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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Anônimo

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Romance Sexto - El Reino Perdido

Las huestes de don Rodrigo desmayaban y huían
cuando en la octava batalla sus enemigos vencían.
Rodrigo deja sus tiendas y del real se salía,
solo va el desventurado, sin ninguna compañía;
el caballo de cansado ya moverse no podía,
camina por donde quiera sin que él le estorbe la vía.
El rey va tan desmayado que sentido no tenía;
muerto va de sed y hambre, de velle era gran mancilla;
iba tan tinto de sangre que una brasa parecía.
Las armas lleva abolladas, que eran de gran pedrería;
la espada lleva hecha sierra de los golpes que tenía;
el almete de abollado en la cabeza se hundía;
la cara llevaba hinchada del trabajo que sufría.
Subióse encima de un cerro, el más alto que veía;
desde allí mira su gente cómo iba de vencida;
de allí mira sus banderas y estandartes que tenía,
cómo están todos pisados que la tierra los cubría;
mira por los capitanes, que ninguno parescía;
mira el campo tinto en sangre, la cual arroyos corría.
Él, triste de ver aquesto, gran mancilla en sí tenía,
llorando de los sus ojos desta manera decía:
«Ayer era rey de España, hoy no lo soy de una villa;
ayer villas y castillos, hoy ninguno poseía;
ayer tenía criados y gente que me servía,
hoy no tengo ni una almena, que pueda decir que es mía.
¡Desdichada fue la hora, desdichado fue aquel día
en que nací y heredé la tan grande señoría,
pues lo había de perder todo junto y en un día!
¡Oh muerte!, ¿por qué no vienes y llevas esta alma mía
de aqueste cuerpo mezquino, pues se te agradecería?»
858
Anônimo

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Romance Del Gran Llanto Que Don Gonzalo Gustios Hizo Allá En Córdoba

Pártese el moro Alicante víspera de San Cebrián;
ocho cabezas llevaba, todas de hombres de alta sangre.
Sábelo el rey Almanzor, a recebírselo sale;
aunque perdió muchos moros piensa en esto bien ganar.
Mandara hacer un tablado para mejor los mirar;
mandó traer un cristiano que estaba en captividad,
como ante sí lo trujeron empezóle de hablar:
díjole: -Gonzalo Gustos, mira quien conocerás;
que lidiaron mis poderes en el campo de Almenar,
sacaron ocho cabezas, todas son de gran linaje.
Respondió Gonzalo Gustos: —Presto os diré la verdad.
Y limpiándoles la sangre asaz se fuera a turbar;
dijo llorando agramente: —¡Conózcolas por mi mal!
La una es de mi carillo; las otras me duelen más,
de los Infantes de Lara son, mis hijos naturales.
Así razona con ellas como si vivos hablasen:
—¡Sálveos Dios, Nuño Salido, el mi compadre leal!,
¿adónde son los mis hijos que yo os quise encomendar?
Mas perdonadme, compadre, no he por qué os demandar,
muerto sois como buen ayo, como hombre muy de fiar.
Tomara otra cabeza del hijo mayor de edad:
—¡Oh hijo Diego González, hombre de muy gran bondad,
del conde Garci Fernández alférez el principal,
a vos amaba yo mucho, que me habíades de heredar.
Alimpiándola con lágrimas volviérala a su lugar.
Y toma la del segundo, don Martín que se llamaba:
—¡Dios os perdone, el mi hijo, hijo que mucho preciaba;
jugador de tablas erais el mejor de toda España;
mesurado caballero, muy bien hablabais en plaza!
Y dejándola llorando la del tercero tomaba:
—¡Hijo don Suero González, todo el mundo os estimaba;
el rey os tuviera en mucho, sólo para la su caza!
¡Ruy Velázquez, vuestro tío, malas bodas os depara;
a vos os llevó a la muerte, a mí en cautivo dejaba!
Y tomando la del cuarto lasamente la miraba:
—¡Oh, hijo Fernán González, (nombre del mejor de España,
del buen conde de Castilla, aquel que vos baptizara),
matador de oso y de puerco, amigo de gran compaña;
nunca con gente de poco os vieran en alianza!
Tomó la de Ruy González, al corazón la abrazaba:
—¡Hijo mío, hijo mío, quién como vos se hallara;
gran caballero esforzado, muy buen bracero a ventaja;
vuestro tío Ruy Velázquez tristes bodas ordenara!
Y tomando otra cabeza, los cabellos se mesaba:
—¡Oh, hijo Gustios González, habíades buenas mañas,
no dijérades mentira, ni por oro ni por plata,
animoso, buen guerrero, muy gran heridor de espada,
que a quien dábades de lleno tullido o muerto quedaba!
Tomando la del menor el dolor se le doblaba:
-¡Hijo Gonzalo González, los ojos de doña Sancha!
¡Qué nuevas irán a ella que a vos más que a todos ama!
¡Tan apuesto de persona, decidor bueno entre damas,
repartidor en su haber, aventajado en la lanza!
¡Mejor fuera la mi muerte que ver tan triste jornada!
Al duelo que el viejo hace, toda Córdoba lloraba.
El rey Almanzor, cuidoso, consigo se lo llevaba
y mandaba a una morica lo sirviese muy de gana.
Esta le torna en prisiones y con amor le curaba;
hermana era del rey, doncella moza y lozana;
con ésta Gonzalo Gustios vino a perder la su saña,
que de ella le nació un hijo que a los hermanos vengara.
683
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Jerezanas

Jerezanas, paisanas,

institutrices de mi corazón,

buenas mujeres y buenas cristianas...

Os retrató la señora que dijo:

«Cuando busque mi hijo

a su media naranja,

lo mandaré vendado hasta Jerez».

Porque jugando a la gallina ciega

con vosotras, el jugador

atrapa una alma linda y una púdica tez.

Jerezanas,

os debo mis virtudes católicas y humanas,

porque en el otro siglo, en vuestro hogar,

en los ceremoniosos estrados me eduqué,

velándome de amor, como las frentes

se velaban debajo del tupé.

Acababan de irse

la polisión y la crinolina,

pero alcancé las caudalosas colas

que alargan el imán del ave femenina

de las cinturas hasta las consolas.

Así se reveló, por las colas profusas,

mi cordial abundancia,

y también por los moños enormes que en mi infancia

trocaban a las plantas bizantinas

en rodel de palomas capuchinas.

Jerezanas,

genio y figura

del tiempo en que los ávidos pimpollos

teníamos, de pie,

la misma clementísima estatura

que tenía, sentada, nuestra Fe.

Jerezanas,

traslúcidas y beatas dentaduras

en que se filtra el sol, creando en cada boca

las atmósferas claroscuras

en que el Cielo y la Tierra se dan cita

y en que es visitada Bernardita.

Jerezanas,

de quien aprendí a ser generoso,

mirando que la mano anacoreta

era la propia que en la feria anual

aplaudía en el coso

y apostaba columnas de metal

en el escándalo de la ruleta.

Jerezanas,

grito y mueca de azoro

a las tres de la tarde, por el humor del toro

que en la sala se cuela babeando, y está

como un inofensivo calavera

ante la señorita tumbada en el sofá.

Jerezanas,

panes benditos,

por vosotras, el Miércoles de Ceniza, simula

el pueblo una gran frente llena de Jesusitos.

Jerezanas,

abísmase mi ser

en las aguas de la misericordia

al evocar la máquina de coser

que al impulso de vuestra zapatilla,

sobre mi vocación y vuestros linos

enhebraba una bastilla.

Dios quiera que esté salvada

la máquina de acústicos galopes,

por la cual fue mi ayer melódica jornada

y un sobresalto mi vida

ante los pulcros dedos hacendosos

resbalando a la aguja empedernida.

Jerezanas,

he visto el menoscabo

de los bucles que alabo,

de los undosos bucles

que enjugaron sin mofa mis pucheros,

de los bucles rielantes,

cabrilleo lunar, blanco de la llovizna

y trono de los lápices caseros;

he visto revolar la última brizna

de vuestras gracias proverbiales;

he visto deformada vuestra hermosura

por todas las dolencias y por todos los males;

he visto el manicomio en que murmura

vuestra cabeza rota sus delirios;

he visto que os ganáis

el pan con las agujas a la luz del quinqué;

he sido el centinela de vuestros cuatro cirios;

pero ninguna chanza del presente

logra desprestigiaros, porque sois el tupé,

los moños capuchinos y la gruta de Lourdes

de la boca indulgente.

*

Jerezanas,

colibríes de tápalo y quitasol,

que vagabundas en la gloria matutina

paraban junto a mis rejas,

por espiar la joyante canción de mi madrina

rememorando a Serafín Bemol:

«Si soy la causa de lo que escucho,

amigo mío, lo siento mucho...»

Jerezanas,

a cuyos rostros que nimbaba el denso

vapor estimulante de la sopa,

el comensal airado y desairado

disparaba el suspiro a quemarropa.

Jerezanas,

que al cumplir con la ley

de la anual comunión, miráis a la primera

golondrina de marzo en la Casa del Rey

de los Reyes; la párvula golondrina que entró

a enseñarnos su pecho de mamey.

Jerezanas,

cuyo heroico destino

desemboca en la iglesia y lucha con el vino,

vistiendo santos

o desvistiendo ebrios, con la misma

caridad de los cantos

que os hinchan las arterias en el cuello.

Jerezanas,

briosas cual el galope que me llenó de espantos

al veros devorar la llanura y el río

sobre el raudo señorío

del albardón de las abuelas;

erguidas como la araucaria,

y débiles como el futuro

de un huevecillo de canaria.

Jerezanas,

cuando el sol vespertino amorate

vuestros vidrios, y os heléis

en el diario silencio del inútil combate,

tomad las flechas de mi vida

como hilas del pañuelo de un hermano

para curar vuestra herida

según la vieja usanza,

y para abrigar el nido

del pájaro consentido.

Jerezanas,

yo aspiro a ser el casto reyezuelo

de los días en que os sentí

probadas por el Cielo

Marchitas, locas o muertas,

sois las ondas del manantial

que ondula arriba de lo temporal,

y en el eterno friso de mi alma

cada paisana mía se eslabona

como la letra de la Virgen:

encima de una nube y con una corona.


533
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Jerezanas

Jerezanas, paisanas,

institutrices de mi corazón,

buenas mujeres y buenas cristianas...

Os retrató la señora que dijo:

«Cuando busque mi hijo

a su media naranja,

lo mandaré vendado hasta Jerez».

Porque jugando a la gallina ciega

con vosotras, el jugador

atrapa una alma linda y una púdica tez.

Jerezanas,

os debo mis virtudes católicas y humanas,

porque en el otro siglo, en vuestro hogar,

en los ceremoniosos estrados me eduqué,

velándome de amor, como las frentes

se velaban debajo del tupé.

Acababan de irse

la polisión y la crinolina,

pero alcancé las caudalosas colas

que alargan el imán del ave femenina

de las cinturas hasta las consolas.

Así se reveló, por las colas profusas,

mi cordial abundancia,

y también por los moños enormes que en mi infancia

trocaban a las plantas bizantinas

en rodel de palomas capuchinas.

Jerezanas,

genio y figura

del tiempo en que los ávidos pimpollos

teníamos, de pie,

la misma clementísima estatura

que tenía, sentada, nuestra Fe.

Jerezanas,

traslúcidas y beatas dentaduras

en que se filtra el sol, creando en cada boca

las atmósferas claroscuras

en que el Cielo y la Tierra se dan cita

y en que es visitada Bernardita.

Jerezanas,

de quien aprendí a ser generoso,

mirando que la mano anacoreta

era la propia que en la feria anual

aplaudía en el coso

y apostaba columnas de metal

en el escándalo de la ruleta.

Jerezanas,

grito y mueca de azoro

a las tres de la tarde, por el humor del toro

que en la sala se cuela babeando, y está

como un inofensivo calavera

ante la señorita tumbada en el sofá.

Jerezanas,

panes benditos,

por vosotras, el Miércoles de Ceniza, simula

el pueblo una gran frente llena de Jesusitos.

Jerezanas,

abísmase mi ser

en las aguas de la misericordia

al evocar la máquina de coser

que al impulso de vuestra zapatilla,

sobre mi vocación y vuestros linos

enhebraba una bastilla.

Dios quiera que esté salvada

la máquina de acústicos galopes,

por la cual fue mi ayer melódica jornada

y un sobresalto mi vida

ante los pulcros dedos hacendosos

resbalando a la aguja empedernida.

Jerezanas,

he visto el menoscabo

de los bucles que alabo,

de los undosos bucles

que enjugaron sin mofa mis pucheros,

de los bucles rielantes,

cabrilleo lunar, blanco de la llovizna

y trono de los lápices caseros;

he visto revolar la última brizna

de vuestras gracias proverbiales;

he visto deformada vuestra hermosura

por todas las dolencias y por todos los males;

he visto el manicomio en que murmura

vuestra cabeza rota sus delirios;

he visto que os ganáis

el pan con las agujas a la luz del quinqué;

he sido el centinela de vuestros cuatro cirios;

pero ninguna chanza del presente

logra desprestigiaros, porque sois el tupé,

los moños capuchinos y la gruta de Lourdes

de la boca indulgente.

*

Jerezanas,

colibríes de tápalo y quitasol,

que vagabundas en la gloria matutina

paraban junto a mis rejas,

por espiar la joyante canción de mi madrina

rememorando a Serafín Bemol:

«Si soy la causa de lo que escucho,

amigo mío, lo siento mucho...»

Jerezanas,

a cuyos rostros que nimbaba el denso

vapor estimulante de la sopa,

el comensal airado y desairado

disparaba el suspiro a quemarropa.

Jerezanas,

que al cumplir con la ley

de la anual comunión, miráis a la primera

golondrina de marzo en la Casa del Rey

de los Reyes; la párvula golondrina que entró

a enseñarnos su pecho de mamey.

Jerezanas,

cuyo heroico destino

desemboca en la iglesia y lucha con el vino,

vistiendo santos

o desvistiendo ebrios, con la misma

caridad de los cantos

que os hinchan las arterias en el cuello.

Jerezanas,

briosas cual el galope que me llenó de espantos

al veros devorar la llanura y el río

sobre el raudo señorío

del albardón de las abuelas;

erguidas como la araucaria,

y débiles como el futuro

de un huevecillo de canaria.

Jerezanas,

cuando el sol vespertino amorate

vuestros vidrios, y os heléis

en el diario silencio del inútil combate,

tomad las flechas de mi vida

como hilas del pañuelo de un hermano

para curar vuestra herida

según la vieja usanza,

y para abrigar el nido

del pájaro consentido.

Jerezanas,

yo aspiro a ser el casto reyezuelo

de los días en que os sentí

probadas por el Cielo

Marchitas, locas o muertas,

sois las ondas del manantial

que ondula arriba de lo temporal,

y en el eterno friso de mi alma

cada paisana mía se eslabona

como la letra de la Virgen:

encima de una nube y con una corona.


533
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Las Desterradas

LAS DESTERRADAS


A Rafael Pimentel


Ya la provincia toda

reconcentra a sus sanas hijas en las caducas

avenidas, y Rut y Rebeca proclaman

la novedad campestre de sus nucas.

Las pobres desterradas

de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis,

aroman la Metrópoli como granos de anís.

La parvada maltrecha

de alondras, cae aquí con el esfuerzo

fragante de las gotas de un arbusto

batido por el cierzo.

Improvisan su tienda

para medir, cuadrantes pesarosos,

la ruina de su paz y de su hacienda.

Ellas, las que soñaban

perdidas en los vastos aposentos,

duermen en hospedajes avarientos.

Propietarios de huertos y de huertas copiosas,

regatean las frutas y las rosas.

Con sus modas pasadas

y sus luengos zarcillos

y su mirar somero,

inmútanse a los brillos

de los escaparates de un joyero.

Y después, a evocar la sandía tropa

de pavos, y su susto manifiesto

cuando bajaban por aquel recuesto...

¡Oh siestas regalonas,

melindre ante la jícara que humea,

soponcio ante la recua intempestiva

que tumba las macetas de las pardas casonas;

lotería de nueces,

y Tenorio que flecha el historiado

postigo de las rejas antañonas!

Paso junto a las lentas fugitivas: no saben

en su desgarbo airoso y en su activo quietismo,

la derretida y pura

compensación que logra su ostracismo

sobre mi pecho, para ellas holgadamente

hospitalario, aprensivo y munificente.

Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas,

como si a mí viniese

la lúcida familia de las hadas,

porque oléis al opíparo destino

y al exaltado fuero

de los calabazates que sazona

el resol del Adviento, en la cornisa

recoleta y poltrona.


513
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Las Desterradas

LAS DESTERRADAS


A Rafael Pimentel


Ya la provincia toda

reconcentra a sus sanas hijas en las caducas

avenidas, y Rut y Rebeca proclaman

la novedad campestre de sus nucas.

Las pobres desterradas

de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis,

aroman la Metrópoli como granos de anís.

La parvada maltrecha

de alondras, cae aquí con el esfuerzo

fragante de las gotas de un arbusto

batido por el cierzo.

Improvisan su tienda

para medir, cuadrantes pesarosos,

la ruina de su paz y de su hacienda.

Ellas, las que soñaban

perdidas en los vastos aposentos,

duermen en hospedajes avarientos.

Propietarios de huertos y de huertas copiosas,

regatean las frutas y las rosas.

Con sus modas pasadas

y sus luengos zarcillos

y su mirar somero,

inmútanse a los brillos

de los escaparates de un joyero.

Y después, a evocar la sandía tropa

de pavos, y su susto manifiesto

cuando bajaban por aquel recuesto...

¡Oh siestas regalonas,

melindre ante la jícara que humea,

soponcio ante la recua intempestiva

que tumba las macetas de las pardas casonas;

lotería de nueces,

y Tenorio que flecha el historiado

postigo de las rejas antañonas!

Paso junto a las lentas fugitivas: no saben

en su desgarbo airoso y en su activo quietismo,

la derretida y pura

compensación que logra su ostracismo

sobre mi pecho, para ellas holgadamente

hospitalario, aprensivo y munificente.

Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas,

como si a mí viniese

la lúcida familia de las hadas,

porque oléis al opíparo destino

y al exaltado fuero

de los calabazates que sazona

el resol del Adviento, en la cornisa

recoleta y poltrona.


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