Naturaleza y Elementos
Julián del Casal
En El Mar
Y las rojas banderas desplegadas,
Cruza el barco las ondas azuladas,
Dejando atrás fosforescente estela.
El Sol, como lumínica rodela,
Aparece entre nubes nacaradas,
Y el pez, bajo las ondas sosegadas,
Como flecha de plata raudo vuela.
¿Volveré? ¡Quién lo sabe! Me acompaña
Por el largo sendero recorrido
La muda soledad del frío polo.
¿Qué me importa vivir en tierra extraña
O en la patria infeliz en que he nacido
Si en cualquier parte he de encontrarme solo?
Julián del Casal
Vespertino
Montes alzados entre brumas grises,
Parpadea el lucero de la tarde
Cual la pupila de doliente virgen
En la hora final. El firmamento
Que se despoja de brillantes tintes
Aseméjase a un ópalo grandioso
Engastado en los negros arrecifes
De la playa desierta. Hasta la arena
Se va poniendo negra. La onda gime
Por la muerte del Sol y se adormece
Lanzando al viento sus clamores tristes.
Julián del Casal
Vespertino
Montes alzados entre brumas grises,
Parpadea el lucero de la tarde
Cual la pupila de doliente virgen
En la hora final. El firmamento
Que se despoja de brillantes tintes
Aseméjase a un ópalo grandioso
Engastado en los negros arrecifes
De la playa desierta. Hasta la arena
Se va poniendo negra. La onda gime
Por la muerte del Sol y se adormece
Lanzando al viento sus clamores tristes.
Julián del Casal
El Sueño En El Desierto
Ata su blanca yegua enflaquecida
Al fuerte tronco de gigante planta.
Y, tregua dando a su mortal fatiga,
Cae en el lecho de tostada arena
Donde la luz reverberar se mira;
Sueña en los verdes campos anchurosos
En que se eleva la gallarda espiga
Dorada por el Sol resplandeciente;
En la plácida fuente cristalina
Que le apaga la sed abrasadora;
En la tribu que forma su familia;
En el lejano oasis misterioso
Cuya frescura a descansar convida;
Y en el harén, poblado de mujeres
Bellas como la luz del mediodía,
Que entre nubes de aromas enervantes,
Prodigan al sultán dulces caricias.
Julián del Casal
El Anhelo De Una Rosa
A Manuel de la Cruz
Yo era la rosa que, en el prado ameno,
Abrí mi cáliz de encendida grana,
Donde vertió sus perlas la mañana,
Como en un cofre de perfumes lleno.
Del lago azul en el cristal sereno
Vi mi corola retratarse ufana,
Como ante fina luna veneciana
Ve una hermosura su marmóreo seno.
Teniendo que morir, porque el destino
Hizo que breve mi existencia fuera,
Arrojándome al polvo del camino;
Anhelo estar en mi hora postrimera,
Prendida en algún seno alabastrino
O en los rizos de oscura cabellera.
Jaime Torres Bodet
Nocturno
del firmamento claro todavía,
la estrofa de silencio de este día
en que tu voz, por tácita, descuella.
Desde el alba lo azul te prometía,
última gota en ignición tan bella
que sólo ardiendo como el lacre sella
y sólo sella al tiempo que se enfría.
Ser el adiós ue un cielo sin querella
igual que tú mi espíritu quería
y que, como tu luz, la Poesía
cristalizara en mí diáfana estrella,
más transparente cuanto más sombría
fuese la oscuridad en torno de ella.
Jaime Torres Bodet
Nocturno
del firmamento claro todavía,
la estrofa de silencio de este día
en que tu voz, por tácita, descuella.
Desde el alba lo azul te prometía,
última gota en ignición tan bella
que sólo ardiendo como el lacre sella
y sólo sella al tiempo que se enfría.
Ser el adiós ue un cielo sin querella
igual que tú mi espíritu quería
y que, como tu luz, la Poesía
cristalizara en mí diáfana estrella,
más transparente cuanto más sombría
fuese la oscuridad en torno de ella.
Jaime Torres Bodet
Octubre
con las cimas del huerto, ésas distantes
del pensamiento a cuyas frondas fío
la sombra de mis últimos instantes.
Corazón y jardín tuvieron, antes,
cada cual a su modo, su albedrío;
pero deseos y hojas tan brillantes
necesitaban, para arder, tu frío.
Aterido el vergel, desierta el alma,
más luz entre los troncos que despojas
a cada instante, envejeciendo, veo.
Y en el cielo ulterior, de nuevo en calma,
cuando terminen de caer las hojas
miraré, al fin desnudo, mi deseo.
Jaime Torres Bodet
Abril
Esperando la mano de nieve...
BÉCQUER
¿En dónde? ¿En qué lugar
secreto del invierno
está oculto el botón
mecánico, la rosa,
el vals o la mujer
que un dedo sin esfuerzo
debería tocar
para ponerte en marcha,
automático abril
de un año descompuesto?
Lo siento. Estás ya aquí,
junto a mi pensamiento,
como sobre el cristal
de una ventana oscura
la exigencia sin voz
de un aletazo terco.
Pero, si salgo a abrir,
lo único que encuentro
es la noche, otra vez:
la noche y el silencio.
¿Palabras? ¿Para qué?
En ellas, por momentos,
creo tocarte al fin,
abril... Pero las digo
raíz, pájaro, luz
y me contesta el viento:
invierno; invierno el sol,
y soledad los ecos.
Libros de viaje busco.
Mapas de amor despliego.
A rostros de mujeres
que hace tiempo murieron,
en retratos y en cartas
pregunto cómo eras;
qué nubes o qué alondras
fueron, en otros puertos,
de tu regreso eterno
crédulos mensajeros.
Pero nadie te ha visto
llegar, abril. A nadie
puedo pedir consejo
para esperarte. Nadie
conoce tus andenes,
sino acaso este ciego
que pugna por hallar
a tientas, en mis versos,
el secreto botón
que pone en marcha al mundo
cuando vacila el sol
y dudan los inviernos...
Jaime Torres Bodet
La Doble
como de día morena.
Cambiaba, a cada momento
de color y de tristeza,
y en jugar a los reflejos
se le iba la existencia,
como el niño que, en el mar,
quiere pescar una estrella
y no la puede tocar
porque su mano la quiebra.
De noche, cuando cantaba,
olía su cabellera
a luz, como un despertar
de pájaros en la selva,
y si cantaba en el sol
se hacía su voz tan lenta,
tan íntima, tan opaca,
que apenas iluminaba
el sitio que, entre la yerba,
alumbra al amanecer
el brillo de una luciérnaga.
¡Era de noche tan rubia
y de día tan morena!
Suspiraba sin razón
en lo mejor de las fiestas
y, puesta frente a la dicha,
se equivocaba de puerta.
No se atrevía a escoger
entre el oro de la mies
y el oro de la hoja seca,
y tal vez por eso no
supe jamás entenderla,
porque de noche era rubia
y de mañana morena...
Jaime Torres Bodet
La Doble
como de día morena.
Cambiaba, a cada momento
de color y de tristeza,
y en jugar a los reflejos
se le iba la existencia,
como el niño que, en el mar,
quiere pescar una estrella
y no la puede tocar
porque su mano la quiebra.
De noche, cuando cantaba,
olía su cabellera
a luz, como un despertar
de pájaros en la selva,
y si cantaba en el sol
se hacía su voz tan lenta,
tan íntima, tan opaca,
que apenas iluminaba
el sitio que, entre la yerba,
alumbra al amanecer
el brillo de una luciérnaga.
¡Era de noche tan rubia
y de día tan morena!
Suspiraba sin razón
en lo mejor de las fiestas
y, puesta frente a la dicha,
se equivocaba de puerta.
No se atrevía a escoger
entre el oro de la mies
y el oro de la hoja seca,
y tal vez por eso no
supe jamás entenderla,
porque de noche era rubia
y de mañana morena...
Jaime Torres Bodet
En Abril Ambición
Tuve una novia... ¡me parece que fue en abril!
RICARDO ARENALES
Ambición
I
Dame, Señor, la fuerza de un pétalo de rosa
capaz de sostener el perfume de un bosque...
II
Nada más, Poesía:
la más alta clemencia
está en la flor sombría
que da toda su esencia.
No busques otra cosa.
Corta, abrevia, resume,
¡No quieras que la rosa
dé más que su perfume!
Jaime Torres Bodet
Río
¡Agua en tus ojos claros!
Caer ¡subir! en lo azul
transparente, casi blanco.
Cielo en el río del alba
mi amor en tus ojos vagos
oh, naufragar,
¡ascender!
¡siempre más hondo!
¡Más alto!
...Río en el amanecer...
Jaime Torres Bodet
Río
¡Agua en tus ojos claros!
Caer ¡subir! en lo azul
transparente, casi blanco.
Cielo en el río del alba
mi amor en tus ojos vagos
oh, naufragar,
¡ascender!
¡siempre más hondo!
¡Más alto!
...Río en el amanecer...
Jaime Torres Bodet
Agosto
el canto fresco del río;
el viento lo ha dicho al bosque
y el bosque al viento y al río...
Va a llover... Crujen las ramas
y huele a sombra en los pinos...
Naufraga en verde el paisaje...
Pasan pájaros perdidos...
¡Qué solo te quedas tú
pobre corazón sin nido!
Jaime Torres Bodet
Agosto
el canto fresco del río;
el viento lo ha dicho al bosque
y el bosque al viento y al río...
Va a llover... Crujen las ramas
y huele a sombra en los pinos...
Naufraga en verde el paisaje...
Pasan pájaros perdidos...
¡Qué solo te quedas tú
pobre corazón sin nido!
Jaime Torres Bodet
Música Oculta
tanta flor oculta,
parece olorosa
la luz de la luna.
Como el cielo tiene
tanta estrella oculta
parece que brilla
la noche de luna.
Como el alma tiene
su música oculta,
parece que el alma
llora con la luna!...
Jaime Torres Bodet
Música Oculta
tanta flor oculta,
parece olorosa
la luz de la luna.
Como el cielo tiene
tanta estrella oculta
parece que brilla
la noche de luna.
Como el alma tiene
su música oculta,
parece que el alma
llora con la luna!...
Jaime Torres Bodet
La Primavera De La Aldea
bajó esta tarde a la ciudad,
con su cara de niña fea
y su vestido de percal.
Traía nidos en las manos
y le cantaba el corazón
como en los últimos manzanos
el trino del primer gorrión.
Tenía, como los duraznos,
de nieve y rosa hecha la piel
y sobre el lomo de los asnos
llevaba su panal de miel.
A la ciudad, la primavera
trajo del campo un suave olor
en las tinas de la lechera
y los jarros del aguador...
Jaime Torres Bodet
La Primavera De La Aldea
bajó esta tarde a la ciudad,
con su cara de niña fea
y su vestido de percal.
Traía nidos en las manos
y le cantaba el corazón
como en los últimos manzanos
el trino del primer gorrión.
Tenía, como los duraznos,
de nieve y rosa hecha la piel
y sobre el lomo de los asnos
llevaba su panal de miel.
A la ciudad, la primavera
trajo del campo un suave olor
en las tinas de la lechera
y los jarros del aguador...
Jaime Sabines
Tu Nombre
Trato de decir a oscuras todo esto. No quiero que nadie se entere, que
nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro
de la estancia, loco, lleno de ti, enamorado. Iluminado, ciego, lleno de
ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche,
lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo,
lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer.
Jaime Sabines
Me Encanta Dios
A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos
rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque
es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o
Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien.
Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez
grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña,
que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para
que la vida no tú ni yo la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang...
Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente
o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye
bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón
y travieso que el otro día descubrí que ha hecho frente
al ataque de los antibióticos ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos
de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera
increíble.
Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando
pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas,
caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres.
Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia y se agita y crece cuando
Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis
padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos,
la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más
antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce,
la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.