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Vida y Existencia

Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Tiempo

Yo aparezco a la luz de nuestro ciclo
palpitando al compás de una armonía;
yo he venido a ascender con nuevo anhelo
sobre el candente sol de la poesía:
y allí en su disco abreviaré mi duelo
en llamas exhalando el alma mía
hasta que blancos a sus rayos bellos
hechos cenizas caigan mis cabellos.

Yo sé que hay un incendio en mi cabeza,
que sólo en armonías exhalado,
puede aliviar al cabo mi tristeza,
desahogando su fuego concentrado;
si siento del amor la fortaleza,
si sufro de las penas el cuidado,
he menester decir lo que padezco,
o en compresión violenta yo perezco.

¿Por qué he nacido así? ¿por qué
impasible
con las manos cruzadas sobre el seno,
el agua de los tiempos apacible,
no ve correr mi corazón sereno?
¿Por qué no busca y goza en lo posible
la indiferente paz; sino que lleno
de inquietudes, se agita y desespera
para él hora pasada y venidera?...

¿Cómo permite Dios que en nuestra mente
se refleje también la inteligencia;
y que la fiebre que el ingenio siente
venga a inquietar también nuestra existencia?
¡Es derramar la savia inútilmente
en planta que del hielo a la inclemencia
ha de dar a la tierra inútil fruto,
dándole con mis versos mi tributo!

Lamenta nuestros tiempos, buena anciana,
recuerda aquellos plácidos instantes
en que torciendo el copo de alba lana,
y refiriendo hazañas de gigantes,
viviste alegre tu feliz mañana,
sin enlazar jamás dos consonantes,
como voy a enlazar, diciendo ahora
cualquiera necedad hueca y sonora.

¡Oh tiempo! ¡O de este siglo sabias gentes,
cuánto mal a mi espíritu habéis dado!
¡Oh! ¡nunca vuestras luces esplendentes
hubieran mis tinieblas disipado!
Y aún cuando aquellos cuentos de serpientes
de las siete cabezas, que he escuchado
contar de noche cuando niña era,
y aunque en brujas y sábados creyera.

Pero el tiempo no cesa en su camino;
la humanidad viviendo avanza y crece...
Vaya la nuestra andando a ese destino
que la discreta Europa nos ofrece.
Nace el ser, piensa y muere; este el sino;
nace la sociedad, piensa, envejece:
la nuestra está en la edad del pensamiento,
y ni el ser femenil de él está exento.

Mas ¡ay! esta ansiedad, esta fatiga
por descubrir lo raro y escondido;
esta sed de aprender que no mitiga
ni aun lo malo que habemos aprendido;
esta vaga inquietud que nos instiga
a correr tras el siglo fementido,
¡como el ánimo exalta ardiente y loco
y consume los cuerpos en su foco!

¡Ah! si a lo menos fábrica lozana
fuéramos como en tiempos del hebreo,
que estaba de su vida en la mañana,
cuando a su noche toca el europeo;
¡si al menos digna de la especie humana
fuera la arquitectura que ahora veo,
fuerte, merecedora de su nombre,
aun pudiéramos dar gracias al hombre!

Pero es la humana raza ya mezquina,
si en el siglo de Adán robusta era;
debilita, empobrece y contamina
cada generación la venidera;
y no se disminuye, no termina
aunque más envejece y degenera;
a cada nuevo siglo que le hiere
se agrava el mundo más, pero no muere.

¡Calamidad! el joven es anciano,
tiene el niño del joven las pasiones;
la vida corre hacia su fin humano,
rápida en las doctísimas naciones,
pero ¿está el exterminio ya cercano?
¿Guardan raza más fuerte otras regiones
y es Europa no más la que padece
el espantoso mal que la envejece?

¡O Irlanda! ¡O Francia! el vértigo os agita.
De vuestros hijos en las calvas frentes
la juventud en cierne se marchita,
por engendrar las ciencias florecientes:
vuestro saber enerva y debilita
la fuerza corporal de vuestras gentes;
tanto alzaréis la torre del talento,
que os faltara en los hombres el cimiento...

Caeréis. Y el puente de gigante hechura
y arco triunfal de vuestra fama emporio,
serán como el egipcio promontorio,
un desengaño más de la criatura;
entonces, cuando salte en la llanura,
¡que antigua Londres fue ¡tiempo ilusorio!
toro salvaje, y que en la sola arena
la cabrilla montés beba en el Sena!...

¿Qué entonces el vapor, audaz Bretaña...
navegará sobre él lobo marino?
¿qué tu museo, Francia?.. ¿a tu divino
David irá a copiar fiera alimaña?
Nación soberbia que el Océano baña,
¡ríndele entonces gracias al destino,
si del olvido al tiempo venidero
te arranca Byron como a Grecia Homero!

¿Quién os heredará, grandes naciones?
¿Qué pueblo de criaturas destinado
estará a recoger esos blasones,
que de gloria en la tierra hayáis dejado?
El tesoro de egipcias inscripciones
fue por las griegas gentes heredado:
la griega ciencia la heredó el latino;
la triple herencia a vuestras arcas vino.

Poco sabéis para tan larga escuela;
para haber tantos siglos estudiado
sobre la momia de la egipcia abuela,
sobre el cráneo del griego celebrado;
poco os lució de Roma la tutela,
cuando con tal saber no habéis logrado
no detener la vida en su carrera,
pero vivirla en paz, mientras corriera.

América feliz, que se levanta,
cantando libertad, llena de vida,
por los futuros siglos elegida
estará para hollaros con su planta;
la libertad, esa bandera santa,
defenderá tal vez de su caída
más largo tiempo al mundo de los otros...
pero también caerán, como vosotros.

Porque si el tiempo graba allí su huella,
en vano es levantar cien murallones;
en vano es inventar mortal centella;
en vano es el fundir monstruos cañones;
cuando sube a igualarse con la estrella
la cúspide mayor de las naciones,
llega un hora... los reinos se estremecen,
tiemblan, vacilan, caen y desparecen...

Empero, ¿a qué se lanza el pensamiento
a la remota edad, cuando la mía
será tan breve, que en el mundo ciento
y mil generaciones todavía,
antes que se resienta su cimiento,
a padecer vendrán a luz del día?
¿qué he pensado, qué he dicho, qué le
importa
vida tan larga a quien la tiene corta?

¡Tiempo en obrar mudanzas infinito!
A ti culpo también de mi poesía,
que allá en los tiempos de la abuela mía
ni hubiera esto pensado ni esto escrito:
hoy tal oso escribir, hoy tal medito,
explayando mi alma en la armonía,
porque sigue también mi pensamiento
de tu exacto reloj el movimiento.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Último Día Del Año Y El Primero

EL ÚLTIMO DÍA DEL AÑO Y EL PRIMERO


A mi hermano Pedro



Aquí tienes al anciano

terminando su agonía,

y al niño en el mismo día

empezando su vivir.

Escucha cual suena, hermano,

de ése que viene el gemido

con el adiós confundido

del otro que va a partir.


¿Qué es más triste, la ignorancia

de aquel que busca la vida,

o de otro que perdida

deja la vida, el saber?

¿Qué lloras más, a la infancia

que a padecer se encamina,

o a la vejez que termina,

hermano, su padecer?


Tuvo el año lozanía,

bella fue su primavera,

mas ¿sabes en la pradera

para qué las flores son?

Para hacernos más sombría,

cuando acaba su belleza,

de los campos la tristeza

en la invernal estación.


¿Dudas? ¡ay! estrecha cuenta

hoy al año reclamemos,

y sus penas coloquemos

al lado de su placer.

Ya verás cuál se acrecienta

ancho el cerco de sus males,

y el de sus bienes cabales

cuán estrecho viene a ser.


Tenemos pena cumplida,

ventura sólo aplazada,

con lágrima anticipada

tan antes pagada ya,

que parece que la vida

poscrita al placer tenemos,

y sólo que le soñemos

castigo el dolor nos da.


Tal nos pasa, tal sufrimos,

tal es el mundo presente;

tras nosotros otra gente

más dichosa ha de venir:

que las almas que nacimos

de este siglo entre las guerras,

para cruzar nuestras tierras

en un perpetuo gemir.


Bardos vendrán más contentos

en otra edad venturosa

que la vida hallen hermosa

y canten sólo placer;

mas nosotros, descontentos

de estos tiempos revoltosos,

con los ojos lagrimosos

cantamos el padecer.


Y cuando el año termina

más nuestro duelo se aumenta;

triste el año es que ahuyenta

¿mas cómo el otro será?

Esa aurora que vecina

sigue ya a la noche esta

en alas del sol traspuesta,

¿sabes tú qué luz traerá?


¿Podrán los ojos mirarla

frente a frente sin recelo?

¿Brillará pura en el ciclo?

¿Saldrá envuelta en lobreguez?

¿Vendrá algún astro a eclipsarla,

tanta nube a oscurecerla,

que nunca logremos verla

en completa brillantez?


Allá los sabios que miran

por la noche a los luceros,

en sus cálculos certeros

lo que averiguan dirán;

mas a mí que no me inspiran

profecías las estrellas,

no puedo decir por ellas

lo que los años traerán.


Pero los temo y los lloro,

y entre su noche y su aurora

está para mí la hora

más triste del corazón;

del rudo bronce sonoro

que entrambos años separa,

temblando aguardo la clara

y solemne vibración...


Dos... cuatro... seis... alegría

al que nace saludemos;

ocho... diez... doce... ¡lloremos

al que deja de vivir!

Es del año la agonía

y el nacimiento del año,

la esperanza y desengaño

lo pasado y porvenir.

Ermita de Bótoa, 1847

712
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Esperanza En Ti

Nunca se clama en vano
cuando se clama al cielo en esta lucha
del existir humano;
todo, Señor, lo escucha
la gracia de tu oído soberano.

En medio a las estrellas
tu reposado caminar suspendes,
y oyes estas querellas
que tú sólo comprendes,
y nos respondes compasivo a ellas.

Tú la vena del llanto
haces que vierta su fecundo riego
en el mayor quebranto,
y nos das el sosiego
en el cansancio al fin de llorar tanto.

Tú de la misma pena
haces que nazca el sueño del reposo,
y la mar se serena
cuando más tormentoso
batalla el aire y rompe nuestra antena.

¡Oh, Señor, oh consuelo
el dulce, el solo, el cierto que en la vida
tiene el alma! ¡Tu cielo
contemplando embebida
cuántas noches me paso en mi desvelo!

La vía reluciente
que por la noche atravesando veo
del Este al Occidente,
¿será de mi deseo
el camino que busco ansiosamente?

Aquel iluminado
por la fúlgida luz de las estrellas,
camino señalado
para las almas bellas,
¿no le miro en la noche despejado?

¿No muestra la esperanza
del amoroso y celestial recreo
el camino que avanza
sin vuelta, sin rodeo,
sin pérdida en el cielo, sin mudanza?

¿Por qué la pesadumbre?
¿No he de llegar al fin, por más que tarde,
a esa dorada cumbre?
¿Es bien que me acobarde?
¿No es harto contemplar su hermosa lumbre?

Concierto misterioso
hacen los melancólicos luceros;
los nublados umbrosos
valen por compañeros
de los seres que sufren silenciosos.

Aquellos en su giro,
los otros navegando el firmamento,
parece que un suspiro
exhalan por el viento
para aliviar mi mal, cuando los miro.

Si en la bóveda oscura
suena el canto del pájaro perdido,
me llena de ternura
creyéndole gemido
que viene a acompañar mi desventura.

¡Pobre ave, tan nueva
que en este mayo acaso ha visto el día!
¿Dónde el aire la lleva
sola, errante, sin guía,
y por qué ese gemido triste eleva?

Ya cruza por Oriente,
ya muda hacia el ocaso su camino,
ya otra vez tiernamente
viene a exhalar su trino
en los sauces, al pie de la corriente.

Dondequiera un amigo
de nuestra humana pesadumbre hallamos,
dondequiera un testigo:
por más que los huyamos,
ave, nube o lucero están conmigo.

Suave melodía
de acentos que en el mundo se responden,
movimientos que guía
tu mano..., y corresponden
de tu máquina eterna a la armonía.

Tal vez el tedio aleja
de nuestro amargo pensamiento el ave:
la luz que nos refleja
el lucero suave,
resignados, Señor, tal vez nos deja.

Tal vez cuando la mente
la muerte invoca al sufrimiento cara,
se tiene de repente
viendo la luna clara
asomar tan hermosa y reluciente.

Y tal vez si el profundo
pesar no suspendieras de esos dones
con el placer fecundo,
en sus tribulaciones
desesperado pereciera el mundo.

Halle yo en mi carrera
ave desamparada, nube errante,
astro que reverbera
la luz de tu semblante,
y amo la vida aunque de pena muera.

Halle de tu grandeza
una señal donde mi vista alcanza,
y en la mayor tristeza,
Señor, tendré esperanza,
y en la pena más grande fortaleza.

Deja mis ojos claros
y de la noche al resplandor divino
contemplándote avaros,
para el bien que imagino
de la esperanza en ti veré el camino.
550
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Porque Es Tu Amor Amor De Los Amores

No es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido;
pasión ninguna el corazón inflama
que tu aliento, Señor, no haya encendido:
no es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido,
melancólica, pobre, avergonzada
de no lograr de ti ni una mirada.

Yo no te vi jamás; pero en mi anhelo
tu espíritu ideal figura toma;
y en la luna te veo, cuando asoma
tan blanca y tan suave por el ciclo:
dame (pues hora luce) algún consuelo
en tu palabra dulce como aroma;
que harto breve, Señor, para tu acento
es la inmensa extensión del firmamento.

La virtud del milagro exhausta ahora
dicen que está, Señor, mas no lo creo:
¡es ¡ay! que de la gloria del hebreo
no somos esta grey merecedora!...
¿Qué es para ti la magia aterradora,
si basta de tu ceja el leve arqueo
no para hacer brotar apariciones,
para hundir en los mares las naciones?

¿Qué es un fantasma, que los aires hienda?
¿qué es un acento que en el aire suene
para el que tiene voz que el orbe atruene,
manga de fuego que la tierra encienda?
¡Exhausta tu virtud!... ¿Por qué estupenda
peregrina visión no sobreviene,
cuando aquel que te niega en su locura
de tu máquina es mísera figura?

¿Qué más visión que nuestra misma sombra
con que a nosotros mismos espantamos?...
¿De dónde hemos venido? ¿A dónde vamos?...
¿Quién nuestro guía es? ¿Cómo se
nombra?...
¡Exhausta tu virtud!... ¡Y aún nos asombra
esta propia vereda que cruzamos,
movidos por tal mano, de tal suerte
que amo la vida y corro hacia la muerte!

Daniel te vio; nosotros no te vemos;
te oyó Moisés; nosotros no te oímos.-
pero el mismo serás cuando existimos
cual las almas de siglos tan extremos.
Y ¿exhausta tu virtud, Señor, creemos,
visión maravillosa te pedimos,
cuando a la tierra muestras por visiones
una tras otra mil generaciones?

¡¡Visión, visión!!... La luna que me mira
no hablara si quisieras darle acento,
¿cuando lanzarla puedes de su asiento
y arruinar este mundo que delira?...
Si no me habla, Señor, si no suspira
respondiendo a mi ardiente sentimiento,
no es que le faltan ecos seductores,
es que falta ventura a mis amores.

Oigo el plañir del solitario río,
oigo el trinar de las nocturnas aves;
él me enternece con sus tonos graves,
y ellas me afligen con su amante pío,
y entonces es cuando hacia ti, Dios mío,
que de todo comprendes, todo sabes,
mis acentos dirijo invocadores,
cantándote el amor de los amores.

¡Oh cuán pálido es todo y cuán mezquino
lo que de hermoso y grande el suelo ostenta,
cuando el alma, Señor, se representa
tu sonreír y tu mirar divino!...
todo querer parece desatino
donde tu afecto incomparable alienta;
toda sabrosa dicha sinsabores
en donde está el amor de los amores.

Llueven las nubes; crécense los ríos;
nuestras eras de ayer son hoy laguna;
hinchase el mar; se pierden los navíos.-
¡Ay del que tiene amor a la fortuna!
Derríbanse los altos señoríos,
bajan al fango los de ilustre cuna.-
¡Ay del que tiene amor a los honores,
y desdeña el amor de los amores!

Mira, Señor, en tierra al encumbrado:
mira ya al opulento empobrecido.-
Si tan alto subió, ¿por qué ha bajado?
si tesoros ganó, ¿por qué ha perdido?
y su orgullo, Señor, ¿en qué ha parado?
y su altivo desdén ¿a dónde ha ido?
¡Olvidaron que todos son dolores,
si nos falta el amor de los amores!

¿Y yo te olvidaré, constante dama,
yo que en el corazón tu voz he oído?
No es posible, Señor, que quien me llama
me consienta partir como he venido:
no es posible, Señor, que a quien te ama
no vuelvas la mirada enternecido,
ni me pagues, Dios mío, con rigores,
cuando aspiro al amor de los amores.

No se parece su ternura santa
a las vagas pasiones turbulentas
que dan como de estío las tormentas
rayos por lluvia a la marchita planta
No llora celos quien de ti se encanta...
Vírgenes puras a tu lado asientas:
y a tu cariño aspiran las mejores,
¡porque es tu amor amor de los amores!
969
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Porque Quiero Vivir Siempre Contigo

Sí, yo te creo; viva mi fortuna
y viva el canto de mi humilde boca
si abrasada en tu amor mi alma no invoca
para cantar la fe musa ninguna:
de las musas el arte importuna
cuando tu amor me abrasa y me sofoca,
y me place exhalar a mi albedrío
tonos amantes para ti, Dios mío...

Sí, yo te he visto clara y transparente
como la luz que me ilumina veo,
arrebatada, he visto en mi deseo
tu mirada, Señor, resplandeciente;
una vez nada más tu hermosa frente
he contemplado y me turbó el marco,
y esa vez nada más que te he mirado
me dejaste el espíritu arrobado.

Yo no sé cómo fue, si allá en el sueño
o si despierta he visto tu semblante,
sólo sé que te vi cruzar flotante
y que en tu imagen conocí a mi dueño,
y que es de entonces mi irritado empeño
ver otra vez tu aparición brillante,
contemplar otra vez tu imagen cierta
en delirios, en sueños, o despierta.

Yo me sueño contigo muchas veces,
con la ilusión de mi placer me inflamo,
y te busco después y no pareces,
y no respondes aunque más te llamo;
¿En dónde estás? ¿En dónde
resplandeces?
¿Dónde te iré a decir cómo te amo?
¿Cuándo a mis ecos prestarás oído?
¿Cuándo podré llevarte mi gemido?

Yo tengo para ti nuevos acentos
que nada más mi corazón los sabe,
que no los sabe el hombre, el mar, ni el ave,
ni lo saben las brisas ni los vientos.
Y sólo a tus oídos más atentos
les es dado escuchar la voz suave
que por mi seno con aliento gira,
y antes que llegue a mi garganta, expira.

Es voz que al aire pierde su sonido
como flor que a la luz su aroma pierde,
y no puede expresarlo aunque recuerde
su misterioso y virginal sentido:
lágrimas muchas veces he vertido
allá del campo en la llanura verde,
cuando al morir el sol me consumía
sin poderte decir lo que sentía.

¡Ay! lo que siento yo, lo que me inquieta,
Señor, quién lo comprende, quién lo canta;
¡pobre santa Teresa, pobre santa,
que a tal agitación vivió sujeta!
Y más pobre mujer, alma incompleta
esta, que no teniendo gracia tanta,
con la misma pasión que la devora
sin poderte mirar, Señor, te adora.

¿Dónde te iré a buscar, dónde amor
mío,
escondida tu faz en el espacio
hallaré para verte más despacio
y calmar mi agitado desvarío?
¿Hacia dónde, Señor, mis pasos guío
para llegar por senda a tu palacio,
y sin genio, sin numen y sin arte
la fe que siento en mi pasión cantarte?

No te encuentro en el mar que antes ansiaba
cuando tan mal, Señor, te comprendía,
que en el recio furor con que bramaba
escuchar tus acentos presumía;
monstruo rabioso que espumante baba
verde como la bilis escupía
¡cómo sonar en su amargado seno
puede tu canto de dulzura lleno!

No te encuentro en las olas vacilantes
donde pensé que tu mirar lucía
antes de que tus ojos más radiantes
a iluminar vinieran mi poesía;
soles y estrellas encendidos antes
ya me parecen luz pálida y fría,
y si sus rayos por acaso miro
cierro los ojos y por ti suspiro.

Por ti ya dejo las queridas flores,
los pájaros, el río, los pinares,
para ti nada más tengo cantares;
para mí nada más tienen colores
de tus ojos los bellos luminares,
para mí nada más tiene armonía
tu voz que sueño en la locura mía.

¡Oh! tú no estás aquí; tu forma bella
no es la del mar sombrío que batalla:
tu lumbre no es la lumbre de la estrella
ni por los valles mi ansiedad te halla;
tú más hondo que él, más alto que ella
opones a mi amor eterna valla,
y cuanto más en tu existencia creo
más sufro y lloro porque no te veo.

Pero yo tengo fe; yo he de encontrarte;
yo para siempre he de vivir contigo;
yo protegida por tu brazo amigo
el espacio hendiré para alcanzarte:
si en la tierra no es, en otra parte
seré dichosa, pues con fe te sigo,
y no me importa la envidiosa nube
que a interponerse entre nosotros sube.

Presto acaban los años en su giro
y de terna pasión la vida esclava;
presto, Señor, la juventud acaba
exhalada de amor en un suspiro;
no tengo sino a ti cuando deliro,
y este silencio y soledad me agrava
con las horas que pasan y no cuento
absorta en mi constante pensamiento.

¿Serán las pesadumbres de la vida,
de tan vario dolor tanta punzada,
de ingratitudes tantas, tanta herida
las que alarguen aquí nuestra parada?
¿tanto podré tardar en la partida
que el ánima no puede fatigada
con la esperanza, con la fe de hallarte
resignarse, sufrir, callar y amarte?

¡Cuánto esa nube durará en el cielo
si es la tormenta del vivir tan breve
que descendemos como nieve al suelo
y en él nos deshacemos como nieve!
¡Cuánto podré aguardar en este anhelo
si hasta el cierzo helado el soplo leve
hiere mi seno y hacia el triste ocaso
hasta, Señor, a acelerar mi paso!

Ya vi pasada la estación serena
y escucho de las lluvias el ruido,
y el caracol del labrador resuena
en el silencio con medroso aullido;
sola estoy con mi sombra y con mi pena,
mas pienso en ti, Señor, y del sentido
quiero, lanzando el miedo y la tristeza,
al término llegar con fortaleza.

También el joven árbol cuando llueve
desbaratado al agua da sus hojas
que el agosto abrasó tornando rojas
y en vago con el vientecillo mueve;
tal vez el aire sobre mí las lleve
mañana si me rinden mis congojas,
y me inunde la lluvia que ahora cubre
los pálidos narcisos del octubre...

Quién sabe... ¡ah! del Asia allá el gigante
oigo, Señor, que llamaba a nuestras puertas,
y ya de Europa veo en un instante
las tierras de cadáveres cubiertas;
cuando blande su hierro fulminante
siempre las tumbas ¡ay! están abiertas
y ya su brazo siéntese iracundo
y de espanto, Señor, ya tiembla el mundo.

Terrible incendio, que talando pasa
los pueblos de Siam hasta el Bassora,
y crece en Siria, al África devora,
sofoca a Rusia y a la Europa abrasa;
¡ay pobre Irlanda, que tu tierra escasa
es para los sepulcros! reza y llora,
que van los buitres en tu negro ciclo
sobre tus gentes a cubrir su vuelo.

Y ¡ay de nosotros! si el azote rudo
también, Señor, se vuelve contra España,
si entre sus dones fúnebres, Bretaña
también nos manda ese dolor agudo;
¡quién a sus recios golpes halla escudo!
¡qué asilo, si el palacio y la cabaña
convertidos en tristes hospitales
serán para sus víctimas iguales!

¡Quién podrá soportar esa agonía,
gritos de destrucción, ayes humanos;
los niños, las mujeres, los ancianos
pegando el rostro con la tierra fría!
¡Quién podrá soportar esa sombría
noche, sino los ánimos cristianos,
que absorbidos, Señor, en tus amores,
con tu memoria templan sus dolores.

¿En qué boca riquísima de aroma
aspiraremos el divino aliento,
cuando falta al pecho el sufrimiento
y el mismo corazón se nos desploma?
Cuando el dolor horrible nos carcoma
la sangre, con febril entendimiento,
¡qué mano ha de venir sino tu mano
a suavizar el padecer insano!

Tú a trasportarnos en tus brazos vienes
como las madres en la cuna al niño,
lecho nos pones de oloroso armiño,
fresca bebida de placer nos tienes:
con tus besos regalas nuestras sienes,
alegras nuestro ser con tu cariño
y olvidando a tu lado nuestra historia
¡oh! contigo vivir; ésa es la gloria.

Yo comprendo esa dicha santa y pura,
ese tu aliento embriagador recibo,
de tu mirada gozo el atractivo,
de tus ecos penetro la ternura;
vivificante ardor, suave frescura
en tu morada celestial percibo,
tonos, perfumes, delicioso ambiente
que el alma sólo del amante siente.

Por eso ardiente sed tiene mi boca
y en tus labios, Señor, templarla quiero,
y por eso en tus brazos sólo espero
la fiebre mitigar que me sofoca;
y por eso te busco ciega, loca,
porque te adoro y por tu amor me muero,
y por eso con fe; Señor, te sigo
porque quiero vivir siempre contigo.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Y Llévame Contigo A Tu Morada

¡Qué abatida estará, Señor, mi vida
cuando no te consagro ni un acento!
¡Qué hundido debe estar mi pensamiento
cuando así te abandona, así te olvida!
Preséntasme la tierra florecida,
resplandeciente en lumbre el firmamento,
y en vez de bendecirte y celebrarte
bajo los ojos para no mirarte.

Gran pesar no sufrí, padre divino;
ningún dolor agudo el alma llora;
pero más me entristezco, hora por hora
conforme voy andando mi camino:
ni sé si es bueno o malo mi destino,
ni advierto si se agrava o se mejora;
sólo sé que el vivir menos agrada
cuanto más adelanto en la jornada.

No he perdido la fe, que mucho creo;
no me hirieron, Señor, los desengaños,
ni presa fui de pérfidos amaños,
ni juguete de loco devaneo;
yo no tengo ambición, nada deseo,
es mi existencia juveniles años,
pero triste; Señor, muy triste estoy,
puesto que ni mi canto ya te doy.

¡Ay! Cuando siento del fecundo mayo
el vaporoso y caldeado ambiente
jugar con mis melenas blandamente,
te quisiera cantar, pero en desmayo
melancólico abísmase la mente,
y como herida por amante rayo
las lágrimas se agrupan a mis ojos
y hasta la luz del sol me causa enojos.

Luego las plantas pienso que suspiran,
paréceme que el río se lamenta,
y la vida a mis ojos se presenta
llena de sombras que dolientes giran...
y yo no sé por qué, miedo me inspiran,
y no sé que aflicción me desalienta,
pero tiendo los brazos y te digo
señor, señor, ¡ay! llévame contigo.

Tal vez, Señor, el porvenir me inquieta
porque nací mujer y soy cobarde,
y tal vez en las brisas de la tarde
me anuncia el porvenir mi ángel profeta.
Triste será el de la mujer poeta,
mas ora el bien, ora el dolor me aguarde,
mejor quisiera que con brazo amigo
me quisieras llevar, Señor, contigo.

Aquí la turbación, aquí el gemido,
aquí la guerra, aquí los hondos males
tienen reinado eterno, y siempre iguales
los tiempos han de ser a los que han sido;
señor, y allá el descanso apetecido,
allá la paz, los goces celestiales
me convidan, si quieres santo amigo
para siempre llevarme allá contigo.

Allá en la noche hay sol, no acaba el día,
siempre es abril para los ricos prados,
y por aquellos huertos regalados
sólo la flor de la virtud se cría:
el odio, la ambición, la tiranía
no existe en tus dominios dilatados;
los hombres a los hombres no asesinan,
la virtud y el amor allí germinan.

Allá en la fuente de la fija ciencia
beberé hasta saciar mi gran deseo,
conoceré el error de Ptolomeo,
me reiré de la humana suficiencia;
sabré quién escribió la alta sentencia
que hundió al egipcio y destruyó al hebreo,
qué ilumina las cumbres de Sodoma,
derriba a Grecia y aniquila a Roma.

Sabré mejor que el sabio más profundo
de la historia del orbe tantos hechos,
porque en los pobres libros contrahechos
mientras estudio más, más me confundo;
penetraré las leyes de este mundo,
la esencia de los seres, sus derechos,
lo que son, lo que fueron, lo que esperan
nacidos, por nacer, y cuando mueran.

Sabré por qué tu espíritu se esconde,
por qué rodar nos haces en la esfera,
qué pretendes hacer con tal carrera,
y cómo nos impulsas y hacia dónde:
por qué girar al sol nos corresponde,
por qué su luz la luna reverbera,
por qué tienes volcanes encendidos,
por qué tienes los mares extendidos.

Por qué al par de Jesús nace Mahoma,
por qué alientas entrambas religiones,
por qué arde entre diversas oraciones
y en diferente altar distinto aroma:
qué das al que la cruz sagrada toma,
del de la media luna qué dispones,
quiénes te desconocen o te entienden
quiénes los que te adoran o te ofenden.

Allá sabré también por qué nacimos
débiles y sencillas las mujeres,
y si el premio de tantos padeceres
habremos de lograr cuando morimos.
Allá sabré si destinadas fuimos
al duro yugo de los otros seres,
y si has dispuesto tú las leyes graves
que no puedo decir y que tú sabes.

Allá sabré también por qué deliro,
y la oculta razón de mi tristeza;
por qué abrasada siento mi cabeza,
por qué lloro, Señor, por qué suspiro,
por qué cuando tu hermoso cielo miro
ansiosa de tu gloria y tu grandeza,
olvido de la tierra cuanto amo
y llévame contigo, Señor, clamo.

Si comparando el mundo, éste de penas,
su injusticia, su error, nuestras pasiones
con el bello existir de esas regiones
pacíficas, hermosas y serenas,
anhelamos romper nuestras cadenas,
elevamos a ti los corazones,
y de tus brazos al paterno abrigo
me quiero refugiar yendo contigo.

Si quiero descansar, hallar consuelo,
quiero verte, Señor, yo no vacilo;
¿dónde hallaré más dulce y más
tranquilo
amor, y más placeres que en el cielo?
o si te place mi virgíneo velo,
si digna soy de tu celeste asilo,
no me dejes aquí desconsolada
y llévame contigo a tu morada.
621
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Y Llévame Contigo A Tu Morada

¡Qué abatida estará, Señor, mi vida
cuando no te consagro ni un acento!
¡Qué hundido debe estar mi pensamiento
cuando así te abandona, así te olvida!
Preséntasme la tierra florecida,
resplandeciente en lumbre el firmamento,
y en vez de bendecirte y celebrarte
bajo los ojos para no mirarte.

Gran pesar no sufrí, padre divino;
ningún dolor agudo el alma llora;
pero más me entristezco, hora por hora
conforme voy andando mi camino:
ni sé si es bueno o malo mi destino,
ni advierto si se agrava o se mejora;
sólo sé que el vivir menos agrada
cuanto más adelanto en la jornada.

No he perdido la fe, que mucho creo;
no me hirieron, Señor, los desengaños,
ni presa fui de pérfidos amaños,
ni juguete de loco devaneo;
yo no tengo ambición, nada deseo,
es mi existencia juveniles años,
pero triste; Señor, muy triste estoy,
puesto que ni mi canto ya te doy.

¡Ay! Cuando siento del fecundo mayo
el vaporoso y caldeado ambiente
jugar con mis melenas blandamente,
te quisiera cantar, pero en desmayo
melancólico abísmase la mente,
y como herida por amante rayo
las lágrimas se agrupan a mis ojos
y hasta la luz del sol me causa enojos.

Luego las plantas pienso que suspiran,
paréceme que el río se lamenta,
y la vida a mis ojos se presenta
llena de sombras que dolientes giran...
y yo no sé por qué, miedo me inspiran,
y no sé que aflicción me desalienta,
pero tiendo los brazos y te digo
señor, señor, ¡ay! llévame contigo.

Tal vez, Señor, el porvenir me inquieta
porque nací mujer y soy cobarde,
y tal vez en las brisas de la tarde
me anuncia el porvenir mi ángel profeta.
Triste será el de la mujer poeta,
mas ora el bien, ora el dolor me aguarde,
mejor quisiera que con brazo amigo
me quisieras llevar, Señor, contigo.

Aquí la turbación, aquí el gemido,
aquí la guerra, aquí los hondos males
tienen reinado eterno, y siempre iguales
los tiempos han de ser a los que han sido;
señor, y allá el descanso apetecido,
allá la paz, los goces celestiales
me convidan, si quieres santo amigo
para siempre llevarme allá contigo.

Allá en la noche hay sol, no acaba el día,
siempre es abril para los ricos prados,
y por aquellos huertos regalados
sólo la flor de la virtud se cría:
el odio, la ambición, la tiranía
no existe en tus dominios dilatados;
los hombres a los hombres no asesinan,
la virtud y el amor allí germinan.

Allá en la fuente de la fija ciencia
beberé hasta saciar mi gran deseo,
conoceré el error de Ptolomeo,
me reiré de la humana suficiencia;
sabré quién escribió la alta sentencia
que hundió al egipcio y destruyó al hebreo,
qué ilumina las cumbres de Sodoma,
derriba a Grecia y aniquila a Roma.

Sabré mejor que el sabio más profundo
de la historia del orbe tantos hechos,
porque en los pobres libros contrahechos
mientras estudio más, más me confundo;
penetraré las leyes de este mundo,
la esencia de los seres, sus derechos,
lo que son, lo que fueron, lo que esperan
nacidos, por nacer, y cuando mueran.

Sabré por qué tu espíritu se esconde,
por qué rodar nos haces en la esfera,
qué pretendes hacer con tal carrera,
y cómo nos impulsas y hacia dónde:
por qué girar al sol nos corresponde,
por qué su luz la luna reverbera,
por qué tienes volcanes encendidos,
por qué tienes los mares extendidos.

Por qué al par de Jesús nace Mahoma,
por qué alientas entrambas religiones,
por qué arde entre diversas oraciones
y en diferente altar distinto aroma:
qué das al que la cruz sagrada toma,
del de la media luna qué dispones,
quiénes te desconocen o te entienden
quiénes los que te adoran o te ofenden.

Allá sabré también por qué nacimos
débiles y sencillas las mujeres,
y si el premio de tantos padeceres
habremos de lograr cuando morimos.
Allá sabré si destinadas fuimos
al duro yugo de los otros seres,
y si has dispuesto tú las leyes graves
que no puedo decir y que tú sabes.

Allá sabré también por qué deliro,
y la oculta razón de mi tristeza;
por qué abrasada siento mi cabeza,
por qué lloro, Señor, por qué suspiro,
por qué cuando tu hermoso cielo miro
ansiosa de tu gloria y tu grandeza,
olvido de la tierra cuanto amo
y llévame contigo, Señor, clamo.

Si comparando el mundo, éste de penas,
su injusticia, su error, nuestras pasiones
con el bello existir de esas regiones
pacíficas, hermosas y serenas,
anhelamos romper nuestras cadenas,
elevamos a ti los corazones,
y de tus brazos al paterno abrigo
me quiero refugiar yendo contigo.

Si quiero descansar, hallar consuelo,
quiero verte, Señor, yo no vacilo;
¿dónde hallaré más dulce y más
tranquilo
amor, y más placeres que en el cielo?
o si te place mi virgíneo velo,
si digna soy de tu celeste asilo,
no me dejes aquí desconsolada
y llévame contigo a tu morada.
621
Carolina Coronado

Carolina Coronado

¡cómo, Señor, No He De Tenerte Miedo!

Yo te olvidaba ya; ni una alabanza
a la gloriosa bóveda te envía
la cantora sin fe; sin confianza
enmudece, Señor, el alma mía;
horas de ingratitud donde no alcanza
el reflejo inmortal de tu poesía
duermo, cuando mi sueño indiferente
viene a romper tu cólera imponente.

«De tus seres de amor, vaga doncella,
¿cuál de ellos quieres que a mi voz sucumba?
¿Qué faz querida borrará mi huella?
¿Qué ser amado lanzará a la tumba?
¿Tu padre morirá? ¿Tu madre bella?»
dices, y el eco de tu voz retumba
dentro de mí, Señor: «Todo lo puedo».
Todo lo puedes, sí, ¡Tú eres el miedo!

Cubre la sombra de la muerte el mundo
cuando tu ceño muestras indignado,
y yo he visto a mi padre moribundo
con la sombra mortal de ese nublado:
Señor, al verte contra mí iracundo
entonces tu poder he recordado;
entonces fue el clamor, el rezo, el lloro:
entonces fue el saber cuánto te adoro.

Tú juegas con las vidas desdichadas,
tú al borde del abismo las suspendes,
y al vernos a tu cólera aterrados,
de súplicas y lágrimas te ofendes;
tú no quieres plegarias arrancadas
al espanto, Señor, tú nos comprendes;
sabes que el labio tu alabanza niega,
y si ruega, Señor, por miedo ruega.

Tú no cediste a mi medroso ruego,
tú perdonaste la oscilante vida,
porque en tu libro de radiante fuego
la indeleble sentencia está esculpida;
pero salvaste de su infiel sosiego
a la memoria ingrata que te olvida
¡Frágil memoria que tu nombre pierde
y el miedo haya de ser quien lo recuerde!

Ni tu sol, ni tu luna, ni tus flores,
ni me inspiró tu lluvia del estío,
ni penetrar lograron tus favores
en este corazón cerrado y frío:
insensata dejé que otros cantores
elevaran a ti su acento pío
como el insecto inútil que dormita
mientras que el ruiseñor canta y se agita.

No te cantaba cuando en calma el cielo
ornado de celaje transparente
brillaba puro: en tanto que su vuelo
sereno detenía el claro ambiente
no te cantó mi espíritu de hielo:
mas rugió la tormenta de repente,
con tu rayo amagaste al ser amado
y de miedo, Señor, te he recordado.

¡Míseras oraciones y cantares
que a impulso del temor rompen conmigo!
no más que en las desdichas y pesares
te llamo grande y te apellido amigo:
sólo cuando te ruego que me ampares
dulces palabras con amor te digo;
sólo cuando vivir sin ti no puedo,
«Señor, exclamo, ven, que tengo miedo».

¿Pero me escuchas tú? ¿Pero respondes?
¿No me desdeñas porque indigna clamo?
¿Tu cariñosa gracia no me escondes
porque te olvido en paz y en guerra te amo?
¡Ay! no el cruel remordimiento ahondes;
no rechaces mi voz cuando te llamo;
si tanto puedes tú, yo nada puedo;
no es pecado, Señor, que tenga miedo.

Tú vives entre bóvedas de lumbre
de los soles que giran al ruido,
y yo sin que su fuego me deslumbre
no puedo ver al sol medio escondido;
tú de siglos y siglos pesadumbre
eterna llevas, -yo nada he vivido-
tú me puedes hundir -yo nada puedo-
¿cómo, Señor, no he de tenerte miedo?

Tiembla del hombre el corazón valiente,
tiembla el pueblo que audaz te desafía,
la fanática raza del Oriente
y la raza sin fe del Mediodía;
¡muy temible serás cuando el viviente
de tan lejana edad, Señor, temía
y en tantos siglos de gentil denuedo
no ha podido vencer, Señor, su miedo!

Tú eres el miedo que despide llamas,
tú eres el miedo que el diluvio riegas,
y tiene miedo el mundo a quien inflamas,
y tiene miedo el mundo a quien anegas;
si tu poder conoces y nos amas,
cuando los rayos del furor desplegas
y acobardada ante tus iras quedo,
no te enojes, Señor, si tengo miedo.

Puedes quitarnos los amados seres,
nuestra alegría convertir en llanto,
mudar en desventura los placeres,
y trocar en gemidos nuestro canto:
Señor, tan grande y poderoso eres,
es tan inmenso tu gobierno santo
¡que a tu amenaza amedrentada cedo
y te digo ¡Señor, tú eres el miedo!
609
Carolina Coronado

Carolina Coronado

¿cuál Tu Grandeza Es? ¿cuál Es Tu Ciencia?

Siempre en la noche, compañeros míos
los árboles, la luna, los luceros,
mas ninguno de tantos compañeros
me demanda jamás ¿por qué suspiro?

A la luna le cuento mi cuidado
y sigue inestable y muda a la voz mía,
como mujer ¡ay! envidiosa y fría
que el pecho tiene a la amistad cerrado.

No soles, no centellas, no luceros
almas son esas luces vacilantes
que prestan a los ojos anhelantes
sólo dudosos rayos pasajeros.

Vienen en infinita muchedumbre
y oyen mi canto y mi tristeza miran,
y otra vez silenciosas se retiran
sin consolarme, a la remota cumbre.

Inmóviles los árboles sombríos,
como los egoístas corazones,
no oyen la triste voz de mis canciones
que va a morir sobre sus troncos fríos.

Sola yo turbo cuadro tan sereno,
sola yo altero tan dichosa calma,
sólo inquietud y lucha hay en mi alma,
sólo mi corazón hierve en mi seno.

¿Sola yo? ¿Sola yo?¿De entre millares
de criaturas tal vez la más dichosa?
descansando de fiebre dolorosa
duerme la tierra en medio de los mares.

Mas, recorred su vasta enfermería
y oiréis de trecho en trecho hondos gemidos;
¿cuántos son? ¿Cuántos son ¡ay! los
heridos?
la enferma menos grave es la alma mía.

La luna silenciosa y reposada
que por los aires va, tal vez encierra
dentro de sí como la oscura tierra
una raza también desventurada.

Y tal vez de los nuestros sus gemidos
están por breve espacio separados,
y tal vez de ambos mundos encontrados
se responden en ecos los ruidos...

Leve es mi mal como mi cuerpo leve;
¿qué vale ante esa gran naturaleza
mi canto? ¿Qué mi amor? ¿Qué mi tristeza?
¿Cómo a gemir mi corazón se atreve?

Mas, cabe gran pasión en breve pecho,
grande entusiasmo en reducida frente,
grande espíritu en mí, voraz, ardiente,
el rayo cabe en limitado pecho.

Quedan mis cantos en la baja tierra
pero sube hasta Dios mi sentimiento,
y abarco sola yo en mi pensamiento
cuanto en su espacio la creación encierra.

Yo la menor de maravilla tanta
obras, Señor, de tu fecunda mano
siento en mi pecho, aliento soberano
que hasta los mismos cielos me levanta.

¡Y mi amor, mi entusiasmo, mi existencia
son aura imperceptible de tu aliento!...
¿Quién eres? ¿Dónde estás?
¿Cuál es tu asiento?
¿Cuál tu grandeza es? ¿Cuál es tu ciencia?
504
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Sobre La Guerra

Nos ha dado el Señor cielos hermosos
con luz, por que los ojos alumbremos,
y nosotros los pueblos ingeniosos
con humo del cañón la oscurecemos.

Nos ha dado unas tierras deliciosas
donde las vidas sustentar podamos,
y nosotras las gentes belicosas
con sangre de los nuestros las regamos.

Nos ha dado suprema inteligencia
para adorar su ley mientras vivimos,
y nosotros negamos su existencia
y de la propia nuestra maldecimos.

Nos ha dado pasiones generosas
y odiándonos vivimos en la tierra;
«almas, nos dice, paz, sed venturosas»
y respondemos «infortunio, guerra!»

Guerra al Oriente, guerra al Mediodía,
por cuanto abarca el sol guerra sangrienta;
nuestra campana eterna de agonía
por las batallas sus minutos cuenta.

Hacen trocar los siglos pasajeros
leves, imperios, religiones, todo;
pero la horrible estirpe de guerreros
tiende su rama del egipcio al godo.

¡Oh de asesinos fuerte monarquía
de siglo en siglo trasmitida viene;
reino antes de Moisés tal dinastía
y aun después de Jesús príncipes tiene!

Un perpetuo clamor son las naciones;
toda la humanidad es solo un grito;
cansado de sufrir generaciones
el mundo está, y cansado el Infinito...

Tiende ¡oh paterno mar! tiende los brazos
y, por piedad de nuestros hondos males,
de la tierra los míseros pedazos
abisma entre tus formas colosales.

Tal vez al arrollar el viejo mundo,
tus soberanas moles avanzando,
otras tierras mejor desde el profundo
se irán a tus espaldas levantando.

Aquí están las semillas corrompidas,
a Dios no pueden dar ya fruto bueno,
y pues a Dios no sirven nuestras vidas,
¡húndenos mar, te servirán de cieno!
668
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Bondad De Dios

¡Cuán grande, cuán hermosa
es la lumbre del sol que abarca el mundo,
y cuán maravillosa
es la estrella copiosa!
¡Cuán ancho es el espacio, cuán profundo!

Como a impulso violento
granos de arena círculos describen
en derredor del viento,
de astros miles sin cuento
así en la inmensidad girando viven.

Como esa luna breve
que los azules aires cruzar vemos
por los ámbitos leve,
con giro igual se mueve
esta espaciosa tierra en que nacemos.

Los mares procelosos,
los montes de volcanes coronados,
los pueblos populosos
ruedan majestuosos
por la atmósfera en globo transformados.

¿Quién hacia el sol lo envía,
lo acerca, lo separa, lo sostiene,
su ruta marca y guía,
y en perfecta armonía
la prodigiosa máquina mantiene?

¿Quién es tan poderoso
que allá desde el lucero más lejano
que rige misterioso
la tierra cuidadoso,
tan bien gobierna por su propia mano?

¡Cómo a la flor atiende!
¡Cómo al insecto presta forma y vida!
¡Cómo el agua suspende
en la nube que hiende
el aire y baja en lluvia convertida!

¡Cómo enciende y sustenta
el alma pura que en nosotros vive,
y su fuerza acrecienta,
la sostiene y alienta,
cuando el dolor, cuando el placer recibe!

¡Cómo nos da alegría
en la niñez, y en juventud más fuerte
el amor y poesía,
y para la sombría
dolorida vejez nos da la muerte!

Ignorada tu esencia,
ignorado, señor, será tu nombre,
tu divina existencia,
pero tu omnipotencia
en su propio existir comprende el hombre.

Y si con tal desvelo
proteges amoroso a las criaturas,
¿no has de tener un cielo
donde con tierno anhelo
suban a verte, al fin, las almas puras?
849
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A La Invención Del Globo

Águila altiva, que la nube asaltas
y en la cumbre a mirar al sol te atreves;
águila rauda, que los mares saltas
cuando las alas anchurosas mueves;
águila audaz, que en las regiones altas
la hiriente lumbre de los astros bebes;
águila reina, ya tiene el espacio
rival que te dispute tu palacio.

Si hallaras por acaso en tu elemento
veloz cruzando por las propias vías
al hombre que se eleva al firmamento
«vive Dios, al pasar, le gritarías,
que ni libres están, genio avariento,
de tus asaltos las regiones mías;
venció tu brazo cuanto halló en la tierra
¿y ora viene a mover al cielo guerra?»

Sí, sí, corcel para correr el suelo,
ligero pez para salvar los mares,
es águila atrevida para el cielo
el libre ser que en tu camino hallares;
déjale remontar contigo el vuelo
que de estrellas tal vez nuevos millares
cuando más huya la terrestre esfera
va a descubrir en su feliz carrera.

¿Qué vales tú si allá de las alturas
las bellezas que alcanzas no nos cuentas?
¿Qué importa cuanto ves en las anchuras
que mides con tus alas turbulentas
si nuevas no nos das a las criaturas
que estamos de saber aquí sedientas,
si un himno a la creación por obra tanta
jamás tu pico inexpresivo canta?

Mas aquel otro ser que el éter hiende
sube ya a comprender tanta belleza,
y del nuevo prodigio que sorprende
bajará a relatarnos la grandeza;
ya por cima del mundo se suspende
a contemplar la gran naturaleza,
y si le place el mar, su vuelo ataja
y como el ave acuática al mar baja.

Y cual vapor del mar se eleva luego
y con las nubes por los aires gira,
del encendido Can resiste el fuego,
del furioso aquilón sufre la ira;
sus fuertes alas en su presto juego
salvan al hombre que asombrado mira
allá por bajo de suspies tendido
el monstruo enorme de quien es nacido.

Como naturalista observa atento
de ignorado reptil la forma extraña;
el hombre aquel verá, pegado al viento,
como es la tierra que el Océano baña;
del polo ignoto, de viviente exento,
escrutará, tal vez, la oculta entraña,
y tal verdad puede alcanzar su idea
que la ciencia de ayer fábula sea...

¡Tanto saber...! ¿si escalará tu estancia
esta turba, Señor, de inquieta gente?
¿No pusiste, gran Dios, harta distancia
entre tu solio y nuestro genio ardiente?
No lograremos ¡ay!, por mi constancia
el triunfo de encontrarte frente a frente,
mas libres ya sobre los aires vamos;
¡Gloria porque a tu sol nos acercamos!
1.159
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Tú Me Pides Querer Y Te He Querido

Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme
tú de quien es la inmensidad oído?
¿Tú que la hirviente mar has contenido,
no has de poder el corazón calmarme?
¿Un átomo de luz no podrá darme
ése que tantos soles ha encendido?
¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida
¡ay! ciega y sin consuelo y desoída!

Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo;
sumiso el corazón tengo a tu lado,
pasión, orgullo y penas han callado,
no hay más que fe por ti, no hay más conmigo:
ordéname; una voz y yo te sigo
¿Qué me quieres decir, qué me has hablado?
¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia
no basta a percibir su dulce esencia!

Yo que te adoro a ti desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia,
¿he de perder, Señor, por la ignorancia
de no entender tu voz, tu gran consuelo?
¿He de ofenderte, he de labrar mis penas
por no escuchar bien claro qué me ordenas?

Mas tú no hablas jamás; no por acentos
tu voluntad al universo explicas;
tienes en tu saber notas más ricas
para expresar tus altos pensamientos;
hablan por ti, Señor, los sentimientos
con que alivias el alma o mortificas,
y yo en ese lenguaje he comprendido
que me pides querer y te he querido.

Tú nos pides amor, amor constante
de agradecido pecho justo pago,
tú que una vida das por un halago,
tú de la humanidad eterno amante,
¿y antes quieren, Señor, que el alma errante
se fatigue de error en error vago,
que tener por consuelo en este mundo
cariño tan dulcísimo y fecundo?

Aquí abajo, del mundo habitadora,
dicen, Señor, que hay una docta gente
que no te reconoce, no te siente,
que no te admira, que jamás te adora;
que no te rinde gracias ni te implora
en el placer, en el dolor vehemente;
mas, fábula del mundo es torpe y vana,
porque no puede haber tal raza humana.

Pues al darnos la luz, belleza tanta
como a su inmenso rayo percibimos;
¿ignoramos, Señor, que la debimos
a un ser que desde el polvo nos levanta?
Tu grande majestad suprema y santa
nuestros ojos no ven, mas la sentimos:
el genio puede errar, cuando te niega,
pero no el corazón, cuando te ruega.

Existes, y las gentes lo entendemos,
desde la misma cuna te adoramos,
mas ¿sabes por qué luego te olvidamos?
Por malicia, señor, porque tememos;
no nos place tener jueces supremos
porque mejor sin leyes nos hallamos,
y antes que resignarnos a la pena
negaremos al Dios que nos condena.

Pero yo que te amé desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia;
acudo a tu saber en mi ignorancia,
acudo en mi aflicción a tu consuelo,
y es tal la fe con que te ruega el alma
que en esta misma fe logra la calma.
549
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Tú Me Pides Querer Y Te He Querido

Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme
tú de quien es la inmensidad oído?
¿Tú que la hirviente mar has contenido,
no has de poder el corazón calmarme?
¿Un átomo de luz no podrá darme
ése que tantos soles ha encendido?
¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida
¡ay! ciega y sin consuelo y desoída!

Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo;
sumiso el corazón tengo a tu lado,
pasión, orgullo y penas han callado,
no hay más que fe por ti, no hay más conmigo:
ordéname; una voz y yo te sigo
¿Qué me quieres decir, qué me has hablado?
¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia
no basta a percibir su dulce esencia!

Yo que te adoro a ti desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia,
¿he de perder, Señor, por la ignorancia
de no entender tu voz, tu gran consuelo?
¿He de ofenderte, he de labrar mis penas
por no escuchar bien claro qué me ordenas?

Mas tú no hablas jamás; no por acentos
tu voluntad al universo explicas;
tienes en tu saber notas más ricas
para expresar tus altos pensamientos;
hablan por ti, Señor, los sentimientos
con que alivias el alma o mortificas,
y yo en ese lenguaje he comprendido
que me pides querer y te he querido.

Tú nos pides amor, amor constante
de agradecido pecho justo pago,
tú que una vida das por un halago,
tú de la humanidad eterno amante,
¿y antes quieren, Señor, que el alma errante
se fatigue de error en error vago,
que tener por consuelo en este mundo
cariño tan dulcísimo y fecundo?

Aquí abajo, del mundo habitadora,
dicen, Señor, que hay una docta gente
que no te reconoce, no te siente,
que no te admira, que jamás te adora;
que no te rinde gracias ni te implora
en el placer, en el dolor vehemente;
mas, fábula del mundo es torpe y vana,
porque no puede haber tal raza humana.

Pues al darnos la luz, belleza tanta
como a su inmenso rayo percibimos;
¿ignoramos, Señor, que la debimos
a un ser que desde el polvo nos levanta?
Tu grande majestad suprema y santa
nuestros ojos no ven, mas la sentimos:
el genio puede errar, cuando te niega,
pero no el corazón, cuando te ruega.

Existes, y las gentes lo entendemos,
desde la misma cuna te adoramos,
mas ¿sabes por qué luego te olvidamos?
Por malicia, señor, porque tememos;
no nos place tener jueces supremos
porque mejor sin leyes nos hallamos,
y antes que resignarnos a la pena
negaremos al Dios que nos condena.

Pero yo que te amé desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia;
acudo a tu saber en mi ignorancia,
acudo en mi aflicción a tu consuelo,
y es tal la fe con que te ruega el alma
que en esta misma fe logra la calma.
549
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Inspiraciones De La Soledad No Muera De Tus Ojos Apartada

Al recordar, señor, que no he cantado
mis himnos a tu nombre todavía,
siento que de la débil arpa mía
las más sonoras cuerdas no han vibrado;
primero que mi espíritu arrojado
se levantará a ti con mi poesía
y a veces mil para afirmar mi acento
lo alcé en la tierra, lo ensayé en el viento.

Ora que firme y de tu amor prendada
sólo tu ciclo el corazón me fija,
ora ya es tiempo que hacia ti dirija
mi voz a tu alabanza consagrada;
ora que el alma mía enamorada
fuerza es que objeto a su pasión elija,
a ti me acojo, compañero tierno,
perfecto amante de cariño eterno.

Amante que si lloro me consuela,
amante que si peno mi ser calma,
amante que velando por mi alma
no se cansa jamás por más que vela:
amante de quien nunca se recela,
amante que nos trae corona y palma,
amante augusto de tan rico brillo
que da la gloria por nupcial anillo.

A ti mi voz, a ti mi arpa querida,
a ti mi lloro, a ti el suspiro amante,
a ti mi vista fija y palpitante
clavada siempre en tu mansión lucida;
a ti mi corazón, a ti mi vida,
y la pasión altísima y constante
cuyo nombre inmortal demando al ciclo
porque no tiene nombre aquí en el suelo.

Es honda sensación, dolor suave,
mimosa, melancólica ternura
que ni de alivio en su penar se cura
ni lo que anhela en su impaciencia sabe;
para el placer, Señor, es harto grave,
para la calma, fáltale ventura,
y si tú no le das en ti acogida
se apagará en sí misma consumida.

Yo te adoro aunque el rostro no te veo:
que eres muy bello y juvenil presumo,
y mi abrasado espíritu consumo
en dulce amorosísimo deseo;
en tu poder sin comprenderte creo,
amo sin alcanzar tu genio sumo
y juzgo la pasión que me sofoca
para rendirla en tu homenaje poca.

Mírame con tu vista penetrante,
háblame con tu lengua deliciosa,
cíñeme con tu mano cariñosa,
guárdame con tu escudo rutilante;
inúndame en tu luz vivificante,
absórbeme en tu esencia misteriosa,
y pura y a tu gloria consagrada
¡no muera de tus ojos apartada!
645
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Catedral De Sevilla

Sólo en el pobre altar del pueblo mío
adoré yo al Señor —una mañana:
un templo veo junto a hermoso río
que embelesada miro... no es Guadiana...
De árboles tiene pabellón sombrío,
y por su orilla vi, con gente humana,
venir rugiendo un monstruo devorante
que se tragaba al río palpitante.

¿Habita en esa torre ese viviente
que con tan brava furia desbocado,
rompiendo impetuoso la corriente
se postra al pie del muro fatigado?
¿Es morada del monstruo omnipotente
que he visto por el agua arrebatado
esa gran torre, que arrancando el vuelo
se pierde como el águila en el cielo?

¡La torre... el templo... Ah! Yo que en la vida
un templo hermoso vi, tanta grandeza
de repente al mirar, sobrecogida
bajé sobre los hombros mi cabeza
cual si se fuera a hundir; yo enternecida
a tan solemne y mágica belleza
lloré admirada, sin rubor lo canto,
de tierna sensación gota de llanto.

Retumbaban los órganos sonoros
cuando tímida cruzo las sombrías
bóvedas, y a la par los santos coros
llenaban las eternas galerías;
por mil brillantes cristalinos poros
iba al aire un torrente de armonías
tristes, como si fuera el moribundo
¡ay! que la religión lanzase al mundo.

Los que el embate sufren de la suerte,
los que el furor de la ambición agita,
los que cercana sienten a la muerte
una existencia en vicios ya marchita;
el dócil, el soberbio, el flaco, el fuerte,
el rico, el pobre, el ateo, el jesuita...,
¡cuantos a su infortunio habrán hallado
alivio en aquel templo sosegado!

¡Cuánta oración allí; cuántos
vivientes
de aquel recinto en los profundos huecos
habrán llevado mustios y dolientes
de sus miserias hasta allí los ecos!
¡Cuántas extrañas, peregrinas gentes,
almas rendidas, corazones secos,
habrán en la oración allí saciado
la sed de su camino fatigado!

¡Sí! los que al aire libre son blasfemos,
bajo la enorme piedra se estremecen,
y con devotos místicos extremos
su incrédula existencia a Dios ofrecen;
así al crujir de los pesados remos
y las olas al ver que se embravecen,
en medio de la mar tiembla y se aterra
el que los mares desdeñaba en tierra.

Allí bajando los audaces ojos
el señor del alcázar opulento,
Pedro el Fiero, el Cruel, también de hinojos
se humillaba ante el rey del firmamento:
como el león cargado de despojos
lleva a la selva su botín sangriento
él sus remordimientos ¡ay! llevaba,
y allí en la soledad los devoraba.

Pero en aquel altar el sabio Herrera
bebió la copa del sagrado vino,
y allí Rioja por la vez primera
cantó al Señor con su cantar divino:
allí de Zurbarán la sombra austera
aún vaga, y de Murillo el peregrino
espíritu recibe en los altares
con su santo el incienso y los cantares.

Cuando incliné mi frente, y las rodillas
doblé sobre el luciente pavimento,
morada de tantas maravillas,
un sabio era también, con paso lento
el que llega al altar; ya en sus mejillas
no hay color ni en sus ojos ardimiento,
pero más que la edad la ciencia abruma
su cabeza más alba que la espuma.

Heme allí solitaria, humilde, inquieta,
yertas mis manos, mi cabeza ardiente,
la bendición del sabio y del poeta
sacerdote aguardando reverente;
nunca a la voz tonante del profeta
la religiosa tribu del Oriente
sintió la viva fe del alma mía
cuando el sabio mi frente bendecía.

¡Oh, tú que buscas la perdida estrella
vago marino en los hirvientes mares!
yo he rezado por ti. —La tierra bella
donde viste la luz, de tus azares
el término será; si la doncella,
inocente ocasión de tus pesares,
con su plegaria que a la Virgen sube
logra en el cielo disipar tu nube.

Yo tengo un templo, un Dios que me consuela
depositando en él mis oraciones:
tú, deshecho el bajel, rota la vela
no tienes en tu mar sino... pasiones;
venga la tempestad que te desvela
a mi cielo sus negros nubarrones
que tengo fe, y en mi paciente alma
para toda borrasca hay siempre calma.

Y si me rindo al fin, y Andalucía
quiere guardar entre sus blandas flores
mi dolorida frente, no aquel día,
hijo de España, mi letargo llores;
pálido el astro ¡ay!, de mi poesía,
oscuro el de mis célicos amores,
mejor descansaré muda y dormida
que amorosa cantando en esta vida.

Tal vez la vista del grandioso templo
mi pequeñez más clara me presenta,
y en el de Dios la majestad contemplo
más adorable y mi esperanza alienta;
de árabes y cristianos doble ejemplo
es el gigante que los siglos cuenta
sobre las nubes, cuando ya ha barrido
el aire, el polvo del que lo ha subido.

¿Qué será más que un átomo en el
viento
el de mi leve tronco si fenece
a los pies del glorioso monumento?
Una generación desaparece,
¡y es nada para él!... ¡y otras y ciento
nada serán tampoco!...¡Él aparece
como un genio que aguarda en las alturas
ver el fin de las últimas criaturas!
652
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Los Recuerdos

Auras, perfumes de junquillo, trino
de aves amigas, rodeadme: siento
el antiguo placer, aquel contento
que en tiempo a mis amores; imagino
de mi joven cantor sonar vecino
el palpitante, apasionado acento
y las yerbas temblar que sacudía
su planta cuando a mí se aparecía.

¿Quién no tiene recuerdos deliciosos
de edad mejor ¡ay!, aunque joven sea?
Siempre el pasado tiempo nos recrea
velado de atractivos misteriosos;
por esos de la infancia venturosos
diera el joven el brillo que rodea
su lozana existencia, y cada hora
presente por pasado... ¡Ley traidora!

¿Qué son nuestros recuerdos, son delirio,
infortunio, ventura, desconsuelo?
¿Cuál intento será que tuvo el cielo
darnos en ellos bien, darnos martirio?
Cuando veo que un blanco, débil lirio,
de los mezquinos que produce el suelo,
mi antiguo amor despierta, impulsa, enciende,
¡oh! exclamo ¡santo Dios!, ¿quién os
comprende?

¿Qué ven, qué escuchan, pobre Carolina,
en la luz y el silencio ojos y oído?
¿Qué hay en la flor, que hay en la sombra, el ruido
que penetra en tu ser y te fascina?
Sobre la copa de la misma encina
el sol que tantas veces ha lucido,
la brisa de la antigua primavera,
¿por qué te agitan cual por vez primera?

Yo nada sé; filósofos profundos
que los misterios de la vida entienden,
sabrán de aquellos que el espacio hienden
en recuerdos espíritus fecundos;
yo las leyes ignoro de esos mundos
que los sabios dignísimos comprenden;
pero sé que en la tierra, peregrinos,
hay espíritus mil que son divinos.

Si fábrica de barro contrahecha
a quien faltó la esencia para un alma,
hombre estúpido, cuerpo siempre en calma,
la vida del espíritu desecha;
si juzga que de tierra sola es hecha
la criatura, que aspira a eterna palma,
es porque, en piel humana, ser de bruto
a su reino animal paga tributo.

Pero vosotras que gozáis, criaturas,
la inspiración real del sentimiento,
no os mofaréis porque en la luz y el viento
mi amor habite, y en las flores puras;
la yerba que tapiza las llanuras,
la nube que atraviesa el firmamento,
hacen surgir memorias olvidadas
en las almas por siempre enamoradas.

Duermen como la oruga-mariposa,
se ocultan sin cesar, como la luna,
decrecen, como el mar, pero ninguna
muere aunque mengua, velase o reposa;
se reaniman al sol, la noche hermosa
las hace aparecer una por una
y, cuando más lejanas de la idea,
las lleva al corazón recia marea.

Auras, perfumes de junquillos, trino
de aves amigas, me agitáis, os siento,
de espíritus ocultos sois aliento,
sois guardadores de mi amor divino:
venid al valle triste en que imagino
sonar de mi cantor el tierno acento;
¡placeres, dadme, en la ilusión hermosa
ya que en la realidad no soy dichosa!
545
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Un Paisaje

Yo vi lucir los albores
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.

Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.

¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.

¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?

¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora...?

Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?

¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?...
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.

Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
595
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Pasión

Ya no veo la alegría,
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.

Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.

Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.

Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.

Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.

Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.

Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.

¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!

Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.

El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?

¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!

Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.

Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.

Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.

Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.

Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.

Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.

Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.

Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.
679