Naturaleza y Elementos
Carlos Pellicer
Al Dejar Un Alma
se te van como sílabas los pájaros tardíos.
Meciéndose en los álamos el viento te descuentan
la dicha de tus ojos bebiéndose en los míos.
Alié mi pensamiento a tus goces sombríos
y gusté la dulzura de tus palabras lentas.
Tú alargaste crepúsculos en mis manos sedientas:
yo devolveré en el pan tus trágicos estíos.
Mis manos quedarán húmedas de tu seno.
De mis obstinaciones te quedará el veneno,
flotante flor de angustia que bautizó el destino.
De nuestros dos silencios ha de brotar un día
el agua luminosa que dé un azul divino
al fondo de cipreses de tu alma y de la mía.
Carlos Pellicer
El Canto Del Usumacinta
abriéndose paso entre sombras incendiadas,
arrancándose harapos de los gritos de nadie,
huyendo de los altos desórdenes de abajo,
con el cuchillo de la luz entre los dientes,
y así sonriente y límpida,
brotó el agua.
Y era la desnudez corriendo sola
surgida de su clara multitud,
que aflojó las amarras de sus piernas brillantes
y en el primer remanso puso la cara azul.
El agua, con el agua a la cintura,
dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido,
y era como el rumor de una escultura
que tapó con las manos sus aéreos oídos.
Agua de las primeras aguas, tan remota,
que al recordarla tiemblan los helechos
cuando la mano de la orilla frota
la soledad de los antiguos trechos.
Y el agua crece y habla y participa.
Sácala del torrente animador,
tiempo que la tormenta fertiliza;
el agua pide espacio agricultor.
Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.
Yo era un gran árbol tropical.
En mi cabeza tuve pájaros,
sobre mis piernas un jaguar.
Junto a mí tramaba la noche
el complot de la soledad.
Por mi estatura derrumbaba el cielo
la casa grande de la tempestad.
En mí se han amado las fuerzas de origen:
el fuego y el aire, la tierra y el mar.
Y éste es el canto del Usumacinta
que viene de muy allá
y al que acompañan, desde hace siglos, dando la vida,
el Lakantún y el Lakanjá.
Ay, las hermosas palabras,
que sí se van,
que no se irán!
¿En dónde está mi corazón
atravesado por una flecha?
La garza blanca vuela, vuela como una fecha
sobre un campo de concentración.
Porque el árbol de la vida,
sangra.
Y la noche herida,
sangra.
Y el camino de la partida,
sangra.
Y el águila de la caída,
sangra.
Y la ventaja del amanecer, cedida,
sangra.
¿De quién es este cuello ahorcado?
Oíd la gritería a media noche.
Todo lo que en mí ya solamente palpo
es la sombra que me esconde.
Empieza a llover
en el tablado de la tempestad
y la anchura del agua abandonada
disminuye la nave de su seguridad.
Es la gran noche errónea. Nada y nadie la ocupan.
Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo.
La gran boa del viento se estranguló en la ceiba
que defiende energúmena, su cantidad de tiempo.
Se canta el canto del Usumacinta,
que viene de tan allá,
y al que acompañan, dando la vida
el Lakantún y el Lakanjá.
En una jornada de millones de años
partió el gran río la serranía en dos.
Y en remolinos de sombrío júbilo
creó el festival de su frutal furor.
Los manteles de su mesa son más anchos que el horizonte.
Pedid, y no acabaréis.
En el cielo de toda su noche,
una alegría planetaria nos hace languidecer.
Ésta es la parte del mundo
en que el piso se sigue construyendo.
Los que allí nacimos tenemos una idea propia
de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.
Se me vuelven tiendas de campo los pulmones,
cuando pienso en este río tropical,
y así en mi sangre se pudre la vida
de tanto ser energía
en soledad antigua o en presente caudal.
Cuando me llega el ruido de hachazos
de la palabra Izankanak,
me abunda el alma hasta salirme a los ojos
y oigo el plumaje golpe de un águila herida por el
huracán.
Un mundo vegetal que trabaja cien horas diarias,
me ha visto pasar en pos de la noche y del alba.
Reconoció en mis ojos el poderoso espejo;
reconoció en mi boca fidelidad madura.
Vio en mis manos la caña que aflautó el aire húmedo
y le mostré mi pecho en que se oye la lluvia.
Mirando el río de aquellos días que el sol engríe,
al verde fuego de las orillas robé volumen
y entre las luces de lo que ríe, lo que sonríe,
es un jacinto que boga al sueño de otro perfume.
El pájaro turquesa
se engarzó en la penumbra de un retoño
y entre verdes azules canta y brilla
mientras la hembra gris calla de gozo.
Mirando el río de aquellas tardes
junté las manos para beberlo.
Por mi garganta pasaba un ave,
pasaba el cielo.
Mirando el río
di poca sombra:
todo era mío.
Todas pintadas, jamás extintas,
son estas aguas, río de monos, Usumacinta.
En tu grandeza
con esplendores reconfortaste savia y tristeza.
Te descubrí,
y en ese instante
tras un diamante
solté un rubí:
de asombro existo,
preclara cosa
sangre dichosa
de haberte visto.
Robé a tu geografía
su riqueza continua de solemne alegría.
El que tumbe así el árbol de que estoy hecho
va a encontrar tus rumores entre mi pecho.
Y es un cantar a cántaros,
y es la nube de pájaros
y es tu lodo botánico.
En las sombras históricas de tu destino
cien ciudades murieron en tu camino.
Atadas de pies y manos
están esas ciudades.
Entre una jauría de árboles desmanes
se moduló la sílaba final de esas edades.
Los hombres de un tiempo del río
la frente se hacían en talud;
y el resplandor terrestre de sus avíos
les dio una honda gracia de juventud.
Sonreían con las manos
como alguien que ha podido tocar la luz.
¡Ay, las hermosas palabras,
que sí se irán,
que no se irán!
Lo que acontece ya en mi memoria cunde en mis labios,
con Uaxaktún,
con Yaxchilán.
Después fueron los paisajes sumergidos
y el sagrado maíz se pudrió.
Y en las ciudades desalojadas,
el reinado de las orquídeas se inició.
Así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta,
aun en la corteza de los viejos árboles
se encoge el terror.
El hombre abandonado que ahora lo puebla
fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el amor.
Eres el agua grande de mi tierra.
La tremenda dinámica del ocio tropical.
El hombre en ti es ahora la piedra que habla
entre el reino animal y el reino vegetal.
Por el hueco de un árbol podrido
pasa el verde silencio del quetzal.
Es una rama póstuma.
Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que declarar.
La sapientísima serpiente,
lo llevó un día sobre su frente cenital.
¿En dónde está mi corazón
partido en dos por una flecha?
La garza blanca vuela, vuela como una fecha
sobre un campo de concentración.
¡Ay, las hermosas palabras,
que sí se van...,
que no se irán
deste canto del Usumacinta,
que brotó de tan acá,
y al que acompañan, dando la vida, desde hace siglos,
el Lakantún y el Lakanjá.
Porque de el fondo del río
he sacado mi mano y la he puesto a cantar.
9 de mayo de 1947.
Carlos Pellicer
El Canto Del Usumacinta
abriéndose paso entre sombras incendiadas,
arrancándose harapos de los gritos de nadie,
huyendo de los altos desórdenes de abajo,
con el cuchillo de la luz entre los dientes,
y así sonriente y límpida,
brotó el agua.
Y era la desnudez corriendo sola
surgida de su clara multitud,
que aflojó las amarras de sus piernas brillantes
y en el primer remanso puso la cara azul.
El agua, con el agua a la cintura,
dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido,
y era como el rumor de una escultura
que tapó con las manos sus aéreos oídos.
Agua de las primeras aguas, tan remota,
que al recordarla tiemblan los helechos
cuando la mano de la orilla frota
la soledad de los antiguos trechos.
Y el agua crece y habla y participa.
Sácala del torrente animador,
tiempo que la tormenta fertiliza;
el agua pide espacio agricultor.
Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.
Yo era un gran árbol tropical.
En mi cabeza tuve pájaros,
sobre mis piernas un jaguar.
Junto a mí tramaba la noche
el complot de la soledad.
Por mi estatura derrumbaba el cielo
la casa grande de la tempestad.
En mí se han amado las fuerzas de origen:
el fuego y el aire, la tierra y el mar.
Y éste es el canto del Usumacinta
que viene de muy allá
y al que acompañan, desde hace siglos, dando la vida,
el Lakantún y el Lakanjá.
Ay, las hermosas palabras,
que sí se van,
que no se irán!
¿En dónde está mi corazón
atravesado por una flecha?
La garza blanca vuela, vuela como una fecha
sobre un campo de concentración.
Porque el árbol de la vida,
sangra.
Y la noche herida,
sangra.
Y el camino de la partida,
sangra.
Y el águila de la caída,
sangra.
Y la ventaja del amanecer, cedida,
sangra.
¿De quién es este cuello ahorcado?
Oíd la gritería a media noche.
Todo lo que en mí ya solamente palpo
es la sombra que me esconde.
Empieza a llover
en el tablado de la tempestad
y la anchura del agua abandonada
disminuye la nave de su seguridad.
Es la gran noche errónea. Nada y nadie la ocupan.
Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo.
La gran boa del viento se estranguló en la ceiba
que defiende energúmena, su cantidad de tiempo.
Se canta el canto del Usumacinta,
que viene de tan allá,
y al que acompañan, dando la vida
el Lakantún y el Lakanjá.
En una jornada de millones de años
partió el gran río la serranía en dos.
Y en remolinos de sombrío júbilo
creó el festival de su frutal furor.
Los manteles de su mesa son más anchos que el horizonte.
Pedid, y no acabaréis.
En el cielo de toda su noche,
una alegría planetaria nos hace languidecer.
Ésta es la parte del mundo
en que el piso se sigue construyendo.
Los que allí nacimos tenemos una idea propia
de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.
Se me vuelven tiendas de campo los pulmones,
cuando pienso en este río tropical,
y así en mi sangre se pudre la vida
de tanto ser energía
en soledad antigua o en presente caudal.
Cuando me llega el ruido de hachazos
de la palabra Izankanak,
me abunda el alma hasta salirme a los ojos
y oigo el plumaje golpe de un águila herida por el
huracán.
Un mundo vegetal que trabaja cien horas diarias,
me ha visto pasar en pos de la noche y del alba.
Reconoció en mis ojos el poderoso espejo;
reconoció en mi boca fidelidad madura.
Vio en mis manos la caña que aflautó el aire húmedo
y le mostré mi pecho en que se oye la lluvia.
Mirando el río de aquellos días que el sol engríe,
al verde fuego de las orillas robé volumen
y entre las luces de lo que ríe, lo que sonríe,
es un jacinto que boga al sueño de otro perfume.
El pájaro turquesa
se engarzó en la penumbra de un retoño
y entre verdes azules canta y brilla
mientras la hembra gris calla de gozo.
Mirando el río de aquellas tardes
junté las manos para beberlo.
Por mi garganta pasaba un ave,
pasaba el cielo.
Mirando el río
di poca sombra:
todo era mío.
Todas pintadas, jamás extintas,
son estas aguas, río de monos, Usumacinta.
En tu grandeza
con esplendores reconfortaste savia y tristeza.
Te descubrí,
y en ese instante
tras un diamante
solté un rubí:
de asombro existo,
preclara cosa
sangre dichosa
de haberte visto.
Robé a tu geografía
su riqueza continua de solemne alegría.
El que tumbe así el árbol de que estoy hecho
va a encontrar tus rumores entre mi pecho.
Y es un cantar a cántaros,
y es la nube de pájaros
y es tu lodo botánico.
En las sombras históricas de tu destino
cien ciudades murieron en tu camino.
Atadas de pies y manos
están esas ciudades.
Entre una jauría de árboles desmanes
se moduló la sílaba final de esas edades.
Los hombres de un tiempo del río
la frente se hacían en talud;
y el resplandor terrestre de sus avíos
les dio una honda gracia de juventud.
Sonreían con las manos
como alguien que ha podido tocar la luz.
¡Ay, las hermosas palabras,
que sí se irán,
que no se irán!
Lo que acontece ya en mi memoria cunde en mis labios,
con Uaxaktún,
con Yaxchilán.
Después fueron los paisajes sumergidos
y el sagrado maíz se pudrió.
Y en las ciudades desalojadas,
el reinado de las orquídeas se inició.
Así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta,
aun en la corteza de los viejos árboles
se encoge el terror.
El hombre abandonado que ahora lo puebla
fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el amor.
Eres el agua grande de mi tierra.
La tremenda dinámica del ocio tropical.
El hombre en ti es ahora la piedra que habla
entre el reino animal y el reino vegetal.
Por el hueco de un árbol podrido
pasa el verde silencio del quetzal.
Es una rama póstuma.
Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que declarar.
La sapientísima serpiente,
lo llevó un día sobre su frente cenital.
¿En dónde está mi corazón
partido en dos por una flecha?
La garza blanca vuela, vuela como una fecha
sobre un campo de concentración.
¡Ay, las hermosas palabras,
que sí se van...,
que no se irán
deste canto del Usumacinta,
que brotó de tan acá,
y al que acompañan, dando la vida, desde hace siglos,
el Lakantún y el Lakanjá.
Porque de el fondo del río
he sacado mi mano y la he puesto a cantar.
9 de mayo de 1947.
Carlos Pellicer
Cuatro Cantos En Mi Tierra
Tabasco en sangre madura
y en mi su poder sangró.
Agua y tierra el sol se jura;
y en nubarrón de espesura
la joven tierra surgió.
Tus hidrógenos caminos
a toda voz transité
y en tu oxígeno silbé
mis pulmones campesinos.
A puños sembré mi vida
de tu fuerza vendaval
que azúcar cañaveral
espolvorea en la huida.
El tiempo total verdea
y el espacio quema y brilla.
El agua mete la quilla
y de monte a mar sondea.
Pedacería de espejo.
La selva, encerrada, ulula.
Casi por cada reflejo
pájaro que se modula.
Más agua que tierra. Aguaje
para prolongar la sed.
La tierra vive a merced
del agua que suba o baje.
Cuando la selva repasa
su abecedario animal
relámpago vertebral
de caoba a cedro pasa.
Flota de isletas fluviales
varó en flor la soledad.
Son de todo eternidad
y de nada temporales.
El mediodía tajado
de algún fruto tropical
tiene un sabor de cristal
sonoramente mojado.
Hay en la noche un instante
de vida, que si durara,
húmeda la muerte alzara
cual un terrible diamante.
Y a veces en la ribera
es tan fina la mañana
que la sonrisa primera
todo el día nos hermana.
Tiempo de Tabasco; en hondo
suspiro te gozo así.
Contigo, cerca de mí
tiempo de morir escondo.
Arde en Tabasco la vida
de tal suerte, que la muerte
vive por morir hendida,
de un gran hachazo de vida
que da, sin querer, la suerte.
II
La ceiba es un árbol gris
de gigantesca figura.
Se ve su musculatura
medio manchada de gis.
Es el árbol que hace todo;
yo lo he visto trabajar
y en la tarde modelar
sus pajaritos de lodo.
Ceiba desnuda y campal
cuya fuerza liberó
bosque y cielo y estrenó
su claro de matorral.
En desnudo pugilato
parece que así despejas
el campo y que le aconsejas
a todo árbol buen recato.
Navegando por el río,
súbitamente apareces.
Te he visto así, tantas veces,
y el asombro es siempre mío.
Cuando en el atardecer
todo Tabasco decrece
y el aire en los cielos mece
lo que ya no pudo ser,
con qué bárbara grandeza
das la razón al paisaje
que con oscura certeza
se adueñó de algún celaje
con que así la noche empieza.
Ceiba te dije y te digo:
colgaré mí corazón
de un retoño de tu abrigo;
tendrá su sangre contigo
altura y vegetación.
III
Una laguna que llega
y una laguna que va.
Si la luz de frente anega
o la luz de lado da
el jacintal que congrega
su poesía despliega
que en mi voz cintilará.
Hay más laguna que luna
en la noche que es tan clara.
Semeja que el cielo usara
luz modal de la laguna.
Hay más laguna que luna.
Tiempo lagunar que cabe
para siempre en nuestra vida.
Que no se cierre la herida
que por su boca se sabe
la llegada y la partida.
Estábamos la laguna
y yo.
Como esa noche...
Con más laguna que luna
la noche se desnudó.
Sudor de intemperie humana
que el aire sutil saló
y en su humedad levantó
flor lujuria rusticana.
Tu adolescencia suspira
junto a mi pecho velludo.
El tiempo es tiempo desnudo
y su largo cuerpo estira.
Si por besarte viví
con más laguna que luna,
fue más luna que bebí
que el agua de la laguna
que a raya en cielos tendí.
Como esa noche...
IV
El agua es laguna o río.
Un espejo se quebró.
Por todos lados miró
la desnudez del estío.
Con el agua a la rodilla
vive Tabasco. Así dama
de abril a octubre la flama
que hace callar toda arcilla.
Si por boca de la selva
largó la verdad su grito,
miente el silencio infinito
del agua que el agua envuelva.
Llueve lejos, por la sierra.
Llueve a tambor y clarín.
Toro del agua, festín
corre por toda la tierra.
Joven terrón cuaternario,
por tu cuerpo de aluvión
sangra el verde corazón
de tu enorme pecho agrario.
Lo que muere y lo que vive
junto al agua vive y muere.
Si en lluvia el cielo así quiere
moje su noche en aljibe.
Más agua que tierra. Aguaje
para prolongar la sed.
La tierra vive a merced
del agua que suba o baje.
Brillan los laguneríos;
en la tarde tropical
actitud de garza real
torna el aire de los ríos.
La noche en lluvia y batracio
retiñe el nocturno verde
y al otro día se muerde
verde el verde del espacio.
Agua de Tabasco vengo
y agua de Tabasco voy.
De agua hermosa es mi abolengo;
y es por eso que aquí estoy
dichoso con lo que tengo.
Villahermosa, Tabasco, 1943.
Carlos Pellicer
Cuatro Cantos En Mi Tierra
Tabasco en sangre madura
y en mi su poder sangró.
Agua y tierra el sol se jura;
y en nubarrón de espesura
la joven tierra surgió.
Tus hidrógenos caminos
a toda voz transité
y en tu oxígeno silbé
mis pulmones campesinos.
A puños sembré mi vida
de tu fuerza vendaval
que azúcar cañaveral
espolvorea en la huida.
El tiempo total verdea
y el espacio quema y brilla.
El agua mete la quilla
y de monte a mar sondea.
Pedacería de espejo.
La selva, encerrada, ulula.
Casi por cada reflejo
pájaro que se modula.
Más agua que tierra. Aguaje
para prolongar la sed.
La tierra vive a merced
del agua que suba o baje.
Cuando la selva repasa
su abecedario animal
relámpago vertebral
de caoba a cedro pasa.
Flota de isletas fluviales
varó en flor la soledad.
Son de todo eternidad
y de nada temporales.
El mediodía tajado
de algún fruto tropical
tiene un sabor de cristal
sonoramente mojado.
Hay en la noche un instante
de vida, que si durara,
húmeda la muerte alzara
cual un terrible diamante.
Y a veces en la ribera
es tan fina la mañana
que la sonrisa primera
todo el día nos hermana.
Tiempo de Tabasco; en hondo
suspiro te gozo así.
Contigo, cerca de mí
tiempo de morir escondo.
Arde en Tabasco la vida
de tal suerte, que la muerte
vive por morir hendida,
de un gran hachazo de vida
que da, sin querer, la suerte.
II
La ceiba es un árbol gris
de gigantesca figura.
Se ve su musculatura
medio manchada de gis.
Es el árbol que hace todo;
yo lo he visto trabajar
y en la tarde modelar
sus pajaritos de lodo.
Ceiba desnuda y campal
cuya fuerza liberó
bosque y cielo y estrenó
su claro de matorral.
En desnudo pugilato
parece que así despejas
el campo y que le aconsejas
a todo árbol buen recato.
Navegando por el río,
súbitamente apareces.
Te he visto así, tantas veces,
y el asombro es siempre mío.
Cuando en el atardecer
todo Tabasco decrece
y el aire en los cielos mece
lo que ya no pudo ser,
con qué bárbara grandeza
das la razón al paisaje
que con oscura certeza
se adueñó de algún celaje
con que así la noche empieza.
Ceiba te dije y te digo:
colgaré mí corazón
de un retoño de tu abrigo;
tendrá su sangre contigo
altura y vegetación.
III
Una laguna que llega
y una laguna que va.
Si la luz de frente anega
o la luz de lado da
el jacintal que congrega
su poesía despliega
que en mi voz cintilará.
Hay más laguna que luna
en la noche que es tan clara.
Semeja que el cielo usara
luz modal de la laguna.
Hay más laguna que luna.
Tiempo lagunar que cabe
para siempre en nuestra vida.
Que no se cierre la herida
que por su boca se sabe
la llegada y la partida.
Estábamos la laguna
y yo.
Como esa noche...
Con más laguna que luna
la noche se desnudó.
Sudor de intemperie humana
que el aire sutil saló
y en su humedad levantó
flor lujuria rusticana.
Tu adolescencia suspira
junto a mi pecho velludo.
El tiempo es tiempo desnudo
y su largo cuerpo estira.
Si por besarte viví
con más laguna que luna,
fue más luna que bebí
que el agua de la laguna
que a raya en cielos tendí.
Como esa noche...
IV
El agua es laguna o río.
Un espejo se quebró.
Por todos lados miró
la desnudez del estío.
Con el agua a la rodilla
vive Tabasco. Así dama
de abril a octubre la flama
que hace callar toda arcilla.
Si por boca de la selva
largó la verdad su grito,
miente el silencio infinito
del agua que el agua envuelva.
Llueve lejos, por la sierra.
Llueve a tambor y clarín.
Toro del agua, festín
corre por toda la tierra.
Joven terrón cuaternario,
por tu cuerpo de aluvión
sangra el verde corazón
de tu enorme pecho agrario.
Lo que muere y lo que vive
junto al agua vive y muere.
Si en lluvia el cielo así quiere
moje su noche en aljibe.
Más agua que tierra. Aguaje
para prolongar la sed.
La tierra vive a merced
del agua que suba o baje.
Brillan los laguneríos;
en la tarde tropical
actitud de garza real
torna el aire de los ríos.
La noche en lluvia y batracio
retiñe el nocturno verde
y al otro día se muerde
verde el verde del espacio.
Agua de Tabasco vengo
y agua de Tabasco voy.
De agua hermosa es mi abolengo;
y es por eso que aquí estoy
dichoso con lo que tengo.
Villahermosa, Tabasco, 1943.
Carlos Pellicer
Nocturno Del Mar Amor
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.
Lo que con sólo pensar
la dulce lengua salé
y al callar
cárcel de espumas sellé.
Noche de naves ancló
y en mi corazón caí.
Lo que desapareció,
ya está aquí.
Vivía un reflejo verde
que enrollaba el agua oscura.
Yo sé que el amor se pierde
junto a la noche más pura.
¡Ay de mi vida!
Puesta a lo largo del mar
sólo le queda mirar
un paisaje con herida.
Media noche fue en el cielo
que una nube fue a traer.
Pérdida de todo vuelo,
tiempo sangrado al correr.
En sombrías sonajeras
el agua su aire mojó
y oleajes desenrolló
ronca de angustias postreras.
Toda la noche a los cielos
mi corazón fui a llevar
por destruir un estelar
horario de desconsuelos.
Entre los dos viva muerte
secamente retoñó
y la luna la enyesó
con calmas de mala suerte.
¡Voces inútiles siempre!
Cuanto en el alma tajé
pudrió la noche septiembre
como quien rompe un quinqué.
Tu perfil en el espacio
pájaros sonidos daba
y el dolor de lo que acaba
puso el mar en tiempo lacio.
Toda la noche la cita
fue munendo de amargura.
Llorar era una llanura
desde una tarde infinita.
Casi un año, y el puñal
intocable y solitario
gotea el aniversario
con silencioso caudal.
Bella columna sonora,
tu caída partió en dos
la gloria de un semidiós
retocada por la aurora.
Volver a decir: ¡el mar!
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.
Junio trajo tu recuerdo,
sin querer.
Así gano lo que pierdo
moviendo mi oscurecer.
Junio y el mar tropical
descendido a oscuridades,
soledad de soledades
todo el olvido naval.
Abro el cielo y cuelgo estrellas.
Y aguas con luces remotas
esclarecen mis derrotas
moradas sobre sus huellas.
Puse en sus manos el mar
y del azul rebosante
todo un día declinante
quisiste desembarcar.
Pensar en ti será siempre
la dicha de haber vivido
cerca de ti, tan herido
una noche de septiembre.
Dije al mar: tu sangre es mía.
¡Cuánta amargura en el canto!
(Si fuera por lo que canto,
todo el mar me ceñiría).
Surge una nube, y la nave
sobrenada; silenciosa,
se distribuye la rosa
de los vientos en que cabe.
¡Ay de mí, ay de la mar
que saló en el horizonte
la esperanza de algún monte
donde lo azul encontrar!
Porque lo azul de la mar
es la distancia del cielo,
la entonación de un pañuelo
que se ha dejado llorar.
Y lo azul en lejanía
monte montaña será
soledad de poesía,
donde la noche vendría
sin sombra de lo que está.
Digo —y aquí me despido—
con sonoridad ligera,
que esta voz que nunca cuido
—nomeolvides, no me olvido—
cruce cada primavera
siempre fiel a lo que ha sido.
Con sonoridad ligera,
siempre fiel a lo que ha sido.
Carlos Pellicer
Cedro Y Caoba
A Ramón Galguera Noverola
Cedro y caoba,
la tarde baja
de garza en garza
y ahonda al río,
ligeramente,
lo que se canta.
Cedro y caoba
viven pareja del paraíso
cuya manzana mi sangre moja.
Al pie del cedro,
húmedo aroma.
Por su paloma
torcaz y cielo, subió una rama
sonoramente dodecaedro.
Franjas tardías
queman el cielo de una caoba.
Aire jilguero, y entre sus brazos,
la tarde toma.
¡Ay tarde sola
que te desgajas
cedro y caoba!
Sin que se quiera,
vuela una garza,
con tal belleza,
que tal semeja que así volara
por vez primera.
Restira el cielo
mantas azules
para la garza que sigue el vuelo.
Tanto su tiempo la tarde extiende,
que en dos azules
uno despide y el otro vuelve.
Azul en sombra
lucero tiene.
Azul en luces
sus luces vence.
Hora del mundo
que el alma toma,
en soledades
cedro y caoba.
Cedro y caoba,
¡pareja sola!
En mi garganta,
collar recuerdos
junta sus perlas para cerrarla.
(Si hay una queja
no hay una lágrima).
La tarde cae
ya entre un reguero
de estrella-tardes.
De alguna herida
se oye la sangre.
Tengo las manos sobre mi pecho.
Cruza una garza,
y el viento sale.
¿Salió de un cedro?
¿De una caoba?
Viento que rozas:
¿Por qué rosales llenos de espinas
pasaste ahora?
No aspirarte sería
talar el bosque-cedro y caoba.
Tálamo sólo
—caoba y cedro—.
Un rumor de silencio
brota del pecho.
Y un olor de caobas
bajo los cedros
abre noches fluviales
habitadas de luces y de luceros.
Tabasco, 1943.
Carlos Pellicer
Cedro Y Caoba
A Ramón Galguera Noverola
Cedro y caoba,
la tarde baja
de garza en garza
y ahonda al río,
ligeramente,
lo que se canta.
Cedro y caoba
viven pareja del paraíso
cuya manzana mi sangre moja.
Al pie del cedro,
húmedo aroma.
Por su paloma
torcaz y cielo, subió una rama
sonoramente dodecaedro.
Franjas tardías
queman el cielo de una caoba.
Aire jilguero, y entre sus brazos,
la tarde toma.
¡Ay tarde sola
que te desgajas
cedro y caoba!
Sin que se quiera,
vuela una garza,
con tal belleza,
que tal semeja que así volara
por vez primera.
Restira el cielo
mantas azules
para la garza que sigue el vuelo.
Tanto su tiempo la tarde extiende,
que en dos azules
uno despide y el otro vuelve.
Azul en sombra
lucero tiene.
Azul en luces
sus luces vence.
Hora del mundo
que el alma toma,
en soledades
cedro y caoba.
Cedro y caoba,
¡pareja sola!
En mi garganta,
collar recuerdos
junta sus perlas para cerrarla.
(Si hay una queja
no hay una lágrima).
La tarde cae
ya entre un reguero
de estrella-tardes.
De alguna herida
se oye la sangre.
Tengo las manos sobre mi pecho.
Cruza una garza,
y el viento sale.
¿Salió de un cedro?
¿De una caoba?
Viento que rozas:
¿Por qué rosales llenos de espinas
pasaste ahora?
No aspirarte sería
talar el bosque-cedro y caoba.
Tálamo sólo
—caoba y cedro—.
Un rumor de silencio
brota del pecho.
Y un olor de caobas
bajo los cedros
abre noches fluviales
habitadas de luces y de luceros.
Tabasco, 1943.
Carlos Pellicer
Talle Y Sabor
A Joel Santiago
Talle y sabor,
palmeras y tamarindos,
dénselo al río
talle y sabor; dánzalo, río,
líbalo.
Palmeras y tamarindos,
dicen las voces
anaranjadas del mediodía
que el sol madura.
Por mi garganta
verde-limones gotas adulan
sabor dorado que tiene estrías.
Es la saliva
del tamarindo que en lides ácidas
es amarilla.
Hay una sombra de tamarindos
adormecida.
El río escurre
su vidrio tibio
y en sus orillas de vidriería
varó el jacinto su balsa verde
jardín de ojeras
en que una gota de alcohol se quema
al fuego soplo del mediodía.
Una palmera:
acción al vértice
que impulse curvas a todos lados.
Lo vertical
girado en círculos que alcen columna,
y arcos y flechas
a cielo surjan.
Una palmera
suspende el ramo del mediodía
y lo hechicera.
Talle sin túnica,
cuello sonoro,
palma palmera.
Los palmerales junto a los ríos
en grupos firmes
su vida templan.
Una palmera
es un objeto sin nombre; algo
que el mediodía sostiene y llena.
¡Con cuánto acento
yo lo dijera
si yo pudiera!
Palmeras y tamarindos
viven al río
junto a jacintos.
Se redondea
la luz, y suda
la luz desnuda del mediodía.
Arde la esfera
frutal del trópico.
La banderola de un airecillo
promueve frotes
sobre la copa de un tamarindo.
El sol, al centro de cuanto vive,
se paraliza.
En un momento,
no queda nada.
Y en otro instante, todo reinicia,
y el tiempo brota por todas partes
en un tremendo trajín de vida.
Talle que cumple
goce perfecto:
tú eres, palmera,
paisaje esbelto.
Sabor de luces
baja a la tierra:
árbol entero
te saborea.
Algo en mi sangre
se dice dueño...
Palmeras y tamarindos:
aquí los traje, y aquí los tengo.
Tabasco, 1943.
Carlos Pellicer
Talle Y Sabor
A Joel Santiago
Talle y sabor,
palmeras y tamarindos,
dénselo al río
talle y sabor; dánzalo, río,
líbalo.
Palmeras y tamarindos,
dicen las voces
anaranjadas del mediodía
que el sol madura.
Por mi garganta
verde-limones gotas adulan
sabor dorado que tiene estrías.
Es la saliva
del tamarindo que en lides ácidas
es amarilla.
Hay una sombra de tamarindos
adormecida.
El río escurre
su vidrio tibio
y en sus orillas de vidriería
varó el jacinto su balsa verde
jardín de ojeras
en que una gota de alcohol se quema
al fuego soplo del mediodía.
Una palmera:
acción al vértice
que impulse curvas a todos lados.
Lo vertical
girado en círculos que alcen columna,
y arcos y flechas
a cielo surjan.
Una palmera
suspende el ramo del mediodía
y lo hechicera.
Talle sin túnica,
cuello sonoro,
palma palmera.
Los palmerales junto a los ríos
en grupos firmes
su vida templan.
Una palmera
es un objeto sin nombre; algo
que el mediodía sostiene y llena.
¡Con cuánto acento
yo lo dijera
si yo pudiera!
Palmeras y tamarindos
viven al río
junto a jacintos.
Se redondea
la luz, y suda
la luz desnuda del mediodía.
Arde la esfera
frutal del trópico.
La banderola de un airecillo
promueve frotes
sobre la copa de un tamarindo.
El sol, al centro de cuanto vive,
se paraliza.
En un momento,
no queda nada.
Y en otro instante, todo reinicia,
y el tiempo brota por todas partes
en un tremendo trajín de vida.
Talle que cumple
goce perfecto:
tú eres, palmera,
paisaje esbelto.
Sabor de luces
baja a la tierra:
árbol entero
te saborea.
Algo en mi sangre
se dice dueño...
Palmeras y tamarindos:
aquí los traje, y aquí los tengo.
Tabasco, 1943.
Carlos Pellicer
Discurso Por Las Flores
es el lirio morado la que mas me alucina.
Andando una mañana solo por Palestina,
algo de mi conciencia con morados colores
tomó forma de flor y careció de espinas.
El aire con un pétalo tocaba las colinas
que inaugura la piedra de los alrededores.
Ser flor es ser un poco de colores con brisa.
Sueño de cada flor la mañana revisa
con los dedos mojados y los pómulos duros
de ponerse en la cara la humedad de tos muros,
El reino vegetal es un país lejano
aun cuando nosotros creámoslo a la mano.
Difícil es llegar a esbeltas latitudes;
mejor que doña Brújula, los jóvenes laúdes.
Las palabras con ritmo —camino del poema—
se adhieren a la intacta sospecha de una yema.
Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila.
Cuando a un árbol le doy la rama de mi mano
siento la conexión y lo que se destila
en el alma cuando alguien está junto a un hermano.
Hace poco, en Tabasco, la gran ceiba de Atasta
me entregó cinco rumbos de su existencia. Izó
las más altas banderas que en su memoria vasta
el viento de los siglos inútilmente ajó.
Estar árbol a veces, es quedarse mirando
(sin dejar de crecer) el agua humanidad
y llenarse de pájaros para poder, cantando,
reflejar en las ondas quietud y soledad.
Ser flor es ser un poco de colores con brisa;
la vida de una flor cabe en una sonrisa.
Las orquídeas penumbras mueren de una mirada
mal puesta de los hombres que no saben ver nada.
En los nidos de orquídeas la noche pone un huevo
y al otro día nace color de color nuevo.
La orquídea es una flor de origen submarino.
Una vez a unos hongos, allá por Tepoztlán,
los hallé recordando la historia y el destino
de esas flores que anidan tan distantes del mar.
Cuando el nopal florece hay un ligero aumento
de luz. Por fuerza hidráulica el nopal multiplica
su imagen. Y entre espinas con que se da tormento,
momento colibrí a la flor califica.
El pueblo mexicano tiene dos obsesiones:
el gusto por la muerte y el amor a las flores.
Antes de que nosotros "habláramos castilla"
hubo un día del mes consagrado a la muerte;
había extraña guerra que llamaron florida
y en sangre los altares chorreaban buena suerte.
También el calendario registra un día flor.
Día Xóchitl, Xochipilli se desnudó al amor
de las flores. Sus piernas, sus hombros, sus rodillas
tienen flores. Sus dedos en hueco, tienen flores
frescas a cada hora. En su máscara brilla
la sonrisa profunda de todos los amores.
(Por las calles aún vemos cargadas de alcatraces
a esas jóvenes indias en que Diego Rivera
halló a través de siglos los eternos enlaces
de un pueblo en pie que siembra la misma
primavera).
A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido.
Vive de sangre y flor su recuerdo y su olvido.
(Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda
en mi lecho de piedra de agua clara y redonda).
Si está herido de rosas un jardín, los gorriones
le romperán con vidrio sonoros corazones
de gorriones de vidrio, y el rosal más herido
deshojará una rosa allá por los rincones,
donde los nomeolvides en silencio han sufrido.
Nada nos hiere tanto como hallar una flor
sepultada en las páginas de un libro. La lectura
calla; y en nuestros ojos, lo triste del amor
humedece la flor de una antigua ternura.
(Como ustedes han visto, señoras y señores,
hay tristeza también en esto de las flores).
Claro que en el clarísimo jardín de abril y mayo
todo se ve de frente y nada de soslayo.
Es uno tan jardín entonces que la tierra
mueve gozosamente la negrura que encierra,
y el alma vegetal que hay en la vida humana
crea el cielo y las nubes que inventan la mañana.
Estos mayos y abriles se alargan hasta octubre.
Todo el Valle de México de colores se cubre
y hay en su poesía de otoñal primavera
un largo sentimiento de esperanza que espera.
Siempre por esos días salgo al campo. (Yo siempre
salgo al campo). La lluvia y el hombre como siempre
hacen temblar el campo. Ese último jardín,
en el valle de octubre, tiene un profundo fin.
Yo quisiera decirle otra frase a la orquídea;
esa frase sería una frase lapídea;
mas tengo ya las manos tan silvestres que en vano
saldrían las palabras perfectas de mi mano.
Que la última flor de esta prosa con flores
séala un pensamiento. (De pensar lo que siento
al sentir lo que piensan las flores, los colores
de la cara poética los desvanece el viento
que oculta en jacarandas las palabras mejores).
Quiero que nadie sepa que estoy enamorado.
De esto entienden y escuchan solamente las flores.
A decir me acompañe cualquier lirio morado:
señoras y señores, aquí hemos terminado.
Carlos Pellicer
Poema En Tiempo Vegetal
A José Clemente Orozco
En este bosque en que los árboles
tienen historia
y se acompañan espaciosos
a tiempo en luz,
a tiempo en sombra,
saqueo al aire los flautines
en que los pájaros devoran
la soledad húmeda y viva
de la raíz y la memoria.
Sonoramente en cuerpo y alma
siento el calor
con que de enérgicas prisiones,
la luz solar se liberó.
Y estoy cantando entre los árboles
y en el follaje de mi voz
pican los pájaros del viento
lentos rincones de sabor.
Entrar a un bosque cuando el día
todo llanura
con braserillos y alfileres
a piernas ricas desanuda,
es desnudar un tronco andante
y echarlo al agua a que se una
con materiales inasibles
de olvido imágenes fortuna.
Entrar a un bosque es adueñarse
de la opulencia
con que la vida en un instante
todas sus márgenes florea,
y da a sentir su cuerpo claro,
hondo a rumores de sorpresa:
la repentina mariposa, la rama antigua que se quiebra,
lo que ceñido y desligado
se toma o deja;
algo que cae y no sabemos
qué fue y en dónde y por qué suena.
Es este bosque en que los árboles
saben hablar
de aquel silencio de obsidiana
que en fuego tuvo pedestal:
joven Cuauhtémoc que algún día
pudo sus rocas alegrar
con los dinámicos enlaces
de este gran bosque patriarcal.
Joven Cuauhtémoc silencioso,
¿qué amanecer o atardecer
fue aquí en la pluma de tu paso
tu atardecer, tu amanecer,
y en los rumores deshilados
de oculta brisa
te suspiraron gigantescos
los ahuehuetes de tu ser?
Joven Cuauhtémoc, este pueblo
de árboles, lleno de vivir,
tierra amarrada con raíces
oculta en ti,
gasta en el sol de su arboleda
tesorería varonil
¿por qué algún día tu persona
ha de volver a estar aquí?
En este bosque en que los árboles
saben callar,
he hablado a solas, he llorado
y hasta mis manos vino a dar
esa hoja que siempre cae
y que es, tal vez, una señal.
Y así en mi pecho empieza a alzarse
entre hojas secas vendaval.
Entrar a un bosque en que los árboles
tienen historia
y se acompañan espaciosos
a tiempo en luz, a tiempo en sombra,
vale como entrar a un huerto
tan lleno de frutos que todo es sombra
y en el que uno pasa sin tocar nada
porque la sed y el hambre habitan siempre
nuestra boca.
¡Cuántas veces el joven Cuauhtémoc
vendrá a este bosque
a soñar con un pueblo saludable,
lleno de justicia y no pobre!
Y cuando se retira se estremece
todo el follaje como un pulmón enorme.
¡Hermosos y fuertes árboles!
Como estos árboles han de ser un día
en México, los hombres.
El hombre árbol sus palabras
ha extendido.
La tierra de marzo abre su entraña,
pronto recibirá la semilla...
El maíz erigirá su vara
y en su talle la mazorca feliz
multiplicará su fécula sacra.
Sitúala en el hecho preciso,
oh tierra que, desnuda, te vestirás con el agua.
Porque, como el maíz y como el árbol
se siembra y sonríe y sombrea,
también, la palabra.
Carlos Pellicer
Poema En Tiempo Vegetal
A José Clemente Orozco
En este bosque en que los árboles
tienen historia
y se acompañan espaciosos
a tiempo en luz,
a tiempo en sombra,
saqueo al aire los flautines
en que los pájaros devoran
la soledad húmeda y viva
de la raíz y la memoria.
Sonoramente en cuerpo y alma
siento el calor
con que de enérgicas prisiones,
la luz solar se liberó.
Y estoy cantando entre los árboles
y en el follaje de mi voz
pican los pájaros del viento
lentos rincones de sabor.
Entrar a un bosque cuando el día
todo llanura
con braserillos y alfileres
a piernas ricas desanuda,
es desnudar un tronco andante
y echarlo al agua a que se una
con materiales inasibles
de olvido imágenes fortuna.
Entrar a un bosque es adueñarse
de la opulencia
con que la vida en un instante
todas sus márgenes florea,
y da a sentir su cuerpo claro,
hondo a rumores de sorpresa:
la repentina mariposa, la rama antigua que se quiebra,
lo que ceñido y desligado
se toma o deja;
algo que cae y no sabemos
qué fue y en dónde y por qué suena.
Es este bosque en que los árboles
saben hablar
de aquel silencio de obsidiana
que en fuego tuvo pedestal:
joven Cuauhtémoc que algún día
pudo sus rocas alegrar
con los dinámicos enlaces
de este gran bosque patriarcal.
Joven Cuauhtémoc silencioso,
¿qué amanecer o atardecer
fue aquí en la pluma de tu paso
tu atardecer, tu amanecer,
y en los rumores deshilados
de oculta brisa
te suspiraron gigantescos
los ahuehuetes de tu ser?
Joven Cuauhtémoc, este pueblo
de árboles, lleno de vivir,
tierra amarrada con raíces
oculta en ti,
gasta en el sol de su arboleda
tesorería varonil
¿por qué algún día tu persona
ha de volver a estar aquí?
En este bosque en que los árboles
saben callar,
he hablado a solas, he llorado
y hasta mis manos vino a dar
esa hoja que siempre cae
y que es, tal vez, una señal.
Y así en mi pecho empieza a alzarse
entre hojas secas vendaval.
Entrar a un bosque en que los árboles
tienen historia
y se acompañan espaciosos
a tiempo en luz, a tiempo en sombra,
vale como entrar a un huerto
tan lleno de frutos que todo es sombra
y en el que uno pasa sin tocar nada
porque la sed y el hambre habitan siempre
nuestra boca.
¡Cuántas veces el joven Cuauhtémoc
vendrá a este bosque
a soñar con un pueblo saludable,
lleno de justicia y no pobre!
Y cuando se retira se estremece
todo el follaje como un pulmón enorme.
¡Hermosos y fuertes árboles!
Como estos árboles han de ser un día
en México, los hombres.
El hombre árbol sus palabras
ha extendido.
La tierra de marzo abre su entraña,
pronto recibirá la semilla...
El maíz erigirá su vara
y en su talle la mazorca feliz
multiplicará su fécula sacra.
Sitúala en el hecho preciso,
oh tierra que, desnuda, te vestirás con el agua.
Porque, como el maíz y como el árbol
se siembra y sonríe y sombrea,
también, la palabra.
Carlos Pellicer
Horas De Junio
amor así, tan cerca de la muerte.
Junto a la estrella de la buena suerte
la luna nueva anúnciate la herida.
En un cielo de junio la escondida
noche te hace temblar pálido y fuerte;
el abismo creció por conocerte
robando al riesgo su sorpresa henchida.
Hiéreme así, dejándome en la herida
la sangre que no cuaja ni la muerte
—la llaga con la sangre de la vida—.
Ya estás herido por mi propia suerte
y somos la catástrofe emprendida
con todo nuestro ser desnudo y fuerte.
Éramos la materia de los cielos
que en círculos inútiles perece
sin dar el fuego cósmico que crece
sino apenas el ritmo de sus vuelos.
Energía de idénticos anhelos
que aleja y avecina y que los mece,
juntó en choque de fuerzas luz que acrece
la sombra en tierra de sus hondos cielos.
Y buscándome en ambos nuestra suerte
fluyó hacia tu esbeltez la fuerza fuerte
que al fin su espacio halló propio y profundo.
Salgo de ti y estoy en tu tristeza,
sales de mí y estás en tu belleza.
Las estrellas nos ven: ya hay otro mundo.
Eso que no se dice ni se canta
es sólo un nombre ¿acaso es un suspiro?
En la sangre celeste de un zafiro
tiene lugar, y tiempo, y voz levanta.
¿En qué número numen, qué garganta,
qué secreto feliz, a cuál retiro
donde sólo el suspiro de un suspiro
pase, te he de esconder, ventura tanta?
Si estas manos vacías ya están llenas
al pensar en tu ser —lecho de arenas
con que las aguas doran su camino—,
donde ponerlas, manos asombradas
de mostrarse desnudas al destino
y levantar al cielo llamaradas.
Carlos Pellicer
Grupos De Palomas
notas, claves, silencios, alteraciones,
modifican el ritmo de la loma.
La que se sabe tornasol afina
las ruedas luminosas de su cuello
con mirar hacia atrás a su vecina.
Le da al sol la mirada
y escurre en una sola pincelada
plan de vuelos a nubes campesinas.
Carlos Pellicer
Grupos De Palomas
notas, claves, silencios, alteraciones,
modifican el ritmo de la loma.
La que se sabe tornasol afina
las ruedas luminosas de su cuello
con mirar hacia atrás a su vecina.
Le da al sol la mirada
y escurre en una sola pincelada
plan de vuelos a nubes campesinas.
Carlos Pellicer
Que Se Cierre Esa Puerta
que no me deja estar a solas con tus besos.
Que se cierre esa puerta
por donde campos, sol y rosas quieren vernos.
Esa puerta por donde
la cal azul de los pilares entra
a mirar como niños maliciosos
la timidez de nuestras dos caricias
que no se dan porque la puerta, abierta...
Por razones serenas
pasamos largo tiempo a puerta abierta.
Y arriesgado es besarse
y oprimirse las manos, ni siquiera
mirarse demasiado, ni siquiera
callar en buena lid...
Pero en la noche
la puerta se echa encima de sí misma
y se cierra tan ciega y claramente
que nos sentimos ya, tú y yo, en campo abierto,
escogiendo caricias como joyas
ocultas en las noches con jardines
puestos en las rodillas de los montes,
pero solos tú y yo.
La mórbida penumbra
enlaza nuestros cuerpos y saquea
mi inédita ternura,
la fuerza de mis brazos que te agobian
tan dulcemente, el gran beso insaciable
que se bebe a sí mismo
y en su espacio redime
lo pequeño de ilímites distancias...
Dichosa puerta que nos acompañas
cerrada, en nuestra dicha. Tu obstrucción
es la liberación de estas dos cárceles;
la escapatoria de las dos pisadas
idénticas que saltan a la nube
de la que se regresa en la mañana.
Carlos Marzal
La Lluvia En Regent´s Park
Y una suave neblina hará que se extravíe
la hierba en el perfil del horizonte,
los robles a lo lejos, las flores, los arriates.
Pausada, compasiva, descenderá la lluvia
hoy sobre el corazón de la ciudad,
su angustia, su estruendo,
sobre el mínimo infierno inabarcable
de cada pobre diablo.
Igual que aquella tarde en la que fui feliz,
igual que aquella lluvia
que me purificó, caritativa.
En las horas peores,
cuando el desierto avanza,
y no hay robles, ni hay hierba, cuando pienso
que no saldré jamás del laberinto,
y siento el alma sucia,
y el cuerpo, que se arrastra,
cobarde, entre la biografía,
la lluvia, en el recuerdo, me limpia, me acaricia,
me vuelve a hacer aún digno,
aún merecedor
de algún día de gloria de la vida.
La amable, la misericordiosa,
la dulce lluvia inglesa.
Carlos Marzal
El Juego De La Rosa
y vive aquí, carnal pero intangible.
Es la rosa más pura, de la que otros han dicho
que es todas las rosas. Tiene un cuerpo
de amor, mortal y rosa, y su perfume
arde en la sinrazón de esta alta noche.
Es la cúbica rosa de los sueños,
la rosa de los sueños,
la rosa del otoño de las rosas.
Y esa rosa perdura en la palabra
rosa, cien vidas más allá de cuanto dura
el imposible juego de la vida.
Hay una rosa escrita en esta página,
y vive aquí, carnal e inmarcesible.
Claudio Rodríguez
Un Viento
y lo ilumine. Viento sur, salino,
muy soleado y muy recién lavado
de intimidad y redención, y de
impaciencia. Entra, entra en mi lumbre,
ábreme ese camino
nunca sabido: el de la claridad.
Suena con sed de espacio,
viento de junio, tan intenso y libre
que la respiración, que ahora es deseo
me salve. Ven
conocimiento mío, a través de
tanta materia deslumbrada por tu honda
gracia.
Cuán a fondo me asaltas y me enseñas
a vivir, a olvidar,
tú, con tu clara música.
Y cómo alzas mi vida
muy silenciosamente,
muy de mañana y amorosamente
con esa puerta luminosa y cierta
que se me abre serena
porque contigo no me importa nunca
que algo me nuble el alma.
Claudio Rodríguez
Espuma
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa, aquella
por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.
Claudio Rodríguez
Don De La Ebriedad Viii
lo seré, en qué momento? ¿Entre la pausa
que va de gota a gota? Si llegases
de súbito y al par de la mañana,
al par de este creciente mes, sabiendo,
como la lluvia sabe de mi infancia,
que una cosa es llegar y otra llegarme
desde la vez aquella para nada...
Si llegases de pronto, ¿qué diría?
Huele a silencio cada ser y r pida
la visión cae desde altas cimas siempre.
Como el mantillo de los campos, basta,
basta a mi corazón ligera siembra
para darse hasta el límite. Igual basta,
no sé por qué, a la nube. Qué eficacia
la del amor. Y llueve. Estoy pensando
que la lluvia no tiene sal de lágrimas.
Puede que sea ya un poco más digno.
Y es por el sol, por este viento, que alza
la vida, por el humo de los montes,
por la roca, en la noche aún más exacta,
por el lejano mar. Es por lo único
que purifica, por lo que nos salva.
Quisiera estar contigo no por verte
sino por ver lo mismo que tú, cada
cosa en la que respiras como en esta
lluvia de tanta sencillez, que lava.
Claudio Rodríguez
Don De La Ebriedad Vii
a dar como si nunca diera tanto!
Ritual arador en plena madre
y en pleno crucifijo de los campos,
¿tú sabías?: llegó, como en agosto
los fermentos del alba, llegó dando
desalteradamente y con qué ciencia
de la entrega, con qué verdad de arado.
Pero siempre es lo mismo: halla otros dones
que remover, la grama por debajo
cuando no una cosecha malograda.
¡Arboles de ribera lavapájaros!
En la ropa tendida de la nieve
queda pureza por lavar. ¡Ovarios
trémulos! Yo no alcanzo lo que basta,
lo indispensable para mis dos manos.
Antes irá su lunación ardiendo,
humilde como el heno en un establo.
Si nos oyeran...Pero ya es lo mismo.
¿Quién ha escogido a este arador, clavado
por ebria sembradura, pan caliente
de citas, surco a surco y grano a grano?
Abandonado así a complicidades
de primavera y horno, a un legendario
don, y la altanería de mi caza
librando esgrima en pura señal de astros...
¡Sólo por una vez que todo vuelva
a dar como si nunca diera tanto!
Claudio Rodríguez
Don De La Ebriedad Vii
a dar como si nunca diera tanto!
Ritual arador en plena madre
y en pleno crucifijo de los campos,
¿tú sabías?: llegó, como en agosto
los fermentos del alba, llegó dando
desalteradamente y con qué ciencia
de la entrega, con qué verdad de arado.
Pero siempre es lo mismo: halla otros dones
que remover, la grama por debajo
cuando no una cosecha malograda.
¡Arboles de ribera lavapájaros!
En la ropa tendida de la nieve
queda pureza por lavar. ¡Ovarios
trémulos! Yo no alcanzo lo que basta,
lo indispensable para mis dos manos.
Antes irá su lunación ardiendo,
humilde como el heno en un establo.
Si nos oyeran...Pero ya es lo mismo.
¿Quién ha escogido a este arador, clavado
por ebria sembradura, pan caliente
de citas, surco a surco y grano a grano?
Abandonado así a complicidades
de primavera y horno, a un legendario
don, y la altanería de mi caza
librando esgrima en pura señal de astros...
¡Sólo por una vez que todo vuelva
a dar como si nunca diera tanto!