Poemas en este tema
Vida y Existencia
Jaime Sabines
Doña Luz Xvii
Lloverás en el tiempo de lluvia,
harás calor en el verano,
harás frío en el atardecer.
Volverás a morir otras mil veces.
Florecerás cuando todo florezca.
No eres nada, nadie, madre.
De nosotros quedará la misma huella,
la semilla del viento en el agua,
el esqueleto de las hojas en la tierra.
Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras,
en el corazón de los árboles la palabra amor.
No somos nada, nadie, madre.
Es inútil vivir
pero es más inútil morir.
harás calor en el verano,
harás frío en el atardecer.
Volverás a morir otras mil veces.
Florecerás cuando todo florezca.
No eres nada, nadie, madre.
De nosotros quedará la misma huella,
la semilla del viento en el agua,
el esqueleto de las hojas en la tierra.
Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras,
en el corazón de los árboles la palabra amor.
No somos nada, nadie, madre.
Es inútil vivir
pero es más inútil morir.
656
Jaime Sabines
Cuando Tengas Ganas De Morirte
Cuando tengas ganas de morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y veras qué hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.
Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete
y ya.
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y veras qué hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.
Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete
y ya.
558
Jaime Sabines
Cuando Tengas Ganas De Morirte
Cuando tengas ganas de morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y veras qué hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.
Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete
y ya.
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y veras qué hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.
Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete
y ya.
558
Jaime Sabines
¡qué Costumbre Tan Salvaje
¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!,
¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos
alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan
el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la
introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada
tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí
te quedas, de aquí ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados.
Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué
no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de
su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales,
o tirarlos a un río?
Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada,
limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada
día, se levantarían a vivir.
¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos
alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan
el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la
introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada
tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí
te quedas, de aquí ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados.
Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué
no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de
su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales,
o tirarlos a un río?
Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada,
limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada
día, se levantarían a vivir.
1.090
Jaime Sabines
¡qué Costumbre Tan Salvaje
¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!,
¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos
alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan
el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la
introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada
tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí
te quedas, de aquí ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados.
Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué
no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de
su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales,
o tirarlos a un río?
Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada,
limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada
día, se levantarían a vivir.
¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos
alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan
el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la
introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada
tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí
te quedas, de aquí ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados.
Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué
no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de
su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales,
o tirarlos a un río?
Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada,
limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada
día, se levantarían a vivir.
1.090
Jaime Sabines
Espero Curarme De Ti
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte,
de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno.
Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No
es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas
las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede
prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también
el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo
del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando
digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se
hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías,
te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te
quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo.
Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo
a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender
las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio
para entrar a un panteón.
de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno.
Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No
es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas
las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede
prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también
el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo
del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando
digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se
hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías,
te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te
quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo.
Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo
a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender
las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio
para entrar a un panteón.
1.212
Jaime Sabines
Soy Mi Cuerpo
Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me
dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las
cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme
encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos
papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi
soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no
me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan
de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta
el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las
cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme
encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos
papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi
soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no
me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan
de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta
el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
592
Jaime Sabines
Dice Rubén
Dice Rubén que quiere la eternidad, que pelea por esa memoria de
los hombres para un siglo, o dos, o veinte. Y yo pienso que esa eternidad
no es más que una prolongación, menguada y pobre, de nuestra
existencia.
Hay que estar frente a un muro. Y hay que saber que entre nuestros puños
que golpean y el lugar del golpe, allí está la eternidad.
Creer en la supervivencia del alma, o en la memoria de los hombres,
es lo mismo que creer en Dios, es lo mismo que cargar su tabla mucho antes
del naufragio.
los hombres para un siglo, o dos, o veinte. Y yo pienso que esa eternidad
no es más que una prolongación, menguada y pobre, de nuestra
existencia.
Hay que estar frente a un muro. Y hay que saber que entre nuestros puños
que golpean y el lugar del golpe, allí está la eternidad.
Creer en la supervivencia del alma, o en la memoria de los hombres,
es lo mismo que creer en Dios, es lo mismo que cargar su tabla mucho antes
del naufragio.
578
Jaime Sabines
Dice Rubén
Dice Rubén que quiere la eternidad, que pelea por esa memoria de
los hombres para un siglo, o dos, o veinte. Y yo pienso que esa eternidad
no es más que una prolongación, menguada y pobre, de nuestra
existencia.
Hay que estar frente a un muro. Y hay que saber que entre nuestros puños
que golpean y el lugar del golpe, allí está la eternidad.
Creer en la supervivencia del alma, o en la memoria de los hombres,
es lo mismo que creer en Dios, es lo mismo que cargar su tabla mucho antes
del naufragio.
los hombres para un siglo, o dos, o veinte. Y yo pienso que esa eternidad
no es más que una prolongación, menguada y pobre, de nuestra
existencia.
Hay que estar frente a un muro. Y hay que saber que entre nuestros puños
que golpean y el lugar del golpe, allí está la eternidad.
Creer en la supervivencia del alma, o en la memoria de los hombres,
es lo mismo que creer en Dios, es lo mismo que cargar su tabla mucho antes
del naufragio.
578
Jaime Sabines
Si Hubiera De Morir
Si hubiera de morir dentro de unos instantes, escribiría estas sabias
palabras: árbol del pan y de la miel, ruibarbo, cocacola, zonite,
cruz gamada. Y me echaría a llorar.
Uno puede llorar hasta con la palabra «excusado» si tiene ganas de llorar.
Y esto es lo que hoy me pasa. Estoy dispuesto a perder hasta las uñas,
a sacarme los ojos y exprimirlos como limones sobre la taza de café.
(«Te convido a una taza de café con cascaritas de ojo, corazón
mío»).
Antes de que caiga sobre mi lengua el hielo del silencio, antes de que
se raje mi garganta y mi corazón se desplome como una bolsa de cuero,
quiero decirte, vida mía, lo agradecido que estoy, por este hígado
estupendo que me dejó comer todas tus rosas, el día que entré
a tu jardín oculto sin que nadie me viera.
Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes —que son
estrellas caídas y envejecidas en el polvo de la tierra— y lo anduve
sonando como una sonaja mientras reía. No tengo otro rencor que
el que tengo, y eso porque pude nacer antes y no lo hiciste.
No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.
palabras: árbol del pan y de la miel, ruibarbo, cocacola, zonite,
cruz gamada. Y me echaría a llorar.
Uno puede llorar hasta con la palabra «excusado» si tiene ganas de llorar.
Y esto es lo que hoy me pasa. Estoy dispuesto a perder hasta las uñas,
a sacarme los ojos y exprimirlos como limones sobre la taza de café.
(«Te convido a una taza de café con cascaritas de ojo, corazón
mío»).
Antes de que caiga sobre mi lengua el hielo del silencio, antes de que
se raje mi garganta y mi corazón se desplome como una bolsa de cuero,
quiero decirte, vida mía, lo agradecido que estoy, por este hígado
estupendo que me dejó comer todas tus rosas, el día que entré
a tu jardín oculto sin que nadie me viera.
Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes —que son
estrellas caídas y envejecidas en el polvo de la tierra— y lo anduve
sonando como una sonaja mientras reía. No tengo otro rencor que
el que tengo, y eso porque pude nacer antes y no lo hiciste.
No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.
3.147
Jaime Sabines
Con La Flor Del Domingo
Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua.
La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan,
por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y
hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa
María reúne a los sobrevivientes de la semana.
Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea,
se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan
al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo,
la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan
dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para
enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la
ropa pendiente y de los mandados que no acaban.
Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras
pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional
y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de
su cabellera que brilla más que otras veces.
(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las
grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría
los días que vienen!)
La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan,
por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y
hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa
María reúne a los sobrevivientes de la semana.
Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea,
se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan
al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo,
la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan
dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para
enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la
ropa pendiente y de los mandados que no acaban.
Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras
pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional
y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de
su cabellera que brilla más que otras veces.
(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las
grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría
los días que vienen!)
606
Jaime Sabines
¿qué Putas Puedo?
¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
606
Jaime Sabines
Adán Y Eva Iv
—Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras
son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes
de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué?
Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote
cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se
encienden a diferentes horas?
Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración
es tranquilany tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías
decirlo todo sin aflicción, sin risas.
¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi
costado, no me dueles?
Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me
envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos
algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo.
Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las
noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo
a crecer como el día.
Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres
y que no has de darme nunca.
¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para
ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que
tuve.
son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes
de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué?
Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote
cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se
encienden a diferentes horas?
Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración
es tranquilany tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías
decirlo todo sin aflicción, sin risas.
¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi
costado, no me dueles?
Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me
envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos
algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo.
Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las
noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo
a crecer como el día.
Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres
y que no has de darme nunca.
¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para
ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que
tuve.
749
Jaime Sabines
Adán Y Eva I
—Estábamos en el paraíso. En el paraíso no ocurre
nunca nada. No nos conocíamos. Eva, levántate.
—Tengo amor, sueño, hambre. ¿Amaneció?.
—Es de día, pero aún hay estrellas. El sol viene de lejos
hacia nosotros y empiezan a galopar los árboles. Escucha.
—Yo quiero morder tu quijada. Ven. Estoy desnuda, macerada, y huelo
a ti.
Adán fue hacia ella y la tomó. Y parecía que los
dos se habían metido en un río muy ancho, y que jugaban con
el agua hasta el cuello, y reían, mientras pequeños peces
equivocados les mordían las piernas.
nunca nada. No nos conocíamos. Eva, levántate.
—Tengo amor, sueño, hambre. ¿Amaneció?.
—Es de día, pero aún hay estrellas. El sol viene de lejos
hacia nosotros y empiezan a galopar los árboles. Escucha.
—Yo quiero morder tu quijada. Ven. Estoy desnuda, macerada, y huelo
a ti.
Adán fue hacia ella y la tomó. Y parecía que los
dos se habían metido en un río muy ancho, y que jugaban con
el agua hasta el cuello, y reían, mientras pequeños peces
equivocados les mordían las piernas.
892
Jaime Sabines
Tía Chofi
Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.
Hiciste bien en morirte, tía Chofi,
porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,
porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,
ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba
que querías morirte y te aguantabas.
¡Hiciste bien!
Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos,
porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,
y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,
pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste.
¡Te siento tan desamparada,
tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,
sin quien te dé un pan!
Me aflige pensar que estás bajo la tierra
tan fría de Berriozábal,
sola, sola, terriblemente sola,
como para morirse llorando.
Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,
que más vale callar,
¿pero qué quieres que haga
si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?
Ah, jorobada, tía Chofi,
me gustaría que cantaras
o que contaras el cuento de tus enamorados.
Los campesinos que te enterraron sólo tenían
tragos y cigarros,
y yo no tengo más.
Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,
y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.
Nunca ha sido tan real eso en lo que tu creíste.
Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida
a todos. Pedías para dar, desvalida.
Y no tenías el gesto agrio de las solteronas
porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos.
En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida
te repetías incansablemente
y eras la misma cosa siempre.
Fácil, como las flores del campo
con que las vecinas regaron tu ataúd,
nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte.
Sofía, virgen, antigua, consagrada,
debieron enterrarte de blanco
en tus nupcias definitivas.
Tú que no conociste caricia de hombre
y que desjaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,
tú, casta, limpia, sellada,
debiste llevar azahares tu último día.
Exijo que los ángeles te tomen
y te conduzcan a la morada de los limpios.
Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,
que la muerte recoja tu cabeza blandamente
y que cierre tus ojos con cuidados de madre
mientras entona cantos interminables.
Vas a ser olvidada de todos
como los lirios del campo,
como las estrellas solitarias;
pero en las mañanas, en la respiración del buey,
en el temblor de las plantas,
en la mansedumbre de los arroyos,
en la nostalgia de las ciudades,
serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.
Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia,
con una cruz pequeña sobre tu tierra,
estás bien allí, bajo los pájaros del monte,
y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.
Hiciste bien en morirte, tía Chofi,
porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,
porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,
ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba
que querías morirte y te aguantabas.
¡Hiciste bien!
Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos,
porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,
y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,
pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste.
¡Te siento tan desamparada,
tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,
sin quien te dé un pan!
Me aflige pensar que estás bajo la tierra
tan fría de Berriozábal,
sola, sola, terriblemente sola,
como para morirse llorando.
Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,
que más vale callar,
¿pero qué quieres que haga
si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?
Ah, jorobada, tía Chofi,
me gustaría que cantaras
o que contaras el cuento de tus enamorados.
Los campesinos que te enterraron sólo tenían
tragos y cigarros,
y yo no tengo más.
Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,
y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.
Nunca ha sido tan real eso en lo que tu creíste.
Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida
a todos. Pedías para dar, desvalida.
Y no tenías el gesto agrio de las solteronas
porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos.
En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida
te repetías incansablemente
y eras la misma cosa siempre.
Fácil, como las flores del campo
con que las vecinas regaron tu ataúd,
nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte.
Sofía, virgen, antigua, consagrada,
debieron enterrarte de blanco
en tus nupcias definitivas.
Tú que no conociste caricia de hombre
y que desjaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,
tú, casta, limpia, sellada,
debiste llevar azahares tu último día.
Exijo que los ángeles te tomen
y te conduzcan a la morada de los limpios.
Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,
que la muerte recoja tu cabeza blandamente
y que cierre tus ojos con cuidados de madre
mientras entona cantos interminables.
Vas a ser olvidada de todos
como los lirios del campo,
como las estrellas solitarias;
pero en las mañanas, en la respiración del buey,
en el temblor de las plantas,
en la mansedumbre de los arroyos,
en la nostalgia de las ciudades,
serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.
Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia,
con una cruz pequeña sobre tu tierra,
estás bien allí, bajo los pájaros del monte,
y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.
1.045
Jaime Sabines
Los He Visto En El Cine
Los he visto en el cine,
frente a los teatros,
en los tranvías y en los parques,
los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
sus senos a las manos
y abren la boca a la caricia húmeda
y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
el goce que los vestidos cubren, el engaño
de la palabra tierna que desea,
el uno al otro extraño.
Es la flor que florece
en el día más largo,
el corazón que espera,
el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.
Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
igual que si ella se la hubiera robado.
Los he visto a menudo
—a ellos, a los enamorados—
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
en el que no hay ni pájaros,
y estructuras de acero
y casa pobres, patios,
lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve, les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.
frente a los teatros,
en los tranvías y en los parques,
los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
sus senos a las manos
y abren la boca a la caricia húmeda
y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
el goce que los vestidos cubren, el engaño
de la palabra tierna que desea,
el uno al otro extraño.
Es la flor que florece
en el día más largo,
el corazón que espera,
el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.
Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
igual que si ella se la hubiera robado.
Los he visto a menudo
—a ellos, a los enamorados—
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
en el que no hay ni pájaros,
y estructuras de acero
y casa pobres, patios,
lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve, les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.
541
Jaime Sabines
Yo No Lo Sé De Cierto
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)
587
José Antonio Ramos Sucre
Omega
OMEGA
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
643
José Antonio Ramos Sucre
Omega
OMEGA
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
643
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad De Los Espejismos
LA CIUDAD DE LOS ESPEJISMOS
Yo cultivo las memorias de mi niñez meditabunda. Un campanario
invisible, perdido en la oscuridad, sonaba la hora de volver a casa, de
recogerme en el aposento.
Ruidos solemnes interrumpían a cada paso mi
sueño. Yo creía sentir el desfile de un cortejo y el
rumor de sus preces. Se dirigía a la tumba de un héroe,
en el convento de unos hermanos inflexibles, y transitaba la calle
hundida bruscamente en el río lánguido.
Yo me incorporaba de donde yacía, atinaba un
camino entre los muebles del estrado, sala de las ceremonias, y
abría en secreto las ventanas. Porfiaba inútilmente en
distinguir el cortejo funeral. Una vislumbre desvariada recorría
los cielos.
No puedo señalar el número de veces de
mi despertamiento y vana solicitud. Recuperaba a tientas mi dormitorio,
después de restablecer el orden en las alhajas de la sala. Un
insecto diabólico provocaba mi enfado ocultándose
velozmente en la espesura de la alfombra.
La ruina de las paredes había empolvado la
sala desierta. Mis abuelos, enfáticos y señoriles, no
recibían sino la visita de la muerte.
Yo no alcanzaba a desprenderme de los fantasmas del
sueño en el curso de la vigilia. La mañana invadía
de tintes lívidos mi balcón florido y yo reposaba la
vista en una lontananza de sauces indiferentes, en un ensueño de
Shakespeare.
Yo cultivo las memorias de mi niñez meditabunda. Un campanario
invisible, perdido en la oscuridad, sonaba la hora de volver a casa, de
recogerme en el aposento.
Ruidos solemnes interrumpían a cada paso mi
sueño. Yo creía sentir el desfile de un cortejo y el
rumor de sus preces. Se dirigía a la tumba de un héroe,
en el convento de unos hermanos inflexibles, y transitaba la calle
hundida bruscamente en el río lánguido.
Yo me incorporaba de donde yacía, atinaba un
camino entre los muebles del estrado, sala de las ceremonias, y
abría en secreto las ventanas. Porfiaba inútilmente en
distinguir el cortejo funeral. Una vislumbre desvariada recorría
los cielos.
No puedo señalar el número de veces de
mi despertamiento y vana solicitud. Recuperaba a tientas mi dormitorio,
después de restablecer el orden en las alhajas de la sala. Un
insecto diabólico provocaba mi enfado ocultándose
velozmente en la espesura de la alfombra.
La ruina de las paredes había empolvado la
sala desierta. Mis abuelos, enfáticos y señoriles, no
recibían sino la visita de la muerte.
Yo no alcanzaba a desprenderme de los fantasmas del
sueño en el curso de la vigilia. La mañana invadía
de tintes lívidos mi balcón florido y yo reposaba la
vista en una lontananza de sauces indiferentes, en un ensueño de
Shakespeare.
483
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad De Los Espejismos
LA CIUDAD DE LOS ESPEJISMOS
Yo cultivo las memorias de mi niñez meditabunda. Un campanario
invisible, perdido en la oscuridad, sonaba la hora de volver a casa, de
recogerme en el aposento.
Ruidos solemnes interrumpían a cada paso mi
sueño. Yo creía sentir el desfile de un cortejo y el
rumor de sus preces. Se dirigía a la tumba de un héroe,
en el convento de unos hermanos inflexibles, y transitaba la calle
hundida bruscamente en el río lánguido.
Yo me incorporaba de donde yacía, atinaba un
camino entre los muebles del estrado, sala de las ceremonias, y
abría en secreto las ventanas. Porfiaba inútilmente en
distinguir el cortejo funeral. Una vislumbre desvariada recorría
los cielos.
No puedo señalar el número de veces de
mi despertamiento y vana solicitud. Recuperaba a tientas mi dormitorio,
después de restablecer el orden en las alhajas de la sala. Un
insecto diabólico provocaba mi enfado ocultándose
velozmente en la espesura de la alfombra.
La ruina de las paredes había empolvado la
sala desierta. Mis abuelos, enfáticos y señoriles, no
recibían sino la visita de la muerte.
Yo no alcanzaba a desprenderme de los fantasmas del
sueño en el curso de la vigilia. La mañana invadía
de tintes lívidos mi balcón florido y yo reposaba la
vista en una lontananza de sauces indiferentes, en un ensueño de
Shakespeare.
Yo cultivo las memorias de mi niñez meditabunda. Un campanario
invisible, perdido en la oscuridad, sonaba la hora de volver a casa, de
recogerme en el aposento.
Ruidos solemnes interrumpían a cada paso mi
sueño. Yo creía sentir el desfile de un cortejo y el
rumor de sus preces. Se dirigía a la tumba de un héroe,
en el convento de unos hermanos inflexibles, y transitaba la calle
hundida bruscamente en el río lánguido.
Yo me incorporaba de donde yacía, atinaba un
camino entre los muebles del estrado, sala de las ceremonias, y
abría en secreto las ventanas. Porfiaba inútilmente en
distinguir el cortejo funeral. Una vislumbre desvariada recorría
los cielos.
No puedo señalar el número de veces de
mi despertamiento y vana solicitud. Recuperaba a tientas mi dormitorio,
después de restablecer el orden en las alhajas de la sala. Un
insecto diabólico provocaba mi enfado ocultándose
velozmente en la espesura de la alfombra.
La ruina de las paredes había empolvado la
sala desierta. Mis abuelos, enfáticos y señoriles, no
recibían sino la visita de la muerte.
Yo no alcanzaba a desprenderme de los fantasmas del
sueño en el curso de la vigilia. La mañana invadía
de tintes lívidos mi balcón florido y yo reposaba la
vista en una lontananza de sauces indiferentes, en un ensueño de
Shakespeare.
483
José Antonio Ramos Sucre
El Tejedor De Mimbres
EL TEJEDOR DE MIMBRES
Un ave espectral, imagen de la pesadumbre y del sacrificio, volaba
entre el humo y el ámbar de noviembre. Yo me perdía en la
contemplación del vuelo monótono.
Los hábitos indolentes, la afición al
ensueño, impedían mi rescate de la miseria. Yo me
escondía en la maleza de un río palustre.
Una beldad seráfica aparecía a
interrumpir mi desidia y me señalaba el camino del
océano. Yo me aventuraba a recoger unas hierbas salobres y,
pensando en el atavío de su persona, las despojaba de sus flores
de marfil, emitidas súbitamente en el día más
prolijo del año.
Yo asistí de lejos a la fiesta de sus bodas,
perdido en la muchedumbre de los descalzos. La doncella clemente
vestía de luto y las luces de la basílica, una joya
italiana, la rodeaban de un aura mortecina. Había nacido para el
embeleso de un amor ideal.
Pasó brevemente de esta vida. Su caballo la
derribó por tierra, al emprender un viaje fortuito.
Yo penetré en la sala de su vivienda, la
semana misma del llanto. Los deudos solemnes preguntaban el linaje de
sus flores de marfil, reunidas sobre un cojín de terciopelo. No
alcanzaban a comprender su origen de un mundo invisible.
Un ave espectral, imagen de la pesadumbre y del sacrificio, volaba
entre el humo y el ámbar de noviembre. Yo me perdía en la
contemplación del vuelo monótono.
Los hábitos indolentes, la afición al
ensueño, impedían mi rescate de la miseria. Yo me
escondía en la maleza de un río palustre.
Una beldad seráfica aparecía a
interrumpir mi desidia y me señalaba el camino del
océano. Yo me aventuraba a recoger unas hierbas salobres y,
pensando en el atavío de su persona, las despojaba de sus flores
de marfil, emitidas súbitamente en el día más
prolijo del año.
Yo asistí de lejos a la fiesta de sus bodas,
perdido en la muchedumbre de los descalzos. La doncella clemente
vestía de luto y las luces de la basílica, una joya
italiana, la rodeaban de un aura mortecina. Había nacido para el
embeleso de un amor ideal.
Pasó brevemente de esta vida. Su caballo la
derribó por tierra, al emprender un viaje fortuito.
Yo penetré en la sala de su vivienda, la
semana misma del llanto. Los deudos solemnes preguntaban el linaje de
sus flores de marfil, reunidas sobre un cojín de terciopelo. No
alcanzaban a comprender su origen de un mundo invisible.
500
José Antonio Ramos Sucre
Elaina
ELAINA
La virgen duerme el sueño invariable en su ataúd de
vidrio. Una lámpara de piedra ilumina el bajo relieve de la
pasión en la iglesia nocturna. El reguero de la lluvia divide
las piezas del tejado y disemina en los muros una broza caduca.
La virgen se incorpora de donde yace, en los
días de portento y de amenaza. Su voz incoherente ha revelado
las maravillas de otro siglo, del mundo sobrenatural, el alivio de las
almas del purgatorio en el viernes santo.
Los naturales no se atreven a depositarla en el seno
de la tierra y admiran cómo pasó de una juventud alegre
al pensamiento ensimismado, a un afecto mortal y conflictivo. La
doctrina mística no consiente la desmedida afición de las
criaturas.
La virgen del sueño padece con las zozobras
de los enamorados y los endereza por el camino del remedio. Yo
vivía consumido por la desesperanza y di con el solaz
permaneciendo de rodillas al pie del ataúd de vidrio.
Yo no sabía de la virgen del sueño ni
de esa manera de salud durante los días de lluvia el año
marchito, cuando las nubes arrojaban sobre las colinas una gasa
fría. Descubrí la iglesia del prodigio y miré en
la actitud prosternada y humilde un requisito para el hallazgo del
júbilo, al romper el alba de la primavera y en vista de un
mensaje del hada golondrina.
La virgen duerme el sueño invariable en su ataúd de
vidrio. Una lámpara de piedra ilumina el bajo relieve de la
pasión en la iglesia nocturna. El reguero de la lluvia divide
las piezas del tejado y disemina en los muros una broza caduca.
La virgen se incorpora de donde yace, en los
días de portento y de amenaza. Su voz incoherente ha revelado
las maravillas de otro siglo, del mundo sobrenatural, el alivio de las
almas del purgatorio en el viernes santo.
Los naturales no se atreven a depositarla en el seno
de la tierra y admiran cómo pasó de una juventud alegre
al pensamiento ensimismado, a un afecto mortal y conflictivo. La
doctrina mística no consiente la desmedida afición de las
criaturas.
La virgen del sueño padece con las zozobras
de los enamorados y los endereza por el camino del remedio. Yo
vivía consumido por la desesperanza y di con el solaz
permaneciendo de rodillas al pie del ataúd de vidrio.
Yo no sabía de la virgen del sueño ni
de esa manera de salud durante los días de lluvia el año
marchito, cuando las nubes arrojaban sobre las colinas una gasa
fría. Descubrí la iglesia del prodigio y miré en
la actitud prosternada y humilde un requisito para el hallazgo del
júbilo, al romper el alba de la primavera y en vista de un
mensaje del hada golondrina.
497
José Antonio Ramos Sucre
La Cañonesa
LA CAÑONESA
Yo visité la ciudad de la penumbra y de los colores ateridos y
el enfado y la melancolía sobrevinieron a entorpecer mi voluntad.
El sol de un mes de lluvia provocaba el hechizo del
plenilunio en el espejo del suelo glacial. Yo salí a recrear la
vista por calles y plazas y pregunté el nombre de las estatuas
vestidas de hiedra. Prelados y caballeros, desde los zócalos
soberbios, infundían la nostalgia de los siglos armados de una
república episcopal.
Una iglesia esculpida y cincelada imitaba la de San
Sebaldo en la vetusta Nuremberg. Las imágenes de la puerta
reproducían el semblante del águila, del león y
del buey.
Los nativos se esmeraban en la fábrica de
juguetes infantiles, de tiorbas angélicas, salterios y
laúdes. Una doncella me separó de la reverencia a los
monumentos arcaicos, me otorgó el privilegio de su amistad y
vino a referirme su vida sombría, un ejemplo de sencillez y de
sacrificio. Ofrendaba su juventud a la memoria de un hermano fallecido
antes de tiempo y lo sustituía, conservándose pura y
célibe, en el consejo de una orden militar.
Yo visité la ciudad de la penumbra y de los colores ateridos y
el enfado y la melancolía sobrevinieron a entorpecer mi voluntad.
El sol de un mes de lluvia provocaba el hechizo del
plenilunio en el espejo del suelo glacial. Yo salí a recrear la
vista por calles y plazas y pregunté el nombre de las estatuas
vestidas de hiedra. Prelados y caballeros, desde los zócalos
soberbios, infundían la nostalgia de los siglos armados de una
república episcopal.
Una iglesia esculpida y cincelada imitaba la de San
Sebaldo en la vetusta Nuremberg. Las imágenes de la puerta
reproducían el semblante del águila, del león y
del buey.
Los nativos se esmeraban en la fábrica de
juguetes infantiles, de tiorbas angélicas, salterios y
laúdes. Una doncella me separó de la reverencia a los
monumentos arcaicos, me otorgó el privilegio de su amistad y
vino a referirme su vida sombría, un ejemplo de sencillez y de
sacrificio. Ofrendaba su juventud a la memoria de un hermano fallecido
antes de tiempo y lo sustituía, conservándose pura y
célibe, en el consejo de una orden militar.
472