Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
Luis de Góngora y Argote
De Las Muertes De Don Rodrigo Calderón, Del Conde De Villamediana Y Conde De Lemus
Al tronco descansaba de una encina
Que invidia de los bosques fue lozana,
Cuando segur legal una mañana
Alto horror me dejó con su rüina.
Laurel que de sus ramas hizo dina
Mi lira, ruda sí, mas castellana,
Hierro luego fatal su pompa vana
(Culpa tuya, Calíope) fulmina.
En verdes hojas cano el de Minerva
Árbol culto, del Sol yace abrasado,
Aljófar, sus cenizas, de la yerba.
¡Cuánta esperanza miente a un desdichado!
¿A qué más desengaños me reserva,
A qué escarmientos me vincula el hado?
Que invidia de los bosques fue lozana,
Cuando segur legal una mañana
Alto horror me dejó con su rüina.
Laurel que de sus ramas hizo dina
Mi lira, ruda sí, mas castellana,
Hierro luego fatal su pompa vana
(Culpa tuya, Calíope) fulmina.
En verdes hojas cano el de Minerva
Árbol culto, del Sol yace abrasado,
Aljófar, sus cenizas, de la yerba.
¡Cuánta esperanza miente a un desdichado!
¿A qué más desengaños me reserva,
A qué escarmientos me vincula el hado?
244
Luis de Góngora y Argote
Ciego Que Apuntas Y Atinas
Ciego que apuntas y atinas,
Caduco dios, y rapaz,
Vendado que me has vendido,
Y niño mayor de edad,
Por el alma de tu madre
—Que murió, siendo inmortal,
De envidia de mi señora—,
Que no me persigas más.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Baste el tiempo mal gastado
Que he seguido a mi pesar
Tus inquïetas banderas,
Forajido capitán.
Perdóname, Amor, aquí,
Pues yo te perdono allá
Cuatro escudos de paciencia,
Diez de ventaja en amar.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Amadores desdichados,
Que seguís milicia tal,
Decidme, ¿qué buena guía
Podéis de un ciego sacar?
De un pájaro ¿qué firmeza?
¿Qué esperanza de un rapaz?
¿Qué galardón de un desnudo?
De un tirano, ¿qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Diez años desperdicié,
Los mejores de mi edad,
En ser labrador de Amor
A costa de mi caudal.
Como aré y sembré, cogí;
Aré un alterado mar,
Sembré una estéril arena,
Cogí vergüenza y afán.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Una torre fabriqué
Del viento en la raridad,
Mayor que la de Nembrot,
Y de confusión igual.
Gloria llamaba a la pena,
A la cárcel libertad,
Miel dulce al amargo acíbar,
Principio al fin, bien al mal.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Caduco dios, y rapaz,
Vendado que me has vendido,
Y niño mayor de edad,
Por el alma de tu madre
—Que murió, siendo inmortal,
De envidia de mi señora—,
Que no me persigas más.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Baste el tiempo mal gastado
Que he seguido a mi pesar
Tus inquïetas banderas,
Forajido capitán.
Perdóname, Amor, aquí,
Pues yo te perdono allá
Cuatro escudos de paciencia,
Diez de ventaja en amar.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Amadores desdichados,
Que seguís milicia tal,
Decidme, ¿qué buena guía
Podéis de un ciego sacar?
De un pájaro ¿qué firmeza?
¿Qué esperanza de un rapaz?
¿Qué galardón de un desnudo?
De un tirano, ¿qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Diez años desperdicié,
Los mejores de mi edad,
En ser labrador de Amor
A costa de mi caudal.
Como aré y sembré, cogí;
Aré un alterado mar,
Sembré una estéril arena,
Cogí vergüenza y afán.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
Una torre fabriqué
Del viento en la raridad,
Mayor que la de Nembrot,
Y de confusión igual.
Gloria llamaba a la pena,
A la cárcel libertad,
Miel dulce al amargo acíbar,
Principio al fin, bien al mal.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
517
Luis de Góngora y Argote
Mamóla
El que a su mujer procura
Dar remedio al mal de madre,
Y ve que no la comadre
Sino que el Cura la cura,
Si piensa que el Padre Cura
Trae la virtud en la estola,
Mamóla.
Soldado que de la armada
Partió a casarse doncel
Con la que lo es menos que él
(Aunque mucho más soldada),
Si la vitoria ganada
Atribuye a la pistola,
Mamóla.
La dama que llama el paje
Dejó en la cama a su esposo
Y le halló, de celoso,
Más helado que el potaje;
Si ella dijo era mensaje
De su madre, y él creyóla,
Mamóla.
Si abierta la puerta tiene
Todo el año la casada,
No es bien la halle cerrada
El marido cuando viene;
Y si en abrir se detiene
Y piensa que estaba sola,
Mamóla.
El padre que no replica
Viendo gastar a las hijas
Galas, copete y sortijas,
Desde la grande a la chica,
Si piensa no usan de pica
Cuando ya saben de gola,
Mamóla.
El que da mil alabanzas
A su mujer, porque sabe
Hacer con estremo grave
Mil diferencias de danzas,
Si el que pagó estas mudanzas
Piensa no hizo cabriola,
Mamóla.
Si piensa el que vio amarilla
A su dama de contino,
Cuando el rojo sobrevino
En una y otra mejilla,
Que no es ajena semilla
La que causa esta amapola,
Mamóla.
La dama que en su retrete
Sólo al tenderete juega,
Y para jugarlo alega
Ser la cama buen bufete,
Si piensa que el «tenderete»
No es juego de pirinola,
Mamóla.
Si piensa el que a doña Inés
En conversación la halló,
Donde sólo se trató
De la toma de Calés,
Que no fue sarao francés
Ni acabó en justa española,
Mamóla.
El que, por más que espolee,
No endereza el acicate
(Quizá porque mejor bate
Otro el vientre), si no cree
Que, porque no se mosquee,
Le han castigado la cola,
Mamóla.
Dar remedio al mal de madre,
Y ve que no la comadre
Sino que el Cura la cura,
Si piensa que el Padre Cura
Trae la virtud en la estola,
Mamóla.
Soldado que de la armada
Partió a casarse doncel
Con la que lo es menos que él
(Aunque mucho más soldada),
Si la vitoria ganada
Atribuye a la pistola,
Mamóla.
La dama que llama el paje
Dejó en la cama a su esposo
Y le halló, de celoso,
Más helado que el potaje;
Si ella dijo era mensaje
De su madre, y él creyóla,
Mamóla.
Si abierta la puerta tiene
Todo el año la casada,
No es bien la halle cerrada
El marido cuando viene;
Y si en abrir se detiene
Y piensa que estaba sola,
Mamóla.
El padre que no replica
Viendo gastar a las hijas
Galas, copete y sortijas,
Desde la grande a la chica,
Si piensa no usan de pica
Cuando ya saben de gola,
Mamóla.
El que da mil alabanzas
A su mujer, porque sabe
Hacer con estremo grave
Mil diferencias de danzas,
Si el que pagó estas mudanzas
Piensa no hizo cabriola,
Mamóla.
Si piensa el que vio amarilla
A su dama de contino,
Cuando el rojo sobrevino
En una y otra mejilla,
Que no es ajena semilla
La que causa esta amapola,
Mamóla.
La dama que en su retrete
Sólo al tenderete juega,
Y para jugarlo alega
Ser la cama buen bufete,
Si piensa que el «tenderete»
No es juego de pirinola,
Mamóla.
Si piensa el que a doña Inés
En conversación la halló,
Donde sólo se trató
De la toma de Calés,
Que no fue sarao francés
Ni acabó en justa española,
Mamóla.
El que, por más que espolee,
No endereza el acicate
(Quizá porque mejor bate
Otro el vientre), si no cree
Que, porque no se mosquee,
Le han castigado la cola,
Mamóla.
564
Luis de Góngora y Argote
Una Moza De Alcobendas
Una moza de Alcobendas
Sobre su rubio tranzado
Pidió la fe que le he dado,
Porque eran de oro las prendas;
Concertados sin contiendas
Nuestros dulces desenojos,
Me pidió sobre sus ojos
Por lo menos un doblón;
Yo, aunque de esmeralda son,
Se le libré en Tremecén.
¿Hice bien?
En el dedo de un doctor
Engastado en oro vi
Un finísimo rubí,
Porque es siempre este color
El antídoto mejor
Contra la melancolía;
Yo, por alegrar la mía,
Un rubí desaté en oro;
El rubí me lo dio Toro,
El oro Ciudad Real.
¿Hice mal?
Sobre su rubio tranzado
Pidió la fe que le he dado,
Porque eran de oro las prendas;
Concertados sin contiendas
Nuestros dulces desenojos,
Me pidió sobre sus ojos
Por lo menos un doblón;
Yo, aunque de esmeralda son,
Se le libré en Tremecén.
¿Hice bien?
En el dedo de un doctor
Engastado en oro vi
Un finísimo rubí,
Porque es siempre este color
El antídoto mejor
Contra la melancolía;
Yo, por alegrar la mía,
Un rubí desaté en oro;
El rubí me lo dio Toro,
El oro Ciudad Real.
¿Hice mal?
427
Luis de Góngora y Argote
Del Rey Y Reina Nuestros Señores En El Pardo, Antes De Reinar
Dulce arroyuelo de la nieve fría
Bajaba mudamente desatado,
Y del silencio que guardaba helado
En labios de claveles se reía.
Con sus floridos márgenes partía
Si no su amor Fileno, su cuidado;
No ha visto a su Belisa, y ha dorado
El sol casi los términos del día.
Con lágrimas turbando la corriente,
El llanto en perlas coronó las flores,
Que ya bebieron en cristal la risa.
Llegó en esto Belisa,
La alba en los blancos lirios de su frente,
Y en sus divinos ojos los amores,
Que de un casto veneno
La esperanza alimentan de Fileno.
Bajaba mudamente desatado,
Y del silencio que guardaba helado
En labios de claveles se reía.
Con sus floridos márgenes partía
Si no su amor Fileno, su cuidado;
No ha visto a su Belisa, y ha dorado
El sol casi los términos del día.
Con lágrimas turbando la corriente,
El llanto en perlas coronó las flores,
Que ya bebieron en cristal la risa.
Llegó en esto Belisa,
La alba en los blancos lirios de su frente,
Y en sus divinos ojos los amores,
Que de un casto veneno
La esperanza alimentan de Fileno.
260
Álvarez Quintero, Serafín y Joaquín
La Rosa Del Jardinero
Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal.
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.
A la orilla de la fuente
un caballero pasó,
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:
—Rosa la más delicada
que por mi amor cultivada
nunca fue;
rosa, la más encendida,
la más fragante y pulida
que cuidé;
blanca estrella que del cielo
curiosa del ver el suelo
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó.
¿Quién te quiere? ¿Quién te llama
por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?
¿Tú no sabes que es grosero
el mundo? ¿Que es traicionero
el amor?
¿Que no se aprecia en la vida
la pura miel escondida
en la flor?
¿Bajo qué cielo caíste?
¿A quién tu tesoro diste
virginal?
¿En qué manos te deshojas?
¿Qué aliento quema tus hojas
infernal?
¿Quién te cuida con esmero
como el viejo jardinero
te cuidó?
¿Quién por ti sólo suspira?
¿Quién te quiere? ¿Quién te mira
como yo?
¿Quién te miente que te ama
con fe y con ternura igual?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?
¿Por qué te fuiste tan pura
de otra vida a la ventura
o al dolor?
¿Qué faltaba a tu recreo?
¿Qué a tu inocente deseo
soñador?
En la fuente limpia y clara
¿espejo que te copiara
no te di?
¿Los pájaros escondidos,
no cantaban en sus nidos
para ti?
¿Cuando era el aire de fuego,
no refresqué con mi riego
tu calor?
¿No te dio mi trato amigo
en las heladas abrigo
protector?
¿Quién para sí te reclama?
¿te hará bien o te hará mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?
Así un día y otro día,
entre espinas y entre flores,
el jardinero plañía
imaginando dolores,
desde aquel en que a la fuente
un caballero llegó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
era una tranquila fuente
de cristal;
era a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal.
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.
A la orilla de la fuente
un caballero pasó,
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:
—Rosa la más delicada
que por mi amor cultivada
nunca fue;
rosa, la más encendida,
la más fragante y pulida
que cuidé;
blanca estrella que del cielo
curiosa del ver el suelo
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó.
¿Quién te quiere? ¿Quién te llama
por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?
¿Tú no sabes que es grosero
el mundo? ¿Que es traicionero
el amor?
¿Que no se aprecia en la vida
la pura miel escondida
en la flor?
¿Bajo qué cielo caíste?
¿A quién tu tesoro diste
virginal?
¿En qué manos te deshojas?
¿Qué aliento quema tus hojas
infernal?
¿Quién te cuida con esmero
como el viejo jardinero
te cuidó?
¿Quién por ti sólo suspira?
¿Quién te quiere? ¿Quién te mira
como yo?
¿Quién te miente que te ama
con fe y con ternura igual?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?
¿Por qué te fuiste tan pura
de otra vida a la ventura
o al dolor?
¿Qué faltaba a tu recreo?
¿Qué a tu inocente deseo
soñador?
En la fuente limpia y clara
¿espejo que te copiara
no te di?
¿Los pájaros escondidos,
no cantaban en sus nidos
para ti?
¿Cuando era el aire de fuego,
no refresqué con mi riego
tu calor?
¿No te dio mi trato amigo
en las heladas abrigo
protector?
¿Quién para sí te reclama?
¿te hará bien o te hará mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?
Así un día y otro día,
entre espinas y entre flores,
el jardinero plañía
imaginando dolores,
desde aquel en que a la fuente
un caballero llegó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
694
Ignacio de Luzán
Idilio Leandro Y Hero
Musa, tú que conoces
los yerros, los delirios
los bienes y los males
de los amantes finos
Dime quién fue Leandro
qué Dios o qué maligno
astro en las fieras ondas
cortó a su vida el hilo
Leandro a quién mil veces
los duros ejercicios
del estadio ciñeron
de rosas y de mirtos
Ya en la robusta lucha
ya con el fuerte disco
ya corriendo o nadando
diestro gallardo invicto
Amaba a Hero divina
bellísimo prodigio
sobre cuantas bellezas
Sesto admiró y Abido
Negro el cabello ufano
con naturales rizos
realzaba del cuello
los cándidos armiños
En proporción y gala
de rostro talle y brío
quiso ostentar el cielo
esmeros peregrinos.
Pero aun más que otras gracias
brillaba el atractivo
de una modestia humilde
de un natural sencillo
Tal entre los celajes
de nubes escondidos
vibran del sol los rayos
ardores mas activos
Y tal entre las flores
a gustos exquisitos
más que una rosa agrada
un cárdeno jacinto.
Viola Leandro un día
en los cultos festivos
que a Venus tributaban
de Sesto los vecinos.
Era sacerdotisa
del templo y sacrificio,
y aún emulaba en todo
al sacro numen ciprio.
Viola en el gran concurso
de los solemnes ritos
brillar único asombro
viola y quedó perdido
Y a la deidad del templo,
con el nuevo excesivo
ardor que le abrasaba
frenético la dijo:
«Gran diosa de Citeres
de Pafos y de Gnido
esta mortal belleza
es tu traslado vivo
»Perdona, pues si a ella
tus mismos cultos rindo
y si un traslado adoro
equívoco contigo»
Oyó Venus sus voces
oyolas el dios niño
y decretaron ambos
venganzas y castigos
Tanto el enojo puede
en ánimos divinos
un lenguaje del alma
ha de ser un delito
Dígame el que conozca
a Venus y a Cupido
si es más cruel la madre
o es más cruel el hijo.
Qué sé yo: cruel la madre,
crüel y vengativo
es el hijo, que ejerce
tiránicos caprichos.
Miró tierno Leandro,
habló amante, instó fino,
ya mudo, ya elocuente,
con ojos y suspiros.
Oyole Hero con pecho
ya tímido, ya esquivo,
mas poco a poco un fuego
la entró por los sentidos
un fuego que es veneno
un fuego que es martirio
si es martirio y veneno
¿cómo es apetecido?
De una torre en la playa
el murado recinto
de esta sacerdotisa
era albergue y retiro.
Allí, cautos, sus padres
del concurso y bullicio
este bello tesoro
guardaban escondido
Mas contra amor ¿qué muro
será seguro asilo
si todo lo penetran
sus vencedores tiros?
Leandro, enamorado
resuelto y atrevido
los reparos allana
desprecia los peligros.
Pasar nadando ofrece
del uno al otro sitio
prometiendo himeneos
nocturnos y furtivos.
Mas sobre las almenas
del la torre encendido
quiere que un farol arda
de sus bodas testigo
Cuya luz para el nueso
peligroso camino
sirva de norte y guía
en rumbos no sabidos
Arde farol no ceses
astro de amor benigno
que astro serás de muerte
si se apaga tu brillo
Lleno ya de esperanzas
vuelve Leandro a Abido
y cuenta los instantes
como si fueran siglos
Llegó en fin de las sombras
el lóbrego dominio
obscureciendo objetos
remotos y vecinos
El joven en la playa
arrojando el vestido
a las ondas se entrega
con intrépido brío
y alternando de brazos
y pies el ejercicio,
ágil y diestro rompe
el ímpetu marino
Mas ya había gran trecho
del piélago vencido
y ya el cansado brazo
rehusaba su oficio.
Clara brillante luna
con rayos reflexivos
de Anfitrite a los campos
daba argentados visos
Leandro ya al extremo
terminó reducido
a su favor acude
en el fatal conflicto
Diosa triforme dice
con ánimo sumiso
protectora de amantes
propensa siempre a oírlos
Si los casos de Latmos
no has puesto aun en olvido
y sabes lo que puede
un amor como el mío
Seame aquí tu numen
favorable y propicio
y en la playa de Sesto
dame el puerto que pido
Fuese el favor del numen
o fuese el norte fijo
del farol, que ya cerca
vio arder con grato auspicio,
o fuese amor, que suele
con prósperos principios
atraer los amantes
a infaustos precipicios,
Cobrando nuevo aliento
a esfuerzos repetidos,
afierra de la arena
el suelo movedizo.
Allí a aguardarle sola
su fina esposa vino
y al verle tiembla toda
de susto y regocijo
«Ven, esposo» —le dice—,
«llega a los brazos míos;
para exponerte tanto,
¿cómo ha de haber motivo?
»Amor venció tan duro
insólito camino.
¿Cómo vienes? ¿Qué numen
tu conductor ha sido?»
Así diciendo, enjuga
los restos del rocío
salobre que de cuerpo
corrían hilo a hilo,
Y a la torre le guía
aliviando el prolijo
afán con oficiosos
brazos entretejidos.
Entretanto Himeneo,
volando en torno el vivo
sagrado fuego enciende
de sus nupciales pinos
Pero antes que saliese
el astro matutino
ya volvía Leandro
a su confín nativo.
Así todas las noches
por el silencio amigo
iba nadando a Sesto
centro de sus cariños
Tal ruiseñor amante
vuela y revuela el nido
donde de su consorte
le llama el tierno pico
Pero en amor que halago
se vio jamás continuo,
movibles son sus dichas
sus escarmientos fijos
Siete días pasaron
sin mostrarse de Cintio
la luz siete noches
sin luceros ni signos
En fin salió una aurora
con ceño y desaliño
siguiose triste día
en tenebroso Olimpo.
La noche añadió horrores
y para más cumplirlos
dio licencia a los vientos
Eolo , su caudillo.
Leandro en tanto triste
anhela ver tranquilo
el mar y ya calmados
los vientos enemigos
Pero al fin impaciente
cediendo a su destino
fuese a la playa y de esta
manera habló consigo
«Corazón, ¿qué te espanta?
¿Qué importará que tibios
huyamos de una muerte
si de otra nos morimos?»
Dijo, y de su arrestado
amante desvarío
impelido se arroja
al mar embravecido.
Y a pesar de su furia
contra los torbellinos
lucha con fuerte brazo
por no poco distrito.
Pero ya se redoblan
del Aquilón los silbos
levanta el mar sus olas
aumenta sus bramidos.
¡Ay, mísero Leandro,
ya con dolor te miro
contiguo a las estrellas
y al Tártaro contiguo!
Apuradas las fuerzas
sin aliento, sin tino,
y del farol amado
el claro norte extinto
Viendo por todas partes
presente a los sentidos
de la pálida muerte
el bárbaro cuchillo
A las ondas se vuelve
trémulo y semivivo
hallar piedad pensando
donde nunca la ha habido
«Ondas, si darme muerte
es decreto preciso,
no a la ida, a la vuelta
matadme a vuestro arbitrio».
Las crueles ondas niegan
al ruego los oídos
y le sepultan dentro
de su profundo abismo
Entonces exhalando
el último suspiro
tres veces a Hero llama
con lamentable grito
Viole el Alba otro día
cuando dejaba al Indo
y tuvo horror del triste
espectáculo indigno
Al pie de la alta torre
del mismo mar traído
yacía el infelice
yerto cadáver frío
Cual suele quedar mustio
cárdeno hermoso lirio
si le arrancó el arado
o deshojó el granizo
Viole Hero y de la torre
se arroja sobre el mismo
cadáver y allí logra
en la muerte el alivio
Así tuvieron ambos
igual fin indiviso
viéndose en vida y muerte
Hero y Leandro unidos
Es fama que lloraron
de Sesto los sombríos
bosques y que se oían
mil veces los gemidos
Y al huésped extranjero
llorando compasivo
cantaba el triste caso
el morador de Abido
Y hasta en lejanos climas
con flebil tierno estilo
el trágico suceso
cantaba el peregrino.
los yerros, los delirios
los bienes y los males
de los amantes finos
Dime quién fue Leandro
qué Dios o qué maligno
astro en las fieras ondas
cortó a su vida el hilo
Leandro a quién mil veces
los duros ejercicios
del estadio ciñeron
de rosas y de mirtos
Ya en la robusta lucha
ya con el fuerte disco
ya corriendo o nadando
diestro gallardo invicto
Amaba a Hero divina
bellísimo prodigio
sobre cuantas bellezas
Sesto admiró y Abido
Negro el cabello ufano
con naturales rizos
realzaba del cuello
los cándidos armiños
En proporción y gala
de rostro talle y brío
quiso ostentar el cielo
esmeros peregrinos.
Pero aun más que otras gracias
brillaba el atractivo
de una modestia humilde
de un natural sencillo
Tal entre los celajes
de nubes escondidos
vibran del sol los rayos
ardores mas activos
Y tal entre las flores
a gustos exquisitos
más que una rosa agrada
un cárdeno jacinto.
Viola Leandro un día
en los cultos festivos
que a Venus tributaban
de Sesto los vecinos.
Era sacerdotisa
del templo y sacrificio,
y aún emulaba en todo
al sacro numen ciprio.
Viola en el gran concurso
de los solemnes ritos
brillar único asombro
viola y quedó perdido
Y a la deidad del templo,
con el nuevo excesivo
ardor que le abrasaba
frenético la dijo:
«Gran diosa de Citeres
de Pafos y de Gnido
esta mortal belleza
es tu traslado vivo
»Perdona, pues si a ella
tus mismos cultos rindo
y si un traslado adoro
equívoco contigo»
Oyó Venus sus voces
oyolas el dios niño
y decretaron ambos
venganzas y castigos
Tanto el enojo puede
en ánimos divinos
un lenguaje del alma
ha de ser un delito
Dígame el que conozca
a Venus y a Cupido
si es más cruel la madre
o es más cruel el hijo.
Qué sé yo: cruel la madre,
crüel y vengativo
es el hijo, que ejerce
tiránicos caprichos.
Miró tierno Leandro,
habló amante, instó fino,
ya mudo, ya elocuente,
con ojos y suspiros.
Oyole Hero con pecho
ya tímido, ya esquivo,
mas poco a poco un fuego
la entró por los sentidos
un fuego que es veneno
un fuego que es martirio
si es martirio y veneno
¿cómo es apetecido?
De una torre en la playa
el murado recinto
de esta sacerdotisa
era albergue y retiro.
Allí, cautos, sus padres
del concurso y bullicio
este bello tesoro
guardaban escondido
Mas contra amor ¿qué muro
será seguro asilo
si todo lo penetran
sus vencedores tiros?
Leandro, enamorado
resuelto y atrevido
los reparos allana
desprecia los peligros.
Pasar nadando ofrece
del uno al otro sitio
prometiendo himeneos
nocturnos y furtivos.
Mas sobre las almenas
del la torre encendido
quiere que un farol arda
de sus bodas testigo
Cuya luz para el nueso
peligroso camino
sirva de norte y guía
en rumbos no sabidos
Arde farol no ceses
astro de amor benigno
que astro serás de muerte
si se apaga tu brillo
Lleno ya de esperanzas
vuelve Leandro a Abido
y cuenta los instantes
como si fueran siglos
Llegó en fin de las sombras
el lóbrego dominio
obscureciendo objetos
remotos y vecinos
El joven en la playa
arrojando el vestido
a las ondas se entrega
con intrépido brío
y alternando de brazos
y pies el ejercicio,
ágil y diestro rompe
el ímpetu marino
Mas ya había gran trecho
del piélago vencido
y ya el cansado brazo
rehusaba su oficio.
Clara brillante luna
con rayos reflexivos
de Anfitrite a los campos
daba argentados visos
Leandro ya al extremo
terminó reducido
a su favor acude
en el fatal conflicto
Diosa triforme dice
con ánimo sumiso
protectora de amantes
propensa siempre a oírlos
Si los casos de Latmos
no has puesto aun en olvido
y sabes lo que puede
un amor como el mío
Seame aquí tu numen
favorable y propicio
y en la playa de Sesto
dame el puerto que pido
Fuese el favor del numen
o fuese el norte fijo
del farol, que ya cerca
vio arder con grato auspicio,
o fuese amor, que suele
con prósperos principios
atraer los amantes
a infaustos precipicios,
Cobrando nuevo aliento
a esfuerzos repetidos,
afierra de la arena
el suelo movedizo.
Allí a aguardarle sola
su fina esposa vino
y al verle tiembla toda
de susto y regocijo
«Ven, esposo» —le dice—,
«llega a los brazos míos;
para exponerte tanto,
¿cómo ha de haber motivo?
»Amor venció tan duro
insólito camino.
¿Cómo vienes? ¿Qué numen
tu conductor ha sido?»
Así diciendo, enjuga
los restos del rocío
salobre que de cuerpo
corrían hilo a hilo,
Y a la torre le guía
aliviando el prolijo
afán con oficiosos
brazos entretejidos.
Entretanto Himeneo,
volando en torno el vivo
sagrado fuego enciende
de sus nupciales pinos
Pero antes que saliese
el astro matutino
ya volvía Leandro
a su confín nativo.
Así todas las noches
por el silencio amigo
iba nadando a Sesto
centro de sus cariños
Tal ruiseñor amante
vuela y revuela el nido
donde de su consorte
le llama el tierno pico
Pero en amor que halago
se vio jamás continuo,
movibles son sus dichas
sus escarmientos fijos
Siete días pasaron
sin mostrarse de Cintio
la luz siete noches
sin luceros ni signos
En fin salió una aurora
con ceño y desaliño
siguiose triste día
en tenebroso Olimpo.
La noche añadió horrores
y para más cumplirlos
dio licencia a los vientos
Eolo , su caudillo.
Leandro en tanto triste
anhela ver tranquilo
el mar y ya calmados
los vientos enemigos
Pero al fin impaciente
cediendo a su destino
fuese a la playa y de esta
manera habló consigo
«Corazón, ¿qué te espanta?
¿Qué importará que tibios
huyamos de una muerte
si de otra nos morimos?»
Dijo, y de su arrestado
amante desvarío
impelido se arroja
al mar embravecido.
Y a pesar de su furia
contra los torbellinos
lucha con fuerte brazo
por no poco distrito.
Pero ya se redoblan
del Aquilón los silbos
levanta el mar sus olas
aumenta sus bramidos.
¡Ay, mísero Leandro,
ya con dolor te miro
contiguo a las estrellas
y al Tártaro contiguo!
Apuradas las fuerzas
sin aliento, sin tino,
y del farol amado
el claro norte extinto
Viendo por todas partes
presente a los sentidos
de la pálida muerte
el bárbaro cuchillo
A las ondas se vuelve
trémulo y semivivo
hallar piedad pensando
donde nunca la ha habido
«Ondas, si darme muerte
es decreto preciso,
no a la ida, a la vuelta
matadme a vuestro arbitrio».
Las crueles ondas niegan
al ruego los oídos
y le sepultan dentro
de su profundo abismo
Entonces exhalando
el último suspiro
tres veces a Hero llama
con lamentable grito
Viole el Alba otro día
cuando dejaba al Indo
y tuvo horror del triste
espectáculo indigno
Al pie de la alta torre
del mismo mar traído
yacía el infelice
yerto cadáver frío
Cual suele quedar mustio
cárdeno hermoso lirio
si le arrancó el arado
o deshojó el granizo
Viole Hero y de la torre
se arroja sobre el mismo
cadáver y allí logra
en la muerte el alivio
Así tuvieron ambos
igual fin indiviso
viéndose en vida y muerte
Hero y Leandro unidos
Es fama que lloraron
de Sesto los sombríos
bosques y que se oían
mil veces los gemidos
Y al huésped extranjero
llorando compasivo
cantaba el triste caso
el morador de Abido
Y hasta en lejanos climas
con flebil tierno estilo
el trágico suceso
cantaba el peregrino.
1.611
Hernando de Acuña
Soneto Sobre La Red De Amor
Dígame quién lo sabe: ¿cómo es hecha
la red de Amor, que tanta gente prende?
¿Y cómo, habiendo tanto que la tiende,
no está del tiempo ya rota o deshecha?
¿Y cómo es hecho el arco que Amor flecha,
pues hierro ni valor se le defiende?
¿Y cómo o dónde halla, o quién le vende,
de plomo, plata y oro tanta flecha?
Y si dicen que es niño, ¿cómo viene
a vencer los gigantes? Y si es ciego,
¿cómo toma al tirar cierta la mira?
Y si, como se escribe, siempre tiene
en una mano el arco, en otra el fuego,
¿cómo tiende la red y cómo tira?
la red de Amor, que tanta gente prende?
¿Y cómo, habiendo tanto que la tiende,
no está del tiempo ya rota o deshecha?
¿Y cómo es hecho el arco que Amor flecha,
pues hierro ni valor se le defiende?
¿Y cómo o dónde halla, o quién le vende,
de plomo, plata y oro tanta flecha?
Y si dicen que es niño, ¿cómo viene
a vencer los gigantes? Y si es ciego,
¿cómo toma al tirar cierta la mira?
Y si, como se escribe, siempre tiene
en una mano el arco, en otra el fuego,
¿cómo tiende la red y cómo tira?
350
Hernando de Acuña
En Extrema Pasión Vivía Contento
En extrema pasión vivía contento
por vos, señora, y cuando más sentía,
sólo un mirarme o veros, deshacía
o, al menos, aliviaba mi tormento.
Hora quisistes que de fundamento
cayese en tierra la esperanza mía
con declararme lo que no entendía,
de torpe, hasta aquí mi entendimiento.
De esto nació un desdén por cuya mano
en término muy corto se ha deshecho
la fábrica que Amor hizo en mil años.
Yo miro, ya seguro desde el llano,
el risco en que me vi y el paso estrecho,
quedando ya seguro de mis daños.
por vos, señora, y cuando más sentía,
sólo un mirarme o veros, deshacía
o, al menos, aliviaba mi tormento.
Hora quisistes que de fundamento
cayese en tierra la esperanza mía
con declararme lo que no entendía,
de torpe, hasta aquí mi entendimiento.
De esto nació un desdén por cuya mano
en término muy corto se ha deshecho
la fábrica que Amor hizo en mil años.
Yo miro, ya seguro desde el llano,
el risco en que me vi y el paso estrecho,
quedando ya seguro de mis daños.
278
Hernando de Acuña
En Extrema Pasión Vivía Contento
En extrema pasión vivía contento
por vos, señora, y cuando más sentía,
sólo un mirarme o veros, deshacía
o, al menos, aliviaba mi tormento.
Hora quisistes que de fundamento
cayese en tierra la esperanza mía
con declararme lo que no entendía,
de torpe, hasta aquí mi entendimiento.
De esto nació un desdén por cuya mano
en término muy corto se ha deshecho
la fábrica que Amor hizo en mil años.
Yo miro, ya seguro desde el llano,
el risco en que me vi y el paso estrecho,
quedando ya seguro de mis daños.
por vos, señora, y cuando más sentía,
sólo un mirarme o veros, deshacía
o, al menos, aliviaba mi tormento.
Hora quisistes que de fundamento
cayese en tierra la esperanza mía
con declararme lo que no entendía,
de torpe, hasta aquí mi entendimiento.
De esto nació un desdén por cuya mano
en término muy corto se ha deshecho
la fábrica que Amor hizo en mil años.
Yo miro, ya seguro desde el llano,
el risco en que me vi y el paso estrecho,
quedando ya seguro de mis daños.
278
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxxviii
Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;
que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;
y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.
sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.
rompiendo el aire siempre con sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;
que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;
y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.
sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.
663
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxxv
Mario, el ingrato amor, como testigo
de mi fe pura y de mi gran firmeza,
usando en mí su vil naturaleza,
que es hacer más ofensa al más amigo;
teniendo miedo que si escribo o digo
su condición, abato su grandeza;
no bastando su fuerza a mi crüeza
ha esforzado la mano a mi enemigo.
Y ansí, en la parte que la diestra mano
gobierna. y en aquella que declara
los conceptos del alma, fui herido.
Mas yo haré que aquesta ofensa cara
le cueste al ofensor, ya que estoy sano,
libre, desesperado y ofendido.
de mi fe pura y de mi gran firmeza,
usando en mí su vil naturaleza,
que es hacer más ofensa al más amigo;
teniendo miedo que si escribo o digo
su condición, abato su grandeza;
no bastando su fuerza a mi crüeza
ha esforzado la mano a mi enemigo.
Y ansí, en la parte que la diestra mano
gobierna. y en aquella que declara
los conceptos del alma, fui herido.
Mas yo haré que aquesta ofensa cara
le cueste al ofensor, ya que estoy sano,
libre, desesperado y ofendido.
551
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxxv
Mario, el ingrato amor, como testigo
de mi fe pura y de mi gran firmeza,
usando en mí su vil naturaleza,
que es hacer más ofensa al más amigo;
teniendo miedo que si escribo o digo
su condición, abato su grandeza;
no bastando su fuerza a mi crüeza
ha esforzado la mano a mi enemigo.
Y ansí, en la parte que la diestra mano
gobierna. y en aquella que declara
los conceptos del alma, fui herido.
Mas yo haré que aquesta ofensa cara
le cueste al ofensor, ya que estoy sano,
libre, desesperado y ofendido.
de mi fe pura y de mi gran firmeza,
usando en mí su vil naturaleza,
que es hacer más ofensa al más amigo;
teniendo miedo que si escribo o digo
su condición, abato su grandeza;
no bastando su fuerza a mi crüeza
ha esforzado la mano a mi enemigo.
Y ansí, en la parte que la diestra mano
gobierna. y en aquella que declara
los conceptos del alma, fui herido.
Mas yo haré que aquesta ofensa cara
le cueste al ofensor, ya que estoy sano,
libre, desesperado y ofendido.
551
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxxiii
Boscán, las armas y el furor de Marte,
que con su propria fuerza el africano
suelo regando, hacen que el romano
imperio reverdezca en esta parte,
han reducido a la memoria del arte
y el antiguo valor italïano,
por cuya fuerza y valerosa mano
África se aterró de parte a parte.
Aquí donde el romano encendimiento,
donde el fuego y la llama licenciosa
sólo el nombre dejaron a Cartago,
vuelve y revuelve amor mi pensamiento,
hiere y enciende el alma temerosa,
y en llanto y en ceniza me deshago.
que con su propria fuerza el africano
suelo regando, hacen que el romano
imperio reverdezca en esta parte,
han reducido a la memoria del arte
y el antiguo valor italïano,
por cuya fuerza y valerosa mano
África se aterró de parte a parte.
Aquí donde el romano encendimiento,
donde el fuego y la llama licenciosa
sólo el nombre dejaron a Cartago,
vuelve y revuelve amor mi pensamiento,
hiere y enciende el alma temerosa,
y en llanto y en ceniza me deshago.
648
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxxi
Dentro de mi alma fue de mí engendrado
un dulce amor, y de mi sentimiento
tan aprobado fue su nacimiento
como de un solo hijo deseado;
mas luego de él nació quien ha estragado
del todo el amoroso pensamiento:
que en áspero rigor y en gran tormento
los primeros deleites ha tornado.
¡Oh crudo nieto, que das vida al padre,
y matas al abuelo! ¿por qué creces
tan disconforme a aquel de que has nacido?
¡Oh, celoso temor! ¿a quién pareces?
¡que la envidia, tu propia y fiera madre,
se espanta en ver el monstruo que ha parido!
un dulce amor, y de mi sentimiento
tan aprobado fue su nacimiento
como de un solo hijo deseado;
mas luego de él nació quien ha estragado
del todo el amoroso pensamiento:
que en áspero rigor y en gran tormento
los primeros deleites ha tornado.
¡Oh crudo nieto, que das vida al padre,
y matas al abuelo! ¿por qué creces
tan disconforme a aquel de que has nacido?
¡Oh, celoso temor! ¿a quién pareces?
¡que la envidia, tu propia y fiera madre,
se espanta en ver el monstruo que ha parido!
600
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxxi
Dentro de mi alma fue de mí engendrado
un dulce amor, y de mi sentimiento
tan aprobado fue su nacimiento
como de un solo hijo deseado;
mas luego de él nació quien ha estragado
del todo el amoroso pensamiento:
que en áspero rigor y en gran tormento
los primeros deleites ha tornado.
¡Oh crudo nieto, que das vida al padre,
y matas al abuelo! ¿por qué creces
tan disconforme a aquel de que has nacido?
¡Oh, celoso temor! ¿a quién pareces?
¡que la envidia, tu propia y fiera madre,
se espanta en ver el monstruo que ha parido!
un dulce amor, y de mi sentimiento
tan aprobado fue su nacimiento
como de un solo hijo deseado;
mas luego de él nació quien ha estragado
del todo el amoroso pensamiento:
que en áspero rigor y en gran tormento
los primeros deleites ha tornado.
¡Oh crudo nieto, que das vida al padre,
y matas al abuelo! ¿por qué creces
tan disconforme a aquel de que has nacido?
¡Oh, celoso temor! ¿a quién pareces?
¡que la envidia, tu propia y fiera madre,
se espanta en ver el monstruo que ha parido!
600
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxviii
Boscán, vengado estáis, con mengua mía,
de mi rigor pasado y mi aspereza
con que reprehenderos la terneza
de vuestro blando corazón solía.
Agora me castigo cada día
de tal salvatiquez y tal torpeza:
mas es a tiempo que de mi bajeza
correrme y castigarme bien podría.
Sabed que en mi perfecta edad y armado,
con mis ojos abiertos me he rendido
al niño que sabéis, ciego y desnudo.
De tan hermoso fuego consumido
nunca fue corazón: si preguntado
soy lo demás, en lo demás soy mudo.
de mi rigor pasado y mi aspereza
con que reprehenderos la terneza
de vuestro blando corazón solía.
Agora me castigo cada día
de tal salvatiquez y tal torpeza:
mas es a tiempo que de mi bajeza
correrme y castigarme bien podría.
Sabed que en mi perfecta edad y armado,
con mis ojos abiertos me he rendido
al niño que sabéis, ciego y desnudo.
De tan hermoso fuego consumido
nunca fue corazón: si preguntado
soy lo demás, en lo demás soy mudo.
500
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxix
Pasando el mar Leandro el animoso,
en amoroso fuego todo ardiendo,
esforzó el viento, y fuese embraveciendo
el agua con un ímpetu furioso.
Vencido del trabajo presuroso,
contrastar a las ondas no pudiendo,
y más del bien que allí perdía muriendo,
que de su propia muerte congojoso,
como pudo, esforzó su voz cansada,
y a las ondas habló desta manera
mas nunca fue su voz de ellas oída:
«Ondas, pues no se excusa que yo muera,
dejadme allá llegar, y a la tornada
vuestro furor ejecutad en mi vida».
en amoroso fuego todo ardiendo,
esforzó el viento, y fuese embraveciendo
el agua con un ímpetu furioso.
Vencido del trabajo presuroso,
contrastar a las ondas no pudiendo,
y más del bien que allí perdía muriendo,
que de su propia muerte congojoso,
como pudo, esforzó su voz cansada,
y a las ondas habló desta manera
mas nunca fue su voz de ellas oída:
«Ondas, pues no se excusa que yo muera,
dejadme allá llegar, y a la tornada
vuestro furor ejecutad en mi vida».
566
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxvii
Amor, amor, un hábito vestí
el cual de vuestro paño fue cortado;
al vestir ancho fue, más apretado
y estrecho cuando estuvo sobre mí.
Después acá de lo que consentí,
tal arrepentimiento me ha tomado,
que pruebo alguna vez, de congojado,
a romper esto en que yo me metí.
Mas ¿quién podrá de este hábito librarse,
teniendo tan contraria su natura,
que con él ha venido a conformarse?
Si alguna parte queda por ventura
de mi razón, por mí no osa mostrarse;
que en tal contradicción no está segura.
el cual de vuestro paño fue cortado;
al vestir ancho fue, más apretado
y estrecho cuando estuvo sobre mí.
Después acá de lo que consentí,
tal arrepentimiento me ha tomado,
que pruebo alguna vez, de congojado,
a romper esto en que yo me metí.
Mas ¿quién podrá de este hábito librarse,
teniendo tan contraria su natura,
que con él ha venido a conformarse?
Si alguna parte queda por ventura
de mi razón, por mí no osa mostrarse;
que en tal contradicción no está segura.
549
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxvi
Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!
¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.
Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aquéste es el deseo que me lleva,
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!
¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.
Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aquéste es el deseo que me lleva,
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.
485
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxvi
Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!
¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.
Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aquéste es el deseo que me lleva,
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!
¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.
Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aquéste es el deseo que me lleva,
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.
485
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxiii
En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.
549
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxii
Con ansia extrema de mirar qué tiene
vuestro pecho escondido allá en su centro,
y ver si a lo de fuera lo de dentro
en apariencia y ser igual conviene,
en él puse la vista: mas detiene
de vuestra hermosura el duro encuentro
mis ojos, y no pasan tan adentro
que miren lo que el alma en sí contiene.
Y así se quedan tristes en la puerta
hecha, por mi dolor, con esa mano
que aun a su mismo pecho no perdona;
donde vi claro mi esperanza muerta.
y el golpe, que os hizo amor en vano
non esservi passato oltra la gona.
vuestro pecho escondido allá en su centro,
y ver si a lo de fuera lo de dentro
en apariencia y ser igual conviene,
en él puse la vista: mas detiene
de vuestra hermosura el duro encuentro
mis ojos, y no pasan tan adentro
que miren lo que el alma en sí contiene.
Y así se quedan tristes en la puerta
hecha, por mi dolor, con esa mano
que aun a su mismo pecho no perdona;
donde vi claro mi esperanza muerta.
y el golpe, que os hizo amor en vano
non esservi passato oltra la gona.
607
Garcilaso de la Vega
Soneto Xxii
Con ansia extrema de mirar qué tiene
vuestro pecho escondido allá en su centro,
y ver si a lo de fuera lo de dentro
en apariencia y ser igual conviene,
en él puse la vista: mas detiene
de vuestra hermosura el duro encuentro
mis ojos, y no pasan tan adentro
que miren lo que el alma en sí contiene.
Y así se quedan tristes en la puerta
hecha, por mi dolor, con esa mano
que aun a su mismo pecho no perdona;
donde vi claro mi esperanza muerta.
y el golpe, que os hizo amor en vano
non esservi passato oltra la gona.
vuestro pecho escondido allá en su centro,
y ver si a lo de fuera lo de dentro
en apariencia y ser igual conviene,
en él puse la vista: mas detiene
de vuestra hermosura el duro encuentro
mis ojos, y no pasan tan adentro
que miren lo que el alma en sí contiene.
Y así se quedan tristes en la puerta
hecha, por mi dolor, con esa mano
que aun a su mismo pecho no perdona;
donde vi claro mi esperanza muerta.
y el golpe, que os hizo amor en vano
non esservi passato oltra la gona.
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