Poemas en este tema
Alma
Juan de Dios Peza
A Mis Hijas
Mi tristeza es un mar; tiene su bruma
que envuelve densa mis amargos días;
sus olas son de lágrimas; mi pluma
está empapada en ellas, hijas mías.
Vosotras sois las inocentes flores
nacidas de ese mar en la ribera;
la sorda tempestad de mis dolores
sirve de arrullo a vuestra edad primera.
Nací para luchar; sereno y fuerte
cobro vigor en el combate rudo;
cuando pague mi audacia con la muerte,
caeré cual gladiador sobre mi escudo.
Llévenme así a vosotras; de los hombres
ni desdeño el poder ni el odio temo;
pongo todo mi honor en vuestros nombres
y toda el alma en vuestro amor supremo.
Para salir al mundo vais de prisa.
¡Ojalá que esa vez nunca llegara!
Pues hay que ahogar el llanto con la risa,
para mirar al mundo cara a cara.
No me imitéis a mí: yo me consuelo
con abrir más los bordes de mi herida;
imitad en lo noble a vuestro abuelo:
¡Sol de virtud que iluminó mi vida!
Orad y perdonad; siempre es inmensa
después de la oración la interna calma,
y el ser que sabe perdonar la ofensa
sabe llevar a Dios. dentro del alma.
Sea vuestro pecho de bondades nido,
no ambicionéis lo que ninguno alcanza,
coronad el perdón con el olvido
y la austera virtud con la esperanza.
Sin dar culto a los frívolos placeres
que la pureza vuestra frente ciña,
buscad alma de niña en las mujeres
y buscad alma de ángel en la niña.
Nadie nace a la infamia condenado,
nadie hereda la culpa de un delito,
nunca para ser siervas del pecado
os disculpéis clamando: estaba escrito.
¡Existir es luchar! No es infelice
quien luchando, de espinas se corona;
abajo, todo esfuerzo se maldice,
arriba, toda culpa se perdona.
Se apaga la ilusión cual lumbre fatua
y la hermosura es flor que se marchita;
la mujer sin piedad es una estatua
dañosa al mundo y del hogar proscrita.
No fijéis en el mal vuestras pupilas
que víbora es el mal que todo enferma,
y haced el bien para dormir tranquilas
cuando yo triste en el sepulcro duerma.
Nunca me han importado en este suelo
renombre, aplausos, oropeles, gloria:
procurar vuestro bien, tal es mi anhelo;
amaros y sufrir tal es mi historia.
Cuando el sol de mi vida tenga ocaso
recordad mis consejos con ternura,
y en cada pensamiento, en cada paso,
buscad a Dios tras de la inmensa altura.
Yo anhelo que, al morir, por premio santo,
tengan de vuestro amor en los excesos:
las flores de mi tumba vuestro llanto,
las piedras de mi tumba vuestros besos.
que envuelve densa mis amargos días;
sus olas son de lágrimas; mi pluma
está empapada en ellas, hijas mías.
Vosotras sois las inocentes flores
nacidas de ese mar en la ribera;
la sorda tempestad de mis dolores
sirve de arrullo a vuestra edad primera.
Nací para luchar; sereno y fuerte
cobro vigor en el combate rudo;
cuando pague mi audacia con la muerte,
caeré cual gladiador sobre mi escudo.
Llévenme así a vosotras; de los hombres
ni desdeño el poder ni el odio temo;
pongo todo mi honor en vuestros nombres
y toda el alma en vuestro amor supremo.
Para salir al mundo vais de prisa.
¡Ojalá que esa vez nunca llegara!
Pues hay que ahogar el llanto con la risa,
para mirar al mundo cara a cara.
No me imitéis a mí: yo me consuelo
con abrir más los bordes de mi herida;
imitad en lo noble a vuestro abuelo:
¡Sol de virtud que iluminó mi vida!
Orad y perdonad; siempre es inmensa
después de la oración la interna calma,
y el ser que sabe perdonar la ofensa
sabe llevar a Dios. dentro del alma.
Sea vuestro pecho de bondades nido,
no ambicionéis lo que ninguno alcanza,
coronad el perdón con el olvido
y la austera virtud con la esperanza.
Sin dar culto a los frívolos placeres
que la pureza vuestra frente ciña,
buscad alma de niña en las mujeres
y buscad alma de ángel en la niña.
Nadie nace a la infamia condenado,
nadie hereda la culpa de un delito,
nunca para ser siervas del pecado
os disculpéis clamando: estaba escrito.
¡Existir es luchar! No es infelice
quien luchando, de espinas se corona;
abajo, todo esfuerzo se maldice,
arriba, toda culpa se perdona.
Se apaga la ilusión cual lumbre fatua
y la hermosura es flor que se marchita;
la mujer sin piedad es una estatua
dañosa al mundo y del hogar proscrita.
No fijéis en el mal vuestras pupilas
que víbora es el mal que todo enferma,
y haced el bien para dormir tranquilas
cuando yo triste en el sepulcro duerma.
Nunca me han importado en este suelo
renombre, aplausos, oropeles, gloria:
procurar vuestro bien, tal es mi anhelo;
amaros y sufrir tal es mi historia.
Cuando el sol de mi vida tenga ocaso
recordad mis consejos con ternura,
y en cada pensamiento, en cada paso,
buscad a Dios tras de la inmensa altura.
Yo anhelo que, al morir, por premio santo,
tengan de vuestro amor en los excesos:
las flores de mi tumba vuestro llanto,
las piedras de mi tumba vuestros besos.
597
Juan de Dios Peza
Post-umbra
Con letras ya borradas por los años,
en un papel que el tiempo ha carcomido,
símbolo de pasados desengaños,
guardo una carta que selló el olvido.
La escribió una mujer joven y bella.
¿Descubriré su nombre? ¡no!, ¡no quiero!
pues siempre he sido, por mi buena estrella,
para todas las damas, caballero.
¿Qué ser alguna vez no esperó en vano
algo que si se frustra, mortifica?
Misterios que al papel lleva la mano,
el tiempo los descubre y los publica.
Aquellos que juzgáronme felice,
en amores, que halagan mi amor propio,
aprendan de memoria lo que dice
la triste historia que a la letra copio:
«Dicen que las mujeres sólo lloran
cuando quieren fingir hondos pesares;
los que tan falsa máxima atesoran,
muy torpes deben ser, o muy vulgares.
»Si cayera mi llanto hasta las hojas
donde temblando está la mano mía,
para poder decirte mis congojas
con lágrimas mi carta escribiría.
»Mas si el llanto es tan claro que no pinta,
y hay que usar de otra tinta más obscura,
la negra escogeré, porque es la tinta
donde más se refleja mi amargura.
»Aunque no soy para sonar esquiva,
sé que para soñar nací despierta.
Me he sentido morir y aún estoy viva;
tengo ansias de vivir y ya estoy muerta.
»Me acosan de dolor fieros vestigios,
¡qué amargas son las lágrimas primeras!
Pesan sobre mi vida veinte siglos,
y apenas cumplo veinte primaveras.
»En esta horrible lucha en que batallo,
aun cuando débil, tu consuelo imploro,
quiero decir que lloro y me lo callo,
y más risueña estoy cuanto más lloro.
»¿Por qué te conocí? Cuando temblando
de pasión, sólo entonces no mentida,
me llegaste a decir: "te estoy amando
con un amor que es vida de mi vida".
»¿Qué te respondí yo? Bajé la frente,
triste y convulsa te estreché la mano,
porque un amor que nace tan vehemente
es natural que muera muy temprano.
»Tus versos para mí conmovedores,
los juzgué flores puras y divinas,
olvidando, insensata, que las flores
todo lo pierden menos las espinas.
»Yo, que como mujer, soy vanidosa,
me vi feliz creyéndome adorada,
sin ver que la ilusión es una rosa,
que vive solamente una alborada.
»¡Cuántos de los crepúsculos que admiras
pasamos entre dulces vaguedades;
las verdades juzgándolas mentiras
las mentiras creyéndolas verdades!
»Me hablabas de tu amor, y absorta y loca,
me imaginaba estar dentro de un cielo,
y al contemplar mis ojos y mi boca,
tu misma sombra me causaba celo.
»Al verme embelesada, al escucharte,
clamaste, aprovechando mi embeleso:
"déjame arrodillar para adorarte";
y al verte de rodillas te di un beso.
»Te besé con arrojo, no se asombre
un alma escrupulosa y timorata;
la insensatez no es culpa. Besé a un hombre
porque toda pasión es insensata.
»Debo aquí confesar que un beso ardiente,
aunque robe la dicha y el sosiego,
es el placer más grande que se siente
cuando se tiene un corazón de fuego.
»Cuando toqué tus labios fue preciso
soñar que aquél placer se hiciera eterno.
Mujeres: es el beso un paraíso
por donde entramos muchas al infierno.
»Después de aquella vez, en otras muchas,
apasionado tú, yo enternecida,
quedaste vencedor en esas luchas
tan dulces en la aurora de la vida.
»¡Cuántas promesas, cuántos devaneos!
el grande amor con el desdén se paga:
Toda llama que avivan los deseos
pronto encuentra la nieve que la apaga.
»Te quisiera culpar y no me atrevo,
es, después de gozar, justo el hastío;
yo que soy un cadáver que me muevo,
del amor de mi madre desconfío.
»Me engañaste y no te hago ni un reproche,
era tu voluntad y fue mi anhelo;
reza, dice mi madre, en cada noche;
y tengo miedo de invocar al cielo.
»Pronto voy a morir; esa es mi suerte;
¿quién se opone a las leyes del destino?
Aunque es camino oscuro el de la muerte,
¿quién no llega a cruzar ese camino?
»En él te encontraré; todo derrumba
el tiempo, y tú caerás bajo su peso;
tengo que devolverte en ultratumba
todo el mal que me diste con un beso.
»Mostrar a Dios podremos nuestra historia
en aquella región quizá sombría.
¿Mañana he de vivir en tu memoria...?
Adiós... adiós... hasta el terrible día».
Leí estas líneas y en eterna ausencia
esa cita fatal vivo esperando...
Y sintiendo la noche en mi conciencia,
guardé la carta y me quedé llorando.
en un papel que el tiempo ha carcomido,
símbolo de pasados desengaños,
guardo una carta que selló el olvido.
La escribió una mujer joven y bella.
¿Descubriré su nombre? ¡no!, ¡no quiero!
pues siempre he sido, por mi buena estrella,
para todas las damas, caballero.
¿Qué ser alguna vez no esperó en vano
algo que si se frustra, mortifica?
Misterios que al papel lleva la mano,
el tiempo los descubre y los publica.
Aquellos que juzgáronme felice,
en amores, que halagan mi amor propio,
aprendan de memoria lo que dice
la triste historia que a la letra copio:
«Dicen que las mujeres sólo lloran
cuando quieren fingir hondos pesares;
los que tan falsa máxima atesoran,
muy torpes deben ser, o muy vulgares.
»Si cayera mi llanto hasta las hojas
donde temblando está la mano mía,
para poder decirte mis congojas
con lágrimas mi carta escribiría.
»Mas si el llanto es tan claro que no pinta,
y hay que usar de otra tinta más obscura,
la negra escogeré, porque es la tinta
donde más se refleja mi amargura.
»Aunque no soy para sonar esquiva,
sé que para soñar nací despierta.
Me he sentido morir y aún estoy viva;
tengo ansias de vivir y ya estoy muerta.
»Me acosan de dolor fieros vestigios,
¡qué amargas son las lágrimas primeras!
Pesan sobre mi vida veinte siglos,
y apenas cumplo veinte primaveras.
»En esta horrible lucha en que batallo,
aun cuando débil, tu consuelo imploro,
quiero decir que lloro y me lo callo,
y más risueña estoy cuanto más lloro.
»¿Por qué te conocí? Cuando temblando
de pasión, sólo entonces no mentida,
me llegaste a decir: "te estoy amando
con un amor que es vida de mi vida".
»¿Qué te respondí yo? Bajé la frente,
triste y convulsa te estreché la mano,
porque un amor que nace tan vehemente
es natural que muera muy temprano.
»Tus versos para mí conmovedores,
los juzgué flores puras y divinas,
olvidando, insensata, que las flores
todo lo pierden menos las espinas.
»Yo, que como mujer, soy vanidosa,
me vi feliz creyéndome adorada,
sin ver que la ilusión es una rosa,
que vive solamente una alborada.
»¡Cuántos de los crepúsculos que admiras
pasamos entre dulces vaguedades;
las verdades juzgándolas mentiras
las mentiras creyéndolas verdades!
»Me hablabas de tu amor, y absorta y loca,
me imaginaba estar dentro de un cielo,
y al contemplar mis ojos y mi boca,
tu misma sombra me causaba celo.
»Al verme embelesada, al escucharte,
clamaste, aprovechando mi embeleso:
"déjame arrodillar para adorarte";
y al verte de rodillas te di un beso.
»Te besé con arrojo, no se asombre
un alma escrupulosa y timorata;
la insensatez no es culpa. Besé a un hombre
porque toda pasión es insensata.
»Debo aquí confesar que un beso ardiente,
aunque robe la dicha y el sosiego,
es el placer más grande que se siente
cuando se tiene un corazón de fuego.
»Cuando toqué tus labios fue preciso
soñar que aquél placer se hiciera eterno.
Mujeres: es el beso un paraíso
por donde entramos muchas al infierno.
»Después de aquella vez, en otras muchas,
apasionado tú, yo enternecida,
quedaste vencedor en esas luchas
tan dulces en la aurora de la vida.
»¡Cuántas promesas, cuántos devaneos!
el grande amor con el desdén se paga:
Toda llama que avivan los deseos
pronto encuentra la nieve que la apaga.
»Te quisiera culpar y no me atrevo,
es, después de gozar, justo el hastío;
yo que soy un cadáver que me muevo,
del amor de mi madre desconfío.
»Me engañaste y no te hago ni un reproche,
era tu voluntad y fue mi anhelo;
reza, dice mi madre, en cada noche;
y tengo miedo de invocar al cielo.
»Pronto voy a morir; esa es mi suerte;
¿quién se opone a las leyes del destino?
Aunque es camino oscuro el de la muerte,
¿quién no llega a cruzar ese camino?
»En él te encontraré; todo derrumba
el tiempo, y tú caerás bajo su peso;
tengo que devolverte en ultratumba
todo el mal que me diste con un beso.
»Mostrar a Dios podremos nuestra historia
en aquella región quizá sombría.
¿Mañana he de vivir en tu memoria...?
Adiós... adiós... hasta el terrible día».
Leí estas líneas y en eterna ausencia
esa cita fatal vivo esperando...
Y sintiendo la noche en mi conciencia,
guardé la carta y me quedé llorando.
618
Juan de la Encina
Romance
Yo me estava reposando,
durmiendo como solía.
Recordé, triste, llorando
con gran pena que sentía.
Levantéme muy sin tiento
de la cama en que dormía,
cercado de pensamiento,
que valer no me podía.
Mi passión era tan fuerte
que de mí yo no sabía.
Conmigo estava la Muerte
por tenerme compañía.
Lo que más me fatigava
no era porque muría,
mas era porque dexava
de servir a quien servía.
Servía yo una señora
que más que a mí la quería,
y ella fue la causadora
de mi mal sin mejoría.
La media noche passada,
ya que era cerca el día,
salíme de mi posada
por ver si descansaría.
Fui para donde morava
aquella que más quería,
por quien yo triste penava,
mas ella no parecía.
Andando todo turbado
con las ansias que tenía,
vi venir a mi Cuidado
dando bozes, y dezía:
«Si dormís, linda señora,
recordad por cortesía,
pues que fuestes causadora
de la desventura mía.
Remediad mi gran tristura,
satisfazed mi porfía,
porque si falta ventura
del todo me perdería.»
Y con mis ojos llorosos,
un triste llanto hazía
con sospiros congoxosos,
y nadie lo parecía.
En estas cuitas estando,
como vi que esclarecía,
a mi casa sospirando
me bolví sin alegría.
durmiendo como solía.
Recordé, triste, llorando
con gran pena que sentía.
Levantéme muy sin tiento
de la cama en que dormía,
cercado de pensamiento,
que valer no me podía.
Mi passión era tan fuerte
que de mí yo no sabía.
Conmigo estava la Muerte
por tenerme compañía.
Lo que más me fatigava
no era porque muría,
mas era porque dexava
de servir a quien servía.
Servía yo una señora
que más que a mí la quería,
y ella fue la causadora
de mi mal sin mejoría.
La media noche passada,
ya que era cerca el día,
salíme de mi posada
por ver si descansaría.
Fui para donde morava
aquella que más quería,
por quien yo triste penava,
mas ella no parecía.
Andando todo turbado
con las ansias que tenía,
vi venir a mi Cuidado
dando bozes, y dezía:
«Si dormís, linda señora,
recordad por cortesía,
pues que fuestes causadora
de la desventura mía.
Remediad mi gran tristura,
satisfazed mi porfía,
porque si falta ventura
del todo me perdería.»
Y con mis ojos llorosos,
un triste llanto hazía
con sospiros congoxosos,
y nadie lo parecía.
En estas cuitas estando,
como vi que esclarecía,
a mi casa sospirando
me bolví sin alegría.
457
Jorge Debravo
Apunte Interior
Hoy mi vida no tiene peso alguno:
es un viento, menos que un viento, menos
que una raya de luz.
Ahora ninguno
puede serme oneroso.
No hay terrenos
resquemores debajo de mi alma.
Mi sangre es una roja armonía viva.
Estoy en armonía con la brasa y la calma,
con la voz amorosa y la voz vengativa.
Parece que mis manos no existieran, parece
que mi cuerpo nadara en un agua inocente.
Como un viento desnudo de mi corazón se mece
y hace sonar campanadas dulcemente.
es un viento, menos que un viento, menos
que una raya de luz.
Ahora ninguno
puede serme oneroso.
No hay terrenos
resquemores debajo de mi alma.
Mi sangre es una roja armonía viva.
Estoy en armonía con la brasa y la calma,
con la voz amorosa y la voz vengativa.
Parece que mis manos no existieran, parece
que mi cuerpo nadara en un agua inocente.
Como un viento desnudo de mi corazón se mece
y hace sonar campanadas dulcemente.
1.358
Jorge Debravo
Esta Vida En Silencio
Esta vida en silencio
en la sombra desnuda.
cayendo, meditando,
de machacada y ebria se hace pura.
Flotas tú restregada
en el tronco y el nervio.
Blancos se abren tu voz, el viento,
el alma...
Porque esta vida es un milagro abierto...
en la sombra desnuda.
cayendo, meditando,
de machacada y ebria se hace pura.
Flotas tú restregada
en el tronco y el nervio.
Blancos se abren tu voz, el viento,
el alma...
Porque esta vida es un milagro abierto...
1.307
José Coronel Urtecho
Sol De Invierno
Cuando ha llovido toda la mañana
y el sol, de pronto asoma y dora el llano,
—y parece que el ángel del verano
cae sobre el invierno y lucha y gana—
Y el cielo se abre, el campo se engalana
y el viento barre hasta el confín lejano,
para mirar del sol el rostro ufano
con cuánto gozo te abro mi ventana!
Entra el sol y mi cuarto se ilumina,
se despeja el fastidio, huye la pena
que el alma límpida y serena.
Más qué pronto la dicha se termina!
La alegría del sol brilla un momento:
vuelve la oscuridad, la lluvia, el viento.
y el sol, de pronto asoma y dora el llano,
—y parece que el ángel del verano
cae sobre el invierno y lucha y gana—
Y el cielo se abre, el campo se engalana
y el viento barre hasta el confín lejano,
para mirar del sol el rostro ufano
con cuánto gozo te abro mi ventana!
Entra el sol y mi cuarto se ilumina,
se despeja el fastidio, huye la pena
que el alma límpida y serena.
Más qué pronto la dicha se termina!
La alegría del sol brilla un momento:
vuelve la oscuridad, la lluvia, el viento.
5.581
José Coronel Urtecho
Lo Dicho, Dicho
Si amarga el dedo sed para mi labio
sufro al tocar tu frío como amigo
si sierpe al corazón la hiel al hígado
no me despeja el cielo y me despeja.
Si colmena en tu rosa era mi nido
y yo de miel en tus venas corría
corro tu vida vivo y muerto muero
mas súbito el abismo amor vacío.
No quiero ser no puedo sola nada
sola te quiero sólo tierra y cielo
sé tú mi cuerpo sólido en tu cuerpo
que abismo me hundo y nada me desdigo.
De presencia absoluta ansia te oprimo
si bajo espera tierra que te caiga
si subo estrella sube que te siga
sea o no sea soy donde te quemo.
Quiero de tu ojo el otro insospechado
que antes que pensamiento es ojo vivo
quiero el eje del mundo en que tú giras
y tu estrella natal sexo de fuego.
No te sospecho más que mi sospecha
porque si eres verdad lo dicho, dicho
la dicha dicha si presente siento
que todo lo demás mentira miento.
sufro al tocar tu frío como amigo
si sierpe al corazón la hiel al hígado
no me despeja el cielo y me despeja.
Si colmena en tu rosa era mi nido
y yo de miel en tus venas corría
corro tu vida vivo y muerto muero
mas súbito el abismo amor vacío.
No quiero ser no puedo sola nada
sola te quiero sólo tierra y cielo
sé tú mi cuerpo sólido en tu cuerpo
que abismo me hundo y nada me desdigo.
De presencia absoluta ansia te oprimo
si bajo espera tierra que te caiga
si subo estrella sube que te siga
sea o no sea soy donde te quemo.
Quiero de tu ojo el otro insospechado
que antes que pensamiento es ojo vivo
quiero el eje del mundo en que tú giras
y tu estrella natal sexo de fuego.
No te sospecho más que mi sospecha
porque si eres verdad lo dicho, dicho
la dicha dicha si presente siento
que todo lo demás mentira miento.
1.010
José Coronel Urtecho
Hipótesis De Tu Cuerpo
Sé que no me creerán como a espejo sin fondo
que el movimiento clava tu vórtice de armadas
donde momentos miles primeros segundos en roca a pique
ya me esperaban en ti girando.
Aunque dijera que no tenías mar
ni que toda tu espuma en tu interior de piedra habita
m por sangre espumosa esculpida menos viva
ni carcomida,
sino por la frecuencia de tus pecas algo se congregaba.
Porque esperaban la que eras visible
si es que alzabas las manos de concreto
puesto vestido de labrador ya no tarjeta de visita
mientras hay llamamiento de flores a piano
y con tu duelo gigantesco gastas otra violeta
si solitaria,
lo cual no puede aunque posible.
Todo ello en brisa regular compuesta a sentimiento...
Porque esperaban miedo que te clamara a muerte:
«Yo te comparo a un faro»
explicando tu pelo despacio de noche.
No es comparando.
que el movimiento clava tu vórtice de armadas
donde momentos miles primeros segundos en roca a pique
ya me esperaban en ti girando.
Aunque dijera que no tenías mar
ni que toda tu espuma en tu interior de piedra habita
m por sangre espumosa esculpida menos viva
ni carcomida,
sino por la frecuencia de tus pecas algo se congregaba.
Porque esperaban la que eras visible
si es que alzabas las manos de concreto
puesto vestido de labrador ya no tarjeta de visita
mientras hay llamamiento de flores a piano
y con tu duelo gigantesco gastas otra violeta
si solitaria,
lo cual no puede aunque posible.
Todo ello en brisa regular compuesta a sentimiento...
Porque esperaban miedo que te clamara a muerte:
«Yo te comparo a un faro»
explicando tu pelo despacio de noche.
No es comparando.
1.083
José Coronel Urtecho
Credo
Gracias porque abro los ojos y veo
la salida del sol, el cielo, el río
en la mañana diáfana de estío
que llena hasta los bordes mi deseo.
Gracias, Señor, por esto que poseo
que siendo sólo tuyo es todo mío
aunque hasta una gota del rocío
para saber que es cierto lo que creo.
Creo que la belleza tan sencilla
que se revela en esta maravilla
es reflejo no más de tu hermosura.
Qué importa pues que esta belleza muera
si he de ver la hermosura duradera
que en tu infinito corazón madura.
la salida del sol, el cielo, el río
en la mañana diáfana de estío
que llena hasta los bordes mi deseo.
Gracias, Señor, por esto que poseo
que siendo sólo tuyo es todo mío
aunque hasta una gota del rocío
para saber que es cierto lo que creo.
Creo que la belleza tan sencilla
que se revela en esta maravilla
es reflejo no más de tu hermosura.
Qué importa pues que esta belleza muera
si he de ver la hermosura duradera
que en tu infinito corazón madura.
3.440
José Cadalso
Anacreóntica
¡Ninfas de Manzanares,
felices y adorables semidiosas!
Oíd de mis pesares
los ayes y las quejas lastimosas.
Tantas aguas no lleva vuestro río
como lágrimas vierte el llanto mío.
¡Madrileñas divinas!,
cuya dulzura, halago y genio afable,
cuyas miradas finas
el genio ablandarán más intratable;
si al cielo pide el hombre su consuelo,
yo mi consuelo pido a vuestro cielo.
Algún astro celoso
de la inmensa fortuna que pasaba
mi corazón dichoso,
mis indecibles dichas envidiaba;
y por tanto cortó con golpe airado
mi vuelo, hasta los cielos remontado.
Y si fuisteis diosas
en el castigo acerbo que me disteis,
y mujeres furiosas
por el mal proceder con que lo hicisteis
(pues por un crimen nunca comprobado
fui, antes que convicto, castigado)
volved a ser deidades,
la bondad se vuelva a vuestro pecho.
¡Ah!, cesen las crueldades
con que mi pecho se halla desecho,
así como después que el rayo aterra,
el iris une al cielo con la tierra.
Para que el corazón mío
sus penas olvidando y sus pesares,
llegando a vuestro río,
las orillas besando a Manzanares,
repita ya sin voces lastimosas:
«¡Cuán adorables sois, oh semidiosas!».
felices y adorables semidiosas!
Oíd de mis pesares
los ayes y las quejas lastimosas.
Tantas aguas no lleva vuestro río
como lágrimas vierte el llanto mío.
¡Madrileñas divinas!,
cuya dulzura, halago y genio afable,
cuyas miradas finas
el genio ablandarán más intratable;
si al cielo pide el hombre su consuelo,
yo mi consuelo pido a vuestro cielo.
Algún astro celoso
de la inmensa fortuna que pasaba
mi corazón dichoso,
mis indecibles dichas envidiaba;
y por tanto cortó con golpe airado
mi vuelo, hasta los cielos remontado.
Y si fuisteis diosas
en el castigo acerbo que me disteis,
y mujeres furiosas
por el mal proceder con que lo hicisteis
(pues por un crimen nunca comprobado
fui, antes que convicto, castigado)
volved a ser deidades,
la bondad se vuelva a vuestro pecho.
¡Ah!, cesen las crueldades
con que mi pecho se halla desecho,
así como después que el rayo aterra,
el iris une al cielo con la tierra.
Para que el corazón mío
sus penas olvidando y sus pesares,
llegando a vuestro río,
las orillas besando a Manzanares,
repita ya sin voces lastimosas:
«¡Cuán adorables sois, oh semidiosas!».
854
José Cadalso
Injuria El Poeta Al Amor
Amor, con flores ligas nuestros brazos;
los míos te ofrecí lleno de penas,
me echaste tus guirnaldas más amenas,
secáronse las flores, vi los lazos,
y vi
que eran cadenas.
Nos guías por la senda placentera
al templo del placer ciego y propicio;
yo te seguí, mas viendo el artificio,
el peligro y tropel de tu carrera,
vi
que era un precipicio.
Con dulce copa al parecer sagrada,
al hombre brindas, de artificio lleno;
bebí; quemose con su ardor mi seno;
con sed insana la dejé apurada
y vi que era veneno.
Tu mar ofrece, con fingida calma,
bonanza sin escollo ni contagio;
yo me embarqué con tal falaz presagio,
vi cada rumbo que se ofrece al alma,
y vi que era un
naufragio.
El carro de tu madre, ingrata diosa,
vi que tiraban aves inocentes;
besáronlas mis labios imprudentes,
el pecho me rasgó la más hermosa
y vi que eran
serpientes.
Huye Amor, de mi pecho ya sereno,
tus alas mueve a climas diferentes,
lleva a los corazones imprudentes
cadenas, precipicios y veneno,
naufragios y
serpientes.
los míos te ofrecí lleno de penas,
me echaste tus guirnaldas más amenas,
secáronse las flores, vi los lazos,
y vi
que eran cadenas.
Nos guías por la senda placentera
al templo del placer ciego y propicio;
yo te seguí, mas viendo el artificio,
el peligro y tropel de tu carrera,
vi
que era un precipicio.
Con dulce copa al parecer sagrada,
al hombre brindas, de artificio lleno;
bebí; quemose con su ardor mi seno;
con sed insana la dejé apurada
y vi que era veneno.
Tu mar ofrece, con fingida calma,
bonanza sin escollo ni contagio;
yo me embarqué con tal falaz presagio,
vi cada rumbo que se ofrece al alma,
y vi que era un
naufragio.
El carro de tu madre, ingrata diosa,
vi que tiraban aves inocentes;
besáronlas mis labios imprudentes,
el pecho me rasgó la más hermosa
y vi que eran
serpientes.
Huye Amor, de mi pecho ya sereno,
tus alas mueve a climas diferentes,
lleva a los corazones imprudentes
cadenas, precipicios y veneno,
naufragios y
serpientes.
764
José Cadalso
A La Muerte De Filis
En lúgubres cipreses
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tierno jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
miradme compasivos,
y a la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tierno jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
miradme compasivos,
y a la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.
677
José Cadalso
Muerta Filis Renuncia El Poeta Al Amor Y A La Poesía
Mientras vivió la dulce prenda mía,
Amor, sonoros versos me inspiraste;
obedecí la ley que me dictaste,
y sus fuerzas me dio la poesía.
Mas ¡ay! que desde aquel aciago día
que me privó del bien que tú admiraste,
al punto sin imperio en mí te hallaste,
y hallé falta de ardor a mi Talía.
Pues no borra su ley la Parca dura,
a quien el mismo Jove no resiste,
olvido el Pindo y dejo la hermosura.
Y tú también de tu ambición desiste,
y junto a Filis tengan sepultura
tu flecha inútil y mi lira triste.
Amor, sonoros versos me inspiraste;
obedecí la ley que me dictaste,
y sus fuerzas me dio la poesía.
Mas ¡ay! que desde aquel aciago día
que me privó del bien que tú admiraste,
al punto sin imperio en mí te hallaste,
y hallé falta de ardor a mi Talía.
Pues no borra su ley la Parca dura,
a quien el mismo Jove no resiste,
olvido el Pindo y dejo la hermosura.
Y tú también de tu ambición desiste,
y junto a Filis tengan sepultura
tu flecha inútil y mi lira triste.
550
José Cadalso
Oda Filis Doliente
Si el cielo está sin luces
el campo está sin flores
los pájaros no cantan
los arroyos no corren
no saltan los corderos
no bailan los pastores
los troncos no dan frutos
los ecos no responden...
es que enfermó mi Filis
y está suspenso el orbe.
el campo está sin flores
los pájaros no cantan
los arroyos no corren
no saltan los corderos
no bailan los pastores
los troncos no dan frutos
los ecos no responden...
es que enfermó mi Filis
y está suspenso el orbe.
714
José Cadalso
Séptimas Sobre Ser La Poesía Un Estudio Frívolo, Y Convenirme Aplicarme A Otros Más Serios
Llegose a mí con el semblante adusto,
con estirada ceja y cuello erguido
(capaz de dar un peligroso susto
al tierno pecho del rapaz Cupido),
un animal de los que llaman sabios,
y de este modo abrió sus secos labios:
"No cantes más de amor. Desde este día
has de olvidar hasta su necio nombre;
aplícate a la gran filosofía;
sea tu libro el corazón del hombre".
Fuese, dejando mi alma sorprendida
de la llegada, arenga y despedida.
¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,
no más requiebros, gustos y dulzuras,
no más decirte halagos, darte flores,
no más mezclar los celos con ternuras,
no más cantar por monte, selva o prado
tu dulce nombre al eco enamorado;
no más llevarte flores escogidas,
ni de mis palomitas los hijuelos,
ni leche de mis vacas más queridas,
ni pedirte ni darte ya más celos,
ni más jurarte mi constancia pura,
por Venus, por mi fe, por tu hermosura.
No más pedirte que tu blanca diestra
en mi sombrero ponga el fino lazo,
que en sus colores tu firmeza muestra,
que allí le colocó tu airoso brazo;
no más entre los dos un albedrío,
tuyo mi corazón, el tuyo mío.
Filósofo he de ser, y tú, que oíste
mis versos amorosos algún día,
oye sentencias con estilo triste
o lúgubres acentos, Filis mía,
y di si aquél que requebrarte sabe,
sabe también hablar en tono grave.
con estirada ceja y cuello erguido
(capaz de dar un peligroso susto
al tierno pecho del rapaz Cupido),
un animal de los que llaman sabios,
y de este modo abrió sus secos labios:
"No cantes más de amor. Desde este día
has de olvidar hasta su necio nombre;
aplícate a la gran filosofía;
sea tu libro el corazón del hombre".
Fuese, dejando mi alma sorprendida
de la llegada, arenga y despedida.
¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,
no más requiebros, gustos y dulzuras,
no más decirte halagos, darte flores,
no más mezclar los celos con ternuras,
no más cantar por monte, selva o prado
tu dulce nombre al eco enamorado;
no más llevarte flores escogidas,
ni de mis palomitas los hijuelos,
ni leche de mis vacas más queridas,
ni pedirte ni darte ya más celos,
ni más jurarte mi constancia pura,
por Venus, por mi fe, por tu hermosura.
No más pedirte que tu blanca diestra
en mi sombrero ponga el fino lazo,
que en sus colores tu firmeza muestra,
que allí le colocó tu airoso brazo;
no más entre los dos un albedrío,
tuyo mi corazón, el tuyo mío.
Filósofo he de ser, y tú, que oíste
mis versos amorosos algún día,
oye sentencias con estilo triste
o lúgubres acentos, Filis mía,
y di si aquél que requebrarte sabe,
sabe también hablar en tono grave.
511
José Cadalso
Séptimas Conversión A La Filosofía
Llegose a mí con el semblante adusto,
con estirada ceja y cuello erguido
(capaz de dar un peligroso susto
al tierno pecho del rapaz Cupido),
un animal de los que llaman sabios,
y de este modo abrió sus secos labios:
"No cantes más de amor. Desde este día
has de olvidar hasta su necio nombre;
aplícate a la gran filosofía;
sea tu libro el corazón del hombre".
Fuese, dejando mi alma sorprendida
de la llegada, arenga y despedida.
¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,
no más requiebros, gustos y dulzuras,
no más decirte halagos, darte flores,
no más mezclar los celos con ternuras,
no más cantar por monte, selva y prado
tu dulce nombre al eco enamorado;
no más llevarte flores escogidas,
ni de mis palomitas los hijuelos,
ni leche de mis vacas más queridas,
ni pedirte ni darte ya más celos,
ni más jurarte mi constancia pura,
por Venus, por mi fe, por tu hermosura.
No más pedirte que tu blanca diestra
en mi sombrero ponga el fino lazo,
que en sus colores tu firmeza muestra,
que allí le colocó tu airoso brazo;
no más entre los dos un albedrío,
tuyo mi corazón, el tuyo mío.
Filósofo he de ser, y tú, que oíste
mis versos amorosos algún día,
oye sentencias con estilo triste
o lúgubres acentos, Filis mía,
y di si aquél que requebrarte sabe,
sabe también hablar en tono grave.
con estirada ceja y cuello erguido
(capaz de dar un peligroso susto
al tierno pecho del rapaz Cupido),
un animal de los que llaman sabios,
y de este modo abrió sus secos labios:
"No cantes más de amor. Desde este día
has de olvidar hasta su necio nombre;
aplícate a la gran filosofía;
sea tu libro el corazón del hombre".
Fuese, dejando mi alma sorprendida
de la llegada, arenga y despedida.
¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,
no más requiebros, gustos y dulzuras,
no más decirte halagos, darte flores,
no más mezclar los celos con ternuras,
no más cantar por monte, selva y prado
tu dulce nombre al eco enamorado;
no más llevarte flores escogidas,
ni de mis palomitas los hijuelos,
ni leche de mis vacas más queridas,
ni pedirte ni darte ya más celos,
ni más jurarte mi constancia pura,
por Venus, por mi fe, por tu hermosura.
No más pedirte que tu blanca diestra
en mi sombrero ponga el fino lazo,
que en sus colores tu firmeza muestra,
que allí le colocó tu airoso brazo;
no más entre los dos un albedrío,
tuyo mi corazón, el tuyo mío.
Filósofo he de ser, y tú, que oíste
mis versos amorosos algún día,
oye sentencias con estilo triste
o lúgubres acentos, Filis mía,
y di si aquél que requebrarte sabe,
sabe también hablar en tono grave.
636
José Cadalso
Remitiendo A Un Poeta Joven Las Poesías De Garcilaso Con Algunos Versos Míos
Si mis ásperos metros yo te envío
con dulces versos del divino Laso,
no juzgues que el orgullo necio mío
me finja que le iguale en el Parnaso.
Lo hago porque juntas quiero darte
con prendas de mi amor, reglas del arte.
con dulces versos del divino Laso,
no juzgues que el orgullo necio mío
me finja que le iguale en el Parnaso.
Lo hago porque juntas quiero darte
con prendas de mi amor, reglas del arte.
501
José Cadalso
Epigrama A Júpiter, Neptuno Y Plutón
Ufanos con el gobierno
del infierno, cielo y mar
los tres dioses no han de estar.
Amor con ser niño tierno
a los tres sabe mandar.
del infierno, cielo y mar
los tres dioses no han de estar.
Amor con ser niño tierno
a los tres sabe mandar.
648
José Cadalso
Con Motivo De Haber Encontrado En Salamanca Un Nuevo Poeta De Exquisito Gusto, Particularmente En La
Ya no verán, ¡oh Tormes!,
tus áridas orillas
los manes de Galeno
y del Estagirita.
Alza la anciana frente
tanto tiempo oprimida,
y esparce por el campo
desde hoy jovial la vista.
¿No ves como se acercan
con música festiva
a tus arenas sacras
el gusto y la alegría?
En torno de ellas vuelan
los juegos y las risas,
cerca vienen las musas,
del gran Febo seguidas.
En medio de aquel coro,
¿no ves cómo camina
un joven, de quien tiene
Ganímedes envidia?
¿No escuchas que al acento
de su süave lira
las nueve musas cantan
y el verde prado pisan?
Para adornar sus sienes
y cabellos, que brillan
más que el oro, tributo
de las lejanas Indias,
tejiendo van guirnaldas;
y de Flora las ninfas,
para traer las flores,
van y vienen a prisa.
Pues ese mismo joven
es por quien tus orillas
verán llegar las gracias,
el gusto y la alegría,
huyendo de sus voces
y célica armonía
los manes de Galeno
y del Estagirita.
tus áridas orillas
los manes de Galeno
y del Estagirita.
Alza la anciana frente
tanto tiempo oprimida,
y esparce por el campo
desde hoy jovial la vista.
¿No ves como se acercan
con música festiva
a tus arenas sacras
el gusto y la alegría?
En torno de ellas vuelan
los juegos y las risas,
cerca vienen las musas,
del gran Febo seguidas.
En medio de aquel coro,
¿no ves cómo camina
un joven, de quien tiene
Ganímedes envidia?
¿No escuchas que al acento
de su süave lira
las nueve musas cantan
y el verde prado pisan?
Para adornar sus sienes
y cabellos, que brillan
más que el oro, tributo
de las lejanas Indias,
tejiendo van guirnaldas;
y de Flora las ninfas,
para traer las flores,
van y vienen a prisa.
Pues ese mismo joven
es por quien tus orillas
verán llegar las gracias,
el gusto y la alegría,
huyendo de sus voces
y célica armonía
los manes de Galeno
y del Estagirita.
494
José Cadalso
Idilio Anacreóntico A Batilo
Ya veis cuál viene, amantes, mi pastora
de bulliciosos céfiros cercada,
la rubia trenza suelta, y adornada
por sacras manos de la misma Flora.
Ya veis su blanco rostro que enamora
su vista alegre y sonreír que agrada
su hermoso pecho, celestial morada
del corazón a quien el mío adora.
Oís su voz, y el halagüeño acento;
y al ver y oír que sólo a mí me quiere,
con envidia miráis la suerte mía.
Ni veis ni oís el mísero tormento
con que mil veces su rigor me hiere,
la envidia en compasión se trocaría.
de bulliciosos céfiros cercada,
la rubia trenza suelta, y adornada
por sacras manos de la misma Flora.
Ya veis su blanco rostro que enamora
su vista alegre y sonreír que agrada
su hermoso pecho, celestial morada
del corazón a quien el mío adora.
Oís su voz, y el halagüeño acento;
y al ver y oír que sólo a mí me quiere,
con envidia miráis la suerte mía.
Ni veis ni oís el mísero tormento
con que mil veces su rigor me hiere,
la envidia en compasión se trocaría.
576
José Cadalso
Idilio Anacreóntico A Batilo
Ya no verán, oh Tormes,
tus áridas orillas
los manes de Galeno
y del Estagirista.
Alza la anciana frente
tanto tiempo oprimida,
y esparce por el campo
desde hoy jovial la vista.
¿No ves como se acercan
con música divina
a tus arenas sacras
el gusto y la alegría?
En torno de ellas vuelvan
los juegos y las risas,
cerca vienen las Musas,
del gran Febo seguidas.
En medio de aquel carro,
¿no ves cómo camina
un joven, de quien tiene
Ganímedes envidia?
¿No escuchas que al acento
de su süave lira
las nueve musas cantan
y el verde prado pisan?
Para adornar sus sienes
y cabellos que brillan
más que el oro que llega
de las lejanas Indias,
tejiendo van guirnaldas;
y de Flora las ninfas
para tejerle flores
van y vienen a prisa.
Pues ese mismo joven
es por quien tus orillas
verán llegar las gracias,
el gusto y la alegría,
huyendo de sus voces
y célica armonía
los manes de Galeno
y del Estagirista.
tus áridas orillas
los manes de Galeno
y del Estagirista.
Alza la anciana frente
tanto tiempo oprimida,
y esparce por el campo
desde hoy jovial la vista.
¿No ves como se acercan
con música divina
a tus arenas sacras
el gusto y la alegría?
En torno de ellas vuelvan
los juegos y las risas,
cerca vienen las Musas,
del gran Febo seguidas.
En medio de aquel carro,
¿no ves cómo camina
un joven, de quien tiene
Ganímedes envidia?
¿No escuchas que al acento
de su süave lira
las nueve musas cantan
y el verde prado pisan?
Para adornar sus sienes
y cabellos que brillan
más que el oro que llega
de las lejanas Indias,
tejiendo van guirnaldas;
y de Flora las ninfas
para tejerle flores
van y vienen a prisa.
Pues ese mismo joven
es por quien tus orillas
verán llegar las gracias,
el gusto y la alegría,
huyendo de sus voces
y célica armonía
los manes de Galeno
y del Estagirista.
688
José Cadalso
Oda Pindárica De Dalmiro A Moratín
¡Ay, si cantar pudiera
los hijos de los dioses, lira de hombre,
y, cual trompa guerrera
de altísona armonía,
que ambos polos atónitos asombre,
resonase la mía,
hijo de Febo, joven prodigioso,
cuál se alzara mi numen orgulloso!
Se alzara por regiones,
astros, esferas, mundos; y a su acento
las célicas mansiones
eco sacro darían,
y los dioses del alto firmamento
a escucharme vendrían.
Anfión y Orfeo no triunfaron tanto
del mar y hórrido reino del espanto.
Creyéndome inspirado
para cantar tus loores dignamente,
mandándomelo el hado,
las musas castellanas,
con lauro coronándome la frente,
vendrían más ufanas
que las de Tebas, cuando el dios del día
a Píndaro portentos influía.
La cítara lesbiana,
que con marfil y pulso a trinar hecho
tañe tu diestra ufana,
en vano dulce amigo
para cantarte aplico al blando pecho:
No resuena conmigo
como en tu mano armónica resuena,
de pompa, majestad y gloria llena.
Resuena, cual solía
la de Salicio y Títiro en lo blando
la dulce lira mía.
Parezco al imitarte
pastor que con su avena va imitando
la trompa atroz de Marte,
que el céfiro se ríe y se recrea
y la purpúrea rosa se menea.
Con lascivos arrullos
y los pájaros juntan su armonía,
y el río sus murmullos
siempre manso y tranquilo;
cuando el mundo de horrores temblaría,
del Orinoco al Nilo,
si las ruedas del carro resonaran,
y de Marte la trompa acompañaran.
Fatíganme en lo interno
furias, trasgos y manes, que aparecen
del horrísono infierno
y báratro profundo;
y sol y luna y astros se obscurecen,
y se anonada el mundo
rompiéndose ambos polos con estruendo,
y el caos primero, tímido, estoy viendo.
Cuménides atroces
su fuego en torno esparcen con silbido
y horrendísimas voces,
con víboras, serpientes
y culebras el pelo entretejido:
los brazos relucientes
con lóbrega vislumbre tan siniestra,
que sólo espectros y fantasmas muestra.
La envidia las conmueve
sacándolas del centro del abismo,
y con ardid aleve
en mi pecho las hunde
con fiero ardor contra mi amigo mismo,
porque mil celos funde,
cuando la fama te aclamó poeta
con el son inmortal de su trompeta.
«Conque permite el Hado»
me dice en ronco son la horrible Dea
«que perezca olvidado
tu nombre con tu verso,
y que de Moratín la Musa sea
la que del Universo
haga sonora el uno y otro polo
con cítara que envidie el mismo Apolo».
Dijo, y su pecho lleno
de áspides ponzoñosos y rencores,
me arrojó su veneno.
Ardiose el pecho mío,
cual seca mies del rayo a los ardores
vibrada en el estío;
tu nombre aborrecí con triste ceño,
cual esclavo la mano de su dueño.
Mas la amistad sagrada
con su cándida túnica desciende
de la empírea morada,
de virtudes un coro
la cerca y con su manto te defiende.
Su carro insigne de oro
deslumbra y ciega al monstruo que me irrita,
y al centro del horror le precipita.
Mirándome la diosa
con faz serena y plácida hermosura,
dejó mi alma gozosa,
cual esparce alegría
rosada aurora tras la noche oscura,
dando consuelo el día,
desde el lejano, lúcido horizonte,
al hombre, al bruto, al ave, al campo, al monte.
Mi frente que arrugada
de mi alma mostró el crüel tormento,
con mano regalada
alzó, diciendo: «Vive
con amigo tan ínclito contento;
como tuyo recibe
el justo aplauso y lírica corona
que le da Olimpo, Iberia y Helicona,
Aquellos que yo he unido
con mis vínculos gratos y celestes,
después que hayan cumplido
los días de sus hados,
Cástor y Pólux, Pílades y Orestes,
a Olimpo son llevados;
y Júpiter, llenando mi deseo,
eternos viven Píroto y Teseo.
Deja a las corvas almas
la sátira y rencor, y tus laureles
junta a las sacras palmas
de Moratín divino.
No temen los amigos, si son fieles,
las iras del destino,
y al lado de sus versos asombrosos
se admirarán los tuyos amorosos.
A él le ha dado Apolo
la cítara de Píndaro sonante,
para que cante él solo
de Carlos las hazañas
oyendo desde el punto más distante,
Américas y España,
coronado en cada una de las zonas
y sus virtudes más que sus coronas.
Y el hijo suyo digno
(prole que a España dio próspero el cielo)
y aquel rostro benigno
de Luisa Parmesana,
de quien Castilla aguarda su consuelo,
belleza más que humana;
y de Gabriel y Luis las prendas tales,
que serán con sus versos inmortales.
Y por probarse a veces
cantará de la patria y sus varones
heroicas altiveces.
Escúchale entonando
sagrados himnos, líricas canciones,
y estándole escuchando
suspenso el cielo, quedan sin empleo
espada, rayo, lira y caduceo.
Para él es digno asunto
lo de México, Cuzco y de Pavía,
y Numancia y Sagunto,
San Quintín y Lepanto,
y de Almansa y Brihuega el claro día
¡feliz a España tanto!.
Pero tú, canta céfiros y flores,
arroyos, campos, ecos y pastores»,
dijo, y fuese volando,
dejando mi alma llena de consuelo.
Y un rastro fue dejando
de clara luz sagrada,
desde la humilde tierra al alto cielo;
su corona estrellada
en torno por el aire difundía
etéreo olor de líquida ambrosia.
los hijos de los dioses, lira de hombre,
y, cual trompa guerrera
de altísona armonía,
que ambos polos atónitos asombre,
resonase la mía,
hijo de Febo, joven prodigioso,
cuál se alzara mi numen orgulloso!
Se alzara por regiones,
astros, esferas, mundos; y a su acento
las célicas mansiones
eco sacro darían,
y los dioses del alto firmamento
a escucharme vendrían.
Anfión y Orfeo no triunfaron tanto
del mar y hórrido reino del espanto.
Creyéndome inspirado
para cantar tus loores dignamente,
mandándomelo el hado,
las musas castellanas,
con lauro coronándome la frente,
vendrían más ufanas
que las de Tebas, cuando el dios del día
a Píndaro portentos influía.
La cítara lesbiana,
que con marfil y pulso a trinar hecho
tañe tu diestra ufana,
en vano dulce amigo
para cantarte aplico al blando pecho:
No resuena conmigo
como en tu mano armónica resuena,
de pompa, majestad y gloria llena.
Resuena, cual solía
la de Salicio y Títiro en lo blando
la dulce lira mía.
Parezco al imitarte
pastor que con su avena va imitando
la trompa atroz de Marte,
que el céfiro se ríe y se recrea
y la purpúrea rosa se menea.
Con lascivos arrullos
y los pájaros juntan su armonía,
y el río sus murmullos
siempre manso y tranquilo;
cuando el mundo de horrores temblaría,
del Orinoco al Nilo,
si las ruedas del carro resonaran,
y de Marte la trompa acompañaran.
Fatíganme en lo interno
furias, trasgos y manes, que aparecen
del horrísono infierno
y báratro profundo;
y sol y luna y astros se obscurecen,
y se anonada el mundo
rompiéndose ambos polos con estruendo,
y el caos primero, tímido, estoy viendo.
Cuménides atroces
su fuego en torno esparcen con silbido
y horrendísimas voces,
con víboras, serpientes
y culebras el pelo entretejido:
los brazos relucientes
con lóbrega vislumbre tan siniestra,
que sólo espectros y fantasmas muestra.
La envidia las conmueve
sacándolas del centro del abismo,
y con ardid aleve
en mi pecho las hunde
con fiero ardor contra mi amigo mismo,
porque mil celos funde,
cuando la fama te aclamó poeta
con el son inmortal de su trompeta.
«Conque permite el Hado»
me dice en ronco son la horrible Dea
«que perezca olvidado
tu nombre con tu verso,
y que de Moratín la Musa sea
la que del Universo
haga sonora el uno y otro polo
con cítara que envidie el mismo Apolo».
Dijo, y su pecho lleno
de áspides ponzoñosos y rencores,
me arrojó su veneno.
Ardiose el pecho mío,
cual seca mies del rayo a los ardores
vibrada en el estío;
tu nombre aborrecí con triste ceño,
cual esclavo la mano de su dueño.
Mas la amistad sagrada
con su cándida túnica desciende
de la empírea morada,
de virtudes un coro
la cerca y con su manto te defiende.
Su carro insigne de oro
deslumbra y ciega al monstruo que me irrita,
y al centro del horror le precipita.
Mirándome la diosa
con faz serena y plácida hermosura,
dejó mi alma gozosa,
cual esparce alegría
rosada aurora tras la noche oscura,
dando consuelo el día,
desde el lejano, lúcido horizonte,
al hombre, al bruto, al ave, al campo, al monte.
Mi frente que arrugada
de mi alma mostró el crüel tormento,
con mano regalada
alzó, diciendo: «Vive
con amigo tan ínclito contento;
como tuyo recibe
el justo aplauso y lírica corona
que le da Olimpo, Iberia y Helicona,
Aquellos que yo he unido
con mis vínculos gratos y celestes,
después que hayan cumplido
los días de sus hados,
Cástor y Pólux, Pílades y Orestes,
a Olimpo son llevados;
y Júpiter, llenando mi deseo,
eternos viven Píroto y Teseo.
Deja a las corvas almas
la sátira y rencor, y tus laureles
junta a las sacras palmas
de Moratín divino.
No temen los amigos, si son fieles,
las iras del destino,
y al lado de sus versos asombrosos
se admirarán los tuyos amorosos.
A él le ha dado Apolo
la cítara de Píndaro sonante,
para que cante él solo
de Carlos las hazañas
oyendo desde el punto más distante,
Américas y España,
coronado en cada una de las zonas
y sus virtudes más que sus coronas.
Y el hijo suyo digno
(prole que a España dio próspero el cielo)
y aquel rostro benigno
de Luisa Parmesana,
de quien Castilla aguarda su consuelo,
belleza más que humana;
y de Gabriel y Luis las prendas tales,
que serán con sus versos inmortales.
Y por probarse a veces
cantará de la patria y sus varones
heroicas altiveces.
Escúchale entonando
sagrados himnos, líricas canciones,
y estándole escuchando
suspenso el cielo, quedan sin empleo
espada, rayo, lira y caduceo.
Para él es digno asunto
lo de México, Cuzco y de Pavía,
y Numancia y Sagunto,
San Quintín y Lepanto,
y de Almansa y Brihuega el claro día
¡feliz a España tanto!.
Pero tú, canta céfiros y flores,
arroyos, campos, ecos y pastores»,
dijo, y fuese volando,
dejando mi alma llena de consuelo.
Y un rastro fue dejando
de clara luz sagrada,
desde la humilde tierra al alto cielo;
su corona estrellada
en torno por el aire difundía
etéreo olor de líquida ambrosia.
680
José Cadalso
Oda Sáfico-adónica A Cupido Sobre Los Peligros De Una Nueva Pasión
¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la fatal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su tierna vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la oculta
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa justa
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas
con Aqueronte.
De negros lutos me vestí llorando
y de cipreses coroné mi frente:
eco doliente me siguió con quejas
hasta su tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la sacra,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón asuste
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el Padre
Omnipotente».
Las losas duras a mi acento triste
mil veces dieron ecos horrorosos
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemnes votos,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido aleve.
Entre los brazos de mi Musa amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pones divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
Y si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible mano
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu alevosía.
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la fatal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su tierna vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la oculta
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa justa
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas
con Aqueronte.
De negros lutos me vestí llorando
y de cipreses coroné mi frente:
eco doliente me siguió con quejas
hasta su tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la sacra,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón asuste
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el Padre
Omnipotente».
Las losas duras a mi acento triste
mil veces dieron ecos horrorosos
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemnes votos,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido aleve.
Entre los brazos de mi Musa amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pones divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
Y si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible mano
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu alevosía.
646
José Cadalso
Canción
Sigue con dulce lira
el metro blando y amoroso acento
que el gran Febo te inspira:
pues Venus te da aliento
y el coro de las musas te oye atento.
Sigue, joven gracioso,
de mirto, grato a Venus, coronado,
y quedara envidioso
aquel siglo dorado
por Lasos y Villegas afamado.
Dichosa la zagala
a quien le sea dado el escucharte,
pues tu musa la iguala
con la Diosa de Marte;
tal es la fuerza de tu ingenio y arte.
Aunque más dura sea
que mármoles y jaspes de Granada,
cual otra Galatea,
o sea más helada
que fuente por los yelos estancada.
Al punto que te oyere,
te ofrecerá su cándido regazo;
Si tu voz prosiguere,
te estrechará su brazo;
y amor aplaudirá tan dulce lazo.
Y las otras pastoras
de envidia correrán por selva y prado,
y verá la que adoras
el triunfo que ha ganado
por haber tus ternezas escuchado.
Mas, ¡ay de aquellos necios
que intenten competir con tu blandura!
Sólo hallarán desprecios
de aquella hermosura
que una vez escuchare tu dulzura.
Dirán su rabia y celos
en el bosque más lóbrego metidos,
injuriando a los cielos;
y oyendo sus gemidos,
responderán las fieras con bramidos.
La entrada del averno
parecerá aquel bosque desdichado;
y do tu metro tierno
hubiere resonado,
el campo que a los buenos dará el hado.
Pasó mi primavera
(¡los años gratos al amor y a Febo
quién revocar pudiera!)
y a juntar no me atrevo
mi voz cansada con tu aliento nuevo.
Si no, yo cantaría
al tono de tu lira mis amores;
y al tono de la mía
cantaras, entre flores,
atónitas las aves y pastores.
Sigue, sigue cantando,
no pierdas tiempo de la edad florida:
que yo voy acabando
mi fastidiosa vida
en milicia y en corte mal perdida.
En alas de la fama
tus versos llegarán a mis oídos.
Si la trompa me llama
a los moros vencidos
o a los indios de Apache embravecidos,
o al antártico polo,
llevando las banderas del gran Carlos,
dirame siempre Apolo
tus versos, y a escucharlos
acudirán las gentes y a alabarlos.
Ni el estrépito horrendo
de Neptuno, que ofrece muerte impía,
ni de Marte el estruendo
turbará el alma mía,
si suena en mis oídos tu armonía.
Aun cuando dura Parca
mayores plazos a mi vida niegue,
y en la fúnebre barca
por la Estigia navegue
y a las delicias del Elíseo llegue;
oiré cuando Catulo,
a la sombra de un mirto recostado,
con Propercio y Tibulo,
lea maravillado
los versos que tu musa te ha dictado,
cuando acudan ansiosos
Laso y Villegas al sonoro acento,
repitiendo envidiosos:
«¡Qué celestial portento!,
¿a quién ha dado Apolo tanto aliento!».
Yo, que seré testigo
de tu fortuna, que tendré por mía,
diré: «Yo fui su amigo,
y por tal me tenía,
gozando yo su amable compañía».
Haranme mil preguntas,
puesto en medio de todos: «¿De quién eres?,
¿y cuántas gracias juntas?,
¿y a cuál zagala quieres?,
¿y cómo baila cuando el plectro hieres?».
Y con igual ternura
que el padre cuenta de su hijo amado
la gracia y hermosura,
y se siente elevado
cuando le escuchan todos con agrado,
responderé contando
tu nombre, patria, genio y poesía:
y asombraranse cuando
les diga tu elegía
a la memoria de la Filis mía.
el metro blando y amoroso acento
que el gran Febo te inspira:
pues Venus te da aliento
y el coro de las musas te oye atento.
Sigue, joven gracioso,
de mirto, grato a Venus, coronado,
y quedara envidioso
aquel siglo dorado
por Lasos y Villegas afamado.
Dichosa la zagala
a quien le sea dado el escucharte,
pues tu musa la iguala
con la Diosa de Marte;
tal es la fuerza de tu ingenio y arte.
Aunque más dura sea
que mármoles y jaspes de Granada,
cual otra Galatea,
o sea más helada
que fuente por los yelos estancada.
Al punto que te oyere,
te ofrecerá su cándido regazo;
Si tu voz prosiguere,
te estrechará su brazo;
y amor aplaudirá tan dulce lazo.
Y las otras pastoras
de envidia correrán por selva y prado,
y verá la que adoras
el triunfo que ha ganado
por haber tus ternezas escuchado.
Mas, ¡ay de aquellos necios
que intenten competir con tu blandura!
Sólo hallarán desprecios
de aquella hermosura
que una vez escuchare tu dulzura.
Dirán su rabia y celos
en el bosque más lóbrego metidos,
injuriando a los cielos;
y oyendo sus gemidos,
responderán las fieras con bramidos.
La entrada del averno
parecerá aquel bosque desdichado;
y do tu metro tierno
hubiere resonado,
el campo que a los buenos dará el hado.
Pasó mi primavera
(¡los años gratos al amor y a Febo
quién revocar pudiera!)
y a juntar no me atrevo
mi voz cansada con tu aliento nuevo.
Si no, yo cantaría
al tono de tu lira mis amores;
y al tono de la mía
cantaras, entre flores,
atónitas las aves y pastores.
Sigue, sigue cantando,
no pierdas tiempo de la edad florida:
que yo voy acabando
mi fastidiosa vida
en milicia y en corte mal perdida.
En alas de la fama
tus versos llegarán a mis oídos.
Si la trompa me llama
a los moros vencidos
o a los indios de Apache embravecidos,
o al antártico polo,
llevando las banderas del gran Carlos,
dirame siempre Apolo
tus versos, y a escucharlos
acudirán las gentes y a alabarlos.
Ni el estrépito horrendo
de Neptuno, que ofrece muerte impía,
ni de Marte el estruendo
turbará el alma mía,
si suena en mis oídos tu armonía.
Aun cuando dura Parca
mayores plazos a mi vida niegue,
y en la fúnebre barca
por la Estigia navegue
y a las delicias del Elíseo llegue;
oiré cuando Catulo,
a la sombra de un mirto recostado,
con Propercio y Tibulo,
lea maravillado
los versos que tu musa te ha dictado,
cuando acudan ansiosos
Laso y Villegas al sonoro acento,
repitiendo envidiosos:
«¡Qué celestial portento!,
¿a quién ha dado Apolo tanto aliento!».
Yo, que seré testigo
de tu fortuna, que tendré por mía,
diré: «Yo fui su amigo,
y por tal me tenía,
gozando yo su amable compañía».
Haranme mil preguntas,
puesto en medio de todos: «¿De quién eres?,
¿y cuántas gracias juntas?,
¿y a cuál zagala quieres?,
¿y cómo baila cuando el plectro hieres?».
Y con igual ternura
que el padre cuenta de su hijo amado
la gracia y hermosura,
y se siente elevado
cuando le escuchan todos con agrado,
responderé contando
tu nombre, patria, genio y poesía:
y asombraranse cuando
les diga tu elegía
a la memoria de la Filis mía.
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