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Pasión

Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

Silva A Luisa Todi

¿Qué se negó de la falaz Armida
al mágico poder? Su voz sonaba,
y el báratro profundo
de sus lóbregos senos alanzaba
el tremendo escuadrón que la servia.
viérase al punto de infernal veneno
toda inundarse en derredor la esfera,
arder el rayo y retumbar el trueno.
la rápida carrera
suspenderse del sol, bramar los vientos,
en sus hondos cimientos
estremecerse el mar y mal segura
la tierra contrastada,
de sus ejes eternos desquiciada.

Mas cuando al fin enamorada y ciega
el corazón indómito rendía,
y de perder su amante recelosa,
en los fines del orbe le escondía,
ya no era entonces la espantosa maga;
era ya una deidad. El polo yerto
ostentose cubierto
con el manto de Flora;
por los fecundos prados
las fuentes murmuraban
y de esencias bañados
los céfiros jugaban con las flores
volaban los Amores
las gracias y el deleite en pos de Armida
y ella entre tanto de Rinaldo asida
el coro de las aves escuchaba
que al placer y al amor la convidaba.

Tal fue entonces Armida; y tal ahora
Tú ¡oh! Poderosa Todi la presentas
ya en ternura y delicias anegada
temerosa después, y al fin furiosa
viendo su gloria y su beldad hollada.
Invención celestial. No, no es Armida
la que así nos enciende
y el agitado espíritu suspende
el mentido poder que por su encanto
tuvo en los elementos confundidos,
hoy en nuestros oídos*
lo alcanza el arte y lo renueva el canto.


¡Soberana armonía!
¿En qué sus dulces y halagüeñas flores
Más bien que en tus loores
Esparcir deberá la poesía?
Pero ¿cómo en su vuelo
La poderosa voz seguir podría
Que pasma al mundo y maravilla al cielo?
Ella parte suave;
Y ora orgullosa y grave
Del espacio los ámbitos domina,
Ora en quiebros dulcísimos se pierde,
Y delicada trina;
Ora sube al Olimpo, ora desciende,
Y ora como un raudal rico y sonoro
Vierte súbitamente en los oídos
De su riqueza armónica el tesoro.

Sola la admiración enmudecida
Seguirla puede en su veloz carrera;
¿Y do ha vivido el corazón de fiera
Que se negase esquivo
De su expresión celeste al atractivo?

¡Oh! No es posible el evitar su imperio
la fogosa energía
de su gesto y acción se le prometen,
y su mágico acento y melodía.
Aquí vence, aquí triunfa, aquí arrebata
vedla de gloria y majestad vestida
cuando del solio el esplendor retrata
vedla después, desesperada y llena
de cólera y soberbia amenazando
nube parece que espantosa truena,
o terrible Aquilón cuando soplando
con hórrido silbido,
sacude el universo combatido.

¿Mas cuál benigna suavidad se siente?
Él es, el blando Amor, el hijo ardiente
de la hermosa y divina Citerea.
Más dulce y grato que la miel hiblea,
más puro que los céfiros, su acento
sale inflamando el viento,
y por do quiera su ternura inspira.
ya tras el bien perdido
vaga anhelante y con dolor suspira;
en el dulce trinar pinta el gemido,
en los blandos gorjeos
aparecen los tímidos deseos,
la amorosa inquietud, las ansias tiernas,
la risa alegre y apacible juego
que ceban tanto el delicioso fuego.
Ya con tono más grave
la sublime constancia se ve ornada,
o en celeste deliquio modulada
del caro bien la posesión suave.


Entonces gime el insensible, entonces
Hasta los duros mármoles se agitan;
Amor aprende a amar, a amar incitan
El eco, el viento, y de tu voz herido,
Por su divino impulso es arrastrado
Mi corazón vencido.
Salta en el pecho, y sin cesar palpita,
Todo anegado en el amante anhelo
Que inspira el canto; su vehemente llama
Veloz discurre por mi sangre y venas,
Y en todas ellas su calor derrama;
Derrama su calor, que vuelto en llanto,
Sin ser posible a contenerle el seno,
Salta a la vista en delicioso encanto.

¿Quién de tu genio mesurar podría
la extensión y el ardor? Dinos, ¿en dónde
tuvo su oriente? En dónde
se adestró a desplegar tal osadía,
y de tanta riqueza Salió lleno?
¿Fue acaso allá donde el feliz Ismeno
corrió bañando la sonora Tebas?
¿O más bien sobre el Ísmaro sombrío,
do por la vez primera
los ecos de la música sonaron,
y tras sí arrebataron
los hombres y las fieras,
las rocas y los árboles? ¿Do Orfeo
su lira de oro celestial pulsaba
los vientos a su voz se condolían,
y a Eurídice llamaba,
y Eurídice los montes respondían?

Igual, empero, o superior, tú impeles
al seno del olvido
los pesares amargos y crueles.
Yo lo vi, lo sentí. Del hondo averno
por mi mal abortado
un esquivo cuidado devoraba
mi triste corazón, cuando presente
vi la sidonia reina, que el amaba
contra el troyano pérfido inclemente.
¡Bárbara atrocidad! Huye el ingrato
sin que bastantes sean
de la mísera amante las querellas
su fuga a suspender: huye, no cura
los preciosos tesoros
que fiel le prodigaba la hermosura;
tesoros ¡ay! De amor y de ternura,
y se entrega a la mar. ¡Qué de lamentos!
¡qué horrorosos acentos!
¡qué desesperación! En vano llora
la triste, y corre enfurecida, y gime;
en vano al cielo en su dolor implora,
y a los hombres también; hombres y dioses
al dolor y al horror la abandonaron
¿Morirá la infelice
sin hallar compasión? Grande, sublime,
terrible situación, que sorprehendido**
mi espíritu admiraba,
y olvidó su aflicción llorando a Dido.

¡Y que tan dulces horas
hayan de fenecer! Mantua te pierde,
Mantua, que tanto te admiró; desierto
se verá el gran teatro donde un día
al eco de tu canto y los aplausos
el soberbio artesón se estremecía.
Mustio el espectador, irá a buscarte
y no te encontrará; y en tal vacío,
¿Do está, dirá, la enamorada Elfrida,
la encantadora Elfrida? ¿Adónde fueron
la dulce Hipermenestra,
la arrogante Cleopatra y Cleofida?
Sombras sublimes, cuya hermosa idea
inventar y animar el genio pudo,
¿será que nunca ya mi mente os vea?

Anda, vive feliz, corre el sendero
que a tu brillante gloria abrió el destino;
mas ¿qué le falta a su esplendor divino?
El universo entero
su honor, su encanto, su deidad te aclama.
Llevada en raudo vuelo
por la sonante trompa de la fama,
pasmarás las edades, y asombrado
te nombrará el artista y confundido.
Por más osado que su genio sea,
tú el término serás de su esperanza,
dique a su presunción: él desde lejos
adorará tus soberanas huellas,
y lucirá tal vez con tus reflejos;
así en el alto Olimpo las estrellas
brillan, mas solamente en noche umbría,
cediendo el resplandor y la victoria
al gran planeta que preside al día.

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Miguel Hernández

Miguel Hernández

Antes Del Odio

Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

Corazón en una copa
donde me lo bebo yo
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor!

No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.
Sólo por amor odiado,
sólo por amor.

Amor, tu bóveda arriba
y no abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor,
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.

Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Esperanza, mar, desierto,
sangre, monte rodador:
libertades de mi alma
clamorosas de pasión,
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.

Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante, y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.

No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión,
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.
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Meira Delmar

Meira Delmar

Mario Benedetti

Mario Benedetti

Hombre Que Mira A Una Muchacha

Para que nunca haya malentendidos
para que nada se interponga
voy a explicarte lo que mi amor convoca

tus ojos que se caen de desconcierto
y otras veces se alzan penetrantes y tibios
tienen tanta importancia que yo mismo me asombro

tus lindas manos mágicas
que te expresan a veces mejor que las palabras
tan importantes son que no oso tocarlas

y si un día las toco es solamente
para retransmitirte ciertas claves

tu cuerpo pendular
que duda en recibirse o entregarse
y es tan joven que enseña a pesar tuyo
es un dato del cual me faltan datos
y sin embargo ayudo a conocerlo

tus labios puestos en el entusiasmo
que dibuja palabras y promete promesas
son en tu imagen para mí los héroes
y son también el ángel enemigo

en mi amor estás toda o casi toda
me faltan cifras pero las calculo
faltan indicios pero los descubro

sin embargo en mi amor hay otras cosas
por ejemplo los sueños con que muevo la tierra
la pobre lucha que libré y libramos
los buenos odios esos que ennoblecen
el diálogo constante con mi gente
la pregunta punzante que me hicieron
las respuestas veraces que no di

en mi amor hay también corajes varios
y un miedo que a menudo los resume
hay hombres como yo que miran tras las rejas
a una muchacha que podrías ser vos

en mi amor hay faena y hay descanso
sencillas recompensas y complejos castigos
hay dos o tres mujeres que forman tu prehistoria
y hay muchos años demasiados años
de inventar alegrías y creerlas
después a pie juntillas

querría que en mi amor vieras todo eso
y que vos muchachita
con paciencia y cautela
sin herirme ni herirte
rescataras de allí la luna el río
los emblemas rituales
los proyectos de besos o de adioses
el corazón que aguarda pese a todo.
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Jaime Sabines

Jaime Sabines

No Es Que Muera De Amor, Muero De Ti

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo,
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Vii El Gabinete

¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!

Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.

Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,

y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,

coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.

Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,

y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.

Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.

¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.

¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.

¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!

En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;

y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.

Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.

Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.

Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.

Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,

que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.

Y tú sostenme, ¡oh Venus!
sostenme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
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