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Juan de la Encina
No Te Tardes Que Me Muero
No te tardes que me muero,
carcelero,
no te tardes que me muero.
Apresura tu venida
porque no pierda la vida,
que la fe no está perdida,
carcelero,
no te tardes que me muero.
Bien sabes que la tardança
trae gran desconfiança;
ven y cumple mi esperança,
carcelero,
no te tardes que me muero.
Sácame desta cadena,
que recibo muy gran pena,
pues tu tardar me condena.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La primer vez que me viste
sin te vencer me venciste;
suéltame, pues me prendiste.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La llave para soltarme
ha de ser galardonarme,
proponiendo no olvidarme.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
carcelero,
no te tardes que me muero.
Apresura tu venida
porque no pierda la vida,
que la fe no está perdida,
carcelero,
no te tardes que me muero.
Bien sabes que la tardança
trae gran desconfiança;
ven y cumple mi esperança,
carcelero,
no te tardes que me muero.
Sácame desta cadena,
que recibo muy gran pena,
pues tu tardar me condena.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La primer vez que me viste
sin te vencer me venciste;
suéltame, pues me prendiste.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La llave para soltarme
ha de ser galardonarme,
proponiendo no olvidarme.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
700
Jorge Debravo
Apunte Interior
Hoy mi vida no tiene peso alguno:
es un viento, menos que un viento, menos
que una raya de luz.
Ahora ninguno
puede serme oneroso.
No hay terrenos
resquemores debajo de mi alma.
Mi sangre es una roja armonía viva.
Estoy en armonía con la brasa y la calma,
con la voz amorosa y la voz vengativa.
Parece que mis manos no existieran, parece
que mi cuerpo nadara en un agua inocente.
Como un viento desnudo de mi corazón se mece
y hace sonar campanadas dulcemente.
es un viento, menos que un viento, menos
que una raya de luz.
Ahora ninguno
puede serme oneroso.
No hay terrenos
resquemores debajo de mi alma.
Mi sangre es una roja armonía viva.
Estoy en armonía con la brasa y la calma,
con la voz amorosa y la voz vengativa.
Parece que mis manos no existieran, parece
que mi cuerpo nadara en un agua inocente.
Como un viento desnudo de mi corazón se mece
y hace sonar campanadas dulcemente.
1.362
Jorge Debravo
Desvestido
La noche, deseosa, apenumbrada,
te quitó sin pensar las zapatillas...
y —por sentirse blanca y alumbrada—
desnudó blancamente tus rodillas.
Luego —por diversión, sin decir nada—
la noche se llevó tu blusa larga
y te arrancó la falda ensimismada
como una cosa tímida y amarga.
Después te colocaste travesura:
desnudaste tus pechos por ternura
y —hablando de un amor vago, inconexo—
Porque si y porque no, a medio reproche,
desnudaste también, entre la noche,
la noche pequeñita de tu sexo.
te quitó sin pensar las zapatillas...
y —por sentirse blanca y alumbrada—
desnudó blancamente tus rodillas.
Luego —por diversión, sin decir nada—
la noche se llevó tu blusa larga
y te arrancó la falda ensimismada
como una cosa tímida y amarga.
Después te colocaste travesura:
desnudaste tus pechos por ternura
y —hablando de un amor vago, inconexo—
Porque si y porque no, a medio reproche,
desnudaste también, entre la noche,
la noche pequeñita de tu sexo.
1.270
Jorge Debravo
Este Sitio De Angustia
Uno quisiera siempre tener su mano amiga,
su buen pan compañero, su dulce café, su
amigo inseparable para cada momento.
Quisiera no encontrar un solo fruto amargo,
una casa sangrando, un niño abandonado,
un anciano caído debajo del fracaso.
Pero a veces los días se ponen grises,
nos miran con miradas enemigas,
y se ríen de nosotros,
se burlan de nosotros,
nos enseñan cadáveres de jornaleros tristes,
de muchachas vencidas, de niños sin tinero.
Se mira uno las uñas, como haciéndose viejo,
encoge las rodillas para no perecer,
y nada, nada bueno agita las campanas,
nada bueno florece en los hombros del mundo.
Entonces es que uno llama al apio y le dice,
llama al rábano amargo y le dice también
que esta corteza de hombre debe ser un castigo,
un paisaje maldito donde el hombre no quiere,
no soporta vivir porque le sorben sangre,
porque le chupan sangre hasta dejarlo ciego.
su buen pan compañero, su dulce café, su
amigo inseparable para cada momento.
Quisiera no encontrar un solo fruto amargo,
una casa sangrando, un niño abandonado,
un anciano caído debajo del fracaso.
Pero a veces los días se ponen grises,
nos miran con miradas enemigas,
y se ríen de nosotros,
se burlan de nosotros,
nos enseñan cadáveres de jornaleros tristes,
de muchachas vencidas, de niños sin tinero.
Se mira uno las uñas, como haciéndose viejo,
encoge las rodillas para no perecer,
y nada, nada bueno agita las campanas,
nada bueno florece en los hombros del mundo.
Entonces es que uno llama al apio y le dice,
llama al rábano amargo y le dice también
que esta corteza de hombre debe ser un castigo,
un paisaje maldito donde el hombre no quiere,
no soporta vivir porque le sorben sangre,
porque le chupan sangre hasta dejarlo ciego.
1.407
Jorge Debravo
Este Sitio De Angustia
Uno quisiera siempre tener su mano amiga,
su buen pan compañero, su dulce café, su
amigo inseparable para cada momento.
Quisiera no encontrar un solo fruto amargo,
una casa sangrando, un niño abandonado,
un anciano caído debajo del fracaso.
Pero a veces los días se ponen grises,
nos miran con miradas enemigas,
y se ríen de nosotros,
se burlan de nosotros,
nos enseñan cadáveres de jornaleros tristes,
de muchachas vencidas, de niños sin tinero.
Se mira uno las uñas, como haciéndose viejo,
encoge las rodillas para no perecer,
y nada, nada bueno agita las campanas,
nada bueno florece en los hombros del mundo.
Entonces es que uno llama al apio y le dice,
llama al rábano amargo y le dice también
que esta corteza de hombre debe ser un castigo,
un paisaje maldito donde el hombre no quiere,
no soporta vivir porque le sorben sangre,
porque le chupan sangre hasta dejarlo ciego.
su buen pan compañero, su dulce café, su
amigo inseparable para cada momento.
Quisiera no encontrar un solo fruto amargo,
una casa sangrando, un niño abandonado,
un anciano caído debajo del fracaso.
Pero a veces los días se ponen grises,
nos miran con miradas enemigas,
y se ríen de nosotros,
se burlan de nosotros,
nos enseñan cadáveres de jornaleros tristes,
de muchachas vencidas, de niños sin tinero.
Se mira uno las uñas, como haciéndose viejo,
encoge las rodillas para no perecer,
y nada, nada bueno agita las campanas,
nada bueno florece en los hombros del mundo.
Entonces es que uno llama al apio y le dice,
llama al rábano amargo y le dice también
que esta corteza de hombre debe ser un castigo,
un paisaje maldito donde el hombre no quiere,
no soporta vivir porque le sorben sangre,
porque le chupan sangre hasta dejarlo ciego.
1.407
José Coronel Urtecho
Sol De Invierno
Cuando ha llovido toda la mañana
y el sol, de pronto asoma y dora el llano,
—y parece que el ángel del verano
cae sobre el invierno y lucha y gana—
Y el cielo se abre, el campo se engalana
y el viento barre hasta el confín lejano,
para mirar del sol el rostro ufano
con cuánto gozo te abro mi ventana!
Entra el sol y mi cuarto se ilumina,
se despeja el fastidio, huye la pena
que el alma límpida y serena.
Más qué pronto la dicha se termina!
La alegría del sol brilla un momento:
vuelve la oscuridad, la lluvia, el viento.
y el sol, de pronto asoma y dora el llano,
—y parece que el ángel del verano
cae sobre el invierno y lucha y gana—
Y el cielo se abre, el campo se engalana
y el viento barre hasta el confín lejano,
para mirar del sol el rostro ufano
con cuánto gozo te abro mi ventana!
Entra el sol y mi cuarto se ilumina,
se despeja el fastidio, huye la pena
que el alma límpida y serena.
Más qué pronto la dicha se termina!
La alegría del sol brilla un momento:
vuelve la oscuridad, la lluvia, el viento.
5.587
José Coronel Urtecho
Sol De Invierno
Cuando ha llovido toda la mañana
y el sol, de pronto asoma y dora el llano,
—y parece que el ángel del verano
cae sobre el invierno y lucha y gana—
Y el cielo se abre, el campo se engalana
y el viento barre hasta el confín lejano,
para mirar del sol el rostro ufano
con cuánto gozo te abro mi ventana!
Entra el sol y mi cuarto se ilumina,
se despeja el fastidio, huye la pena
que el alma límpida y serena.
Más qué pronto la dicha se termina!
La alegría del sol brilla un momento:
vuelve la oscuridad, la lluvia, el viento.
y el sol, de pronto asoma y dora el llano,
—y parece que el ángel del verano
cae sobre el invierno y lucha y gana—
Y el cielo se abre, el campo se engalana
y el viento barre hasta el confín lejano,
para mirar del sol el rostro ufano
con cuánto gozo te abro mi ventana!
Entra el sol y mi cuarto se ilumina,
se despeja el fastidio, huye la pena
que el alma límpida y serena.
Más qué pronto la dicha se termina!
La alegría del sol brilla un momento:
vuelve la oscuridad, la lluvia, el viento.
5.587
José Coronel Urtecho
Febrero En La Azucena
Cuando ya nada pido
y casi nada espero
y apenas puedo nada
es cuando más te quiero.
y casi nada espero
y apenas puedo nada
es cuando más te quiero.
941
José Coronel Urtecho
Idilio En Cuatro Endechas
De nuevo. Sí. De nuevo
siento que voy, que llevo.
En el tren, en los trenes,
siento que vas, que vienes.
Inútil preguntar
a la tierra, a la mar,
a la estrella polar.
Ni la arena, ni la espuma, ni la estrella
darán razón de ti. De ella.
Pero te esperaré. Te espero en las esquinas,
a ver si vas, si ves, si lo adivinas.
siento que voy, que llevo.
En el tren, en los trenes,
siento que vas, que vienes.
Inútil preguntar
a la tierra, a la mar,
a la estrella polar.
Ni la arena, ni la espuma, ni la estrella
darán razón de ti. De ella.
Pero te esperaré. Te espero en las esquinas,
a ver si vas, si ves, si lo adivinas.
1.570
José Coronel Urtecho
Idilio En Cuatro Endechas
De nuevo. Sí. De nuevo
siento que voy, que llevo.
En el tren, en los trenes,
siento que vas, que vienes.
Inútil preguntar
a la tierra, a la mar,
a la estrella polar.
Ni la arena, ni la espuma, ni la estrella
darán razón de ti. De ella.
Pero te esperaré. Te espero en las esquinas,
a ver si vas, si ves, si lo adivinas.
siento que voy, que llevo.
En el tren, en los trenes,
siento que vas, que vienes.
Inútil preguntar
a la tierra, a la mar,
a la estrella polar.
Ni la arena, ni la espuma, ni la estrella
darán razón de ti. De ella.
Pero te esperaré. Te espero en las esquinas,
a ver si vas, si ves, si lo adivinas.
1.570
José Coronel Urtecho
Lo Dicho, Dicho
Si amarga el dedo sed para mi labio
sufro al tocar tu frío como amigo
si sierpe al corazón la hiel al hígado
no me despeja el cielo y me despeja.
Si colmena en tu rosa era mi nido
y yo de miel en tus venas corría
corro tu vida vivo y muerto muero
mas súbito el abismo amor vacío.
No quiero ser no puedo sola nada
sola te quiero sólo tierra y cielo
sé tú mi cuerpo sólido en tu cuerpo
que abismo me hundo y nada me desdigo.
De presencia absoluta ansia te oprimo
si bajo espera tierra que te caiga
si subo estrella sube que te siga
sea o no sea soy donde te quemo.
Quiero de tu ojo el otro insospechado
que antes que pensamiento es ojo vivo
quiero el eje del mundo en que tú giras
y tu estrella natal sexo de fuego.
No te sospecho más que mi sospecha
porque si eres verdad lo dicho, dicho
la dicha dicha si presente siento
que todo lo demás mentira miento.
sufro al tocar tu frío como amigo
si sierpe al corazón la hiel al hígado
no me despeja el cielo y me despeja.
Si colmena en tu rosa era mi nido
y yo de miel en tus venas corría
corro tu vida vivo y muerto muero
mas súbito el abismo amor vacío.
No quiero ser no puedo sola nada
sola te quiero sólo tierra y cielo
sé tú mi cuerpo sólido en tu cuerpo
que abismo me hundo y nada me desdigo.
De presencia absoluta ansia te oprimo
si bajo espera tierra que te caiga
si subo estrella sube que te siga
sea o no sea soy donde te quemo.
Quiero de tu ojo el otro insospechado
que antes que pensamiento es ojo vivo
quiero el eje del mundo en que tú giras
y tu estrella natal sexo de fuego.
No te sospecho más que mi sospecha
porque si eres verdad lo dicho, dicho
la dicha dicha si presente siento
que todo lo demás mentira miento.
1.011
José Coronel Urtecho
Credo
Gracias porque abro los ojos y veo
la salida del sol, el cielo, el río
en la mañana diáfana de estío
que llena hasta los bordes mi deseo.
Gracias, Señor, por esto que poseo
que siendo sólo tuyo es todo mío
aunque hasta una gota del rocío
para saber que es cierto lo que creo.
Creo que la belleza tan sencilla
que se revela en esta maravilla
es reflejo no más de tu hermosura.
Qué importa pues que esta belleza muera
si he de ver la hermosura duradera
que en tu infinito corazón madura.
la salida del sol, el cielo, el río
en la mañana diáfana de estío
que llena hasta los bordes mi deseo.
Gracias, Señor, por esto que poseo
que siendo sólo tuyo es todo mío
aunque hasta una gota del rocío
para saber que es cierto lo que creo.
Creo que la belleza tan sencilla
que se revela en esta maravilla
es reflejo no más de tu hermosura.
Qué importa pues que esta belleza muera
si he de ver la hermosura duradera
que en tu infinito corazón madura.
3.443
José Cadalso
Anacreóntica
¿Quién es aquél que baja
por aquella colina,
la botella en la mano,
en el rostro la risa,
de pámpanos y hiedra
la cabeza ceñida,
cercado de zagales,
rodeado de ninfas,
que al son de los panderos
dan voces de alegría,
celebran sus hazañas,
aplauden su venida?
Sin duda será Baco,
el padre de las viñas.
Pues no, que es el poeta
autor de esta letrilla.
por aquella colina,
la botella en la mano,
en el rostro la risa,
de pámpanos y hiedra
la cabeza ceñida,
cercado de zagales,
rodeado de ninfas,
que al son de los panderos
dan voces de alegría,
celebran sus hazañas,
aplauden su venida?
Sin duda será Baco,
el padre de las viñas.
Pues no, que es el poeta
autor de esta letrilla.
1.293
José Cadalso
Anacreóntica
¡Ninfas de Manzanares,
felices y adorables semidiosas!
Oíd de mis pesares
los ayes y las quejas lastimosas.
Tantas aguas no lleva vuestro río
como lágrimas vierte el llanto mío.
¡Madrileñas divinas!,
cuya dulzura, halago y genio afable,
cuyas miradas finas
el genio ablandarán más intratable;
si al cielo pide el hombre su consuelo,
yo mi consuelo pido a vuestro cielo.
Algún astro celoso
de la inmensa fortuna que pasaba
mi corazón dichoso,
mis indecibles dichas envidiaba;
y por tanto cortó con golpe airado
mi vuelo, hasta los cielos remontado.
Y si fuisteis diosas
en el castigo acerbo que me disteis,
y mujeres furiosas
por el mal proceder con que lo hicisteis
(pues por un crimen nunca comprobado
fui, antes que convicto, castigado)
volved a ser deidades,
la bondad se vuelva a vuestro pecho.
¡Ah!, cesen las crueldades
con que mi pecho se halla desecho,
así como después que el rayo aterra,
el iris une al cielo con la tierra.
Para que el corazón mío
sus penas olvidando y sus pesares,
llegando a vuestro río,
las orillas besando a Manzanares,
repita ya sin voces lastimosas:
«¡Cuán adorables sois, oh semidiosas!».
felices y adorables semidiosas!
Oíd de mis pesares
los ayes y las quejas lastimosas.
Tantas aguas no lleva vuestro río
como lágrimas vierte el llanto mío.
¡Madrileñas divinas!,
cuya dulzura, halago y genio afable,
cuyas miradas finas
el genio ablandarán más intratable;
si al cielo pide el hombre su consuelo,
yo mi consuelo pido a vuestro cielo.
Algún astro celoso
de la inmensa fortuna que pasaba
mi corazón dichoso,
mis indecibles dichas envidiaba;
y por tanto cortó con golpe airado
mi vuelo, hasta los cielos remontado.
Y si fuisteis diosas
en el castigo acerbo que me disteis,
y mujeres furiosas
por el mal proceder con que lo hicisteis
(pues por un crimen nunca comprobado
fui, antes que convicto, castigado)
volved a ser deidades,
la bondad se vuelva a vuestro pecho.
¡Ah!, cesen las crueldades
con que mi pecho se halla desecho,
así como después que el rayo aterra,
el iris une al cielo con la tierra.
Para que el corazón mío
sus penas olvidando y sus pesares,
llegando a vuestro río,
las orillas besando a Manzanares,
repita ya sin voces lastimosas:
«¡Cuán adorables sois, oh semidiosas!».
861
José Cadalso
Anacreóntica
Unos pasan, amigo,
estas noches de enero
junto al balcón de Cloris,
con lluvia, nieve y hielo;
otros la pica al hombro,
sobre murallas puestos,
hambrientos y desnudos,
pero de gloria llenos;
otros al campo raso,
las distancias midiendo
que hay de Venus a Marte,
que hay de Mercurio a Venus;
otros en el recinto
del lúgubre aposento,
de Newton o Descartes
los libros revolviendo;
otros contando ansiosos
sus mal habidos pesos,
atando y desatando
los antiguos talegos.
Pero acá lo pasamos
junto al rincón del fuego,
asando unas castañas,
ardiendo un tronco entero,
hablando de las viñas,
contando alegres cuentos,
bebiendo grandes copas,
comiendo buenos quesos;
y a fe que de este modo
no nos importa un bledo
cuanto enloquece a muchos,
que serían muy cuerdos
si hicieran en la corte
lo que en la aldea hacemos.
estas noches de enero
junto al balcón de Cloris,
con lluvia, nieve y hielo;
otros la pica al hombro,
sobre murallas puestos,
hambrientos y desnudos,
pero de gloria llenos;
otros al campo raso,
las distancias midiendo
que hay de Venus a Marte,
que hay de Mercurio a Venus;
otros en el recinto
del lúgubre aposento,
de Newton o Descartes
los libros revolviendo;
otros contando ansiosos
sus mal habidos pesos,
atando y desatando
los antiguos talegos.
Pero acá lo pasamos
junto al rincón del fuego,
asando unas castañas,
ardiendo un tronco entero,
hablando de las viñas,
contando alegres cuentos,
bebiendo grandes copas,
comiendo buenos quesos;
y a fe que de este modo
no nos importa un bledo
cuanto enloquece a muchos,
que serían muy cuerdos
si hicieran en la corte
lo que en la aldea hacemos.
617
José Cadalso
Anacreóntica
Unos pasan, amigo,
estas noches de enero
junto al balcón de Cloris,
con lluvia, nieve y hielo;
otros la pica al hombro,
sobre murallas puestos,
hambrientos y desnudos,
pero de gloria llenos;
otros al campo raso,
las distancias midiendo
que hay de Venus a Marte,
que hay de Mercurio a Venus;
otros en el recinto
del lúgubre aposento,
de Newton o Descartes
los libros revolviendo;
otros contando ansiosos
sus mal habidos pesos,
atando y desatando
los antiguos talegos.
Pero acá lo pasamos
junto al rincón del fuego,
asando unas castañas,
ardiendo un tronco entero,
hablando de las viñas,
contando alegres cuentos,
bebiendo grandes copas,
comiendo buenos quesos;
y a fe que de este modo
no nos importa un bledo
cuanto enloquece a muchos,
que serían muy cuerdos
si hicieran en la corte
lo que en la aldea hacemos.
estas noches de enero
junto al balcón de Cloris,
con lluvia, nieve y hielo;
otros la pica al hombro,
sobre murallas puestos,
hambrientos y desnudos,
pero de gloria llenos;
otros al campo raso,
las distancias midiendo
que hay de Venus a Marte,
que hay de Mercurio a Venus;
otros en el recinto
del lúgubre aposento,
de Newton o Descartes
los libros revolviendo;
otros contando ansiosos
sus mal habidos pesos,
atando y desatando
los antiguos talegos.
Pero acá lo pasamos
junto al rincón del fuego,
asando unas castañas,
ardiendo un tronco entero,
hablando de las viñas,
contando alegres cuentos,
bebiendo grandes copas,
comiendo buenos quesos;
y a fe que de este modo
no nos importa un bledo
cuanto enloquece a muchos,
que serían muy cuerdos
si hicieran en la corte
lo que en la aldea hacemos.
617
José Cadalso
A La Muerte De Filis
En lúgubres cipreses
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tierno jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
miradme compasivos,
y a la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tierno jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
miradme compasivos,
y a la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.
679
José Cadalso
A La Muerte De Filis
En lúgubres cipreses
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tierno jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
miradme compasivos,
y a la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tierno jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
miradme compasivos,
y a la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.
679
José Cadalso
Muerta Filis Renuncia El Poeta Al Amor Y A La Poesía
Mientras vivió la dulce prenda mía,
Amor, sonoros versos me inspiraste;
obedecí la ley que me dictaste,
y sus fuerzas me dio la poesía.
Mas ¡ay! que desde aquel aciago día
que me privó del bien que tú admiraste,
al punto sin imperio en mí te hallaste,
y hallé falta de ardor a mi Talía.
Pues no borra su ley la Parca dura,
a quien el mismo Jove no resiste,
olvido el Pindo y dejo la hermosura.
Y tú también de tu ambición desiste,
y junto a Filis tengan sepultura
tu flecha inútil y mi lira triste.
Amor, sonoros versos me inspiraste;
obedecí la ley que me dictaste,
y sus fuerzas me dio la poesía.
Mas ¡ay! que desde aquel aciago día
que me privó del bien que tú admiraste,
al punto sin imperio en mí te hallaste,
y hallé falta de ardor a mi Talía.
Pues no borra su ley la Parca dura,
a quien el mismo Jove no resiste,
olvido el Pindo y dejo la hermosura.
Y tú también de tu ambición desiste,
y junto a Filis tengan sepultura
tu flecha inútil y mi lira triste.
551
José Cadalso
Epigrama Casamiento De Venus
Venus alegre y mocita
Vulcano viejo y celoso
Marte amigo del esposo...
¡Ay que boda tan bonita!
Vulcano viejo y celoso
Marte amigo del esposo...
¡Ay que boda tan bonita!
638
José Cadalso
Epigrama Epitafio De Un Amante
El que está aquí sepultado
porque no logró casarse
murió de pena acabado
otros mueren de acordarse
de que ya los han casado.
porque no logró casarse
murió de pena acabado
otros mueren de acordarse
de que ya los han casado.
595
José Cadalso
Epigrama Epitafio De Un Amante
El que está aquí sepultado
porque no logró casarse
murió de pena acabado
otros mueren de acordarse
de que ya los han casado.
porque no logró casarse
murió de pena acabado
otros mueren de acordarse
de que ya los han casado.
595
José Cadalso
Letrillas Satíricas
Que dé la viuda un gemido
por la muerte del marido,
ya
lo veo;
pero que ella no se ría
si otro se ofrece en el día,
no
lo creo.
Que Clori me diga a mí
«Sólo he de quererte a ti»,
ya
lo veo;
pero que siquiera a ciento
no haga el mismo cumplimiento,
no
lo creo.
Que los maridos celosos,
sean más guardias que esposos,
ya
lo veo;
pero que estén las malvadas,
por más guardias, más guardadas,
no
lo creo.
Que al ver de la boda el traje,
la doncella el rostro baje,
ya
lo veo;
pero que al mismo momento
no levante el pensamiento,
no
lo creo.
Que Celia tome el marido
por sus padres escogido,
ya
lo veo;
pero que en el mismo instante
ella no escoja el amante,
no
lo creo.
Que se ponga con primor
Flora en el pecho una flor,
ya
lo veo;
pero que astucia no sea
para que otra flor se vea,
no
lo creo.
Que en el templo de Cupido
el incienso es permitido,
ya
lo veo;
pero que el incienso baste,
sin que algún oro se gaste,
no
lo creo.
Que el marido a su mujer
permita todo placer,
ya
lo veo;
pero que tan ciego sea,
que lo que vemos no vea,
no
lo creo.
Que al marido de su madre
todo niño llame padre,
ya
lo veo;
pero que él, por más cariño,
pueda llamar hijo al niño,
no
lo creo.
Que Quevedo criticó
con más sátira que yo,
ya
lo veo;
pero que mi musa calle
porque más materia no halle,
no
lo creo.
por la muerte del marido,
ya
lo veo;
pero que ella no se ría
si otro se ofrece en el día,
no
lo creo.
Que Clori me diga a mí
«Sólo he de quererte a ti»,
ya
lo veo;
pero que siquiera a ciento
no haga el mismo cumplimiento,
no
lo creo.
Que los maridos celosos,
sean más guardias que esposos,
ya
lo veo;
pero que estén las malvadas,
por más guardias, más guardadas,
no
lo creo.
Que al ver de la boda el traje,
la doncella el rostro baje,
ya
lo veo;
pero que al mismo momento
no levante el pensamiento,
no
lo creo.
Que Celia tome el marido
por sus padres escogido,
ya
lo veo;
pero que en el mismo instante
ella no escoja el amante,
no
lo creo.
Que se ponga con primor
Flora en el pecho una flor,
ya
lo veo;
pero que astucia no sea
para que otra flor se vea,
no
lo creo.
Que en el templo de Cupido
el incienso es permitido,
ya
lo veo;
pero que el incienso baste,
sin que algún oro se gaste,
no
lo creo.
Que el marido a su mujer
permita todo placer,
ya
lo veo;
pero que tan ciego sea,
que lo que vemos no vea,
no
lo creo.
Que al marido de su madre
todo niño llame padre,
ya
lo veo;
pero que él, por más cariño,
pueda llamar hijo al niño,
no
lo creo.
Que Quevedo criticó
con más sátira que yo,
ya
lo veo;
pero que mi musa calle
porque más materia no halle,
no
lo creo.
940
José Cadalso
Letrillas Satíricas
Que dé la viuda un gemido
por la muerte del marido,
ya
lo veo;
pero que ella no se ría
si otro se ofrece en el día,
no
lo creo.
Que Clori me diga a mí
«Sólo he de quererte a ti»,
ya
lo veo;
pero que siquiera a ciento
no haga el mismo cumplimiento,
no
lo creo.
Que los maridos celosos,
sean más guardias que esposos,
ya
lo veo;
pero que estén las malvadas,
por más guardias, más guardadas,
no
lo creo.
Que al ver de la boda el traje,
la doncella el rostro baje,
ya
lo veo;
pero que al mismo momento
no levante el pensamiento,
no
lo creo.
Que Celia tome el marido
por sus padres escogido,
ya
lo veo;
pero que en el mismo instante
ella no escoja el amante,
no
lo creo.
Que se ponga con primor
Flora en el pecho una flor,
ya
lo veo;
pero que astucia no sea
para que otra flor se vea,
no
lo creo.
Que en el templo de Cupido
el incienso es permitido,
ya
lo veo;
pero que el incienso baste,
sin que algún oro se gaste,
no
lo creo.
Que el marido a su mujer
permita todo placer,
ya
lo veo;
pero que tan ciego sea,
que lo que vemos no vea,
no
lo creo.
Que al marido de su madre
todo niño llame padre,
ya
lo veo;
pero que él, por más cariño,
pueda llamar hijo al niño,
no
lo creo.
Que Quevedo criticó
con más sátira que yo,
ya
lo veo;
pero que mi musa calle
porque más materia no halle,
no
lo creo.
por la muerte del marido,
ya
lo veo;
pero que ella no se ría
si otro se ofrece en el día,
no
lo creo.
Que Clori me diga a mí
«Sólo he de quererte a ti»,
ya
lo veo;
pero que siquiera a ciento
no haga el mismo cumplimiento,
no
lo creo.
Que los maridos celosos,
sean más guardias que esposos,
ya
lo veo;
pero que estén las malvadas,
por más guardias, más guardadas,
no
lo creo.
Que al ver de la boda el traje,
la doncella el rostro baje,
ya
lo veo;
pero que al mismo momento
no levante el pensamiento,
no
lo creo.
Que Celia tome el marido
por sus padres escogido,
ya
lo veo;
pero que en el mismo instante
ella no escoja el amante,
no
lo creo.
Que se ponga con primor
Flora en el pecho una flor,
ya
lo veo;
pero que astucia no sea
para que otra flor se vea,
no
lo creo.
Que en el templo de Cupido
el incienso es permitido,
ya
lo veo;
pero que el incienso baste,
sin que algún oro se gaste,
no
lo creo.
Que el marido a su mujer
permita todo placer,
ya
lo veo;
pero que tan ciego sea,
que lo que vemos no vea,
no
lo creo.
Que al marido de su madre
todo niño llame padre,
ya
lo veo;
pero que él, por más cariño,
pueda llamar hijo al niño,
no
lo creo.
Que Quevedo criticó
con más sátira que yo,
ya
lo veo;
pero que mi musa calle
porque más materia no halle,
no
lo creo.
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