Temas
Poemas en este tema

Otros

Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Luisita

Pues eres tú forastera
recién llegada a la vida,
te contaré, mi querida,
lo que tienes que sufrir;
te gané la delantera
de la vida en el camino,
y merced a este destino
he aprendido ya a sentir.

Yo sé ya cómo se llora
de una pena lloro ardiente,
y si quieres que te cuente
cuál se disfraza también,
mostraré, por que lo veas,
la sonrisa en mi semblante
cuando el raudal abundante
mis ojos brotando estén.

A este saber doloroso
discreción el mundo llama,
y no es discreta la dama
si no es en el mundo así;
por eso en risa mi llanto
suelo mudar tan aprisa,
que al asomar la sonrisa
trago el llanto para mí.

Pero el mundo no se engaña,
y al mirar nuestro contento
grita airado «¡Fingimiento,
falsedad de la mujer!»
¡Oh graciosa tiranía
que a las que fingen condena
cuando fingir nos ordena
como preciso saber!

Esto, niña, es solamente
lo que, de ciencia nos toca;
después te dirá mi boca
lo que hay de felicidad:
y en fe de que no te engaño
en lo propio que te digo,
todo un sexo por testigo
te pondré de esta verdad.

Yo te diré nuestra historia
y aunque otra de hombres cuenten,
por Dios, que los hombres mienten
o ignoran este saber:
ellos beben Cicerones,
con Sénecas se alimentan,
pero esos libros no cuentan
las penas de la mujer.

Y ¡más valiera que doctos,
sapientísimos varones
perdieran en las naciones
su tiempo en tratar de nos!;
¡harto hicieron si aseguran
como un hecho averiguado
que de Adán y Eva el pecado
por ella sufren los dos!

¿Qué importa que su existencia,
la leche con que medraron,
los brazos en que apoyaron
su cuerpo desde el nacer;
y los besos maternales,
y el solícito cariño,
y sus placeres de niño
se los diera la mujer?

¿Qué importa que le dé ella
la amorosa compañía
al que triste viviría
sin ella en la soledad;
y el consuelo al desgraciado,
y la asistencia al doliente,
qué importa a esa ingrata gente
que se los dé la beldad?

De madres, esposas, hijas,
los tiernos, los dulces nombres,
¿no merecen a esos hombres
una página, un borrón?
¿no merecen que una hora
en nuestra suerte mediten
aunque algo al estudio quiten
de Séneca y Cicerón?...

¿Mas no escuchas? ¿Interrumpes,
niña, con risa mi canto?
Haces bien, porque iba el llanto
brotando a mis ojos ya;
conviértase en risas el lloro,
que en la mudanza precisa
pronta siempre la sonrisa
tras mis lágrimas está.

Pero, guarda, por tu vida,
el papel de estas canciones,
y en la edad de las pasiones
fija los ojos en él:
«¡Ay, dirás, verdad decía
la que estas cosas cantaba;
bien me acuerdo que lloraba
cuando escribió este papel!»
810
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Salutaciones Y Despedidas Al Señor Don José María Claros

O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo;
tal cuando niña discurrió la mente,
llevada del amor que hace al viviente,
buscar a Dios con instintivo anhelo;
luego de joven al cruzar el cielo,
hirió su pedernal mi pie inocente,
y más cierta añadí —no es ilusoria
la tierra ni el dolor; hay cielo y gloria.

Fija, obstinada, pertinaz, constante,
su existencia a la nuestra hallando unida,
dios es verdad, pues cierta es nuestra vida,
dije al sentir mi pecho palpitante.
¿Tuve un placer? ¡oh, gracias, Dios amante!
¡piedad mi Dios! clamé cuando afligida;
y el mundo me hizo así mal llevadero
la amistad del divino compañero.

Todo animado al sol de mi creencia,
la planta, el ave, el agua, las criaturas,
Dios es grande, pues forma estas hechuras,
exclamé al adorar su inteligencia.
¿Y no aprendí bastante, hay otra ciencia
que ilumine mejor las almas puras?...
Pues ignorante, amigo, me dijeron
los que a dudar de Dios sólo aprendieron.

Lucha trabé con ellos muy reñida,
trajo el ateo libros a millares;
yo respondí mostrando de los mares
a sus ojos la página cumplida.
La estrella de los cielos encendida,
fijé en su libro al fin de sus cantares,
y si no acierta a huir veloz, ¡presumo
que libro y sabio se tornaran humo!

¿Pensáis que así quedó? volvió la
gente
niña, a llamarme crédula y sencilla,
y yo a cantar de Dios la maravilla
en el sol, en el aire, en el torrente.
—No hay Dios, —me grita el genio irreverente
—Hay Dios, —respondo; su mirada brilla,
su aliento corre, su palabra suena,
su amor palpita, su pisada atruena.

Pero en la dura lid tal vez venciera
el que desdeña a Dios a quien lo alaba,
si cuando ya el aliento me faltaba,
otra voz a esforzarme no acudiera;
de una fe más robusta y verdadera,
de un talento mayor la mente esclava,
cuando os oyó decir: —hay Dios y cielo—
tomó con más fervor a alzar su vuelo.

¡Gracias! porque en el mundo hallo profeta
de tan pura virtud, fe tan ardiente,
que en tanto error del mundo diferente
me preste una verdad al alma inquieta;
sí, amigo, la creación obra incompleta
fuera si nuestro autor omnipotente
no escribiera en la humana y triste historia
que para el bueno, como vos, hay gloria.
577
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Herminia

¿No ves qué tierra, qué cielo,
uno azul, otra florida?
¿No ves qué estrellas, mi vida,
no ves qué luna, qué sol?
¿No ves qué hermoso es el suelo
donde Dios te ha confinado?
Es fecundo, es dilatado,
es soberbio, es.... ¡español!

Yo no vi de ese paisaje
sino el rincón por su extremo;
mas no hay duda que es supremo
cual su tinta su pincel;
pues, el lugar más salvaje
de nuestra bella comarca
forma, en los valles que abarca,
a España rico dosel.

Por cada grano de tierra
brota en ella una semilla;
no hay extranjera avecilla
que no nos la venga a hurtar:
los pueblos nos mueven guerra
por sólo pisar a España,
cual transeúnte cabaña
lamiendo el suelo al pasar.

Cuando sacuda tu mente
de la infancia los ensueños,
estos campos tan risueños
y riquísimos al ver;
¿por qué dirás esa gente,
que ha marchado a mi venida,
pasó la preciosa vida
en quejas de padecer?

¿Por qué las tiernas mujeres,
que a mi llegar se alejaron,
tantas lágrimas lloraron
vertidas del corazón?
Si tiene el mundo placeres
y la vida tal encanto,
¿por qué se ha dolido tanto
la muerta generación?

Prende fuego en la montaña
y devasta la pradera;
mas oye a la primavera,
la yerba vegeta más:
así en la guerra de España
que estos seres encendimos
de cenizas os servimos
a los que venís detrás.

¿Sabes tú para que puedas
alcanzar luz en tus días
qué de noches tan sombrías
estamos pasando aquí?
¡Tú que en el valle te quedas
cuando nosotras nos vamos
no sabes cómo le hallamos
al venir antes de ti!

De laureles, de riqueza
de altos honores cargados,
son, Herminia, desgraciados
los hombres de nuestra edad;
de brillantes, de belleza
y de amores circundadas
mujeres muy desdichadas
son las de esta sociedad.

Pero tú que has retardado
más que aquellos tu venida,
vas a encontrar en la vida
más placer, menos dolor;
pues que de España han cruzado
tantos otros el camino,
que sufre ya el peregrino
sus asperezas mejor.

Ya nuestro campo no vemos
salpicado y reteñido
con la sangre que ha vertido
la guerrera juventud;
y ya tranquilos podemos
elevar nuestras canciones,
sin que vengan los cañones
a atronar nuestro laúd.

Ni ya rechazan del coro
a las cantoras mujeres;
pues al fin que somos seres
de la especie racional,
en este siglo sonoro
los españoles declaran...
¡Qué indulgencia!... y nos preparan...
¡Qué dicha!... lauro inmortal.

Pero es tarde, Herminia mía,
tarde ya para esta gente,
que ha pasado tristemente
lo mejor de su vivir;
esa naciente alegría
que en nuestro pueblo resuena
no basta a calmar la pena
que venimos de sufrir.

De las pasadas tormentas
naves nosotras heridas,
vamos a quedar sumidas
presto en el revuelto mar;
pero tú, que apenas cuentas,
Herminia, trescientos soles,
a los puertos españoles
logras a tiempo arribar.

¡Quiera Dios que la bonanza
con que empieza tu fortuna
como te mima en la cuna
te mime en la juventud!
Cada niña una esperanza
de placer es para el mundo:
¡quiera Dios que tú fecundo
manantial seas de virtud!

Que los dulcísimos nombres
que te da el materno anhelo
de serafín y de cielo
vayan de tu vida en pos.
Que embelesados los hombres
al exclamar —«¡qué hermosura!»
añadan siempre:—«¡y qué pura!
¡Bendígate, Herminia, Dios!»
683
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Celos A La Princesa De S

Dejad que despacio os vea
esa belleza tan rara,
pesadilla de mis sueños,
enemiga de mi alma.
¡Por Jesús, que ansiosa vengo
de miraros esa cara
blanca aurora para alguno,
para mí, noche nublada!
¿Cómo tenéis la melena,
muy oscura, muy dorada?
De vuestra faz las colores
¿son morenas o son albas?
¿Tanto valen vuestros ojos?
¿Sois de cuerpo tan gallardo?
¿Cuáles son, decid, en suma
vuestros dones, vuestras gracias,
para que pueda, señora,
admirarlos y envidiarlas?...
Yo no fío en sortilegios,
burléme siempre de magias,
pero al hallar vuestra imagen
con la luz de la mañana,
con las sombras de la noche,
sobre mis libros clavada,
junto a mi lecho perenne
y en todas partes, mi alma,
por espíritu os conjura
y por visión os rechaza.
Señora, ¿pensáis que pueda
un corazón de cristiana
sin ofender a los cielos
hacerme tan desdichada?
Señora, ¿pensáis que somos
vos la reina, yo la esclava,
para que a vos así tenga
mi libertad subyugada
que a donde está vuestra imagen
allí mis ojos se paran
y allí escuchan mis oídos
do suenan vuestras palabras?
¡Si supierais cuando os oigo
cuál las sienes se me inflaman
y cuánto mis venas hierven
que parece que se saltan!
¡Si supierais cuáles sombras
ven mis ojos, qué fantasmas,
tal vez las brillantes flores
que os embellecen la cara,
por no parecer tan bella,
os arrancaréis de lástima!
Mas ¿para qué? no señora,
ceñid la frente lozana
de riquísimos encajes
y primorosas guirnaldas
para dar mayor contento
a los ojos del que os ama;
que para llorar las penas
que vuestras glorias me causan
tengo noches que me sobran
y lágrimas que me bastan.
Ved si al hermoso conjunto
de vuestras divinas gracias,
señora, algún atributo,
que daros pudiera, os falta;
pues queréis todas las dichas
con mi desdicha lograrlas,
venid, si os faltara el genio,
¡venid... y os daré mi arpa!
485
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Celos A La Princesa De S

Dejad que despacio os vea
esa belleza tan rara,
pesadilla de mis sueños,
enemiga de mi alma.
¡Por Jesús, que ansiosa vengo
de miraros esa cara
blanca aurora para alguno,
para mí, noche nublada!
¿Cómo tenéis la melena,
muy oscura, muy dorada?
De vuestra faz las colores
¿son morenas o son albas?
¿Tanto valen vuestros ojos?
¿Sois de cuerpo tan gallardo?
¿Cuáles son, decid, en suma
vuestros dones, vuestras gracias,
para que pueda, señora,
admirarlos y envidiarlas?...
Yo no fío en sortilegios,
burléme siempre de magias,
pero al hallar vuestra imagen
con la luz de la mañana,
con las sombras de la noche,
sobre mis libros clavada,
junto a mi lecho perenne
y en todas partes, mi alma,
por espíritu os conjura
y por visión os rechaza.
Señora, ¿pensáis que pueda
un corazón de cristiana
sin ofender a los cielos
hacerme tan desdichada?
Señora, ¿pensáis que somos
vos la reina, yo la esclava,
para que a vos así tenga
mi libertad subyugada
que a donde está vuestra imagen
allí mis ojos se paran
y allí escuchan mis oídos
do suenan vuestras palabras?
¡Si supierais cuando os oigo
cuál las sienes se me inflaman
y cuánto mis venas hierven
que parece que se saltan!
¡Si supierais cuáles sombras
ven mis ojos, qué fantasmas,
tal vez las brillantes flores
que os embellecen la cara,
por no parecer tan bella,
os arrancaréis de lástima!
Mas ¿para qué? no señora,
ceñid la frente lozana
de riquísimos encajes
y primorosas guirnaldas
para dar mayor contento
a los ojos del que os ama;
que para llorar las penas
que vuestras glorias me causan
tengo noches que me sobran
y lágrimas que me bastan.
Ved si al hermoso conjunto
de vuestras divinas gracias,
señora, algún atributo,
que daros pudiera, os falta;
pues queréis todas las dichas
con mi desdicha lograrlas,
venid, si os faltara el genio,
¡venid... y os daré mi arpa!
485
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Celos A La Princesa De S

Dejad que despacio os vea
esa belleza tan rara,
pesadilla de mis sueños,
enemiga de mi alma.
¡Por Jesús, que ansiosa vengo
de miraros esa cara
blanca aurora para alguno,
para mí, noche nublada!
¿Cómo tenéis la melena,
muy oscura, muy dorada?
De vuestra faz las colores
¿son morenas o son albas?
¿Tanto valen vuestros ojos?
¿Sois de cuerpo tan gallardo?
¿Cuáles son, decid, en suma
vuestros dones, vuestras gracias,
para que pueda, señora,
admirarlos y envidiarlas?...
Yo no fío en sortilegios,
burléme siempre de magias,
pero al hallar vuestra imagen
con la luz de la mañana,
con las sombras de la noche,
sobre mis libros clavada,
junto a mi lecho perenne
y en todas partes, mi alma,
por espíritu os conjura
y por visión os rechaza.
Señora, ¿pensáis que pueda
un corazón de cristiana
sin ofender a los cielos
hacerme tan desdichada?
Señora, ¿pensáis que somos
vos la reina, yo la esclava,
para que a vos así tenga
mi libertad subyugada
que a donde está vuestra imagen
allí mis ojos se paran
y allí escuchan mis oídos
do suenan vuestras palabras?
¡Si supierais cuando os oigo
cuál las sienes se me inflaman
y cuánto mis venas hierven
que parece que se saltan!
¡Si supierais cuáles sombras
ven mis ojos, qué fantasmas,
tal vez las brillantes flores
que os embellecen la cara,
por no parecer tan bella,
os arrancaréis de lástima!
Mas ¿para qué? no señora,
ceñid la frente lozana
de riquísimos encajes
y primorosas guirnaldas
para dar mayor contento
a los ojos del que os ama;
que para llorar las penas
que vuestras glorias me causan
tengo noches que me sobran
y lágrimas que me bastan.
Ved si al hermoso conjunto
de vuestras divinas gracias,
señora, algún atributo,
que daros pudiera, os falta;
pues queréis todas las dichas
con mi desdicha lograrlas,
venid, si os faltara el genio,
¡venid... y os daré mi arpa!
485
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Altivez

Joven del rubio cabello
y los azulados ojos,
sabed, por la Virgen sacra,
que estáis de remate loco
o se ha vuelto vuestro ingenio
agudo como el del topo
cuando estampáis en papeles
letras que encienden el rostro.
De las riberas del Tajo
airecillo contagioso
os ha impregnado el cerebro
de pensamientos que ignoro
si desdeñe por ruines
o castigue por odiosos.
No soy alta por la cuna,
ni soy rica por el oro,
ni gallarda por el talle
ni preciosa por el rostro,
mas para ser bien altiva
tengo joven en mi abono
un alma como ninguna
y un corazón como pocos.
El doncel en quien amante
una vez ponga mis ojos
primero tema que cieguen
que verlos fijos en otro;
tema hablarme el que ha entendido
mis acentos amorosos
primero muda que hallarme
en otros tiernos coloquios;
y si logra mi cabello
jure que en el mundo sólo
hay dos trenzas: la que él lleve
y la trenza de mi moño.
Por eso, mancebo, os digo
que estáis de remate loco
cuando habláis de mis constantes
pensamientos en desdoro;
si hay plantas que no resisten
a las ventiscas de otoño,
hay plantas que se conservan
desde el setiembre al agosto:
y es la de vos gran malicia
o error torpe y vergonzoso
esto de tomar perpetuas
por marchitables pimpollos.
Distintas somos las hembras
y hablar con iguales modos
de la buena y de la indigna
es desmán que no os perdono;
parlad con mayor mesura
si os es mi afecto precioso;
o temed verlo trocado
en un justísimo encono.
Y tened en cuenta, amigo,
que vale mucho mi enojo
por ser los que estimo muchos
y los que aborrezco pocos.
571
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Altivez

Joven del rubio cabello
y los azulados ojos,
sabed, por la Virgen sacra,
que estáis de remate loco
o se ha vuelto vuestro ingenio
agudo como el del topo
cuando estampáis en papeles
letras que encienden el rostro.
De las riberas del Tajo
airecillo contagioso
os ha impregnado el cerebro
de pensamientos que ignoro
si desdeñe por ruines
o castigue por odiosos.
No soy alta por la cuna,
ni soy rica por el oro,
ni gallarda por el talle
ni preciosa por el rostro,
mas para ser bien altiva
tengo joven en mi abono
un alma como ninguna
y un corazón como pocos.
El doncel en quien amante
una vez ponga mis ojos
primero tema que cieguen
que verlos fijos en otro;
tema hablarme el que ha entendido
mis acentos amorosos
primero muda que hallarme
en otros tiernos coloquios;
y si logra mi cabello
jure que en el mundo sólo
hay dos trenzas: la que él lleve
y la trenza de mi moño.
Por eso, mancebo, os digo
que estáis de remate loco
cuando habláis de mis constantes
pensamientos en desdoro;
si hay plantas que no resisten
a las ventiscas de otoño,
hay plantas que se conservan
desde el setiembre al agosto:
y es la de vos gran malicia
o error torpe y vergonzoso
esto de tomar perpetuas
por marchitables pimpollos.
Distintas somos las hembras
y hablar con iguales modos
de la buena y de la indigna
es desmán que no os perdono;
parlad con mayor mesura
si os es mi afecto precioso;
o temed verlo trocado
en un justísimo encono.
Y tened en cuenta, amigo,
que vale mucho mi enojo
por ser los que estimo muchos
y los que aborrezco pocos.
571
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Una Amiga

¿Dónde la amiga mía,
en dónde está la hermosa compañera
de tanta lozanía
y tanta gallardía
que daba envidia a la gentil palmera?

¿Adónde te hallaremos
si en esta soledad no te encontramos
por más que te busquemos,
por más que te llamemos,
por más que sin consuelo te lloramos...?

¡Ay! Cuando más sufría,
al alejarse la criatura bella,
nos dijo que volvía,
y tristes todavía
estamos aguardando aquí por ella.

Mas ya de su tardanza
son causa los celestes serafines,
que en dulce bienandanza
nos quitan la esperanza
de que vuelva jamás a estos festines.

Ya más no la veremos
del gran salón arrebatada pluma,
girar por sus extremos,
con su belleza suma,
envuelta en el cendal de blanca espuma.

Ni dirán los galanes
al contemplar su luz de pura estrella,
con suspiros y afanes,
«Entre tanta doncella
la del blanco cendal es la más bella».

Faltóle a su pie vago
para cruzar la vida, tierra y calma,
y en el humano estrago,
como la flor del lago
toda en perfume se exhaló su alma.

¿Mas no es verdad, flor mía,
que vives más contenta en la morada
de la Virgen María,
tan santa y regalada,
que en esta pobre tierra desgraciada?

¡Ay celestes jardines
sobre las nubes húmedas, plantados
por bellos serafines,
con ámbares regados
y de castas doncellas habitados!

¡Ay deliciosas palmas
en cuya sombra reposada giran
las venturosas almas
de los que allá respiran
y oyen a Dios y su semblante miran!

¿No es verdad que en el cielo,
paloma de estos valles inocente,
alzas tranquila el vuelo
con perfumado ambiente
por las serenas bóvedas de Oriente?

¿No es verdad que a la vida
no quisieras volver, de los mortales,
desde que estás unida
con lazos eternales
a las dichosas almas celestiales?

¿Que ahora en el cielo puro
y en medio de luceros tan brillantes,
te parece ya oscuro
el festín donde antes
se alegraban tus ojos anhelantes?

¿Que las galas y flores,
la música y la danza tan querida,
y los tiernos amores
de tu alma florida,
te parecen ya sueños de la vida?

Y ¿no es verdad que miras
con lástima de amor, aprisionadas
del mundo a las mentiras
nuestras almas cansadas,
que quisieras llevar a tus moradas?

Responde, amiga mía,
que ya te escucha el corazón atento;
haz que descienda pía
a la tierra sombría
en las nocturnas brisas un acento.

Mas ¡ay! de mí te escondes...
no quieres responder a quien te canta...
¡Pero cómo respondes,
con humana garganta,
si ya no eres mujer, si eres ya santa!
811
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Una Amiga

¿Dónde la amiga mía,
en dónde está la hermosa compañera
de tanta lozanía
y tanta gallardía
que daba envidia a la gentil palmera?

¿Adónde te hallaremos
si en esta soledad no te encontramos
por más que te busquemos,
por más que te llamemos,
por más que sin consuelo te lloramos...?

¡Ay! Cuando más sufría,
al alejarse la criatura bella,
nos dijo que volvía,
y tristes todavía
estamos aguardando aquí por ella.

Mas ya de su tardanza
son causa los celestes serafines,
que en dulce bienandanza
nos quitan la esperanza
de que vuelva jamás a estos festines.

Ya más no la veremos
del gran salón arrebatada pluma,
girar por sus extremos,
con su belleza suma,
envuelta en el cendal de blanca espuma.

Ni dirán los galanes
al contemplar su luz de pura estrella,
con suspiros y afanes,
«Entre tanta doncella
la del blanco cendal es la más bella».

Faltóle a su pie vago
para cruzar la vida, tierra y calma,
y en el humano estrago,
como la flor del lago
toda en perfume se exhaló su alma.

¿Mas no es verdad, flor mía,
que vives más contenta en la morada
de la Virgen María,
tan santa y regalada,
que en esta pobre tierra desgraciada?

¡Ay celestes jardines
sobre las nubes húmedas, plantados
por bellos serafines,
con ámbares regados
y de castas doncellas habitados!

¡Ay deliciosas palmas
en cuya sombra reposada giran
las venturosas almas
de los que allá respiran
y oyen a Dios y su semblante miran!

¿No es verdad que en el cielo,
paloma de estos valles inocente,
alzas tranquila el vuelo
con perfumado ambiente
por las serenas bóvedas de Oriente?

¿No es verdad que a la vida
no quisieras volver, de los mortales,
desde que estás unida
con lazos eternales
a las dichosas almas celestiales?

¿Que ahora en el cielo puro
y en medio de luceros tan brillantes,
te parece ya oscuro
el festín donde antes
se alegraban tus ojos anhelantes?

¿Que las galas y flores,
la música y la danza tan querida,
y los tiernos amores
de tu alma florida,
te parecen ya sueños de la vida?

Y ¿no es verdad que miras
con lástima de amor, aprisionadas
del mundo a las mentiras
nuestras almas cansadas,
que quisieras llevar a tus moradas?

Responde, amiga mía,
que ya te escucha el corazón atento;
haz que descienda pía
a la tierra sombría
en las nocturnas brisas un acento.

Mas ¡ay! de mí te escondes...
no quieres responder a quien te canta...
¡Pero cómo respondes,
con humana garganta,
si ya no eres mujer, si eres ya santa!
811
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Adiós Del Año De 1848 La Aurora Boreal

¿Qué es esa claridad que de repente
de la ermita ilumina el campanario,
y del Gévora oscuro la corriente
brillar hace en el campo solitario;
y por qué palidecen de la gente
los rostros al fulgor extraordinario
mientras sus sobresaltos y temores
revelan los ancianos labradores?

«¡Ay de nosotros, ay de nuestra tierra!»
Claman los labradores espantados.
«¿Veis los senos del ciclo ensangrentados?»
«Es anuncio de crímenes... de guerra...»
Mas confunden su voz desde la sierra
los lobos en su aullar, y los ganados
cuyos medrosos, débiles balidos
conjuran nuestros perros con aullidos.

Aparecerse veo las encinas,
agitando sus brazos al relente,
como fantasmas a la luz ardiente
que refleja en sus copas blanquecinas;
y dos tórtolas veo peregrinas,
huyendo de su cima velozmente,
que deslumbradas por la fuerte llama,
temieron el incendio de su rama.

¿Adónde van envueltos en los vientos,
cual nocturnos espíritus errantes,
ésos que con amarse están contentos
desde la cuna sin cesar amantes?
¿Quién les turba la paz ni los acentos
con que entrambos se arrullan palpitantes,
para volar, huyendo de la aurora
a la orilla del Gévora sonora?

Del fresno entre la húmeda enramada
¿van a buscar contra el incendio asilo?
Y ¿adónde encontraré yo una morada
para que pose el ánimo intranquilo?
¿Adónde irá mi alma acobardada
de esta medrosa noche en el sigilo,
contra el fantasma que sufrir no puedo
a guarecerse del horrible miedo?

Emilio, ven, contempla sin enojos
los rayos de la luz, que así me inquieta,
y mira si es la luna ese planeta
que yo distingo entre vapores rojos;
porque hace un año que fatal cometa
vieron cruzar mis espantados ojos,
y trajo al mundo universal estrago,
y tengo miedo de su nuevo amago.

Yo tengo miedo, sí, yo confundida
y en mi propia ignorancia avergonzada-
la causa del fenómeno escondida
busco, y en mi saber no encuentro nada;
pero amante del Gévora, la vida
pase a orillas del Gévora apartada,
y a temer aprendí de los pastores
del ciclo los extraños resplandores.

¿Oíste tú contar que desgarrados
como fieras allá los hombres mueren,
y no serán los golpes que los hieren
por los genios maléficos lanzados?
Y cuando están así desesperados,
¿genios no habrá que así los desesperen
sobrehumanos, celestes, infernales
de quienes esas llamas son señales?

No sé lo que será... pero recemos
por todos y por él... ¡genio querido,
ser adorado que jamás olvido
ni en los propios pesares más extremos!
¡ah! que de ese fantasma que tenemos
él hubiera mi mente defendido,
si penetrara aquí por un momento
la luz de su brillante pensamiento.

Hijo del mar, su pensamiento grave
conoce de los astros el camino,
porque el allá en el piélago marino
las noches estudió desde su nave,
y él me dijera, pues que tanto sabe,
por qué del cielo el resplandor divino
tiende esta noche el rubicundo manto
que pone el corazón tan grande espanto.

Yo, si mi mano de su mano asiera,
aun a la luz que temerosa brilla,
en esta misma noche me atreviera
del Gévora a llegar hasta la orilla;
y tal vez más allá de la ribera
la causa hallara fácil y sencilla
de ese fuego que abrasa el horizonte,
en el incendio del cercano monte...

Mas vuelve, Emilio, y mira sin recelo
si la encendida nube ya se aleja;
calma por Dios el fatigoso anhelo
del corazón que ni alentar me deja...
¿Dices que de la luz el ancho velo
por el espacio todo se refleja,
y que ya no se ve sombra ninguna...
ni los luceros, ni se ve la luna?...

¡Qué nos va a suceder! ¡qué nuevas penas
los decretos nos guardan del destino,
si ya de pesadumbres imagino
que están las almas de las gentes llenas!
Y ¿por qué no han de ser puras y buenas
esas luces, que teme el campesino,
y por qué no ha de ser de la montaña
el incendio, tal vez, de una cabaña?...

Tal vez de la cobarde fantasía,
tal vez del conturbado pensamiento
esas visiones son que el alma mía
vio fijas en el rojo firmamento;
tal vez en esta noche oscura y fría
nadie siente el espanto que yo siento
y ven los hombres, sin curarse de ellas,
las ráfagas que absorben las estrellas.

Vuelve otra vez, y mira si se apaga
o si se enciende más... si se enrojece...
y si de algún fantasma que aparece
ves ondear la cabellera vaga-
¿qué es lo que dices? ¿que el incendio crece
y que abrasar el universo amaga
tal vez ¡o niño! te confunde el miedo...
deja que mire... si mirarlo puedo...

¡Ay! es verdad, los rayos que se extienden
amenazando ahogar el vasto mundo,
los espíritus malos los encienden,
y al contemplarlos ya no me confundo;
ya con más claridad los aires hienden,
y aparece el fantasma furibundo,
y es hasta Roma donde el fuego alcanza,
y es sobre Roma donde el fuego lanza.

¡En Roma, en Roma! El fuego está en su cumbre
mira cómo la luz allí se aumenta;
allí chispea la espantosa lumbre;
allí el rojo fantasma se ensangrienta;
allí la alborotada muchedumbre
hace a la cristiandad terrible afrenta...
allí abismado en su dolor sombrío
¡huye a los mares el sagrado Pío!

Mira por qué en los cielos se encendía
con tales rayos la siniestra llama;
mira por qué es la hoguera que derrama
tan fantástica luz al medio día,
mira por qué mí corazón temía,
risueno Emilio, al cielo que se inflama,
porque esa luz en noche tan oscura
era señal de nueva desventura.

Mira con qué furor sus alas bate,
para alejarse el de la adversa suerte;
año del infortunio, del combate,
del contagio, del crimen, de la muerte:
mira por qué a su «adiós» mi pecho late
sin que un instante a serenarle acierte,
porque el postrero adiós de su agonía
envuelto en el incendio nos lo envía.

¿Quién derramó la muerte en las ciudades?
¿Cuáles rayos los pueblos consumieron?
Los pontífices santos ¿por qué huyeron
y fue la humanidad calamidades?
No fueron de los hombres las maldades,
año de destrucción, tus genios fueron;
tu espíritu, no más, fue el enemigo,
que al mundo vino a dar tanto castigo.

Tú, como el huracán de los desiertos
que arrastra a los audaces peregrinos,
has pasado dejando los caminos
con el polvo de víctimas cubiertos;
tú, ya cuando a los muros palestinos
arribaba, tal vez, con pasos ciertos,
has destruido, con tu nube insana,
de una generación la caravana.

Y ¿cómo quieres que tu adiós acoja
la gente sin pavor, cuando en su daño
hiendes la horrible cabellera roja
maligno genio del funesto año?
Cuando en tu triste despedida arroja
el ciclo fuego, y con enojo extraño
viste la noche de color sangriento,
¡cómo decirte «adiós» sin desaliento!

Huye, te dice el pueblo desgraciado,
de quien vinistes a turbar la vida,
y ¡ojalá! ¡que en tus urnas sepultado
fuera el llanto que trajo tu venida!
Los que tanto en tus horas han llorado
te vienen a cantar la despedida:
mas huye, por piedad, más velozmente
mientras te canta el corazón doliente.

Huye, y que deje de mostrar el cielo
ese color de púrpura que espanta,
y que en este dolor que nos quebranta
aurora más feliz alumbre el suelo;
¡huye, y por tanto mal, por tanto duelo,
por tanto lloro, por desgracia tanta,
como dieron al mundo tus peleas,
siempre en los siglos maldecido seas!
462
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Las Tormentas De 1848

¿También aquí, Señor, en las entrañas
del solitario monte a los oídos
vienen a resonar voces extrañas,
gritos de guerra y ecos de gemidos?
Negra sombra desciende a las cabañas:
lanza el perro medroso hondos aullidos,
y claridad fantástica ilumina
el trémulo ramaje de la encina.

Y suena por los valles la campana
de la vecina ermita; el ronco acento
del fiel pastor, que los jarales gana
de la espantada cabra en seguimiento;
y otro gemir, que imita voz humana,
y es canto de mortal presentimiento
que exhala un ave, inmóvil tenazmente
entre la yerba, al pie de la corriente.

Y oigo el aire silbar, y de la tierra
por la pesada gota removida
la exhalación percibo, y de la sierra
el gas de la cantera humedecida;
y oigo del lobo, que en el monte yerra
tras de la res cansada y perseguida,
el sordo aullar, que en confusión lejana
se pierde con el trueno y la campana.

Veo la lluvia correr, abrir los lagos,
despeñada rodar por las pendientes,
y henchir de los arroyos las crecientes.
Y entrar en la cabaña haciendo estragos;
y oigo el viento arreciar, y oigo las gentes
campesinas gritar en ecos vagos,
y a un pájaro en las ramas intranquilo
buscar en las más altas nuevo asilo.

Veo caer los árboles floridos
sobre el agua, la mies y los corderos;
por el valle los fresnos más erguidos
hundirse en la arriada los postreros,
y flotar de las tórtolas los nidos,
y el hato del pastor, y los aperos
del labrador revueltos zozobrando,
y a los bueyes pasar sobrenadando.

¿Adónde estás, clarísima ribera,
en que la luz del sol no se escondía,
sino un instante en la azulada esfera
cuando la blanca nube aparecía?
¡Ah, que ya te perdí, luz pasajera!
ya nunca te veré... nube sombría
se esparce en este pálido horizonte,
y truena por los ámbitos del monte.

¿Pero será también, lirio florido,
ciclo de claro sol que te has nublado?
¿Será que de las balas el ruido
por tu serena atmósfera ha tronado?
¿Será que en vez de lluvia, sangre ha sido
la que regó tu valle sosegado?
¡Será verdad, Señor, que en ciega saña
cayeron, como el árbol, los de España!

Y ¿es verdad que cayeron los del Sena
y los hijos del Po y los del Duna,
cual remolinos de caliente arena
bajo la lluvia?... ¡almas sin fortuna!
Y ¿el sol esclareció con faz serena
de sangre aquella vívida laguna
de muerte aquella palpitante alfombra,
o estaba el cielo así velado en sombra?

¿Los viste tú? ¿oíste los gemidos
de las llorosas madres abrazadas
a los jóvenes cuerpos, divididos
por el golpe mortal de las espadas?
¿No asordó como el trueno los oídos,
no cegó como el rayo las miradas...
al estallar un cetro en cien pedazos,
brillando entre humeantes cañonazos?...

Y ¿es verdad que las tímidas doncellas
ciñen el casco, vibran los aceros,
y ven caer bajo sus manos bellas
impávidas los muertos caballeros?
Y ¿es verdad que irritando las querellas
y las venganzas de los odios fieros,
ostentan en su sien con vanagloria
el fúnebre laurel de la victoria?

Y ¿es verdad que en la plácida comarca
do el glorioso Virgilio está durmiendo,
se levantan un pueblo y un monarca
a turbar su reposo con su estruendo?
¡Que del amante y casto y fiel Petrarca
las sagradas cenizas removiendo,
huellan sus palmas con los duros callos
sobre su misma tumba los caballos!

¡Mas qué nuevo fragor!... El norte truena.
¡Triste Alemania, pueblos desgraciados!...
Ya están los ojos de mirar cansados,
ya no puedo, Señor, con tanta pena;
yo me torno a la ermita, donde suena
la campana, y que truenen los nublados;
yo buscaré el reposo de mi alma:
no quiero tempestad, quiero la calma.

Yo, Señor, el cobarde pensamiento,
al contemplar del mundo los horrores,
en mi cabeza fatigada siento,
y quiero refugiarme en mis amores;
quiero en mi corazón buscar aliento,
de la tormenta huyendo los furores...
mas ¡ah Señor! ¡¡también ronca y
violenta
dentro del corazón hallo tormenta!!

¿Cómo olvidé, mirando por el monte
las frentes de los árboles hundidas,
que el nublado que envuelve mi horizonte
hundió mis esperanzas más queridas?
¿Cómo dejo que el alma se remonte
allá por las ciudades combatidas;
si yo en mi corazón, fiero enemigo,
tengo la tempestad, que va conmigo?

¿Llora el pastor su choza destrozada?
¿Gime el rey su palacio arrebatado?
También mi corazón una morada
tuvo, y la tempestad la ha derribado;
también una mansión bella y dorada
y el sañudo huracán se la ha llevado...
Con él fueron mis chozas, mis ciudades:
¿quién me consuela a mí en mis tempestades?

Señor, de mi tormenta oscura, ardiente,
nadie ve el rayo ni percibe el trueno;
pero mi oído rebramar la siente;
pero la siente batallar mi seno;
pero consume dolorosamente
mi corazón, cuando a mis solas peno,
¿dónde la paz? si el cielo, si la tierra
si el corazón la tempestad encierra.

¿Será en la luna que hacia el monte asoma
entre la nube que al Oriente avanza?
¿Va a dar consuelo a la abrasada Roma,
viene a dar a nosotros esperanza?
¿Es, Señor, de los cielos la paloma
que en esta tempestad tu mano lanza,
y vuela, entre las nubes fugitiva,
con el ramo pacífico de oliva?

Yo no quiero su luz, recuerdo amargo
de mi perdido bien, su luz me ofende,
y hace en la noche el padecer más largo
cuando en vagos delirios me suspende,
¡Ay! que es cruel del alma en el letargo
si una memoria hermosa nos sorprende;...
no más luz que tu luz, Señor, deseo,
ya a ti en la oscuridad siempre te veo.

Pero que alumbre por el monte oscuro
para mostrar la senda a los pastores:
que a merced de la luna alcen seguro
resguardo los campestres moradores;
que desparezcan, a su rayo puro,
las sombras, la tristeza, los temores,
y que, otra vez, los campos sosegados
brillen por su fulgor iluminados.

Pero que extienda sus celestes alas
sobre el pueblo que gime moribundo;
que esparza el resplandor que le regalas
aplacando la cólera del mundo;
sobre el estrago horrible de las balas,
que hace de Europa el genio furibundo,
¡que ilumine, Señor, y que ella sea
paz en los odios, tregua en la pelea!
647