Emociones y Sentimientos
Carolina Coronado
El Juego Del Niño
deja al insecto en reposo
que es juego muy doloroso
ése que tomas con él;
ambas alas transparentes
prenderle, y después burlarse
porque no puede escaparse,
es, Emilio, ¡bien cruel!
¡Mira cual bulle y cual pena
por desclavarse las alas
y lucir sus nuevas galas
en el ambiente de abril!
Si por la rubia melena
a un espino te apresara
así tu cuerpo luchara
en tu cólera infantil.
Escucha; ese pobre insecto
aire sólo necesita;
¿Qué le queda si le quita
el aire tu voluntad?
Tú su camino perfecto
le tuerces en tu capricho...
hombrecillo, ¿quién te ha dicho
que es tuya su libertad?
Porque era la mariposa
más endeble que tu mano
ya con decreto inhumano
la inmolas a tu pasión;
¿será experiencia ingeniosa
de tus obras de otro día?
¿Son ensayos, vida mía,
que va haciendo tu ambición?
¡Por Dios, que a mi talle alcanza
tu brava cabeza, apenas,
y ya labras las cadenas
para amarrar a otro ser.
No bien el Señor te lanza
a este campo dilatado,
y ya seres te has hallado
a quien mostrar tu poder.
¡Oh! si la oruga lozana
te bastara solamente,
aunque esclava injustamente
no más que insecto es el fin;
pero ¡ay Emilio! mañana
las cosas truecan de nombres;
los insectos serán hombres
y mundo será el jardín.
Mas, no le arranques las alas,
no se las rompas, criatura,
que va a lucir su hermosura
por esa extensión azul;
hoy ha estrenado sus galas
y es indigna tiranía
no dejarla un solo día
que desplegue su albo tul
¡Fortuna! ya te abandona;
huyóse la prisionera
¡Mira, mira cuán ligera
allá por los aires va!;
yo no sé por qué ambiciona
tu cariño aprisionarla,
porque es más bello mirarla
si libre y gozosa está.
¿Lloras, Emilio? ¡qué duelo!...
¡Era tu primer cariño!
vete consolando, niño,
que otro vendrá tras aquél,
mas no busques, no, consuelo;
llora, pobre Emilio, llora
que te hará el pesar de ahora
el que venga menos cruel.
Carolina Coronado
La Tórtola Errante Canción De Emilio
Solita
Como a triste totolita
que va po e monte peririta.
CANCIÓN DE EMILIO
Deja a la tórtola andar
por la mañana perdida
y ensáyame otro cantar
que yo no puedo escuchar
esa canción tan sentida.
Por más que anime el contento
tu linda boca graciosa,
Emilio, mi pensamiento
halla muy triste ese cuento
de la tórtola amorosa.
Tengo el alma dolorida
y me arranca tal memoria
esa tórtola afligida,
que pienso que de mi vida
me estás contando la historia.
Sólo que en mi soledad
no tengo como tu amiga
alas, aire y libertad
para calmar la ansiedad
que el corazón me fatiga...
Pero dejémosla ir
por la montaña perdida;
no me tornes a afligir,
Emilio, con repetir
esa canción tan sentida.
El girasol más enano
se alza más que tu cabeza;
pues, me quieres con terneza
¡No vengas tú tan temprano
a aumentar, ¡ay! mi tristeza!
Ermita de Bótoa, 1844
Carolina Coronado
La Tórtola Errante Canción De Emilio
Solita
Como a triste totolita
que va po e monte peririta.
CANCIÓN DE EMILIO
Deja a la tórtola andar
por la mañana perdida
y ensáyame otro cantar
que yo no puedo escuchar
esa canción tan sentida.
Por más que anime el contento
tu linda boca graciosa,
Emilio, mi pensamiento
halla muy triste ese cuento
de la tórtola amorosa.
Tengo el alma dolorida
y me arranca tal memoria
esa tórtola afligida,
que pienso que de mi vida
me estás contando la historia.
Sólo que en mi soledad
no tengo como tu amiga
alas, aire y libertad
para calmar la ansiedad
que el corazón me fatiga...
Pero dejémosla ir
por la montaña perdida;
no me tornes a afligir,
Emilio, con repetir
esa canción tan sentida.
El girasol más enano
se alza más que tu cabeza;
pues, me quieres con terneza
¡No vengas tú tan temprano
a aumentar, ¡ay! mi tristeza!
Ermita de Bótoa, 1844
Carolina Coronado
Despedida Al Año De 1843
a hundirte en lo pasado:
mis ojos con tristeza
te ven desparecer;
Tus días a mi vida,
crueles, han dejado
más lágrimas que risa,
más penas que placer.
Y tú los años míos
con nuevo peso aumentas
y una experiencia añades
al joven corazón;
Mas yo tierno saludo
te doy porque te ausentas;
que hasta los males mismos
nuestros amigos son.
¡Ay! tal vez más ingrato
el año venidero
me hará con triste envidia
tus horas recordar;
Que siempre más agudo
es el dolor postrero,
y es siempre más amargo
el último pesar.
En vano la esperanza
con risueño atavío
muéstrame los objetos
allá en el porvenir:
Las que a lo lejos brillan
cual gotas de rocío,
son toscas piedrecillas
que el sol hace lucir.
Y a la remota dicha
la fantasía vana
y el corazón ansioso
cercana sueñan ver:
¡El ignorante niño
ve también muy cercana
la luna que sus manos
se afanan por coger!
Mejor fuera que ahora
partiera yo contigo
y la faz nos velara
juntos la eternidad,
Que sola y fatigada
en un suelo enemigo
quedarme con mi vida
de perpetua ansiedad.
Mejor que el sueño eterno
apagara el latido
de este mi sin ventura
inquieto corazón;
Que en sus amantes penas
dejarle sumergido,
llorando de infortunio,
temblando de pasión.
Mas ya la noche avanza
y a pasos presurosos
a sepultarle corres
en el inmenso mar,
Donde mi pena un día,
mis sueños fatigosos,
¡ay Dios! y mis amores
iré yo a sepultar.
Carolina Coronado
Despedida Al Año De 1843
a hundirte en lo pasado:
mis ojos con tristeza
te ven desparecer;
Tus días a mi vida,
crueles, han dejado
más lágrimas que risa,
más penas que placer.
Y tú los años míos
con nuevo peso aumentas
y una experiencia añades
al joven corazón;
Mas yo tierno saludo
te doy porque te ausentas;
que hasta los males mismos
nuestros amigos son.
¡Ay! tal vez más ingrato
el año venidero
me hará con triste envidia
tus horas recordar;
Que siempre más agudo
es el dolor postrero,
y es siempre más amargo
el último pesar.
En vano la esperanza
con risueño atavío
muéstrame los objetos
allá en el porvenir:
Las que a lo lejos brillan
cual gotas de rocío,
son toscas piedrecillas
que el sol hace lucir.
Y a la remota dicha
la fantasía vana
y el corazón ansioso
cercana sueñan ver:
¡El ignorante niño
ve también muy cercana
la luna que sus manos
se afanan por coger!
Mejor fuera que ahora
partiera yo contigo
y la faz nos velara
juntos la eternidad,
Que sola y fatigada
en un suelo enemigo
quedarme con mi vida
de perpetua ansiedad.
Mejor que el sueño eterno
apagara el latido
de este mi sin ventura
inquieto corazón;
Que en sus amantes penas
dejarle sumergido,
llorando de infortunio,
temblando de pasión.
Mas ya la noche avanza
y a pasos presurosos
a sepultarle corres
en el inmenso mar,
Donde mi pena un día,
mis sueños fatigosos,
¡ay Dios! y mis amores
iré yo a sepultar.
Carolina Coronado
Despedida Al Año De 1843
a hundirte en lo pasado:
mis ojos con tristeza
te ven desparecer;
Tus días a mi vida,
crueles, han dejado
más lágrimas que risa,
más penas que placer.
Y tú los años míos
con nuevo peso aumentas
y una experiencia añades
al joven corazón;
Mas yo tierno saludo
te doy porque te ausentas;
que hasta los males mismos
nuestros amigos son.
¡Ay! tal vez más ingrato
el año venidero
me hará con triste envidia
tus horas recordar;
Que siempre más agudo
es el dolor postrero,
y es siempre más amargo
el último pesar.
En vano la esperanza
con risueño atavío
muéstrame los objetos
allá en el porvenir:
Las que a lo lejos brillan
cual gotas de rocío,
son toscas piedrecillas
que el sol hace lucir.
Y a la remota dicha
la fantasía vana
y el corazón ansioso
cercana sueñan ver:
¡El ignorante niño
ve también muy cercana
la luna que sus manos
se afanan por coger!
Mejor fuera que ahora
partiera yo contigo
y la faz nos velara
juntos la eternidad,
Que sola y fatigada
en un suelo enemigo
quedarme con mi vida
de perpetua ansiedad.
Mejor que el sueño eterno
apagara el latido
de este mi sin ventura
inquieto corazón;
Que en sus amantes penas
dejarle sumergido,
llorando de infortunio,
temblando de pasión.
Mas ya la noche avanza
y a pasos presurosos
a sepultarle corres
en el inmenso mar,
Donde mi pena un día,
mis sueños fatigosos,
¡ay Dios! y mis amores
iré yo a sepultar.
Carolina Coronado
A Mi Hermano Emilio Memorias De La Infancia
que desde esta cima, hermano,
logre ver distinto el llano
donde quedó mi niñez.
Es la pradera florida
bajo la sombra de un monte,
y por eso es su horizonte
más delicioso, tal vez.
Yo con el rostro no acierto
de ese tiempo fugitivo,
mas su belleza percibo
de los años al trasluz,
como aquel reflejo incierto,
aquellos matices rojos
que perciben nuestros ojos
cerrados frente a la luz.
Yo no sé lo que soñaba
mas recuerdo mis amores;
sé que amaba entre las flores
a un hermoso tulipán:
y que a mis solas le hablaba,
Emilio, tan dulcemente
que murmuraba el ambiente
celoso en mi tierno afán.
Lloré cuando se agostaba
su cabeza peregrina
pero amé a la golondrina
así que la flor murió:
la golondrina emigraba
y entonces, Emilio mío,
a mi constante amorío
buscaba otro objeto yo.
¡Oh!¡Todo me enamoraba
en aquel tiempo querido!
¡Cuál me recuerda un sonido
el ave y el tulipán;
y la fuente que manaba
el agua que yo bebía
y el campo donde crecía
la semilla de mi pan!
¡Pero si no me comprendes,
si aquella edad ha pasado
y yo ya tengo olvidado
el suave idioma infantil!
si por acaso me atiendes
huyes riendo a deshora,
¿por qué no estoy en tu aurora
o tú no estás en mi abril?
Tú juzgas porque me hallaste,
bello garzón, a tu lado
que una ruta ha señalado
a nuestra existencia Dios:
no, que tu vía empezaste
en la mitad de la mía
y poco por esa vía
iremos juntos los dos.
Emilio, cuando recuerdes
cual yo tu pasada infancia,
ya habrá una eterna distancia
que me separe de ti;
entonces, tal vez, te acuerdes
de mí, cual yo de las flores,
y entre tus tiernos amores
me cuentes, Emilio, a mí.
Carolina Coronado
Canción
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.
De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.
Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.
Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.
El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.
Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!
Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
Carolina Coronado
Canción
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.
De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.
Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.
Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.
El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.
Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!
Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
Carolina Coronado
Canción
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.
De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.
Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.
Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.
El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.
Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!
Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
Carolina Coronado
Canción
en occidente se apaga,
y la reina de las sombras
con ligero paso avanza;
En esas horas tranquilas,
inspiradoras del alma;
cuando en las alas del viento
el silencio se derrama;
Cuando la tórtola dulce
lánguido suspiro exhala
con acento lastimero
recogida entre las ramas.
A aliviar voy mis cuidados
a la orilla solitaria
de un pacífico arroyuelo,
que entre fresnos se dilata.
Y vagando pensativa
por la arboleda callada,
sueño dichas venideras,
o canto las ya pasadas.
Y comparo al manso río
mi existencia sosegada.
Él rueda blando entre flores;
ella entre ilusiones blanda.
Carolina Coronado
Canción
en occidente se apaga,
y la reina de las sombras
con ligero paso avanza;
En esas horas tranquilas,
inspiradoras del alma;
cuando en las alas del viento
el silencio se derrama;
Cuando la tórtola dulce
lánguido suspiro exhala
con acento lastimero
recogida entre las ramas.
A aliviar voy mis cuidados
a la orilla solitaria
de un pacífico arroyuelo,
que entre fresnos se dilata.
Y vagando pensativa
por la arboleda callada,
sueño dichas venideras,
o canto las ya pasadas.
Y comparo al manso río
mi existencia sosegada.
Él rueda blando entre flores;
ella entre ilusiones blanda.
Carolina Coronado
A Una Coqueta
vaporosas y ligeras,
que sin calor a millares
se levantan de la tierra,
Los amores en tu pecho,
fragilísima belleza,
sin que su fuego te abrase
alzan mil llamas diversas:
Brotan, lucen, se disipan,
otras nacen tras aquéllas:
la inconstancia las apaga,
la liviandad las renueva.
Carolina Coronado
Las Dos Palmeras
de la noche perdido,
¿no oís algunas veces
vago, triste rumor,
Como el eco lejano
del pájaro oprimido,
que estrecha entre sus garras
sacre devorador?
Es la voz de la virgen
palmera enamorada,
que su gemido ardiente
alza en la soledad;
Y a las auras en torno
llama desconsolada,
y sus brazos agita
con amante ansiedad.
En las noches lamenta
sus perdidos amores:
las auras conmovidas
gimen en derredor;
Y por oír su historia
los sauces tembladores,
sus lánguidas cabezas
levantan con dolor.
Cuenta que ya a lo lejos
de su palmera amante
no ve alzarse la frente
con desvelo galán;
Que ya nunca hacia ella
los brazos anhelante
tiende sobre los vientos
con amoroso afán.
Que antes la brisa dulces
halagos la llevaba,
y a su amante en las noches
oía suspirar;
Y de alegría entonces
su seno palpitaba
y dejaba al ambiente
su frente acariciar.
Mas del invierno crudo
el vendaval airado
sus brisas mensajeras
tiernas arrebató;
Y de los rudos golpes
su amante fatigado
hacia el suelo agitada
la cabeza inclinó.
¡Y desde entonces nunca
ve ya la amada frente,
ni sus brazos ansiosos
sobre los aires ve!
¡Ni escucha su murmullo
que halaga solamente
las bellas florecillas
que brotan a su pie!
Así en la noche cuenta
la palma sus amores;
las auras conmovidas
gimen en derredor;
Y al escuchar su historia
los sauces tembladores,
sus lánguidas cabezas
inclinan con dolor.
Carolina Coronado
Las Dos Palmeras
de la noche perdido,
¿no oís algunas veces
vago, triste rumor,
Como el eco lejano
del pájaro oprimido,
que estrecha entre sus garras
sacre devorador?
Es la voz de la virgen
palmera enamorada,
que su gemido ardiente
alza en la soledad;
Y a las auras en torno
llama desconsolada,
y sus brazos agita
con amante ansiedad.
En las noches lamenta
sus perdidos amores:
las auras conmovidas
gimen en derredor;
Y por oír su historia
los sauces tembladores,
sus lánguidas cabezas
levantan con dolor.
Cuenta que ya a lo lejos
de su palmera amante
no ve alzarse la frente
con desvelo galán;
Que ya nunca hacia ella
los brazos anhelante
tiende sobre los vientos
con amoroso afán.
Que antes la brisa dulces
halagos la llevaba,
y a su amante en las noches
oía suspirar;
Y de alegría entonces
su seno palpitaba
y dejaba al ambiente
su frente acariciar.
Mas del invierno crudo
el vendaval airado
sus brisas mensajeras
tiernas arrebató;
Y de los rudos golpes
su amante fatigado
hacia el suelo agitada
la cabeza inclinó.
¡Y desde entonces nunca
ve ya la amada frente,
ni sus brazos ansiosos
sobre los aires ve!
¡Ni escucha su murmullo
que halaga solamente
las bellas florecillas
que brotan a su pie!
Así en la noche cuenta
la palma sus amores;
las auras conmovidas
gimen en derredor;
Y al escuchar su historia
los sauces tembladores,
sus lánguidas cabezas
inclinan con dolor.
Carolina Coronado
Al Hado
el Hado infausto... locura;
que para todo mortal
propicia, fácil, igual
en el mundo es la ventura.
Para el monarca opulento,
para el mendigo indigente
tiene la vida igualmente
un oportuno momento
de sonrisa complaciente.
No es la fortuna obtener
ese atributo del ser
que jamás faltó a ninguno:
la buena estrella es saber
asegurar cada uno
su fugitivo placer.
Fruto es la felicidad
para gustarle en sazón;
quien malogra la ocasión,
culpa la casualidad,
y llama a su imprevisión
destino, fatalidad.
Unos su influjo sintieron
porque su influjo estimaron,
otros de cerca la vieron,
y su favor desdeñaron
porque no la conocieron.
Y aunque en el mundo tú así
alumbras, felicidad,
sol de muchos, yo ¡ay de mí!
los rayos no percibí
de tu hermosa claridad.
Tal vez a mi lado estabas
cuando de tu lado huía;
tal vez tierna me buscabas
y amorosa me llamabas
cuando tu voz no entendía.
¡Cuán costoso es el saber,
cuán costoso el aprender
lo que debemos buscar,
y cuán fácil olvidar
lo que debemos temer!
¡Y cuán tarde el desengaño
de nuestros errores vemos!
Error que al fin conocemos
para sentir más el daño
que reparar no podemos.
Mas daños al más novicio
corazón han de tocar;
pero es risible artificio
a nuestras culpas llamar
hado adverso ni propicio.
Carolina Coronado
Al Hado
el Hado infausto... locura;
que para todo mortal
propicia, fácil, igual
en el mundo es la ventura.
Para el monarca opulento,
para el mendigo indigente
tiene la vida igualmente
un oportuno momento
de sonrisa complaciente.
No es la fortuna obtener
ese atributo del ser
que jamás faltó a ninguno:
la buena estrella es saber
asegurar cada uno
su fugitivo placer.
Fruto es la felicidad
para gustarle en sazón;
quien malogra la ocasión,
culpa la casualidad,
y llama a su imprevisión
destino, fatalidad.
Unos su influjo sintieron
porque su influjo estimaron,
otros de cerca la vieron,
y su favor desdeñaron
porque no la conocieron.
Y aunque en el mundo tú así
alumbras, felicidad,
sol de muchos, yo ¡ay de mí!
los rayos no percibí
de tu hermosa claridad.
Tal vez a mi lado estabas
cuando de tu lado huía;
tal vez tierna me buscabas
y amorosa me llamabas
cuando tu voz no entendía.
¡Cuán costoso es el saber,
cuán costoso el aprender
lo que debemos buscar,
y cuán fácil olvidar
lo que debemos temer!
¡Y cuán tarde el desengaño
de nuestros errores vemos!
Error que al fin conocemos
para sentir más el daño
que reparar no podemos.
Mas daños al más novicio
corazón han de tocar;
pero es risible artificio
a nuestras culpas llamar
hado adverso ni propicio.
Carolina Coronado
Rosablanca
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
Carolina Coronado
Rosablanca
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
Carolina Coronado
A Un Ruiseñor
de la más florida acacia
has tenido todo mayo
fresca, primorosa estancia,
¿Por qué picas ese ramo
de menudas flores albas,
que te mece si dormitas,
y te acaricia si cantas:
Y a tu lado cariñoso
presta a un tiempo con sus galas
colgaduras a tu lecho
perfumes a tu morada?
¡Diote la acacia amorosa
cuna y sombra regaladas;
y tú rompiendo sus hojas,
¡ay! con heridas le pagas!-
Yo sé, pájaro sonoro,
que en tus dos inquietas alas
vas a lanzarte, a otro valle
por siempre huyendo esa rama.
Mas no por eso a tu amiga,
ruiseñor, con loca saña
has de romperle las perlas
de su corona preciada.
¡Que cuando estés lejos de ella,
tal vez recuerdes con ansia
la frescura de su sombra,
la esencia de sus guirnaldas!
Carolina Coronado
A Un Ruiseñor
de la más florida acacia
has tenido todo mayo
fresca, primorosa estancia,
¿Por qué picas ese ramo
de menudas flores albas,
que te mece si dormitas,
y te acaricia si cantas:
Y a tu lado cariñoso
presta a un tiempo con sus galas
colgaduras a tu lecho
perfumes a tu morada?
¡Diote la acacia amorosa
cuna y sombra regaladas;
y tú rompiendo sus hojas,
¡ay! con heridas le pagas!-
Yo sé, pájaro sonoro,
que en tus dos inquietas alas
vas a lanzarte, a otro valle
por siempre huyendo esa rama.
Mas no por eso a tu amiga,
ruiseñor, con loca saña
has de romperle las perlas
de su corona preciada.
¡Que cuando estés lejos de ella,
tal vez recuerdes con ansia
la frescura de su sombra,
la esencia de sus guirnaldas!
Carolina Coronado
Al Mismo Asunto
llora su bello y muerto compañero,
y ensordece la muda
selva, con su gemido lastimero.
Gime sobre la encina
donde arrulló su amigo antes con ella,
la luna peregrina
pasó, y oyó tres veces su querella.
El cierzo se levanta
y sacude los árboles del monte,
y ni el cierzo la espanta
ni la lluvia que anega el horizonte.
Primero que olvidada
su pena, ha de asordar la selva muda;
que es fiel enamorada
la tierna melancólica viuda.
Y era su compañero
como ella amante, hermoso como el día,
y su volar ligero
por el valle a la tórtola seguía.
Solitarias amadas,
vagasteis con la luz por los collados,
y en la sombra, apartadas
os vi, sobre los troncos elevados,
Y tú el cuello escondías
entre las plumas de sus alas bellas,
y a su arrullo dormías
amoroso, al venir de las estrellas
¡Ay tortolilla viuda!
¡Llora tu bello y tierno compañero,
y ensordece la muda
selva con tu gemido lastimero!
Que el fiero azor en tanto
su vuelo sesgo sobre ti avecina,
y ya escucho tu canto
ahogado en la garganta peregrina
El seno que golpeas,
a tu esposo llamando tiernamente,
entre sus garras feas
será regalo de su pico hendiente.
Mas ¡ay triste y viuda
tórtola! si murió tu bello amante,
¿qué importa que a ti acuda
y rompa azor tu seno palpitante?
Carolina Coronado
A Una Golondrina
allá en el suelo africano
bella, errante peregrina;
salud, perenne vecina
del ardoroso verano;
Tu cántiga placentera
llevaste a lejanos mares:
la atrevida, la parlera,
bien llegada a estos lugares,
amorosa compañera!
Bien llegada al suelo amigo,
do no errante ni perdida,
te dará a la par conmigo
un mismo techo el abrigo
en blando nido mecida.
Vuelve, amiga, descuidada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada;
¡Aún duran de pluma y heno
los restos de tu morada!
Aquí tus amores fueron,
y aquí tu canción amante;
aquí tus hijos nacieron,
y a tu arrullo se adurmieron
bajo el ala palpitante:
Y aquí mi voz se mezclaba
a tu viva cantilena;
y aquí impaciente aguardaba,
esa vuelta que tardaba
de amor y recuerdos llena.
Y eres fiel agradecida,
y no te aguardará en vano;
que nunca fue desmentida
esa tu fe prometida
al ardoroso verano.
¡A cuántos ¡ay! golondrina,
que lealtad y fe cantaron
la ingratitud se avecina!
¡Cuántos con planta mezquina
sus juramentos hollaron!
Mas no tú: fiel y graciosa,
cuando se allega el estío,
vuelves tierna y amorosa
allá de playa arenosa
do te arrojo invierno frío.
No olvidaste, no, los dones
de este suelo bienhechor,
ni las fuentes ni la flor,
ni olvidaste los rincones
de tu asilo protector.
Volvistes enamorada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada,
y aquí de plumas y heno
formarás nueva morada.
Cantaremos, golondrina,
mis recuerdos y tu amor
mientras que el sol ilumina;
sin que entibie la neblina
ni sus luces, ni su ardor.
Carolina Coronado
A Una Golondrina
allá en el suelo africano
bella, errante peregrina;
salud, perenne vecina
del ardoroso verano;
Tu cántiga placentera
llevaste a lejanos mares:
la atrevida, la parlera,
bien llegada a estos lugares,
amorosa compañera!
Bien llegada al suelo amigo,
do no errante ni perdida,
te dará a la par conmigo
un mismo techo el abrigo
en blando nido mecida.
Vuelve, amiga, descuidada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada;
¡Aún duran de pluma y heno
los restos de tu morada!
Aquí tus amores fueron,
y aquí tu canción amante;
aquí tus hijos nacieron,
y a tu arrullo se adurmieron
bajo el ala palpitante:
Y aquí mi voz se mezclaba
a tu viva cantilena;
y aquí impaciente aguardaba,
esa vuelta que tardaba
de amor y recuerdos llena.
Y eres fiel agradecida,
y no te aguardará en vano;
que nunca fue desmentida
esa tu fe prometida
al ardoroso verano.
¡A cuántos ¡ay! golondrina,
que lealtad y fe cantaron
la ingratitud se avecina!
¡Cuántos con planta mezquina
sus juramentos hollaron!
Mas no tú: fiel y graciosa,
cuando se allega el estío,
vuelves tierna y amorosa
allá de playa arenosa
do te arrojo invierno frío.
No olvidaste, no, los dones
de este suelo bienhechor,
ni las fuentes ni la flor,
ni olvidaste los rincones
de tu asilo protector.
Volvistes enamorada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada,
y aquí de plumas y heno
formarás nueva morada.
Cantaremos, golondrina,
mis recuerdos y tu amor
mientras que el sol ilumina;
sin que entibie la neblina
ni sus luces, ni su ardor.