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Poemas en este tema

Soledad

Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero

Glosa A Un Epitafio (carta Al Padre)

Samuel Butler, Pescador de muertos.



Solos tú y yo, e irremediablemente

unidos por la muerte: torturados aún por

fantasmas que dejamos con torpeza

arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos

del sudario, pero ambos muertos, y seguros

de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano

con el turbio negocio de los datos: mudo,

el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo

ese otro juego del alma que ya a nada responde,

que lucha con su sombra en el espejo-solos,

caídos frente a él y viendo

detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal
asombrados

por los demás, por aquellos Vous etes combien? que nos sobreviven

y dicen conocernos, y nos llaman

por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el

viscoso templo de lo humano!


Y sin embargo

solos los dos, y unidos por el frío

que apenas roza brillante envoltura

solos los dos en esta pausa

eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura

como la piedra, solos los dos, y amándonos

sobre el lecho de la pausa, como se aman


los muertos

«amó», dijiste, autorizado por la muerte

porque sabías de ti como de una tercera persona

bebió dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)

en tu vaso de whiski

amo bebió, dijiste, pero ahora espera

¿espera? y en efecto la resurrección

desde un cristal inválido te avisa

que con armas nuestra muerte florece


para ti que sólo

sabías de la muerte. Aquí

¿debajo o por encima?


de esta piedra

tú que doraste la sobrenatural dureza y el

dolor sobrenatural de los edificios desnudos


¿en qué perspectiva

—dime— acoger la muerte?


en la mesa de disección

tú que danzaste


enloquecido en la plaza desierta


tropezando

hiriéndote las manos en el trapecio del silencio

en pie contra las hojas muertas que

se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba

obsesivamente tu boca hinchada de borracho,


danzas, danzaste

sin espacio, caído, pero

no quiero errar en la mitología

de ese nombre del padre que a todos nos falta,

porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo
imposible

y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo

corredor donde


retrocedo infatigable, sin

jamás moverme


¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen,

en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden

inútilmente de la luz del mundo con las manos,

que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra

de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en

el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,


Y el ave,

el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo solo

a los mortales que se agitan debajo, diciendo

solo: ABISMO, ABISMO!


Abismo, sí, tibia guarida

de nuestro amor de hermanos, padre.


¡Pero tan solos!

¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra

—como hiedramerlín como niñadecabezacortada como

mujermurciélago la niña que ya es árbol—


crecen hojas

en la foto, y un florecer te arranca

de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre

de nuestro rezo

florecen los muertos florecen

unidos acaso por el sudor helado

muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos

te esperamos ave, ave nacida

de la cabeza que explotó al crepúsculo

ave dibujada en la piedra y llena

de lo posible de la dulzura, de su sabor

ajeno que es más que la vida, de su crueldad

que es más que la vida


¡ira

de la piedra, ira que a la realidad insulta,


que apalea

a la cabaña torpe de la mentira con verbos

que no son, resplandecen, ira

suprema de lo mudo!


(te esperamos

en la delgada orilla de lo que cae, en el prado

nocturno que atraviesan lentos

los elefantes


percibís el frío


la


conspiración de las algas,


gelatina, escamas, mano

que sobresale de la tumba

manos que surgen de la tierra como tallos

surcos arados por la muerte,

cabezas de ahorcados que echan flor:


decapitados que dialogan

a la luz decreciente de las velas,


¡oh quién nos traerá la rima

la música, el sonido que rompa la campana

de la asfixia, y el cristal borroso

de lo posible, la música del beso!


De ese beso, final, padre, en que desaparezcan

de un soplo nuestras sombras, para

asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos

a salvo de los hombres para siempre,

solos yo y tú, mi amada,

aquí, bajo esta piedra.

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Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones

La Muerte De La Luna

En el parque confuso
Que con lánguidas brisas el cielo sahúma,
El ciprés, como un huso,
Devana un ovillo de de bruma.
El telar de la luna tiende en plata su urdimbre;
Abandona la rada un lúgubre corsario,
Y después suena un timbre
En el vecindario.

Sobre el horizonte malva
De una mar argentina,
En curva de frente calva
La luna se inclina,
O bien un vago nácar disemina
Como la valva
De una madreperla a flor del agua marina.

Un brillo de lóbrego frasco
Adquiere cada ola,
Y la noche cual enorme peñasco
Va quedándose inmensamente sola.

Forma el tic-tac de un reloj accesorio,
La tela de la vida, cual siniestro pespunte.
Flota en la noche de blancor mortuorio
Una benzoica insispidez de sanatorio,
Y cada transeúnte
Parece una silueta del Purgatorio.

Con emoción prosaica,
Suena lejos, en canto de lúgubre alarde,
Una voz de hombre desgraciado, en que arde
El calor negro del rom de Jamaica.
Y reina en el espíritu con subconsciencie arcaica,
El miedo de lo demasiado tarde.

Tras del horizonte abstracto,
Húndese al fin la luna con lúgubre abandono,
Y las tinieblas palpan como el tacto
De un helado y sombrío mono.
Sobre las lunares huellas,
A un azar de eternidad y desdicha,
Orión juega su ficha
En problemático dominó de estrellas.

El frescor nocturno
Triunfa de tu amoroso empeño,
Y domina tu frente con peso taciturno
El negro racimo del sueño.
En el fugaz desvarío
Con que te embargan soñadas visiones,
Vacilan las constelaciones;
Y en tu sueño formado de aroma y de estío,
Flota un antiguo cansancio
De Bizancio...

Languideciendo en la íntima baranda,
Sin ilusión alguna
Contestas a mi trémula demanda.
Al mismo tiempo que la luna,
Una gran perla se apaga en tu meñique;
Disipa la brisa retardados sonrojos;
Y el cielo como una barca que se va a pique,
Definitivamente naufraga en tus ojos.
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Luis Felipe Vivanco

Luis Felipe Vivanco

El Descampado

A Dámaso Alonso


Tú estás en ese taxi parado, sí, eres Tú

—un bulto en el crepúsculo— junto al bordillo blanco

donde se acaba el campo de enfrente o descampado.

Lo sé, aunque no te he visto (y aunque dentro del taxi

no hay nadie). Está lloviendo con fuerta. Está empezando

a oler en la ciudad a campo de muy lejos...

Y tú estás en el taxi como en una capilla

que fuera entre las hazas ermita solitaria.

(Lo sé, porque esos trigos que se iluminan, lejos...,

y ese río parado, con sus aguas crecidas

de pronto...) Llueve fuerte y estás dentro del taxi

(tal vez junto a ese chófer fatigado al volante).

Sé que dentro del taxi no hay nadie, pero huele

a lluvia de muy lejos. Suena esa luvia. Y pienso

sin ganas: ser poeta, suspender en el aire

laborioso de un día y otro día unas pocas

palabras necesarias, y quitarse de en medio.

Porque uno —su difícil vivir— ya no hace falta

si quedan las palabras. Ser poeta: orientarse,

como esa luz dudosa cruzando el descampado

y en vez de una existencia brillante, tener alma.

Por eso, algo me quito de en medio: estoy viviendo

como un taxi parado junto al bordillo blanco

(y hay un cerco de alegres sonrisas y de manos

fieles a sus celestes cotnactos en la sombra).

Porque Tú, el más activo —y el más ocioso— estabas

aquí, junto al farol de luz verde en lan oche.

Tú, sin libros; Tú, libre con brazos, con miradas,

estabas sin testigos y medías —ocioso—

mis pasos por mi cuarto (donde caben mis años).

Y los trigos en éxtasis de Castilla la Vieja,

los ríos llameantes con sus aguas crecidas,

seguían a lo lejos relevándote (mientras

detrás de mis cristales aparece el retraso

de ese barro, esos charcos del ancho descampado,

¡yo también descampado, desterrado del campo!)

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Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín

Epístola A Don Simón Rodríguez Laso, Rector Del Colegio De San Clemente De Bolonia

Laso, el instante que llamamos vida,
¿es poco breve, di, que el hombre deba
su fin apresurar? O los que al mundo
naturaleza dio males crueles,
¿tan pocos fueron, que el error disculpen
con que aspiramos a crecer la suma?

¿Ves afanarse en modos mil, buscando
riquezas, fama, autoridad y honores,
la humana multitud ciega y perdida?
Oye el lamento universal. Ninguno
verás que a la deidad con atrevidos
votos no canse, y otra suerte envidie.
Todos, desde la choza mal cubierta
de rudos troncos, al robusto alcázar
de los tiranos donde truena el bronce,
infelices se llaman. ¡Ay! y acaso
todos lo son: que de un afecto en otro,
de una esperanza, y otra, y mil creídos,
hallan, huyendo el bien, fatiga y muerte.
Así buscando el navegante asturo
la playa austral, que en vano solicita,
si ve, muriendo el sol, nube distante,
allá dirige las hinchadas lonas.
Su error conoce al fin; pero distingue
monte de hielo entre la niebla obscura,
y a esperar vuelve, y otra vez se engaña,
hasta que horrible tempestad le cerca,
braman las ondas, y aquilón sañudo
el frágil leño en remolinos hunde,
o yerto escollo de coral le rompe.

La paz del corazón, única y sola
delicia del mortal, no la consigue
sin que el furor de su ambición reprima,
sin que del vicio la coyunda logre
intrépido romper. Ni hallarle espere
en la estrechez de sórdida pobreza,
que las pálidas fiebres acompañan,
la desesperación y los delitos,
ni los metales que a mi rey tributa.
Lima opulenta poseyendo. El vulgo
vano, sin luz, de la fortuna adora
el ídolo engañoso; la prudente
moderación es la virtud del sabio.

Feliz aquél que en áurea medianía,
ambos extremos evitando, abraza
ignorada quietud. Ni el bien ajeno
su paz turbó, ni de insolente orgullo
las iras teme, ni el favor procura;
suena en su labio la verdad, detesta
al vicio; aunque del orbe el cetro empuñe
y envilecida multitud le adore.
Libre, inocente, obscuro, alegre vive,
a nadie superior, de nadie esclavo.

¿Pero cuál frenesí la mente ocupa
del hombre, y llena su existencia breve
de angustias y dolor? Tú, si en las horas
de largo estudio el corazón humano
supiste conocer, o en los famosos
palacios donde la opulencia habita,
la astucia y corrupción, ¿hallaste alguno
de los que el aura del favor sustenta,
y martiriza áspera sed de imperio,
que un placer guste, que una vez descanse?
¡Y cómo burla su esperanza, y postra
la suerte su ambición! Los sube en alto,
para que al suelo con mayor ruina
se precipiten. Como en noche obscura
centella artificial los aires rompe,
la plebe admira el esplendor mentido
de su rápida luz; retumba y muere.

¿Ves, adornado con diamantes y oro,
de vestiduras séricas cubierto
y púrpuras del sur, que arrastra y pisa,
al poderoso audaz? ¿La numerosa
turba no ves que le saluda humilde,
ocupando los pórticos sonoros
de la fábrica inmensa, que olvidado
de morir, ya decrépito, levanta?
¡Ay! no le envidies, que en su pecho anidan
tristes afanes. La brillante pompa,
esclavitud magnífica, los humos
de adulación servil, las militares
puntas que entorno a defenderle asisten,
ni los tesoros que avariento oculta,
ni cien provincias a su ley sujetas,
alivio le darán. Y en vano al sueño
invoca en pavorosa y luenga noche;
busca reposo en vano, y por las altas
bóvedas de marfil vuela el suspiro.

¡Oh tú, del Arlas vagaroso humilde
orilla, rica de las mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! ¡Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría!
¿Cuándo será que habitador dichoso
de cómodo, rural, pequeño albergue,
templo de la Amistad y de las Musas,
al cielo grato y a los hombres, vea
en deliciosa paz los años míos
volar fugaces? Parca mesa, ameno
jardín, de frutos abundante y flores,
que yo cultivaré, sonoras aguas
que de la altura al valle se deslicen,
y lentas formen transparente lago
a los cisnes de Venus, escondida
gruta de musgo y de laurel cubierta,
aves canoras, revolando alegres
y libres como yo, rumor süave
que en torno zumbe del panal hibleo,
y leves auras espirando olores;
esto a mi corazón le basta... Y cuando
llegue el silencio de la noche eterna,
descansaré, sombra feliz, si algunas
lágrimas tristes mi sepulcro bañan.


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Luis Cañizal de la Fuente

Luis Cañizal de la Fuente

Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca

Evocación De Francisco Salas, Cosmógrafo

No olvidaste jamás la impenetrable claridad de aquella tarde.
Llovía y navegaban hacia el Sur los navíos con algo de
tristeza en las miradas:
las cariátides de proa, suaves y melancólicas como una
antigua canción,
y las vinosas llanuras del recuerdo en la voz áspera del contramaestre.

Tierra firme y rojiza, patíbulos hirsutos, fortalezas insommes
de Basse-Terre,
como espectros surgidos de la más ambiciosa ghost story;
alineados delfines, disciplinadas orcas en el pulcro despacho de Levasseur,
y un viejo cielo añil entreverado de ángeles vudú.

Te alimentabas de cazabe y de naipes entonces,
revolvías en tu cabeza la idea del suicidio,
y el deseado cargamento de mujeres francesas no llegaba a alcanzar
las costas de tu isla.

Amigo de los desolados octubres,
pensabas un acantilado de esquirlas azuladas y de secretos.
Rumbo a Jamaica todos los hombres son iguales:
arabescos de encaje en las camisas de lino puro,
desnudo el pecho selvático, risueño el corazón;
la furia de los vientos apresada en el istmo por argonautas holandeses,
sobre lujosos alambiques marinos destilando la Historia.

Dibujaste simbólicos desdenes de piedra, de cristal,
ensenadas umbrías, altivos promontorios de silencio.
Era triste el lamento de tus pinceles en la bahía,
como una expedición a Maracaibo (sable desnudo, pólvora,
ese antiguo clamor resucitando la belleza del instante
con la fatalidad de los oráculos imprevistos).

Apenas llego a distinguir el perfil de tu críptica escritura.
No hay patente de corso que permanezca siempre.
El timón acelera los pulsos de tus sienes:
sólo queda morir de fiebre o de alegría en las heladas
playas del misterio.
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Julián del Casal

Julián del Casal

Páginas De Vida

En la popa desierta del viejo barco
Cubierto por un toldo de frías brumas,
Mirando cada mástil doblarse en arco,
Oyendo los fragores de las espumas;

Mientras daba la nave, tumbo tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;

Sintiendo ya el delirio de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra vida.

—Yo soy como esas plantas que ignota mano
Siembra un día en el surco por donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.

Llevado por el soplo del torbellino,
Que cada día a extraño suelo me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.

Mas como nada espero lograr del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.

¡Ígnea columna sigue mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá el alba.

Tú, en cambio, que doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.

Tienes en tu conciencia sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.

Sé que ves en el mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.

Si hubiéramos más tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa!

Quisiera estar contigo largos instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden miedo!

Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo que da el abismo.

Cada vez que en él pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.

Doblegado en la tierra, luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh, Dios mío!, mi alma
tan triste?
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