Naturaleza y Elementos
Jaime Torres Bodet
La Doble
como de día morena.
Cambiaba, a cada momento
de color y de tristeza,
y en jugar a los reflejos
se le iba la existencia,
como el niño que, en el mar,
quiere pescar una estrella
y no la puede tocar
porque su mano la quiebra.
De noche, cuando cantaba,
olía su cabellera
a luz, como un despertar
de pájaros en la selva,
y si cantaba en el sol
se hacía su voz tan lenta,
tan íntima, tan opaca,
que apenas iluminaba
el sitio que, entre la yerba,
alumbra al amanecer
el brillo de una luciérnaga.
¡Era de noche tan rubia
y de día tan morena!
Suspiraba sin razón
en lo mejor de las fiestas
y, puesta frente a la dicha,
se equivocaba de puerta.
No se atrevía a escoger
entre el oro de la mies
y el oro de la hoja seca,
y —tal vez por eso— no
supe jamás entenderla,
porque de noche era rubia
y de mañana morena...
Jaime Torres Bodet
La Doble
como de día morena.
Cambiaba, a cada momento
de color y de tristeza,
y en jugar a los reflejos
se le iba la existencia,
como el niño que, en el mar,
quiere pescar una estrella
y no la puede tocar
porque su mano la quiebra.
De noche, cuando cantaba,
olía su cabellera
a luz, como un despertar
de pájaros en la selva,
y si cantaba en el sol
se hacía su voz tan lenta,
tan íntima, tan opaca,
que apenas iluminaba
el sitio que, entre la yerba,
alumbra al amanecer
el brillo de una luciérnaga.
¡Era de noche tan rubia
y de día tan morena!
Suspiraba sin razón
en lo mejor de las fiestas
y, puesta frente a la dicha,
se equivocaba de puerta.
No se atrevía a escoger
entre el oro de la mies
y el oro de la hoja seca,
y —tal vez por eso— no
supe jamás entenderla,
porque de noche era rubia
y de mañana morena...
Jaime Torres Bodet
En Abril Ambición
Tuve una novia... ¡me parece que fue en abril!
RICARDO ARENALES
Ambición
I
Dame, Señor, la fuerza de un pétalo de rosa
capaz de sostener el perfume de un bosque...
II
Nada más, Poesía:
la más alta clemencia
está en la flor sombría
que da toda su esencia.
No busques otra cosa.
Corta, abrevia, resume,
¡No quieras que la rosa
dé más que su perfume!
Jaime Torres Bodet
Agosto
el canto fresco del río;
el viento lo ha dicho al bosque
y el bosque al viento y al río...
Va a llover... Crujen las ramas
y huele a sombra en los pinos...
Naufraga en verde el paisaje...
Pasan pájaros perdidos...
¡Qué solo te quedas tú
pobre corazón sin nido!
Jaime Torres Bodet
Agosto
el canto fresco del río;
el viento lo ha dicho al bosque
y el bosque al viento y al río...
Va a llover... Crujen las ramas
y huele a sombra en los pinos...
Naufraga en verde el paisaje...
Pasan pájaros perdidos...
¡Qué solo te quedas tú
pobre corazón sin nido!
Jaime Torres Bodet
Río
¡Agua en tus ojos claros!
Caer —¡subir!— en lo azul
transparente, casi blanco.
Cielo en el río del alba
—mi amor en tus ojos vagos—
oh, naufragar,
—¡ascender!—
¡siempre más hondo!
¡Más alto!
...Río en el amanecer...
Jaime Torres Bodet
Río
¡Agua en tus ojos claros!
Caer —¡subir!— en lo azul
transparente, casi blanco.
Cielo en el río del alba
—mi amor en tus ojos vagos—
oh, naufragar,
—¡ascender!—
¡siempre más hondo!
¡Más alto!
...Río en el amanecer...
Jaime Torres Bodet
Música Oculta
tanta flor oculta,
parece olorosa
la luz de la luna.
Como el cielo tiene
tanta estrella oculta
parece que brilla
la noche de luna.
Como el alma tiene
su música oculta,
parece que el alma
llora con la luna!...
Jaime Torres Bodet
Música Oculta
tanta flor oculta,
parece olorosa
la luz de la luna.
Como el cielo tiene
tanta estrella oculta
parece que brilla
la noche de luna.
Como el alma tiene
su música oculta,
parece que el alma
llora con la luna!...
Jaime Torres Bodet
La Primavera De La Aldea
bajó esta tarde a la ciudad,
con su cara de niña fea
y su vestido de percal.
Traía nidos en las manos
y le cantaba el corazón
como en los últimos manzanos
el trino del primer gorrión.
Tenía, como los duraznos,
de nieve y rosa hecha la piel
y sobre el lomo de los asnos
llevaba su panal de miel.
A la ciudad, la primavera
trajo del campo un suave olor
en las tinas de la lechera
y los jarros del aguador...
Jaime Torres Bodet
La Primavera De La Aldea
bajó esta tarde a la ciudad,
con su cara de niña fea
y su vestido de percal.
Traía nidos en las manos
y le cantaba el corazón
como en los últimos manzanos
el trino del primer gorrión.
Tenía, como los duraznos,
de nieve y rosa hecha la piel
y sobre el lomo de los asnos
llevaba su panal de miel.
A la ciudad, la primavera
trajo del campo un suave olor
en las tinas de la lechera
y los jarros del aguador...
Jaime Sabines
Me Encanta Dios
A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos
rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque
es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o
Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien.
Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez
grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña,
que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para
que la vida —no tú ni yo— la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang...
Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente
o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye
bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón
y travieso que el otro día descubrí que ha hecho —frente
al ataque de los antibióticos— ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos
de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera
increíble.
Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando
pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas,
caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres.
Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia —y se agita y crece— cuando
Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis
padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos,
la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más
antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce,
la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
Jaime Sabines
Me Encanta Dios
A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos
rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque
es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o
Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien.
Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez
grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña,
que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para
que la vida —no tú ni yo— la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang...
Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente
o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye
bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón
y travieso que el otro día descubrí que ha hecho —frente
al ataque de los antibióticos— ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos
de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera
increíble.
Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando
pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas,
caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres.
Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia —y se agita y crece— cuando
Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis
padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos,
la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más
antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce,
la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
Jaime Sabines
Tu Nombre
Trato de decir a oscuras todo esto. No quiero que nadie se entere, que
nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro
de la estancia, loco, lleno de ti, enamorado. Iluminado, ciego, lleno de
ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche,
lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo,
lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer.
Jaime Sabines
Para Hacer Funcionar A Las Estrellas
Para hacer funcionar a las estrellas es necesario apretar el botón
azul.
Las rosas están insoportables en el florero.
¿Por qué me levanto a las tres de la mañana mientras
todos duermen? ¿Mi corazón sonámbulo se pone a andar
sobre las azoteas detectando los crímenes, investigando el amor?
Tengo todas las páginas para escribir, tengo el silencio, la
soledad, el amoroso insomnio; pero sólo hay temblores subterráneos,
hojas de angustia que aplasta una serpiente en sombra. No hay nada que
decir: es el presagio, sólo el presagio de nuestro nacimiento.
Jaime Sabines
Adán Y Eva Iv
son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes
de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué?
Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote
cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se
encienden a diferentes horas?
Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración
es tranquilany tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías
decirlo todo sin aflicción, sin risas.
¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi
costado, no me dueles?
Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me
envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos
algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo.
Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las
noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo
a crecer como el día.
Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres
y que no has de darme nunca.
¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para
ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que
tuve.
Jaime Sabines
Miss X
llegó, por fin, a mi esperanza:
alrededor de sus ojos,
breve, infinita, sin saber nada.
Es ágil y limpia como el viento
tierno de la madrugada,
alegre y suave y honda
como la yerba bajo el agua.
Se pone triste a veces
con esa tristeza mural que en su cara
hace ídolos rápidos
y dibuja preocupados fantasmas.
Yo creo que es como una niña
preguntándole cosas a una anciana,
como un burrito atolondrado
entrando a una ciudad, lleno de paja.
Tiene también una mujer madura
que le asusta de pronto la mirada
y se le mueve dentro y le deshace
a mordidas de llanto las entrañas.
Miss X, sí, la que me ríe
y no quiere decir cómo se llama,
me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra,
que me ama pero que no me ama.
Yo la dejo que mueva la cabeza
diciendo no y no, que así me cansa,
y mi beso en su mano le germina
bajo la piel en paz semilla de alas.
Ayer la luz estuvo
todo el día mojada,
y Miss X salió con una capa
sobre sus hombros, leve, enamorada.
Nunca ha sido tan niña, nunca
amante en el tiempo tan amada.
El pelo le cayó sobre la frente,
sobre sus ojos, mi alma.
La tomé de la mano, y anduvimos
toda la tarde de agua.
¡Ah, Miss X, Miss X, escondida
flor del alba!
Usted no la amará, señor, no sabe.
Yo la veré mañana.
José Antonio Ramos Sucre
El Asno
Yo no podía sufrir la vivienda lóbrega
y discurría por la vega de la ciudad escolar.
Yo disfrutaba la soledad montado sobre un asno y me
detenía en presencia de un río sereno. Los pájaros
volaban al alcance de la mano y al amor de una ráfaga del
infinito. Yo buscaba en el seno de las nubes rasantes el origen de una
música de laúdes.
El senescal de un rey santo me había separado
de solicitar la salud por medio de las letras y me invitaba a abrazar
la humildad de las criaturas insipientes. El trato del senescal me
reposaba de la meditación febril.
El rey santo vivía afligido por los reparos
de una conciencia mórbida y se calificaba de soberbio al aceptar
de sus hermanos el ministerio de criados de su mesa. La etiqueta se
inspiraba en un paso de la Biblia.
El rey santo me había dirigido a pensar en
los rodeos y asaltos del diablo a las almas de los moribundos. El trote
modesto de mi cabalgadura facilitaba el arrobo y la pérdida de
mis facultades. El asno frugal y resignado, presente en las ceremonias
del culto, dividía conmigo la cuita suprema. Me salvó en
una carrera súbita al descubrir, en el enredo de unas
espadañas y lentejas fluviales, la obesidad innoble de una
esfinge de ojos oblicuos.
José Antonio Ramos Sucre
La Zarza De Los Médanos
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
José Antonio Ramos Sucre
La Merced De La Bruma
Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.
El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.
Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.
El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.
La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.
José Antonio Ramos Sucre
La Merced De La Bruma
Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.
El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.
Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.
El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.
La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.
José Antonio Ramos Sucre
El Olvido
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
José Antonio Ramos Sucre
El Resfrío
He leído en mi niñez las memorias de
una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio
más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un
libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de
piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la
lluvia en la soledad.
La heroína reposa de un galope consecutivo,
espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los
lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.
La artista arrojó desde su caballo al
sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio
de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la
linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos
peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el
marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.
Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la
atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la
oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce
inmenso.