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Poemas en este tema

Soledad

Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

En El Caudaloso Río

En el caudaloso río
Donde el muro de mi patria
Se mira la gran corona
Y el antiguo pie se lava,
Desde su barca Alción
Suspiros y redes lanza,
Los suspiros por el cielo
Y las redes por el agua,

Y sin tener mancilla
Mirábale su Amor desde la orilla.


En un mismo tiempo salen
De las manos y del alma
Los suspiros y las redes
Hacia el fuego y hacia el agua.
Ambos se van a su centro,
Do su natural les llama,
Desde el corazón los unos,
Las otras desde la barca,

Y sin tener mancilla
Mirábale su Amor desde la orilla.


El pescador, entre tanto,
Viendo tan cerca la causa,
Y que tan lejos está
De su libertad pasada,
Hacia la orilla se llega,
Adonde con igual pausa
Hieren el agua los remos
Y los ojos de ella el alma,

Y sin tener mancilla
Mirábale su Amor desde la orilla.


Y aunque el deseo de verla,
Para apresurarle, arma
De otros remos la barquilla,
Y el corazón de otras alas,
Porque la ninfa no huya,
No llega más que a distancia
De donde tan solamente
Escuche aquesto que canta:

«Dejadme triste a solas
Dar viento al viento y olas a las olas.»


Volad al viento, suspiros,
Y mirad quién os levanta
De un pecho que es tan humilde
A partes que son tan altas.
Y vosotras, redes mías,
Calaos en las ondas claras,
Adonde os visitaré
Con mis lágrimas cansadas,

«Dejadme triste a solas
Dar viento al viento y olas a las olas.»


Dejadme vengar de aquélla
Que tomó de mi venganza
De más leales servicios
Que arenas tiene esta playa;
Dejadme, nudosas redes,
Pues que veis que es cosa clara
Que más que vosotras nudos
Tengo para llorar causas.

«Dejadme triste a solas
Dar viento al viento y olas a las olas.»
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Federico García Lorca

Federico García Lorca

Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

La Loba

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las
calles, un ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.

Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el
giro
del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos años, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con tu negro vestido
y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa cintura.

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con
otro:
con éste que ahora te habla de vivir para siempre
tú subirás al sol, tú volverás
con él y no con otro, una tarde de junio,
cada trescientos años, a la orilla del mar,
eterna, eternamente con él y no con otro.
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Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Desocupado Lector

DESOCUPADO LECTOR

A Julio Fermoso.


Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida: la
muchacha

es herida, el olor

a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez

de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo

gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos números
de la danza es

herida, la barca

del encantamiento con Maimónides al timón es herida,
aquel

diciembre 20 que me cortaron de mi madre es herida, el sol

es herida, Nuestro Señor

sentado ahí entre los mendigos con esa túnica irreconocible
por el cauterio del psicoanálisis es herida, el

Quijote

a secas es herida, el ventarrón

abierto del Golfo contra la roca alta es

herida, serpiente

horadante del Principio, mar

y más mar de un lado a otro, Kierkegaard y

más Kierkegaard, taladro

y por añadidura herida; la

preñez en cuanto preñez en la preciosidad de su copa
es

herida, el ocio

del viejo río intacto donde duermen inmóviles los mismos
peces

velocísimos es

herida, la Poesía

grabada a fuego en los microsurcos de mi cerebro de niño es
herida, el hueco

de 1.67 justo en metros de rey es herida, el éxtasis

de estar aquí hablando solo en lo bellísimo de este pensamiento
de

nieve es

herida, la evaporación

de la fecha de mármol con el padre adentro

bajo los claveles es

herida, el carrusel

pintarrajeado que fluye y fluye como otro río de polvo y otras

máscaras

que vi en Pekín colgando en la vieja calle de Cha Ta–lá

cuya identidad comercial de 2.500 años de droga y ataúdes
rientes

no se discute, es

herida; la cama en fin

que allí compré, con dos espejos para navegar, es herida,

la

perversión

de la palabra nadie que sopla desde las galaxias es herida, el Mundo

antes y después de los Urales es

herida, la hilera

de líneas sin ocurrencia de esta visión

sin resurrección es herida. Cumplo

entonces con informar a usted que últimamente todo es herida.

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