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Poemas en este tema

Fechas y Celebraciones

Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Año De La Guerra Y Del Nublado

Antes apareció rojo cometa
y sobre España levantó su vuelo,
y una noche sombría por el cielo
le salió a contemplar la gente inquieta;
y entonces anunció el vulgo-profeta,
en confusión y vago desconsuelo,
calamidades tristes que vendrían...
y los sabios entonces se reían.

¡Ay, pero yo jamás! Alcé la frente
y la terrible aparición mirando,
en una piedra me senté llorando,
sin apartar los ojos del Oriente;
y no olvidé la claridad hiriente
de aquel fantasma, aunque con rostro blando
para borrar su imagen importuna,
tras el cometa apareció la luna.

Al año del augurio temeroso
que tan triste os canté cuando nacía,
¿le visteis ya? ¿no os dije que traía
el disco de su frente nebuloso?
¿no os dije que una noche, sin reposo,
gimiendo por el año que moría
sentí en mi corazón pavor extraño
al asomar la luz del nuevo año?

¿No os dije que el espíritu invisible,
que vuela con la sombra en el vacío,
vaga en la noche siempre en torno mío
y habla a mi corazón en voz sensible?
¿No os dije que en su canto, incomprensible
para el alma sin fe del hombre impío,
escuché el porvenir infortunado
del año de la guerra y del nublado?

Yo conozco al dolor. Constante lazo
formado con el hilo de mi vida
tiene conmigo, y siento su venida
al recibirle con estrecho abrazo;
yo le he dado pedazo por pedazo
el alma, y en sus marchas entendida,
si un paso hacia nosotros adelanta
primero que el feliz, siento su planta.

¡Ay, por eso lloré cuando de enero
el sol primero lastimó mis ojos!
Otros alegres sus matices rojos
tomaron por señal de buen agüero.
¡Ay de mi corazón, que fue el primero
para sentir del año los enojos,
sufriendo ya el dolor anticipado
del año de la guerra y del nublado!

Triste nube cubrió la primavera...
¿las flores dónde están? ¡Flores perdidas!,
¡antes para mis ojos tan queridas,
tan olvidadas hoy en la pradera!
Ved si será mi pena verdadera
que las huellas mis plantas homicidas,
y con amarlas tanto y ser tan bellas,
morir las dejo sin dolerme de ellas.

Así también murieron mis venturas,
y no me duelo ya. ¿Qué de las flores?
Por las plantas, Emilio, nunca llores,
llora por el dolor de las criaturas;
a las aves que mueren, sepulturas
abres con simulacros de dolores;
¡ah! ¡que del mundo el padecer no sabes,
cuando también te dueles por las aves!

¿No ves las nubes del oscuro ciclo
crecer y resonar? Alza los ojos.
¡No ves la luna entre vapores rojos
que nueva tempestad anuncia al suelo!
Llora, llora con grande desconsuelo
del irritado Arcángel los enojos,
que a los pueblos, Emilio, ha condenado
al año de la guerra y del nublado.

Por tu inocente boca habla a las gentes,
ora habiten los campos, las ciudades,
y diles que a las nuevas tempestades
preparen ya los ánimos pacientes;
diles que en las alturas eminentes
de las más escondidas soledades
huyan a conjurar el genio airado
del año de la guerra y del nublado.

Vuela, y al labrador de valle en valle
grítale y al pastor: «¡Huid la tormenta;
que ni en la mies ni en la cabaña os halle
del huracán la ráfaga violenta!
Que no aguardéis a que en el aire estalle
ese ardiente vapor que se acrecienta;
porque es mortal el fuego concentrado
del año de la guerra y del nublado».

Y torna hacia el altar donde recemos
la más larga oración que tu memoria
conserve, Emilio, de la santa historia
que de la propia madre ambos sabemos;
y ojalá que estos ruegos que elevemos
los escuche el Señor desde la gloria;
y salve a nuestro pueblo desgraciado
del año de la guerra y del nublado.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Último Día Del Año Y El Primero

EL ÚLTIMO DÍA DEL AÑO Y EL PRIMERO


A mi hermano Pedro



Aquí tienes al anciano

terminando su agonía,

y al niño en el mismo día

empezando su vivir.

Escucha cual suena, hermano,

de ése que viene el gemido

con el adiós confundido

del otro que va a partir.


¿Qué es más triste, la ignorancia

de aquel que busca la vida,

o de otro que perdida

deja la vida, el saber?

¿Qué lloras más, a la infancia

que a padecer se encamina,

o a la vejez que termina,

hermano, su padecer?


Tuvo el año lozanía,

bella fue su primavera,

mas ¿sabes en la pradera

para qué las flores son?

Para hacernos más sombría,

cuando acaba su belleza,

de los campos la tristeza

en la invernal estación.


¿Dudas? ¡ay! estrecha cuenta

hoy al año reclamemos,

y sus penas coloquemos

al lado de su placer.

Ya verás cuál se acrecienta

ancho el cerco de sus males,

y el de sus bienes cabales

cuán estrecho viene a ser.


Tenemos pena cumplida,

ventura sólo aplazada,

con lágrima anticipada

tan antes pagada ya,

que parece que la vida

poscrita al placer tenemos,

y sólo que le soñemos

castigo el dolor nos da.


Tal nos pasa, tal sufrimos,

tal es el mundo presente;

tras nosotros otra gente

más dichosa ha de venir:

que las almas que nacimos

de este siglo entre las guerras,

para cruzar nuestras tierras

en un perpetuo gemir.


Bardos vendrán más contentos

en otra edad venturosa

que la vida hallen hermosa

y canten sólo placer;

mas nosotros, descontentos

de estos tiempos revoltosos,

con los ojos lagrimosos

cantamos el padecer.


Y cuando el año termina

más nuestro duelo se aumenta;

triste el año es que ahuyenta

¿mas cómo el otro será?

Esa aurora que vecina

sigue ya a la noche esta

en alas del sol traspuesta,

¿sabes tú qué luz traerá?


¿Podrán los ojos mirarla

frente a frente sin recelo?

¿Brillará pura en el ciclo?

¿Saldrá envuelta en lobreguez?

¿Vendrá algún astro a eclipsarla,

tanta nube a oscurecerla,

que nunca logremos verla

en completa brillantez?


Allá los sabios que miran

por la noche a los luceros,

en sus cálculos certeros

lo que averiguan dirán;

mas a mí que no me inspiran

profecías las estrellas,

no puedo decir por ellas

lo que los años traerán.


Pero los temo y los lloro,

y entre su noche y su aurora

está para mí la hora

más triste del corazón;

del rudo bronce sonoro

que entrambos años separa,

temblando aguardo la clara

y solemne vibración...


Dos... cuatro... seis... alegría

al que nace saludemos;

ocho... diez... doce... ¡lloremos

al que deja de vivir!

Es del año la agonía

y el nacimiento del año,

la esperanza y desengaño

lo pasado y porvenir.

Ermita de Bótoa, 1847

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Antonio Plaza Llamas

Antonio Plaza Llamas

A Loreto

Feliz el que recuerda al llegar a su cumpleaños,
las horas que vinieron preñadas de placer;
feliz quien no ha sufrido terribles desengaños;
feliz el que no bebe la copa de la hiel.

Feliz el que recoge sin pena en su camino
las flores de la vida que el cielo perfumó;
feliz el que no lucha con bárbaro destino,
feliz el que no pierde, luchando, el corazón.

Feliz el que acaricia la faz de la esperanza;
feliz el que se duerme soñándose feliz:
feliz el que despierto contempla en lontananza
bordados de placeres, brillante porvenir.

Feliz el que transita su ruta de ilusiones,
llevando ante los ojos la venda de la fe;
feliz el que no sabe qué negras decepciones
arrancan esa venda. Feliz el que cree.

¿Eres feliz, Loreto? ¿Iguales y tranquilas
tus horas se desprenden, trayéndote quizá,
ventura tras ventura? ¿O acaso en tus pupilas,
del infortunio sientes las lágrimas temblar?

Yo miro en tu semblante un algo que entristece,
señora, yo adivino que no eres tú feliz:
tal vez una esperanza en tu alma desfallece;
tal vez, una creencia ha muerto para ti.

¿Por qué si Dios te hizo tan buena como hermosa,
tus ojos impregnando con luces del Edén:
por qué permite, dime, que pena silenciosa
tu corazón transita, simpática mujer?

¿Por qué misterio triste tú seno deposita?
¿Por qué te enluta el alma la noche de pesar?
¿Y por qué todos sufren, Loreto, en la maldita
tierra, en la que se vierte de lágrimas raudal?

Nunca hablas de tu pena; pero sé que padeces,
aunque quieras tu alma de mártir esconder.
A mí con tu tristeza, señora, me entristeces,
que yo también padezco al verte padecer.

Feliz si yo pudiera, hermosa infortunada,
derramar en tu herida un bálsamo feliz,
y tus pesares todos leer en tu mirada
y al quitártelos todos, tomarlos para mí.

Feliz fuera, Loreto, si acaso conocieras
cuánto mi pecho apena tu negro padecer,
y como te comprendo también me comprendieras,
que dos infortunados compréndanse muy bien.

Perdona si me atrevo tu pena a recordarte
en la bendita fecha que marca tu natal;
ojalá que pudiera de gloria coronarte,
y a tus pequeñas plantas el goce encadenar.

Coplero sin fortuna, sólo tengo mi lira,
que bárbaro destino de luto la cubrió;
por eso es triste el canto, señora, que me inspira
el afecto que siente por ti mi corazón.

Dios quiera que tranquila resbale tu existencia;
Dios te dé más placeres que goces me dio a mí;
Dios haga que te halaguen con su divina esencia
las flores purpurinas, encanto del abril.

Dios quiera que recuerdes, en cada cumpleaños,
las horas que pasaron preñadas de placer;
Dios quiera que no sufras terribles desengaños;
Dios quiera que no apures... la copa de la hiel.
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