Vida y Existencia
Felipe Benítez Reyes
La Edad De Oro
que sea tanto
como aquello que el tiempo nos dio,
regalo inmerecido,
dejando la memoria en la inocencia
de la vida cumplida, porque nada
hiere más y más hondo que el recuerdo:
mientras dure una noche en la memoria,
esa noche es la Noche
y esa intensa memoria la Memoria.
Llévese el tiempo todo
lo que quiera llevarse,
porque todo fue suyo desde siempre.
Que desvanezca el tiempo
el oro delincuente del amor
y la imagen hermética de aquello
que llamabas pasado
—y era apenas
ayer: la fugitiva
edad de no tener
edad para el pasado.
Edad de Baudelaire y de muchachas
que adquirían nociones de la vida
en las últimas filas de los cines
y en esos viejos cines de posguerra
convertidos
en locales de baile que cerraban
cuando el cielo quería amanecer.
Amaneceres de domingo,
volviendo a casa con
un vaso aún en la mano
y con tabaco extraño en el bolsillo,
a esa hora en que abrían los cafés
y las damas de caridad montaban mesas
con carteles de niños moribundos.
Y era la muerta luz que amanecía
la metáfora helada y la exacta ilusión de estar quemando
las naves de la eterna juventud.
Pero en su coche fúnebre
el tiempo iba admitiendo pasajeros.
Y las naves quemadas son ceniza,
y muy poco de eterna
tuvo la juventud.
Así que arrastre todo, que se lleve
en su vértigo el tiempo la memoria,
dejando
un vacío perfecto en el pasado.
Porque todo recuerdo
se acaba corrompiendo en el presente.
Y este presente ya
de poco va a servirnos.
De poco va a servirnos
el saber que hubo un tiempo en que la vida
valía su peso en oro.
Porque la vida pone
su casa en el pasado.
Y esta casa sombría no parece la nuestra.
Felipe Benítez Reyes
La Edad De Oro
que sea tanto
como aquello que el tiempo nos dio,
regalo inmerecido,
dejando la memoria en la inocencia
de la vida cumplida, porque nada
hiere más y más hondo que el recuerdo:
mientras dure una noche en la memoria,
esa noche es la Noche
y esa intensa memoria la Memoria.
Llévese el tiempo todo
lo que quiera llevarse,
porque todo fue suyo desde siempre.
Que desvanezca el tiempo
el oro delincuente del amor
y la imagen hermética de aquello
que llamabas pasado
—y era apenas
ayer: la fugitiva
edad de no tener
edad para el pasado.
Edad de Baudelaire y de muchachas
que adquirían nociones de la vida
en las últimas filas de los cines
y en esos viejos cines de posguerra
convertidos
en locales de baile que cerraban
cuando el cielo quería amanecer.
Amaneceres de domingo,
volviendo a casa con
un vaso aún en la mano
y con tabaco extraño en el bolsillo,
a esa hora en que abrían los cafés
y las damas de caridad montaban mesas
con carteles de niños moribundos.
Y era la muerta luz que amanecía
la metáfora helada y la exacta ilusión de estar quemando
las naves de la eterna juventud.
Pero en su coche fúnebre
el tiempo iba admitiendo pasajeros.
Y las naves quemadas son ceniza,
y muy poco de eterna
tuvo la juventud.
Así que arrastre todo, que se lleve
en su vértigo el tiempo la memoria,
dejando
un vacío perfecto en el pasado.
Porque todo recuerdo
se acaba corrompiendo en el presente.
Y este presente ya
de poco va a servirnos.
De poco va a servirnos
el saber que hubo un tiempo en que la vida
valía su peso en oro.
Porque la vida pone
su casa en el pasado.
Y esta casa sombría no parece la nuestra.
Felipe Benítez Reyes
El Dibujo En El Agua
que todo acabará en literatura:
la imagen de las noches, la leyenda
de la triunfante juventud y las ciudades
vividas como cuerpos.
Que estos años
pasarán ya lo sabes, pues son tuyos
como una posesión de nieve y niebla,
como es del mar la bruma o es del aire
el color de la tarde fugitivo:
pertenencias de nadie y de la nada
surgidas, que hacia la nada van:
ni el mismo mar, ni el aire, ni esa bruma,
ni un crepúsculo igual verán tus ojos.
Un dibujo en el agua es la memoria,
y en sus ondas se expresa el cadáver del tiempo.
Tú harás ese dibujo.
Y de repente
tendrás la sombra muerta
del tiempo junto a ti.
Felipe Benítez Reyes
El Dibujo En El Agua
que todo acabará en literatura:
la imagen de las noches, la leyenda
de la triunfante juventud y las ciudades
vividas como cuerpos.
Que estos años
pasarán ya lo sabes, pues son tuyos
como una posesión de nieve y niebla,
como es del mar la bruma o es del aire
el color de la tarde fugitivo:
pertenencias de nadie y de la nada
surgidas, que hacia la nada van:
ni el mismo mar, ni el aire, ni esa bruma,
ni un crepúsculo igual verán tus ojos.
Un dibujo en el agua es la memoria,
y en sus ondas se expresa el cadáver del tiempo.
Tú harás ese dibujo.
Y de repente
tendrás la sombra muerta
del tiempo junto a ti.
Felipe Benítez Reyes
Valor Del Pasado
una línea difusa que es de sombra,
de error favorecido.
Y si la vida
en algo está cifrada,
es en esos recuerdos
precisamente desvaídos,
quizás remodelados por el tiempo
con un arte que implica ficción, pues verdadera
no puede ser la vida recordada.
Y sin embargo
a ese engaño debemos lo que al fin
será la vida cierta, y a ese engaño
debemos ya lo mismo que a la vida.
Felipe Benítez Reyes
El Soneto Nocturno
que flotaba en el circo de la nada
—y el niño retenía la mirada
su hipnótico vagar de astro cegado.
La noche es un jardín narcotizado
con esencias de alquimia y sombra helada
—y tu infancia una estrella disecada
en el taller de niebla del pasado.
La luna vive ahora en los relojes
que lanzan sus saetas venenosas
sobre la esfera blanca de este sueño.
De este sueño sin fin del que recoges
la ceniza dorada de esas cosas
de las cuales un día fuiste dueño.
Felipe Benítez Reyes
El Soneto Nocturno
que flotaba en el circo de la nada
—y el niño retenía la mirada
su hipnótico vagar de astro cegado.
La noche es un jardín narcotizado
con esencias de alquimia y sombra helada
—y tu infancia una estrella disecada
en el taller de niebla del pasado.
La luna vive ahora en los relojes
que lanzan sus saetas venenosas
sobre la esfera blanca de este sueño.
De este sueño sin fin del que recoges
la ceniza dorada de esas cosas
de las cuales un día fuiste dueño.
Francisco de Aldana
Reconocimiento De La Vanidad Del Mundo
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;
tras tanto acá y allá, yendo y viniendo
cual sin aliento, inútil peregrino;
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino
yo mismo de mi mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido;
y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.
Francisco de Aldana
Reconocimiento De La Vanidad Del Mundo
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;
tras tanto acá y allá, yendo y viniendo
cual sin aliento, inútil peregrino;
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino
yo mismo de mi mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido;
y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.
Francisco de Aldana
¿cuál Es La Causa, Mi Damón, Que Estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando
»y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?»
«Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte
»que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte».
Francisco de Aldana
El ímpetu Cruel De Mi Destino
¡cómo me arroja miserablemente
de tierra en tierra, de una en otra gente,
cerrando a mi quietud siempre el camino!
¡Oh, si tras tanto mal grave y contino,
roto su velo mísero y doliente,
el alma, con un vuelo diligente,
volviese a la región de donde vino!
Iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo,
con quien hice común acá mi suerte.
¡Oh, qué montón de cosas le diría,
cuáles y cuántas, sin temer castigo
de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!
Francisco de Aldana
Al Cielo
rico de luminarias, patrio Cielo,
casa de la verdad sin sombra o velo,
de inteligencias ledo, almo reposo:
¡oh cómo allá te estás, cuerpo glorioso,
tan lejos del mortal caduco velo,
casi un Argos divino alzado a vuelo,
de nuestro humano error libre y piadoso!
¡Oh patria amada!, a ti sospira y llora
esta en su cárcel alma peregrina,
llevada errando de uno en otro instante;
esa cierta beldad que me enamora
suerte y sazón me otorgue tan benina
que, do sube el amor, llegue el amante.
Enrique Villagrasa González
La Ofrenda
y encerrada tras los labios
ella espera
la luz del día
y su brisa húmeda.
Todo bulle cuando la noche,
tu mirada y sus manos.
El tiempo estremecido
anhela sonrisas y besos,
pausado todo. Sexo y vida
y en el sentir de las sombras
volver a poseerte.
Duerme mujer tus sueños
tu cuerpo es tuyo.
Enrique Villagrasa González
Lechuza De Piedra
A Manuel Miranda Estrampes
Buscas la llama del espíritu,
pero el tiempo corre.
Estrecho es el paso de la prueba.
La palabra perdura
y trasciende al mármol y al ciprés.
El camino por encima de la sombra,
cual lechuza de piedra,
que observa como asciendes
cansado, sin aliento.
Olvido y silencio. Lo no escrito.
Paisajes abiertos te envuelven.
Tu razón es soledad,
es presencia. Es voz.
Enrique Villagrasa González
Blancos Versos
fueron alcanzados por la sombra
y los poetas del mundo temblaron
en sus tumbas unos,
otros en sus agujeros.
Y amanecieron con el lenguaje roto,
a la luz de la luna;
y las estrellas brillaron al otro lado
del espejo de la línea negra.
La memoria sólo recuerda oscuridad:
otra vez la noche se filtra
ventana arriba como la tarde.
La poesía ya no es.
Tan sólo quiero
blancos versos, de nuevo.
Enrique Villagrasa González
Verso Fugaz
La primavera no tardará en llegar
y su luz iluminará los ocupados poemas
de nuestras atroces mentes.
Será un momento
o un rato,
o tal vez la eternidad.
Enrique Villagrasa González
Vida
A Jesús Hilario Tundidor
Canté el dolor, llorando la alegría.
Gabriel Bocángel
Con una rosa en la mano paseas y ves
del sol el sol y del pueblo sus montañas;
y del río que corre el agua que lleva
tras los juncos de tu infancia:
naces a la vida y un mayo florece
y tu padre en la escuela el tejado echaba.
Y te alejas de la página,
de la palabra no escrita;
del tiempo y de su espacio,
de la espera del signo.
Y por huir huyes de la huida:
del silencio y de su sombra,
por ruinas y conventos.
Amanecer
Amanece cada día,
temprano, y el alma
al frío oscuro,
de los más frágiles;
en el umbral, siempre,
en contenida sombra,
la caricia de sus labios.
Busco de la tarde los destellos,
del quiebro de su sonrisa
y cristal herido por su luz
cortejo el mar. Eco de celo.
El fulgor de sus ojos quiero.
La memoria del dolor y su vértigo,
para contemplar el asombro.
Y la vida duele,
en su oscura mirada,
Cuando nieve
derramaba noviembre,
en el parque donde jugábamos
al mediodía.
Olvido
En el olvido siempre
la más tímida página,
que vuela lejos,
tras el eco de los poetas.
Fluye el invierno,
no la poesía;
nievan susurros;
por la noche,
alrededor del fuego.
En el hogar,
la voz es caricia.
Fija la distancia la memoria,
los anhelos heridos,
las lágrimas,
el frío soneto de la tarde.
Pero, tras la palabra tú,
ahí, sin más, espejo,
en desnudez de cuerpos
con la vida.
Enrique Villagrasa González
Vida
A Jesús Hilario Tundidor
Canté el dolor, llorando la alegría.
Gabriel Bocángel
Con una rosa en la mano paseas y ves
del sol el sol y del pueblo sus montañas;
y del río que corre el agua que lleva
tras los juncos de tu infancia:
naces a la vida y un mayo florece
y tu padre en la escuela el tejado echaba.
Y te alejas de la página,
de la palabra no escrita;
del tiempo y de su espacio,
de la espera del signo.
Y por huir huyes de la huida:
del silencio y de su sombra,
por ruinas y conventos.
Amanecer
Amanece cada día,
temprano, y el alma
al frío oscuro,
de los más frágiles;
en el umbral, siempre,
en contenida sombra,
la caricia de sus labios.
Busco de la tarde los destellos,
del quiebro de su sonrisa
y cristal herido por su luz
cortejo el mar. Eco de celo.
El fulgor de sus ojos quiero.
La memoria del dolor y su vértigo,
para contemplar el asombro.
Y la vida duele,
en su oscura mirada,
Cuando nieve
derramaba noviembre,
en el parque donde jugábamos
al mediodía.
Olvido
En el olvido siempre
la más tímida página,
que vuela lejos,
tras el eco de los poetas.
Fluye el invierno,
no la poesía;
nievan susurros;
por la noche,
alrededor del fuego.
En el hogar,
la voz es caricia.
Fija la distancia la memoria,
los anhelos heridos,
las lágrimas,
el frío soneto de la tarde.
Pero, tras la palabra tú,
ahí, sin más, espejo,
en desnudez de cuerpos
con la vida.
Enrique Villagrasa González
Abril
del mundo sus ecos,
y cómo recibo tu brisa húmeda.
Entre mis brazos olvidas
cómo es del bosque su luz,
cómo del lenguaje, su palabra.
El coito y la página
fueron poemas.
Tu luz y mi destino
son versos evidentes.
Enrique Villagrasa González
Abril
del mundo sus ecos,
y cómo recibo tu brisa húmeda.
Entre mis brazos olvidas
cómo es del bosque su luz,
cómo del lenguaje, su palabra.
El coito y la página
fueron poemas.
Tu luz y mi destino
son versos evidentes.
Enrique Villagrasa González
Límite Infinito
es el límite infinito del lenguaje.
Es habitar con el verbo
en la sombra de tu pluma.
Al principio fue el gesto
y el gesto fue sonido,
como agua de manantial fría y dura,
y el sonido se hizo palabra,
en la puerta caoba del otoño,
y todo ya es en ella
y todo ya es por ella.
Y el poema es un no ser:
un no ser sin ella.
Y la palabra es la vida
y la poesía es la luz:
es el relámpago en la noche,
es el fulgor eterno;
pero la sombra no entiende:
no entiende de versos,
ni de relámpagos sabe.
La vida como la poesía
es el límite infinito del lenguaje.
En tus labios
Evaristo Carriego
Ahora Que Estás Muerta
te sentimos más. Apenas
te olvidamos un momento,
levantamos la cabeza
y en seguida nos parece
que vas a entrar por la puerta.
No sabes con qué cariño
en casa se te recuerda:
¡Si nos pudieses oír!
A veces, de sobremesa,
cuando nos reunimos todos
y el pobre viejo conversa
con los muchachos, de pronto
después de alguna ocurrencia,
nos quedamos pensativos
un rato largo: se queda
todo el mundo así, y el viejo
se retira de la mesa
sin decir una palabra
Una palabra. Da pena
verlo sufrir en silencio.
¡Ah, cómo se te recuerda!
Abuelita, que está sorda,
si hablamos delante de ella
por nuestras caras conoce
que hablamos de ti. ¡La vieras!
Por la noche, al acostarnos,
es claro, los chicos rezan,
aunque no lo necesites
porque siempre fuiste buena
y no hiciste mal a nadie:
¡Al contrario!
¡Una tristeza
nos da cuando recordamos,
algunas diabluras nuestras!
Cuando pensamos las veces,
aquellas veces, ¿Recuerdas?,
Que te hacíamos rabiar
de gusto, por mil zonceras
Eramos un poco malos,
pero ahora que estás muerta
nos tienes que perdonar
todas aquellas rabietas,
y las bromas que te dábamos,
esos gritos a la puerta
de tu cuarto, cada vez
que te ponías paqueta
para recibir al novio,
y esas travesuras, y esas
mentiras que te contábamos,
para no ir a la escuela
Y tú, apenas nos retabas
entonces
¡Una tristeza
nos da cuando recordamos!
Pero, ahora que estás muerta,
¿No es verdad que nos perdonas
todas aquellas rabietas?
Evaristo Carriego
Hay Que Cuidarla Mucho, Hermana, Mucho
quince años de vida en esta casa.
¡Qué horror, hermana, cómo envejecemos,
y cómo pasa el tiempo, cómo pasa!
Llegamos niños, y ya somos hombres,
hemos visto pasar muchos inviernos
y tenemos tristeza. Nuestros nombres
no dicen ya diminutivos tiernos,
ingenuos, maternales, ya no hay esa
infantil alegría
de cuando éramos todos a la mesa:
«¡Que abuela cuente, que abuelita cuente
un cuento antes de dormir, que diga
la historia del rey indio»
Gravemente
la voz querida comenzaba:
«Siga
la abuela, siga, no se duerma!»
«¡Bueno!»
¡Ah, la casa de entonces! La modesta
casita en donde todo era sereno,
¡Nuestra casita de antes! No, no es esta
la misma. ¿Y los amigos, las triviales
ocurrencias, la gente que vivía
en el barrio las cosas habituales?
¡Ah, la vecina enferma que leía
su novela de amor! ¿Qué se habrá hecho
de la vecina pensativa y triste
que sufría del pecho?
¡Era de linda! Tú la conociste,
¿No te acuerdas, hermana?
Ella leía siempre una novela
sentada a una ventana.
Nosotros la mirábamos. Y abuela
la miraba también. ¡Pobre! Quién sabe
qué la afligía. A veces ocultaba
el bello rostro, de expresión muy suave,
entre sus blancas manos, y lloraba.
¡Cómo ha ido cambiando todo, hermana,
tan despaciosamente! Cómo ha ido
cambiando todo ¿Qué se irá mañana
de lo que todavía no se ha ido?
Ya no la abuela nos dirá su cuento.
La abuela se ha dormido, se ha callado:
la abuela interrumpió por un momento
muy largo el cuento amado.
Aquellas risas límpidas y claras
se han vuelto graves poco a poco, aquellas
risas que no se habrán de oír. Las caras
tienen sombras de tiempo en tiempo, huellas
de pesares antiguos, de pesares
que aunque se saben ocultar existen.
En las nocturnas charlas familiares
hay silencios de plomo que persisten
hoscos, malos. En torno de la mesa
faltan algunas sillas. Las miradas
fijas en ellas, como con sorpresa,
evocan dulces cosas esfumadas:
rostros llenos de paz, un tanto inciertos
pero nunca olvidados. ¿Y los otros?,
Nos preguntamos muchas veces. Muertos
o ausentes, ya no están: sólo nosotros
quedamos por aquellos que se han ido,
y aunque la casa nos parezca extraña,
fría, como sin sol, aún el nido
guarda calor: mamá nos acompaña.
Resignada, quizá, sin un reproche
para la suerte ingrata, va olvidando,
pero, de cuando en cuando, por la noche,
la sorprendo llorando:
«¿Qué tiene, madre? ¿Qué es lo que le
apena?
¿No se lo dirá a su hijo al hijo viejo?
¡Vamos, madre, no llore, sea buena,
no nos aflija más! ¡Basta!» ¡Y la dejo
calmada, libre al fin de la amargura
de su congoja atroz, y así se duerme!
¡Húmedas las pupilas de ternura!
¡Ah, Dios no quiera que se nos enferme!
Es mi preocupación ¡Dios no lo quiera!
Es mi eterno temor. ¡Vieras! No puedo
explicártelo. Sí ella se nos fuera
¿Qué haríamos nosotros? Tengo miedo
de pensarlo. Me admiro
de cómo ha encanecido su cabeza
en estos meses últimos: la miro,
la veo vieja y siento una tristeza
tan grande ¿Esa aprensión nada te anuncia
hermana? Tú tampoco estás tranquila:
tu perdida alegría te denuncia
También tu corazón bueno vigila.
Yo no sé, pero creo que me falta
algo cuando no escucho
su voz. Una inquietud vaga me asalta
Hay que cuidarla mucho, hermana, mucho.
Evaristo Carriego
Hay Que Cuidarla Mucho, Hermana, Mucho
quince años de vida en esta casa.
¡Qué horror, hermana, cómo envejecemos,
y cómo pasa el tiempo, cómo pasa!
Llegamos niños, y ya somos hombres,
hemos visto pasar muchos inviernos
y tenemos tristeza. Nuestros nombres
no dicen ya diminutivos tiernos,
ingenuos, maternales, ya no hay esa
infantil alegría
de cuando éramos todos a la mesa:
«¡Que abuela cuente, que abuelita cuente
un cuento antes de dormir, que diga
la historia del rey indio»
Gravemente
la voz querida comenzaba:
«Siga
la abuela, siga, no se duerma!»
«¡Bueno!»
¡Ah, la casa de entonces! La modesta
casita en donde todo era sereno,
¡Nuestra casita de antes! No, no es esta
la misma. ¿Y los amigos, las triviales
ocurrencias, la gente que vivía
en el barrio las cosas habituales?
¡Ah, la vecina enferma que leía
su novela de amor! ¿Qué se habrá hecho
de la vecina pensativa y triste
que sufría del pecho?
¡Era de linda! Tú la conociste,
¿No te acuerdas, hermana?
Ella leía siempre una novela
sentada a una ventana.
Nosotros la mirábamos. Y abuela
la miraba también. ¡Pobre! Quién sabe
qué la afligía. A veces ocultaba
el bello rostro, de expresión muy suave,
entre sus blancas manos, y lloraba.
¡Cómo ha ido cambiando todo, hermana,
tan despaciosamente! Cómo ha ido
cambiando todo ¿Qué se irá mañana
de lo que todavía no se ha ido?
Ya no la abuela nos dirá su cuento.
La abuela se ha dormido, se ha callado:
la abuela interrumpió por un momento
muy largo el cuento amado.
Aquellas risas límpidas y claras
se han vuelto graves poco a poco, aquellas
risas que no se habrán de oír. Las caras
tienen sombras de tiempo en tiempo, huellas
de pesares antiguos, de pesares
que aunque se saben ocultar existen.
En las nocturnas charlas familiares
hay silencios de plomo que persisten
hoscos, malos. En torno de la mesa
faltan algunas sillas. Las miradas
fijas en ellas, como con sorpresa,
evocan dulces cosas esfumadas:
rostros llenos de paz, un tanto inciertos
pero nunca olvidados. ¿Y los otros?,
Nos preguntamos muchas veces. Muertos
o ausentes, ya no están: sólo nosotros
quedamos por aquellos que se han ido,
y aunque la casa nos parezca extraña,
fría, como sin sol, aún el nido
guarda calor: mamá nos acompaña.
Resignada, quizá, sin un reproche
para la suerte ingrata, va olvidando,
pero, de cuando en cuando, por la noche,
la sorprendo llorando:
«¿Qué tiene, madre? ¿Qué es lo que le
apena?
¿No se lo dirá a su hijo al hijo viejo?
¡Vamos, madre, no llore, sea buena,
no nos aflija más! ¡Basta!» ¡Y la dejo
calmada, libre al fin de la amargura
de su congoja atroz, y así se duerme!
¡Húmedas las pupilas de ternura!
¡Ah, Dios no quiera que se nos enferme!
Es mi preocupación ¡Dios no lo quiera!
Es mi eterno temor. ¡Vieras! No puedo
explicártelo. Sí ella se nos fuera
¿Qué haríamos nosotros? Tengo miedo
de pensarlo. Me admiro
de cómo ha encanecido su cabeza
en estos meses últimos: la miro,
la veo vieja y siento una tristeza
tan grande ¿Esa aprensión nada te anuncia
hermana? Tú tampoco estás tranquila:
tu perdida alegría te denuncia
También tu corazón bueno vigila.
Yo no sé, pero creo que me falta
algo cuando no escucho
su voz. Una inquietud vaga me asalta
Hay que cuidarla mucho, hermana, mucho.