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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Jerezanas

Jerezanas, paisanas,

institutrices de mi corazón,

buenas mujeres y buenas cristianas...

Os retrató la señora que dijo:

«Cuando busque mi hijo

a su media naranja,

lo mandaré vendado hasta Jerez».

Porque jugando a la gallina ciega

con vosotras, el jugador

atrapa una alma linda y una púdica tez.

Jerezanas,

os debo mis virtudes católicas y humanas,

porque en el otro siglo, en vuestro hogar,

en los ceremoniosos estrados me eduqué,

velándome de amor, como las frentes

se velaban debajo del tupé.

Acababan de irse

la polisión y la crinolina,

pero alcancé las caudalosas colas

que alargan el imán del ave femenina

de las cinturas hasta las consolas.

Así se reveló, por las colas profusas,

mi cordial abundancia,

y también por los moños enormes que en mi infancia

trocaban a las plantas bizantinas

en rodel de palomas capuchinas.

Jerezanas,

genio y figura

del tiempo en que los ávidos pimpollos

teníamos, de pie,

la misma clementísima estatura

que tenía, sentada, nuestra Fe.

Jerezanas,

traslúcidas y beatas dentaduras

en que se filtra el sol, creando en cada boca

las atmósferas claroscuras

en que el Cielo y la Tierra se dan cita

y en que es visitada Bernardita.

Jerezanas,

de quien aprendí a ser generoso,

mirando que la mano anacoreta

era la propia que en la feria anual

aplaudía en el coso

y apostaba columnas de metal

en el escándalo de la ruleta.

Jerezanas,

grito y mueca de azoro

a las tres de la tarde, por el humor del toro

que en la sala se cuela babeando, y está

como un inofensivo calavera

ante la señorita tumbada en el sofá.

Jerezanas,

panes benditos,

por vosotras, el Miércoles de Ceniza, simula

el pueblo una gran frente llena de Jesusitos.

Jerezanas,

abísmase mi ser

en las aguas de la misericordia

al evocar la máquina de coser

que al impulso de vuestra zapatilla,

sobre mi vocación y vuestros linos

enhebraba una bastilla.

Dios quiera que esté salvada

la máquina de acústicos galopes,

por la cual fue mi ayer melódica jornada

y un sobresalto mi vida

ante los pulcros dedos hacendosos

resbalando a la aguja empedernida.

Jerezanas,

he visto el menoscabo

de los bucles que alabo,

de los undosos bucles

que enjugaron sin mofa mis pucheros,

de los bucles rielantes,

cabrilleo lunar, blanco de la llovizna

y trono de los lápices caseros;

he visto revolar la última brizna

de vuestras gracias proverbiales;

he visto deformada vuestra hermosura

por todas las dolencias y por todos los males;

he visto el manicomio en que murmura

vuestra cabeza rota sus delirios;

he visto que os ganáis

el pan con las agujas a la luz del quinqué;

he sido el centinela de vuestros cuatro cirios;

pero ninguna chanza del presente

logra desprestigiaros, porque sois el tupé,

los moños capuchinos y la gruta de Lourdes

de la boca indulgente.

*

Jerezanas,

colibríes de tápalo y quitasol,

que vagabundas en la gloria matutina

paraban junto a mis rejas,

por espiar la joyante canción de mi madrina

rememorando a Serafín Bemol:

«Si soy la causa de lo que escucho,

amigo mío, lo siento mucho...»

Jerezanas,

a cuyos rostros que nimbaba el denso

vapor estimulante de la sopa,

el comensal airado y desairado

disparaba el suspiro a quemarropa.

Jerezanas,

que al cumplir con la ley

de la anual comunión, miráis a la primera

golondrina de marzo en la Casa del Rey

de los Reyes; la párvula golondrina que entró

a enseñarnos su pecho de mamey.

Jerezanas,

cuyo heroico destino

desemboca en la iglesia y lucha con el vino,

vistiendo santos

o desvistiendo ebrios, con la misma

caridad de los cantos

que os hinchan las arterias en el cuello.

Jerezanas,

briosas cual el galope que me llenó de espantos

al veros devorar la llanura y el río

sobre el raudo señorío

del albardón de las abuelas;

erguidas como la araucaria,

y débiles como el futuro

de un huevecillo de canaria.

Jerezanas,

cuando el sol vespertino amorate

vuestros vidrios, y os heléis

en el diario silencio del inútil combate,

tomad las flechas de mi vida

como hilas del pañuelo de un hermano

para curar vuestra herida

según la vieja usanza,

y para abrigar el nido

del pájaro consentido.

Jerezanas,

yo aspiro a ser el casto reyezuelo

de los días en que os sentí

probadas por el Cielo

Marchitas, locas o muertas,

sois las ondas del manantial

que ondula arriba de lo temporal,

y en el eterno friso de mi alma

cada paisana mía se eslabona

como la letra de la Virgen:

encima de una nube y con una corona.


526
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Jerezanas

Jerezanas, paisanas,

institutrices de mi corazón,

buenas mujeres y buenas cristianas...

Os retrató la señora que dijo:

«Cuando busque mi hijo

a su media naranja,

lo mandaré vendado hasta Jerez».

Porque jugando a la gallina ciega

con vosotras, el jugador

atrapa una alma linda y una púdica tez.

Jerezanas,

os debo mis virtudes católicas y humanas,

porque en el otro siglo, en vuestro hogar,

en los ceremoniosos estrados me eduqué,

velándome de amor, como las frentes

se velaban debajo del tupé.

Acababan de irse

la polisión y la crinolina,

pero alcancé las caudalosas colas

que alargan el imán del ave femenina

de las cinturas hasta las consolas.

Así se reveló, por las colas profusas,

mi cordial abundancia,

y también por los moños enormes que en mi infancia

trocaban a las plantas bizantinas

en rodel de palomas capuchinas.

Jerezanas,

genio y figura

del tiempo en que los ávidos pimpollos

teníamos, de pie,

la misma clementísima estatura

que tenía, sentada, nuestra Fe.

Jerezanas,

traslúcidas y beatas dentaduras

en que se filtra el sol, creando en cada boca

las atmósferas claroscuras

en que el Cielo y la Tierra se dan cita

y en que es visitada Bernardita.

Jerezanas,

de quien aprendí a ser generoso,

mirando que la mano anacoreta

era la propia que en la feria anual

aplaudía en el coso

y apostaba columnas de metal

en el escándalo de la ruleta.

Jerezanas,

grito y mueca de azoro

a las tres de la tarde, por el humor del toro

que en la sala se cuela babeando, y está

como un inofensivo calavera

ante la señorita tumbada en el sofá.

Jerezanas,

panes benditos,

por vosotras, el Miércoles de Ceniza, simula

el pueblo una gran frente llena de Jesusitos.

Jerezanas,

abísmase mi ser

en las aguas de la misericordia

al evocar la máquina de coser

que al impulso de vuestra zapatilla,

sobre mi vocación y vuestros linos

enhebraba una bastilla.

Dios quiera que esté salvada

la máquina de acústicos galopes,

por la cual fue mi ayer melódica jornada

y un sobresalto mi vida

ante los pulcros dedos hacendosos

resbalando a la aguja empedernida.

Jerezanas,

he visto el menoscabo

de los bucles que alabo,

de los undosos bucles

que enjugaron sin mofa mis pucheros,

de los bucles rielantes,

cabrilleo lunar, blanco de la llovizna

y trono de los lápices caseros;

he visto revolar la última brizna

de vuestras gracias proverbiales;

he visto deformada vuestra hermosura

por todas las dolencias y por todos los males;

he visto el manicomio en que murmura

vuestra cabeza rota sus delirios;

he visto que os ganáis

el pan con las agujas a la luz del quinqué;

he sido el centinela de vuestros cuatro cirios;

pero ninguna chanza del presente

logra desprestigiaros, porque sois el tupé,

los moños capuchinos y la gruta de Lourdes

de la boca indulgente.

*

Jerezanas,

colibríes de tápalo y quitasol,

que vagabundas en la gloria matutina

paraban junto a mis rejas,

por espiar la joyante canción de mi madrina

rememorando a Serafín Bemol:

«Si soy la causa de lo que escucho,

amigo mío, lo siento mucho...»

Jerezanas,

a cuyos rostros que nimbaba el denso

vapor estimulante de la sopa,

el comensal airado y desairado

disparaba el suspiro a quemarropa.

Jerezanas,

que al cumplir con la ley

de la anual comunión, miráis a la primera

golondrina de marzo en la Casa del Rey

de los Reyes; la párvula golondrina que entró

a enseñarnos su pecho de mamey.

Jerezanas,

cuyo heroico destino

desemboca en la iglesia y lucha con el vino,

vistiendo santos

o desvistiendo ebrios, con la misma

caridad de los cantos

que os hinchan las arterias en el cuello.

Jerezanas,

briosas cual el galope que me llenó de espantos

al veros devorar la llanura y el río

sobre el raudo señorío

del albardón de las abuelas;

erguidas como la araucaria,

y débiles como el futuro

de un huevecillo de canaria.

Jerezanas,

cuando el sol vespertino amorate

vuestros vidrios, y os heléis

en el diario silencio del inútil combate,

tomad las flechas de mi vida

como hilas del pañuelo de un hermano

para curar vuestra herida

según la vieja usanza,

y para abrigar el nido

del pájaro consentido.

Jerezanas,

yo aspiro a ser el casto reyezuelo

de los días en que os sentí

probadas por el Cielo

Marchitas, locas o muertas,

sois las ondas del manantial

que ondula arriba de lo temporal,

y en el eterno friso de mi alma

cada paisana mía se eslabona

como la letra de la Virgen:

encima de una nube y con una corona.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Las Desterradas

LAS DESTERRADAS


A Rafael Pimentel


Ya la provincia toda

reconcentra a sus sanas hijas en las caducas

avenidas, y Rut y Rebeca proclaman

la novedad campestre de sus nucas.

Las pobres desterradas

de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis,

aroman la Metrópoli como granos de anís.

La parvada maltrecha

de alondras, cae aquí con el esfuerzo

fragante de las gotas de un arbusto

batido por el cierzo.

Improvisan su tienda

para medir, cuadrantes pesarosos,

la ruina de su paz y de su hacienda.

Ellas, las que soñaban

perdidas en los vastos aposentos,

duermen en hospedajes avarientos.

Propietarios de huertos y de huertas copiosas,

regatean las frutas y las rosas.

Con sus modas pasadas

y sus luengos zarcillos

y su mirar somero,

inmútanse a los brillos

de los escaparates de un joyero.

Y después, a evocar la sandía tropa

de pavos, y su susto manifiesto

cuando bajaban por aquel recuesto...

¡Oh siestas regalonas,

melindre ante la jícara que humea,

soponcio ante la recua intempestiva

que tumba las macetas de las pardas casonas;

lotería de nueces,

y Tenorio que flecha el historiado

postigo de las rejas antañonas!

Paso junto a las lentas fugitivas: no saben

en su desgarbo airoso y en su activo quietismo,

la derretida y pura

compensación que logra su ostracismo

sobre mi pecho, para ellas holgadamente

hospitalario, aprensivo y munificente.

Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas,

como si a mí viniese

la lúcida familia de las hadas,

porque oléis al opíparo destino

y al exaltado fuero

de los calabazates que sazona

el resol del Adviento, en la cornisa

recoleta y poltrona.


512
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Las Desterradas

LAS DESTERRADAS


A Rafael Pimentel


Ya la provincia toda

reconcentra a sus sanas hijas en las caducas

avenidas, y Rut y Rebeca proclaman

la novedad campestre de sus nucas.

Las pobres desterradas

de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis,

aroman la Metrópoli como granos de anís.

La parvada maltrecha

de alondras, cae aquí con el esfuerzo

fragante de las gotas de un arbusto

batido por el cierzo.

Improvisan su tienda

para medir, cuadrantes pesarosos,

la ruina de su paz y de su hacienda.

Ellas, las que soñaban

perdidas en los vastos aposentos,

duermen en hospedajes avarientos.

Propietarios de huertos y de huertas copiosas,

regatean las frutas y las rosas.

Con sus modas pasadas

y sus luengos zarcillos

y su mirar somero,

inmútanse a los brillos

de los escaparates de un joyero.

Y después, a evocar la sandía tropa

de pavos, y su susto manifiesto

cuando bajaban por aquel recuesto...

¡Oh siestas regalonas,

melindre ante la jícara que humea,

soponcio ante la recua intempestiva

que tumba las macetas de las pardas casonas;

lotería de nueces,

y Tenorio que flecha el historiado

postigo de las rejas antañonas!

Paso junto a las lentas fugitivas: no saben

en su desgarbo airoso y en su activo quietismo,

la derretida y pura

compensación que logra su ostracismo

sobre mi pecho, para ellas holgadamente

hospitalario, aprensivo y munificente.

Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas,

como si a mí viniese

la lúcida familia de las hadas,

porque oléis al opíparo destino

y al exaltado fuero

de los calabazates que sazona

el resol del Adviento, en la cornisa

recoleta y poltrona.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Viaje Al Terruño

VIAJE AL TERRUÑO



A Enrique Fernández Ledesma.


INVITACIÓN

De tu magnífico traje

recogeré la basquiña

cuando te llegues, o niña,

al estribo del carruaje.

Esperando para el viaje

la tarde tiene desmayos

y de sus últimos rayos

la luz mortecina ondea

en la lujosa librea

de los corteses lacayos.

No temas: por los senderos

polvosos y desolados,

te velarán mis cuidados,

galantes palafreneros.

Y cuando con mil luceros

en opulento derroche

se venga encima la noche,

obsequiará tus oídos

con sus monótonos ruidos

La serenata del coche.
EN CAMINO

Al fin te ve mi fortuna

ir, a mi abrigo amoroso,

al buen terruño oloroso

en que se meció tu cuna.

Los fulgores de la luna,

desteñidos oropeles,

se cuajan en tus broqueles

y van por la senda larga,

orgullosos de su carga,

los incansables corceles.

De la noche en el arcano

llega al éxtasis la mente

si beso devotamente

los pétalos de tu mano.

En la blancura del llano

una fantasía rara

las lagunas comparara,

azuladas y tranquilas,

con tus azules pupilas

en la nieve de tu cara.

La aurora su lumbre viva

manda al cárdeno celaje

y al empolvado carruaje

un rayo de luz furtiva.

Surge la ciudad nativa:

en sus lindes, un bohío

parece ver que del río

el cristal rompen las ruedas,

y entre mudas alamedas

se recata el caserío.

Como níveo relicario

que ocultan los naranjales,

del coche por los cristales

¿no distingues el Santuario?

Del esbelto campanario

salen y rayan los cielos

las palomas con sus vuelos,

cual si las torres, mi vida,

te dieran la bienvenida

agitando sus pañuelos.
LLEGADA

Por las tapias la verdura

del jazmín cuelga a la calle,

y respira todo el valle

melancólica ternura.

Aromarán la frescura

de tus carrillos sedeños

los jardines lugareños,

y en las azules mañanas

llegarán a tus ventanas,

en enjambre, los ensueños.

Escucharás, amor mío,

girando en eterna danza

la interminable romanza

de las hojas... Y en el frío

mes de diciembre sombrío,

en el patriarcal sosiego

del hogar, mi dulce ruego

ha de loar tu belleza

cabe la muda tristeza

del caserón solariego.

Esparcirán sus olores

las pudibundas violetas

y habrá sobre tus macetas

las mismas humildes flores:

la misma charla de amores

que su diálogo desgrana

en la discreta ventana,

y siempre llamando a misa

el bronce, loco de risa,

de la traviesa campana.

A tus plácidos hogares

irán las venturas viejas

como vienen las abejas

a buscar los colmenares.

Y mi cariño en tus lares

verás cómo se acurruca

libre de pompa caduca,

al estrecharte mi abrazo

en el materno regazo

de la aromosa tierruca.


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