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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Poema En Tiempo Vegetal

POEMA EN TIEMPO VEGETAL

A José Clemente Orozco

En este bosque en que los árboles

tienen historia

y se acompañan espaciosos

a tiempo en luz,

a tiempo en sombra,

saqueo al aire los flautines

en que los pájaros devoran

la soledad húmeda y viva

de la raíz y la memoria.


Sonoramente en cuerpo y alma

siento el calor

con que de enérgicas prisiones,

la luz solar se liberó.

Y estoy cantando entre los árboles

y en el follaje de mi voz

pican los pájaros del viento

lentos rincones de sabor.


Entrar a un bosque cuando el día

todo llanura

con braserillos y alfileres

a piernas ricas desanuda,

es desnudar un tronco andante

y echarlo al agua a que se una

con materiales inasibles

de olvido imágenes fortuna.


Entrar a un bosque es adueñarse

de la opulencia

con que la vida en un instante

todas sus márgenes florea,

y da a sentir su cuerpo claro,

hondo a rumores de sorpresa:

la repentina mariposa, la rama antigua que se quiebra,

lo que ceñido y desligado

se toma o deja;

algo que cae y no sabemos

qué fue y en dónde y por qué suena.


Es este bosque en que los árboles

saben hablar

de aquel silencio de obsidiana

que en fuego tuvo pedestal:

joven Cuauhtémoc que algún día

pudo sus rocas alegrar

con los dinámicos enlaces

de este gran bosque patriarcal.


Joven Cuauhtémoc silencioso,

¿qué amanecer o atardecer

fue aquí en la pluma de tu paso

tu atardecer, tu amanecer,

y en los rumores deshilados

de oculta brisa

te suspiraron gigantescos

los ahuehuetes de tu ser?


Joven Cuauhtémoc, este pueblo

de árboles, lleno de vivir,

tierra amarrada con raíces

oculta en ti,

gasta en el sol de su arboleda

tesorería varonil

¿por qué algún día tu persona

ha de volver a estar aquí?


En este bosque en que los árboles

saben callar,

he hablado a solas, he llorado

y hasta mis manos vino a dar

esa hoja que siempre cae

y que es, tal vez, una señal.

Y así en mi pecho empieza a alzarse

entre hojas secas vendaval.


Entrar a un bosque en que los árboles

tienen historia

y se acompañan espaciosos

a tiempo en luz, a tiempo en sombra,

vale como entrar a un huerto

tan lleno de frutos que todo es sombra

y en el que uno pasa sin tocar nada

porque la sed y el hambre habitan siempre

nuestra boca.


¡Cuántas veces el joven Cuauhtémoc

vendrá a este bosque

a soñar con un pueblo saludable,

lleno de justicia y no pobre!

Y cuando se retira se estremece

todo el follaje como un pulmón enorme.

¡Hermosos y fuertes árboles!

Como estos árboles han de ser un día

en México, los hombres.


El hombre árbol sus palabras

ha extendido.

La tierra de marzo abre su entraña,

pronto recibirá la semilla...

El maíz erigirá su vara

y en su talle la mazorca feliz

multiplicará su fécula sacra.

Sitúala en el hecho preciso,

oh tierra que, desnuda, te vestirás con el agua.

Porque, como el maíz y como el árbol

se siembra y sonríe y sombrea,

también, la palabra.

780
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Poema En Tiempo Vegetal

POEMA EN TIEMPO VEGETAL

A José Clemente Orozco

En este bosque en que los árboles

tienen historia

y se acompañan espaciosos

a tiempo en luz,

a tiempo en sombra,

saqueo al aire los flautines

en que los pájaros devoran

la soledad húmeda y viva

de la raíz y la memoria.


Sonoramente en cuerpo y alma

siento el calor

con que de enérgicas prisiones,

la luz solar se liberó.

Y estoy cantando entre los árboles

y en el follaje de mi voz

pican los pájaros del viento

lentos rincones de sabor.


Entrar a un bosque cuando el día

todo llanura

con braserillos y alfileres

a piernas ricas desanuda,

es desnudar un tronco andante

y echarlo al agua a que se una

con materiales inasibles

de olvido imágenes fortuna.


Entrar a un bosque es adueñarse

de la opulencia

con que la vida en un instante

todas sus márgenes florea,

y da a sentir su cuerpo claro,

hondo a rumores de sorpresa:

la repentina mariposa, la rama antigua que se quiebra,

lo que ceñido y desligado

se toma o deja;

algo que cae y no sabemos

qué fue y en dónde y por qué suena.


Es este bosque en que los árboles

saben hablar

de aquel silencio de obsidiana

que en fuego tuvo pedestal:

joven Cuauhtémoc que algún día

pudo sus rocas alegrar

con los dinámicos enlaces

de este gran bosque patriarcal.


Joven Cuauhtémoc silencioso,

¿qué amanecer o atardecer

fue aquí en la pluma de tu paso

tu atardecer, tu amanecer,

y en los rumores deshilados

de oculta brisa

te suspiraron gigantescos

los ahuehuetes de tu ser?


Joven Cuauhtémoc, este pueblo

de árboles, lleno de vivir,

tierra amarrada con raíces

oculta en ti,

gasta en el sol de su arboleda

tesorería varonil

¿por qué algún día tu persona

ha de volver a estar aquí?


En este bosque en que los árboles

saben callar,

he hablado a solas, he llorado

y hasta mis manos vino a dar

esa hoja que siempre cae

y que es, tal vez, una señal.

Y así en mi pecho empieza a alzarse

entre hojas secas vendaval.


Entrar a un bosque en que los árboles

tienen historia

y se acompañan espaciosos

a tiempo en luz, a tiempo en sombra,

vale como entrar a un huerto

tan lleno de frutos que todo es sombra

y en el que uno pasa sin tocar nada

porque la sed y el hambre habitan siempre

nuestra boca.


¡Cuántas veces el joven Cuauhtémoc

vendrá a este bosque

a soñar con un pueblo saludable,

lleno de justicia y no pobre!

Y cuando se retira se estremece

todo el follaje como un pulmón enorme.

¡Hermosos y fuertes árboles!

Como estos árboles han de ser un día

en México, los hombres.


El hombre árbol sus palabras

ha extendido.

La tierra de marzo abre su entraña,

pronto recibirá la semilla...

El maíz erigirá su vara

y en su talle la mazorca feliz

multiplicará su fécula sacra.

Sitúala en el hecho preciso,

oh tierra que, desnuda, te vestirás con el agua.

Porque, como el maíz y como el árbol

se siembra y sonríe y sombrea,

también, la palabra.

780
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Discurso Por Las Flores

Entre todas las flores, señoras y señores,

es el lirio morado la que mas me alucina.

Andando una mañana solo por Palestina,

algo de mi conciencia con morados colores

tomó forma de flor y careció de espinas.


El aire con un pétalo tocaba las colinas

que inaugura la piedra de los alrededores.


Ser flor es ser un poco de colores con brisa.

Sueño de cada flor la mañana revisa

con los dedos mojados y los pómulos duros

de ponerse en la cara la humedad de tos muros,


El reino vegetal es un país lejano

aun cuando nosotros creámoslo a la mano.

Difícil es llegar a esbeltas latitudes;

mejor que doña Brújula, los jóvenes laúdes.

Las palabras con ritmo —camino del poema—

se adhieren a la intacta sospecha de una yema.

Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila.

Cuando a un árbol le doy la rama de mi mano

siento la conexión y lo que se destila

en el alma cuando alguien está junto a un hermano.

Hace poco, en Tabasco, la gran ceiba de Atasta

me entregó cinco rumbos de su existencia. Izó

las más altas banderas que en su memoria vasta

el viento de los siglos inútilmente ajó.


Estar árbol a veces, es quedarse mirando

(sin dejar de crecer) el agua humanidad

y llenarse de pájaros para poder, cantando,

reflejar en las ondas quietud y soledad.


Ser flor es ser un poco de colores con brisa;

la vida de una flor cabe en una sonrisa.

Las orquídeas penumbras mueren de una mirada

mal puesta de los hombres que no saben ver nada.

En los nidos de orquídeas la noche pone un huevo

y al otro día nace color de color nuevo.

La orquídea es una flor de origen submarino.

Una vez a unos hongos, allá por Tepoztlán,

los hallé recordando la historia y el destino

de esas flores que anidan tan distantes del mar.


Cuando el nopal florece hay un ligero aumento

de luz. Por fuerza hidráulica el nopal multiplica

su imagen. Y entre espinas con que se da tormento,

momento colibrí a la flor califica.


El pueblo mexicano tiene dos obsesiones:

el gusto por la muerte y el amor a las flores.

Antes de que nosotros "habláramos castilla"

hubo un día del mes consagrado a la muerte;

había extraña guerra que llamaron florida

y en sangre los altares chorreaban buena suerte.


También el calendario registra un día flor.

Día Xóchitl, Xochipilli se desnudó al amor

de las flores. Sus piernas, sus hombros, sus rodillas

tienen flores. Sus dedos en hueco, tienen flores

frescas a cada hora. En su máscara brilla

la sonrisa profunda de todos los amores.


(Por las calles aún vemos cargadas de alcatraces

a esas jóvenes indias en que Diego Rivera

halló a través de siglos los eternos enlaces

de un pueblo en pie que siembra la misma

primavera).


A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido.

Vive de sangre y flor su recuerdo y su olvido.

(Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda

en mi lecho de piedra de agua clara y redonda).


Si está herido de rosas un jardín, los gorriones

le romperán con vidrio sonoros corazones

de gorriones de vidrio, y el rosal más herido

deshojará una rosa allá por los rincones,

donde los nomeolvides en silencio han sufrido.


Nada nos hiere tanto como hallar una flor

sepultada en las páginas de un libro. La lectura

calla; y en nuestros ojos, lo triste del amor

humedece la flor de una antigua ternura.


(Como ustedes han visto, señoras y señores,

hay tristeza también en esto de las flores).


Claro que en el clarísimo jardín de abril y mayo

todo se ve de frente y nada de soslayo.

Es uno tan jardín entonces que la tierra

mueve gozosamente la negrura que encierra,

y el alma vegetal que hay en la vida humana

crea el cielo y las nubes que inventan la mañana.


Estos mayos y abriles se alargan hasta octubre.

Todo el Valle de México de colores se cubre

y hay en su poesía de otoñal primavera

un largo sentimiento de esperanza que espera.

Siempre por esos días salgo al campo. (Yo siempre

salgo al campo). La lluvia y el hombre como siempre

hacen temblar el campo. Ese último jardín,

en el valle de octubre, tiene un profundo fin.


Yo quisiera decirle otra frase a la orquídea;

esa frase sería una frase lapídea;

mas tengo ya las manos tan silvestres que en vano

saldrían las palabras perfectas de mi mano.


Que la última flor de esta prosa con flores

séala un pensamiento. (De pensar lo que siento

al sentir lo que piensan las flores, los colores

de la cara poética los desvanece el viento

que oculta en jacarandas las palabras mejores).


Quiero que nadie sepa que estoy enamorado.

De esto entienden y escuchan solamente las flores.

A decir me acompañe cualquier lirio morado:

señoras y señores, aquí hemos terminado.

949
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

He Olvidado Mi Nombre

He olvidado mi nombre.
Todo será posible menos llamarse Carlos.
¿Y dónde habrá quedado?
¿En manos de qué algo habrá quedado?
Estoy entre la noche desnudo como un baño
listo y que nadie usa por no ser el primero
en revolver el mármol de un agua tan estricta
que fuera uno a parar en estatua de aseo.

Al olvidar mi nombre siento comodidades
de lluvia en un paraje donde nunca ha llovido.
Una presencia lluvia con paisaje
y un profundo entonar el olvido.

¿Qué hará mi nombre
en dónde habrá quedado?

Siento que un territorio parecido a Tabasco
me lleva entre sus ríos inaugurando bosques,
unos bosques tan jóvenes que da pena escucharlos
deletreando los nombres de los pájaros.

Son ríos que se bañan cuando lo anochecido
de todas las palabras siembra la confusión
y la desnudez del sueño está dormida
sobre los nombres íntimos de lo que fue una flor.

Y yo sin nombre y solo con mi cuerpo sin nombre
llamándole amarillo al azul y amarillo
a lo que nunca puede jamás ser amarillo;
feliz, desconocido de todos los colores.

¿A qué fruto sin árbol le habré dado mi
nombre
con este olvido lívido de tan feliz memoria?
En el Tabasco nuevo de un jaguar despertado
por los antiguos pájaros que enseñaron al día
a ponerse la voz igual que una sortija
de frente y de canto.

Jaguar que está en Tabasco y estrena desnudez
y se queda mirando los trajes de la selva,
con una gran penumbra de pereza y desdén.

Por nacer en Tabasco cubro de cercanías
húmedas y vitales el olvido a mi nombre
y otra vez terrenal y nuevo paraíso
mi cuerpo bien herido toda mi sangre corre.

Correr y ya sin nombre y estrenando hojarasca
de siglos.
Correr feliz, feliz de no reconocerse
al invadir las islas de un viaje arena y tibio.
He perdido mi nombre.
¿En qué jirón de bosque habrá quedado?

¿Qué corazón del río lo tendrá como
un pez,
sano y salvo?

Me matarán de hambre la aurora y el crepúsculo.
Un pan caliente —el Sol— me dará al mediodía.
Yo era siete y setenta y ahora sólo uno,
uno que vale uno de cerca y lejanía.

El bien bañado río todo desnudo y fuerte,
sin nombre de colores ni de cantos.
Defendido del Solo con la hoja de toh.
Todo será posible menos llamarme Carlos.
602
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

He Olvidado Mi Nombre

He olvidado mi nombre.
Todo será posible menos llamarse Carlos.
¿Y dónde habrá quedado?
¿En manos de qué algo habrá quedado?
Estoy entre la noche desnudo como un baño
listo y que nadie usa por no ser el primero
en revolver el mármol de un agua tan estricta
que fuera uno a parar en estatua de aseo.

Al olvidar mi nombre siento comodidades
de lluvia en un paraje donde nunca ha llovido.
Una presencia lluvia con paisaje
y un profundo entonar el olvido.

¿Qué hará mi nombre
en dónde habrá quedado?

Siento que un territorio parecido a Tabasco
me lleva entre sus ríos inaugurando bosques,
unos bosques tan jóvenes que da pena escucharlos
deletreando los nombres de los pájaros.

Son ríos que se bañan cuando lo anochecido
de todas las palabras siembra la confusión
y la desnudez del sueño está dormida
sobre los nombres íntimos de lo que fue una flor.

Y yo sin nombre y solo con mi cuerpo sin nombre
llamándole amarillo al azul y amarillo
a lo que nunca puede jamás ser amarillo;
feliz, desconocido de todos los colores.

¿A qué fruto sin árbol le habré dado mi
nombre
con este olvido lívido de tan feliz memoria?
En el Tabasco nuevo de un jaguar despertado
por los antiguos pájaros que enseñaron al día
a ponerse la voz igual que una sortija
de frente y de canto.

Jaguar que está en Tabasco y estrena desnudez
y se queda mirando los trajes de la selva,
con una gran penumbra de pereza y desdén.

Por nacer en Tabasco cubro de cercanías
húmedas y vitales el olvido a mi nombre
y otra vez terrenal y nuevo paraíso
mi cuerpo bien herido toda mi sangre corre.

Correr y ya sin nombre y estrenando hojarasca
de siglos.
Correr feliz, feliz de no reconocerse
al invadir las islas de un viaje arena y tibio.
He perdido mi nombre.
¿En qué jirón de bosque habrá quedado?

¿Qué corazón del río lo tendrá como
un pez,
sano y salvo?

Me matarán de hambre la aurora y el crepúsculo.
Un pan caliente —el Sol— me dará al mediodía.
Yo era siete y setenta y ahora sólo uno,
uno que vale uno de cerca y lejanía.

El bien bañado río todo desnudo y fuerte,
sin nombre de colores ni de cantos.
Defendido del Solo con la hoja de toh.
Todo será posible menos llamarme Carlos.
602
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Carlos Marzal

Carlos Marzal

Los Países Nocturnos

LOS PAÍSES NOCTURNOS

A Manuel A. Benítez Reyes


Hay una geografía de la mente.

Hay paisajes nocturnos, igual que hay territorios

en donde un sol dichoso se eterniza.

Hay países de sombra que regresan

en el maldito tren de largo recorrido

con parada en nosotros.

Hay un desierto de la inteligencia,

y he navegado océanos sin luz

al fondo de unos ojos

que no tenían fondo.


No es una nueva dimensión del mundo.

El primer hombre ya exploró la tierra

en su vastedad negra; le bastó un instante

de auténtico dolor, para haber fatigado

los trenes, los desiertos, las selvas y los ojos.


Estas desordenadas palabras en la niebla

no pretenden servir, ahora ni nunca,

de acta fundacional de ninguna ciudad.

Estas ciudades han sido desde siempre

y viven en el alma,

alzadas en un aire enrarecido,

callejón neblinoso por donde ya anduvimos,

extrarradio feroz al que nos condenaron.


Explorador sin suerte,

viajero del mundo que has perdido

el Sur y el Norte, y el avión de regreso

hacia una patria un poco más amable.

Hermano equivocado que estuviste

el día equivocado

en el equivocado centro de tu vida,

equivocando el modo de escaparte.


Hay una geografía de la mente.

Hay un teatro donde se representa

nuestro viaje hacia nosotros,

desde nosotros mismos.

Y en la escena final del acto último

hay un barco que se hunde en un hielo brumoso,

mientras en los salones

una orquesta fantasma

acomete un vals para los muertos.



Adivina quién fue invitado a los salones,

adivina quién baila la música fantasma,

y adivina quién

se hundió con ese barco.

571
Carlos Marzal

Carlos Marzal

Pluscuamperfecto De Futuro

Cuando deje las sábanas, mañana,
pensaré que mi sueño de la noche
no ha sido sólo un sueño
y que lo que me aguarda no es la huraña
mañana de mañana.
Acogeré mi cuerpo esperanzado,
como un feliz presagio inmerecido,
y si hay un cuerpo al lado,
será maravilloso descubrirlo,
saber que las monedas que he pagado
(y las monedas con que me ha comprado)
han sido las monedas del amor,
que pagamos con gusto y por el gusto,
locos de amor los dos.
Y amar, esa mañana, extrañamente,
será la redención de nuestros actos
pasados y futuros,
y el hecho del amor, en su presente,
será como la historia sin la historia,
un cuento que contamos con los cuerpos
y que tiene sentido,
lleno de ruido y furia compartidos.
Y si despierto solo,
despertaré contento de estar solo,
por la simple razón de estar conmigo,
que soy el viejo amigo
de algunos buenos ratos que he vivido.
Se inundará la casa con el sol,
y si no hay sol se inundará de gris,
un gris reconfortante, de París,
que es la ciudad que tiene un gris más sol.
Haré mis abluciones matinales
y haré la colación,
y respecto al milagro
de que los alimentos alimenten
haré una reflexión
profunda, sorprendente, que alimente
las estancias del alma y que dé calma
a un alma que ama la contemplación.
Para el resto del día tendré planes
y hasta tendré esperanzas,
que ya es tener bastante un mismo día,
y en un claro derroche de energía
tendré la convicción de que los planes
y hasta las esperanzas
no son la más completa tontería.
Naceré a mi ciudad,
como si fuese la primera vez
que nazco y que la veo,
contento de nacer y de fundar,
igual que un gran viajero, mi ciudad,
quizá un lugar tranquilo junto al mar,
donde esperar consiste en encontrar
una buena razón para esperar
el paso de los días.
Ya la ciudadanía,
que, comúnmente, es una porquería,
una viciosa tropa indiferente,
habré de comprenderla, y, comprendiéndola,
comprenderé toda su indiferencia,
su desprecio, porque tendré conciencia
de que quien más quien menos (y me incluyo)
tiene una innoble historia que contar,
lo cual, si no inocentes,
nos vuelve dignos de algo de piedad.
Seré un huésped del tiempo, un invitado
que aspira a estar contento y al cuidado
de las horas, hasta lograr que el tiempo
sea por fin mi líquido elemento,
y no un andén desierto en que aguardar
trenes de paso hacia ningún lugar,
cansado, el pensamiento, de sentir,
y de pensar, cansado el sentimiento.
Toda la peor vida de la vida,
que a veces es la única que ocurre,
le habrá ocurrido a un yo que no conozco,
un yo que a fuerza de desconocido
convierte en no vivido lo vivido,
y el yo que reconozco, el que comparte
la vida preferida
(ésa que ha estado siempre en otra parte)
sera mi yo más mío.
Y la vida que venga será fácil,
o lo parecerá (que más me da)
será la dulce vida,
y por dulzura y por facilidad
será una eternidad mientras me dura,
aunque sólo me dure un día más.
Por eso, más que un día,
mi día de mañana es el proyecto
de un tiempo por llegar:
es el pluscuamperfecto de futuro.
Ya sólo hay que aprenderlo a conjugar.
762
Carlos Marzal

Carlos Marzal