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Poemas en este tema

Vida y Existencia

Blanca Andreu

Blanca Andreu

Cinco Poemas Para Abdicar

Cinco poemas para abdicar,
para que sean un destello terrestre en mi tránsito
mientras el vaivén de mi cuerpo me dote de viejo sueño y tenga un altar
adornado,
mientras mis ojos suspendan la aspersión del líquido
más breve,
abandonen su aire lacustre y la ligereza de la lágrima
cóncava en donde beben grullas
y otras zancudas con pie de bailarina,
mientras mis manos sean hangares en las salina negras para aviones de
turbios vuelos,
mientras el súcubo murciélago diga en mi oído
espuma y diga oscuridad
en las marineras negras.

Cinco poemas para la marcha en el paisaje de sábana de hilo,
un páramo es encaje antepasado,
iniciales bordadas hace ya tres mil días
y alguna mancha de amor.

Cinco poemas como cinco frutos cifrados
o como cinco velas para la travesía:
el primero hacia aquella a la que nadie ve en la vaga velada del lago:
un resquicio de abril para Virginia, porque amó a las mujeres.

El segundo para mi amor:
sé bien que encima de mis heridas busco la alondra de tus heridas,
sé bien que encima de mis heridas una cigüeña pone sus huevos.
Encima de tus heridas las ramas de los nervios se han dormido
y ahora son alas, páginas, oleaje, seres verdes.

Encima de mis heridas yo descubro una tela desventurada y ocre,
rasgada de enemigos,
o una palabra emborrachada por el lacre.
Pero cuando me duerma
ya no te querré.

El tercero para la casa que cae y el álamo vihuela o
jardín bello,
para el ángel que guarda a la lombriz,
para todo lo que es pueril o leve y que clava
submarinos anzuelos en los ojos adultos.
El tercero es para el corazón de la raíz
y para la cerrada tierra de los estambres,
para la lluvia seria de las siestas del norte,
mala como una institutriz.
Dile que no se meta en los salones
y los llene de gafas estrujadas.
Ay, dile que no espante los espejos de mirada niña.

Había tres balcones sangrantes,
había tres balcones como tres heridas incurables del muro,
había tres balcones y siete temblorosos escabeles.
Ay, dile que no asuste las palabras palomas,
que no deje que vayan batiendo un aire usado con alas de cuchillo.
Las palabras apátridas de mi tercer poema
que no me muerdan las mejillas
y las sonatas que yo no toqué nunca, que no cesen,
ni el pequeño cuaderno de Ana Magdalena.
Yo no dije: ¡silencio!,
y ahora el réquiem se teje con seres y desastres
consanguíneos.
Dejadme las hortensias vestidas de pupilas, con traje de mirada,
esa campana vegetal que ya no suena y llora un zumo epílogo,
y las magnolias catalejos,
y aquel sillar tan grande como el siglo más cíclope.
Yo no dije: ¡silencio!
pero me fui bebiendo vino de exilio en la boca de piedra,
bebiendo fermentado líquido migratorio,
los ramos de las tórtolas de agosto y el eco de la casa que se cae.

Veo que no sobrevive el alma alta del muro,
la espuma voladora borracha de gaviotas,
el ángel que cuidaba la cucaracha de uva y la lombriz,
ni ningún pájaro como lágrima póstuma y
celeste,
ni la resina tañendo su ámbar triste,
ni tampoco las malvas, las violentas, las verdes partituras.

El cuarto es para mi amor.
Amor mío,
sé bien que no te escupirá mi sueño y que tu
cuello no será sajado
por el filo último de mi sueño,
que no te insultará el hiriente corazón de mi
sueño,
porque si duermo ya no te querré.
Sé bien que busco encima de mis heridas
el escorpión de oro de tus heridas.
Sé bien que encima de mis heridas sólo habita
la imagen encalada de mi muerte.
Y por eso voy a asesinar
con la virgen cuchilla barbitúrico
la muchedumbre de heroicos locos que entonan para mí la pesadilla y el bostezo,
amor mío, sin asomar por la ventana
fuegos viejos, frescas cenizas,
familias errantes de soles.

Mi amor para la imagen encalada de mi muerte,
para la cal que se come a los niños,
para mi último caballo, oro, sobre asfalto celeste y el
hule astral de abril.
Sé bien que galoparé en negro
porque negro es el color de los sueños,
negras las manos de la intimidad,
y sin espuelas, y sin bridas,
porque las espuelas son el poder, la aberración, estrellas de
tijera y abismo.

El quinto para mi caballo,
para cuando ya estemos sucediendo
como dos estaciones
o dos días iguales.
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Blanca Andreu

Blanca Andreu

Hasta Nosotros La Infancia De Los Metales Raros

Corónate, juventud, de una hoja más aguda.
Saint-John Perse



Hasta nosotros la infancia de los metales raros,

la muchedumbre de la plata que nos pudre en su espuma,

su larga espuma larga como una cinta que naciera en un cuaderno del Bach el Joven

Y viniera a morir aquí,

en las aves que anidan en los discos,

mientras Rainer María ya no es tan joven como en la
página 38,

no es ni siquiera un joven muerto,

un infante difunto sin pavana,

y yo lo sé,

y no desfallecemos,

yo me desmayo,

tú te desvaneces,

él siente un ligero mareo sin llegar a la náusea

escrita o no escrita.

Ay, bostezamos ante tazas de azul de metileno,

aspiramos con aire distante el amoníaco,

nos hastiamos frente al alto sonido del vitriolo,

nos coronamos de veronal,

pues no encontramos hoja más aguda.


Mi hermano busca el cetro de mil alas de Heliogábalo,

aquellos niños prefieren la tiara papal,

y estos pequeños cíclopes enfermos del pulmón

que bajan de autobuses o de la marihuana,

y son hermosos como hermafroditas,

se coronan de cipreses de silos color vino:

no han encontrado un árbol más agudo.

Pero qué más da, el vaivén de sus cuerpos es vano
y terrible,

y en absoluto excesiva la droga seria que se teje en la sangre,

las inyecciones de grave savia,

el hierro y el mercurio en las arterias haciendo de armadura y filtro,

el casco negro y la zarza negra de ningún caballero andante.


Como en mi medieval historia,

cuando ardían las piedras colegiales

para las brechas en la frente

y el cuerpo me dotaba de opio recién nacido,

la hora propia nos confunde,

nos hace himnos o hijos del antiguo caballo mitológico

y de una niña triste con la vena extendida,

de una aguja levantada por nieve increíble,

por amarillo de palomas persas:


hablemos de los caballos padres,

hagamos alusión a los cascos secretos que nos darán la paz

y a las bridas ningunas,

a las futuras crines delicadamente angustiadas,

hablemos de los caballos padres que nos traerán la muerte y de la luna
anfetamina,

hablemos de la vena madre que nos traerá la dicha del fin,

hablemos de la virgen bebida extrema,


no hablemos sino del litoral y las vertientes de la locura que posee a los hombres en
los parques y ordena,


sino del puñalito que coronará la arteria coronaria como diadema suma

con la hoja infantil del metal más raro y más agudo del mundo.

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Alfonsina Storni

Alfonsina Storni

Letanías De La Tierra Muerta

Llegará un día en que la raza humana

Se habrá secado como planta vana,

Y el viejo sol en el espacio sea

Carbón inútil de apagada tea.

Llegará un día en que el enfriado mundo

Será un silencio lúgubre y profundo:

Una gran sombra rodeará la esfera

Donde no volverá la primavera;

La tierra muerta, como un ojo ciego,

Seguirá andando siempre sin sosiego,

Pero en la sombra, a tientas, solitaria,

Sin un canto, ni un ¡ay!, ni una plegaria.

Sola, con sus criaturas preferidas

En el seno cansadas y dormidas.

(Madre que marcha aún con el veneno

de los hijos ya muertos en el seno.)

Ni una ciudad de pie... Ruinas y escombros

Soportará sobre los muertos hombros.

Desde allí arriba, negra la montaña

La mirará con expresión huraña.

Acaso el mar no será más que un duro

Bloque de hielo, como todo oscuro.

Y así, angustiado en su dureza, a solas

Soñará con sus buques y sus olas,

Y pasará los años en acecho

De un solo barco que le surque el pecho.

Y allá, donde la tierra se le aduna,

Ensoñará la playa con la luna,

Y ya nada tendrá más que el deseo,

Pues la luna será otro mausoleo.

En vano querrá el bloque mover bocas

Para tragar los hombres, y las rocas

Oír sobre ellas el horrendo grito

Del náufrago clamando al infinito:

Ya nada quedará; de polo a polo

Lo habrá barrido todo un viento solo:

Voluptuosas moradas de latinos

Y míseros refugios de beduinos;

Oscuras cuevas de los esquimales

Y finas y lujosas catedrales;

Y negros, y amarillos y cobrizos,

Y blancos y malayos y mestizos


Se mirarán entonces bajo tierra

Pidiéndose perdón por tanta guerra.

De las manos tomados, la redonda

Tierra, circundarán en una ronda.

Y gemirán en coro de lamentos:

¡Oh cuántos vanos, torpes sufrimientos!

—La tierra era un jardín lleno de rosas

Y lleno de ciudades primorosas;

—Se recostaban sobre ríos unas,

Otras sobre los bosques y lagunas.

—Entre ellas se tendían finos rieles,

Que eran a modo de esperanzas fieles,

—Y florecía el campo, y todo era

Risueño y fresco como una pradera;

—Y en vez de comprender, puñal en mano

Estábamos, hermano contra hermano;

—Calumniábanse entre ellas las mujeres

Y poblaban el mundo mercaderes;

—Íbamos todos contra el que era bueno

A cargarlo de lodo y de veneno...

—Y ahora, blancos huesos, la redonda

Tierra rodeamos en hermana ronda.

—Y de la humana, nuestra llamarada,

¡Sobre la tierra en pie no queda nada!


* * *

Pero quién sabe si una estatua muda

De pie no quede aún sola y desnuda.

Y así, surcando por las sombras, sea

El último refugio de la idea.

El último refugio de la forma

Que quiso definir de Dios la norma

Y que, aplastada por su sutileza,

Sin entenderla, dio con la belleza.

Y alguna dulce, cariñosa estrella,

Preguntará tal vez: ¿Quién es aquélla?

¿Quién es esa mujer que así se atreve,

Sola, en el mundo muerto que se mueve?

Y la amará por celestial instinto

Hasta que caiga al fin desde su plinto.

Y acaso un día, por piedad sin nombre

Hacia esta pobre tierra y hacia el hombre,

La luz de un sol que viaje pasajero

Vuelva a incendiarla en su fulgor primero,

Y le insinúe: Oh fatigada esfera:

¡Sueña un momento con la primavera!

—Absórbeme un instante: soy el alma

Universal que muda y no se calma...


¡Cómo se moverán bajo la tierra

Aquellos muertos que su seno encierra!


¡Cómo pujando hacia la luz divina

Querrán volar al que los ilumina!

Mas será en vano que los muertos ojos

Pretendan alcanzar los rayos rojos.

¡En vano! ¡En vano!... ¡Demasiado espesas

Serán las capas, ay, sobre sus huesas!...

Amontonados todos y vencidos,

Ya no podrán dejar los viejos nidos,

Y al llamado del astro pasajero,

Ningún hombre podrá gritar: ¡Yo quiero!...

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