Poemas en este tema
Naturaleza y Elementos
Carolina Coronado
Las Tormentas De 1848
¿También aquí, Señor, en las entrañas
del solitario monte a los oídos
vienen a resonar voces extrañas,
gritos de guerra y ecos de gemidos?
Negra sombra desciende a las cabañas:
lanza el perro medroso hondos aullidos,
y claridad fantástica ilumina
el trémulo ramaje de la encina.
Y suena por los valles la campana
de la vecina ermita; el ronco acento
del fiel pastor, que los jarales gana
de la espantada cabra en seguimiento;
y otro gemir, que imita voz humana,
y es canto de mortal presentimiento
que exhala un ave, inmóvil tenazmente
entre la yerba, al pie de la corriente.
Y oigo el aire silbar, y de la tierra
por la pesada gota removida
la exhalación percibo, y de la sierra
el gas de la cantera humedecida;
y oigo del lobo, que en el monte yerra
tras de la res cansada y perseguida,
el sordo aullar, que en confusión lejana
se pierde con el trueno y la campana.
Veo la lluvia correr, abrir los lagos,
despeñada rodar por las pendientes,
y henchir de los arroyos las crecientes.
Y entrar en la cabaña haciendo estragos;
y oigo el viento arreciar, y oigo las gentes
campesinas gritar en ecos vagos,
y a un pájaro en las ramas intranquilo
buscar en las más altas nuevo asilo.
Veo caer los árboles floridos
sobre el agua, la mies y los corderos;
por el valle los fresnos más erguidos
hundirse en la arriada los postreros,
y flotar de las tórtolas los nidos,
y el hato del pastor, y los aperos
del labrador revueltos zozobrando,
y a los bueyes pasar sobrenadando.
¿Adónde estás, clarísima ribera,
en que la luz del sol no se escondía,
sino un instante en la azulada esfera
cuando la blanca nube aparecía?
¡Ah, que ya te perdí, luz pasajera!
ya nunca te veré... nube sombría
se esparce en este pálido horizonte,
y truena por los ámbitos del monte.
¿Pero será también, lirio florido,
ciclo de claro sol que te has nublado?
¿Será que de las balas el ruido
por tu serena atmósfera ha tronado?
¿Será que en vez de lluvia, sangre ha sido
la que regó tu valle sosegado?
¡Será verdad, Señor, que en ciega saña
cayeron, como el árbol, los de España!
Y ¿es verdad que cayeron los del Sena
y los hijos del Po y los del Duna,
cual remolinos de caliente arena
bajo la lluvia?... ¡almas sin fortuna!
Y ¿el sol esclareció con faz serena
de sangre aquella vívida laguna
de muerte aquella palpitante alfombra,
o estaba el cielo así velado en sombra?
¿Los viste tú? ¿oíste los gemidos
de las llorosas madres abrazadas
a los jóvenes cuerpos, divididos
por el golpe mortal de las espadas?
¿No asordó como el trueno los oídos,
no cegó como el rayo las miradas...
al estallar un cetro en cien pedazos,
brillando entre humeantes cañonazos?...
Y ¿es verdad que las tímidas doncellas
ciñen el casco, vibran los aceros,
y ven caer bajo sus manos bellas
impávidas los muertos caballeros?
Y ¿es verdad que irritando las querellas
y las venganzas de los odios fieros,
ostentan en su sien con vanagloria
el fúnebre laurel de la victoria?
Y ¿es verdad que en la plácida comarca
do el glorioso Virgilio está durmiendo,
se levantan un pueblo y un monarca
a turbar su reposo con su estruendo?
¡Que del amante y casto y fiel Petrarca
las sagradas cenizas removiendo,
huellan sus palmas con los duros callos
sobre su misma tumba los caballos!
¡Mas qué nuevo fragor!... El norte truena.
¡Triste Alemania, pueblos desgraciados!...
Ya están los ojos de mirar cansados,
ya no puedo, Señor, con tanta pena;
yo me torno a la ermita, donde suena
la campana, y que truenen los nublados;
yo buscaré el reposo de mi alma:
no quiero tempestad, quiero la calma.
Yo, Señor, el cobarde pensamiento,
al contemplar del mundo los horrores,
en mi cabeza fatigada siento,
y quiero refugiarme en mis amores;
quiero en mi corazón buscar aliento,
de la tormenta huyendo los furores...
mas ¡ah Señor! ¡¡también ronca y
violenta
dentro del corazón hallo tormenta!!
¿Cómo olvidé, mirando por el monte
las frentes de los árboles hundidas,
que el nublado que envuelve mi horizonte
hundió mis esperanzas más queridas?
¿Cómo dejo que el alma se remonte
allá por las ciudades combatidas;
si yo en mi corazón, fiero enemigo,
tengo la tempestad, que va conmigo?
¿Llora el pastor su choza destrozada?
¿Gime el rey su palacio arrebatado?
También mi corazón una morada
tuvo, y la tempestad la ha derribado;
también una mansión bella y dorada
y el sañudo huracán se la ha llevado...
Con él fueron mis chozas, mis ciudades:
¿quién me consuela a mí en mis tempestades?
Señor, de mi tormenta oscura, ardiente,
nadie ve el rayo ni percibe el trueno;
pero mi oído rebramar la siente;
pero la siente batallar mi seno;
pero consume dolorosamente
mi corazón, cuando a mis solas peno,
¿dónde la paz? si el cielo, si la tierra
si el corazón la tempestad encierra.
¿Será en la luna que hacia el monte asoma
entre la nube que al Oriente avanza?
¿Va a dar consuelo a la abrasada Roma,
viene a dar a nosotros esperanza?
¿Es, Señor, de los cielos la paloma
que en esta tempestad tu mano lanza,
y vuela, entre las nubes fugitiva,
con el ramo pacífico de oliva?
Yo no quiero su luz, recuerdo amargo
de mi perdido bien, su luz me ofende,
y hace en la noche el padecer más largo
cuando en vagos delirios me suspende,
¡Ay! que es cruel del alma en el letargo
si una memoria hermosa nos sorprende;...
no más luz que tu luz, Señor, deseo,
ya a ti en la oscuridad siempre te veo.
Pero que alumbre por el monte oscuro
para mostrar la senda a los pastores:
que a merced de la luna alcen seguro
resguardo los campestres moradores;
que desparezcan, a su rayo puro,
las sombras, la tristeza, los temores,
y que, otra vez, los campos sosegados
brillen por su fulgor iluminados.
Pero que extienda sus celestes alas
sobre el pueblo que gime moribundo;
que esparza el resplandor que le regalas
aplacando la cólera del mundo;
sobre el estrago horrible de las balas,
que hace de Europa el genio furibundo,
¡que ilumine, Señor, y que ella sea
paz en los odios, tregua en la pelea!
del solitario monte a los oídos
vienen a resonar voces extrañas,
gritos de guerra y ecos de gemidos?
Negra sombra desciende a las cabañas:
lanza el perro medroso hondos aullidos,
y claridad fantástica ilumina
el trémulo ramaje de la encina.
Y suena por los valles la campana
de la vecina ermita; el ronco acento
del fiel pastor, que los jarales gana
de la espantada cabra en seguimiento;
y otro gemir, que imita voz humana,
y es canto de mortal presentimiento
que exhala un ave, inmóvil tenazmente
entre la yerba, al pie de la corriente.
Y oigo el aire silbar, y de la tierra
por la pesada gota removida
la exhalación percibo, y de la sierra
el gas de la cantera humedecida;
y oigo del lobo, que en el monte yerra
tras de la res cansada y perseguida,
el sordo aullar, que en confusión lejana
se pierde con el trueno y la campana.
Veo la lluvia correr, abrir los lagos,
despeñada rodar por las pendientes,
y henchir de los arroyos las crecientes.
Y entrar en la cabaña haciendo estragos;
y oigo el viento arreciar, y oigo las gentes
campesinas gritar en ecos vagos,
y a un pájaro en las ramas intranquilo
buscar en las más altas nuevo asilo.
Veo caer los árboles floridos
sobre el agua, la mies y los corderos;
por el valle los fresnos más erguidos
hundirse en la arriada los postreros,
y flotar de las tórtolas los nidos,
y el hato del pastor, y los aperos
del labrador revueltos zozobrando,
y a los bueyes pasar sobrenadando.
¿Adónde estás, clarísima ribera,
en que la luz del sol no se escondía,
sino un instante en la azulada esfera
cuando la blanca nube aparecía?
¡Ah, que ya te perdí, luz pasajera!
ya nunca te veré... nube sombría
se esparce en este pálido horizonte,
y truena por los ámbitos del monte.
¿Pero será también, lirio florido,
ciclo de claro sol que te has nublado?
¿Será que de las balas el ruido
por tu serena atmósfera ha tronado?
¿Será que en vez de lluvia, sangre ha sido
la que regó tu valle sosegado?
¡Será verdad, Señor, que en ciega saña
cayeron, como el árbol, los de España!
Y ¿es verdad que cayeron los del Sena
y los hijos del Po y los del Duna,
cual remolinos de caliente arena
bajo la lluvia?... ¡almas sin fortuna!
Y ¿el sol esclareció con faz serena
de sangre aquella vívida laguna
de muerte aquella palpitante alfombra,
o estaba el cielo así velado en sombra?
¿Los viste tú? ¿oíste los gemidos
de las llorosas madres abrazadas
a los jóvenes cuerpos, divididos
por el golpe mortal de las espadas?
¿No asordó como el trueno los oídos,
no cegó como el rayo las miradas...
al estallar un cetro en cien pedazos,
brillando entre humeantes cañonazos?...
Y ¿es verdad que las tímidas doncellas
ciñen el casco, vibran los aceros,
y ven caer bajo sus manos bellas
impávidas los muertos caballeros?
Y ¿es verdad que irritando las querellas
y las venganzas de los odios fieros,
ostentan en su sien con vanagloria
el fúnebre laurel de la victoria?
Y ¿es verdad que en la plácida comarca
do el glorioso Virgilio está durmiendo,
se levantan un pueblo y un monarca
a turbar su reposo con su estruendo?
¡Que del amante y casto y fiel Petrarca
las sagradas cenizas removiendo,
huellan sus palmas con los duros callos
sobre su misma tumba los caballos!
¡Mas qué nuevo fragor!... El norte truena.
¡Triste Alemania, pueblos desgraciados!...
Ya están los ojos de mirar cansados,
ya no puedo, Señor, con tanta pena;
yo me torno a la ermita, donde suena
la campana, y que truenen los nublados;
yo buscaré el reposo de mi alma:
no quiero tempestad, quiero la calma.
Yo, Señor, el cobarde pensamiento,
al contemplar del mundo los horrores,
en mi cabeza fatigada siento,
y quiero refugiarme en mis amores;
quiero en mi corazón buscar aliento,
de la tormenta huyendo los furores...
mas ¡ah Señor! ¡¡también ronca y
violenta
dentro del corazón hallo tormenta!!
¿Cómo olvidé, mirando por el monte
las frentes de los árboles hundidas,
que el nublado que envuelve mi horizonte
hundió mis esperanzas más queridas?
¿Cómo dejo que el alma se remonte
allá por las ciudades combatidas;
si yo en mi corazón, fiero enemigo,
tengo la tempestad, que va conmigo?
¿Llora el pastor su choza destrozada?
¿Gime el rey su palacio arrebatado?
También mi corazón una morada
tuvo, y la tempestad la ha derribado;
también una mansión bella y dorada
y el sañudo huracán se la ha llevado...
Con él fueron mis chozas, mis ciudades:
¿quién me consuela a mí en mis tempestades?
Señor, de mi tormenta oscura, ardiente,
nadie ve el rayo ni percibe el trueno;
pero mi oído rebramar la siente;
pero la siente batallar mi seno;
pero consume dolorosamente
mi corazón, cuando a mis solas peno,
¿dónde la paz? si el cielo, si la tierra
si el corazón la tempestad encierra.
¿Será en la luna que hacia el monte asoma
entre la nube que al Oriente avanza?
¿Va a dar consuelo a la abrasada Roma,
viene a dar a nosotros esperanza?
¿Es, Señor, de los cielos la paloma
que en esta tempestad tu mano lanza,
y vuela, entre las nubes fugitiva,
con el ramo pacífico de oliva?
Yo no quiero su luz, recuerdo amargo
de mi perdido bien, su luz me ofende,
y hace en la noche el padecer más largo
cuando en vagos delirios me suspende,
¡Ay! que es cruel del alma en el letargo
si una memoria hermosa nos sorprende;...
no más luz que tu luz, Señor, deseo,
ya a ti en la oscuridad siempre te veo.
Pero que alumbre por el monte oscuro
para mostrar la senda a los pastores:
que a merced de la luna alcen seguro
resguardo los campestres moradores;
que desparezcan, a su rayo puro,
las sombras, la tristeza, los temores,
y que, otra vez, los campos sosegados
brillen por su fulgor iluminados.
Pero que extienda sus celestes alas
sobre el pueblo que gime moribundo;
que esparza el resplandor que le regalas
aplacando la cólera del mundo;
sobre el estrago horrible de las balas,
que hace de Europa el genio furibundo,
¡que ilumine, Señor, y que ella sea
paz en los odios, tregua en la pelea!
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Carolina Coronado
Las Tormentas De 1848
¿También aquí, Señor, en las entrañas
del solitario monte a los oídos
vienen a resonar voces extrañas,
gritos de guerra y ecos de gemidos?
Negra sombra desciende a las cabañas:
lanza el perro medroso hondos aullidos,
y claridad fantástica ilumina
el trémulo ramaje de la encina.
Y suena por los valles la campana
de la vecina ermita; el ronco acento
del fiel pastor, que los jarales gana
de la espantada cabra en seguimiento;
y otro gemir, que imita voz humana,
y es canto de mortal presentimiento
que exhala un ave, inmóvil tenazmente
entre la yerba, al pie de la corriente.
Y oigo el aire silbar, y de la tierra
por la pesada gota removida
la exhalación percibo, y de la sierra
el gas de la cantera humedecida;
y oigo del lobo, que en el monte yerra
tras de la res cansada y perseguida,
el sordo aullar, que en confusión lejana
se pierde con el trueno y la campana.
Veo la lluvia correr, abrir los lagos,
despeñada rodar por las pendientes,
y henchir de los arroyos las crecientes.
Y entrar en la cabaña haciendo estragos;
y oigo el viento arreciar, y oigo las gentes
campesinas gritar en ecos vagos,
y a un pájaro en las ramas intranquilo
buscar en las más altas nuevo asilo.
Veo caer los árboles floridos
sobre el agua, la mies y los corderos;
por el valle los fresnos más erguidos
hundirse en la arriada los postreros,
y flotar de las tórtolas los nidos,
y el hato del pastor, y los aperos
del labrador revueltos zozobrando,
y a los bueyes pasar sobrenadando.
¿Adónde estás, clarísima ribera,
en que la luz del sol no se escondía,
sino un instante en la azulada esfera
cuando la blanca nube aparecía?
¡Ah, que ya te perdí, luz pasajera!
ya nunca te veré... nube sombría
se esparce en este pálido horizonte,
y truena por los ámbitos del monte.
¿Pero será también, lirio florido,
ciclo de claro sol que te has nublado?
¿Será que de las balas el ruido
por tu serena atmósfera ha tronado?
¿Será que en vez de lluvia, sangre ha sido
la que regó tu valle sosegado?
¡Será verdad, Señor, que en ciega saña
cayeron, como el árbol, los de España!
Y ¿es verdad que cayeron los del Sena
y los hijos del Po y los del Duna,
cual remolinos de caliente arena
bajo la lluvia?... ¡almas sin fortuna!
Y ¿el sol esclareció con faz serena
de sangre aquella vívida laguna
de muerte aquella palpitante alfombra,
o estaba el cielo así velado en sombra?
¿Los viste tú? ¿oíste los gemidos
de las llorosas madres abrazadas
a los jóvenes cuerpos, divididos
por el golpe mortal de las espadas?
¿No asordó como el trueno los oídos,
no cegó como el rayo las miradas...
al estallar un cetro en cien pedazos,
brillando entre humeantes cañonazos?...
Y ¿es verdad que las tímidas doncellas
ciñen el casco, vibran los aceros,
y ven caer bajo sus manos bellas
impávidas los muertos caballeros?
Y ¿es verdad que irritando las querellas
y las venganzas de los odios fieros,
ostentan en su sien con vanagloria
el fúnebre laurel de la victoria?
Y ¿es verdad que en la plácida comarca
do el glorioso Virgilio está durmiendo,
se levantan un pueblo y un monarca
a turbar su reposo con su estruendo?
¡Que del amante y casto y fiel Petrarca
las sagradas cenizas removiendo,
huellan sus palmas con los duros callos
sobre su misma tumba los caballos!
¡Mas qué nuevo fragor!... El norte truena.
¡Triste Alemania, pueblos desgraciados!...
Ya están los ojos de mirar cansados,
ya no puedo, Señor, con tanta pena;
yo me torno a la ermita, donde suena
la campana, y que truenen los nublados;
yo buscaré el reposo de mi alma:
no quiero tempestad, quiero la calma.
Yo, Señor, el cobarde pensamiento,
al contemplar del mundo los horrores,
en mi cabeza fatigada siento,
y quiero refugiarme en mis amores;
quiero en mi corazón buscar aliento,
de la tormenta huyendo los furores...
mas ¡ah Señor! ¡¡también ronca y
violenta
dentro del corazón hallo tormenta!!
¿Cómo olvidé, mirando por el monte
las frentes de los árboles hundidas,
que el nublado que envuelve mi horizonte
hundió mis esperanzas más queridas?
¿Cómo dejo que el alma se remonte
allá por las ciudades combatidas;
si yo en mi corazón, fiero enemigo,
tengo la tempestad, que va conmigo?
¿Llora el pastor su choza destrozada?
¿Gime el rey su palacio arrebatado?
También mi corazón una morada
tuvo, y la tempestad la ha derribado;
también una mansión bella y dorada
y el sañudo huracán se la ha llevado...
Con él fueron mis chozas, mis ciudades:
¿quién me consuela a mí en mis tempestades?
Señor, de mi tormenta oscura, ardiente,
nadie ve el rayo ni percibe el trueno;
pero mi oído rebramar la siente;
pero la siente batallar mi seno;
pero consume dolorosamente
mi corazón, cuando a mis solas peno,
¿dónde la paz? si el cielo, si la tierra
si el corazón la tempestad encierra.
¿Será en la luna que hacia el monte asoma
entre la nube que al Oriente avanza?
¿Va a dar consuelo a la abrasada Roma,
viene a dar a nosotros esperanza?
¿Es, Señor, de los cielos la paloma
que en esta tempestad tu mano lanza,
y vuela, entre las nubes fugitiva,
con el ramo pacífico de oliva?
Yo no quiero su luz, recuerdo amargo
de mi perdido bien, su luz me ofende,
y hace en la noche el padecer más largo
cuando en vagos delirios me suspende,
¡Ay! que es cruel del alma en el letargo
si una memoria hermosa nos sorprende;...
no más luz que tu luz, Señor, deseo,
ya a ti en la oscuridad siempre te veo.
Pero que alumbre por el monte oscuro
para mostrar la senda a los pastores:
que a merced de la luna alcen seguro
resguardo los campestres moradores;
que desparezcan, a su rayo puro,
las sombras, la tristeza, los temores,
y que, otra vez, los campos sosegados
brillen por su fulgor iluminados.
Pero que extienda sus celestes alas
sobre el pueblo que gime moribundo;
que esparza el resplandor que le regalas
aplacando la cólera del mundo;
sobre el estrago horrible de las balas,
que hace de Europa el genio furibundo,
¡que ilumine, Señor, y que ella sea
paz en los odios, tregua en la pelea!
del solitario monte a los oídos
vienen a resonar voces extrañas,
gritos de guerra y ecos de gemidos?
Negra sombra desciende a las cabañas:
lanza el perro medroso hondos aullidos,
y claridad fantástica ilumina
el trémulo ramaje de la encina.
Y suena por los valles la campana
de la vecina ermita; el ronco acento
del fiel pastor, que los jarales gana
de la espantada cabra en seguimiento;
y otro gemir, que imita voz humana,
y es canto de mortal presentimiento
que exhala un ave, inmóvil tenazmente
entre la yerba, al pie de la corriente.
Y oigo el aire silbar, y de la tierra
por la pesada gota removida
la exhalación percibo, y de la sierra
el gas de la cantera humedecida;
y oigo del lobo, que en el monte yerra
tras de la res cansada y perseguida,
el sordo aullar, que en confusión lejana
se pierde con el trueno y la campana.
Veo la lluvia correr, abrir los lagos,
despeñada rodar por las pendientes,
y henchir de los arroyos las crecientes.
Y entrar en la cabaña haciendo estragos;
y oigo el viento arreciar, y oigo las gentes
campesinas gritar en ecos vagos,
y a un pájaro en las ramas intranquilo
buscar en las más altas nuevo asilo.
Veo caer los árboles floridos
sobre el agua, la mies y los corderos;
por el valle los fresnos más erguidos
hundirse en la arriada los postreros,
y flotar de las tórtolas los nidos,
y el hato del pastor, y los aperos
del labrador revueltos zozobrando,
y a los bueyes pasar sobrenadando.
¿Adónde estás, clarísima ribera,
en que la luz del sol no se escondía,
sino un instante en la azulada esfera
cuando la blanca nube aparecía?
¡Ah, que ya te perdí, luz pasajera!
ya nunca te veré... nube sombría
se esparce en este pálido horizonte,
y truena por los ámbitos del monte.
¿Pero será también, lirio florido,
ciclo de claro sol que te has nublado?
¿Será que de las balas el ruido
por tu serena atmósfera ha tronado?
¿Será que en vez de lluvia, sangre ha sido
la que regó tu valle sosegado?
¡Será verdad, Señor, que en ciega saña
cayeron, como el árbol, los de España!
Y ¿es verdad que cayeron los del Sena
y los hijos del Po y los del Duna,
cual remolinos de caliente arena
bajo la lluvia?... ¡almas sin fortuna!
Y ¿el sol esclareció con faz serena
de sangre aquella vívida laguna
de muerte aquella palpitante alfombra,
o estaba el cielo así velado en sombra?
¿Los viste tú? ¿oíste los gemidos
de las llorosas madres abrazadas
a los jóvenes cuerpos, divididos
por el golpe mortal de las espadas?
¿No asordó como el trueno los oídos,
no cegó como el rayo las miradas...
al estallar un cetro en cien pedazos,
brillando entre humeantes cañonazos?...
Y ¿es verdad que las tímidas doncellas
ciñen el casco, vibran los aceros,
y ven caer bajo sus manos bellas
impávidas los muertos caballeros?
Y ¿es verdad que irritando las querellas
y las venganzas de los odios fieros,
ostentan en su sien con vanagloria
el fúnebre laurel de la victoria?
Y ¿es verdad que en la plácida comarca
do el glorioso Virgilio está durmiendo,
se levantan un pueblo y un monarca
a turbar su reposo con su estruendo?
¡Que del amante y casto y fiel Petrarca
las sagradas cenizas removiendo,
huellan sus palmas con los duros callos
sobre su misma tumba los caballos!
¡Mas qué nuevo fragor!... El norte truena.
¡Triste Alemania, pueblos desgraciados!...
Ya están los ojos de mirar cansados,
ya no puedo, Señor, con tanta pena;
yo me torno a la ermita, donde suena
la campana, y que truenen los nublados;
yo buscaré el reposo de mi alma:
no quiero tempestad, quiero la calma.
Yo, Señor, el cobarde pensamiento,
al contemplar del mundo los horrores,
en mi cabeza fatigada siento,
y quiero refugiarme en mis amores;
quiero en mi corazón buscar aliento,
de la tormenta huyendo los furores...
mas ¡ah Señor! ¡¡también ronca y
violenta
dentro del corazón hallo tormenta!!
¿Cómo olvidé, mirando por el monte
las frentes de los árboles hundidas,
que el nublado que envuelve mi horizonte
hundió mis esperanzas más queridas?
¿Cómo dejo que el alma se remonte
allá por las ciudades combatidas;
si yo en mi corazón, fiero enemigo,
tengo la tempestad, que va conmigo?
¿Llora el pastor su choza destrozada?
¿Gime el rey su palacio arrebatado?
También mi corazón una morada
tuvo, y la tempestad la ha derribado;
también una mansión bella y dorada
y el sañudo huracán se la ha llevado...
Con él fueron mis chozas, mis ciudades:
¿quién me consuela a mí en mis tempestades?
Señor, de mi tormenta oscura, ardiente,
nadie ve el rayo ni percibe el trueno;
pero mi oído rebramar la siente;
pero la siente batallar mi seno;
pero consume dolorosamente
mi corazón, cuando a mis solas peno,
¿dónde la paz? si el cielo, si la tierra
si el corazón la tempestad encierra.
¿Será en la luna que hacia el monte asoma
entre la nube que al Oriente avanza?
¿Va a dar consuelo a la abrasada Roma,
viene a dar a nosotros esperanza?
¿Es, Señor, de los cielos la paloma
que en esta tempestad tu mano lanza,
y vuela, entre las nubes fugitiva,
con el ramo pacífico de oliva?
Yo no quiero su luz, recuerdo amargo
de mi perdido bien, su luz me ofende,
y hace en la noche el padecer más largo
cuando en vagos delirios me suspende,
¡Ay! que es cruel del alma en el letargo
si una memoria hermosa nos sorprende;...
no más luz que tu luz, Señor, deseo,
ya a ti en la oscuridad siempre te veo.
Pero que alumbre por el monte oscuro
para mostrar la senda a los pastores:
que a merced de la luna alcen seguro
resguardo los campestres moradores;
que desparezcan, a su rayo puro,
las sombras, la tristeza, los temores,
y que, otra vez, los campos sosegados
brillen por su fulgor iluminados.
Pero que extienda sus celestes alas
sobre el pueblo que gime moribundo;
que esparza el resplandor que le regalas
aplacando la cólera del mundo;
sobre el estrago horrible de las balas,
que hace de Europa el genio furibundo,
¡que ilumine, Señor, y que ella sea
paz en los odios, tregua en la pelea!
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Carolina Coronado
Adiós Del Año De 1848 La Aurora Boreal
¿Qué es esa claridad que de repente
de la ermita ilumina el campanario,
y del Gévora oscuro la corriente
brillar hace en el campo solitario;
y por qué palidecen de la gente
los rostros al fulgor extraordinario
mientras sus sobresaltos y temores
revelan los ancianos labradores?
«¡Ay de nosotros, ay de nuestra tierra!»
Claman los labradores espantados.
«¿Veis los senos del ciclo ensangrentados?»
«Es anuncio de crímenes... de guerra...»
Mas confunden su voz desde la sierra
los lobos en su aullar, y los ganados
cuyos medrosos, débiles balidos
conjuran nuestros perros con aullidos.
Aparecerse veo las encinas,
agitando sus brazos al relente,
como fantasmas a la luz ardiente
que refleja en sus copas blanquecinas;
y dos tórtolas veo peregrinas,
huyendo de su cima velozmente,
que deslumbradas por la fuerte llama,
temieron el incendio de su rama.
¿Adónde van envueltos en los vientos,
cual nocturnos espíritus errantes,
ésos que con amarse están contentos
desde la cuna sin cesar amantes?
¿Quién les turba la paz ni los acentos
con que entrambos se arrullan palpitantes,
para volar, huyendo de la aurora
a la orilla del Gévora sonora?
Del fresno entre la húmeda enramada
¿van a buscar contra el incendio asilo?
Y ¿adónde encontraré yo una morada
para que pose el ánimo intranquilo?
¿Adónde irá mi alma acobardada
de esta medrosa noche en el sigilo,
contra el fantasma que sufrir no puedo
a guarecerse del horrible miedo?
Emilio, ven, contempla sin enojos
los rayos de la luz, que así me inquieta,
y mira si es la luna ese planeta
que yo distingo entre vapores rojos;
porque hace un año que fatal cometa
vieron cruzar mis espantados ojos,
y trajo al mundo universal estrago,
y tengo miedo de su nuevo amago.
Yo tengo miedo, sí, yo confundida
y en mi propia ignorancia avergonzada-
la causa del fenómeno escondida
busco, y en mi saber no encuentro nada;
pero amante del Gévora, la vida
pase a orillas del Gévora apartada,
y a temer aprendí de los pastores
del ciclo los extraños resplandores.
¿Oíste tú contar que desgarrados
como fieras allá los hombres mueren,
y no serán los golpes que los hieren
por los genios maléficos lanzados?
Y cuando están así desesperados,
¿genios no habrá que así los desesperen
sobrehumanos, celestes, infernales
de quienes esas llamas son señales?
No sé lo que será... pero recemos
por todos y por él... ¡genio querido,
ser adorado que jamás olvido
ni en los propios pesares más extremos!
¡ah! que de ese fantasma que tenemos
él hubiera mi mente defendido,
si penetrara aquí por un momento
la luz de su brillante pensamiento.
Hijo del mar, su pensamiento grave
conoce de los astros el camino,
porque el allá en el piélago marino
las noches estudió desde su nave,
y él me dijera, pues que tanto sabe,
por qué del cielo el resplandor divino
tiende esta noche el rubicundo manto
que pone el corazón tan grande espanto.
Yo, si mi mano de su mano asiera,
aun a la luz que temerosa brilla,
en esta misma noche me atreviera
del Gévora a llegar hasta la orilla;
y tal vez más allá de la ribera
la causa hallara fácil y sencilla
de ese fuego que abrasa el horizonte,
en el incendio del cercano monte...
Mas vuelve, Emilio, y mira sin recelo
si la encendida nube ya se aleja;
calma por Dios el fatigoso anhelo
del corazón que ni alentar me deja...
¿Dices que de la luz el ancho velo
por el espacio todo se refleja,
y que ya no se ve sombra ninguna...
ni los luceros, ni se ve la luna?...
¡Qué nos va a suceder! ¡qué nuevas penas
los decretos nos guardan del destino,
si ya de pesadumbres imagino
que están las almas de las gentes llenas!
Y ¿por qué no han de ser puras y buenas
esas luces, que teme el campesino,
y por qué no ha de ser de la montaña
el incendio, tal vez, de una cabaña?...
Tal vez de la cobarde fantasía,
tal vez del conturbado pensamiento
esas visiones son que el alma mía
vio fijas en el rojo firmamento;
tal vez en esta noche oscura y fría
nadie siente el espanto que yo siento
y ven los hombres, sin curarse de ellas,
las ráfagas que absorben las estrellas.
Vuelve otra vez, y mira si se apaga
o si se enciende más... si se enrojece...
y si de algún fantasma que aparece
ves ondear la cabellera vaga-
¿qué es lo que dices? ¿que el incendio crece
y que abrasar el universo amaga
tal vez ¡o niño! te confunde el miedo...
deja que mire... si mirarlo puedo...
¡Ay! es verdad, los rayos que se extienden
amenazando ahogar el vasto mundo,
los espíritus malos los encienden,
y al contemplarlos ya no me confundo;
ya con más claridad los aires hienden,
y aparece el fantasma furibundo,
y es hasta Roma donde el fuego alcanza,
y es sobre Roma donde el fuego lanza.
¡En Roma, en Roma! El fuego está en su cumbre
mira cómo la luz allí se aumenta;
allí chispea la espantosa lumbre;
allí el rojo fantasma se ensangrienta;
allí la alborotada muchedumbre
hace a la cristiandad terrible afrenta...
allí abismado en su dolor sombrío
¡huye a los mares el sagrado Pío!
Mira por qué en los cielos se encendía
con tales rayos la siniestra llama;
mira por qué es la hoguera que derrama
tan fantástica luz al medio día,
mira por qué mí corazón temía,
risueno Emilio, al cielo que se inflama,
porque esa luz en noche tan oscura
era señal de nueva desventura.
Mira con qué furor sus alas bate,
para alejarse el de la adversa suerte;
año del infortunio, del combate,
del contagio, del crimen, de la muerte:
mira por qué a su «adiós» mi pecho late
sin que un instante a serenarle acierte,
porque el postrero adiós de su agonía
envuelto en el incendio nos lo envía.
¿Quién derramó la muerte en las ciudades?
¿Cuáles rayos los pueblos consumieron?
Los pontífices santos ¿por qué huyeron
y fue la humanidad calamidades?
No fueron de los hombres las maldades,
año de destrucción, tus genios fueron;
tu espíritu, no más, fue el enemigo,
que al mundo vino a dar tanto castigo.
Tú, como el huracán de los desiertos
que arrastra a los audaces peregrinos,
has pasado dejando los caminos
con el polvo de víctimas cubiertos;
tú, ya cuando a los muros palestinos
arribaba, tal vez, con pasos ciertos,
has destruido, con tu nube insana,
de una generación la caravana.
Y ¿cómo quieres que tu adiós acoja
la gente sin pavor, cuando en su daño
hiendes la horrible cabellera roja
maligno genio del funesto año?
Cuando en tu triste despedida arroja
el ciclo fuego, y con enojo extraño
viste la noche de color sangriento,
¡cómo decirte «adiós» sin desaliento!
Huye, te dice el pueblo desgraciado,
de quien vinistes a turbar la vida,
y ¡ojalá! ¡que en tus urnas sepultado
fuera el llanto que trajo tu venida!
Los que tanto en tus horas han llorado
te vienen a cantar la despedida:
mas huye, por piedad, más velozmente
mientras te canta el corazón doliente.
Huye, y que deje de mostrar el cielo
ese color de púrpura que espanta,
y que en este dolor que nos quebranta
aurora más feliz alumbre el suelo;
¡huye, y por tanto mal, por tanto duelo,
por tanto lloro, por desgracia tanta,
como dieron al mundo tus peleas,
siempre en los siglos maldecido seas!
de la ermita ilumina el campanario,
y del Gévora oscuro la corriente
brillar hace en el campo solitario;
y por qué palidecen de la gente
los rostros al fulgor extraordinario
mientras sus sobresaltos y temores
revelan los ancianos labradores?
«¡Ay de nosotros, ay de nuestra tierra!»
Claman los labradores espantados.
«¿Veis los senos del ciclo ensangrentados?»
«Es anuncio de crímenes... de guerra...»
Mas confunden su voz desde la sierra
los lobos en su aullar, y los ganados
cuyos medrosos, débiles balidos
conjuran nuestros perros con aullidos.
Aparecerse veo las encinas,
agitando sus brazos al relente,
como fantasmas a la luz ardiente
que refleja en sus copas blanquecinas;
y dos tórtolas veo peregrinas,
huyendo de su cima velozmente,
que deslumbradas por la fuerte llama,
temieron el incendio de su rama.
¿Adónde van envueltos en los vientos,
cual nocturnos espíritus errantes,
ésos que con amarse están contentos
desde la cuna sin cesar amantes?
¿Quién les turba la paz ni los acentos
con que entrambos se arrullan palpitantes,
para volar, huyendo de la aurora
a la orilla del Gévora sonora?
Del fresno entre la húmeda enramada
¿van a buscar contra el incendio asilo?
Y ¿adónde encontraré yo una morada
para que pose el ánimo intranquilo?
¿Adónde irá mi alma acobardada
de esta medrosa noche en el sigilo,
contra el fantasma que sufrir no puedo
a guarecerse del horrible miedo?
Emilio, ven, contempla sin enojos
los rayos de la luz, que así me inquieta,
y mira si es la luna ese planeta
que yo distingo entre vapores rojos;
porque hace un año que fatal cometa
vieron cruzar mis espantados ojos,
y trajo al mundo universal estrago,
y tengo miedo de su nuevo amago.
Yo tengo miedo, sí, yo confundida
y en mi propia ignorancia avergonzada-
la causa del fenómeno escondida
busco, y en mi saber no encuentro nada;
pero amante del Gévora, la vida
pase a orillas del Gévora apartada,
y a temer aprendí de los pastores
del ciclo los extraños resplandores.
¿Oíste tú contar que desgarrados
como fieras allá los hombres mueren,
y no serán los golpes que los hieren
por los genios maléficos lanzados?
Y cuando están así desesperados,
¿genios no habrá que así los desesperen
sobrehumanos, celestes, infernales
de quienes esas llamas son señales?
No sé lo que será... pero recemos
por todos y por él... ¡genio querido,
ser adorado que jamás olvido
ni en los propios pesares más extremos!
¡ah! que de ese fantasma que tenemos
él hubiera mi mente defendido,
si penetrara aquí por un momento
la luz de su brillante pensamiento.
Hijo del mar, su pensamiento grave
conoce de los astros el camino,
porque el allá en el piélago marino
las noches estudió desde su nave,
y él me dijera, pues que tanto sabe,
por qué del cielo el resplandor divino
tiende esta noche el rubicundo manto
que pone el corazón tan grande espanto.
Yo, si mi mano de su mano asiera,
aun a la luz que temerosa brilla,
en esta misma noche me atreviera
del Gévora a llegar hasta la orilla;
y tal vez más allá de la ribera
la causa hallara fácil y sencilla
de ese fuego que abrasa el horizonte,
en el incendio del cercano monte...
Mas vuelve, Emilio, y mira sin recelo
si la encendida nube ya se aleja;
calma por Dios el fatigoso anhelo
del corazón que ni alentar me deja...
¿Dices que de la luz el ancho velo
por el espacio todo se refleja,
y que ya no se ve sombra ninguna...
ni los luceros, ni se ve la luna?...
¡Qué nos va a suceder! ¡qué nuevas penas
los decretos nos guardan del destino,
si ya de pesadumbres imagino
que están las almas de las gentes llenas!
Y ¿por qué no han de ser puras y buenas
esas luces, que teme el campesino,
y por qué no ha de ser de la montaña
el incendio, tal vez, de una cabaña?...
Tal vez de la cobarde fantasía,
tal vez del conturbado pensamiento
esas visiones son que el alma mía
vio fijas en el rojo firmamento;
tal vez en esta noche oscura y fría
nadie siente el espanto que yo siento
y ven los hombres, sin curarse de ellas,
las ráfagas que absorben las estrellas.
Vuelve otra vez, y mira si se apaga
o si se enciende más... si se enrojece...
y si de algún fantasma que aparece
ves ondear la cabellera vaga-
¿qué es lo que dices? ¿que el incendio crece
y que abrasar el universo amaga
tal vez ¡o niño! te confunde el miedo...
deja que mire... si mirarlo puedo...
¡Ay! es verdad, los rayos que se extienden
amenazando ahogar el vasto mundo,
los espíritus malos los encienden,
y al contemplarlos ya no me confundo;
ya con más claridad los aires hienden,
y aparece el fantasma furibundo,
y es hasta Roma donde el fuego alcanza,
y es sobre Roma donde el fuego lanza.
¡En Roma, en Roma! El fuego está en su cumbre
mira cómo la luz allí se aumenta;
allí chispea la espantosa lumbre;
allí el rojo fantasma se ensangrienta;
allí la alborotada muchedumbre
hace a la cristiandad terrible afrenta...
allí abismado en su dolor sombrío
¡huye a los mares el sagrado Pío!
Mira por qué en los cielos se encendía
con tales rayos la siniestra llama;
mira por qué es la hoguera que derrama
tan fantástica luz al medio día,
mira por qué mí corazón temía,
risueno Emilio, al cielo que se inflama,
porque esa luz en noche tan oscura
era señal de nueva desventura.
Mira con qué furor sus alas bate,
para alejarse el de la adversa suerte;
año del infortunio, del combate,
del contagio, del crimen, de la muerte:
mira por qué a su «adiós» mi pecho late
sin que un instante a serenarle acierte,
porque el postrero adiós de su agonía
envuelto en el incendio nos lo envía.
¿Quién derramó la muerte en las ciudades?
¿Cuáles rayos los pueblos consumieron?
Los pontífices santos ¿por qué huyeron
y fue la humanidad calamidades?
No fueron de los hombres las maldades,
año de destrucción, tus genios fueron;
tu espíritu, no más, fue el enemigo,
que al mundo vino a dar tanto castigo.
Tú, como el huracán de los desiertos
que arrastra a los audaces peregrinos,
has pasado dejando los caminos
con el polvo de víctimas cubiertos;
tú, ya cuando a los muros palestinos
arribaba, tal vez, con pasos ciertos,
has destruido, con tu nube insana,
de una generación la caravana.
Y ¿cómo quieres que tu adiós acoja
la gente sin pavor, cuando en su daño
hiendes la horrible cabellera roja
maligno genio del funesto año?
Cuando en tu triste despedida arroja
el ciclo fuego, y con enojo extraño
viste la noche de color sangriento,
¡cómo decirte «adiós» sin desaliento!
Huye, te dice el pueblo desgraciado,
de quien vinistes a turbar la vida,
y ¡ojalá! ¡que en tus urnas sepultado
fuera el llanto que trajo tu venida!
Los que tanto en tus horas han llorado
te vienen a cantar la despedida:
mas huye, por piedad, más velozmente
mientras te canta el corazón doliente.
Huye, y que deje de mostrar el cielo
ese color de púrpura que espanta,
y que en este dolor que nos quebranta
aurora más feliz alumbre el suelo;
¡huye, y por tanto mal, por tanto duelo,
por tanto lloro, por desgracia tanta,
como dieron al mundo tus peleas,
siempre en los siglos maldecido seas!
462
Carolina Coronado
La Esperanza En Ti
Nunca se clama en vano
cuando se clama al cielo en esta lucha
del existir humano;
todo, Señor, lo escucha
la gracia de tu oído soberano.
En medio a las estrellas
tu reposado caminar suspendes,
y oyes estas querellas
que tú sólo comprendes,
y nos respondes compasivo a ellas.
Tú la vena del llanto
haces que vierta su fecundo riego
en el mayor quebranto,
y nos das el sosiego
en el cansancio al fin de llorar tanto.
Tú de la misma pena
haces que nazca el sueño del reposo,
y la mar se serena
cuando más tormentoso
batalla el aire y rompe nuestra antena.
¡Oh, Señor, oh consuelo
el dulce, el solo, el cierto que en la vida
tiene el alma! ¡Tu cielo
contemplando embebida
cuántas noches me paso en mi desvelo!
La vía reluciente
que por la noche atravesando veo
del Este al Occidente,
¿será de mi deseo
el camino que busco ansiosamente?
Aquel iluminado
por la fúlgida luz de las estrellas,
camino señalado
para las almas bellas,
¿no le miro en la noche despejado?
¿No muestra la esperanza
del amoroso y celestial recreo
el camino que avanza
sin vuelta, sin rodeo,
sin pérdida en el cielo, sin mudanza?
¿Por qué la pesadumbre?
¿No he de llegar al fin, por más que tarde,
a esa dorada cumbre?
¿Es bien que me acobarde?
¿No es harto contemplar su hermosa lumbre?
Concierto misterioso
hacen los melancólicos luceros;
los nublados umbrosos
valen por compañeros
de los seres que sufren silenciosos.
Aquellos en su giro,
los otros navegando el firmamento,
parece que un suspiro
exhalan por el viento
para aliviar mi mal, cuando los miro.
Si en la bóveda oscura
suena el canto del pájaro perdido,
me llena de ternura
creyéndole gemido
que viene a acompañar mi desventura.
¡Pobre ave, tan nueva
que en este mayo acaso ha visto el día!
¿Dónde el aire la lleva
sola, errante, sin guía,
y por qué ese gemido triste eleva?
Ya cruza por Oriente,
ya muda hacia el ocaso su camino,
ya otra vez tiernamente
viene a exhalar su trino
en los sauces, al pie de la corriente.
Dondequiera un amigo
de nuestra humana pesadumbre hallamos,
dondequiera un testigo:
por más que los huyamos,
ave, nube o lucero están conmigo.
Suave melodía
de acentos que en el mundo se responden,
movimientos que guía
tu mano..., y corresponden
de tu máquina eterna a la armonía.
Tal vez el tedio aleja
de nuestro amargo pensamiento el ave:
la luz que nos refleja
el lucero suave,
resignados, Señor, tal vez nos deja.
Tal vez cuando la mente
la muerte invoca al sufrimiento cara,
se tiene de repente
viendo la luna clara
asomar tan hermosa y reluciente.
Y tal vez si el profundo
pesar no suspendieras de esos dones
con el placer fecundo,
en sus tribulaciones
desesperado pereciera el mundo.
Halle yo en mi carrera
ave desamparada, nube errante,
astro que reverbera
la luz de tu semblante,
y amo la vida aunque de pena muera.
Halle de tu grandeza
una señal donde mi vista alcanza,
y en la mayor tristeza,
Señor, tendré esperanza,
y en la pena más grande fortaleza.
Deja mis ojos claros
y de la noche al resplandor divino
contemplándote avaros,
para el bien que imagino
de la esperanza en ti veré el camino.
cuando se clama al cielo en esta lucha
del existir humano;
todo, Señor, lo escucha
la gracia de tu oído soberano.
En medio a las estrellas
tu reposado caminar suspendes,
y oyes estas querellas
que tú sólo comprendes,
y nos respondes compasivo a ellas.
Tú la vena del llanto
haces que vierta su fecundo riego
en el mayor quebranto,
y nos das el sosiego
en el cansancio al fin de llorar tanto.
Tú de la misma pena
haces que nazca el sueño del reposo,
y la mar se serena
cuando más tormentoso
batalla el aire y rompe nuestra antena.
¡Oh, Señor, oh consuelo
el dulce, el solo, el cierto que en la vida
tiene el alma! ¡Tu cielo
contemplando embebida
cuántas noches me paso en mi desvelo!
La vía reluciente
que por la noche atravesando veo
del Este al Occidente,
¿será de mi deseo
el camino que busco ansiosamente?
Aquel iluminado
por la fúlgida luz de las estrellas,
camino señalado
para las almas bellas,
¿no le miro en la noche despejado?
¿No muestra la esperanza
del amoroso y celestial recreo
el camino que avanza
sin vuelta, sin rodeo,
sin pérdida en el cielo, sin mudanza?
¿Por qué la pesadumbre?
¿No he de llegar al fin, por más que tarde,
a esa dorada cumbre?
¿Es bien que me acobarde?
¿No es harto contemplar su hermosa lumbre?
Concierto misterioso
hacen los melancólicos luceros;
los nublados umbrosos
valen por compañeros
de los seres que sufren silenciosos.
Aquellos en su giro,
los otros navegando el firmamento,
parece que un suspiro
exhalan por el viento
para aliviar mi mal, cuando los miro.
Si en la bóveda oscura
suena el canto del pájaro perdido,
me llena de ternura
creyéndole gemido
que viene a acompañar mi desventura.
¡Pobre ave, tan nueva
que en este mayo acaso ha visto el día!
¿Dónde el aire la lleva
sola, errante, sin guía,
y por qué ese gemido triste eleva?
Ya cruza por Oriente,
ya muda hacia el ocaso su camino,
ya otra vez tiernamente
viene a exhalar su trino
en los sauces, al pie de la corriente.
Dondequiera un amigo
de nuestra humana pesadumbre hallamos,
dondequiera un testigo:
por más que los huyamos,
ave, nube o lucero están conmigo.
Suave melodía
de acentos que en el mundo se responden,
movimientos que guía
tu mano..., y corresponden
de tu máquina eterna a la armonía.
Tal vez el tedio aleja
de nuestro amargo pensamiento el ave:
la luz que nos refleja
el lucero suave,
resignados, Señor, tal vez nos deja.
Tal vez cuando la mente
la muerte invoca al sufrimiento cara,
se tiene de repente
viendo la luna clara
asomar tan hermosa y reluciente.
Y tal vez si el profundo
pesar no suspendieras de esos dones
con el placer fecundo,
en sus tribulaciones
desesperado pereciera el mundo.
Halle yo en mi carrera
ave desamparada, nube errante,
astro que reverbera
la luz de tu semblante,
y amo la vida aunque de pena muera.
Halle de tu grandeza
una señal donde mi vista alcanza,
y en la mayor tristeza,
Señor, tendré esperanza,
y en la pena más grande fortaleza.
Deja mis ojos claros
y de la noche al resplandor divino
contemplándote avaros,
para el bien que imagino
de la esperanza en ti veré el camino.
550
Carolina Coronado
La Clavellina
Entre el musgo de mi huerto
germina una hermosa planta
coronada de flor tanta
que su tronco no se ve;
muestra el capullo entreabierto
ya su primer florecilla
y la octava maravilla
son cáliz, hojas y pie.
Venid, hermosas doncellas,
vosotras que amáis las flores,
si los vivos resplandores
no os deslumbran de esa flor;
venid a mirar cuán bellas
brillan sus hojas carmines,
en la suavidad jazmines,
ambares en el olor.
La flor del verde granado,
la roja nocturna estrella
son mas pálidas que ellas
en matiz y en claridad;
porque el estío abrasado
de fuego su cerco pinta;
fuego es su cáliz, su tinta,
su espíritu y su beldad.
¡Mirad, mirad, si parece
que el tallo que la sustenta
con sangre pura alimenta
ese rojizo botón!
¡Si cuando el viento la mece
y su ardiente seno agita,
parece que le palpita
en el centro un corazón!
Escuchad -si acaso ciertas
fueran las transmigraciones
que antiguos sabios varones
creyeron en cada ser;
esa beldad de las huertas
con sus hojas palpitantes,
¿no juzgáis que debió antes
ser una amante mujer?
¡Del griego pueblo locuras
son las que nos han contado!;
tal vez el ser de un malvado
se trasmita a un alacrán;
pero las ánimas puras
de las amantes mujeres
no transmigran a otros seres,
que rectas al cielo van.
Hija de un átomo seco
de una planta mortecina,
siempre, siempre clavellina
ha sido esta flor carmín;
cayó aquel grano entre el hueco
de una china y dos terrones;
llovieron los nubarrones
y germinó en el jardín.
Pero mirad ¡oh cuán bella!
¡Si cuando el viento la agita
parece que le palpita
en el centro un corazón!
¿Y quién sabe, quién si ella
tiene también sentimiento?
¿Quién sabe, quién, si es el viento
el galán de su pasión?
No turbemos sus amores;
dejémosla libremente
ante el dulcísimo ambiente
sus rojas galas lucir;
dejémosla que las llores
tienen también sentimiento,
pero no tienen acento
y padecen sin gemir.
Reluciente clavellina,
gargantilla del estío,
no ornaré el cabello mío
con tu aromoso coral,
si a vanidad femenina
consagrada tu belleza
ha de ajarte mi cabeza
la frescura matinal.
Vive libre, libre crece
sobre el tallo que alimenta
la vena que te sustenta
ese precioso botón,
en cuyo centro se mece
un corazón que no veo;
pero que de cierto creo
que ha de ser un corazón.
Y las brisas te festejen,
y mimen las mariposas
las mejillas temblorosas
de tu rostro de carmín;
y las hormigas se alejen
de tus contornos suaves,
y te saluden las aves
por la reina del jardín.
germina una hermosa planta
coronada de flor tanta
que su tronco no se ve;
muestra el capullo entreabierto
ya su primer florecilla
y la octava maravilla
son cáliz, hojas y pie.
Venid, hermosas doncellas,
vosotras que amáis las flores,
si los vivos resplandores
no os deslumbran de esa flor;
venid a mirar cuán bellas
brillan sus hojas carmines,
en la suavidad jazmines,
ambares en el olor.
La flor del verde granado,
la roja nocturna estrella
son mas pálidas que ellas
en matiz y en claridad;
porque el estío abrasado
de fuego su cerco pinta;
fuego es su cáliz, su tinta,
su espíritu y su beldad.
¡Mirad, mirad, si parece
que el tallo que la sustenta
con sangre pura alimenta
ese rojizo botón!
¡Si cuando el viento la mece
y su ardiente seno agita,
parece que le palpita
en el centro un corazón!
Escuchad -si acaso ciertas
fueran las transmigraciones
que antiguos sabios varones
creyeron en cada ser;
esa beldad de las huertas
con sus hojas palpitantes,
¿no juzgáis que debió antes
ser una amante mujer?
¡Del griego pueblo locuras
son las que nos han contado!;
tal vez el ser de un malvado
se trasmita a un alacrán;
pero las ánimas puras
de las amantes mujeres
no transmigran a otros seres,
que rectas al cielo van.
Hija de un átomo seco
de una planta mortecina,
siempre, siempre clavellina
ha sido esta flor carmín;
cayó aquel grano entre el hueco
de una china y dos terrones;
llovieron los nubarrones
y germinó en el jardín.
Pero mirad ¡oh cuán bella!
¡Si cuando el viento la agita
parece que le palpita
en el centro un corazón!
¿Y quién sabe, quién si ella
tiene también sentimiento?
¿Quién sabe, quién, si es el viento
el galán de su pasión?
No turbemos sus amores;
dejémosla libremente
ante el dulcísimo ambiente
sus rojas galas lucir;
dejémosla que las llores
tienen también sentimiento,
pero no tienen acento
y padecen sin gemir.
Reluciente clavellina,
gargantilla del estío,
no ornaré el cabello mío
con tu aromoso coral,
si a vanidad femenina
consagrada tu belleza
ha de ajarte mi cabeza
la frescura matinal.
Vive libre, libre crece
sobre el tallo que alimenta
la vena que te sustenta
ese precioso botón,
en cuyo centro se mece
un corazón que no veo;
pero que de cierto creo
que ha de ser un corazón.
Y las brisas te festejen,
y mimen las mariposas
las mejillas temblorosas
de tu rostro de carmín;
y las hormigas se alejen
de tus contornos suaves,
y te saluden las aves
por la reina del jardín.
902
Carolina Coronado
Bondad De Dios
¡Cuán grande, cuán hermosa
es la lumbre del sol que abarca el mundo,
y cuán maravillosa
es la estrella copiosa!
¡Cuán ancho es el espacio, cuán profundo!
Como a impulso violento
granos de arena círculos describen
en derredor del viento,
de astros miles sin cuento
así en la inmensidad girando viven.
Como esa luna breve
que los azules aires cruzar vemos
por los ámbitos leve,
con giro igual se mueve
esta espaciosa tierra en que nacemos.
Los mares procelosos,
los montes de volcanes coronados,
los pueblos populosos
ruedan majestuosos
por la atmósfera en globo transformados.
¿Quién hacia el sol lo envía,
lo acerca, lo separa, lo sostiene,
su ruta marca y guía,
y en perfecta armonía
la prodigiosa máquina mantiene?
¿Quién es tan poderoso
que allá desde el lucero más lejano
que rige misterioso
la tierra cuidadoso,
tan bien gobierna por su propia mano?
¡Cómo a la flor atiende!
¡Cómo al insecto presta forma y vida!
¡Cómo el agua suspende
en la nube que hiende
el aire y baja en lluvia convertida!
¡Cómo enciende y sustenta
el alma pura que en nosotros vive,
y su fuerza acrecienta,
la sostiene y alienta,
cuando el dolor, cuando el placer recibe!
¡Cómo nos da alegría
en la niñez, y en juventud más fuerte
el amor y poesía,
y para la sombría
dolorida vejez nos da la muerte!
Ignorada tu esencia,
ignorado, señor, será tu nombre,
tu divina existencia,
pero tu omnipotencia
en su propio existir comprende el hombre.
Y si con tal desvelo
proteges amoroso a las criaturas,
¿no has de tener un cielo
donde con tierno anhelo
suban a verte, al fin, las almas puras?
es la lumbre del sol que abarca el mundo,
y cuán maravillosa
es la estrella copiosa!
¡Cuán ancho es el espacio, cuán profundo!
Como a impulso violento
granos de arena círculos describen
en derredor del viento,
de astros miles sin cuento
así en la inmensidad girando viven.
Como esa luna breve
que los azules aires cruzar vemos
por los ámbitos leve,
con giro igual se mueve
esta espaciosa tierra en que nacemos.
Los mares procelosos,
los montes de volcanes coronados,
los pueblos populosos
ruedan majestuosos
por la atmósfera en globo transformados.
¿Quién hacia el sol lo envía,
lo acerca, lo separa, lo sostiene,
su ruta marca y guía,
y en perfecta armonía
la prodigiosa máquina mantiene?
¿Quién es tan poderoso
que allá desde el lucero más lejano
que rige misterioso
la tierra cuidadoso,
tan bien gobierna por su propia mano?
¡Cómo a la flor atiende!
¡Cómo al insecto presta forma y vida!
¡Cómo el agua suspende
en la nube que hiende
el aire y baja en lluvia convertida!
¡Cómo enciende y sustenta
el alma pura que en nosotros vive,
y su fuerza acrecienta,
la sostiene y alienta,
cuando el dolor, cuando el placer recibe!
¡Cómo nos da alegría
en la niñez, y en juventud más fuerte
el amor y poesía,
y para la sombría
dolorida vejez nos da la muerte!
Ignorada tu esencia,
ignorado, señor, será tu nombre,
tu divina existencia,
pero tu omnipotencia
en su propio existir comprende el hombre.
Y si con tal desvelo
proteges amoroso a las criaturas,
¿no has de tener un cielo
donde con tierno anhelo
suban a verte, al fin, las almas puras?
849
Carolina Coronado
Bondad De Dios
¡Cuán grande, cuán hermosa
es la lumbre del sol que abarca el mundo,
y cuán maravillosa
es la estrella copiosa!
¡Cuán ancho es el espacio, cuán profundo!
Como a impulso violento
granos de arena círculos describen
en derredor del viento,
de astros miles sin cuento
así en la inmensidad girando viven.
Como esa luna breve
que los azules aires cruzar vemos
por los ámbitos leve,
con giro igual se mueve
esta espaciosa tierra en que nacemos.
Los mares procelosos,
los montes de volcanes coronados,
los pueblos populosos
ruedan majestuosos
por la atmósfera en globo transformados.
¿Quién hacia el sol lo envía,
lo acerca, lo separa, lo sostiene,
su ruta marca y guía,
y en perfecta armonía
la prodigiosa máquina mantiene?
¿Quién es tan poderoso
que allá desde el lucero más lejano
que rige misterioso
la tierra cuidadoso,
tan bien gobierna por su propia mano?
¡Cómo a la flor atiende!
¡Cómo al insecto presta forma y vida!
¡Cómo el agua suspende
en la nube que hiende
el aire y baja en lluvia convertida!
¡Cómo enciende y sustenta
el alma pura que en nosotros vive,
y su fuerza acrecienta,
la sostiene y alienta,
cuando el dolor, cuando el placer recibe!
¡Cómo nos da alegría
en la niñez, y en juventud más fuerte
el amor y poesía,
y para la sombría
dolorida vejez nos da la muerte!
Ignorada tu esencia,
ignorado, señor, será tu nombre,
tu divina existencia,
pero tu omnipotencia
en su propio existir comprende el hombre.
Y si con tal desvelo
proteges amoroso a las criaturas,
¿no has de tener un cielo
donde con tierno anhelo
suban a verte, al fin, las almas puras?
es la lumbre del sol que abarca el mundo,
y cuán maravillosa
es la estrella copiosa!
¡Cuán ancho es el espacio, cuán profundo!
Como a impulso violento
granos de arena círculos describen
en derredor del viento,
de astros miles sin cuento
así en la inmensidad girando viven.
Como esa luna breve
que los azules aires cruzar vemos
por los ámbitos leve,
con giro igual se mueve
esta espaciosa tierra en que nacemos.
Los mares procelosos,
los montes de volcanes coronados,
los pueblos populosos
ruedan majestuosos
por la atmósfera en globo transformados.
¿Quién hacia el sol lo envía,
lo acerca, lo separa, lo sostiene,
su ruta marca y guía,
y en perfecta armonía
la prodigiosa máquina mantiene?
¿Quién es tan poderoso
que allá desde el lucero más lejano
que rige misterioso
la tierra cuidadoso,
tan bien gobierna por su propia mano?
¡Cómo a la flor atiende!
¡Cómo al insecto presta forma y vida!
¡Cómo el agua suspende
en la nube que hiende
el aire y baja en lluvia convertida!
¡Cómo enciende y sustenta
el alma pura que en nosotros vive,
y su fuerza acrecienta,
la sostiene y alienta,
cuando el dolor, cuando el placer recibe!
¡Cómo nos da alegría
en la niñez, y en juventud más fuerte
el amor y poesía,
y para la sombría
dolorida vejez nos da la muerte!
Ignorada tu esencia,
ignorado, señor, será tu nombre,
tu divina existencia,
pero tu omnipotencia
en su propio existir comprende el hombre.
Y si con tal desvelo
proteges amoroso a las criaturas,
¿no has de tener un cielo
donde con tierno anhelo
suban a verte, al fin, las almas puras?
849
Carolina Coronado
A La Invención Del Globo
Águila altiva, que la nube asaltas
y en la cumbre a mirar al sol te atreves;
águila rauda, que los mares saltas
cuando las alas anchurosas mueves;
águila audaz, que en las regiones altas
la hiriente lumbre de los astros bebes;
águila reina, ya tiene el espacio
rival que te dispute tu palacio.
Si hallaras por acaso en tu elemento
veloz cruzando por las propias vías
al hombre que se eleva al firmamento
«vive Dios, al pasar, le gritarías,
que ni libres están, genio avariento,
de tus asaltos las regiones mías;
venció tu brazo cuanto halló en la tierra
¿y ora viene a mover al cielo guerra?»
Sí, sí, corcel para correr el suelo,
ligero pez para salvar los mares,
es águila atrevida para el cielo
el libre ser que en tu camino hallares;
déjale remontar contigo el vuelo
que de estrellas tal vez nuevos millares
cuando más huya la terrestre esfera
va a descubrir en su feliz carrera.
¿Qué vales tú si allá de las alturas
las bellezas que alcanzas no nos cuentas?
¿Qué importa cuanto ves en las anchuras
que mides con tus alas turbulentas
si nuevas no nos das a las criaturas
que estamos de saber aquí sedientas,
si un himno a la creación por obra tanta
jamás tu pico inexpresivo canta?
Mas aquel otro ser que el éter hiende
sube ya a comprender tanta belleza,
y del nuevo prodigio que sorprende
bajará a relatarnos la grandeza;
ya por cima del mundo se suspende
a contemplar la gran naturaleza,
y si le place el mar, su vuelo ataja
y como el ave acuática al mar baja.
Y cual vapor del mar se eleva luego
y con las nubes por los aires gira,
del encendido Can resiste el fuego,
del furioso aquilón sufre la ira;
sus fuertes alas en su presto juego
salvan al hombre que asombrado mira
allá por bajo de suspies tendido
el monstruo enorme de quien es nacido.
Como naturalista observa atento
de ignorado reptil la forma extraña;
el hombre aquel verá, pegado al viento,
como es la tierra que el Océano baña;
del polo ignoto, de viviente exento,
escrutará, tal vez, la oculta entraña,
y tal verdad puede alcanzar su idea
que la ciencia de ayer fábula sea...
¡Tanto saber...! ¿si escalará tu estancia
esta turba, Señor, de inquieta gente?
¿No pusiste, gran Dios, harta distancia
entre tu solio y nuestro genio ardiente?
No lograremos ¡ay!, por mi constancia
el triunfo de encontrarte frente a frente,
mas libres ya sobre los aires vamos;
¡Gloria porque a tu sol nos acercamos!
y en la cumbre a mirar al sol te atreves;
águila rauda, que los mares saltas
cuando las alas anchurosas mueves;
águila audaz, que en las regiones altas
la hiriente lumbre de los astros bebes;
águila reina, ya tiene el espacio
rival que te dispute tu palacio.
Si hallaras por acaso en tu elemento
veloz cruzando por las propias vías
al hombre que se eleva al firmamento
«vive Dios, al pasar, le gritarías,
que ni libres están, genio avariento,
de tus asaltos las regiones mías;
venció tu brazo cuanto halló en la tierra
¿y ora viene a mover al cielo guerra?»
Sí, sí, corcel para correr el suelo,
ligero pez para salvar los mares,
es águila atrevida para el cielo
el libre ser que en tu camino hallares;
déjale remontar contigo el vuelo
que de estrellas tal vez nuevos millares
cuando más huya la terrestre esfera
va a descubrir en su feliz carrera.
¿Qué vales tú si allá de las alturas
las bellezas que alcanzas no nos cuentas?
¿Qué importa cuanto ves en las anchuras
que mides con tus alas turbulentas
si nuevas no nos das a las criaturas
que estamos de saber aquí sedientas,
si un himno a la creación por obra tanta
jamás tu pico inexpresivo canta?
Mas aquel otro ser que el éter hiende
sube ya a comprender tanta belleza,
y del nuevo prodigio que sorprende
bajará a relatarnos la grandeza;
ya por cima del mundo se suspende
a contemplar la gran naturaleza,
y si le place el mar, su vuelo ataja
y como el ave acuática al mar baja.
Y cual vapor del mar se eleva luego
y con las nubes por los aires gira,
del encendido Can resiste el fuego,
del furioso aquilón sufre la ira;
sus fuertes alas en su presto juego
salvan al hombre que asombrado mira
allá por bajo de suspies tendido
el monstruo enorme de quien es nacido.
Como naturalista observa atento
de ignorado reptil la forma extraña;
el hombre aquel verá, pegado al viento,
como es la tierra que el Océano baña;
del polo ignoto, de viviente exento,
escrutará, tal vez, la oculta entraña,
y tal verdad puede alcanzar su idea
que la ciencia de ayer fábula sea...
¡Tanto saber...! ¿si escalará tu estancia
esta turba, Señor, de inquieta gente?
¿No pusiste, gran Dios, harta distancia
entre tu solio y nuestro genio ardiente?
No lograremos ¡ay!, por mi constancia
el triunfo de encontrarte frente a frente,
mas libres ya sobre los aires vamos;
¡Gloria porque a tu sol nos acercamos!
1.159
Carolina Coronado
A La Invención Del Globo
Águila altiva, que la nube asaltas
y en la cumbre a mirar al sol te atreves;
águila rauda, que los mares saltas
cuando las alas anchurosas mueves;
águila audaz, que en las regiones altas
la hiriente lumbre de los astros bebes;
águila reina, ya tiene el espacio
rival que te dispute tu palacio.
Si hallaras por acaso en tu elemento
veloz cruzando por las propias vías
al hombre que se eleva al firmamento
«vive Dios, al pasar, le gritarías,
que ni libres están, genio avariento,
de tus asaltos las regiones mías;
venció tu brazo cuanto halló en la tierra
¿y ora viene a mover al cielo guerra?»
Sí, sí, corcel para correr el suelo,
ligero pez para salvar los mares,
es águila atrevida para el cielo
el libre ser que en tu camino hallares;
déjale remontar contigo el vuelo
que de estrellas tal vez nuevos millares
cuando más huya la terrestre esfera
va a descubrir en su feliz carrera.
¿Qué vales tú si allá de las alturas
las bellezas que alcanzas no nos cuentas?
¿Qué importa cuanto ves en las anchuras
que mides con tus alas turbulentas
si nuevas no nos das a las criaturas
que estamos de saber aquí sedientas,
si un himno a la creación por obra tanta
jamás tu pico inexpresivo canta?
Mas aquel otro ser que el éter hiende
sube ya a comprender tanta belleza,
y del nuevo prodigio que sorprende
bajará a relatarnos la grandeza;
ya por cima del mundo se suspende
a contemplar la gran naturaleza,
y si le place el mar, su vuelo ataja
y como el ave acuática al mar baja.
Y cual vapor del mar se eleva luego
y con las nubes por los aires gira,
del encendido Can resiste el fuego,
del furioso aquilón sufre la ira;
sus fuertes alas en su presto juego
salvan al hombre que asombrado mira
allá por bajo de suspies tendido
el monstruo enorme de quien es nacido.
Como naturalista observa atento
de ignorado reptil la forma extraña;
el hombre aquel verá, pegado al viento,
como es la tierra que el Océano baña;
del polo ignoto, de viviente exento,
escrutará, tal vez, la oculta entraña,
y tal verdad puede alcanzar su idea
que la ciencia de ayer fábula sea...
¡Tanto saber...! ¿si escalará tu estancia
esta turba, Señor, de inquieta gente?
¿No pusiste, gran Dios, harta distancia
entre tu solio y nuestro genio ardiente?
No lograremos ¡ay!, por mi constancia
el triunfo de encontrarte frente a frente,
mas libres ya sobre los aires vamos;
¡Gloria porque a tu sol nos acercamos!
y en la cumbre a mirar al sol te atreves;
águila rauda, que los mares saltas
cuando las alas anchurosas mueves;
águila audaz, que en las regiones altas
la hiriente lumbre de los astros bebes;
águila reina, ya tiene el espacio
rival que te dispute tu palacio.
Si hallaras por acaso en tu elemento
veloz cruzando por las propias vías
al hombre que se eleva al firmamento
«vive Dios, al pasar, le gritarías,
que ni libres están, genio avariento,
de tus asaltos las regiones mías;
venció tu brazo cuanto halló en la tierra
¿y ora viene a mover al cielo guerra?»
Sí, sí, corcel para correr el suelo,
ligero pez para salvar los mares,
es águila atrevida para el cielo
el libre ser que en tu camino hallares;
déjale remontar contigo el vuelo
que de estrellas tal vez nuevos millares
cuando más huya la terrestre esfera
va a descubrir en su feliz carrera.
¿Qué vales tú si allá de las alturas
las bellezas que alcanzas no nos cuentas?
¿Qué importa cuanto ves en las anchuras
que mides con tus alas turbulentas
si nuevas no nos das a las criaturas
que estamos de saber aquí sedientas,
si un himno a la creación por obra tanta
jamás tu pico inexpresivo canta?
Mas aquel otro ser que el éter hiende
sube ya a comprender tanta belleza,
y del nuevo prodigio que sorprende
bajará a relatarnos la grandeza;
ya por cima del mundo se suspende
a contemplar la gran naturaleza,
y si le place el mar, su vuelo ataja
y como el ave acuática al mar baja.
Y cual vapor del mar se eleva luego
y con las nubes por los aires gira,
del encendido Can resiste el fuego,
del furioso aquilón sufre la ira;
sus fuertes alas en su presto juego
salvan al hombre que asombrado mira
allá por bajo de suspies tendido
el monstruo enorme de quien es nacido.
Como naturalista observa atento
de ignorado reptil la forma extraña;
el hombre aquel verá, pegado al viento,
como es la tierra que el Océano baña;
del polo ignoto, de viviente exento,
escrutará, tal vez, la oculta entraña,
y tal verdad puede alcanzar su idea
que la ciencia de ayer fábula sea...
¡Tanto saber...! ¿si escalará tu estancia
esta turba, Señor, de inquieta gente?
¿No pusiste, gran Dios, harta distancia
entre tu solio y nuestro genio ardiente?
No lograremos ¡ay!, por mi constancia
el triunfo de encontrarte frente a frente,
mas libres ya sobre los aires vamos;
¡Gloria porque a tu sol nos acercamos!
1.159
Carolina Coronado
Yo Tengo Mis Amores En El Mar
¡Hijo del mar, espíritu querido!,
alto ingenio inmortal de la poesía,
escucha desde el mar este gemido
que mi amoroso corazón te envía:
yo te adoro en el mar, y yo he venido
a escuchar en sus hondas tu armonía
y en su brisa tu aliento a respirar,
porque están mis amores en el mar.
Muchas noches al rayo de la luna
te he visto en la mitad del Océano
maldiciendo el rigor de tu fortuna
y mi sombra hacia ti llamando en vano;
y a las olas que van una por una
a estrellarse en el muro gaditano,
les digo que te lleven mi cantar
cuando se tornen con la aurora al mar.
Sobre esa torre que en la noche oscura
brilla como la luz de tu mirada,
muchas veces también subo agitada
a mirar tu bajel desde la altura;
y si está su bandera enarbolada,
mi voz en las borrascas te conjura
para que puedan libres navegar
los amores que tengo en este mar.
Pregúntale a la tórtola africana,
si al cruzar por las costas españolas,
no me encontró llorando esta mañana
al pie de las marinas banderolas;
yo le rogué que fuera por las olas
a buscar a tu nave soberana,
y a decirte, poeta, en su cantar
que tengo mis amores en el mar.
Tú de mi juventud primer suspiro,
la primera ilusión de mis cantares,
el fecundo laurel del Manzanares,
cuyas hojas perfuman mi retiro;
tú cuya imagen en las olas miro,
porque eres hijo de los bellos mares,
escucha, si me puedes escuchar,
el amoroso adiós que doy al mar...
Perdón, amigos, si al sonar mi acento
en el último adiós de despedida,
la mente absorta en su ilusión querida
arrebató mi voz por un momento:
nunca de la amistad el sentimiento
mi agradecido corazón olvida;
pero mirad cuán grande es mi penar
que dejo mis amores en el mar.
Vagarosa ilusión del alma mía
es ya la imagen que en las olas veo;
pero es la sola dicha que poseo,
y venturosa en mi ilusión vivía;
y al dejar esa dicha que tenía,
cuando perderla para siempre creo,
sólo deciros puedo en mi cantar
que tengo mis amores en el mar.
Perdón, amigos, si empecé mi canto
a una memoria de eternal consuelo,
y por amante respetad mi duelo
si al recordar su nombre sufro tanto;
y por amante respetad mi llanto
si en esta agitación y este desvelo
al deciros adiós vengo a llorar
¡porque dejo su tumba en ese mar!
Harto dolor aguarda a mi existencia
lejos del mar que mi tristeza calma,
y harta paciencia necesita el alma
para sufrir, amigos, esta ausencia;
pero si logro al fin con la paciencia
de mi martirio conquistar la palma,
yo volveré después de mi penar
a buscar mis amores en el mar.
Más tarde o más temprano mi barquilla
naufragará en la costa gaditana,
y arrojará la mar hasta la orilla
entre la espuma mi reliquia humana;
y esa poetisa, que me nombra hermana,
os dirá con su voz clara y sencilla:
«Aquí vino su sombra a descansar,
porque están sus amores en el mar».
alto ingenio inmortal de la poesía,
escucha desde el mar este gemido
que mi amoroso corazón te envía:
yo te adoro en el mar, y yo he venido
a escuchar en sus hondas tu armonía
y en su brisa tu aliento a respirar,
porque están mis amores en el mar.
Muchas noches al rayo de la luna
te he visto en la mitad del Océano
maldiciendo el rigor de tu fortuna
y mi sombra hacia ti llamando en vano;
y a las olas que van una por una
a estrellarse en el muro gaditano,
les digo que te lleven mi cantar
cuando se tornen con la aurora al mar.
Sobre esa torre que en la noche oscura
brilla como la luz de tu mirada,
muchas veces también subo agitada
a mirar tu bajel desde la altura;
y si está su bandera enarbolada,
mi voz en las borrascas te conjura
para que puedan libres navegar
los amores que tengo en este mar.
Pregúntale a la tórtola africana,
si al cruzar por las costas españolas,
no me encontró llorando esta mañana
al pie de las marinas banderolas;
yo le rogué que fuera por las olas
a buscar a tu nave soberana,
y a decirte, poeta, en su cantar
que tengo mis amores en el mar.
Tú de mi juventud primer suspiro,
la primera ilusión de mis cantares,
el fecundo laurel del Manzanares,
cuyas hojas perfuman mi retiro;
tú cuya imagen en las olas miro,
porque eres hijo de los bellos mares,
escucha, si me puedes escuchar,
el amoroso adiós que doy al mar...
Perdón, amigos, si al sonar mi acento
en el último adiós de despedida,
la mente absorta en su ilusión querida
arrebató mi voz por un momento:
nunca de la amistad el sentimiento
mi agradecido corazón olvida;
pero mirad cuán grande es mi penar
que dejo mis amores en el mar.
Vagarosa ilusión del alma mía
es ya la imagen que en las olas veo;
pero es la sola dicha que poseo,
y venturosa en mi ilusión vivía;
y al dejar esa dicha que tenía,
cuando perderla para siempre creo,
sólo deciros puedo en mi cantar
que tengo mis amores en el mar.
Perdón, amigos, si empecé mi canto
a una memoria de eternal consuelo,
y por amante respetad mi duelo
si al recordar su nombre sufro tanto;
y por amante respetad mi llanto
si en esta agitación y este desvelo
al deciros adiós vengo a llorar
¡porque dejo su tumba en ese mar!
Harto dolor aguarda a mi existencia
lejos del mar que mi tristeza calma,
y harta paciencia necesita el alma
para sufrir, amigos, esta ausencia;
pero si logro al fin con la paciencia
de mi martirio conquistar la palma,
yo volveré después de mi penar
a buscar mis amores en el mar.
Más tarde o más temprano mi barquilla
naufragará en la costa gaditana,
y arrojará la mar hasta la orilla
entre la espuma mi reliquia humana;
y esa poetisa, que me nombra hermana,
os dirá con su voz clara y sencilla:
«Aquí vino su sombra a descansar,
porque están sus amores en el mar».
773
Carolina Coronado
Los Recuerdos
Auras, perfumes de junquillo, trino
de aves amigas, rodeadme: siento
el antiguo placer, aquel contento
que en tiempo a mis amores; imagino
de mi joven cantor sonar vecino
el palpitante, apasionado acento
y las yerbas temblar que sacudía
su planta cuando a mí se aparecía.
¿Quién no tiene recuerdos deliciosos
de edad mejor ¡ay!, aunque joven sea?
Siempre el pasado tiempo nos recrea
velado de atractivos misteriosos;
por esos de la infancia venturosos
diera el joven el brillo que rodea
su lozana existencia, y cada hora
presente por pasado... ¡Ley traidora!
¿Qué son nuestros recuerdos, son delirio,
infortunio, ventura, desconsuelo?
¿Cuál intento será que tuvo el cielo
darnos en ellos bien, darnos martirio?
Cuando veo que un blanco, débil lirio,
de los mezquinos que produce el suelo,
mi antiguo amor despierta, impulsa, enciende,
¡oh! exclamo ¡santo Dios!, ¿quién os
comprende?
¿Qué ven, qué escuchan, pobre Carolina,
en la luz y el silencio ojos y oído?
¿Qué hay en la flor, que hay en la sombra, el ruido
que penetra en tu ser y te fascina?
Sobre la copa de la misma encina
el sol que tantas veces ha lucido,
la brisa de la antigua primavera,
¿por qué te agitan cual por vez primera?
Yo nada sé; filósofos profundos
que los misterios de la vida entienden,
sabrán de aquellos que el espacio hienden
en recuerdos espíritus fecundos;
yo las leyes ignoro de esos mundos
que los sabios dignísimos comprenden;
pero sé que en la tierra, peregrinos,
hay espíritus mil que son divinos.
Si fábrica de barro contrahecha
a quien faltó la esencia para un alma,
hombre estúpido, cuerpo siempre en calma,
la vida del espíritu desecha;
si juzga que de tierra sola es hecha
la criatura, que aspira a eterna palma,
es porque, en piel humana, ser de bruto
a su reino animal paga tributo.
Pero vosotras que gozáis, criaturas,
la inspiración real del sentimiento,
no os mofaréis porque en la luz y el viento
mi amor habite, y en las flores puras;
la yerba que tapiza las llanuras,
la nube que atraviesa el firmamento,
hacen surgir memorias olvidadas
en las almas por siempre enamoradas.
Duermen como la oruga-mariposa,
se ocultan sin cesar, como la luna,
decrecen, como el mar, pero ninguna
muere aunque mengua, velase o reposa;
se reaniman al sol, la noche hermosa
las hace aparecer una por una
y, cuando más lejanas de la idea,
las lleva al corazón recia marea.
Auras, perfumes de junquillos, trino
de aves amigas, me agitáis, os siento,
de espíritus ocultos sois aliento,
sois guardadores de mi amor divino:
venid al valle triste en que imagino
sonar de mi cantor el tierno acento;
¡placeres, dadme, en la ilusión hermosa
ya que en la realidad no soy dichosa!
de aves amigas, rodeadme: siento
el antiguo placer, aquel contento
que en tiempo a mis amores; imagino
de mi joven cantor sonar vecino
el palpitante, apasionado acento
y las yerbas temblar que sacudía
su planta cuando a mí se aparecía.
¿Quién no tiene recuerdos deliciosos
de edad mejor ¡ay!, aunque joven sea?
Siempre el pasado tiempo nos recrea
velado de atractivos misteriosos;
por esos de la infancia venturosos
diera el joven el brillo que rodea
su lozana existencia, y cada hora
presente por pasado... ¡Ley traidora!
¿Qué son nuestros recuerdos, son delirio,
infortunio, ventura, desconsuelo?
¿Cuál intento será que tuvo el cielo
darnos en ellos bien, darnos martirio?
Cuando veo que un blanco, débil lirio,
de los mezquinos que produce el suelo,
mi antiguo amor despierta, impulsa, enciende,
¡oh! exclamo ¡santo Dios!, ¿quién os
comprende?
¿Qué ven, qué escuchan, pobre Carolina,
en la luz y el silencio ojos y oído?
¿Qué hay en la flor, que hay en la sombra, el ruido
que penetra en tu ser y te fascina?
Sobre la copa de la misma encina
el sol que tantas veces ha lucido,
la brisa de la antigua primavera,
¿por qué te agitan cual por vez primera?
Yo nada sé; filósofos profundos
que los misterios de la vida entienden,
sabrán de aquellos que el espacio hienden
en recuerdos espíritus fecundos;
yo las leyes ignoro de esos mundos
que los sabios dignísimos comprenden;
pero sé que en la tierra, peregrinos,
hay espíritus mil que son divinos.
Si fábrica de barro contrahecha
a quien faltó la esencia para un alma,
hombre estúpido, cuerpo siempre en calma,
la vida del espíritu desecha;
si juzga que de tierra sola es hecha
la criatura, que aspira a eterna palma,
es porque, en piel humana, ser de bruto
a su reino animal paga tributo.
Pero vosotras que gozáis, criaturas,
la inspiración real del sentimiento,
no os mofaréis porque en la luz y el viento
mi amor habite, y en las flores puras;
la yerba que tapiza las llanuras,
la nube que atraviesa el firmamento,
hacen surgir memorias olvidadas
en las almas por siempre enamoradas.
Duermen como la oruga-mariposa,
se ocultan sin cesar, como la luna,
decrecen, como el mar, pero ninguna
muere aunque mengua, velase o reposa;
se reaniman al sol, la noche hermosa
las hace aparecer una por una
y, cuando más lejanas de la idea,
las lleva al corazón recia marea.
Auras, perfumes de junquillos, trino
de aves amigas, me agitáis, os siento,
de espíritus ocultos sois aliento,
sois guardadores de mi amor divino:
venid al valle triste en que imagino
sonar de mi cantor el tierno acento;
¡placeres, dadme, en la ilusión hermosa
ya que en la realidad no soy dichosa!
545
Carolina Coronado
Un Paisaje
Yo vi lucir los albores
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.
Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.
¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?
¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora...?
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?
¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?...
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.
Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.
Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.
¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?
¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora...?
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?
¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?...
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.
Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
595
Carolina Coronado
La Luna En Una Ausencia
Y tú ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?
Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.
Yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.
¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía...?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo ven: ¡por qué tardía!
Bardo amante, esa hechicera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.
Yo me encontré en unos valles
a esa misteriosa guía
cuando lenta recorría
de olivos desiertas calles,
tristes, como el alma mía.
Yo de entre la tierra oscura
la vi brotar, como pura
memoria de tu pasión,
en medio la desventura
de mi ausente corazón.
Y como el recuerdo amante
me siguió en mi soledad
callada, tierna, constante,
sin apartarse un instante
esa nocturna beldad.
Porque si yo caminaba
y con pasos fugitivos
árbol tras árbol cruzaba,
ella al par se deslizaba
entre los negros olivos.
Si un instante suspendía
mi carrera silenciosa,
sobre la copa sombría
del árbol se detenía,
como una paloma hermosa.
Por eso el tierno quebranto
sabe de mi ausencia, sola,
porque al escuchar mi canto
vino a sorprender mi llanto
con la luz de su aureola.
Y pues es la verdadera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.
aparición que pasas silenciosa
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?
Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.
Yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.
¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía...?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo ven: ¡por qué tardía!
Bardo amante, esa hechicera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.
Yo me encontré en unos valles
a esa misteriosa guía
cuando lenta recorría
de olivos desiertas calles,
tristes, como el alma mía.
Yo de entre la tierra oscura
la vi brotar, como pura
memoria de tu pasión,
en medio la desventura
de mi ausente corazón.
Y como el recuerdo amante
me siguió en mi soledad
callada, tierna, constante,
sin apartarse un instante
esa nocturna beldad.
Porque si yo caminaba
y con pasos fugitivos
árbol tras árbol cruzaba,
ella al par se deslizaba
entre los negros olivos.
Si un instante suspendía
mi carrera silenciosa,
sobre la copa sombría
del árbol se detenía,
como una paloma hermosa.
Por eso el tierno quebranto
sabe de mi ausencia, sola,
porque al escuchar mi canto
vino a sorprender mi llanto
con la luz de su aureola.
Y pues es la verdadera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.
851
Carolina Coronado
Aniversario
Bendita sea la amorosa luna
que derramó en tu cuna
antes que el sol, sus lánguidos fulgores,
y te suspiró, alma pura,
la suave ternura
de sus nocturnos, célicos amores.
¡Bendito el astro cándido y luciente
que prestó dulcemente
su brillo melancólico y hermoso
a tu amante mirada!
¡Yo adoro arrodillada
de tu existencia al astro venturoso!
¿Es por eso el encanto indefinible
que de amor indecible
llena mi corazón? ¿Eres tan bello,
tan dulce, tan amante
porque el primer instante
de tu vida alumbró con su destello?
¿Es al influjo de la luna triste
al que, tal vez, debiste
esa sombra que vela tu semblante,
y a medias oscurece
la luz que resplandece
en tu mirar de fuego centellante?
¡Ay! no lo sé; pero en mi frente siento
palpitante ardimiento
al contemplar tu faz tierna y sombría,
donde al par se difunden,
se mezclan y confunden
pasión, dolor, placer, melancolía.
¡Oh! Si mi voz al firmamento sube,
Dios hará que la nube
que tus divinos ojos entristece
agobie el alma mía,
y a ti dé la alegría
que tu adorado corazón merece.
¡Oh! quiera el cielo que al volver la luna
feliz como ninguna,
¡ángel querido! tu existencia vea;
y aunque yo desdichada
gima y desconsolada
al verla exclamaré: «¡Bendita sea!»
que derramó en tu cuna
antes que el sol, sus lánguidos fulgores,
y te suspiró, alma pura,
la suave ternura
de sus nocturnos, célicos amores.
¡Bendito el astro cándido y luciente
que prestó dulcemente
su brillo melancólico y hermoso
a tu amante mirada!
¡Yo adoro arrodillada
de tu existencia al astro venturoso!
¿Es por eso el encanto indefinible
que de amor indecible
llena mi corazón? ¿Eres tan bello,
tan dulce, tan amante
porque el primer instante
de tu vida alumbró con su destello?
¿Es al influjo de la luna triste
al que, tal vez, debiste
esa sombra que vela tu semblante,
y a medias oscurece
la luz que resplandece
en tu mirar de fuego centellante?
¡Ay! no lo sé; pero en mi frente siento
palpitante ardimiento
al contemplar tu faz tierna y sombría,
donde al par se difunden,
se mezclan y confunden
pasión, dolor, placer, melancolía.
¡Oh! Si mi voz al firmamento sube,
Dios hará que la nube
que tus divinos ojos entristece
agobie el alma mía,
y a ti dé la alegría
que tu adorado corazón merece.
¡Oh! quiera el cielo que al volver la luna
feliz como ninguna,
¡ángel querido! tu existencia vea;
y aunque yo desdichada
gima y desconsolada
al verla exclamaré: «¡Bendita sea!»
666
Carolina Coronado
Pasión
Ya no veo la alegría,
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.
Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.
Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.
Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.
Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.
¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!
Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.
El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?
¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!
Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.
Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.
Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.
Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.
Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.
Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.
Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.
Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.
Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.
Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.
¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!
Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.
El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?
¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!
Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.
Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.
Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.
Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.
Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.
Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.
679
Carolina Coronado
El Mundo Codicioso
Las nuevas de este mundo tormentoso
ven a escuchar sentado en mis rodillas,
y cuenta, Emilio, tú las maravillas
de tu país tranquilo y delicioso;
yo te diré cómo el dolor penoso
hace saltar el llanto a mis mejillas,
y tú me explicarás cómo el contento
siempre en tus claros ojos tiene asiento.
En tus coloquios con las dulces aves,
en tus alegres juegos con la fuente,
¿qué pasa, Emilio, que tan tiernamente
amas el campo y sus misterios sabes?
¿por qué escondido entre las yerbas suaves
te place contemplar atentamente
más los insectos y saber sus nombres
que escuchar las historias de los hombres?
¿Qué piensas de esas piedras hacinadas
a que llaman ciudad que, con enojos,
apartas de ella los lucientes ojos
y hacia los campos tornas tus miradas?
¿Tienen de las abejas las moradas
más perfección que esos perfiles rojos
tan altos en los aires elevados
y con fatigas tantas dibujados?
¿Qué piensas, rubio Emilio, de esas gentes
revestidas de insignias de grandeza
que no acatas el brillo y la riqueza
que los pueblos adoran reverentes?
¿Cómo de esas monedas relucientes,
que van de mano en mano, la belleza,
cándido Emilio, tienes en tan poco
que con las chinas las confundes loco?
Entre los hombres alto vocerío
por ese metal bello se levanta;
ésa es, Emilio, la reliquia santa
que de su religión queda al gentío;
para alabar su inmenso poderío
no hay en el mundo más que una garganta:
¡Gloria! cantan los ángeles en coro;
¡Oro! cantan los hombres, ¡oro! ¡oro!
¿Y qué mucho que tenga esa vistosa
dorada tierra fama tan crecida,
si de la raza entera envilecida
es la sola virtud maravillosa?
La turba de otros días religiosa
deja al divino Dios arrepentido,
y está pronta a adorar humildemente
becerros de oro, cual la antigua gente.
Si oyes el trueno de espantosa guerra
no es que el cristiano pueblo se levanta
para ir a rescatar la tumba santa
del grande mártir a lejana tierra;
si la historia en sus páginas encierra
de nuestros nobles padres gloria tanta,
nosotros que su lauro no anhelamos
no ya por Dios, ¡por vil oro luchamos!...
Mas, dejemos al mundo codicioso
que hace saltar el llanto a las mejillas,
y muestra, Emilio, tú las maravillas
de tu país tranquilo y delicioso;
llévame a ver cómo en tropel gracioso
a comer en tus manos las semillas
entre las yerbas verdes y suaves
vienen trinando las amigas aves.
Contigo iré, los dos caminaremos
juntos al valle, al bosque, a la ribera,
y con el lirio azul de la pradera
los juncos de las aguas trenzaremos:
tal vez en dulce soledad hallemos
aquella imagen grande y verdadera
que desde el cielo hermoso, a ti alegría
y a mí paz y esperanza nos envía.
ven a escuchar sentado en mis rodillas,
y cuenta, Emilio, tú las maravillas
de tu país tranquilo y delicioso;
yo te diré cómo el dolor penoso
hace saltar el llanto a mis mejillas,
y tú me explicarás cómo el contento
siempre en tus claros ojos tiene asiento.
En tus coloquios con las dulces aves,
en tus alegres juegos con la fuente,
¿qué pasa, Emilio, que tan tiernamente
amas el campo y sus misterios sabes?
¿por qué escondido entre las yerbas suaves
te place contemplar atentamente
más los insectos y saber sus nombres
que escuchar las historias de los hombres?
¿Qué piensas de esas piedras hacinadas
a que llaman ciudad que, con enojos,
apartas de ella los lucientes ojos
y hacia los campos tornas tus miradas?
¿Tienen de las abejas las moradas
más perfección que esos perfiles rojos
tan altos en los aires elevados
y con fatigas tantas dibujados?
¿Qué piensas, rubio Emilio, de esas gentes
revestidas de insignias de grandeza
que no acatas el brillo y la riqueza
que los pueblos adoran reverentes?
¿Cómo de esas monedas relucientes,
que van de mano en mano, la belleza,
cándido Emilio, tienes en tan poco
que con las chinas las confundes loco?
Entre los hombres alto vocerío
por ese metal bello se levanta;
ésa es, Emilio, la reliquia santa
que de su religión queda al gentío;
para alabar su inmenso poderío
no hay en el mundo más que una garganta:
¡Gloria! cantan los ángeles en coro;
¡Oro! cantan los hombres, ¡oro! ¡oro!
¿Y qué mucho que tenga esa vistosa
dorada tierra fama tan crecida,
si de la raza entera envilecida
es la sola virtud maravillosa?
La turba de otros días religiosa
deja al divino Dios arrepentido,
y está pronta a adorar humildemente
becerros de oro, cual la antigua gente.
Si oyes el trueno de espantosa guerra
no es que el cristiano pueblo se levanta
para ir a rescatar la tumba santa
del grande mártir a lejana tierra;
si la historia en sus páginas encierra
de nuestros nobles padres gloria tanta,
nosotros que su lauro no anhelamos
no ya por Dios, ¡por vil oro luchamos!...
Mas, dejemos al mundo codicioso
que hace saltar el llanto a las mejillas,
y muestra, Emilio, tú las maravillas
de tu país tranquilo y delicioso;
llévame a ver cómo en tropel gracioso
a comer en tus manos las semillas
entre las yerbas verdes y suaves
vienen trinando las amigas aves.
Contigo iré, los dos caminaremos
juntos al valle, al bosque, a la ribera,
y con el lirio azul de la pradera
los juncos de las aguas trenzaremos:
tal vez en dulce soledad hallemos
aquella imagen grande y verdadera
que desde el cielo hermoso, a ti alegría
y a mí paz y esperanza nos envía.
612
Carolina Coronado
La Luz De La Primavera
Ya el almendro de flor está cubierto;
ya he visto a la primera golondrina
de su antigua morada tras la ruina
cruzar por mi ventana en vuelo incierto;
ya ha brotado en el césped de mi huerto
una temprana, roja clavellina,
y ya tremola, como blanca enseña
sus alas, en la torre, la cigüeña.
Dicen que de estación risueña y clara
esos son claros signos y seguros,
que rayos brillantísimos y puros
el sol a nuestra atmósfera prepara:
que no turbarán más su lumbre cara
esos vapores del invierno oscuros,
ni cruzarán el manso firmamento
pesada lluvia ni importuno viento.
Si puede el resplandor de mi alegría
perdida, renacer en mis sentidos,
logren mis ojos tanto entristecidos
cumplida ver tan bella profecía:
Mira, Emilio, si son del alma mía
los nuevos pensamientos atrevidos,
cuando ambiciono sólo a mi ventura
ver revestido el cielo de luz pura.
¡Luz nada más! ¡la luz!... es sed ansiosa
que seca ya los ojos abrasados,
que tiene entre sus sombras sepultados
oscurísima niebla pavorosa:
ni otro consuelo que la luz hermosa
tiene mi corazón, ni otros cuidados,
que impaciente aguardarla en su venida
y lamentar con lágrimas su huida.
¡Ven primavera! tu beldad gozosa
dome los irritados elementos,
en medio a sus combates turbulentos
álzate sobre el trono majestuosa;
cese ante ti la lluvia tenebrosa,
callen ahogados ante ti los vientos,
y huyan por el espacio los nublados,
como bandos de cuervos espantados.
En colina elevada, allá distante
veré en el campo relumbrar el río,
y en el tronco del álamo sombrío
oiré de nuevo al ruiseñor amante;
ora se esconde triste y vaga errante
la furia huyendo al vendaval impío,
pero así que se amanse el firmamento
vendrá a llenar con su armonía el viento.
Y yo en el viento oiré su voz amante,
y mi voz de sus trinos compañera,
como la luz y el aire por la esfera
volarán confundidos un instante;
¡y entrambos con el seno palpitante
embriagados de amor por la ribera
cantaremos del cielo la hermosura
adorando en su luz nuestra ventura!
ya he visto a la primera golondrina
de su antigua morada tras la ruina
cruzar por mi ventana en vuelo incierto;
ya ha brotado en el césped de mi huerto
una temprana, roja clavellina,
y ya tremola, como blanca enseña
sus alas, en la torre, la cigüeña.
Dicen que de estación risueña y clara
esos son claros signos y seguros,
que rayos brillantísimos y puros
el sol a nuestra atmósfera prepara:
que no turbarán más su lumbre cara
esos vapores del invierno oscuros,
ni cruzarán el manso firmamento
pesada lluvia ni importuno viento.
Si puede el resplandor de mi alegría
perdida, renacer en mis sentidos,
logren mis ojos tanto entristecidos
cumplida ver tan bella profecía:
Mira, Emilio, si son del alma mía
los nuevos pensamientos atrevidos,
cuando ambiciono sólo a mi ventura
ver revestido el cielo de luz pura.
¡Luz nada más! ¡la luz!... es sed ansiosa
que seca ya los ojos abrasados,
que tiene entre sus sombras sepultados
oscurísima niebla pavorosa:
ni otro consuelo que la luz hermosa
tiene mi corazón, ni otros cuidados,
que impaciente aguardarla en su venida
y lamentar con lágrimas su huida.
¡Ven primavera! tu beldad gozosa
dome los irritados elementos,
en medio a sus combates turbulentos
álzate sobre el trono majestuosa;
cese ante ti la lluvia tenebrosa,
callen ahogados ante ti los vientos,
y huyan por el espacio los nublados,
como bandos de cuervos espantados.
En colina elevada, allá distante
veré en el campo relumbrar el río,
y en el tronco del álamo sombrío
oiré de nuevo al ruiseñor amante;
ora se esconde triste y vaga errante
la furia huyendo al vendaval impío,
pero así que se amanse el firmamento
vendrá a llenar con su armonía el viento.
Y yo en el viento oiré su voz amante,
y mi voz de sus trinos compañera,
como la luz y el aire por la esfera
volarán confundidos un instante;
¡y entrambos con el seno palpitante
embriagados de amor por la ribera
cantaremos del cielo la hermosura
adorando en su luz nuestra ventura!
732
Carolina Coronado
Emigración De Las Aves
Turbóse el azul del cielo.
Y las lluvias anegaron
las semillas que en el suelo
los labradores dejaron.
Huéspedas de mi patria en el verano,
buscad ya lejos de la tierra mía,
en otro cielo, en otro nuevo llano,
nueva mies, nuevo sol, nueva alegría.
Tierna armonía postrera
dad a ese valle vecino
y un adiós a la ribera
y emprended vuestro camino.
Ved que el lejano monte se oscurece;
ved que anublado está ya el firmamento;
ved que la niebla presurosa crece
y es muy triste cruzar sin luz el viento.
Pero yo no os quiero oír
vuestra postrera canción,
que tengo de veros ir
afligido el corazón.
Ya la primera huyó la golondrina;
¿quién, Emilio, cantando a la ventana
con bulliciosa trova peregrina
a despertarnos ya vendrá mañana?
Ya van tras ella en tropel,
ya va quedando desierto
el verde, hermoso laurel
que las anida en mi huerto.
Por la postrera vez miro anhelante
en él la alegre multitud reunida
¡Ay! para algún placer a cada instante
muriendo el corazón está en la vida.
Aunque vengáis del desierto
otro verano a cantar,
o no vendréis a mi huerto
o yo no os podré escuchar.
¿Quién sabe si mudada el alma mía,
quién sabe si perdido su contento
como se alegra hoy con la armonía
mañana sufrirá con vuestro acento?
Vosotras si veis venir
la nube, huís la cabeza;
pero yo no puedo huir
la nube de mi tristeza.
Yo sé que lejos de la tierra mía
otra hay más bella que buscar no puedo;
por eso os vais y de la niebla fría,
entre las sombras, temerosa quedo.
Triste será aquí mi vida,
pero de aquí no me voy;
¡Ay! ¡por qué a la tierra asida
como ese laurel estoy!
Las que podéis cruzar libres el viento
dejad las sombras de la niebla fría;
yo en vuestra ausencia elevaré mi acento
bajo el bello laurel que os guarecía.
Y las lluvias anegaron
las semillas que en el suelo
los labradores dejaron.
Huéspedas de mi patria en el verano,
buscad ya lejos de la tierra mía,
en otro cielo, en otro nuevo llano,
nueva mies, nuevo sol, nueva alegría.
Tierna armonía postrera
dad a ese valle vecino
y un adiós a la ribera
y emprended vuestro camino.
Ved que el lejano monte se oscurece;
ved que anublado está ya el firmamento;
ved que la niebla presurosa crece
y es muy triste cruzar sin luz el viento.
Pero yo no os quiero oír
vuestra postrera canción,
que tengo de veros ir
afligido el corazón.
Ya la primera huyó la golondrina;
¿quién, Emilio, cantando a la ventana
con bulliciosa trova peregrina
a despertarnos ya vendrá mañana?
Ya van tras ella en tropel,
ya va quedando desierto
el verde, hermoso laurel
que las anida en mi huerto.
Por la postrera vez miro anhelante
en él la alegre multitud reunida
¡Ay! para algún placer a cada instante
muriendo el corazón está en la vida.
Aunque vengáis del desierto
otro verano a cantar,
o no vendréis a mi huerto
o yo no os podré escuchar.
¿Quién sabe si mudada el alma mía,
quién sabe si perdido su contento
como se alegra hoy con la armonía
mañana sufrirá con vuestro acento?
Vosotras si veis venir
la nube, huís la cabeza;
pero yo no puedo huir
la nube de mi tristeza.
Yo sé que lejos de la tierra mía
otra hay más bella que buscar no puedo;
por eso os vais y de la niebla fría,
entre las sombras, temerosa quedo.
Triste será aquí mi vida,
pero de aquí no me voy;
¡Ay! ¡por qué a la tierra asida
como ese laurel estoy!
Las que podéis cruzar libres el viento
dejad las sombras de la niebla fría;
yo en vuestra ausencia elevaré mi acento
bajo el bello laurel que os guarecía.
759
Carolina Coronado
El Espino
Yo no quiero de los campos
los árboles ni las parras
ni la multitud vistosa
de sus bellísimas plantas;
Pero un espino florido
que hay, Emilio, entre las zarzas,
es la envidia de mis ojos
la codicia de mi alma.
Viste su tronco ramaje
de verdes hojas lozanas.
Y entre sus brazos airosos
flores como espumas alza.
Más ansiosa que la abeja
es su perfume embriagada
vago errante, sin aliento
en torno de sus guirnaldas.
Mas, tiendo en vano los brazos
que antes que llegue a alcanzarlas
las punzadoras espinas
de sus ramos me desgarran.
Huye la flor de mis manos;
crece de mi pecho el ansia;
la flor queda en el espino
y en el espino mis lágrimas.
los árboles ni las parras
ni la multitud vistosa
de sus bellísimas plantas;
Pero un espino florido
que hay, Emilio, entre las zarzas,
es la envidia de mis ojos
la codicia de mi alma.
Viste su tronco ramaje
de verdes hojas lozanas.
Y entre sus brazos airosos
flores como espumas alza.
Más ansiosa que la abeja
es su perfume embriagada
vago errante, sin aliento
en torno de sus guirnaldas.
Mas, tiendo en vano los brazos
que antes que llegue a alcanzarlas
las punzadoras espinas
de sus ramos me desgarran.
Huye la flor de mis manos;
crece de mi pecho el ansia;
la flor queda en el espino
y en el espino mis lágrimas.
623
Carolina Coronado
Canción
Con el otoño perdidas
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.
De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.
Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.
Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.
El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.
Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!
Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.
De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.
Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.
Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.
El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.
Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!
Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
556
Carolina Coronado
Canción
Cuando la luz de la tarde
en occidente se apaga,
y la reina de las sombras
con ligero paso avanza;
En esas horas tranquilas,
inspiradoras del alma;
cuando en las alas del viento
el silencio se derrama;
Cuando la tórtola dulce
lánguido suspiro exhala
con acento lastimero
recogida entre las ramas.
A aliviar voy mis cuidados
a la orilla solitaria
de un pacífico arroyuelo,
que entre fresnos se dilata.
Y vagando pensativa
por la arboleda callada,
sueño dichas venideras,
o canto las ya pasadas.
Y comparo al manso río
mi existencia sosegada.—
Él rueda blando entre flores;
ella entre ilusiones blanda.
en occidente se apaga,
y la reina de las sombras
con ligero paso avanza;
En esas horas tranquilas,
inspiradoras del alma;
cuando en las alas del viento
el silencio se derrama;
Cuando la tórtola dulce
lánguido suspiro exhala
con acento lastimero
recogida entre las ramas.
A aliviar voy mis cuidados
a la orilla solitaria
de un pacífico arroyuelo,
que entre fresnos se dilata.
Y vagando pensativa
por la arboleda callada,
sueño dichas venideras,
o canto las ya pasadas.
Y comparo al manso río
mi existencia sosegada.—
Él rueda blando entre flores;
ella entre ilusiones blanda.
890
Carolina Coronado
A Un Ruiseñor
Ruiseñor, que entre las hojas
de la más florida acacia
has tenido todo mayo
fresca, primorosa estancia,
¿Por qué picas ese ramo
de menudas flores albas,
que te mece si dormitas,
y te acaricia si cantas:
Y a tu lado cariñoso
presta a un tiempo con sus galas
colgaduras a tu lecho
perfumes a tu morada?
¡Diote la acacia amorosa
cuna y sombra regaladas;
y tú rompiendo sus hojas,
¡ay! con heridas le pagas!-
Yo sé, pájaro sonoro,
que en tus dos inquietas alas
vas a lanzarte, a otro valle
por siempre huyendo esa rama.
Mas no por eso a tu amiga,
ruiseñor, con loca saña
has de romperle las perlas
de su corona preciada.
¡Que cuando estés lejos de ella,
tal vez recuerdes con ansia
la frescura de su sombra,
la esencia de sus guirnaldas!
de la más florida acacia
has tenido todo mayo
fresca, primorosa estancia,
¿Por qué picas ese ramo
de menudas flores albas,
que te mece si dormitas,
y te acaricia si cantas:
Y a tu lado cariñoso
presta a un tiempo con sus galas
colgaduras a tu lecho
perfumes a tu morada?
¡Diote la acacia amorosa
cuna y sombra regaladas;
y tú rompiendo sus hojas,
¡ay! con heridas le pagas!-
Yo sé, pájaro sonoro,
que en tus dos inquietas alas
vas a lanzarte, a otro valle
por siempre huyendo esa rama.
Mas no por eso a tu amiga,
ruiseñor, con loca saña
has de romperle las perlas
de su corona preciada.
¡Que cuando estés lejos de ella,
tal vez recuerdes con ansia
la frescura de su sombra,
la esencia de sus guirnaldas!
559
Carolina Coronado
Rosablanca
La luz del día se apaga;
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.—
El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.—
El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
632
Carolina Coronado
Al Mismo Asunto
¡Ay! la tórtola viuda
llora su bello y muerto compañero,
y ensordece la muda
selva, con su gemido lastimero.
Gime sobre la encina
donde arrulló su amigo antes con ella,
la luna peregrina
pasó, y oyó tres veces su querella.
El cierzo se levanta
y sacude los árboles del monte,
y ni el cierzo la espanta
ni la lluvia que anega el horizonte.
Primero que olvidada
su pena, ha de asordar la selva muda;
que es fiel enamorada
la tierna melancólica viuda.
Y era su compañero
como ella amante, hermoso como el día,
y su volar ligero
por el valle a la tórtola seguía.
Solitarias amadas,
vagasteis con la luz por los collados,
y en la sombra, apartadas
os vi, sobre los troncos elevados,
Y tú el cuello escondías
entre las plumas de sus alas bellas,
y a su arrullo dormías
amoroso, al venir de las estrellas
¡Ay tortolilla viuda!
¡Llora tu bello y tierno compañero,
y ensordece la muda
selva con tu gemido lastimero!
Que el fiero azor en tanto
su vuelo sesgo sobre ti avecina,
y ya escucho tu canto
ahogado en la garganta peregrina
El seno que golpeas,
a tu esposo llamando tiernamente,
entre sus garras feas
será regalo de su pico hendiente.
Mas ¡ay triste y viuda
tórtola! si murió tu bello amante,
¿qué importa que a ti acuda
y rompa azor tu seno palpitante?
llora su bello y muerto compañero,
y ensordece la muda
selva, con su gemido lastimero.
Gime sobre la encina
donde arrulló su amigo antes con ella,
la luna peregrina
pasó, y oyó tres veces su querella.
El cierzo se levanta
y sacude los árboles del monte,
y ni el cierzo la espanta
ni la lluvia que anega el horizonte.
Primero que olvidada
su pena, ha de asordar la selva muda;
que es fiel enamorada
la tierna melancólica viuda.
Y era su compañero
como ella amante, hermoso como el día,
y su volar ligero
por el valle a la tórtola seguía.
Solitarias amadas,
vagasteis con la luz por los collados,
y en la sombra, apartadas
os vi, sobre los troncos elevados,
Y tú el cuello escondías
entre las plumas de sus alas bellas,
y a su arrullo dormías
amoroso, al venir de las estrellas
¡Ay tortolilla viuda!
¡Llora tu bello y tierno compañero,
y ensordece la muda
selva con tu gemido lastimero!
Que el fiero azor en tanto
su vuelo sesgo sobre ti avecina,
y ya escucho tu canto
ahogado en la garganta peregrina
El seno que golpeas,
a tu esposo llamando tiernamente,
entre sus garras feas
será regalo de su pico hendiente.
Mas ¡ay triste y viuda
tórtola! si murió tu bello amante,
¿qué importa que a ti acuda
y rompa azor tu seno palpitante?
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