Temas
Poemas en este tema

Tiempo y su Transcurso

César Brañas

César Brañas

Este día cualquiera, de La Sed Innumerable

Hoy, veinte de marzo del año tal,
yo estoy vivo, en mi país, en mi ciudad,
o en qué ciudad no importa. ¡Mañana no!
Sé que lejos laten ríos violentos,
sé que cerca se alzan montes huraños
con un azul de ojos de niño exótico,
que en alguna parte no terminan de tenderse
sin término llanuras, praderas, marismas,
¡ah, el mar, que también existe, más allá!

Es decir, la tierra con su variedad,
con su fortaleza, por soles, nieves ultrajada,
por huracanes, cataclismos, hombres,
y en la noche, naufragada y palpitante,
entre negras sábanas a fornidos dioses entregada,
exhausta.

Y yo vivo en medio de esta procelosa maravilla
y tengo un nombre, un oficio, un deber
y tempestades de deseos, aquí, secretamente,
en la voz ahogada, prisionera.

Y yo respiro, y ando, y caigo, y giro
y vuelvo a ver los árboles sedientos
y los pájaros disparados
en la embriaguez de la música del viento
y estoy inmóvil y absorto y maravillado
de un día más en el pecho ardiendo.

Hoy veinte de marzo
junto a mujeres primaveras indiferentes,
frente a hombres en su quehacer ensañados,
desprovistos de miradas para la tierra
que bajo sus pies pasa y fulgura,
astro menor sin importancia
donde los labios a los labios se juntan,
yo vivo una sola vez, un día innumerable,
ya ido de mis manos,
nunca a mi pecho resarcido,
pero qué más da, si vivo
y la tierra es bella y la vida fluye,
sed en mis arterias locas,
por mí, a través de mí, misteriosa, vagabunda,
en este minuto que acaparo y me traspasa,
hoy, veinte de marzo,
hoy, veinte de marzo, ¡tan lejos de la esperanza!,
en que me doy cuenta, antes de morir.
524
Leonardo Castellani

Leonardo Castellani

El caballo con alas , de Martita Ofelia

El poderoso silencio nos había envuelto de nuevo: ni soplo de viento, ni una hoja. El tiempo estaba tapado de espesos nubarrones. El animal blanco olía soplando la tormenta. Yo no sabía qué decir. El viejo loco se me imponía.
—Pero ¿por qué? —balbucí—. Pero ¿cómo? ¿Y entonces?
Me había puesto en turbación como un fantasma, si era real o irreal el viejo, no lo sé, pero si no era real, yo estaba más loco que él; porque patentemente lo veía a la luz espesa de la tarde fulva leonada.
—Estos tiempos son demasiado para mí —concluí—, ¿por qué tuve que nacer en este tiempo?
Y lo miré; el viejo estaba montado en pelo y yo no lo había visto montar. Las riendas arrastraban por el suelo y él estaba agarrado a la larga cuna; la cual partida pareja en dos parecía en crenchas plumosas mismamente como dos alas. El viejo tardó en contestar:
—Yo estuve —dijo— con Policarpo obispo de Esmirna, que fue un escritor mediocre como vos... bien sabés, que ahora le dicen San Policarpo cada 26 de enero, porque hizo un milagro o dos después de morir, que en realidad lo mataron, pero mucho pior que a vos.
Cuando el obispo andaba por la calle, porque caballo no tenía y auto mucho menos, y veía venir un grupo de gente, y nianquesea un solo gente, salía disparando a los gritos diciendo: "¿Dios mío, en qué tiempo me has hecho nacer?". Y era obispo.
Yo no digo que no sean malos estos tiempos, pero todos los tiempos han sido malos; y si éstos son los piores, se aplica el refrán que dice: por lo más oscuro amanece; porque todos los tiempos están a igual distancia de Dios. Porque tenés que ganarte la vida haciendo copias a máquina con un solo dedo, ya te das por muerto y condenado, y porque no te dejan acabar un libro y otro libro que publicaste nadie le hizo caso, como si el mundo pudiera salvarse con libros, que ya hay demasiao dellos.
¿Y Jesucristo qué hizo? Mesas y arados y después cantares a su manera, a la manera de aquel tiempo. En este tiempo hay máquinas de hacer versos, dicen, así que Jesucristo se ahorra el trabajo; yo los hago a mano. Pero quería decirte esto: a vos en la escuela te enseñaron una punta de macanas acerca deste país, las creíste —y a mí me pasó lo mesmo— y al llegar a la madurez se te vino abajo el techo y hasta las paredes; así que ahora te das el lujo de hacerte el desesperao y el crucificao. No es para tanto.
—Me vas a decir seguro que el hombre puede vivir sin patria ...
—Patria provisoria tenemos ya basta los hombres solos. Solos hay que andar en este tiempo si uno quiere andar mejor. Cuesta al principio, pero se puede. Las langostas andan en mangas; pero el pájaro cantor, solo.
No has conocido tu vocación, querías sacar premios literarios y andar con el gaterío. Ahora ya sabés; y nunca es tarde. ¡Sé más feliz que yo! —y alzó la voz hasta un grito en el gran silencio.
Sin talonear, el caballo dio un brinco hacia la laguna. Di un grito, pero el caballo no se hundía.
Que me caiga muerto aquí mismo si miento, pero mismamente parecía que volaba. Se perdieron atrás del ombú, y yo mirando a ver si salían, en el cielo por un abra (o clarazón que le dicen) vi el lucero de la tarde.
Cuando les conté todo esto con precaución a dos vecinos, no tuve mayor éxito. Tengo que andar solo, porque la mayoría no creen; y los que creen, a lo mejor creen demasiado.
875
Octavio Paz

Octavio Paz

Felicidad en Herat, de Ladera este

Vine aquí
como escribo estas líneas,
sin idea fija:
una mezquita azul y verde,
seis minaretes truncos,
dos o tres tumbas,
memorias de un poeta santo,
los nombres de Timur y su linaje.

Encontré al viento de los cien días.
Todas las noches las cubrió de arena,
acosó mi frente, me quemó los párpados.
La madrugada:
dispersión de pájaros
y ese rumor de agua entre piedras
que son los pasos campesinos.
(Pero el agua sabía a polvo.)
Murmullos en el llano,
apariciones
desapariciones,
ocres torbellinos
insubstanciales como mis pensamientos.
Vueltas y vueltas
en un cuarto de hotel o en las colinas:
la tierra un cementerio de camellos
y en mis cavilaciones siempre
los mismos rostros que se desmoronan.
¿El viento, el señor de las ruinas,
es mi único maestro?
Erosiones:
el menos crece más y más.

En la tumba del santo,
hondo en el árbol seco,
clavé un clavo,
no,
como los otros, contra el mal de ojo:
contra mí mismo.
(Algo dije:
palabras que se lleva el viento.)

Una tarde pactaron las alturas.
Sin cambiar de lugar
caminaron los chopos.
Sol en los azulejos
súbitas primaveras.
En el Jardín de las Señoras
subí a la cúpula turquesa.
Minaretes tatuados de signos:
la escritura cúfica, más allá de la letra,
se volvió transparente.
No tuve la visión sin imágenes,
no vi girar las formas hasta desvanecerse
en claridad inmóvil,
el ser ya sin substancia del sufí.
No bebí plenitud en el vacío
ni vi las treinta y dos señales
del Bodisatva cuerpo de diamante.
Vi un cielo azul y todos los azules,
del blanco al verde
todo el abanico de los álamos
y sobre el pino, más aire que pájaro,
el mirlo blanquinegro.
Vi al mundo reposar en sí mismo.
Vi las apariencias.
Y llame a esa media hora:
Perfección de lo Finito.
502
Vicente Gerbasi

Vicente Gerbasi

Canto V

Lo que siento en mi sangre como un reloj de arena,
cerca de algún retrato, del hilo y del salero;
lo que escucho en mi sangre como un rumor del día,
cuando una mariposa de la noche
viene a besar la sombra de nuestro corazón;
lo que escucho en mi sangre como acordes de luto,
cuando todo se apaga y todo es un ayer,
con rostros, con cenizas y manos en la sombra;
lo que escucho en mi sangre como grano que cae
en la penumbra de los aposentos,
donde el espejo de hundida confidencia
destruye vanamente las máscaras del hombre:
lo que escucho en mi sangre como flautas del sol,
cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia
como en una lejana colina de vendimias;
cuando el pensamiento transforma mis secretos
en abismos de yedras,
y reclino mi frente sobre el vino nocturno;
cuando siento mis pasos en la tierra,
cuando digo: tierra,
y sé que estoy aquí iluminándome,
amándola y oyendo su mandato, que es el existir,
en lo que desciende en secreto hacia mi muerte:
rumor que me sostiene y me dibuja
en mi retrato antiguo,
con un halcón sobre el hombro,
en la penumbra de tus olivares:
marco de la conciencia,
enigma de viejos muros,
caída de la luz en la tristeza,
heno en la tarde, nubes de soledad,
higueras de la noche en forma de esqueletos,
mirada hacia la sombra del jaguar.
No somos habitantes de la luz.
Hay lenguas de tinieblas y signos ardorosos
danzando en torno nuestro.
Se nos cae la mirada en anillos de luto,
en juncales de miedo, en estrellas de plata.
La frente va perdida, como ráfaga fría
por la humedad nocturna de los espantapájaros.
¿Cuando sale de ti mi oscuro andar?
Atrás quedan abismos en que mis ojos caen.
El hombre es de la noche que lo sigue,
sueño que el sol defiende,
paréntesis de incierta maravilla,
imagen que derriba la tiniebla.
Aún mi madre contempla tu retrato
y en su cabello blanco se hace un lejano resplandor.
Aquí en la tierra estoy, aquí en la tierra,
y en tu muerte, disperso en mis sentidos.
Y persisten los ojos, las brasas del peligro.
Y el hábito de andar por los sonidos,
por la humedad, la risa, las tinieblas,
donde las lumbres danzan
como reminiscencias de muertes familiares.
Y todo avanza en mí y todo cae, y todo es un rumor,
un acercarse y amar, y un sufrir por lo amado,
y un llevarlo todo al sueño
y hacer de la tierra un sueño.
Y es lo que viene ardiendo, sonando como un trueno
sobre un niño,
desde tu vida dura, desde tu muerte sola,
tu muerte semejante a una llanura,
donde curva la noche su lentitud de estrellas,
con un rumor de cascos, de piedras, de esqueletos,
con guitarras caídas junto al corazón,
con una copla del diablo,
con el azufre del Tirano Aguirre
danzando en las colinas
y lejanos relámpagos antiguos
en un denso horizonte con sombras de diluvio,
y el viento que resuena sobre el sordo tambor
de la tierra caliente,
del agua del caimán y el venenoso diente.
Padre mío, padre de mi huracán. Y de mi poesía.
784
Santiago Montobbio

Santiago Montobbio

Ese Tácito Rito Que Me He Impuesto

Si el hombre tuviera tiempo de sobras
es posible que hiciera grandes cosas.
Pero tras su espesa piel el tiempo alienta
una sutil maraña de trampas y estrategias;
tras su espesa piel o en su disperso puzzle
ocasionalmente brinda adoquín de besos
para que torpes como somos
nos demos menos cuenta
de que a través de ajedreces, adioses,
inutilidades, esperas y otros juegos
poco a poco y sin saber
se vaya haciendo teoría confirmada
el que la vida nos aplasta
(y esto me gusta decirlo con un verbo que suena
como un saco de patatas).

En el momento en que subo en el ascensor
es una nocturna hora intermedia.
El espejo adivina el alcohol
y parece decir que tengo aire
de guardar alguna historia
perdida por algún lado del abrigo
y también varias posguerras. (Quizá
porque a veces pienso que es probables
que yo hubiera sido más leve o más feliz
en la polvorienta Barcelona de los años cincuenta,
y aunque haya procurado no abusar nunca
mucho de ellas, este tipo de imágenes
siempre me atrayeron con firmeza).
La nostalgia realquilada d emi cara
va a proyectarse ahora en otro espejo,
fien el cumplir ese tácito rito que me he impuesto
y que consiste en observarme como un actor retirado
mientras fumo y bebo a solas
frente a la pica del lavabo.
Y para poblar esta habitual circunstancia
van a cruzarme desamparadas imágenes
hechas con recalentadas infancias,
recuerdos o posturas que me cansaría escribir
pero que si lo hiciera acabarían entercándose
en intentar explicar por qué nuestro amor merece
un lugar señero en la anónima enciclopedia
de las historias ridículas.

Historias que me cansaría escribir,
con las que perdería el tiempo.

Porque todo es pasado —no sé si cierto—,
todo es presente —esta tonta mancha de polvo—
y además aquí, en el lavabo de mi cuarto,
sobre esta ya como ajeno rostro ajado
y con tonadilla de tango
sospecho o sé que no he perdido la vida
(que eso ya sería algo); que no la he perdido, no,
que estúpidamente sólo la voy perdiendo
y que tampoco me produce un especial descanso
el saber que voy a poder dejar por unas horas
mis canosas miserias en suspenso.
387