un problema digno de ser solucionado–, esos mismos griegos designaron a los parientes con un término que es el superlativo de la palabra «amigo». A mí eso me resulta inexplicable.
A la postre somos y continuamos siendo buenos con la música, de igual manera que continuamos siendo buenos con el claro de luna. Ninguna de esas dos cosas quiere, en efecto, expulsar al Sol; lo único que quieren es iluminar, en la medida de sus posibilidades, nuestras noches. ¿No es verdad, sin embargo, que nos está permitido burlarnos y reírnos de ellas? ¿Al menos un poco? ¿Y de vez en cuando? ¿Burlarnos y reírnos del hombre que hay en la luna? ¿De la mujer que hay en la música?
El hombre antiguo, cuando leía –esto ocurría bastante raramente–, lo que hacía era recitarse algo a sí mismo, y desde luego en voz alta. La gente se asombraba cuando alguien leía en voz baja y se preguntaba a escondidas por las razones de ello.
Pero si no existe veneno más venenoso que ése, pues esa doctrina parece ser predicada por la justicia misma, mientras que es el final de la justicia... «Igualdad para los iguales, desigualdad para los desiguales». ése sería el verdadero discurso de la justicia, y lo que de ahí se sigue, «no igualar jamás a los desiguales».
A todo el mundo le gusta usar palabras injuriosas, pero nunca ha creído nadie que a él se le aplique con razón una sola de ellas.
Sólo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis.
Perecemos con más facilidad a causa de nuestros puntos fuertes que a causa de nuestras debilidades, pues en lo que respecta a estas últimas vivimos razonablemente, pero no en lo que respecta a los primeros.
Estamos en la época de las masas: éstas se prosternan ante todo lo masivo. Y eso ocurre también en los asuntos políticos.
Cada pueblo tiene su tartufería propia y la denomina sus virtudes. Lo mejor que somos, eso no lo conocemos; no podemos conocerlo.
Las mujeres que sienten un amor especial por sus hijos son casi siempre vanidosas y engreídas. Las que no les conceden mucha importancia tienen casi siempre razón, pero dan a entender que de semejante padre no cabía aguardar un hijo mejor; en ello se muestra su vanidad.
Uno dice: «Lo noto en mí mismo: este libro es perjudicial». Pero basta con que aguarde, y acaso un día confesará que aquel libro le prestó un gran servicio, al sacar a la luz y hacer visible la enfermedad oculta de su corazón. Las opiniones modificadas no modifican (o modifican muy poco) el carácter de una persona, pero sin duda iluminan ciertos lados del astro de una personalidad que hasta entonces, en otra constelación de opiniones, habían permanecido ocultos e inconcebibles.
Se paga caro el llegar al poder. El poder vuelve estúpidas a las personas...
Quien sabe cómo surge toda fama desconfiará de la fama de que goza la virtud.
Un pensador que tenga sobre su conciencia el futuro de Europa contará, en todos los proyectos que en su interior trace sobre ese futuro, con los judíos, y asimismo con los rusos, considerándolos como los factores por lo pronto más seguros y más probables en el gran juego y en la gran lucha de las fuerzas.
«Si yo soy una , también tú deberías serlo». Con esa lógica se hacen las revoluciones.
El artista escoge los asuntos de sus obras: es su modo de alabar.
Quien ha experimentado la pena de decir la verdad a pesar de sus amistades y sus veneraciones siente ciertamente miedo de contraer nuevas amistades y de concebir nuevas veneraciones.
Es preciso hacer la prueba y ver quiénes de nuestros amigos y de los que «llevan nuestro bien en su corazón» la soportan. Tratémoslos groseramente alguna vez.
Quien vive de combatir a un enemigo tiene interés en que siga con vida.
Las mujeres han sido tratadas hasta ahora por los hombres como pájaros que, desde una altura cualquiera, han caído desorientados hasta ellos; como algo más fino, más frágil, más salvaje, más prodigioso, más dulce, más lleno de alma; como algo que hay que encarcelar para que no se escape volando.
¿Por qué todos los músicos son malos escritores, sin oído para el ritmo, sin rigor en el acorde de los pensamientos? La música relaja la capacidad de pensar y afina exageradamente el oído. El impreciso simbolizar; el contentarse con eso.
Alguien que piense con libertad recorre anticipadamente la evolución de generaciones enteras.
Los hombres corren detrás de quien sabe convencerlos de que han perdido su camino; tanto es lo que los halaga oír q ue tienen un camino.
La exigencia de ser amado es la máxima arrogancia
Es preciso haber visto dormida a una persona; de lo contrario, se ignora cuál es su aspecto. El rostro de tu amigo, al que crees conocer, es tu rostro, reflejado en un espejo imperfecto y tosco.