Otros
César Vallejo
Deshojación Sagrada
que te vas deshojando en sombras gualdas!
¡Roja corona de un Jesús que piensa
trágicamente dulce de esmeraldas!
¡Luna! Alocado corazón celeste
¿porqué bogas así, dentro la copa
llena de vino azul, hacia el oeste,
cual derrotada y dolorida popa?
¡Luna! Y a fuerza de volar en vano,
te holocaustas en ópalos dispersos:
tú eres tal vez mi corazón gitano
que vaga en el azul llorando versos!...
Carlos Pellicer
Al Dejar Un Alma
se te van como sílabas los pájaros tardíos.
Meciéndose en los álamos el viento te descuentan
la dicha de tus ojos bebiéndose en los míos.
Alié mi pensamiento a tus goces sombríos
y gusté la dulzura de tus palabras lentas.
Tú alargaste crepúsculos en mis manos sedientas:
yo devolveré en el pan tus trágicos estíos.
Mis manos quedarán húmedas de tu seno.
De mis obstinaciones te quedará el veneno,
flotante flor de angustia que bautizó el destino.
De nuestros dos silencios ha de brotar un día
el agua luminosa que dé un azul divino
al fondo de cipreses de tu alma y de la mía.
Cristóbal de Castillejo
Garcilaso Y Boscán, Siendo Llegados
al lugar donde están los trovadores
que en esta nuestra lengua y sus primores
fueron en este siglo señalados,
los unos a los otros alterados
se miran, con mudanza de colores,
temiéndose que fuesen corredores
espías o enemigos desmandados;
y juzgando primero por el traje,
pareciéronles ser, como debía,
gentiles españoles caballeros;
y oyéndoles hablar nuevo lenguaje
mezclado de extranjera poesía,
con los ojos los miraban de extranjeros.
Carlos Pellicer
Primera Intención
ha de llegar sentada en la mecida
que amarró la guirnalda de la orquídea.
Vendrá del Sur, del Este y del Oeste,
del Norte avión, del Centro que culmina
la pirámide trunca de mi vida.
Yo quiero arder mis pies en los braseros
de la angustia más sola,
para salir desnudo hacia el poema
con las sandalias de aire que otros poros
inocentes le den.
A la cintura tórrida del día
han de correr los jóvenes aceites
de las noches de luna del pantano.
La esbeltez de ese día
será la fuga de la danza en ella,
la voluntad medida en el instante
del reposo estatuario,
el agua de la sed
rota en el cántaro.
Entonces yo podría
tolerar la epidermis
de la vida espiral de la palmera,
valerme de su sombra que los aires mutilan,
ser fiel a su belleza
sin pedestal, erecta en ella misma,
sola, tan sola que todos los árboles
la miran noche y día.
Así mi voz al centro de las cuatro
voces fundamentales
tendría sobre sus hombros
el peso de las aves del paraíso.
La palabra Oceanía
se podría bañar en buches de oro
y en la espuma flotante que se quiebra,
oírse, espuma a espuma, gigantesca.
El deseo del viaje,
siempre deseo sería.
Del fruto verde a los frutos maduros
las distancias maduran en penumbras
que de pronto retoñan en tonos niños.
En la ciudad, entre fuerzas automóviles
los hombres sudorosos beben agua en guanábanas.
En la bolsa de semen de los trópicos
que huele a azul en carnes madrugadas
en el encanto lóbrego del bosque.
La tortuga terrestre
carga encima un gran trozo
que cayó cuando el sol se hacía lenguas.
Y así huele a guanábana
de los helechos a la ceiba.
Un triángulo divino
macera su quietud entre la selva
del Ganges. Las pasiones
crecen hasta pudrirse. Sube entonces
el tiempo de los lotos y la selva
tiene ya en su poder una sonrisa.
De los tigres al boa
hormiguea la voz de la aventura
espiritual. Y el Himalaya
tomó en sus brazos la quietud nacida
junto a las verdes máquinas del trópico.
Las brisas limoneras
ruedan en el remanso de los ríos.
Y la iguana nostálgica de siglos
en los perfiles largos de su tiempo
fue, es, y será.
Una tarde en Chichén yo estaba en medio
del agua subterránea que un instante
se vuelve cielo. En los muros del pozo
un jardín vertical cerraba el vuelo
de mis ojos. Silencio tras silencio
me anudaron la voz y en cada músculo
sentí mi desnudez hecha de espanto.
Una serpiente, apenas,
desató aquel encanto
y pasó por mi sangre una gran sombra
que ya en el horizonte fue un lucero.
¿Las manos del destino
encendieron la hoguera de mi cuerpo?
En los estanques del Brasil diez hojas
junto a otras diez hojas, junto a otras diez hojas,
de un metro de diámetro
florean en un día, cada año,
una flor sola, blanca al entreabrirse,
que al paso que el gran sol del Amazonas
sube,
se tiñe lentamente de los rosas del rosa
a los rojos que horadan la sangre de la muerte;
y así naufraga cuando el sol acaba
y fecunda pudriéndose la otra primavera.
El trópico entrañable
sostiene en carne viva la belleza
de Dios. La tierra, el agua, el aire, el fuego,
al Sur, al Norte, al Este, y al Oeste
concentran las semillas esenciales
el cielo de sorpresas
la desnudez intacta de las hojas
y el ruido de las vastas soledades.
La oda tropical a cuatro voces
podrá llegar, palabra por palabra,
a beber en mis labios,
a amarrarse en mis brazos,
a golpear en mi pecho,
a sentarse en mis piernas,
a darme la salud hasta matarme
y a esparcirme en sí misma,
a que yo sea, a vuelta de palabras,
palmera y antílope,
ceiba y caimán, helecho y ave-lira,
tarántula y orquídea, zenzontle y anaconda.
Entonces seré un grito, un solo grito claro
que dirija en mi voz las propias voces
y alce de monte a monte
la voz del mar que arrastra las ciudades
¡oh trópico!
y el grito de la noche que alerta el horizonte.
Carlos Pellicer
Primera Intención
ha de llegar sentada en la mecida
que amarró la guirnalda de la orquídea.
Vendrá del Sur, del Este y del Oeste,
del Norte avión, del Centro que culmina
la pirámide trunca de mi vida.
Yo quiero arder mis pies en los braseros
de la angustia más sola,
para salir desnudo hacia el poema
con las sandalias de aire que otros poros
inocentes le den.
A la cintura tórrida del día
han de correr los jóvenes aceites
de las noches de luna del pantano.
La esbeltez de ese día
será la fuga de la danza en ella,
la voluntad medida en el instante
del reposo estatuario,
el agua de la sed
rota en el cántaro.
Entonces yo podría
tolerar la epidermis
de la vida espiral de la palmera,
valerme de su sombra que los aires mutilan,
ser fiel a su belleza
sin pedestal, erecta en ella misma,
sola, tan sola que todos los árboles
la miran noche y día.
Así mi voz al centro de las cuatro
voces fundamentales
tendría sobre sus hombros
el peso de las aves del paraíso.
La palabra Oceanía
se podría bañar en buches de oro
y en la espuma flotante que se quiebra,
oírse, espuma a espuma, gigantesca.
El deseo del viaje,
siempre deseo sería.
Del fruto verde a los frutos maduros
las distancias maduran en penumbras
que de pronto retoñan en tonos niños.
En la ciudad, entre fuerzas automóviles
los hombres sudorosos beben agua en guanábanas.
En la bolsa de semen de los trópicos
que huele a azul en carnes madrugadas
en el encanto lóbrego del bosque.
La tortuga terrestre
carga encima un gran trozo
que cayó cuando el sol se hacía lenguas.
Y así huele a guanábana
de los helechos a la ceiba.
Un triángulo divino
macera su quietud entre la selva
del Ganges. Las pasiones
crecen hasta pudrirse. Sube entonces
el tiempo de los lotos y la selva
tiene ya en su poder una sonrisa.
De los tigres al boa
hormiguea la voz de la aventura
espiritual. Y el Himalaya
tomó en sus brazos la quietud nacida
junto a las verdes máquinas del trópico.
Las brisas limoneras
ruedan en el remanso de los ríos.
Y la iguana nostálgica de siglos
en los perfiles largos de su tiempo
fue, es, y será.
Una tarde en Chichén yo estaba en medio
del agua subterránea que un instante
se vuelve cielo. En los muros del pozo
un jardín vertical cerraba el vuelo
de mis ojos. Silencio tras silencio
me anudaron la voz y en cada músculo
sentí mi desnudez hecha de espanto.
Una serpiente, apenas,
desató aquel encanto
y pasó por mi sangre una gran sombra
que ya en el horizonte fue un lucero.
¿Las manos del destino
encendieron la hoguera de mi cuerpo?
En los estanques del Brasil diez hojas
junto a otras diez hojas, junto a otras diez hojas,
de un metro de diámetro
florean en un día, cada año,
una flor sola, blanca al entreabrirse,
que al paso que el gran sol del Amazonas
sube,
se tiñe lentamente de los rosas del rosa
a los rojos que horadan la sangre de la muerte;
y así naufraga cuando el sol acaba
y fecunda pudriéndose la otra primavera.
El trópico entrañable
sostiene en carne viva la belleza
de Dios. La tierra, el agua, el aire, el fuego,
al Sur, al Norte, al Este, y al Oeste
concentran las semillas esenciales
el cielo de sorpresas
la desnudez intacta de las hojas
y el ruido de las vastas soledades.
La oda tropical a cuatro voces
podrá llegar, palabra por palabra,
a beber en mis labios,
a amarrarse en mis brazos,
a golpear en mi pecho,
a sentarse en mis piernas,
a darme la salud hasta matarme
y a esparcirme en sí misma,
a que yo sea, a vuelta de palabras,
palmera y antílope,
ceiba y caimán, helecho y ave-lira,
tarántula y orquídea, zenzontle y anaconda.
Entonces seré un grito, un solo grito claro
que dirija en mi voz las propias voces
y alce de monte a monte
la voz del mar que arrastra las ciudades
¡oh trópico!
y el grito de la noche que alerta el horizonte.
Carlos Pellicer
Segunda Intención
Es una realidad empedernida.
Todo es igual, se suicida la brújula. Se niega
la entrada al sol. Flores y pájaros
llevan en la garganta una penumbra
que acontece en el alma de las cosas
cuando el hombre...
Integridad de un material esbelto.
Lo verde está en el tiempo, en la textura
de los estados de ánimo del bosque.
Lo verde es un incendio que destruye
las oportunidades de la aurora.
Lo verde es la verdad, la deplorable
verdad de tantos verdes, la conjura
de la verde verdad que oculta el sueño,
lo irresponsable del secreto oculto.
El verde es un color hospitalario:
en tanto más oscuro, más humano.
En la lenta explosión del mediodía
la luz hace del trópico un Sebastián sangrante.
Entre la súplica de los atardeceres,
el verde es tinta china,
es la luz refugiada en lo más negro,
edificada silenciosamente
por la vegetación en libertad.
Con las manos arrodilladas
acato el primer paso de la Noche.
Y en la humilde soberbia que da el cielo
con la sabiduría en las estrellas,
entro en la noche como nada limpio,
en un claro del bosque, abandonado.
Y aquí estoy con el timbre de otra voz
que tuve cuando el viento fue mi cuerpo.
Se siembra en mi garganta una semilla
que algún día
será lo que de mí pueda quedar.
Un charco en que se pudre la luz misma
o inmovilizan párpados de muerte.
El agua en tuberías de bejuco
dada al conocedor del laberinto
de vidrio de la sed.
Fragmentos de jaguar muerto de sed
como una luz jamás amanecida.
En tanta realidad el sueño crea
la muerte de las cosas. Una noche huracán,
el relámpago, jaguar instantáneo que saltó
sobre el mundo, da luz y en la sombra del rugido
se estremece el desorden de la selva.
El problema del bosque es exceso de vida.
Ya no hay donde poner nada.
Hay pequeñas libélulas azules
que hacen de ciertas flores una lágrima.
Las flores solidarias de los pájaros
en el vuelo impalpable de la inmovilidad.
Y hay olores que son
gusanos transparentes con sonido.
Como nunca es de noche ni de día,
el tiempo es medio tiempo.
Hay voces que lo llaman a uno
sin motivo.
Voces parecidas a otras voces
que uno escuchó siguiendo una lectura.
La tierra está debajo de la tierra
y más abajo el tiempo
que ignora a veces lo que está pasando.
Abre una flor sin que lo sepa nadie
y así, no existe el tiempo.
En la selva uno se pregunta:
"¿Y yo qué carajos hago aquí
si no hay adonde ir?
Uno dice sí, para negarlo todo".
La carcajada de un pájaro
en esta soledad sin garantías
nos avisa del peligro
de pensar en él.
El árbol del pan
o el bejuco de agua,
¿mitología o están?
Es tanto lo que está
que ya urge colocar
los ceros a la izquierda.
Cada hoja que cae es un cero a la izquierda
hasta cifrar la angustia
en la unidad que soy.
Puede acabar el tiempo en un instante
y no tener ya tiempo para huir.
Pero mi piel está quieta:
ha comenzado la fraternidad.
Sumar. Restar. Multiplicar y dividir.
La muerte alimentada con la vida
en el primero y último compás.
El dónde estoy va desapareciendo;
es la consigna de la fraternidad,
Luz verde a todas partes
a condición de no moverse.
La estatua incomparable
inaugurada para siempre.
Libélulas azules,
volúmenes enormes, ya destruidos.
Recuerdo una ocasión en que unas flores negras
algo dijeron en mis narices.
Se me nubló la vista,
caí sobre la industria de las hojas,
y un trago de aguardiente con anís
me devolvió mi nombre.
En la noche sale a hablar
todo cuanto uno no imagina.
Mitin de multitudes invisibles,
unos duermen de día, otros hablan de noche.
Se genera una hoja con insectos
que sin verlos hacen daño.
Cunden
y se esconden.
Toda la maquinaria del trabajo
es fruto del silencio vegetal.
Aquí se aprende a leer
pensando en muchas cosas.
De la idea a la palabra,
un instante milenario.
Sólo en ciegas parálisis,
los hongos, intocables esculturas
se solidarizan con los miguelángeles.
En inmovilizados cuartos de hora
se proyectan las grandes destrucciones.
¡Ay de los grandes árboles
cuando el rayo volatiliza
las torres de la atmósfera!
Yo recuerdo mis manos inútiles
entre aquel verdor cósmico
que piensa huir
bajo el abismo hostil que a nada escucha.
Lo animal se oculta pavorosamente
y uno es vegetación desesperada.
El venero es azul consigo mismo,
el infinito azul de los orígenes,
que morirán azules algún día.
El bosque estremecido da la vida
a tanto corazón de muerte palpitante.
Y hay que empezar de nuevo
la aventura enraizada
y la guirnalda festival del aire.
Aquí todo está fuera de comercio.
Nada tiene que ver con uno. La poesía
es más espacio que tiempo.
Uno dice la palabra poesía
y no sabe lo que dice.
La voracidad de unas hormigas
interrumpió la cadencia del bosque.
Aquí fácilmente la verdad es mentira
y por lo mismo todo está inventado
con lo que a usted le dé la gana.
Cuando después de siglos de enseñanza
se derrumba una ceiba,
el boquete de sol que se construye
crea opiniones sobre la existencia.
Tanta sabiduría a la intemperie
es una inmensa desnudez de sangre.
En medio de la selva
se habla con la mirada a media voz.
Los ruidos industriales de la noche
lo hacen pensar a usted en el dinero
que se gasta para no poder callarse.
El Reino Vegetal cuyos decretos
se firman en secreto.
Útiles despilfarros, atlético desorden.
De un manotazo pumas y jaguares
destruyen las cortinas de una fiesta de orquídeas,
las joyas solitarias que si hablaran
nadie nunca ya jamás hablaría.
Toda intención flamígera
se diluye en las grietas del follaje.
La luz, un verde
puesto a pensar sombrío.
El viento es lo vocal ejecutivo
de una empresa dispuesta a todo trance.
El viento joven que se arriesga a todo
y puede solo contra la vejez.
El viento guarda luto por la muerte
de tantos huracanes fracasados.
El gran viento que agota un mar de oxígeno
que a los pocos momentos se renueva.
El viento que se muere de cansancio
entre el ambiente hipóstilo de caobas y cedros.
El viento sin linaje
entre las dinastías vegetales.
Este desorden construido
por orden superior
autoriza geológicas sorpresas
a la memoria más abandonada.
La lluvia tiene donde aposentarse
a costa de su auxilio inevitable.
Para la lluvia y sigue íntimamente
con tacto de tambores para niños.
Caen enormes gotas por doquiera.
Gratuito dineral que cubre el despilfarro
de tanta sangre verde,
de nubarrones verdes se resbala
y musicalizando cuanto toca.
¡Ay del torrente aéreo!
Muere con dignidad entre la selva.
Uno quisiera
collares musicales,
flor en los ojos, fruta abierta nasal,
cierto sabor de olvido del pantano
y lo mucho y lo poco tan desconocido.
El gran imperio de la clorofila
resiste siglos milenarios
con el ejemplo de ínclitos insectos.
En tiempo de aguas,
hábiles telarañas de perfumes
languidecen el sueño de los árboles
más viriles. Hay serpientes
como joyas prohibidas
que no se atreven a ofrecer manzanas
a tanta y endiablada desnudez.
Y a tanta soledad la habladuría
de todos los idiomas de la noche.
La noche que habla sola
para olvidar el día.
Y el día que no sabe de la noche
más que el paso de rumores escondidos.
Trabaja el tiempo todo el día
y de noche se olvida de sí mismo:
está el tiempo debajo de la tierra
que es la noche.
Lo que antes fuera religioso esfuerzo,
laboratorio de manos floridas,
habitación de sombras inalcanzables,
rincón donde la luz nunca fue vista,
pero sí adorada,
cumbre piramidal, cielo a la mano
de inteligencias húmedas de cielo;
lugares predilectos de la Nada
que a todo ha dado vida;
alcobas en que el sueño está despierto
sin que nadie lo vea;
la piedra que tocó la noche antigua
de las memorias inolvidables
está asaltada por la selva,
a los lados, adentro, por encima;
la paciencia implacable que se pudre
pero retoña y sigue retoñando.
Lo que fue población de jeroglíficos,
pavorosamente vacío.
Muertos los constructores,
recuperó la selva sus espacios,
izando su victoria sobre ruinas.
Entre esos árboles me reconozco,
yo, animador de íntimas catástrofes.
Aquí el hombre desnudo se enfloró la cabeza
con las plumas más lindas de los aires.
En su pecho y sus pulsos,
los jades a la selva lo asociaban,
y un cinturón con caída central
ocultaba su sexo.
La suntuosa elegancia de los mayas
le dio a la selva un porvenir eterno.
Desnudo y enjoyado,
ese hombre nos asombra.
El cielo de los números
embelleció por justa la cuenta de sus días.
Las ideas fueron esculpidas
para congratularse con la aurora.
Tabasco y el cacao: bebemos Xokol-ja,
en todos los pueblos del planeta.
Se desgranaba la sabiduría
como una lluvia de luces antiguas
entre los ojos de aquellos cerebros.
El maya fue el grande hombre de la selva.
Oí que unos árboles
de antigüedad espléndida dijeron:
"¿Y tú, qué haces aquí?
Nosotros somos sigilosamente analfabetas.
Aprende a leer
para escribir sobre nosotros".
Esto fue todo
lo que pude aprender. Era un idioma
hecho de viento y hojas secas.
Hay telas de araña
que ni el viento más tortuoso de la selva
destruye su área aérea.
Se ven hilos de luz caminando en las hojas
tan gratuitamente
que les cuesta trabajo caminar.
La vida de esa vida
nos mantiene jóvenes.
Los bodoques de lodo de los sapos
se lanzan al pantano.
Es la protesta del amanecer
por la fealdad de un objeto animado.
Un colibrí en la flor de su premura
saquea en un instante
la gota de un tesoro.
La selva tiene su propio cielo movedizo:
se pudre en ella la apoteosis
de las más solitarias soledades.
Lo verde que se pudre sin tristeza
y hace el color que nunca se había visto.
Mariposas inmóviles que ven volar el aire
y se alimentan príncipes de su propia belleza.
Puede un canto destruir aquel desorden
e implantar el silencio unos instantes
puesta en pie la batuta del jilguero.
Un mediodía en el Usumacinta,
hablé con mis amigos, entre el agua,
todos desnudos en la luz profunda.
Nacían y morían las palabras,
relatando la historia de la vida:
un pueblo, un hombre, realidad plantada,
monumental, sonora, repartida,
piedra y palabra con la flor y la muerte,
calendáricamente organizadas.
En la seda desnuda de las aguas,
dejó el tiempo una flor inolvidable.
Palpita en mí, con su soberanía,
el bosque, hijo del agua y de la luz.
Creo que en cualquier parte del poema
esto que estoy diciendo soy yo mismo.
Yo, desollado, rejuvenecido,
cada vez que los días dan la hora.
De las raíces sube hasta mis ojos
el vigor permanente de la ausencia.
No hay crimen: sólo voluntad de vivir
dentro de la simetría de cada uno.
La flor, el fruto, el insecto, el pájaro, las víboras, la
fiera,
y esos colores, húmedos
guantes de algunos árboles,
y la luz de un instante que el viento hace posible.
Y un flautín en la tarde
que enriquece invisibles amarillos,
y el piano de rumores entre un rugido y otro,
y el silencio
que dirige la orquesta de la selva.
Geometría en el aire de la araña.
Saber. Pensar. Hacer. Destruir. Pasar.
Y el mono,
hombre feliz y arriba siempre.
A ciertas horas se marchita el tiempo,
categóricamente liquidado:
unas cuantas gotas
en unas cuantas hojas.
Tanto glóbulo rojo que se pinta de verde
hace vegetariano al tiempo mismo.
No nos iremos sin decir buenos días
al clarín de la selva que improvisa sus luces.
Oírlo cantar es tener en las manos
un collar de esmeraldas y rubíes.
Es el gorjeo del agua
con los colores de un paraje íntimo.
Hay pájaros que huyen de las flores
por no quedarse como ellas...
El bosque es el oído cósmico
que registra el hacer de las hormigas.
Cuando cae una hoja
se vuelve de metal la indiferencia.
La indiferencia de las hojas secas.
Desde una fecha, acaso inexistente,
huele la soledad a cosa activa,
al invisible coito de la vida,
floreciente,
desde siempre.
El gran tambor del viento
que antecede a la lluvia,
en cuyas vidrierías los instantes
cierran la boca a todo comentario,
el gran tambor del viento
perfora los oídos de la atmósfera
y se queda colgando de un cartílago.
A esos momentos,
la dinámica furia de los átomos
pierde velocidad. ¡La Poesía!
Reina del Reino Vegetal, la cifra uno
entre los mil millones del ambiente.
Yo te saludo, bosque,
desde la incomodidad de mi impericia.
Tú eres
lo que yo hubiera querido ser:
horizontalmente lejos del mar:
verticalmente junto a ti.
El drama de la vida se hizo para verse,
no para ocultarse.
Absórbeme Dilátame. Dilúyeme.
Pintor y músico,
con remolinos en el corazón:
el sueño de servir a todo el mundo
y el lujo de pobreza que hay en mí.
Víctima del fuego y de la tierra,
náufrago sin el agua ni el espacio.
Yo sé que sí me espera la esperanza,
contra toda destrucción voy hacia ella.
Puesta en servicio el alma,
tanta potencia corporal construye
su propia decadencia.
En un claro del bosque un charco pudre
la caída de un genio vegetal.
Un brazo seco
muestra el trabajo túnel del quetzal.
Y en noches luminosas,
la brisa huésped de la madrugada
agita con la yema de sus dedos
el verdeoro caudal de aquellas plumas,
retoño volador del árbol muerto.
Carlos Pellicer
El Canto Del Usumacinta
abriéndose paso entre sombras incendiadas,
arrancándose harapos de los gritos de nadie,
huyendo de los altos desórdenes de abajo,
con el cuchillo de la luz entre los dientes,
y así sonriente y límpida,
brotó el agua.
Y era la desnudez corriendo sola
surgida de su clara multitud,
que aflojó las amarras de sus piernas brillantes
y en el primer remanso puso la cara azul.
El agua, con el agua a la cintura,
dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido,
y era como el rumor de una escultura
que tapó con las manos sus aéreos oídos.
Agua de las primeras aguas, tan remota,
que al recordarla tiemblan los helechos
cuando la mano de la orilla frota
la soledad de los antiguos trechos.
Y el agua crece y habla y participa.
Sácala del torrente animador,
tiempo que la tormenta fertiliza;
el agua pide espacio agricultor.
Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.
Yo era un gran árbol tropical.
En mi cabeza tuve pájaros,
sobre mis piernas un jaguar.
Junto a mí tramaba la noche
el complot de la soledad.
Por mi estatura derrumbaba el cielo
la casa grande de la tempestad.
En mí se han amado las fuerzas de origen:
el fuego y el aire, la tierra y el mar.
Y éste es el canto del Usumacinta
que viene de muy allá
y al que acompañan, desde hace siglos, dando la vida,
el Lakantún y el Lakanjá.
Ay, las hermosas palabras,
que sí se van,
que no se irán!
¿En dónde está mi corazón
atravesado por una flecha?
La garza blanca vuela, vuela como una fecha
sobre un campo de concentración.
Porque el árbol de la vida,
sangra.
Y la noche herida,
sangra.
Y el camino de la partida,
sangra.
Y el águila de la caída,
sangra.
Y la ventaja del amanecer, cedida,
sangra.
¿De quién es este cuello ahorcado?
Oíd la gritería a media noche.
Todo lo que en mí ya solamente palpo
es la sombra que me esconde.
Empieza a llover
en el tablado de la tempestad
y la anchura del agua abandonada
disminuye la nave de su seguridad.
Es la gran noche errónea. Nada y nadie la ocupan.
Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo.
La gran boa del viento se estranguló en la ceiba
que defiende energúmena, su cantidad de tiempo.
Se canta el canto del Usumacinta,
que viene de tan allá,
y al que acompañan, dando la vida
el Lakantún y el Lakanjá.
En una jornada de millones de años
partió el gran río la serranía en dos.
Y en remolinos de sombrío júbilo
creó el festival de su frutal furor.
Los manteles de su mesa son más anchos que el horizonte.
Pedid, y no acabaréis.
En el cielo de toda su noche,
una alegría planetaria nos hace languidecer.
Ésta es la parte del mundo
en que el piso se sigue construyendo.
Los que allí nacimos tenemos una idea propia
de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.
Se me vuelven tiendas de campo los pulmones,
cuando pienso en este río tropical,
y así en mi sangre se pudre la vida
de tanto ser energía
en soledad antigua o en presente caudal.
Cuando me llega el ruido de hachazos
de la palabra Izankanak,
me abunda el alma hasta salirme a los ojos
y oigo el plumaje golpe de un águila herida por el
huracán.
Un mundo vegetal que trabaja cien horas diarias,
me ha visto pasar en pos de la noche y del alba.
Reconoció en mis ojos el poderoso espejo;
reconoció en mi boca fidelidad madura.
Vio en mis manos la caña que aflautó el aire húmedo
y le mostré mi pecho en que se oye la lluvia.
Mirando el río de aquellos días que el sol engríe,
al verde fuego de las orillas robé volumen
y entre las luces de lo que ríe, lo que sonríe,
es un jacinto que boga al sueño de otro perfume.
El pájaro turquesa
se engarzó en la penumbra de un retoño
y entre verdes azules canta y brilla
mientras la hembra gris calla de gozo.
Mirando el río de aquellas tardes
junté las manos para beberlo.
Por mi garganta pasaba un ave,
pasaba el cielo.
Mirando el río
di poca sombra:
todo era mío.
Todas pintadas, jamás extintas,
son estas aguas, río de monos, Usumacinta.
En tu grandeza
con esplendores reconfortaste savia y tristeza.
Te descubrí,
y en ese instante
tras un diamante
solté un rubí:
de asombro existo,
preclara cosa
sangre dichosa
de haberte visto.
Robé a tu geografía
su riqueza continua de solemne alegría.
El que tumbe así el árbol de que estoy hecho
va a encontrar tus rumores entre mi pecho.
Y es un cantar a cántaros,
y es la nube de pájaros
y es tu lodo botánico.
En las sombras históricas de tu destino
cien ciudades murieron en tu camino.
Atadas de pies y manos
están esas ciudades.
Entre una jauría de árboles desmanes
se moduló la sílaba final de esas edades.
Los hombres de un tiempo del río
la frente se hacían en talud;
y el resplandor terrestre de sus avíos
les dio una honda gracia de juventud.
Sonreían con las manos
como alguien que ha podido tocar la luz.
¡Ay, las hermosas palabras,
que sí se irán,
que no se irán!
Lo que acontece ya en mi memoria cunde en mis labios,
con Uaxaktún,
con Yaxchilán.
Después fueron los paisajes sumergidos
y el sagrado maíz se pudrió.
Y en las ciudades desalojadas,
el reinado de las orquídeas se inició.
Así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta,
aun en la corteza de los viejos árboles
se encoge el terror.
El hombre abandonado que ahora lo puebla
fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el amor.
Eres el agua grande de mi tierra.
La tremenda dinámica del ocio tropical.
El hombre en ti es ahora la piedra que habla
entre el reino animal y el reino vegetal.
Por el hueco de un árbol podrido
pasa el verde silencio del quetzal.
Es una rama póstuma.
Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que declarar.
La sapientísima serpiente,
lo llevó un día sobre su frente cenital.
¿En dónde está mi corazón
partido en dos por una flecha?
La garza blanca vuela, vuela como una fecha
sobre un campo de concentración.
¡Ay, las hermosas palabras,
que sí se van...,
que no se irán
deste canto del Usumacinta,
que brotó de tan acá,
y al que acompañan, dando la vida, desde hace siglos,
el Lakantún y el Lakanjá.
Porque de el fondo del río
he sacado mi mano y la he puesto a cantar.
9 de mayo de 1947.
Carlos Pellicer
Cuatro Cantos En Mi Tierra
Tabasco en sangre madura
y en mi su poder sangró.
Agua y tierra el sol se jura;
y en nubarrón de espesura
la joven tierra surgió.
Tus hidrógenos caminos
a toda voz transité
y en tu oxígeno silbé
mis pulmones campesinos.
A puños sembré mi vida
de tu fuerza vendaval
que azúcar cañaveral
espolvorea en la huida.
El tiempo total verdea
y el espacio quema y brilla.
El agua mete la quilla
y de monte a mar sondea.
Pedacería de espejo.
La selva, encerrada, ulula.
Casi por cada reflejo
pájaro que se modula.
Más agua que tierra. Aguaje
para prolongar la sed.
La tierra vive a merced
del agua que suba o baje.
Cuando la selva repasa
su abecedario animal
relámpago vertebral
de caoba a cedro pasa.
Flota de isletas fluviales
varó en flor la soledad.
Son de todo eternidad
y de nada temporales.
El mediodía tajado
de algún fruto tropical
tiene un sabor de cristal
sonoramente mojado.
Hay en la noche un instante
de vida, que si durara,
húmeda la muerte alzara
cual un terrible diamante.
Y a veces en la ribera
es tan fina la mañana
que la sonrisa primera
todo el día nos hermana.
Tiempo de Tabasco; en hondo
suspiro te gozo así.
Contigo, cerca de mí
tiempo de morir escondo.
Arde en Tabasco la vida
de tal suerte, que la muerte
vive por morir hendida,
de un gran hachazo de vida
que da, sin querer, la suerte.
II
La ceiba es un árbol gris
de gigantesca figura.
Se ve su musculatura
medio manchada de gis.
Es el árbol que hace todo;
yo lo he visto trabajar
y en la tarde modelar
sus pajaritos de lodo.
Ceiba desnuda y campal
cuya fuerza liberó
bosque y cielo y estrenó
su claro de matorral.
En desnudo pugilato
parece que así despejas
el campo y que le aconsejas
a todo árbol buen recato.
Navegando por el río,
súbitamente apareces.
Te he visto así, tantas veces,
y el asombro es siempre mío.
Cuando en el atardecer
todo Tabasco decrece
y el aire en los cielos mece
lo que ya no pudo ser,
con qué bárbara grandeza
das la razón al paisaje
que con oscura certeza
se adueñó de algún celaje
con que así la noche empieza.
Ceiba te dije y te digo:
colgaré mí corazón
de un retoño de tu abrigo;
tendrá su sangre contigo
altura y vegetación.
III
Una laguna que llega
y una laguna que va.
Si la luz de frente anega
o la luz de lado da
el jacintal que congrega
su poesía despliega
que en mi voz cintilará.
Hay más laguna que luna
en la noche que es tan clara.
Semeja que el cielo usara
luz modal de la laguna.
Hay más laguna que luna.
Tiempo lagunar que cabe
para siempre en nuestra vida.
Que no se cierre la herida
que por su boca se sabe
la llegada y la partida.
Estábamos la laguna
y yo.
Como esa noche...
Con más laguna que luna
la noche se desnudó.
Sudor de intemperie humana
que el aire sutil saló
y en su humedad levantó
flor lujuria rusticana.
Tu adolescencia suspira
junto a mi pecho velludo.
El tiempo es tiempo desnudo
y su largo cuerpo estira.
Si por besarte viví
con más laguna que luna,
fue más luna que bebí
que el agua de la laguna
que a raya en cielos tendí.
Como esa noche...
IV
El agua es laguna o río.
Un espejo se quebró.
Por todos lados miró
la desnudez del estío.
Con el agua a la rodilla
vive Tabasco. Así dama
de abril a octubre la flama
que hace callar toda arcilla.
Si por boca de la selva
largó la verdad su grito,
miente el silencio infinito
del agua que el agua envuelva.
Llueve lejos, por la sierra.
Llueve a tambor y clarín.
Toro del agua, festín
corre por toda la tierra.
Joven terrón cuaternario,
por tu cuerpo de aluvión
sangra el verde corazón
de tu enorme pecho agrario.
Lo que muere y lo que vive
junto al agua vive y muere.
Si en lluvia el cielo así quiere
moje su noche en aljibe.
Más agua que tierra. Aguaje
para prolongar la sed.
La tierra vive a merced
del agua que suba o baje.
Brillan los laguneríos;
en la tarde tropical
actitud de garza real
torna el aire de los ríos.
La noche en lluvia y batracio
retiñe el nocturno verde
y al otro día se muerde
verde el verde del espacio.
Agua de Tabasco vengo
y agua de Tabasco voy.
De agua hermosa es mi abolengo;
y es por eso que aquí estoy
dichoso con lo que tengo.
Villahermosa, Tabasco, 1943.
Carlos Pellicer
Nocturno A Mi Madre
mi madre y yo dejamos de rezar.
Entré en mi alcoba y abrí la ventana.
La noche se movió profundamente llena de soledad.
El cielo cae sobre el jardín oscuro.
Y el viento busca entre los árboles
la estrella escondida de la oscuridad.
Huele la noche a ventanas abiertas,
y todo cerca de mí tiene ganas de hablar.
Nunca he estado más cerca de mí que esta noche:
las islas de mis ausencias me han sacado del fondo del mar.
Hace un momento,
mi madre y yo dejamos de rezar.
Rezar con mi madre ha sido siempre
mi más perfecta felicidad.
Cuando ella dice la oración Magnífica,
verdaderamente glorífica mi alma al Señor y mi
espíritu se llena de gozo para siempre jamás.
Mi madre se llama Deifilia,
que quiere decir hija de Dios, flor de toda verdad.
Estoy pensando en ella con tal fuerza
que siento el oleaje de su sangre en mi sangre
y en mis ojos su luminosidad.
Mi madre es alegre y adora el campo y la lluvia,
y el complicado orden de la ciudad.
Tiene el cabello blanco, y la gracia con que camina
dice de su salud y de su agilidad.
Pero nada, nada es para mí tan hermoso
como acompañarla a rezar.
Todos los días, al responderle las letanías de la Virgen
—Torre de Marfil, Estrella Matinal—,
siento en mí que la suprema poesía
es la voz de mi madre delante del altar.
Hace un momento la oí que abrió su ropero,
hace un momento la oí caminar.
Cuando me enseñó a leer me enseñó
también a decir versos,
y por ese tiempo me llevó por primera vez al mar.
Cuando la pobreza se ha quedado a vivir en nuestra casa,
mi madre le ha hecho honores de princesa real.
Doña Deifilia Cámara de Pellicer
es tan ingeniosa y enérgica y alegre como la tierra tropical.
Oigo que mi madre ha salido de su alcoba.
El silencio es tan claro que parece retoñar.
Es un gajo de sombra a cielo abierto,
es una ventana nueva acabada de cerrar.
Bajo la noche la vida crece invisiblemente.
Crece mí corazón como un pez en el mar.
Crece en la oscuridad y fosforece
y sube en el día entre los arrecifes de coral.
Corazón entre náufrago y pirata
que se salva y devuelve lo robado a su lugar.
La noche ahonda su ondulación serena
como la mano que en el agua va la esperanza a colocar.
Hermosa noche. Hermosa noche
en que dichosamente he olvidado callar.
Sobre la superficie de la noche
rayé con el diamante de mi voz inicial.
Mi voz se queda sola entre la noche
ahora que mi madre ha apagado su alcoba.
Yo vigilo su sueño y acomodo sus nubes
y escondo entre mi angustia lo que en mi pecho llora.
Mi voz se queda sola entre la noche
para decirte, oh madre, sin decirlo,
cómo mi corazón disminuirá su toque
cuando tu sueño sea menos tuyo y más mío.
Mi voz se queda sola entre la noche
para escucharme lleno de alegría,
callar para que ella no despierte,
vivir sólo por ella y para ella,
detenerme en la puerta de su alcoba
sintiendo cómo salen de su sueño
las tristezas ocultas,
lo que imagino que por mí entristece
su corazón y el sueño de su sueño.
El ángel alto de la media noche,
llega.
Va repartiendo párpados caídos
y cerrando ventanas
y reuniendo las cosas más lejanas,
y olvidando el olvido.
Poniendo el pan y el agua en la invisible mesa
del olvidado sueño.
Disponiendo el encanto
del tiempo enriquecido sin el tiempo;
el tiempo sin el tiempo que es el sueño,
la lenta espuma esfera
del vasto color sueño;
la cantidad del canto adormecido
en un eco.
El ángel de la noche también sueña.
Sólo yo, madre mía, no duermo sin tu sueño!
Carlos Pellicer
Nocturno Del Mar Amor
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.
Lo que con sólo pensar
la dulce lengua salé
y al callar
cárcel de espumas sellé.
Noche de naves ancló
y en mi corazón caí.
Lo que desapareció,
ya está aquí.
Vivía un reflejo verde
que enrollaba el agua oscura.
Yo sé que el amor se pierde
junto a la noche más pura.
¡Ay de mi vida!
Puesta a lo largo del mar
sólo le queda mirar
un paisaje con herida.
Media noche fue en el cielo
que una nube fue a traer.
Pérdida de todo vuelo,
tiempo sangrado al correr.
En sombrías sonajeras
el agua su aire mojó
y oleajes desenrolló
ronca de angustias postreras.
Toda la noche a los cielos
mi corazón fui a llevar
por destruir un estelar
horario de desconsuelos.
Entre los dos viva muerte
secamente retoñó
y la luna la enyesó
con calmas de mala suerte.
¡Voces inútiles siempre!
Cuanto en el alma tajé
pudrió la noche septiembre
como quien rompe un quinqué.
Tu perfil en el espacio
pájaros sonidos daba
y el dolor de lo que acaba
puso el mar en tiempo lacio.
Toda la noche la cita
fue munendo de amargura.
Llorar era una llanura
desde una tarde infinita.
Casi un año, y el puñal
intocable y solitario
gotea el aniversario
con silencioso caudal.
Bella columna sonora,
tu caída partió en dos
la gloria de un semidiós
retocada por la aurora.
Volver a decir: ¡el mar!
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.
Junio trajo tu recuerdo,
sin querer.
Así gano lo que pierdo
moviendo mi oscurecer.
Junio y el mar tropical
descendido a oscuridades,
soledad de soledades
todo el olvido naval.
Abro el cielo y cuelgo estrellas.
Y aguas con luces remotas
esclarecen mis derrotas
moradas sobre sus huellas.
Puse en sus manos el mar
y del azul rebosante
todo un día declinante
quisiste desembarcar.
Pensar en ti será siempre
la dicha de haber vivido
cerca de ti, tan herido
una noche de septiembre.
Dije al mar: tu sangre es mía.
¡Cuánta amargura en el canto!
(Si fuera por lo que canto,
todo el mar me ceñiría).
Surge una nube, y la nave
sobrenada; silenciosa,
se distribuye la rosa
de los vientos en que cabe.
¡Ay de mí, ay de la mar
que saló en el horizonte
la esperanza de algún monte
donde lo azul encontrar!
Porque lo azul de la mar
es la distancia del cielo,
la entonación de un pañuelo
que se ha dejado llorar.
Y lo azul en lejanía
monte montaña será
soledad de poesía,
donde la noche vendría
sin sombra de lo que está.
Digo —y aquí me despido—
con sonoridad ligera,
que esta voz que nunca cuido
—nomeolvides, no me olvido—
cruce cada primavera
siempre fiel a lo que ha sido.
Con sonoridad ligera,
siempre fiel a lo que ha sido.
Carlos Pellicer
Cedro Y Caoba
A Ramón Galguera Noverola
Cedro y caoba,
la tarde baja
de garza en garza
y ahonda al río,
ligeramente,
lo que se canta.
Cedro y caoba
viven pareja del paraíso
cuya manzana mi sangre moja.
Al pie del cedro,
húmedo aroma.
Por su paloma
torcaz y cielo, subió una rama
sonoramente dodecaedro.
Franjas tardías
queman el cielo de una caoba.
Aire jilguero, y entre sus brazos,
la tarde toma.
¡Ay tarde sola
que te desgajas
cedro y caoba!
Sin que se quiera,
vuela una garza,
con tal belleza,
que tal semeja que así volara
por vez primera.
Restira el cielo
mantas azules
para la garza que sigue el vuelo.
Tanto su tiempo la tarde extiende,
que en dos azules
uno despide y el otro vuelve.
Azul en sombra
lucero tiene.
Azul en luces
sus luces vence.
Hora del mundo
que el alma toma,
en soledades
cedro y caoba.
Cedro y caoba,
¡pareja sola!
En mi garganta,
collar recuerdos
junta sus perlas para cerrarla.
(Si hay una queja
no hay una lágrima).
La tarde cae
ya entre un reguero
de estrella-tardes.
De alguna herida
se oye la sangre.
Tengo las manos sobre mi pecho.
Cruza una garza,
y el viento sale.
¿Salió de un cedro?
¿De una caoba?
Viento que rozas:
¿Por qué rosales llenos de espinas
pasaste ahora?
No aspirarte sería
talar el bosque-cedro y caoba.
Tálamo sólo
—caoba y cedro—.
Un rumor de silencio
brota del pecho.
Y un olor de caobas
bajo los cedros
abre noches fluviales
habitadas de luces y de luceros.
Tabasco, 1943.
Carlos Pellicer
Poema En Tiempo Vegetal
A José Clemente Orozco
En este bosque en que los árboles
tienen historia
y se acompañan espaciosos
a tiempo en luz,
a tiempo en sombra,
saqueo al aire los flautines
en que los pájaros devoran
la soledad húmeda y viva
de la raíz y la memoria.
Sonoramente en cuerpo y alma
siento el calor
con que de enérgicas prisiones,
la luz solar se liberó.
Y estoy cantando entre los árboles
y en el follaje de mi voz
pican los pájaros del viento
lentos rincones de sabor.
Entrar a un bosque cuando el día
todo llanura
con braserillos y alfileres
a piernas ricas desanuda,
es desnudar un tronco andante
y echarlo al agua a que se una
con materiales inasibles
de olvido imágenes fortuna.
Entrar a un bosque es adueñarse
de la opulencia
con que la vida en un instante
todas sus márgenes florea,
y da a sentir su cuerpo claro,
hondo a rumores de sorpresa:
la repentina mariposa, la rama antigua que se quiebra,
lo que ceñido y desligado
se toma o deja;
algo que cae y no sabemos
qué fue y en dónde y por qué suena.
Es este bosque en que los árboles
saben hablar
de aquel silencio de obsidiana
que en fuego tuvo pedestal:
joven Cuauhtémoc que algún día
pudo sus rocas alegrar
con los dinámicos enlaces
de este gran bosque patriarcal.
Joven Cuauhtémoc silencioso,
¿qué amanecer o atardecer
fue aquí en la pluma de tu paso
tu atardecer, tu amanecer,
y en los rumores deshilados
de oculta brisa
te suspiraron gigantescos
los ahuehuetes de tu ser?
Joven Cuauhtémoc, este pueblo
de árboles, lleno de vivir,
tierra amarrada con raíces
oculta en ti,
gasta en el sol de su arboleda
tesorería varonil
¿por qué algún día tu persona
ha de volver a estar aquí?
En este bosque en que los árboles
saben callar,
he hablado a solas, he llorado
y hasta mis manos vino a dar
esa hoja que siempre cae
y que es, tal vez, una señal.
Y así en mi pecho empieza a alzarse
entre hojas secas vendaval.
Entrar a un bosque en que los árboles
tienen historia
y se acompañan espaciosos
a tiempo en luz, a tiempo en sombra,
vale como entrar a un huerto
tan lleno de frutos que todo es sombra
y en el que uno pasa sin tocar nada
porque la sed y el hambre habitan siempre
nuestra boca.
¡Cuántas veces el joven Cuauhtémoc
vendrá a este bosque
a soñar con un pueblo saludable,
lleno de justicia y no pobre!
Y cuando se retira se estremece
todo el follaje como un pulmón enorme.
¡Hermosos y fuertes árboles!
Como estos árboles han de ser un día
en México, los hombres.
El hombre árbol sus palabras
ha extendido.
La tierra de marzo abre su entraña,
pronto recibirá la semilla...
El maíz erigirá su vara
y en su talle la mazorca feliz
multiplicará su fécula sacra.
Sitúala en el hecho preciso,
oh tierra que, desnuda, te vestirás con el agua.
Porque, como el maíz y como el árbol
se siembra y sonríe y sombrea,
también, la palabra.
Carlos Pellicer
Invitación Al Paisaje
invitarlo a dudar de sí mismo,
darle a beber el sueño del abismo
en la mano espiral del cielo humano.
Que al soltar los amarres de los ríos
la montaña a sus mármoles apele
y en la cumbre el suspiro que se hiele
tenga el valor frutal de dos estíos.
Convencer a la nube
del riesgo de la altura y de la aurora,
que no es el agua baja la que sube
sino la plenitud de cada hora.
Atraer a la sombra
al seno de rosales jardineros.
(Suma el amor la resta de lo que amor se nombra
y da a comer la sobra a un palomar de ceros).
¡Si el mar quisiera abandonar sus perlas
y salir de la concha...!
Si por no derramarlas o beberlas
—copa y copo de espumas— las olvida.
Quién sabe si la piedra
que en cualquier recodo es maravilla
quiera participar de exacta exedra,
taza-fuente-jardín-amor-orilla.
Y si aquel buen camino
que va, viene y está, se inutiliza
por el inexplicable desatino
de una cascada que lo magnetiza.
¿Podrán venir los árboles con toda
su escuela abecedaria de gorjeos?
(Siento que se aglomeran mis deseos
como el pueblo a las puertas de una boda).
El río allá es un niño y aquí un hombre
que negras hojas junta en un remanso.
Todo el mundo le llama por su nombre
y le pasa la mano como a un perro manso.
¿En qué estación han de querer mis huéspedes
descender? ¿En otoño o primavera?
¿O esperarán que el tono de los céspedes
sea el ángel que anuncie la manzana primera?
De todas las ventanas, que una sola
sea fiel y se abra sin que nadie la abra.
Que se deje cortar como amapola
entre tantas espigas, la palabra.
Y cuando los invitados
ya estén aquí —en mí—, la cortesía
única y sola por los cuatro lados,
será dejarlos solos, y en signo de alegría
enseñar los diez dedos que no fueron tocados
sino
por
la
sola
poesía.
Carlos Pellicer
Invitación Al Paisaje
invitarlo a dudar de sí mismo,
darle a beber el sueño del abismo
en la mano espiral del cielo humano.
Que al soltar los amarres de los ríos
la montaña a sus mármoles apele
y en la cumbre el suspiro que se hiele
tenga el valor frutal de dos estíos.
Convencer a la nube
del riesgo de la altura y de la aurora,
que no es el agua baja la que sube
sino la plenitud de cada hora.
Atraer a la sombra
al seno de rosales jardineros.
(Suma el amor la resta de lo que amor se nombra
y da a comer la sobra a un palomar de ceros).
¡Si el mar quisiera abandonar sus perlas
y salir de la concha...!
Si por no derramarlas o beberlas
—copa y copo de espumas— las olvida.
Quién sabe si la piedra
que en cualquier recodo es maravilla
quiera participar de exacta exedra,
taza-fuente-jardín-amor-orilla.
Y si aquel buen camino
que va, viene y está, se inutiliza
por el inexplicable desatino
de una cascada que lo magnetiza.
¿Podrán venir los árboles con toda
su escuela abecedaria de gorjeos?
(Siento que se aglomeran mis deseos
como el pueblo a las puertas de una boda).
El río allá es un niño y aquí un hombre
que negras hojas junta en un remanso.
Todo el mundo le llama por su nombre
y le pasa la mano como a un perro manso.
¿En qué estación han de querer mis huéspedes
descender? ¿En otoño o primavera?
¿O esperarán que el tono de los céspedes
sea el ángel que anuncie la manzana primera?
De todas las ventanas, que una sola
sea fiel y se abra sin que nadie la abra.
Que se deje cortar como amapola
entre tantas espigas, la palabra.
Y cuando los invitados
ya estén aquí —en mí—, la cortesía
única y sola por los cuatro lados,
será dejarlos solos, y en signo de alegría
enseñar los diez dedos que no fueron tocados
sino
por
la
sola
poesía.
Carlos Pellicer
Discurso Por Las Flores
es el lirio morado la que mas me alucina.
Andando una mañana solo por Palestina,
algo de mi conciencia con morados colores
tomó forma de flor y careció de espinas.
El aire con un pétalo tocaba las colinas
que inaugura la piedra de los alrededores.
Ser flor es ser un poco de colores con brisa.
Sueño de cada flor la mañana revisa
con los dedos mojados y los pómulos duros
de ponerse en la cara la humedad de tos muros,
El reino vegetal es un país lejano
aun cuando nosotros creámoslo a la mano.
Difícil es llegar a esbeltas latitudes;
mejor que doña Brújula, los jóvenes laúdes.
Las palabras con ritmo —camino del poema—
se adhieren a la intacta sospecha de una yema.
Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila.
Cuando a un árbol le doy la rama de mi mano
siento la conexión y lo que se destila
en el alma cuando alguien está junto a un hermano.
Hace poco, en Tabasco, la gran ceiba de Atasta
me entregó cinco rumbos de su existencia. Izó
las más altas banderas que en su memoria vasta
el viento de los siglos inútilmente ajó.
Estar árbol a veces, es quedarse mirando
(sin dejar de crecer) el agua humanidad
y llenarse de pájaros para poder, cantando,
reflejar en las ondas quietud y soledad.
Ser flor es ser un poco de colores con brisa;
la vida de una flor cabe en una sonrisa.
Las orquídeas penumbras mueren de una mirada
mal puesta de los hombres que no saben ver nada.
En los nidos de orquídeas la noche pone un huevo
y al otro día nace color de color nuevo.
La orquídea es una flor de origen submarino.
Una vez a unos hongos, allá por Tepoztlán,
los hallé recordando la historia y el destino
de esas flores que anidan tan distantes del mar.
Cuando el nopal florece hay un ligero aumento
de luz. Por fuerza hidráulica el nopal multiplica
su imagen. Y entre espinas con que se da tormento,
momento colibrí a la flor califica.
El pueblo mexicano tiene dos obsesiones:
el gusto por la muerte y el amor a las flores.
Antes de que nosotros "habláramos castilla"
hubo un día del mes consagrado a la muerte;
había extraña guerra que llamaron florida
y en sangre los altares chorreaban buena suerte.
También el calendario registra un día flor.
Día Xóchitl, Xochipilli se desnudó al amor
de las flores. Sus piernas, sus hombros, sus rodillas
tienen flores. Sus dedos en hueco, tienen flores
frescas a cada hora. En su máscara brilla
la sonrisa profunda de todos los amores.
(Por las calles aún vemos cargadas de alcatraces
a esas jóvenes indias en que Diego Rivera
halló a través de siglos los eternos enlaces
de un pueblo en pie que siembra la misma
primavera).
A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido.
Vive de sangre y flor su recuerdo y su olvido.
(Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda
en mi lecho de piedra de agua clara y redonda).
Si está herido de rosas un jardín, los gorriones
le romperán con vidrio sonoros corazones
de gorriones de vidrio, y el rosal más herido
deshojará una rosa allá por los rincones,
donde los nomeolvides en silencio han sufrido.
Nada nos hiere tanto como hallar una flor
sepultada en las páginas de un libro. La lectura
calla; y en nuestros ojos, lo triste del amor
humedece la flor de una antigua ternura.
(Como ustedes han visto, señoras y señores,
hay tristeza también en esto de las flores).
Claro que en el clarísimo jardín de abril y mayo
todo se ve de frente y nada de soslayo.
Es uno tan jardín entonces que la tierra
mueve gozosamente la negrura que encierra,
y el alma vegetal que hay en la vida humana
crea el cielo y las nubes que inventan la mañana.
Estos mayos y abriles se alargan hasta octubre.
Todo el Valle de México de colores se cubre
y hay en su poesía de otoñal primavera
un largo sentimiento de esperanza que espera.
Siempre por esos días salgo al campo. (Yo siempre
salgo al campo). La lluvia y el hombre como siempre
hacen temblar el campo. Ese último jardín,
en el valle de octubre, tiene un profundo fin.
Yo quisiera decirle otra frase a la orquídea;
esa frase sería una frase lapídea;
mas tengo ya las manos tan silvestres que en vano
saldrían las palabras perfectas de mi mano.
Que la última flor de esta prosa con flores
séala un pensamiento. (De pensar lo que siento
al sentir lo que piensan las flores, los colores
de la cara poética los desvanece el viento
que oculta en jacarandas las palabras mejores).
Quiero que nadie sepa que estoy enamorado.
De esto entienden y escuchan solamente las flores.
A decir me acompañe cualquier lirio morado:
señoras y señores, aquí hemos terminado.
Carlos Pellicer
Poética Del Paisaje
A Vicente Magdaleno
Todas en el alero,
tornadizo perfil del mensajero
friso de palomar.
A medida que el pie cubre el espacio
el horizonte prometido enseña
su barricada azul, su tiempo lacio.
Muy cerca, a la distancia de un perfume,
una piedra aplastante.
En un charco, adelante,
un buen trago de lluvia se consume.
Ya lejos, unas lomas
de un verde "golf " y bosque a la derecha
y un tajo en carne viva su desnivel aploma.
(Un ocho de palomas
divide mi atención en varias fechas).
Al fin de la mirada se acomoda
la paloma de un templo en la colina.
A la izquierda la sierra cambia azules
temerosos. Y a veces, se ilumina
y lava sus colores y se pone desnuda
a recordar senderos y relieves.
Antes que se pensara
pasa una nube gruesa y siembra dudas
que florecen en tema de matices.
Y la memoria muda
cuatro temples de azul en gris perdices.
Pasa la nube a tono
con la punta del lápiz quebradiza.
Y está la pausa en trono.
(Tiempo y color: yo les doy un abono
y designo banquera a una sonrisa...)
Una paloma negra
entablera su vuelo y otras cuatro
buscan la aguja mágica del cuento.
Mientras vira la nube yo me ausento
a revisar las cuentas de mi teatro.
El patio lo ocupó el endecasílabo;
el palco y la platea
ciertos traje-de-cola alejandrinos.
En galería
hay uno que otro gratis sin oficio.
Nube y punta de lápiz acreditan:
una: luz por ausencia, y otra: cifra.
Y ya es mecer al aire
ya sin otro contento que el mecerlo,
en una prosa semejante al mar
que abstrae en espiral vidas de perlas.
Ya nada tengo que decir del panorama,
pero algo como el agua en el desierto
roba a todos la sed y queda intacta,
me queda en abundancia y en deseo
La sobra musical; una delicia
de todo ritmo, de toda danza,
de todo vuelo...
Carlos Pellicer
Retórica Del Paisaje
de los dos mil trescientos metros de la altura,
los paisajes están en un solo acto.
El aire es siempre exacto
en su tiempo tonal; sabe escultura
porque un pintor en tan vastos andamios
puede fraguar los delirantes cadmios
y acompasar geométricas figuras.
(Los claros adjetivos
ecuestres en caballos sustantivos...)
Porque la realidad es cosa mía,
es decir, lo que usted nunca verá,
en un plato le da Santa Lucía
los ojos convenientes. (Cortesía
de la Iglesia Romana que usted devolverá).
Veamos:
la flora es intocable; en cutis verde
la aguja del tatuaje, defensiva
punza el tacto a distancia.
Chillan flores carnales
sobre el nopal que sesga sus etapas
rimadas en elipse. Si hundo los pedales
surge en esbelto prisma el cactus órgano,
cuyo bisel alfiletero agarra
pequeñas nubes de heno.
El cactus cuya fálica erección
límite varonil marca al terreno.
El maguey en hileras militares
alerta el armamento y en su espera
endulza al agua de su sed de guerra
y emborracha al ladrón de sus panales.
Cuando se rinde al tiempo alza una lanza
de heroica flor.
Con su sombra metálica
endosela el mezquite siestas largas.
Un toro y una nube y el arbusto.
(Se hace el ojo al espacio, juega y carga).
Así es el verde quieto, la esperanza
de escultórico juego en el paisaje.
En los cambios de cielo hay un celaje
inmóvil, que se borra en su constancia.
Sólo el árbol pirú, primo del sauce,
su copa vuelca en el mantel del llano,
y en ramos de coral tiende la mano
junto a los lavaderos de algún cauce.
El verde cae en la trampa de los grises.
Cien pueblos apedrearon este valle
y por eso las casas y la calle
son de una sola pieza.
Se reduce el lenguaje y la tristeza
es sobria como sombra de detalle.
El amarillo seco se encamina,
ya entre la milpa vieja que el viento papelea,
o en la resbaladiza llaga de la mina
de arena.
Si echo la cara atrás de lo que digo,
la cordillera sube hasta las nieves
perpetuas.
Detrás de ellas el sol desnuda el cielo
y cuando le abandona sus soberbios harapos,
las dos enormes cumbres echan su historia al fuego.
Y hay águilas que cambian huracanes
por resonantes víboras,
aunque hayan de cogerlas en nopales.
La prodigiosa juventud del aire
convida a estar desnudo.
Y en un modesto orgullo de silencio
ganarse loterías de momentos
para costear los oros del escudo.
La escenografía de las quietudes.
Ya no importa el color, sino lo claro.
Sola sabiduría de los grises
que está bien en la huerta y en el teatro.
¿Para qué el adjetivo si las cosas
todas, claras, se ven por cuatro lados?
¡Los nombres de las cosas!
De este valle,
es toda la retórica.
Carlos Pellicer
Retórica Del Paisaje
de los dos mil trescientos metros de la altura,
los paisajes están en un solo acto.
El aire es siempre exacto
en su tiempo tonal; sabe escultura
porque un pintor en tan vastos andamios
puede fraguar los delirantes cadmios
y acompasar geométricas figuras.
(Los claros adjetivos
ecuestres en caballos sustantivos...)
Porque la realidad es cosa mía,
es decir, lo que usted nunca verá,
en un plato le da Santa Lucía
los ojos convenientes. (Cortesía
de la Iglesia Romana que usted devolverá).
Veamos:
la flora es intocable; en cutis verde
la aguja del tatuaje, defensiva
punza el tacto a distancia.
Chillan flores carnales
sobre el nopal que sesga sus etapas
rimadas en elipse. Si hundo los pedales
surge en esbelto prisma el cactus órgano,
cuyo bisel alfiletero agarra
pequeñas nubes de heno.
El cactus cuya fálica erección
límite varonil marca al terreno.
El maguey en hileras militares
alerta el armamento y en su espera
endulza al agua de su sed de guerra
y emborracha al ladrón de sus panales.
Cuando se rinde al tiempo alza una lanza
de heroica flor.
Con su sombra metálica
endosela el mezquite siestas largas.
Un toro y una nube y el arbusto.
(Se hace el ojo al espacio, juega y carga).
Así es el verde quieto, la esperanza
de escultórico juego en el paisaje.
En los cambios de cielo hay un celaje
inmóvil, que se borra en su constancia.
Sólo el árbol pirú, primo del sauce,
su copa vuelca en el mantel del llano,
y en ramos de coral tiende la mano
junto a los lavaderos de algún cauce.
El verde cae en la trampa de los grises.
Cien pueblos apedrearon este valle
y por eso las casas y la calle
son de una sola pieza.
Se reduce el lenguaje y la tristeza
es sobria como sombra de detalle.
El amarillo seco se encamina,
ya entre la milpa vieja que el viento papelea,
o en la resbaladiza llaga de la mina
de arena.
Si echo la cara atrás de lo que digo,
la cordillera sube hasta las nieves
perpetuas.
Detrás de ellas el sol desnuda el cielo
y cuando le abandona sus soberbios harapos,
las dos enormes cumbres echan su historia al fuego.
Y hay águilas que cambian huracanes
por resonantes víboras,
aunque hayan de cogerlas en nopales.
La prodigiosa juventud del aire
convida a estar desnudo.
Y en un modesto orgullo de silencio
ganarse loterías de momentos
para costear los oros del escudo.
La escenografía de las quietudes.
Ya no importa el color, sino lo claro.
Sola sabiduría de los grises
que está bien en la huerta y en el teatro.
¿Para qué el adjetivo si las cosas
todas, claras, se ven por cuatro lados?
¡Los nombres de las cosas!
De este valle,
es toda la retórica.
Carlos Pellicer
Soneto
El tiempo que nos une y nos divide
—frutal nocturno y floreciente día—
hoy junto a ti, mañana lejanía,
devora lo que olvida y lo que pide.
Cuidar en él lo que al volar descuide
será internarse en su relojería;
y minuto a minuto y día a día,
sin quererlo, aunque poco, nos olvide.
Olvidados del tiempo, esos instantes,
serán de eternidad; los deslumbrantes
momentos del instante de lo eterno.
Junio en tus manos su belleza afina;
el otoño es su dócil subalterno.
Tiempo y eternidad tu alma combina.
Carlos Pellicer
He Olvidado Mi Nombre
Todo será posible menos llamarse Carlos.
¿Y dónde habrá quedado?
¿En manos de qué algo habrá quedado?
Estoy entre la noche desnudo como un baño
listo y que nadie usa por no ser el primero
en revolver el mármol de un agua tan estricta
que fuera uno a parar en estatua de aseo.
Al olvidar mi nombre siento comodidades
de lluvia en un paraje donde nunca ha llovido.
Una presencia lluvia con paisaje
y un profundo entonar el olvido.
¿Qué hará mi nombre
en dónde habrá quedado?
Siento que un territorio parecido a Tabasco
me lleva entre sus ríos inaugurando bosques,
unos bosques tan jóvenes que da pena escucharlos
deletreando los nombres de los pájaros.
Son ríos que se bañan cuando lo anochecido
de todas las palabras siembra la confusión
y la desnudez del sueño está dormida
sobre los nombres íntimos de lo que fue una flor.
Y yo sin nombre y solo con mi cuerpo sin nombre
llamándole amarillo al azul y amarillo
a lo que nunca puede jamás ser amarillo;
feliz, desconocido de todos los colores.
¿A qué fruto sin árbol le habré dado mi
nombre
con este olvido lívido de tan feliz memoria?
En el Tabasco nuevo de un jaguar despertado
por los antiguos pájaros que enseñaron al día
a ponerse la voz igual que una sortija
de frente y de canto.
Jaguar que está en Tabasco y estrena desnudez
y se queda mirando los trajes de la selva,
con una gran penumbra de pereza y desdén.
Por nacer en Tabasco cubro de cercanías
húmedas y vitales el olvido a mi nombre
y otra vez terrenal y nuevo paraíso
mi cuerpo bien herido toda mi sangre corre.
Correr y ya sin nombre y estrenando hojarasca
de siglos.
Correr feliz, feliz de no reconocerse
al invadir las islas de un viaje arena y tibio.
He perdido mi nombre.
¿En qué jirón de bosque habrá quedado?
¿Qué corazón del río lo tendrá como
un pez,
sano y salvo?
Me matarán de hambre la aurora y el crepúsculo.
Un pan caliente —el Sol— me dará al mediodía.
Yo era siete y setenta y ahora sólo uno,
uno que vale uno de cerca y lejanía.
El bien bañado río todo desnudo y fuerte,
sin nombre de colores ni de cantos.
Defendido del Solo con la hoja de toh.
Todo será posible menos llamarme Carlos.
Carlos Pellicer
Tema Para Un Nocturno
y se abra —por fin— la puerta de la soledad,
la muerte,
ya no me encontrará.
Me buscará entre los árboles, enloquecidos
por el silencio de una cosa tras otra.
No me hallará en la altiplanicie deshilada
sintiéndola en la fuente de una rosa.
Estoy partiendo el fruto del insomnio
con la mano acuchillada por el azar.
Y la casa está abierta de tal modo,
que la muerte ya no me encontrará.
Y ha de buscarme sobre los árboles y entre las nubes.
(¡Fruto y color la voz encenderá!)
Y no puedo esperarla: tengo cita
con la vida, a las luces de un cantar.
Se oyen pasos —¿muy lejos?...— todavía
hay tiempo de escapar.
Para subir la noche sus luceros,
un hondo son de sombras cayó sobre el mar.
Ya la sangre contra el corazón se estrella.
Anochece tan claro que me puedo desnudar.
Así, cuando la muerte venga a buscarme,
mi ropa solamente encontrará.
Carlos Pellicer
Los Sonetos De Zapotlán
Un amarillo estar de otoño al día.
Sus olvidadas comunicaciones
abrieron los antiguos corazones
que junio en otros junio exprimía.
Triunfos de corporal idolatría
desnudan sepulcrales posesiones.
Las perlas, amargadas, las acciones
atléticas, vejada fantasía.
¿En dónde estás, eterna primavera?
¿Por qué perdí tu claridad ligera
y en flores amarillas te descubro?
Y devorado por mi boca herida,
con las palabras que te digo cubro
la muerte más hermosa de mi vida.
Carlos Pellicer
Los Sonetos De Zapotlán
Un amarillo estar de otoño al día.
Sus olvidadas comunicaciones
abrieron los antiguos corazones
que junio en otros junio exprimía.
Triunfos de corporal idolatría
desnudan sepulcrales posesiones.
Las perlas, amargadas, las acciones
atléticas, vejada fantasía.
¿En dónde estás, eterna primavera?
¿Por qué perdí tu claridad ligera
y en flores amarillas te descubro?
Y devorado por mi boca herida,
con las palabras que te digo cubro
la muerte más hermosa de mi vida.
Carlos Pellicer
Recinto
desde ayer más que ayer y más que siempre.
La voz tendida hacia tus voces mueve
los instantes de flor a hacerse fruto.
Ya el aire nuevo su cantar se puso,
ya caminos por ágil intemperie
con la desnuda invitación nos tiende
las manos del encuentro que ambas juro.
Amor, toma mi vida y dame el ansia
tuya, de ti y eterna; ven y cambia
mi voz que pasa, en corazón sin tiempo.
Manos de ayer, de hoy y de mañana
libren a la cadena de los sueños
de herrumbre realidad que, mucha, mata.