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Belleza

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Candil

EL CANDIL


A Alejandro Quijano


En la cúspide radiante

que el metal de mi persona

dilucida y perfecciona,

y en que una mano celeste

y otra de tierra me fincan

sobre la sien la corona;

en la orgía matinal

en que me ahogo en azul

y soy como un esmeril

y central y esencial como el rosal;

en la gloria en que melifluo

soy activamente casto

porque lo vivo y lo inánime

se me ofrece gozoso como pasto;

en esta mística gula

en que mi nombre de pila

es una candente cábala

que todo lo engrandece y lo aniquila;

he descubierto mi símbolo

en el candil en forma de bajel

que cuelga de las cúpulas criollas

su cristal sabio y su plegaria fiel.

¡Oh candil, oh bajel, frente al altar

cumplimos, en dúo recóndito,

un solo mandamiento: venerar!

Embarcación que iluminas

a las piscinas divinas:

en tu irisada presencia

mi humildad se esponja y se anaranja,

porque en la muda eminencia

están anclados contigo

el vuelo de mis gaviotas

y el humo sollozante de mis flotas.

¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso

y sabe que anonadas

en las cúpulas sagradas

no por decrépito ni por insulso!

Tu alta oración animas

con el genio de los climas.

Tú conoces el espanto

de las islas de leprosos,

el domicilio polar

de los donjuanescos osos,

la magnética bahía

de los deliquios venéreos,

las garzas ecuatoriales

cual escrúpulos aéreos,

y por ello ante el Señor

paralizas tu experiencia

como el olor que da tu mejor flor.

Paralelo a tu quimera,

cristalizo sin sofismas

las brasas de mi ígnea primavera,

enarbolo mi júbilo y mi mal

y suspendo mis llagas como prismas.

Candil, que vas como yo

enfermo de lo absoluto,

y enfilas la experta proa

a un dorado archipiélago sin luto;

candil, hermético esquife:

mis sueños recalcitrantes

enmudecen cual un cero

en tu cristal marinero,

inmóviles excelsos y adorantes.


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Ramón López Velarde

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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Niña Del Retrato

Delinquiría
de leso corazón
si no anegara con mi idolatría,
en lacrimosa ablución,
la imagen de la párvula sombría.

Retrato para quien mi llanto mana
a la una de la mañana,
reflejando en su sal, que va sin brida,
la minúscula frente desmedida...

Cejas, andamio
del alcázar del rostro , en las que ondula
mi tragedia mimosa, sin la bula
para un posible epitalamio...

La niña del retrato
se puso seria, y se veló su frente,
y endureció los dos ojos profundos,
como una migajita de otros mundos
que caída en brumoso interinato,
toda la angustia sublunar presiente.

Fiereza desvalida, hecha a mirar
el mar...

Boca en bisel, como un espejo afable
que no hable...

Medias de almo color; para que vaya
por la cernida arena de la playa...

Las deleznables manos,
que cavan pozos enanos,
son carceleras de los océanos...

Linda congoja de la frente linda,
la que inerme y tiránica se brinda
por modelo de copa y de coyunda
y de lira rotunda...

Retrato de iniciales sinfonías:
tus cinco años son cinco bujías
a cuya luz el alma llora;
por eso a ti me abro
como a la honestidad versicolora
de un diminutivo candelabro.

Los invisibles hombros, cual quimera
en que un genio marítimo retoza,
no columbran siquiera
la adoración venidera
que los ha de rozar, como se roza
el codo de una estricta compañera.

Párvula del retrato;
seriedad prematura;
linda congoja de un juego nonato
que enfrente del fotógrafo se apura;
pelo de enigma, como los edenes
enigmáticos desde donde vienes;
víspera bella que cantas
en la Octava de mi más negra hora:
hoy hice un alto por mojar tus plantas
con sangre de mis ojos, y miré
que salías del óvalo de bruma,
como punto final que se incorpora
y como duende de relojería,
a dar en los relojes de mi fe
la campanada de la dicha suma.

Niña, venusto manual:
yo te leía al borde de una estrella,
leyéndote mortífera y vital;
y absorto en el primor de la lectura
pisé el vacío...

Y voy en la centella
de una nihilista locura.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Doncella Verde

LA DONCELLA VERDE


En la muerte de José Enrique Rodó.


En la quieta impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, padrinos del erótico abrazo,

el mundo de Rubén Darío se contrista

por el cordial filósofo que sembró en el regazo

de América esperanzas, por el espectro artista

que hoy arroba al Zodíaco con su arenga optimista.

Yo alabo al confesor de la Santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.

Esperanza, doncella verde, tu vestidura

es el matiz de una corteza prematura.

Esperanza, en el arco iris, tu cabellera

ameniza los cielos como una enredadera.

Esperanza, los astros en que titila el verde

son el feudo en que moras y en que tu luz se pierde.

Los ojos vegetales con que miras y salvas

parodian a la felpa rústica de las malvas.

En la luz teologal de tus dos ojos claros

se surten las luciérnagas, las joyas y los faros.

Rayan la oscuridad del más oscuro mes

las puntas de esmeralda de tus ínclitos pies.

Y tapizas el antro submarino, y la armónica

cuita de los cipreses, y la paleta agónica.

¡Oh doncella, que guardas los suspiros más graves

del hombre, como guarda un llavero sus llaves:

un relámpago anuncia que el instante se acerca

en que tiñas de ti las aguas de mi alberca,

y a tu paso, fosfórica e inviolable mujer,

mi corazón se abre, pronto a reverdecer!

Y bajo la impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, un mito saludable me afianza

y alabo al confesor de la santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.


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Ramón López Velarde

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Por Este Sobrio Estilo

Esta manera de esparcir su aroma
de azahar silencioso en mi tiniebla;
esta manera de envolver en luto
su marfil y su nácar; esta única
manera con que porta la golilla
de encaje; esta manera de tornar
su mutismo en venero de palabras
y su boca en ahorro...

Esta manera
que es reservada y que es acogedora,
con que viene a encontrar mis panegíricos;
esta manera de decir mi nombre
con mofa y mimo, en homenaje y burla,
como que sabe que mi interno drama
es, a la vez, sentimental y cómico;
esta manera con que en la honda noche,
de sobremesa en vagos parlamentos,
se abate su sonrisa desmayada
sobre el mantel; esta feliz manera
con que niega su brazo y con que otorga
la emoción, cuando vamos de paseo
por la alameda colonial y adusta...
Por este suspitante y sobrio estilo
de amor, te reverencio, estrella fiel
que gustas de enlutarte; generoso
y escondido azahar; caritativa
madurez que presides mis treinta años
con la abnegada castidad de un búcaro
cuyas rosas adultas embalsaman
la cebecera de un convaleciente;
enfermera medrosa; cohibida
escanciadora; amiga que te turbas
con turbación de niña al repasar
nuestra común lectura; asustadizo
comensal de mi fiesta; aliada tímida;
torcaz humilde que zureas al alba,
en un tono menor, para ti sola.
¡Bien hayas, creatura pequeñita
y suprema; adueñada de la cumbre
del corazón; artista a un mismo tiempo
mínima y prócer; que en las manos llevas
mi vida como objeto de tu arte!
Estrella y azahar: que te marchites
mecida en una paz celibataria
y que agonices como un lucero
que se extinguiese en el verdor de un prado
o como flor que se transfigurase
en el ocaso azul, como en un lecho.
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Ramón López Velarde

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