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Poemas en este tema

Vida y Existencia

Efraín Huerta

Efraín Huerta

Éste es un amor

Éste es un amor que tuvo su origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.
Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación,
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos
- esas terribles manos delgadas como el pensamiento -
se entrelazan y un suave sudor de - otra vez - miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aun cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía - y es poesía.

Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:
vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos
y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos
y a lo ancho de los países
y las distancias eran como inmensos océanos
y tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia
y me sumergía en sus ojos en llamas
y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado
y entonces me olvidaba de mi nombre
y del maldito nombre de las cosas y de las flores
y quería gritar y gritarle al lado que la amaba
y que yo ya no tenía corazón para amarla
sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo
y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos - otra vez ese mar -,
ese mal, esa peligrosa bondad,
ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe
y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,
hasta el alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,
ya lo saben las fotografías y las calles
y ya lo saben las palabras - y las palabras y las calles y las fotografías
ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos
y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma
y no llorar de amor.
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Xavier Villaurrutia

Xavier Villaurrutia

Décima Muerte

¡Qué prueba de la existencia

habrá mayor que la suerte

de estar viviendo sin verte

y muriendo en tu presencia!

Esta lúcida conciencia

de amar a lo nunca visto

y de esperar lo imprevisto;

este caer sin llegar

es la angustia de pensar

que puesto que muero existo.


II


Si en todas partes estás,

en el agua y en la tierra,

en el aire que me encierra

y en el incendio voraz;

y si a todas partes vas

conmigo en el pensamiento,

en el soplo de mi aliento

y en mi sangre confundida,

¿no serás, Muerte, en mi vida,

agua, fuego, polvo y viento?


III


si tienes manos, que sean

de un tacto sutil y blando,

apenas sensible cuando

anestesiado me crean;

y que tus ojos me vean

sin mirarme, de tal suerte

que nada me desconcierte

ni tu vista ni tu roce,

para no sentir un goce

ni un dolor contigo, Muerte.


IV


Por caminos ignorados,

por hendiduras secretas,

por las misteriosas vetas

de troncos recién cortados,

te ven mis ojos cerrados

entrar en mi alcoba oscura

a convertir mi envoltura

opaca, febril, cambiante,

en materia de diamante

luminosa, eterna y pura.


V


No duermo para que al verte

llegar lenta y apagada,

para que al oír pausada

tu voz que silencios vierte,

para que al tocar la nada

que envuelve tu cuerpo yerto,

para que a tu olor desierto

pueda, sin sombra de sueño,

saber que de ti me adueño,

sentir que muero despierto.


VI


La aguja del instantero

recorrerá su cuadrante,

todo cabrá en un instante

del espacio verdadero

que, ancho, profundo y señero,

será elástico a tu paso

de modo que el tiempo cierto

prolongará nuestro abrazo

y será posible, acaso,

vivir después de haber muerto.


VII


En el roce, en el contacto,

en la inefable delicia

de la suprema caricia

que desemboca en el acto,

hay un misterioso pacto

del espasmo delirante

en que un cielo alucinante

y un infierno de agonía

se funden cuando eres mía

y soy tuyo en un instante.


VIII


¡Hasta en la ausencia estás viva!

Porque te encuentro en el hueco

de una forma y en el eco

de una nota fugitiva;

porque en mi propia saliva

fundes tu sabor sombrío,

y a cambio de lo que es mío

me dejas sólo el temor

de hallar hasta en el sabor

la presencia del vacío.


IX


Si te llevo en mí prendida

y te acaricio y escondo,

si te alimento en el fondo

de mi más secreta herida;

si mi muerte te da vida

y goce mi frenesí,

¡qué será, Muerte, de ti

cuando al salir yo del mundo,

deshecho el nudo profundo,

tengas que salir de mí?


X


En vano amenazas, Muerte,

cerrar la boca a mi herida

y poner fin a mi vida

con una palabra inerte.

¡Qué puedo pensar al verte,

si en mi angustia verdadera

tuve que violar la espera;

si en vista de tu tardanza

para llenar mi esperanza

no hay hora en que yo no muera!

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Xavier Villaurrutia

Xavier Villaurrutia

Vicente Gallego

Vicente Gallego

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Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente Gallego

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