Poemas en este tema
Naturaleza y Elementos
Carolina Coronado
A Una Golondrina
¡Salud, dulce golondrina,
allá en el suelo africano
bella, errante peregrina;
salud, perenne vecina
del ardoroso verano;
Tu cántiga placentera
llevaste a lejanos mares:
la atrevida, la parlera,
bien llegada a estos lugares,
amorosa compañera!
Bien llegada al suelo amigo,
do no errante ni perdida,
te dará a la par conmigo
un mismo techo el abrigo
en blando nido mecida.
Vuelve, amiga, descuidada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada;
¡Aún duran de pluma y heno
los restos de tu morada!
Aquí tus amores fueron,
y aquí tu canción amante;
aquí tus hijos nacieron,
y a tu arrullo se adurmieron
bajo el ala palpitante:
Y aquí mi voz se mezclaba
a tu viva cantilena;
y aquí impaciente aguardaba,
esa vuelta que tardaba
de amor y recuerdos llena.
Y eres fiel agradecida,
y no te aguardará en vano;
que nunca fue desmentida
esa tu fe prometida
al ardoroso verano.
¡A cuántos ¡ay! golondrina,
que lealtad y fe cantaron
la ingratitud se avecina!
¡Cuántos con planta mezquina
sus juramentos hollaron!
Mas no tú: fiel y graciosa,
cuando se allega el estío,
vuelves tierna y amorosa
allá de playa arenosa
do te arrojo invierno frío.
No olvidaste, no, los dones
de este suelo bienhechor,
ni las fuentes ni la flor,
ni olvidaste los rincones
de tu asilo protector.
Volvistes enamorada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada,
y aquí de plumas y heno
formarás nueva morada.
Cantaremos, golondrina,
mis recuerdos y tu amor
mientras que el sol ilumina;
sin que entibie la neblina
ni sus luces, ni su ardor.
allá en el suelo africano
bella, errante peregrina;
salud, perenne vecina
del ardoroso verano;
Tu cántiga placentera
llevaste a lejanos mares:
la atrevida, la parlera,
bien llegada a estos lugares,
amorosa compañera!
Bien llegada al suelo amigo,
do no errante ni perdida,
te dará a la par conmigo
un mismo techo el abrigo
en blando nido mecida.
Vuelve, amiga, descuidada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada;
¡Aún duran de pluma y heno
los restos de tu morada!
Aquí tus amores fueron,
y aquí tu canción amante;
aquí tus hijos nacieron,
y a tu arrullo se adurmieron
bajo el ala palpitante:
Y aquí mi voz se mezclaba
a tu viva cantilena;
y aquí impaciente aguardaba,
esa vuelta que tardaba
de amor y recuerdos llena.
Y eres fiel agradecida,
y no te aguardará en vano;
que nunca fue desmentida
esa tu fe prometida
al ardoroso verano.
¡A cuántos ¡ay! golondrina,
que lealtad y fe cantaron
la ingratitud se avecina!
¡Cuántos con planta mezquina
sus juramentos hollaron!
Mas no tú: fiel y graciosa,
cuando se allega el estío,
vuelves tierna y amorosa
allá de playa arenosa
do te arrojo invierno frío.
No olvidaste, no, los dones
de este suelo bienhechor,
ni las fuentes ni la flor,
ni olvidaste los rincones
de tu asilo protector.
Volvistes enamorada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada,
y aquí de plumas y heno
formarás nueva morada.
Cantaremos, golondrina,
mis recuerdos y tu amor
mientras que el sol ilumina;
sin que entibie la neblina
ni sus luces, ni su ardor.
696
Carolina Coronado
A La Mariposa
Bien hayan, mariposa,
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de contino
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.—
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de contino
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.—
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
674
Carolina Coronado
A La Mariposa
Bien hayan, mariposa,
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de contino
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.—
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de contino
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.—
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
674
Carolina Coronado
A Una Tórtola
Tórtola, que misteriosa
querella de amores cantas,
dolorida,
azorada, temblorosa,
como la lluvia en las plantas
conmovida;
Que levantas arrullando
de tu seno palpitante
la alba pluma,
como el agua murmurando
en las olas, vacilante
leve espuma:
Tórtola tímida y bella,
melancólica vecina
de los valles,
nunca tu blanda querella,
tu cántiga peregrina,
muda acalles:
Lleva a el aura ese ruido
que en las soledades mueven
tus acentos:
los ecos de tu gemido
siempre amorosos se eleven
a los vientos.
Canta, canta dulcemente
con la tierna compañera
tus amores:
verás tu arrullo inocente
dar más vida a la pradera
y alas flores.
¿Mas por qué si regalado
tu murmurio en mis oídos
desfallece,
el pecho mío turbado,
a tus lánguidos gemidos
se estremece?
¿Será que yo también como tú siento
esa ternura que tu seno oprime,
y el dulce sentimiento
que de inefable amor tu acento exprime?
Con nuevo fuego el corazón se anima,
al escuchar tu canto apasionado;
¿será que también gima
en amoroso lazo aprisionado?
Es tu tristeza la tristeza mía;
con tono igual nuestro cantar alzamos;
si nunca en la armonía,
tórtola, en el gemir nos igualamos.
Pues si en gemir son iguales,
nuestras voces uniremos
retiradas,
como de dos manantiales
unirse las aguas vemos
separadas.
Mis suspiros lastimados,
tus arrullos gemidores
mezclaremos,
tú-sentidos, yo-soñados,
entrambas canto de amores
murmuremos.
querella de amores cantas,
dolorida,
azorada, temblorosa,
como la lluvia en las plantas
conmovida;
Que levantas arrullando
de tu seno palpitante
la alba pluma,
como el agua murmurando
en las olas, vacilante
leve espuma:
Tórtola tímida y bella,
melancólica vecina
de los valles,
nunca tu blanda querella,
tu cántiga peregrina,
muda acalles:
Lleva a el aura ese ruido
que en las soledades mueven
tus acentos:
los ecos de tu gemido
siempre amorosos se eleven
a los vientos.
Canta, canta dulcemente
con la tierna compañera
tus amores:
verás tu arrullo inocente
dar más vida a la pradera
y alas flores.
¿Mas por qué si regalado
tu murmurio en mis oídos
desfallece,
el pecho mío turbado,
a tus lánguidos gemidos
se estremece?
¿Será que yo también como tú siento
esa ternura que tu seno oprime,
y el dulce sentimiento
que de inefable amor tu acento exprime?
Con nuevo fuego el corazón se anima,
al escuchar tu canto apasionado;
¿será que también gima
en amoroso lazo aprisionado?
Es tu tristeza la tristeza mía;
con tono igual nuestro cantar alzamos;
si nunca en la armonía,
tórtola, en el gemir nos igualamos.
Pues si en gemir son iguales,
nuestras voces uniremos
retiradas,
como de dos manantiales
unirse las aguas vemos
separadas.
Mis suspiros lastimados,
tus arrullos gemidores
mezclaremos,
tú-sentidos, yo-soñados,
entrambas canto de amores
murmuremos.
784
Carolina Coronado
A La Siempreviva
Cuando el alma primavera
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
749
Carolina Coronado
A La Siempreviva
Cuando el alma primavera
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
749
Carolina Coronado
La Rosa Blanca
¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?
La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.
Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento
a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?
La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.
Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento
a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.
737
Carolina Coronado
Al Jazmín
Orgullo de la enramada,
blanca y leve florecilla,
más que todas delicada,
y más que todas sencilla.
Muestra el lirio temblorosa
la faz cristalina y pura;
y ostenta encendida rosa
la peregrina hermosura.
Alza bella la azucena
la copa tersa y nevada
de ricos ámbares llena,
de mil abejas cercada.
Pero ¿quién tu brillo iguala,
viva flor del cano estío,
que luces entre su gala,
como espuma en claro río?
Por sencilla y delicada,
en el jardín entre ciento
fijas tú, flor, la mirada,
y fijas el pensamiento.
Y por el seno argentino
que blando perfume expira,
do bebe néctar divino
la abeja que en ti respira.—
¡Flor graciosa y nacarada,
la más tierna de las flores!
¡oh mil veces bienhadada
la que roba tus amores!
¡Bienhadada mariposa
que tu pétalo estremece,
cuando a tu lado reposa,
y en tu aliento se embebece!
Por delicada y sencilla,
en el jardín entre ciento
se fija en ti, florecilla,
mi vista y mi pensamiento.
blanca y leve florecilla,
más que todas delicada,
y más que todas sencilla.
Muestra el lirio temblorosa
la faz cristalina y pura;
y ostenta encendida rosa
la peregrina hermosura.
Alza bella la azucena
la copa tersa y nevada
de ricos ámbares llena,
de mil abejas cercada.
Pero ¿quién tu brillo iguala,
viva flor del cano estío,
que luces entre su gala,
como espuma en claro río?
Por sencilla y delicada,
en el jardín entre ciento
fijas tú, flor, la mirada,
y fijas el pensamiento.
Y por el seno argentino
que blando perfume expira,
do bebe néctar divino
la abeja que en ti respira.—
¡Flor graciosa y nacarada,
la más tierna de las flores!
¡oh mil veces bienhadada
la que roba tus amores!
¡Bienhadada mariposa
que tu pétalo estremece,
cuando a tu lado reposa,
y en tu aliento se embebece!
Por delicada y sencilla,
en el jardín entre ciento
se fija en ti, florecilla,
mi vista y mi pensamiento.
647
Carolina Coronado
Al Lirio
Leve y plácida sonrisa
de la fresca primavera;
tú que naces con su brisa
de las flores la primera;
Y te engalanas llevando
el color del firmamento,
y esquivas el cuello blando
a las caricias del viento;
Allá oculta, de las peñas
en las salvajes gargantas,
el rico vergel desdeñas,
donde brillan otras plantas.
¿Será que te falte hechizo
para competir con ellas?
¿Que el Dios de los campos hizo
las otras flores más bellas?
Mas no; que es tu talle airoso,
y por ninguna belleza
trocara el matiz precioso
tu perfumada cabeza:
Y tu corona azulada
es, lirio, más trasparente
que la linfa sosegada
del arroyuelo naciente.
¿Cómo pie tan delicado
fuera de jardines crece,
y entre malezas criado
de las rocas se guarece?
¿Cómo, lirio, tu semilla
nunca brota en la pradera?
¿Cómo tu gala no brilla
de las fuentes en la orilla,
y en la florida ribera?
¿Qué te vale ese prendido
de celeste brillantez,
si ignorado y escondido,
en los desiertos perdido
ha de hallarte la vejez?
¿Qué te vale ser hermoso
si en ocultarlo te empeñas,
y las horas más risueñas
has de pasar sigiloso
entre las ásperas breñas?
Ven, lirio, ven a brotar
a las márgenes del lago:
abandona ese lugar
que sólo debe habitar
el odioso jaramago.
¡¡Que la vaga mariposa
en morada tan agreste,
tu dulce copa celeste
no ha de besar cariñosa!!
Ni la abeja en tu capullo
las ambrosías que mana,
libará ansiosa y galana
con festejador murmullo.—
Que si por bello te acoge,
por salvaje te desdeña
queda allá solo en tu peña,
y que el viento te deshoje.—
de la fresca primavera;
tú que naces con su brisa
de las flores la primera;
Y te engalanas llevando
el color del firmamento,
y esquivas el cuello blando
a las caricias del viento;
Allá oculta, de las peñas
en las salvajes gargantas,
el rico vergel desdeñas,
donde brillan otras plantas.
¿Será que te falte hechizo
para competir con ellas?
¿Que el Dios de los campos hizo
las otras flores más bellas?
Mas no; que es tu talle airoso,
y por ninguna belleza
trocara el matiz precioso
tu perfumada cabeza:
Y tu corona azulada
es, lirio, más trasparente
que la linfa sosegada
del arroyuelo naciente.
¿Cómo pie tan delicado
fuera de jardines crece,
y entre malezas criado
de las rocas se guarece?
¿Cómo, lirio, tu semilla
nunca brota en la pradera?
¿Cómo tu gala no brilla
de las fuentes en la orilla,
y en la florida ribera?
¿Qué te vale ese prendido
de celeste brillantez,
si ignorado y escondido,
en los desiertos perdido
ha de hallarte la vejez?
¿Qué te vale ser hermoso
si en ocultarlo te empeñas,
y las horas más risueñas
has de pasar sigiloso
entre las ásperas breñas?
Ven, lirio, ven a brotar
a las márgenes del lago:
abandona ese lugar
que sólo debe habitar
el odioso jaramago.
¡¡Que la vaga mariposa
en morada tan agreste,
tu dulce copa celeste
no ha de besar cariñosa!!
Ni la abeja en tu capullo
las ambrosías que mana,
libará ansiosa y galana
con festejador murmullo.—
Que si por bello te acoge,
por salvaje te desdeña
queda allá solo en tu peña,
y que el viento te deshoje.—
785
Carolina Coronado
El Ramillete, O A La Primavera
¡Salve, rayo del sol de primavera
por densas nubes fúlgido rompiendo!—
Brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo!—
Mostró su faz, y de la blanca sierra
las nieves en raudal se precipitan.
Hierve a su luz la tierra,
y las plantas palpitan.
Los yertos campos vida y hermosura
con el ardor fecundo recobrando,
se ven entre frescura
sus galas desplegando.
Pimpollos son los brotes renacientes,
que los desnudos árboles rodean.
Ya en el rosal lucientes
capullos colorean.
De blancas flores multitud vistosa,
que en la agua tienen sus cimientos vagos,
son espuma olorosa
de los inmobles lagos.
Alza la yerba sus menudas cañas,
crece, y se esponja, y tiende sus verduras
en las altas montañas,
en las anchas llanuras.
¡Salve, rayo del sol de primavera,
por densas nubes plácido rompiendo!—
brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo.
De insertos mil la turba perezosa
en el penoso invierno aletargada,
con su lumbre ardorosa
despierta reanimada.
Allá viene el cantor de los amores,
el tierno ruiseñor, huésped del prado,
sus risueños albores
cantando alborozado.
Yo también te saludo, madre hermosa,
juventud de los campos; que en la mía,
como en ellos, rebosa
tu vida y tu alegría.
Más siempre al contemplarte, primavera,
tomo, pensando en el placer fugace,
si serás la postrera
que para mí renace.
por densas nubes fúlgido rompiendo!—
Brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo!—
Mostró su faz, y de la blanca sierra
las nieves en raudal se precipitan.
Hierve a su luz la tierra,
y las plantas palpitan.
Los yertos campos vida y hermosura
con el ardor fecundo recobrando,
se ven entre frescura
sus galas desplegando.
Pimpollos son los brotes renacientes,
que los desnudos árboles rodean.
Ya en el rosal lucientes
capullos colorean.
De blancas flores multitud vistosa,
que en la agua tienen sus cimientos vagos,
son espuma olorosa
de los inmobles lagos.
Alza la yerba sus menudas cañas,
crece, y se esponja, y tiende sus verduras
en las altas montañas,
en las anchas llanuras.
¡Salve, rayo del sol de primavera,
por densas nubes plácido rompiendo!—
brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo.
De insertos mil la turba perezosa
en el penoso invierno aletargada,
con su lumbre ardorosa
despierta reanimada.
Allá viene el cantor de los amores,
el tierno ruiseñor, huésped del prado,
sus risueños albores
cantando alborozado.
Yo también te saludo, madre hermosa,
juventud de los campos; que en la mía,
como en ellos, rebosa
tu vida y tu alegría.
Más siempre al contemplarte, primavera,
tomo, pensando en el placer fugace,
si serás la postrera
que para mí renace.
556
Carolina Coronado
El Ramillete, O A La Primavera
¡Salve, rayo del sol de primavera
por densas nubes fúlgido rompiendo!—
Brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo!—
Mostró su faz, y de la blanca sierra
las nieves en raudal se precipitan.
Hierve a su luz la tierra,
y las plantas palpitan.
Los yertos campos vida y hermosura
con el ardor fecundo recobrando,
se ven entre frescura
sus galas desplegando.
Pimpollos son los brotes renacientes,
que los desnudos árboles rodean.
Ya en el rosal lucientes
capullos colorean.
De blancas flores multitud vistosa,
que en la agua tienen sus cimientos vagos,
son espuma olorosa
de los inmobles lagos.
Alza la yerba sus menudas cañas,
crece, y se esponja, y tiende sus verduras
en las altas montañas,
en las anchas llanuras.
¡Salve, rayo del sol de primavera,
por densas nubes plácido rompiendo!—
brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo.
De insertos mil la turba perezosa
en el penoso invierno aletargada,
con su lumbre ardorosa
despierta reanimada.
Allá viene el cantor de los amores,
el tierno ruiseñor, huésped del prado,
sus risueños albores
cantando alborozado.
Yo también te saludo, madre hermosa,
juventud de los campos; que en la mía,
como en ellos, rebosa
tu vida y tu alegría.
Más siempre al contemplarte, primavera,
tomo, pensando en el placer fugace,
si serás la postrera
que para mí renace.
por densas nubes fúlgido rompiendo!—
Brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo!—
Mostró su faz, y de la blanca sierra
las nieves en raudal se precipitan.
Hierve a su luz la tierra,
y las plantas palpitan.
Los yertos campos vida y hermosura
con el ardor fecundo recobrando,
se ven entre frescura
sus galas desplegando.
Pimpollos son los brotes renacientes,
que los desnudos árboles rodean.
Ya en el rosal lucientes
capullos colorean.
De blancas flores multitud vistosa,
que en la agua tienen sus cimientos vagos,
son espuma olorosa
de los inmobles lagos.
Alza la yerba sus menudas cañas,
crece, y se esponja, y tiende sus verduras
en las altas montañas,
en las anchas llanuras.
¡Salve, rayo del sol de primavera,
por densas nubes plácido rompiendo!—
brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo.
De insertos mil la turba perezosa
en el penoso invierno aletargada,
con su lumbre ardorosa
despierta reanimada.
Allá viene el cantor de los amores,
el tierno ruiseñor, huésped del prado,
sus risueños albores
cantando alborozado.
Yo también te saludo, madre hermosa,
juventud de los campos; que en la mía,
como en ellos, rebosa
tu vida y tu alegría.
Más siempre al contemplarte, primavera,
tomo, pensando en el placer fugace,
si serás la postrera
que para mí renace.
556
Carolina Coronado
El Ramillete, O A La Primavera
¡Salve, rayo del sol de primavera
por densas nubes fúlgido rompiendo!—
Brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo!—
Mostró su faz, y de la blanca sierra
las nieves en raudal se precipitan.
Hierve a su luz la tierra,
y las plantas palpitan.
Los yertos campos vida y hermosura
con el ardor fecundo recobrando,
se ven entre frescura
sus galas desplegando.
Pimpollos son los brotes renacientes,
que los desnudos árboles rodean.
Ya en el rosal lucientes
capullos colorean.
De blancas flores multitud vistosa,
que en la agua tienen sus cimientos vagos,
son espuma olorosa
de los inmobles lagos.
Alza la yerba sus menudas cañas,
crece, y se esponja, y tiende sus verduras
en las altas montañas,
en las anchas llanuras.
¡Salve, rayo del sol de primavera,
por densas nubes plácido rompiendo!—
brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo.
De insertos mil la turba perezosa
en el penoso invierno aletargada,
con su lumbre ardorosa
despierta reanimada.
Allá viene el cantor de los amores,
el tierno ruiseñor, huésped del prado,
sus risueños albores
cantando alborozado.
Yo también te saludo, madre hermosa,
juventud de los campos; que en la mía,
como en ellos, rebosa
tu vida y tu alegría.
Más siempre al contemplarte, primavera,
tomo, pensando en el placer fugace,
si serás la postrera
que para mí renace.
por densas nubes fúlgido rompiendo!—
Brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo!—
Mostró su faz, y de la blanca sierra
las nieves en raudal se precipitan.
Hierve a su luz la tierra,
y las plantas palpitan.
Los yertos campos vida y hermosura
con el ardor fecundo recobrando,
se ven entre frescura
sus galas desplegando.
Pimpollos son los brotes renacientes,
que los desnudos árboles rodean.
Ya en el rosal lucientes
capullos colorean.
De blancas flores multitud vistosa,
que en la agua tienen sus cimientos vagos,
son espuma olorosa
de los inmobles lagos.
Alza la yerba sus menudas cañas,
crece, y se esponja, y tiende sus verduras
en las altas montañas,
en las anchas llanuras.
¡Salve, rayo del sol de primavera,
por densas nubes plácido rompiendo!—
brilló su luz primera,
la tierra embelleciendo.
De insertos mil la turba perezosa
en el penoso invierno aletargada,
con su lumbre ardorosa
despierta reanimada.
Allá viene el cantor de los amores,
el tierno ruiseñor, huésped del prado,
sus risueños albores
cantando alborozado.
Yo también te saludo, madre hermosa,
juventud de los campos; que en la mía,
como en ellos, rebosa
tu vida y tu alegría.
Más siempre al contemplarte, primavera,
tomo, pensando en el placer fugace,
si serás la postrera
que para mí renace.
556
Carolina Coronado
A La Amapola
Yo te vi, triste amapola,
de las flores retirada
mecer la roja corola
entre la espiga dorada.—
Leve el cuello y hechicero
débilmente se agitaba;
y el cefirillo ligero
en tu seno revolaba.—
Del fuego del sol bañada
la cabeza purpurina,
desmayaba sonrojada
sobre la planta vecina.
Y allí entre la rubia espiga
los pajarillos cantores
daban con su trova amiga
a tu belleza loores.
Yo te viera retirada
a la par del rudo espino,
guarneciendo descuidada
el apartado camino.
Al morir la última estrella
extiendes las puras alas;
y a la purpúrea centella
del sol renaciente igualas.
Mas ese tu empeño vano,
y temeraria osadía,
desde el trono soberano
castiga el señor del día.
Que su llama en Occidente
no adurmiera sosegada,
sin dejar tu roja frente
con sus rayos abrasada.
Y de la noche
la fresca brisa
marchita hallara
tu tierna faz.
¡Ay! que tu vida,
flor desdichada,
sólo un instante
brilla fugaz.
Y tu aureola
pura y luciente
desconocida
muere también.
Nace en la aurora,
y al alba nueva
frágil desnuda
tu débil sien.
de las flores retirada
mecer la roja corola
entre la espiga dorada.—
Leve el cuello y hechicero
débilmente se agitaba;
y el cefirillo ligero
en tu seno revolaba.—
Del fuego del sol bañada
la cabeza purpurina,
desmayaba sonrojada
sobre la planta vecina.
Y allí entre la rubia espiga
los pajarillos cantores
daban con su trova amiga
a tu belleza loores.
Yo te viera retirada
a la par del rudo espino,
guarneciendo descuidada
el apartado camino.
Al morir la última estrella
extiendes las puras alas;
y a la purpúrea centella
del sol renaciente igualas.
Mas ese tu empeño vano,
y temeraria osadía,
desde el trono soberano
castiga el señor del día.
Que su llama en Occidente
no adurmiera sosegada,
sin dejar tu roja frente
con sus rayos abrasada.
Y de la noche
la fresca brisa
marchita hallara
tu tierna faz.
¡Ay! que tu vida,
flor desdichada,
sólo un instante
brilla fugaz.
Y tu aureola
pura y luciente
desconocida
muere también.
Nace en la aurora,
y al alba nueva
frágil desnuda
tu débil sien.
1.182
Carolina Coronado
A La Amapola
Yo te vi, triste amapola,
de las flores retirada
mecer la roja corola
entre la espiga dorada.—
Leve el cuello y hechicero
débilmente se agitaba;
y el cefirillo ligero
en tu seno revolaba.—
Del fuego del sol bañada
la cabeza purpurina,
desmayaba sonrojada
sobre la planta vecina.
Y allí entre la rubia espiga
los pajarillos cantores
daban con su trova amiga
a tu belleza loores.
Yo te viera retirada
a la par del rudo espino,
guarneciendo descuidada
el apartado camino.
Al morir la última estrella
extiendes las puras alas;
y a la purpúrea centella
del sol renaciente igualas.
Mas ese tu empeño vano,
y temeraria osadía,
desde el trono soberano
castiga el señor del día.
Que su llama en Occidente
no adurmiera sosegada,
sin dejar tu roja frente
con sus rayos abrasada.
Y de la noche
la fresca brisa
marchita hallara
tu tierna faz.
¡Ay! que tu vida,
flor desdichada,
sólo un instante
brilla fugaz.
Y tu aureola
pura y luciente
desconocida
muere también.
Nace en la aurora,
y al alba nueva
frágil desnuda
tu débil sien.
de las flores retirada
mecer la roja corola
entre la espiga dorada.—
Leve el cuello y hechicero
débilmente se agitaba;
y el cefirillo ligero
en tu seno revolaba.—
Del fuego del sol bañada
la cabeza purpurina,
desmayaba sonrojada
sobre la planta vecina.
Y allí entre la rubia espiga
los pajarillos cantores
daban con su trova amiga
a tu belleza loores.
Yo te viera retirada
a la par del rudo espino,
guarneciendo descuidada
el apartado camino.
Al morir la última estrella
extiendes las puras alas;
y a la purpúrea centella
del sol renaciente igualas.
Mas ese tu empeño vano,
y temeraria osadía,
desde el trono soberano
castiga el señor del día.
Que su llama en Occidente
no adurmiera sosegada,
sin dejar tu roja frente
con sus rayos abrasada.
Y de la noche
la fresca brisa
marchita hallara
tu tierna faz.
¡Ay! que tu vida,
flor desdichada,
sólo un instante
brilla fugaz.
Y tu aureola
pura y luciente
desconocida
muere también.
Nace en la aurora,
y al alba nueva
frágil desnuda
tu débil sien.
1.182
Carolina Coronado
La Primavera Anticipada
Oigo voces en torno alborozadas
que saludan la nueva primavera:
yo no sé si su hielo a la ribera
le faltó, y a las sierras elevadas;
yo no he visto si están ya disipadas
las nieblas del invierno por la esfera;
sólo sé que mi espíritu caído
sus nieblas de tristeza no ha perdido.
No es alegre ya el sol, no muestra el cielo
el esmalte celeste de otros días;
tienen colores lánguidas y frías
las nuevas galas que desplega el suelo.
¿Qué ha sido ¡oh Flora! del risueño velo
que sobre nuestros ojos suspendías,
que prestaba a las aves el contento
encantos a la flor, perfume al viento?
¡No eres la que anunciaba la alegría
y el amor a la tierra, Primavera!
¡no eres tú ya la hermosa mensajera
que acentos de entusiasmo, me traía:
más tu aureola cándida lucía,
más dulce entonces tu sonrisa era,
más tierno el ruiseñor que te cantaba,
más venturosa yo que lo escuchaba!
¡Más venturosa yo, no tú más bella!
tus galas no, ¡mis ojos se han turbado!
sobre el ambiente puro y azulado
con brillo igual tu frente se destella.
Ahora lo mismo tu ligera huella
anima el blanco lirio perfumado,
y el ruiseñor, que tu belleza adora
con la ternura misma te enamora,
Es que no escucho su amoroso trino;
es que no admiro tu beldad gozosa;
que nunca tras las flores voy ansiosa,
de tus huellas errante en el camino;
que del viajero arroyo cristalino
ya no contemplo el agua rumorosa
Es ¡ay!¡que en mis sentidos conturbados
aún hay silencio, hay hielos, hay nublados!
que saludan la nueva primavera:
yo no sé si su hielo a la ribera
le faltó, y a las sierras elevadas;
yo no he visto si están ya disipadas
las nieblas del invierno por la esfera;
sólo sé que mi espíritu caído
sus nieblas de tristeza no ha perdido.
No es alegre ya el sol, no muestra el cielo
el esmalte celeste de otros días;
tienen colores lánguidas y frías
las nuevas galas que desplega el suelo.
¿Qué ha sido ¡oh Flora! del risueño velo
que sobre nuestros ojos suspendías,
que prestaba a las aves el contento
encantos a la flor, perfume al viento?
¡No eres la que anunciaba la alegría
y el amor a la tierra, Primavera!
¡no eres tú ya la hermosa mensajera
que acentos de entusiasmo, me traía:
más tu aureola cándida lucía,
más dulce entonces tu sonrisa era,
más tierno el ruiseñor que te cantaba,
más venturosa yo que lo escuchaba!
¡Más venturosa yo, no tú más bella!
tus galas no, ¡mis ojos se han turbado!
sobre el ambiente puro y azulado
con brillo igual tu frente se destella.
Ahora lo mismo tu ligera huella
anima el blanco lirio perfumado,
y el ruiseñor, que tu belleza adora
con la ternura misma te enamora,
Es que no escucho su amoroso trino;
es que no admiro tu beldad gozosa;
que nunca tras las flores voy ansiosa,
de tus huellas errante en el camino;
que del viajero arroyo cristalino
ya no contemplo el agua rumorosa
Es ¡ay!¡que en mis sentidos conturbados
aún hay silencio, hay hielos, hay nublados!
684
Carolina Coronado
El Pájaro Perdido
¡Huyó con vuelo incierto,
y de mis ojos ha desparecido!
¡Mirad si a vuestro huerto
mi pájaro querido,
niñas hermosas, por acaso ha huido!
Sus ojos relucientes
son como los del águila orgullosa;
plumas resplandecientes
en la cabeza airosa
lleva, y su voz es tierna y armoniosa.
Mirad si cuidadoso
junto a las flores se escondió en la grama:
ese laurel frondoso
mirad rama por rama,
que él los laureles y las flores ama.
Si le halláis por ventura,
no os enamore su amoroso acento;
no os prende su hermosura:
volvédmele al momento,
o dejadle, si no, libre en el viento.
Porque su pico de oro
sólo en mi mano toma la semilla,
y no enjugaré el lloro
que veis en mi mejilla
hasta encontrar mi prófuga avecilla.
Mi vista se oscurece
si sus ojos no ve, que son mi día;
mi ánima desfallece
con la melancolía
de no escucharle ya su melodía.
y de mis ojos ha desparecido!
¡Mirad si a vuestro huerto
mi pájaro querido,
niñas hermosas, por acaso ha huido!
Sus ojos relucientes
son como los del águila orgullosa;
plumas resplandecientes
en la cabeza airosa
lleva, y su voz es tierna y armoniosa.
Mirad si cuidadoso
junto a las flores se escondió en la grama:
ese laurel frondoso
mirad rama por rama,
que él los laureles y las flores ama.
Si le halláis por ventura,
no os enamore su amoroso acento;
no os prende su hermosura:
volvédmele al momento,
o dejadle, si no, libre en el viento.
Porque su pico de oro
sólo en mi mano toma la semilla,
y no enjugaré el lloro
que veis en mi mejilla
hasta encontrar mi prófuga avecilla.
Mi vista se oscurece
si sus ojos no ve, que son mi día;
mi ánima desfallece
con la melancolía
de no escucharle ya su melodía.
879
Carolina Coronado
A Una Gota De Rocío
Lágrima viva de la fresca aurora,
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;
Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:
Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente
las lágrimas amargas que devoro
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío...!
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;
Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:
Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente
las lágrimas amargas que devoro
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío...!
953
Carolina Coronado
A Una Estrella
Chispa de luz que fija en lo infinito
absorbes mi asombrado pensamiento,
tu origen, tu existencia, tu elemento
menos alcanzo cuanto más medito.
Si eres ardiente, inamovible hoguera,
¿dónde el centro descansa de tu lumbre?
si eres globo de luz, ¿cómo en la cumbre
no giras tú de la insondable esfera?
¿Por qué la tierra sin descanso rueda?
¿por qué la luna el globo majestoso
mueve, mientras tu carro misterioso
inmóvil, fijo en el espacio queda?
¿Es que mi vista de mortal no alcanza
a percibir desde su oscuro asiento
allá en la altura suma el movimiento
de tu carroza que en lo inmenso avanza?
¡Ah, sí! que por espíritu movida
la creación sin descanso se sostiene,
y todo en la creación marcado tiene
forma y destino, movimiento y vida.
Tú giras, sí: tus alas soberanas
sulcan el mundo y sus confines tocan...
mas ¿cómo en tu carrera no se chocan
tus millares sin número de hermanas?
Más allá de su límite prescrito
sediento avanza, audaz el pensamiento,
y tu origen, tu vida, tu elemento
menos alcanzo cuanto más medito.
absorbes mi asombrado pensamiento,
tu origen, tu existencia, tu elemento
menos alcanzo cuanto más medito.
Si eres ardiente, inamovible hoguera,
¿dónde el centro descansa de tu lumbre?
si eres globo de luz, ¿cómo en la cumbre
no giras tú de la insondable esfera?
¿Por qué la tierra sin descanso rueda?
¿por qué la luna el globo majestoso
mueve, mientras tu carro misterioso
inmóvil, fijo en el espacio queda?
¿Es que mi vista de mortal no alcanza
a percibir desde su oscuro asiento
allá en la altura suma el movimiento
de tu carroza que en lo inmenso avanza?
¡Ah, sí! que por espíritu movida
la creación sin descanso se sostiene,
y todo en la creación marcado tiene
forma y destino, movimiento y vida.
Tú giras, sí: tus alas soberanas
sulcan el mundo y sus confines tocan...
mas ¿cómo en tu carrera no se chocan
tus millares sin número de hermanas?
Más allá de su límite prescrito
sediento avanza, audaz el pensamiento,
y tu origen, tu vida, tu elemento
menos alcanzo cuanto más medito.
1.415
Carolina Coronado
A La Palma
Alza gallarda tu elevada frente,
hija del suelo ardiente,
y al recio soplo de aquilón mecida,
de mil hojas dorada,
de majestad ornada,
descuella ufana sobre el tallo erguida;
Y arrojando tu sombra allá a lo lejos,
del sol a los reflejos,
al árabe sediento y fatigado,
desdeñosa levanta
tu bendecida planta
en el desierto triste y abrasado.
Allí horroroso el simoon se ofrece,
y tu cima enrojece.
Vertiendo lumbre que la tierra inflama;
y aparece sangriento
el sol desde su asiento
lanzando ardiente destructora llama.
Y tú, entre nubes de encendida arena
majestosa y serena,
o ya del recio vendaval batida,
elevas tu cimera,
orgullosa palmera,
contando siglos de gloriosa vida.
No las tranquilas aguas dulcemente
arrastran su corriente
bajo el dorado pabellón que ostentas;
que, siempre en el estío,
sin fresco ni rocío,
sólo de arena y fuego te alimentas.
Tú, virgen sacrosanta y peregrina,
de las nubes vecina,
tú su signo le das a la victoria,
y corona esplendente
de tus hojas luciente
al héroe ciñes de radiante gloria;
La corona inmortal, que ciñe el hombre
con glorioso renombre
en derredor de la altanera frente,
porque en gigante vuelo
arrebatado al cielo
bebió en la sacra inspiradora fuente.
La corona inmortal, prenda sagrada
del imbécil hollada,
orgullo y ambición del alma inquieta;
escondido tesoro,
brillante más que el oro,
gloria, entusiasmo y vida del poeta.
¿Qué vale de los reyes la diadema
ante el místico emblema
de la noble ambición, genio y poesía?-
si una hoja solamente
ciñera yo a mi frente
que acallara el afán del alma mía;
Si al entusiasmo que mi mente inspira
alcanzara mi lira
un triunfo de la gloria seductora,
¡Oh palma! hasta las nubes,
más allá do tú subes,
se elevara la voz de tu cantora.
Allí en el trono que el Señor levanta
te viera yo a mi planta;
y de mis sienes deslumbrando el brillo,
contemplara las hojas
que ora te visten rojas,
teñidas débilmente de amarillo.
¡Delirio nada más! Nunca gloriosa
guirnalda esplendorosa
alegrará mis sienes lisonjera,
ni tampoco mi acento
perdido por el viento
podrá elevarse a la celeste esfera.
Guarda tus ramos para el vate augusto
premio a su lira justo,
o a ceremonias santas consagrados,
entre el canto sonoro
de religioso coro,
en el altar del templo colocados.
Guarda tus ramos, virgen soberana,
bella y noble africana,
formando airosos tu lucido manto;
y el ave pasajera
besando tu cimera
te deje un eco de su dulce canto.
Alza gallarda tu cabeza al viento
en blando movimiento,
la corona agitando mal prendida;
y despreciando el brío
del huracán bravío,
descuella ufana sobre el tronco erguida.
hija del suelo ardiente,
y al recio soplo de aquilón mecida,
de mil hojas dorada,
de majestad ornada,
descuella ufana sobre el tallo erguida;
Y arrojando tu sombra allá a lo lejos,
del sol a los reflejos,
al árabe sediento y fatigado,
desdeñosa levanta
tu bendecida planta
en el desierto triste y abrasado.
Allí horroroso el simoon se ofrece,
y tu cima enrojece.
Vertiendo lumbre que la tierra inflama;
y aparece sangriento
el sol desde su asiento
lanzando ardiente destructora llama.
Y tú, entre nubes de encendida arena
majestosa y serena,
o ya del recio vendaval batida,
elevas tu cimera,
orgullosa palmera,
contando siglos de gloriosa vida.
No las tranquilas aguas dulcemente
arrastran su corriente
bajo el dorado pabellón que ostentas;
que, siempre en el estío,
sin fresco ni rocío,
sólo de arena y fuego te alimentas.
Tú, virgen sacrosanta y peregrina,
de las nubes vecina,
tú su signo le das a la victoria,
y corona esplendente
de tus hojas luciente
al héroe ciñes de radiante gloria;
La corona inmortal, que ciñe el hombre
con glorioso renombre
en derredor de la altanera frente,
porque en gigante vuelo
arrebatado al cielo
bebió en la sacra inspiradora fuente.
La corona inmortal, prenda sagrada
del imbécil hollada,
orgullo y ambición del alma inquieta;
escondido tesoro,
brillante más que el oro,
gloria, entusiasmo y vida del poeta.
¿Qué vale de los reyes la diadema
ante el místico emblema
de la noble ambición, genio y poesía?-
si una hoja solamente
ciñera yo a mi frente
que acallara el afán del alma mía;
Si al entusiasmo que mi mente inspira
alcanzara mi lira
un triunfo de la gloria seductora,
¡Oh palma! hasta las nubes,
más allá do tú subes,
se elevara la voz de tu cantora.
Allí en el trono que el Señor levanta
te viera yo a mi planta;
y de mis sienes deslumbrando el brillo,
contemplara las hojas
que ora te visten rojas,
teñidas débilmente de amarillo.
¡Delirio nada más! Nunca gloriosa
guirnalda esplendorosa
alegrará mis sienes lisonjera,
ni tampoco mi acento
perdido por el viento
podrá elevarse a la celeste esfera.
Guarda tus ramos para el vate augusto
premio a su lira justo,
o a ceremonias santas consagrados,
entre el canto sonoro
de religioso coro,
en el altar del templo colocados.
Guarda tus ramos, virgen soberana,
bella y noble africana,
formando airosos tu lucido manto;
y el ave pasajera
besando tu cimera
te deje un eco de su dulce canto.
Alza gallarda tu cabeza al viento
en blando movimiento,
la corona agitando mal prendida;
y despreciando el brío
del huracán bravío,
descuella ufana sobre el tronco erguida.
893
Carolina Coronado
A Las Nubes
¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando
en la espaciosa altura,
inmensas nubes, pabellón formando
al aire suspendido,
inundáis de tristura
y de placer a un tiempo mi sentido!
¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante
las zonas recorriendo,
ya desmayando leves un instante
entre la luz perdidas,
ya el sol oscureciendo
y con su llama ardiente enrojecidas!
Y ya brilláis como la blanca espuma
en las olas del viento,
y ya fugaces como leve pluma,
y de sombras ceñidas,
cruzáis el firmamento
las pardas frentes de vapor henchidas.
¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo
rompido en vuestro seno
del sol ardiente el amarillo rayo!
¡Y cuán dulce y templado
el resplandor sereno
del astro de la noche sosegado!
Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro
place a mi fantasía!
triste y callada y solitaria os miro
flotar allá en el viento,
y por celeste vía
melancólico vaga el pensamiento.
Y yo os adoro si con tibio anhelo
adormís las centellas
el vivo sol en el tendido cielo;
si en delicioso manto
veláis de las estrellas
y la pálida luna el triste encanto.
¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso
deidades vagarosas!
no cuando hirvientes desde el seno denso
en ronco torbellino
arrojáis espantosas
vívidas llamas del furor divino.
¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara
la inspiración sublime!
ni medrosa la cítara ensalzara
del cielo la belleza,
cuando mi sien oprime
nubloso manto de mortal tristeza.
Muda contemplo de pavor cercada
la turba misteriosa
que en pos del huracán revuela osada,
así errante la vida
se arrastra lastimosa
a la senda fatal do el mal se anida.—
Allá en la inmensidad os mueven guerra
furiosos aquilones:
así de desventuras en la tierra
nos cerca turba insana;
así de las pasiones
es juguete infeliz la vida humana.
Ella varía también la faz ostenta,
y brilla y se oscurece,
y cual vosotras rápida se ahuyenta;
y es nube que exhalada
el aire desvanece
en la corriente de la triste nada.
Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto
que la cítara mía
os pueda consagrar su débil canto.
Del sol al rayo bello
tended el ala umbría,
y apacible volvedme su destello.
Y dadme inspiración; yo mis cantares
daré a vuestra hermosura.
las que sorbéis el agua de los mares,
¡vagad tranquilamente
con nevada blancura
en la encendida cumbre del Oriente!—
en la espaciosa altura,
inmensas nubes, pabellón formando
al aire suspendido,
inundáis de tristura
y de placer a un tiempo mi sentido!
¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante
las zonas recorriendo,
ya desmayando leves un instante
entre la luz perdidas,
ya el sol oscureciendo
y con su llama ardiente enrojecidas!
Y ya brilláis como la blanca espuma
en las olas del viento,
y ya fugaces como leve pluma,
y de sombras ceñidas,
cruzáis el firmamento
las pardas frentes de vapor henchidas.
¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo
rompido en vuestro seno
del sol ardiente el amarillo rayo!
¡Y cuán dulce y templado
el resplandor sereno
del astro de la noche sosegado!
Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro
place a mi fantasía!
triste y callada y solitaria os miro
flotar allá en el viento,
y por celeste vía
melancólico vaga el pensamiento.
Y yo os adoro si con tibio anhelo
adormís las centellas
el vivo sol en el tendido cielo;
si en delicioso manto
veláis de las estrellas
y la pálida luna el triste encanto.
¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso
deidades vagarosas!
no cuando hirvientes desde el seno denso
en ronco torbellino
arrojáis espantosas
vívidas llamas del furor divino.
¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara
la inspiración sublime!
ni medrosa la cítara ensalzara
del cielo la belleza,
cuando mi sien oprime
nubloso manto de mortal tristeza.
Muda contemplo de pavor cercada
la turba misteriosa
que en pos del huracán revuela osada,
así errante la vida
se arrastra lastimosa
a la senda fatal do el mal se anida.—
Allá en la inmensidad os mueven guerra
furiosos aquilones:
así de desventuras en la tierra
nos cerca turba insana;
así de las pasiones
es juguete infeliz la vida humana.
Ella varía también la faz ostenta,
y brilla y se oscurece,
y cual vosotras rápida se ahuyenta;
y es nube que exhalada
el aire desvanece
en la corriente de la triste nada.
Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto
que la cítara mía
os pueda consagrar su débil canto.
Del sol al rayo bello
tended el ala umbría,
y apacible volvedme su destello.
Y dadme inspiración; yo mis cantares
daré a vuestra hermosura.
las que sorbéis el agua de los mares,
¡vagad tranquilamente
con nevada blancura
en la encendida cumbre del Oriente!—
841
Carolina Coronado
A Las Nubes
¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando
en la espaciosa altura,
inmensas nubes, pabellón formando
al aire suspendido,
inundáis de tristura
y de placer a un tiempo mi sentido!
¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante
las zonas recorriendo,
ya desmayando leves un instante
entre la luz perdidas,
ya el sol oscureciendo
y con su llama ardiente enrojecidas!
Y ya brilláis como la blanca espuma
en las olas del viento,
y ya fugaces como leve pluma,
y de sombras ceñidas,
cruzáis el firmamento
las pardas frentes de vapor henchidas.
¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo
rompido en vuestro seno
del sol ardiente el amarillo rayo!
¡Y cuán dulce y templado
el resplandor sereno
del astro de la noche sosegado!
Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro
place a mi fantasía!
triste y callada y solitaria os miro
flotar allá en el viento,
y por celeste vía
melancólico vaga el pensamiento.
Y yo os adoro si con tibio anhelo
adormís las centellas
el vivo sol en el tendido cielo;
si en delicioso manto
veláis de las estrellas
y la pálida luna el triste encanto.
¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso
deidades vagarosas!
no cuando hirvientes desde el seno denso
en ronco torbellino
arrojáis espantosas
vívidas llamas del furor divino.
¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara
la inspiración sublime!
ni medrosa la cítara ensalzara
del cielo la belleza,
cuando mi sien oprime
nubloso manto de mortal tristeza.
Muda contemplo de pavor cercada
la turba misteriosa
que en pos del huracán revuela osada,
así errante la vida
se arrastra lastimosa
a la senda fatal do el mal se anida.—
Allá en la inmensidad os mueven guerra
furiosos aquilones:
así de desventuras en la tierra
nos cerca turba insana;
así de las pasiones
es juguete infeliz la vida humana.
Ella varía también la faz ostenta,
y brilla y se oscurece,
y cual vosotras rápida se ahuyenta;
y es nube que exhalada
el aire desvanece
en la corriente de la triste nada.
Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto
que la cítara mía
os pueda consagrar su débil canto.
Del sol al rayo bello
tended el ala umbría,
y apacible volvedme su destello.
Y dadme inspiración; yo mis cantares
daré a vuestra hermosura.
las que sorbéis el agua de los mares,
¡vagad tranquilamente
con nevada blancura
en la encendida cumbre del Oriente!—
en la espaciosa altura,
inmensas nubes, pabellón formando
al aire suspendido,
inundáis de tristura
y de placer a un tiempo mi sentido!
¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante
las zonas recorriendo,
ya desmayando leves un instante
entre la luz perdidas,
ya el sol oscureciendo
y con su llama ardiente enrojecidas!
Y ya brilláis como la blanca espuma
en las olas del viento,
y ya fugaces como leve pluma,
y de sombras ceñidas,
cruzáis el firmamento
las pardas frentes de vapor henchidas.
¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo
rompido en vuestro seno
del sol ardiente el amarillo rayo!
¡Y cuán dulce y templado
el resplandor sereno
del astro de la noche sosegado!
Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro
place a mi fantasía!
triste y callada y solitaria os miro
flotar allá en el viento,
y por celeste vía
melancólico vaga el pensamiento.
Y yo os adoro si con tibio anhelo
adormís las centellas
el vivo sol en el tendido cielo;
si en delicioso manto
veláis de las estrellas
y la pálida luna el triste encanto.
¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso
deidades vagarosas!
no cuando hirvientes desde el seno denso
en ronco torbellino
arrojáis espantosas
vívidas llamas del furor divino.
¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara
la inspiración sublime!
ni medrosa la cítara ensalzara
del cielo la belleza,
cuando mi sien oprime
nubloso manto de mortal tristeza.
Muda contemplo de pavor cercada
la turba misteriosa
que en pos del huracán revuela osada,
así errante la vida
se arrastra lastimosa
a la senda fatal do el mal se anida.—
Allá en la inmensidad os mueven guerra
furiosos aquilones:
así de desventuras en la tierra
nos cerca turba insana;
así de las pasiones
es juguete infeliz la vida humana.
Ella varía también la faz ostenta,
y brilla y se oscurece,
y cual vosotras rápida se ahuyenta;
y es nube que exhalada
el aire desvanece
en la corriente de la triste nada.
Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto
que la cítara mía
os pueda consagrar su débil canto.
Del sol al rayo bello
tended el ala umbría,
y apacible volvedme su destello.
Y dadme inspiración; yo mis cantares
daré a vuestra hermosura.
las que sorbéis el agua de los mares,
¡vagad tranquilamente
con nevada blancura
en la encendida cumbre del Oriente!—
841
Bartolomé Leonardo de Argensola
Filis, Naturaleza
Filis, naturaleza
pide la ostentación y los olores
para sus nuevas flores
a la fértil verdad de tu belleza
y que en meses ajenos
pródigas abran su temor los senos.
De tu cerviz reciba
cándido lustre el de la rosa pura,
como animar procura
su carmesí en tu rostro la más viva;
den tus labios crueles
púrpura más soberbia a los claveles.
El cogollo más tierno
crezca con ambición de formar selva,
tan firme, que, aunque vuelva
a herirla por asaltos el hibierno,
ni le marchite el brío,
ni agrave más sus hojas que el rocío.
Por ti con los jardines
más prósperos compiten estas peñas,
que entre gramas risueñas
te producen violetas y jazmines,
para que de los dones
que tu hermosura influye la corones.
Ya, al favor de tus ojos,
entre frutos pendientes, el otubre
segunda flor descubre,
y te ofrece esperanzas y despojos,
porque en entrambas suertes
anticipados regocijos viertes.
Mas, ¡ay!, que cuando inspiras
el no esperado honor con que se apresta
para ti la floresta,
haciendo en el vigor de cuanto miras
tan dichosa mudanza,
mísera yace y sola mi esperanza.
pide la ostentación y los olores
para sus nuevas flores
a la fértil verdad de tu belleza
y que en meses ajenos
pródigas abran su temor los senos.
De tu cerviz reciba
cándido lustre el de la rosa pura,
como animar procura
su carmesí en tu rostro la más viva;
den tus labios crueles
púrpura más soberbia a los claveles.
El cogollo más tierno
crezca con ambición de formar selva,
tan firme, que, aunque vuelva
a herirla por asaltos el hibierno,
ni le marchite el brío,
ni agrave más sus hojas que el rocío.
Por ti con los jardines
más prósperos compiten estas peñas,
que entre gramas risueñas
te producen violetas y jazmines,
para que de los dones
que tu hermosura influye la corones.
Ya, al favor de tus ojos,
entre frutos pendientes, el otubre
segunda flor descubre,
y te ofrece esperanzas y despojos,
porque en entrambas suertes
anticipados regocijos viertes.
Mas, ¡ay!, que cuando inspiras
el no esperado honor con que se apresta
para ti la floresta,
haciendo en el vigor de cuanto miras
tan dichosa mudanza,
mísera yace y sola mi esperanza.
418
Blanca Andreu
Nada Escucha Elphistone Je Suis De Mon Coeur Le Vampiro
Nada escucha Elphistone —Je suis de mon coeur le vampiro—
cuando evalúa significados, precios de viejos libros, de
otros navíos,
vendavales o la repentina conciencia que elimina
una firme navegación. Húmeda luna que recuerdas
el frío norte de la sangre, quién está haciendo la
cuenta,
quién dirige las reputaciones más podridas que las tablas
del barco, calafateadas
con muerte, quién —bajo los ángeles rapaces y
herméticos—
ordena la inmortalidad, examina las pérdidas, rescata
los prejuicios y aseveraciones
que nunca, en ningún lugar, por más que o a pesar de.
Y los apremios y las victorias —cinco presas— y la elegancia
en la piratería, oscuro capitán Elphistone, cuando la luna
mira tu dignidad
ardiendo sobre la avaricia del cielo.
cuando evalúa significados, precios de viejos libros, de
otros navíos,
vendavales o la repentina conciencia que elimina
una firme navegación. Húmeda luna que recuerdas
el frío norte de la sangre, quién está haciendo la
cuenta,
quién dirige las reputaciones más podridas que las tablas
del barco, calafateadas
con muerte, quién —bajo los ángeles rapaces y
herméticos—
ordena la inmortalidad, examina las pérdidas, rescata
los prejuicios y aseveraciones
que nunca, en ningún lugar, por más que o a pesar de.
Y los apremios y las victorias —cinco presas— y la elegancia
en la piratería, oscuro capitán Elphistone, cuando la luna
mira tu dignidad
ardiendo sobre la avaricia del cielo.
482
Blanca Andreu
La Partida
Como un rey de este mundo perdido en las leyendas,
solo, con calculado silencio, señor de la nada
a quien despierta un alcatraz
al amanecer
—entre la sal dormida un ala ardiente, un mensaje
deja caer una pluma caudal
y se hace la luz del otoño.
Pero, antaño, creedme, toda la mar lo sabe.
Estaba escrito sobre las olas tormentosas,
sobre los días de valor
está ya escrito,
con maderos y sombras verdes
—en hexámetros el ímpetu y la perfidia—
con despojos de grandes navíos.
La historia no se ocupa y, sin embargo, aún
falta agregar la arrogante, mortífera obediencia
de la flota, cohorte de aves, bandada
o el espíritu sombrío y de tan alta condición
bramando entre los escollos
entre indicios de peste y malos augurios.
solo, con calculado silencio, señor de la nada
a quien despierta un alcatraz
al amanecer
—entre la sal dormida un ala ardiente, un mensaje
deja caer una pluma caudal
y se hace la luz del otoño.
Pero, antaño, creedme, toda la mar lo sabe.
Estaba escrito sobre las olas tormentosas,
sobre los días de valor
está ya escrito,
con maderos y sombras verdes
—en hexámetros el ímpetu y la perfidia—
con despojos de grandes navíos.
La historia no se ocupa y, sin embargo, aún
falta agregar la arrogante, mortífera obediencia
de la flota, cohorte de aves, bandada
o el espíritu sombrío y de tan alta condición
bramando entre los escollos
entre indicios de peste y malos augurios.
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