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Poemas en este tema

Tiempo y su Transcurso

Pablo Neruda

Pablo Neruda

Caballo De Los Sueños

Innecesario, viéndome en los espejos,
con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles,
arranco de mi corazón al capitán del infierno,
establezco cláusulas indefinidamente tristes.

Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones,
converso con los sastres en sus nidos:
ellos, a menudo, con voz fatal y fría,
cantan y hacen huir los maleficios.

Hay un país extenso en el cielo
con las supersticiosas alfombras del arco-iris
y con vegetaciones vesperales:
hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga,
pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos,
yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa.

Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes,
vestido como un ser original y abatido:
amo la miel gastada del respeto,
el dulce catecismo entre cuyas hojas
duermen violetas envejecidas, desvanecidas,
y las escobas, conmovedoras de auxilio,
en su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y certeza.
Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora:
yo rompo extremos queridos: y aún mas,
aguardo el tiempo uniforme, sin medida:
un sabor que tengo en el alma me deprime.

Qué día ha sobrevenido! Qué espesa luz de leche,
compacta, digital, me favorece!
He oído relinchar su rojo caballo
desnudo, sin herraduras y radiante.
Atravieso con él sobre las iglesias,
galopo los cuarteles desiertos de soldados
y un ejército impuro me persigue.
Sus ojos de eucaliptus roban sombra,
su cuerpo de campana galopa y golpea.

Yo necesito un relámpago de fulgor persistente,
un deudo festival que asuma mis herencias.
1.209 1
Octavio Paz

Octavio Paz

La Casa De La Mirada

Caminas adentro de ti mismo y el tenue reflejo
serpeante que te conduce
no es la última mirada de tus ojos al
cerrarse ni es el sol tímido golpeando tus párpados:
es un arroyo secreto, no de agua sino de latidos:
llamadas, respuestas, llamadas,
hilo de claridades entre las altas yerbas y las
bestias agazapadas de la conciencia a obscuras.
Sigues el rumor de tu sangre por el país
desconocido que inventan tus ojos
y subes por una escalera de vidrio y agua hasta una
terraza.
Hecha de la misma materia impalpable de los ecos y
los tintineos,
la terraza, suspendida en el aire, es un
cuadrilátero de luz, un ring magnético
que se enrolla en sí mismo, se levanta, anda
y se planta en el circo del ojo,
géiser lunar, tallo de vapor, follaje de
chispas, gran árbol que se enciende y apaga y enciende:
estás en el interior de los reflejos,
estás en la casa de la mirada,
has cerrado los ojos y entras y sales de ti mismo a
ti mismo por un puente de latidos:

EL CORAZÓN ES UN OJO.

Estás en la casa de la mirada, los espejos
han escondido todos sus espectros,
no hay nadie ni hay nada que ver, las cosas han
abandonado sus cuerpos,
no son cosas, no son ideas: son disparos verdes,
rojos, amarillos, azules,
enjambres que giran y giran, espirales de legiones
desencarnadas,
torbellino de las formas que todavía no
alcanzan su forma,
tu mirada es la hélice que impulsa y revuelve
las muchedumbres incorpóreas,
tu mirada es la idea fija que taladra el tiempo, la
estatua inmóvil en la plaza del insomnio,
tu mirada teje y desteje los hilos de la trama del
espacio,
tu mirada frota una idea contra otra y enciende una
lámpara en la iglesia de tu cráneo,
pasaje de la enunciación a la
anunciación, de la concepción a la asunción,
el ojo es una mano, la mano tiene cinco ojos, la
mirada tiene dos manos,
estamos en la casa de la mirada y no hay nada que
ver, hay que poblar otra vez la casa del ojo,
hay que poblar el mundo con ojos, hay que ser fieles
a la vista, hay que

CREAR PARA VER.

La idea fija taladra cada minuto, el pensamiento
teje y desteje la trama,
vas y vienes entre el infinito de afuera y tu propio
infinito,
eres un hilo de la trama y un latido del minuto, el
ojo que taladra y el ojo tejedor,
al entrar en ti mismo no sales del mundo, hay
ríos y volcanes en tu cuerpo, planetas y hormigas,
en tu sangre navegan imperios, turbinas,
bibliotecas, jardines,
también hay animales, plantas, seres de otros
mundos, las galaxias circulan en tus neuronas,
al entrar en ti mismo entras en este mundo y en los
otros mundos,
entras en lo que vio el astrónomo en su
telescopio, el matemático en sus ecuaciones:
el desorden y la simetría, el accidente y las
rimas, las duplicaciones y las mutaciones,
el mal de San Vito del átomo y sus
partículas, las células reincidentes, las inscripciones
estelares.

Afuera es adentro, caminamos por donde nunca hemos
estado,
el lugar del encuentro entre esto y aquello
está aquí mismo y ahora,
somos la intersección, la X, el aspa
maravillosa que nos multiplica y nos interroga,
el aspa que al girar dibuja el cero, ideograma del
mundo y de cada uno de nosotros.
Como el cuerpo astral de Bruno y Cornelio Agripa,
como las granes transparentes de André Breton,
vehículos de materia sutil, cables entre
éste y aquel lado,
los hombres somos la bisagra entre el aquí el
allá, el signo doble y uno, V y ^ ,
pirámides superpuestas unidas en un
ángulo para formar la X de la Cruz,
cielo y tierra, aire y agua, llanura y monte, lago y
volcán, hombre y mujer,
el mapa del cielo se refleja en el espejo de la
música,
donde el ojo se anula nacen mundos:
LA PINTURA TIENE UN PIE EN LA ARQUITECTURA Y OTRO EN
EL SUEÑO.

La tierra es un hombre, dijiste, pero el hombre no
es la tierra,
el hombre no es este mundo ni los otros mundos que
hay en este mundo y en los otros,
el hombre es la boca que empaña el espejo de
las semejanzas y dice sí,
el equilibrista vendado que baila sobre la cuerda
floja de una sonrisa,
el espejo universal que refleja otro mundo al
repetir a éste, el que transfigura lo que copia,
el hombre no es el que es, célula o dios,
sino el que está sienpre más allá.
Nuestras pasiones no son los ayuntamientos de las
substancias ciegas pero los combate y los abrazos de los elementos
riman con nuestros deseos y apetitos,
pintar es buscar la rima secreta, dibujar al eco,
pintar el eslabón:
El Vértigo de Eros es el vahído de la
rosa al mecerse sobre el osario,
la aparición de la aleta del pez al caer la
noche en el mar es el centelleo de la idea,
tú has pintado al amor tras una cortina de
agua llameante
PARA CUBRIR LA TIERRA CON UN NUEVO ROCÍO.

En el espejo de la música las constelaciones
se miran antes de disiparse,
el espejo se abisma en sí mismo anegado de
claridad hasta anularse en un reflejo,
los espacios fluyen y se despeñan bajo la
mirada del tiempo petrificado,
las presencias son llamas, las llamas son tigres,
los tigres se han vuelto olas,
cascada de transfiguraciones, cascada de
repeticiones, trampas del tiempo:
hay que darle su ración de lumbre a la
naturaleza hambrienta,
hay que agitar la sonaja de las rimas para
engañar al tiempo y despertar al alma,
hay que plantar ojos en la plaza, hay que regar los
parques con risa solar y lunar,
hay que aprender la tonada de Adán, el solo
de la flauta del fémur,
hay que construir sobre este espacio inestable la
casa de la mirada,
la casa de aire y de agua donde la música
duerme, el fuego vela y pinta el poeta.
1.813 1
Meira Delmar

Meira Delmar

César Vallejo

César Vallejo

Alfonso: Estás Mirándome, Lo Veo

Alfonso: estás mirándome, lo veo,
desde el plano implacable donde moran
lineales los siempres, linealeslos jamases
(Esa noche, dormiste, entre tu sueño
y mi sueño, en la rue de Ribouté)
Palpablemente,
tu inolvidable cholo te oye andar
en París, te siente en el teléfono callar
y toca en el alambre a tu último acto
tomar peso, brindar
por la profundidad, por mí, por ti.

Yo todavía
compro «du vin, du lait, comptant les sous»
bajo mi abrigo, para que no me vea mi alma,
bajo mi abrigo aquel, querido Alfonso,
y bajo el rayo simple de la sien compuesta;
yo todavía sufro, y tú, ya no, jamás, hermano!
(Me han dicho que en tus siglos de dolor,
amado sér,
amado estar,
hacías ceros de madera. ¿Es cierto?)

En la «boîte de nuit», donde tocabas tangos,
tocando tu indignada criatura su corazón,
escoltado de ti mismo, llorando
por ti mismo y por tu enorme parecido con tu sombra,
monsieur Fourgat, el patrón, ha envejecido.
¿Decírselo? ¿Contárselo? No más,
Alfonso; eso, ya nó!

El hôtel des Ecoles funciona siempre
y todavía compran mandarinas;
pero yo sufro, como te digo,
dulcemente, recordando
lo que hubimos sufrido ambos, a la muerte de ambos,
en la apertura de la doble tumba,
de esa otra tumba con tu sér,
y de ésta de caoba con tu estar,
sufro, bebiendo un vaso de ti, Silva,
un vaso para ponerse bien, como decíamos,
y después, ya veremos lo que pasa...

Es éste el otro brindis, entre tres,
taciturno, diverso
en vino, en mundo, en vidrio, al que brindábamos
más de una vez al cuerpo
y, menos de una vez, al pensamiento.
Hoy es más diferente todavía;
hoy sufro dulce, amargamente,
bebo tu sangre en cuanto a Cristo el duro,
como tu hueso en cuanto a Cristo el suave,
porque te quiero, dos a dos, Alfonso,
y casi lo podría decir, eternamente.
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Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

El Aleph

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
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