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Infancia

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Memorias Del Circo

MEMORIAS DEL CIRCO

A Carlos González Peña


Los circos trashumantes,

de lamido perrillo enciclopédico

y desacreditados elefantes,

me enseñaron la cómica friolera

y las magnas tragedias hilarantes.

El aeronauta previo,

colgado de los dedos de los pies,

era un bravo cosmógrafo al revés

que, si subía hasta asomarse al Polo

Norte, o al Polo Sur, también tenía

cuestiones personales con Eolo.

Irrumpía el payaso

como una estridencia

ambigua, y era a un tiempo

manicomio, niñez, golpe contuso,

pesadilla y licencia.

Amábanlo los niños

porque salía de una bodega mágica

de azúcares. Su faz sólo era trágica

por dos lágrimas sendas de carmín.

Su polvorosa apariencia toleraba

tenerlo por muy limpio o por muy sucio,

y un cónico bonete era la gloria

inestable y procaz de su occipucio.

El payaso tocaba a la amazona

y la hallaba de almendra,

a juzgar por la mímica fehaciente

de toda su persona

cuando llevaba el dedo temerario

hasta la lengua cínica y glotona.

Un día en que el payaso dio a probar

su rastro de amazona al ejemplar

señor Gobernador de aquel Estado,

comprendí lo que es

Poder Ejecutivo aturrullado.

¡Oh remoto payaso: en el umbral

de mi infancia derecha

y de mis virtudes recién nacidas

yo no puedo tener una sospecha

de amazonas y almendras prohibidas!

Estas almendras raudas

hechas de terciopelos y de trinos

que no nos dejan ni tocar sus caudas...

Los adioses baldíos

a las augustas Evas redivivas

que niegan la migaja, pero inculcan

en nuestra sangre briosa una patética

mendicidad de almendras fugitivas...

Había una menuda cuadrumana

de enagüilla de céfiro

que, cabalgando por el redondel

con azoros de humana,

vencía los obstáculos de inquina

y los aviesos aros de papel.

Y cuando a la erudita

cavilación de Darwin

se le montaba la enagüilla obscena,

la avisada monita

se quedaba serena.

como ante un espejismo,

despreocupada lastimosamente

de su desmantelado transformismo.

La niña Bell cantaba:

«Soy la paloma errante»;

y de botellas y de cascabeles

surtía un abundante

surtidor de sonidos

acuáticos, para la sed acuática

de papás aburridos,

nodriza inverecunda

y prole gemebunda.

¡Oh memoria del circo! Tú te vas

adelgazando en el frecuente síncope

del latón sin compás;

en la apesadumbrada

somnolencia del gas;

en el talento necio

del domador aquel que molestaba

a los leones hartos, y en el viudo

oscilar del trapecio...


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Rafael de León

Rafael de León

Romance De Aquel Hijo Que No Tuve Contigo

Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí... tal vez que saliera
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: —¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo! ?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
Yo te escuchaba, distante,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío...
Y repetí como un eco:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba un equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!
En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tu velo blanco de novia,
por tu olvido y por mi olvido,
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo;
juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a... la levita
que se pone tu marido.
Te llaman doña Manuela,
llevas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.
Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.
Pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
de color como el del trigo
y aquella voz que decía:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, temblando, entre dientes,
arropada en los visillos:
«¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!...»
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