Vida y Existencia
Evaristo Carriego
Las Manos
cual si tuvieran almas, yo las veo
pasar, como teorías que viniesen
en las estancias líricas de un verso.
Las buenas, las cordiales, generosas
madrecitas de olvidos en los duelos,
las buenas, las cordiales, que ya nunca
las volvimos a ver, ni en el recuerdo.
Las manos enigmáticas, las manos
con vagos exotismos de misterio,
que ocultan, como en libros invisibles,
las fórmulas vedadas del Secreto.
Las manos que coronan los designios,
las manos vencedoras del Silencio,
en las que sueña, a veces, derrotado,
un tardío laurel de luz el genio.
Las pálidas, con sangre de azucenas,
violadas por los duendes de los besos,
que vi una vez, nerviosas, deslizarse
sobre la gama azul de un florilegio.
Las manos graves de las novias muertas,
rígidas desposadas de los féretros,
leves hostias de ritos amatorios
que ya nunca jamás comulgaremos,
esas manos inmóviles y extrañas,
que se petrificaron en el pecho
como una interrogante dolorosa
de la inmensa ansiedad del postrer gesto.
Las crueles que saben el encanto
del fugaz abandono de un momento.
Las exangües, las castas como vírgenes
severas domadoras del Deseo.
Las santas, inefables, las ungidas
con miras de perdón y de consuelo:
amadas melancólicas y breves
de los poetas y de los enfermos.
Las románticas manos de las tísicas,
que, en la voz moribunda de un arpegio,
como conjuro agónico angustiado,
llamaron a Chopin, desfalleciendo
Las manos que derraman por la noche
los filtros germinales en el lecho:
las que escriben las cláusulas fecundas
sobre las carnes que violó el invierno.
Las manos sin amor de las amadas,
más frías y más blancas que el pañuelo
que se esfuma en las largas despedidas
como paloma del adiós supremo.
¡Las Únicas, las fieles, las anónimas
las manos que en los ojos de algún muerto
pusieron, al cerrarlos, la postrera
temblorosa caricia de sus dedos!
Las manos de bellezas irreales,
las manos como lirios de recuerdos,
de aquellas que se fueron a la luna,
en la piedad del éxtasis eterno.
Las místicas, fervientes como exvotos,
inmaterializadas en el rezo,
las manos que humanizan las imágenes
de los blondos y tristes nazarenos.
Y las manos que triunfan del Olvido,
¡Esas, blancas como el remordimiento
de no haberlas besado, ni siquiera
con el beso intangible del ensueño!
Evaristo Carriego
Tu Secreto
aquí, sobre el piano, que ya jamás tocas,
un poco de tu alma de muchacha enferma:
un libro, vedado, de tiernas memorias.
Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido,
y supe, sonriendo, tu pena más honda,
el dulce secreto que no diré a nadie:
A nadie interesa saber que me nombras.
Ven, llévate el libro, distraída llena
de luz y de ensueño. Romántica loca
¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!
De todo te olvidas ¡Cabeza de novia!
Evaristo Carriego
De Primavera
y envueltas en flotantes muselinas,
con impudor de audacias femeninas
han llegado las nuevas doce horas.
El viejo de las frígidas doloras,
lloradas en letales sonatinas,
va huyendo, incorruptible en sus neblinas,
de las doce muchachas pecadoras.
¡Una orgía de luz! ¡Hoy se ha llenado
de músicas el nido fecundado!
Y el cantor de selváticos poemas,
heraldo de los sueños germinales
anuncia en sus pregones orquestales
¡El reventar glorioso de las yemas!
Evaristo Carriego
A Juan Mas Y Pi
quiero probar del vino propicio a la añoranza.
Quiero beber el vino que bebiéramos juntos
y estos ratos, de aquéllos, serán nobles trasuntos.
(No sé por qué a esta hora, sombría y silenciaria,
me ha invadido el cerebro de fiebre visionaria) .
En la acera de enfrente, su clara risa suena
una muchacha alegre como una Nochebuena.
El arrabal, desierto, conmueve un organillo,
y bailan las marquesas del sucio conventillo,
y vienen las memorias, conturbadas e inciertas
como un vago regreso de ensoñaciones muertas
He leído tu libro. Un saludo levanta
la voz del entusiasmo, que perdura y que canta,
la voz alentadora de buenas expansiones
en las largas teorías de nuestras comuniones.
Aquel señor tan loco Unico hijo de Dios,
y Unico caballero nos hermanó a los dos.
(Y eso que tú quisiste, no sé por qué cruel
sospecha inconfesable, serle una vez infiel)
Mas, ya estás perdonado. Pero en verdad te digo
que en otra no te escapas sin sufrir tu castigo
En la calma severa de las meditaciones:
dolor de tus constantes inquietas obsesiones,
ideando el derrotero de los rumbos plausibles
se enfermó tu cabeza de ensueños imposibles
Te veo como antes, duro en el bien y el mal,
pletórico de un ansia de vida ascensional.
De tus actuales fórmulas hiciste las amadas
que en la expansión te ofrendan bellezas flageladas.
Has volcado el consuelo de tu mejor augurio
en el vaso de angustias: el cáliz del tugurio.
Amas el bello gesto que en las horas aciagas
tiene orgullo de púrpura para cubrir las llagas.
Te obsede el clamoreo de enormes muchedumbres,
que van, con su epopeya de siglos, a las cumbres
Compañero: seamos en nuestra misa diaria
tentación, sermón, hostia: todo menos plegaria.
Cantemos en las liras de los credos tonantes
la canción nunciadora de mañanas radiantes.
La vida es dolor siempre, así cambie de nombre:
es dolor hecho carne y es dolor hecho hombre.
Libertémosla, entonces, de los contagios viles
que, en la sangre, empobrecen los glóbulos viriles.
¡En marcha al país nuevo de las brumas ausentes,
que un día vislumbraron los geniales videntes!
Derrotando el silencio pregona la conquista
el salmo combativo de un fuerte Verbo artista.
Pongamos en lo hondo de las frases más sacras
besos consoladores que suavicen las lacras.
En procesión inmensa va el macilento enjambre,
mordidas las entrañas por los lobos del hambre.
Lo custodia el misterio, y lleva en sus arterias
inoculado un virus de sórdidas miserias,
no hay que temer la lepra que roe los abyectos:
quizás es peor la higiene de los limpios perfectos.
Efigien su nobleza también los infelices:
¡Blasón de los harapos, lis de las cicatrices!
¡Lidiemos en la justa de todos los rencores
insignias de los bravos modernos luchadores!
Para esperarte, amigo, después de la contienda,
aunque sea en el yermo yo plantaré mi tienda.
Te envío, pues, mis versos, mis versos torturados,
como flores amargas de jardines violados
¡Y sean mis estrofas los heraldos cordiales
de una lírica tropa de poemas triunfales!
Evaristo Carriego
A Juan José De Soiza Reilly
contáronle el secreto de unas cosas tan bellas
que un ruiseñor lunático, que cantaba a las rosas,
puso en sus sinfonías esas extrañas cosas.
Era un noble pronóstico, que, enigmáticamente,
irradiaba su verbo, como un límpido oriente
en gestación de soles. (Quizá una profecía
de los magos geniales en blanca Epifanía).
Eran graves promesas. Era un coro de astros
que dejaba en la pauta sus luminosos rastros:
Yo, en mi musa salvaje, los evoqué, y entonces
hablaron las estrellas con la voz de los bronces.
Y así ritmo un saludo. Si hallas la canción dura,
es porque cada estrofa tiene algo de armadura,
que al corazón resguarda de la flecha amistosa:
la que al clavarse, a veces se vuelve ponzoñosa.
Tal vez en el Envío que trabaja mi mano
me ayuda Perogrullo ¡Tan ingenioso y llano!
Son versos como zarzas, pero hay en sus rudezas
muchas síntesis bravas de temidas bellezas.
La epopeya del triunfo se ha anunciado sonora,
al galope del rojo centauro de la aurora,
que llega, como heraldo de la ciudad lejana,
precursor del saludo, del laurel y la diana.
Floraciones de músicas en un carmen de gloria
divulgan los clarines la futura victoria,
pues, sobre nidos de águilas se ha soñado la lumbre
de las teas clavadas en la más alta cumbre.
Desfilan en el biógrafo del recuerdo entusiasta,
los residuos amargos de la sufriente casta:
tus vagabundos trágicos, tus tristes heroínas:
testas de manicomios, cuellos de guillotinas,
tus perros soñadores, con nostalgias de luna,
la historia de la humana pasión donde se aduna
el delito y el beso, la amada y el suicida
que se fue de la reja y después de la vida,
tus asesinos bárbaros, apóstoles del crimen,
tus pobres Margaritas que jamás se redimen,
tus poetas borrachos, con hambres de apoteosis,
tus Nietzsches de presidios en celdas de neurosis
Y lo demás y todo La herida de la pena,
que tiene tintes rojos para cada azucena,
y el último lamento del niño moribundo
que fue como un andrajo flotando sobre el mundo.
Y lo que no harás nunca: lo que ocultó su clave,
tal alma que al cerrarse se guardara la llave,
lo que dejó la vida, por infame y monstruoso,
en una frase trunca de gesto doloroso.
Sea tu credo, hermano, mezcla de luz y acero:
el triunfador es bravo y es duro el justiciero,
porque la bondad misma, no es sino el espejismo
que esconde el burgués sello del señor Egoísmo.
Así, mantén tu lema: fuerte como la muerte,
para siempre in eternum, porque ya de esa fuerte
raza de Don Quijote vamos quedando pocos:
¡No hablaron de los vientres los Zarathustras locos!
Acometen serenos los modernos andantes,
que aún medran soberbios vestigios y gigantes.
¡Cabeza y brazo para realizar el empeño:
si Rocinante es torpe que venga Clavileño!
Den, sin temor, ejemplos de viriles acciones
delante de las jaulas de todos los leones
y el burlador cobarde que se clave en la frente
las bellezas normales que le hacen ser hiriente.
Buscando los peligros, en ignoradas sendas,
no sabrán las heridas de femeniles vendas,
pero, eso sí, las lanzas, señores caballeros,
encontrarán molinos y, aún mucho más, carneros,
entuertos y prejuicios, y otros añejos males,
bellacos, malandrines, follones, hidetales
y toda la caterva del torvo Encantamiento
que ha hecho del abdomen Ideal y Pensamiento.
Compañero: ¡Levanta, coronando imposibles,
el quijotismo, y lleva, como armas invencibles,
cuando emprendas alguna simbólica salida,
el genio por escudo, y por blasón la vida!
Evaristo Carriego
La Apostasía De Andresillo
¿No recuerdan ustedes? Yo soy aquel chiquillo
a quien el gran Quijote librara cierto día
porque ahí encajaba bien su caballería
de la nube de palos, que mi amo, furioso,
sobre mí descargaba ferozmente donoso.
Al pobre señor loco le hice una ruin ofensa,
maldiciendo, más tarde, su gallarda defensa,
dejándole mohíno, cabizbajo y corrido.
(Sé que fui un mentecato). Después, arrepentido,
al correr de los años, comprendiendo la humana
obra que yo pagase con acción tan villana,
deseoso de la gracia del noble caballero,
sobre su incierto rumbo interrogué al ventero
y el muy bellaco, riendo, me relató su muerte
(Desde entonces empieza lo malo de mi suerte).
Evaristo Carriego
La Apostasía De Andresillo
¿No recuerdan ustedes? Yo soy aquel chiquillo
a quien el gran Quijote librara cierto día
porque ahí encajaba bien su caballería
de la nube de palos, que mi amo, furioso,
sobre mí descargaba ferozmente donoso.
Al pobre señor loco le hice una ruin ofensa,
maldiciendo, más tarde, su gallarda defensa,
dejándole mohíno, cabizbajo y corrido.
(Sé que fui un mentecato). Después, arrepentido,
al correr de los años, comprendiendo la humana
obra que yo pagase con acción tan villana,
deseoso de la gracia del noble caballero,
sobre su incierto rumbo interrogué al ventero
y el muy bellaco, riendo, me relató su muerte
(Desde entonces empieza lo malo de mi suerte).
Evaristo Carriego
La Apostasía De Andresillo
¿No recuerdan ustedes? Yo soy aquel chiquillo
a quien el gran Quijote librara cierto día
porque ahí encajaba bien su caballería
de la nube de palos, que mi amo, furioso,
sobre mí descargaba ferozmente donoso.
Al pobre señor loco le hice una ruin ofensa,
maldiciendo, más tarde, su gallarda defensa,
dejándole mohíno, cabizbajo y corrido.
(Sé que fui un mentecato). Después, arrepentido,
al correr de los años, comprendiendo la humana
obra que yo pagase con acción tan villana,
deseoso de la gracia del noble caballero,
sobre su incierto rumbo interrogué al ventero
y el muy bellaco, riendo, me relató su muerte
(Desde entonces empieza lo malo de mi suerte).
Evaristo Carriego
La Muerte Del Cisne
los heraldos, sombríos, la anunciaron,
y las faunas errantes se aprontaron
a dejar el amor de la aspereza.
Con el Genio del bosque a la cabeza,
una noche y un día galoparon,
y cual corceles épicos llegaron
en un tropel de bárbara grandeza.
Y ahí están. Ya salvajes emociones,
rugen coros de líricos leones
cuando allá en los remansos de lo Inerte,
como surgiendo de una pesadilla,
¡Grazna un ganso alejado de la orilla
la bondad provechosa de la Muerte!
Evaristo Carriego
Por El Alma De Don Quijote
POR EL ALMA DE DON QUIJOTE
Con el más reposado y humilde continente,
de contrición sincera, suave, discretamente,
por no incurrir en burlas de ingeniosos normales,
sin risueños enojos ni actitudes teatrales
de cómico rebelde, que, cenando en comparsa,
ensaya el llanto trágico que llorará en la farsa,
dedico estos sermones, porque sí, porque quiero,
al único, al Supremo Famoso Caballero,
a quien pido que siempre me tenga de su mano,
al santo de los santos Don Alonso Quijano
que ahora está en la Gloria, y a la diestra del Bueno:
su dulcísimo hermano Jesús el Nazareno,
con las desilusiones de sus caballerías
renegando de todas nuestras bellaquerías.
Pero me estoy temiendo que venga algún chistoso
con sátiras amables de burlador donoso,
o con mordacidades de socarrón hiriente,
y descubra, tan grave como irónicamente,
a la sandez de Sancho se la llama ironía,
que mi amor al Maestro se convierte en manía.
Porque así van las cosas, la más simple creencia
requiere el visto bueno y el favor de la Ciencia:
si a ella no se acoge no prospera y, acaso,
su propio nombre pierde para tornarse caso.
Y no vale la pena (No es un pretexto fútil
con el cual se pretenda rechazar algo útil)
de que se tome en serio lo vago, lo ilusorio,
los credos que no tengan olor a sanatorio.
Las frases de anfiteatro, son estigmas y motes
propicios a las razas de Cristos y Quijotes
no son muchos los dignos de sufrir el desprecio,
del aplauso tonante del abdomen del necio
en estos bravos tiempos en que los hospitales
de la higiénica moda dan sueros doctorales
Sapientes catedráticos, hasta los sacamuelas
consagran infalibles cenáculos y escuelas
de graves profesores, en cuyos diccionarios
no han de leer sus sueños los pobres visionarios
¡De los dos grandes locos se ha cansado la gente:
así, santo Maestro, yo he visto al reluciente
rucio de tu escudero pasar enalbardado,
llevando los despojos que hubiste conquistado,
en tanto que en pelota, y nada rozagante,
anda aún sin jinete tu triste Rocinante!
(Maestro, ¡Si supieras!, Desde que nos dejaste,
llevándote a la Gloria la adarga que embrazaste,
andan las nuestras cosas a las mil maravillas:
todas tan acertadas que no oso describillas.
Hoy, prima el buen sentido. La honra de tu lanza
no pesa en las alforjas del grande Sancho Panza.
Tus más fieles devotos se han metido a venteros
y cuidan de que nadie les horade los cueros.
Pero, aguarda, que, cuando se resuelva a decillo,
ya verás qué lindezas te contará Andresillo,
aunque hay alguna mala nueva, desde hace poco:
aquel que también tuvo sus ribetes de loco,
tu primo de estas tierras indianas y bravías,
¡Lástima de lo añejo de tus caballerías!
Tu primo Juan Moreira, finalmente vencido
del vestiglo Telégrafo, para siempre ha caído,
mas sin tornarse cuerdo: tu increíble Pecado
¡Si supieras, Maestro, cómo lo hemos pagado!
¡Tu increíble Pecado! ¡Caer en la demencia
de dar en la cordura por miedo a la Conciencia!).
Para husmear en la cueva pródiga en desperdicios,
no hacen falta conquistas que imponen sacrificios:
sin mayores audacias cualquier tonto con suerte
es en estos concursos el Vencedor y el Fuerte,
pues todo está en ser duros. El camino desviado
malograría el justo premio del esforzado.
Por eso, cuando llega la tan temida hora
del gesto torturado de una reveladora
protesta de emociones, el rostro se reviste
de defensas de hielo para el beso del triste,
y porque ahogarse deben, salvando peores males,
las rudas acechanzas de las sentimentales
voces de rebeldía quijotismo inconsciente
también se fortalecen, severa, sabiamente,
los músculos traidores del corazón, lo mismo
que los del brazo, en sanas gimnasias de egoísmo,
donde el dolor rebote sin conmover la dura
unidad necesaria de la férrea armadura:
quien no supere al hierro no es del siglo, no medra.
¡Qué bella es la impasible cualidad de la piedra!
El ensueño es estéril, y las contemplaciones
suelen ser el anuncio de las resignaciones.
El ensueño es la anémica llaga de la energía,
la curva de un abdomen toda una geometría
es quizás el principio de un futuro teorema,
cuyas demostraciones no ha entrevisto el poema
En la época práctica de la lana y del cerdo
hoy, Maestro, tú mismo te llamarías cuerdo
se hallan discretamente lejos los ideales
de los perturbadores lirismos anormales.
El vientre es razonable, porque es una cabeza
que no ha querido nunca saber de otra belleza
que la de sus copiosas sensatas digestiones:
fruto de sus más lógicas fuertes cerebraciones.
Por eso, honradamente, se pesan las bondades
del genio, en la balanza de las utilidades,
y si a los soñadores profetas se fustiga
hay felicitaciones para el que echa barriga.
Y esto no tiene vuelta, pues está de por medio
la razón, aceptada, de que ya no hay remedio
Como que cuando, a veces, en el Libro obligado,
la Biblia del ambiente, de todos manoseado,
hay un gesto de hombría traducido en blasfemia,
Por asaz deslenguado lo borra la Academia
La moral se avergüenza de las imprecaciones,
de los sanos impulsos que violan las nociones
del buen decir. El pecho del mejor maldiciente
que se queme sus llagas filosóficamente,
sin mayor pesar, antes de irrumpir en verdades
que siempre tienen algo de ingenuas necedades,
porque quien viene airado, con gestos de tragedia,
a intentar gemir quejas aguando la comedia,
es cuando más un raro, soñador de utopías
que al oído de muchos suenan a letanías
Por eso, remordido pecador, yo me acuso
preciso es confesarlo de haber sido un iluso
de fórmulas e ideas que me mueven a risa,
ahora que no pienso sino en seguir, aprisa,
la reposada senda, libre de los violentos
peligros que han ungido de mirras de escarmientos
las plantas atrevidas que pisaron las rosas
puestas en el camino de las rutas gloriosas.
Pero ya estoy curado, ya no más tonterías,
que las gentes no quieren comulgar insanías
¡En el agua tranquila de las renunciaciones
se han deshecho las hostias de las revelaciones!
Ya no forjo intangibles castillos cerebrales,
de románticos símbolos de torres augurales.
Sobre el dolor ajeno ni siquiera medito,
porque sé que una frase no vale lo que un grito,
y, sin ser pesimista, no caigo en la locura
de buscar una página de serena blancura,
donde pueda escribirse la canción inefable
que ha de cantar el Hombre de un futuro probable.
Emilio Prados
Aparente Quietud Ante Tus Ojos
aquí, esta herida —no hay ajenos límites—,
hoy es el fiel de tu equilibrio estable.
La herida es tuya, el cuerpo en que está abierta
es tuyo, aun yerto y lívido. Ven, toca,
baja, más cerca. ¿Acaso ves tu origen
entrando por tus ojos a esta parte
contraria de la vida? ¿Qué has hallado?
¿Algo que no sea tuyo en permanencia?
Tira tu daga. Tira tus sentidos.
Dentro de ti te engendra lo que has dado,
fue tuyo y siempre es acción continua.
Esta herida es testigo: nadie ha muerto.
Eunice Odio
Poema Primero Posesión En El Sueño
Amado
Te probaré con alegría.
Tú soñarás conmigo esta noche.
Tu cuerpo acabará
donde comience para mí
la hora de tu fertilidad y tu agonía;
y porque somos llenos de congoja
mi amor por ti ha nacido con tu pecho,
es que te amo en principio por tu boca.
Ven
Comeremos en el sitio de mi alma.
Antes que yo se te abrirá mi cuerpo
como mar despeñado y lleno
hasta el crepúsculo de peces.
Porque tú eres bello,
hermano mío,
eterno mío dulcísimo,
Tu cintura en que el día parpadea
llenando con su olor todas las cosas,
Tu decisión de amar,
de súbito,
desembocando inesperado a mi alma,
Tu sexo matinal
en que descansa el borde del mundo
y se dilata.
Ven
Te probaré con alegría.
Manojo de lámparas será a mis pies tu voz.
Hablaremos de tu cuerpo
con alegría purísima,
como niños desvelados a cuyo salto
fué descubierto apenas, otro niño,
y desnudado su incipiente arribo,
y conocido en su futura edad, total, sin diámetro,
en su corriente genital más próxima,
sin cauce, en apretada soledad.
Ven
Te probaré con alegría.
Tú soñarás conmigo esta noche,
y anudarán aromas caídos nuestras bocas.
Te poblaré de alondras y semanas
eternamente oscuras y desnudas.
Ezequiel Martínez Estrada
Miro Tus Ojos
tu faz que agostó la vida;
miro la nieve caída
en tus cabellos dorados.
Eres la misma que fuiste,
toda tú en manos y cara.
Antes Noemí y ahora Mara,
la misma, mucho más triste.
Te ves como en un espejo
en mi mirada cansada,
y piensas, sin decir nada,
que yo también estoy viejo.
Si no paz, y si no olvido,
espero algo, y tú también.
Estamos en un andén
después que el tren ha partido.
Ezequiel Martínez Estrada
Miro Tus Ojos
tu faz que agostó la vida;
miro la nieve caída
en tus cabellos dorados.
Eres la misma que fuiste,
toda tú en manos y cara.
Antes Noemí y ahora Mara,
la misma, mucho más triste.
Te ves como en un espejo
en mi mirada cansada,
y piensas, sin decir nada,
que yo también estoy viejo.
Si no paz, y si no olvido,
espero algo, y tú también.
Estamos en un andén
después que el tren ha partido.
Ezequiel Martínez Estrada
Miro Tus Ojos
tu faz que agostó la vida;
miro la nieve caída
en tus cabellos dorados.
Eres la misma que fuiste,
toda tú en manos y cara.
Antes Noemí y ahora Mara,
la misma, mucho más triste.
Te ves como en un espejo
en mi mirada cansada,
y piensas, sin decir nada,
que yo también estoy viejo.
Si no paz, y si no olvido,
espero algo, y tú también.
Estamos en un andén
después que el tren ha partido.
Ezequiel Martínez Estrada
Tejes
que es mi modo de tejer.
La casa empieza a tener
frialdad de mausoleo.
—Hace frío.
—Sí; hace frío.
—Pon otro poco de leña.
En el cuadro un árbol sueña
y frente a él corre un río.
—Rafael no viene más.
—Ya no viene más Irene.
—¿Y Dora?
—¿Y Pedro?
—¿Y Tomás?
—Ya ninguno de ellos viene.
Además, ¡cuántos se han ido
por éste o aquel sendero!
Otros nacieron, pero
también los hemos perdido.
Transcurren unos minutos
en una quietud tan pura
que el tejido y la lectura
son perfectos y absolutos.
—¿Oyes? Salen de la escuela
los chicos.
—Pues, ¿qué hora es?
Hablan y cantan. Después
sólo queda una estela.
—¿Han llamado?
—Sí, han llamado.
Nadie ha llamado a la puerta.
Está la calle desierta
como un camino olvidado.
El reloj marca una hora
cualquiera en la eternidad.
Esta sí es la soledad.
Nunca la sentí hasta ahora.
—Es tarde.
—Es tarde.
Cerramos
la llave de luz. Salimos.
—Hasta luego.
Y nos dormimos.
Y después despertamos.
Ezequiel Martínez Estrada
Quiero Quedarme
y de decirnos adiós.
Uno seguirá camino,
el otro no.
Quiero quedarme y que sigas
como si te fuera en pos;
pero no vuelvas la cara,
mujer de Lot.
Irás sola, ¿y por qué triste?,
con mi recuerdo y con Dios.
Será posible que encuentres
alguna flor.
Si en cambio tú te quedaras,
¿cómo podré seguir yo?
Las noches me encontrarían
en donde estoy.
Enrique Lihn
De Todas Las Desesperaciones, La De La Muerte Tiene Que Ser La Peor
ella y el miedo a morir, cruz y raya
cuando ya se puede pronosticar el día y la hora
Hay una fea probabilidad de que el miedo a morir y la
desesperación de la muerte sean
normalmente inseparables como la uña y la carne
Recuerdo a un amigo de otros años él huía de noche
de su casa y del hospital
sin más salvoconducto que el que se daría a un condenado
en el infierno
se dejaba caer en casa de amigas que no compartían su amor por
ellas, condenadamente bellas
exigía con argumentos propios de la ciencia de la locura
que lo recibieran en esas casas como huésped estable
me parece ver cómo al final de esas conversaciones imposibles
era reconducido a su madriguera por las señoras y los esposos
en medio del gran silencio, él, el gnomo de la selva negra del
amanecer
de vuelta a su anticasa
o al aeródromo de los hospitales para que no perdiera su vuelo.
Enrique Lihn
La Calva
todos desde el colegio a su parca lección
o desde más allá cuando nacemos
y ella, medio escondida de la teta materna
nos da la suya
nadie recuerda esa comunión con la noche
nadie recuerda una palabra suya
la jauría se escapa por todas las ventanas
de la sala vacía en que la Calva aburre
al niño de su teta
y además ella es muda como el cine de antaño
pero no gesticula para darse a entender
ni se acompaña del piano de un viejo saltimbanqui
Simplemente está allí donde todos la miran
sin verla, una ceguera que imita a la mirada
Presencia, en todo caso, a la Calva le sobra
En vivo y en directo, es el horror de espectar
—palco la calle— un accidente de tráfico
con sus cadáveres instantáneos y extrañamente
irreversibles
A esa calva que hace la ronda de la noche
servicio militar obligatorio
forzada al uniforme o a las gafas oscuras
extrínsecamente asociada al degüello
a la desaparición
Los mendigos también han llegado a lo último
de sí mismos pabilos parpadeantes
serían sus representantes efímeros
y el travesti parado en una esquina
como un guerrero de la mala muerte
Una calva furiosa sobreactúa por ella
la presencia sobrante de esta desconocida
su banalización mejor rentada
aparece en la radio y en la prensa
en la televisión que le pone colores
de irrealidad. La Calva es la vedette
de estos medios que luchan salvo error o excepción
por llenar este mundo de fantasmas vivientes
esos que se electrizan cuando cae un avión y mueren todos
sus pasajeros, cuando el corresponsal
de guerra capta al vuelo lo peor de una masacre
y muere él mismo
La llamamos la Calva para disminuirla
con un feroz apodo y no [...]
Así es como abandonamos en un [...]
a nuestra dama y señor de compañía
el poderoso andrógino perfecto
que invisible camina a nuestro lado
toda, toda la vida lo aceptemos o no
y aceptarlo sería lo mejor
No es ella ni él, ni un monstruo ni un demonio
puede domesticarnos si lo dejamos, actúa
su presencia netamente interior
porque la llevamos en la sangre
lo respiramos como el aire y la luz
ella está en la placenta de la madre arrullando
al nonato como la nodriza más íntima
Él si lo deja puede hacernos ver la nuestra
en su cara que se ríe más allá
de la desgracia, pero sin ninguna ironía
saldado el doloroso
precio de la existencia, del río, de la carne
más que los accidentes del camino
La buena muerte dice el dolor es el ser
Y el ser este deseo de ser que ella podría
extenuar si la dejaran, llenar de cabecera
la esporádica ausencia de los médicos
y hacer ver al enfermo de extrema gravedad
la ingravidez de un feroz peso relativo
que significa casualmente existir
Enrique Lihn
Pena De Extrañamiento
tránsito
Me dejo atar, fascinado por ella
a los recuerdos del presente:
cosas que no tuvieron, por definición, un futuro pero que,
ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas de que
son, talvez, las últimas elaboraciones del deseo, los caprichos
lábiles que preanuncian la vejez.
En una barraca, cerca de Nueva York, el martillero liquidó el
saldo de su negocio —un stock de fotografías antiguas—
ofreciéndolas a gritos en medio de la risotada de todos:
"Antepasados instantáneos", por unos centavos
Esos antepasados eran los míos, pues aunque los adquirí a
vil precio no tardaron, sin duda, en obligarme a la emoción ante
el puente de Brooklyn
como si Manhattan, que se enorgullece de volatilizar el pasado
conservándolo en el modo de la instigación a desafiarlo
fuera mi ciudad natal y yo el hijo de esos antiguos vecinos de los que
la voz gutural hace irrisión, y el martillo.
No me voy de esta ciudad sin haber amado aquí
a la mujer que conocí y no conocí ni haber agotado la
vida conyugal
reflotando en el negocio de plantas o antigüedades.
La isla dispone de fantasmas artificiales con que llenar los huecos de
la contra-historia
Ellos ocupan en la memoria, con la naturalidad que ésta se
perite en relación a la nada
el lugar de los verdaderos ausentes: caras que vi en las bouffoneries
del Soho directement angeliques: esas muchachas caídas de la
luna a la nieve
vestidas de pierrot y sus acompañantes andróginos
fueron y no fueron mis amigos de juventud
Se congelan lágrimas que son de frío
pero que memorizan, asimismo, a John Lennon
Reconozco la nieve de antaño, que cae
sobre Blecker Street en este día acrónico
mientras se hace de noche a la velocidad simultánea del vuelo de
un murciélago
y pasan películas de mi tiempo en mi barrio.
Como si me retuviera algún negocio en la ciudad
veo a Cary Grant e Irene Dunne
que acaban de morir en una vieja comedia
víctimas del capricho de uno de los primeros automóviles
deportivos (la máquina del glamour)
Sigo sus apariciones y desapariciones
—una cita de Meliès en la magia blanca y sonora de Hollywood—
la sorpresa de esta pareja se espejea en ellos- los transparentes- por
gracia del celuloide.
Como mis propios fantasmas, esos figurines inverosímiles
evocan, de manera en sí misma realista, alguna época
acrónica de lo imaginario
Son los antepasados instantáneos de los deseos que provocan
en la inocencia total de sus reencarnaciones o desplazamientos
desde su absoluta lejanía en blanco y negro
El beso final no ocurre en la pantalla
sino entre la pantalla y la media luz de la sala
un corte insubsanable en que se juntan y se besan el presente y el
pasado: labios incompatibles que ninguna comedia puede reunir.
Lo que me ata a la ciudad es todavía más irreal que ese
beso blanco, que connota glamour, escrito en la luz centelleante
(el placer del ojo en el paraíso de la visión artificial)
Haciendo el reconocimiento de cómo es lo que no es hic el nunc,
en el Blecker Cinema
Esta ciudad no existe para mí y yo no existo para ella
allí, en ese punto en que los tiempos convergen bajo la especie
de la Duración
Existe para mí, en cambio, en la medida en que logro
destemporizarla desalojarla
por unos contrasegundos, de la convención que marca el reloj
con sus pasitos de gato en la rutina del living
Trabajo que Hércules no se soñaba en franca competencia
con la Meditación Trascendental
Si yo lo consiguiera, sentiría apoyarse desaprensivamente en mi
brazo (el de Cary Grant) la mano enguantada
pronta a desaparecer, de una muerta: Irene Dunne
—frisson nouveau— y entre la pantalla y la media luz de la sala
(borrado ya del tiempo el día de mi partida: dos de enero de mil
novecientos ochenta y uno)
Se tocarían (no) como para cualesquiera de los espectadores
—gatos descongelados en el invierno de Nueva York—
pasado, presente y futuro
en una unidad de medida que reúna esos tiempos incompatibles
para ellos y para mí, pero no para ellos: los veros vecinos de
Washington Square.
A diferencia mía ellos permanecerán, de hecho, en la
ciudad, con el aval de sus antepasados a quienes, a lo mejor, pusieron
en subasta por unos centavos
y que yo mismo adquirí en una barraca.
De una memoria de la que mi memoria se hace cargo
en la borrada fecha del dos de enero, mi cuerpo tomará el
avión para hacer, en los meros hechos, de algunas calles cuyos
nombres ya no recuerdo
y de ciertos rincones que nadie volverá a ver
recuerdos sin objeto ni sujeto
Eso en lo que concierte a mi cuerpo, mientras el invisible ciudadano de
esos rincones y esas calles
tan innotorio como lo son, al fin y al cabo, entre sí
diez millones de habitantes
seguirá aquí, delegado por la memoria
que llega a la aberración y toma entonces
no sólo la forma de mi sombra:
mi existencia hecha de algo que se le parezca
Ese doble abrirá en mí un hueco que yo mismo no
podría llenar con las anotaciones de mi diarios de viajes
No me proporcionará los estímulos a los que necesite
responder cuando me pregunten en mi pueblo por la Megalópolis
Vivirá en mí de ella, simplemente, como el huésped
del mesonero coadyuvando a que mi vida sea
una versión del discours sur le peu de realité
Porque la realidad estará allí donde ese parásito
del ser se pasee gozando de su inanidad
en tanto miseria sonora de estos versos y más allá del
lenguaje y de la vida que me sustraiga mañana cuando como un
cuerpo sin la mitad de su alma
despojado del terror que fascina, habite
en cualesquiera de esas medio-ciudades, defectuosas copias de Manhattan
y, por lo tanto, ruinas -nuestros nidos- antes, después y
durante su construcción algunos de mis puntos de destino cuando
me vaya y no me vaya de aquí.
Enrique Lihn
Nada Tiene Que Ver El Dolor Con El Dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas
No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a
sus nuevos amantes
acicalada hasta la repugnancia, y los médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios
la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen
porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto
todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas
y éste no es más que otro modo de viciarlas
Quizá los médicos no sean más que sabios y la
muerte —la niña
de sus ojos— un querido problema
la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere
su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar
Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa
tramitación
Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de
mantener
ciertas formas como ahora en esta consulta
Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto
y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable
mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa
zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser
cuando ya uno, qué alivio, está muerto, olvidado
ojalá previamente de sí mismo
esa cosa muerta que existe en el lenguaje y que es
su presupuesto
Invoco en la consulta al Dios
de la no mismidad, pero sabiendo que se trata
de otra ficción más
sobre la unión de Oriente y Occidente
de acápites, comentarios y prólogos
Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que
aprender
para dolerse, desesperarse y morir, un lenguaje limpio
que sólo fuera accesible más allá de las
matemáticas a especialistas
de una ciencia imposible e igualmente válida
un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos
que viviera una fracción de segundo a la manera del resplandor
y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia
del dolor que del placer, con una sonriente
desesperación, pero esto es ya decir
una mera obviedad con el apoyo
de una figura retórica
mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje
desconocido
ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a
interpretar
el lenguaje humano
Ay dios habría que hablar de la felicidad de morir en alguna
inasible forma
de eso que acompañó a la inocencia al orgasmo a todos y a
cada uno
de los momentos que improntaron la memoria
con impresiones desaforadas
Cuando en la primera polución
-mucho más mística que la primera comunión-
pensabas en Isabel
ella no era una persona sino su imagen el resplandor orgástrico
de esa creatura
que si vivió lo hizo para otros diluyéndose para ti
carnalmente en el tiempo de los demás
sin dejar más que el rastro de su resplandor en tu memoria
eso era la muerte y la muerte advino y devino
el click de la máquina de memorizar esa repugnante devoradora
acicalada en palabras como éstas tu poesía, en suma es la
muerte
el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento
la cárcel de tu ser que te privaba del otro nombre de amor
escrito silenciosamente en el muro
o figuras obscenas untadas de vómito
tu vida que —otra palabra— se deslizó, sin haberse podido
engrupir en lo existente detenerse en lo pasajero hundir el hocico
feliz en el comedero, golpear por un asilo nocturno
con el amor como con una piedra
la muerte fue la que se disfrazó de mujer en el altillo
de una casa de piedra y para ti de sombra y humo y nada
porque ya no podías enamorar a su dueña, temblando
del placer de perderla bajo una claraboya con telarañas
tienes que reconstituir ese momento ahora que la dueña de la
casa es la muerte
y no la otra, esa nada ese humo esa sombra
darte el placer de ser ella y de unirte a ella como los labios de Freud
que se besan a sí mismos
Enrique Lihn
Nada Tiene Que Ver El Dolor Con El Dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas
No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a
sus nuevos amantes
acicalada hasta la repugnancia, y los médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios
la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen
porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto
todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas
y éste no es más que otro modo de viciarlas
Quizá los médicos no sean más que sabios y la
muerte —la niña
de sus ojos— un querido problema
la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere
su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar
Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa
tramitación
Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de
mantener
ciertas formas como ahora en esta consulta
Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto
y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable
mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa
zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser
cuando ya uno, qué alivio, está muerto, olvidado
ojalá previamente de sí mismo
esa cosa muerta que existe en el lenguaje y que es
su presupuesto
Invoco en la consulta al Dios
de la no mismidad, pero sabiendo que se trata
de otra ficción más
sobre la unión de Oriente y Occidente
de acápites, comentarios y prólogos
Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que
aprender
para dolerse, desesperarse y morir, un lenguaje limpio
que sólo fuera accesible más allá de las
matemáticas a especialistas
de una ciencia imposible e igualmente válida
un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos
que viviera una fracción de segundo a la manera del resplandor
y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia
del dolor que del placer, con una sonriente
desesperación, pero esto es ya decir
una mera obviedad con el apoyo
de una figura retórica
mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje
desconocido
ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a
interpretar
el lenguaje humano
Ay dios habría que hablar de la felicidad de morir en alguna
inasible forma
de eso que acompañó a la inocencia al orgasmo a todos y a
cada uno
de los momentos que improntaron la memoria
con impresiones desaforadas
Cuando en la primera polución
-mucho más mística que la primera comunión-
pensabas en Isabel
ella no era una persona sino su imagen el resplandor orgástrico
de esa creatura
que si vivió lo hizo para otros diluyéndose para ti
carnalmente en el tiempo de los demás
sin dejar más que el rastro de su resplandor en tu memoria
eso era la muerte y la muerte advino y devino
el click de la máquina de memorizar esa repugnante devoradora
acicalada en palabras como éstas tu poesía, en suma es la
muerte
el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento
la cárcel de tu ser que te privaba del otro nombre de amor
escrito silenciosamente en el muro
o figuras obscenas untadas de vómito
tu vida que —otra palabra— se deslizó, sin haberse podido
engrupir en lo existente detenerse en lo pasajero hundir el hocico
feliz en el comedero, golpear por un asilo nocturno
con el amor como con una piedra
la muerte fue la que se disfrazó de mujer en el altillo
de una casa de piedra y para ti de sombra y humo y nada
porque ya no podías enamorar a su dueña, temblando
del placer de perderla bajo una claraboya con telarañas
tienes que reconstituir ese momento ahora que la dueña de la
casa es la muerte
y no la otra, esa nada ese humo esa sombra
darte el placer de ser ella y de unirte a ella como los labios de Freud
que se besan a sí mismos
Enrique Lihn
El Vaciadero
el elenco de la prostitución gasta su último centavo en
maquillaje
bajo una luz polvorienta que se le pega a la cara
Una doble hilera de caries, dentadura de casas desmoronadas
Es la escenografía de esta Danza Macabra
trivial bailongo sabatino en la pústula de la ciudad.
Es una cara conocida llena de
costurones con lívidas cicatrices
bajo unos centavos de polvo,
y que emerge de todas las grietas de la ciudad,
en este barrio más antiguo que el Barrio de los Alquimistas
como la cara sin cuerpo del caracol ofreciéndose
en los dos sexos de su cuello andrógino
blandamente fálico y untado de baba vaginal
el busto de un boxeador que muestra las tetas
en el marco de un socavón.
No avanza ni retrocede el río en ese tramo descolorido y
bullente alrededor de la compuerta
El mecanismo de un reloj descompuesto cuelga como la tripa de un pescado
de la mesita de noche
entre los rizos de una peluca rosada
La fermentación de las aguas del tiempo que se enroscan
alrededor del detritus
como el caracol en su concha
el éxtasis de lo que por fin sepudre para siempre.
Enrique Lihn
Estación Terminal
nuestra despedida en el poema en la estación terminal.
No sé por dónde empezarla para que no se me escape nada,
y las gentes las cosas apelotonadas aquí tienen algo de
agobiadoramente comparable a los restos que se enfrían
frases enteras o adjetivos de una pequeña obra maestra
sobre la cual pesara, hasta perderla, esta impaciencia,
nuestro cansancio mi inarticulación la ferocidad del
egoísmo
por el cual cuando me empiezan a doler los pies prefiero la cama a
cualquier otra cosa incluyendo a la poesía que voy a decirlo
todo esta noche eres tú,
y, entretanto, no insistas en que un gordinflón de cuarenta
años
duerma apoyado en tu hombro, para retenerlo otro poco.
A la estación le sobran escenas como éstas,
la cara triste de la revolución
que me sonría por la tuya
con algo de una máscara de hojas de tabaco pequeña obra
maestra de la noche te improvisas
una moral una paciencia y hasta lo que llamas tu amor, nada
podría de todo eso
brotar en esta tierra caliente removida por los huracanes
sobre la que pasa y repasa este mundo con sus pies,
y se acumulan los restos a la espera de mis adjetivos, obscenos bultos
un mar de papeles, etc.,
algo, en fin, como para renunciar a este tipo de viajes.
Me parece llegar a la edad más ingrata,
me parece recordar el momento presente:
no eres tú la muchacha que conocí hace un año
ni te marchaste en circunstancias que prefiero olvidar.
Por el contrario, ¿no hicimos el amor?
Una y mil veces, se diría, y para el caso es lo mismo:
te reemplazaron hasta en eso como una sombra borrara a otra,
y tu virginidad: el colmo del absurdo
no te defiende ahora de parecer agotada.
En realidad recuerdo que nos despedimos aquí,
pero no puedo precisar, con este sueño, cómo
ocurrió la despedida,
en qué sentido tus manos me revuelven el pelo
y yo arrastro tu equipaje una caja de latón
o me insinúas que te regale un pullover.
A los ojos de la gente que no distingo de mis ojos
sino para mirarles desde una especie de ultratumba
somos una pareja un poco desafiante
y acostumbrada a esto en su Estación Terminal
un blanco y una negra
contra la que, en cualquier momento, alguien arroja una
sonrisa estúpida
el comienzo de una pedrada
La cara triste de la revolución
y yo la tomo entre mis manos de egoísta consumado
Tanto como los párpados me pesan quienes se sientan en el suelo
a esperar una guagua hasta la hora del juicio
en que el viejo carcamal logra ponerse en movimiento
y los riegue lentamente por el interior de la República.
Tu última imagen quizá con tus yollitos en el pelo,
esta falta de sentimientos profundos en que me encuentro
parecida a la pobreza por la que en cambio tú
no sientes nada o bien una despreocupada afinidad,
la risa de juntar unos medios con tus alumnos,
el espejo que se guarda debajo de la almohada para soñar con
quién se quiera
y tus visitas a la abandonada
que por penas de amor se llena de hijos.
Ya no estoy en edad de soportarme en este trance
ni los bolsillos vacíos ni la efusión sentimental son
cosas de mi agrado,
hasta leyendo mis propios versos más o menos románticos
bostezo
y se me dormiría la mano si tuviera que escribirlos.
Cuántos años aquí, pero, en fin, tú eres
joven:
“de otro, seras de otro como antes de mis besos”.
Yo prefiero al lirismo la observación exacta
el problema de lengua que me planteas y que no logro resolver te
escribiré.
La Estación Terminal un libro abierto perezosamente en que las
frases ondulan
como si mis ojos fueran un paraje de turistas desacostumbrados a estos
inconvenientes,
nada que se parezca a una mancha gloriosa,
ya lo dije, de vez en cuando, una observación estúpida:
piedrecillas que se desprenden de este yacimiento humano,
incongruentes, con el saludo de Ho Chi Min transmitido por los
altoparlantes institutrices de esas que no dejan en paz a los
niños a ninguna hora de la noche,
y sin embargo, tú duermes con tranquilidad
capaz de todas las consignas, pero con una reserva al buen humor
quizá la clave de todo esto
un primer verso que pone al poema en movimiento como por obra de magia.