Poemas en este tema
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Jaime Sabines
Lento, Amargo Animal
Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
623
José Antonio Ramos Sucre
Omega
OMEGA
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
643
José Antonio Ramos Sucre
Omega
OMEGA
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
643
José Antonio Ramos Sucre
El Año Desierto
EL AÑO DESIERTO
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
477
José Antonio Ramos Sucre
El Alumno De Violante
EL ALUMNO DE VIOLANTE
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
506
José Antonio Ramos Sucre
De Profundis
DE PROFUNDIS
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
479
José Antonio Ramos Sucre
La Procesión
LA PROCESIÓN
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
468
José Antonio Ramos Sucre
La Zarza De Los Médanos
LA ZARZA DE LOS MÉDANOS
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
446
José Antonio Ramos Sucre
La Presencia
LA PRESENCIA
La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos
pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No
podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia
desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no
descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés
lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño
inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la
luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro
inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y
descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo
quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas
espontáneamente en gemidos.
La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos
pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No
podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia
desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no
descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés
lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño
inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la
luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro
inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y
descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo
quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas
espontáneamente en gemidos.
449
José Antonio Ramos Sucre
La Merced De La Bruma
LA MERCED DE LA BRUMA
Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.
El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.
Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.
El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.
La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.
Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.
El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.
Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.
El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.
La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.
377
José Antonio Ramos Sucre
La Redención De Fausto
LA REDENCIÓN DE FAUSTO
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
478
José Antonio Ramos Sucre
La Redención De Fausto
LA REDENCIÓN DE FAUSTO
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
478
José Antonio Ramos Sucre
El Rencor
EL RENCOR
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
453
José Antonio Ramos Sucre
El Rencor
EL RENCOR
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
453
José Antonio Ramos Sucre
El Herbolario
EL HERBOLARIO
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
514
José Antonio Ramos Sucre
El Herbolario
EL HERBOLARIO
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
514
José Antonio Ramos Sucre
Las Almas
LAS ALMAS
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
506
José Antonio Ramos Sucre
El Donaire
EL DONAIRE
Los enanos forjaban tridentes para las divinidades
marinas. Enseñaban a los naturales de la isla de las canteras el
arte de pescar las esponjas. Inventaron los espejos de obsidiana.
Se ocupaban de educar el ruiseñor y el
alción, los pájaros de la felicidad, y maldecían
la escasa inteligencia de las aves de rapiña. Habitaban en
viviendas de yeso y no se atrevían sino con las liebres. Fueron
desterrados por una muchedumbre de hormigas cáusticas.
Aristófanes se complacía refiriendo,
entre carcajadas homéricas, la sumersión de los enanos en
una ciénaga después de su brava resistencia en un bosque
de lirios y azafranes.
Los enanos habrían salido vencedores sin la
animadversión de unas grullas de pico incisivo, autoras de
lesiones incurables.
Los enanos corrieron a salvarse en la nave de los
argonautas y confesaron el origen de su infortunio. Habían
imitado de modo risueño el paso de Empous, una larva coja, de
pies de asno.
Los enanos forjaban tridentes para las divinidades
marinas. Enseñaban a los naturales de la isla de las canteras el
arte de pescar las esponjas. Inventaron los espejos de obsidiana.
Se ocupaban de educar el ruiseñor y el
alción, los pájaros de la felicidad, y maldecían
la escasa inteligencia de las aves de rapiña. Habitaban en
viviendas de yeso y no se atrevían sino con las liebres. Fueron
desterrados por una muchedumbre de hormigas cáusticas.
Aristófanes se complacía refiriendo,
entre carcajadas homéricas, la sumersión de los enanos en
una ciénaga después de su brava resistencia en un bosque
de lirios y azafranes.
Los enanos habrían salido vencedores sin la
animadversión de unas grullas de pico incisivo, autoras de
lesiones incurables.
Los enanos corrieron a salvarse en la nave de los
argonautas y confesaron el origen de su infortunio. Habían
imitado de modo risueño el paso de Empous, una larva coja, de
pies de asno.
522
José Antonio Ramos Sucre
El Tótem
EL TÓTEM
Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.
Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.
Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.
Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.
Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.
La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.
Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.
El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.
Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.
Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.
Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.
Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.
Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.
La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.
Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.
El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.
415
José Antonio Ramos Sucre
La Juventud Del Rapsoda
LA JUVENTUD DEL RAPSODA
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
474
José Antonio Ramos Sucre
El Casuista
EL CASUISTA
El rey desvariado preside la corte y juzga las controversias al pie de
un álamo de plata, en el territorio de lontananza fúnebre.
Un ave locuaz, presente de un rústico, imita
la voz humana e imprime un sesgo al pensamiento fortuito del rey.
El médico judío, alumno de una escuela
de Italia e inspirado en sus versos leoninos, desea restablecer la
salud. Cumple de ese modo con los méritos de Carlomagno, autor
de la cultura, ascendiente de las casas reales. Aprecia los efectos del
eléboro de los antiguos, hallazgo de un simple, y maravilla sus
flores originarias del manto del invierno patriarcal o de su barba
fluida.
El rey siente, después del ocaso, el vuelo
rumoroso de las almas en solicitud del infinito y se imagina en una
selva alegórica, donde una beldad imposible se distingue del
paisaje tenue.
Un hada, según los trovadores, viene furtiva
de Bretaña, el país de las siete florestas, a ocupar la
mente inválida. Un obispo reconoce en la forma espiritual un
trasunto de la Virgen María y se abstiene de corregir el
dispendio del rey en hábitos flamantes, costumbre de enamorado.
San Eloy, afecto de la piedad caballeresca, se vestía de las
estofas más ricas del Asia, durante su vida en el castillo del
rey Dagoberto.
El rey desvariado preside la corte y juzga las controversias al pie de
un álamo de plata, en el territorio de lontananza fúnebre.
Un ave locuaz, presente de un rústico, imita
la voz humana e imprime un sesgo al pensamiento fortuito del rey.
El médico judío, alumno de una escuela
de Italia e inspirado en sus versos leoninos, desea restablecer la
salud. Cumple de ese modo con los méritos de Carlomagno, autor
de la cultura, ascendiente de las casas reales. Aprecia los efectos del
eléboro de los antiguos, hallazgo de un simple, y maravilla sus
flores originarias del manto del invierno patriarcal o de su barba
fluida.
El rey siente, después del ocaso, el vuelo
rumoroso de las almas en solicitud del infinito y se imagina en una
selva alegórica, donde una beldad imposible se distingue del
paisaje tenue.
Un hada, según los trovadores, viene furtiva
de Bretaña, el país de las siete florestas, a ocupar la
mente inválida. Un obispo reconoce en la forma espiritual un
trasunto de la Virgen María y se abstiene de corregir el
dispendio del rey en hábitos flamantes, costumbre de enamorado.
San Eloy, afecto de la piedad caballeresca, se vestía de las
estofas más ricas del Asia, durante su vida en el castillo del
rey Dagoberto.
516
José Antonio Ramos Sucre
El Casuista
EL CASUISTA
El rey desvariado preside la corte y juzga las controversias al pie de
un álamo de plata, en el territorio de lontananza fúnebre.
Un ave locuaz, presente de un rústico, imita
la voz humana e imprime un sesgo al pensamiento fortuito del rey.
El médico judío, alumno de una escuela
de Italia e inspirado en sus versos leoninos, desea restablecer la
salud. Cumple de ese modo con los méritos de Carlomagno, autor
de la cultura, ascendiente de las casas reales. Aprecia los efectos del
eléboro de los antiguos, hallazgo de un simple, y maravilla sus
flores originarias del manto del invierno patriarcal o de su barba
fluida.
El rey siente, después del ocaso, el vuelo
rumoroso de las almas en solicitud del infinito y se imagina en una
selva alegórica, donde una beldad imposible se distingue del
paisaje tenue.
Un hada, según los trovadores, viene furtiva
de Bretaña, el país de las siete florestas, a ocupar la
mente inválida. Un obispo reconoce en la forma espiritual un
trasunto de la Virgen María y se abstiene de corregir el
dispendio del rey en hábitos flamantes, costumbre de enamorado.
San Eloy, afecto de la piedad caballeresca, se vestía de las
estofas más ricas del Asia, durante su vida en el castillo del
rey Dagoberto.
El rey desvariado preside la corte y juzga las controversias al pie de
un álamo de plata, en el territorio de lontananza fúnebre.
Un ave locuaz, presente de un rústico, imita
la voz humana e imprime un sesgo al pensamiento fortuito del rey.
El médico judío, alumno de una escuela
de Italia e inspirado en sus versos leoninos, desea restablecer la
salud. Cumple de ese modo con los méritos de Carlomagno, autor
de la cultura, ascendiente de las casas reales. Aprecia los efectos del
eléboro de los antiguos, hallazgo de un simple, y maravilla sus
flores originarias del manto del invierno patriarcal o de su barba
fluida.
El rey siente, después del ocaso, el vuelo
rumoroso de las almas en solicitud del infinito y se imagina en una
selva alegórica, donde una beldad imposible se distingue del
paisaje tenue.
Un hada, según los trovadores, viene furtiva
de Bretaña, el país de las siete florestas, a ocupar la
mente inválida. Un obispo reconoce en la forma espiritual un
trasunto de la Virgen María y se abstiene de corregir el
dispendio del rey en hábitos flamantes, costumbre de enamorado.
San Eloy, afecto de la piedad caballeresca, se vestía de las
estofas más ricas del Asia, durante su vida en el castillo del
rey Dagoberto.
516
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Mortecina
LA VIDA MORTECINA
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
480
José Antonio Ramos Sucre
Edad De Plata
EDAD DE PLATA
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
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