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Poemas en este tema

Naturaleza y Elementos

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Cuatro Cantos En Mi Tierra

I


Tabasco en sangre madura

y en mi su poder sangró.

Agua y tierra el sol se jura;

y en nubarrón de espesura

la joven tierra surgió.


Tus hidrógenos caminos

a toda voz transité

y en tu oxígeno silbé

mis pulmones campesinos.


A puños sembré mi vida

de tu fuerza vendaval

que azúcar cañaveral

espolvorea en la huida.


El tiempo total verdea

y el espacio quema y brilla.

El agua mete la quilla

y de monte a mar sondea.


Pedacería de espejo.

La selva, encerrada, ulula.

Casi por cada reflejo

pájaro que se modula.


Más agua que tierra. Aguaje

para prolongar la sed.

La tierra vive a merced

del agua que suba o baje.


Cuando la selva repasa

su abecedario animal

relámpago vertebral

de caoba a cedro pasa.


Flota de isletas fluviales

varó en flor la soledad.

Son de todo eternidad

y de nada temporales.


El mediodía tajado

de algún fruto tropical

tiene un sabor de cristal

sonoramente mojado.


Hay en la noche un instante

de vida, que si durara,

húmeda la muerte alzara

cual un terrible diamante.


Y a veces en la ribera

es tan fina la mañana

que la sonrisa primera

todo el día nos hermana.


Tiempo de Tabasco; en hondo

suspiro te gozo así.

Contigo, cerca de mí

tiempo de morir escondo.


Arde en Tabasco la vida

de tal suerte, que la muerte

vive por morir hendida,

de un gran hachazo de vida

que da, sin querer, la suerte.
II


La ceiba es un árbol gris

de gigantesca figura.

Se ve su musculatura

medio manchada de gis.


Es el árbol que hace todo;

yo lo he visto trabajar

y en la tarde modelar

sus pajaritos de lodo.


Ceiba desnuda y campal

cuya fuerza liberó

bosque y cielo y estrenó

su claro de matorral.


En desnudo pugilato

parece que así despejas

el campo y que le aconsejas

a todo árbol buen recato.


Navegando por el río,

súbitamente apareces.

Te he visto así, tantas veces,

y el asombro es siempre mío.


Cuando en el atardecer

todo Tabasco decrece

y el aire en los cielos mece

lo que ya no pudo ser,

con qué bárbara grandeza

das la razón al paisaje

que con oscura certeza

se adueñó de algún celaje

con que así la noche empieza.


Ceiba te dije y te digo:

colgaré mí corazón

de un retoño de tu abrigo;

tendrá su sangre contigo

altura y vegetación.
III


Una laguna que llega

y una laguna que va.

Si la luz de frente anega

o la luz de lado da

el jacintal que congrega

su poesía despliega

que en mi voz cintilará.


Hay más laguna que luna

en la noche que es tan clara.

Semeja que el cielo usara

luz modal de la laguna.

Hay más laguna que luna.


Tiempo lagunar que cabe

para siempre en nuestra vida.

Que no se cierre la herida

que por su boca se sabe

la llegada y la partida.


Estábamos la laguna

y yo.

Como esa noche...

Con más laguna que luna

la noche se desnudó.

Sudor de intemperie humana

que el aire sutil saló

y en su humedad levantó

flor lujuria rusticana.


Tu adolescencia suspira

junto a mi pecho velludo.

El tiempo es tiempo desnudo

y su largo cuerpo estira.


Si por besarte viví

con más laguna que luna,

fue más luna que bebí

que el agua de la laguna

que a raya en cielos tendí.


Como esa noche...
IV


El agua es laguna o río.

Un espejo se quebró.

Por todos lados miró

la desnudez del estío.


Con el agua a la rodilla

vive Tabasco. Así dama

de abril a octubre la flama

que hace callar toda arcilla.


Si por boca de la selva

largó la verdad su grito,

miente el silencio infinito

del agua que el agua envuelva.


Llueve lejos, por la sierra.

Llueve a tambor y clarín.

Toro del agua, festín

corre por toda la tierra.


Joven terrón cuaternario,

por tu cuerpo de aluvión

sangra el verde corazón

de tu enorme pecho agrario.


Lo que muere y lo que vive

junto al agua vive y muere.

Si en lluvia el cielo así quiere

moje su noche en aljibe.


Más agua que tierra. Aguaje

para prolongar la sed.

La tierra vive a merced

del agua que suba o baje.


Brillan los laguneríos;

en la tarde tropical

actitud de garza real

torna el aire de los ríos.


La noche en lluvia y batracio

retiñe el nocturno verde

y al otro día se muerde

verde el verde del espacio.


Agua de Tabasco vengo

y agua de Tabasco voy.

De agua hermosa es mi abolengo;

y es por eso que aquí estoy

dichoso con lo que tengo.

Villahermosa, Tabasco, 1943.

924
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Nocturno Del Mar Amor

Volver a decir: ¡el mar!
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.

Lo que con sólo pensar
la dulce lengua salé
y al callar
cárcel de espumas sellé.

Noche de naves ancló
y en mi corazón caí.
Lo que desapareció,
ya está aquí.

Vivía un reflejo verde
que enrollaba el agua oscura.
Yo sé que el amor se pierde
junto a la noche más pura.

¡Ay de mi vida!
Puesta a lo largo del mar
sólo le queda mirar
un paisaje con herida.

Media noche fue en el cielo
que una nube fue a traer.
Pérdida de todo vuelo,
tiempo sangrado al correr.

En sombrías sonajeras
el agua su aire mojó
y oleajes desenrolló
ronca de angustias postreras.

Toda la noche a los cielos
mi corazón fui a llevar
por destruir un estelar
horario de desconsuelos.

Entre los dos viva muerte
secamente retoñó
y la luna la enyesó
con calmas de mala suerte.

¡Voces inútiles siempre!
Cuanto en el alma tajé
pudrió la noche septiembre
como quien rompe un quinqué.

Tu perfil en el espacio
pájaros sonidos daba
y el dolor de lo que acaba
puso el mar en tiempo lacio.

Toda la noche la cita
fue munendo de amargura.
Llorar era una llanura
desde una tarde infinita.

Casi un año, y el puñal
intocable y solitario
gotea el aniversario
con silencioso caudal.

Bella columna sonora,
tu caída partió en dos
la gloria de un semidiós
retocada por la aurora.

Volver a decir: ¡el mar!
Volver a decir
lo que no puedo cantar
sin el corazón partir.

Junio trajo tu recuerdo,
sin querer.
Así gano lo que pierdo
moviendo mi oscurecer.

Junio y el mar tropical
descendido a oscuridades,
soledad de soledades
todo el olvido naval.

Abro el cielo y cuelgo estrellas.
Y aguas con luces remotas
esclarecen mis derrotas
moradas sobre sus huellas.

Puse en sus manos el mar
y del azul rebosante
todo un día declinante
quisiste desembarcar.

Pensar en ti será siempre
la dicha de haber vivido
cerca de ti, tan herido
una noche de septiembre.

Dije al mar: tu sangre es mía.
¡Cuánta amargura en el canto!
(Si fuera por lo que canto,
todo el mar me ceñiría).

Surge una nube, y la nave
sobrenada; silenciosa,
se distribuye la rosa
de los vientos en que cabe.

¡Ay de mí, ay de la mar
que saló en el horizonte
la esperanza de algún monte
donde lo azul encontrar!

Porque lo azul de la mar
es la distancia del cielo,
la entonación de un pañuelo
que se ha dejado llorar.

Y lo azul en lejanía
monte montaña será
soledad de poesía,
donde la noche vendría
sin sombra de lo que está.

Digo —y aquí me despido—
con sonoridad ligera,
que esta voz que nunca cuido
—nomeolvides, no me olvido—
cruce cada primavera
siempre fiel a lo que ha sido.

Con sonoridad ligera,
siempre fiel a lo que ha sido.
684
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Talle Y Sabor

TALLE Y SABOR

A Joel Santiago

Talle y sabor,

palmeras y tamarindos,

dénselo al río

talle y sabor; dánzalo, río,

líbalo.


Palmeras y tamarindos,

dicen las voces

anaranjadas del mediodía

que el sol madura.

Por mi garganta

verde-limones gotas adulan

sabor dorado que tiene estrías.

Es la saliva

del tamarindo que en lides ácidas

es amarilla.


Hay una sombra de tamarindos

adormecida.


El río escurre

su vidrio tibio

y en sus orillas de vidriería

varó el jacinto su balsa verde

jardín de ojeras

en que una gota de alcohol se quema

al fuego soplo del mediodía.

Una palmera:

acción al vértice

que impulse curvas a todos lados.

Lo vertical

girado en círculos que alcen columna,

y arcos y flechas

a cielo surjan.


Una palmera

suspende el ramo del mediodía

y lo hechicera.

Talle sin túnica,

cuello sonoro,

palma palmera.


Los palmerales junto a los ríos

en grupos firmes

su vida templan.


Una palmera

es un objeto sin nombre; algo

que el mediodía sostiene y llena.

¡Con cuánto acento

yo lo dijera

si yo pudiera!


Palmeras y tamarindos

viven al río

junto a jacintos.


Se redondea

la luz, y suda

la luz desnuda del mediodía.


Arde la esfera

frutal del trópico.


La banderola de un airecillo

promueve frotes

sobre la copa de un tamarindo.


El sol, al centro de cuanto vive,

se paraliza.

En un momento,

no queda nada.


Y en otro instante, todo reinicia,

y el tiempo brota por todas partes

en un tremendo trajín de vida.


Talle que cumple

goce perfecto:

tú eres, palmera,

paisaje esbelto.


Sabor de luces

baja a la tierra:

árbol entero

te saborea.


Algo en mi sangre

se dice dueño...


Palmeras y tamarindos:

aquí los traje, y aquí los tengo.

Tabasco, 1943.

676
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Talle Y Sabor

TALLE Y SABOR

A Joel Santiago

Talle y sabor,

palmeras y tamarindos,

dénselo al río

talle y sabor; dánzalo, río,

líbalo.


Palmeras y tamarindos,

dicen las voces

anaranjadas del mediodía

que el sol madura.

Por mi garganta

verde-limones gotas adulan

sabor dorado que tiene estrías.

Es la saliva

del tamarindo que en lides ácidas

es amarilla.


Hay una sombra de tamarindos

adormecida.


El río escurre

su vidrio tibio

y en sus orillas de vidriería

varó el jacinto su balsa verde

jardín de ojeras

en que una gota de alcohol se quema

al fuego soplo del mediodía.

Una palmera:

acción al vértice

que impulse curvas a todos lados.

Lo vertical

girado en círculos que alcen columna,

y arcos y flechas

a cielo surjan.


Una palmera

suspende el ramo del mediodía

y lo hechicera.

Talle sin túnica,

cuello sonoro,

palma palmera.


Los palmerales junto a los ríos

en grupos firmes

su vida templan.


Una palmera

es un objeto sin nombre; algo

que el mediodía sostiene y llena.

¡Con cuánto acento

yo lo dijera

si yo pudiera!


Palmeras y tamarindos

viven al río

junto a jacintos.


Se redondea

la luz, y suda

la luz desnuda del mediodía.


Arde la esfera

frutal del trópico.


La banderola de un airecillo

promueve frotes

sobre la copa de un tamarindo.


El sol, al centro de cuanto vive,

se paraliza.

En un momento,

no queda nada.


Y en otro instante, todo reinicia,

y el tiempo brota por todas partes

en un tremendo trajín de vida.


Talle que cumple

goce perfecto:

tú eres, palmera,

paisaje esbelto.


Sabor de luces

baja a la tierra:

árbol entero

te saborea.


Algo en mi sangre

se dice dueño...


Palmeras y tamarindos:

aquí los traje, y aquí los tengo.

Tabasco, 1943.

676
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Poema En Tiempo Vegetal

POEMA EN TIEMPO VEGETAL

A José Clemente Orozco

En este bosque en que los árboles

tienen historia

y se acompañan espaciosos

a tiempo en luz,

a tiempo en sombra,

saqueo al aire los flautines

en que los pájaros devoran

la soledad húmeda y viva

de la raíz y la memoria.


Sonoramente en cuerpo y alma

siento el calor

con que de enérgicas prisiones,

la luz solar se liberó.

Y estoy cantando entre los árboles

y en el follaje de mi voz

pican los pájaros del viento

lentos rincones de sabor.


Entrar a un bosque cuando el día

todo llanura

con braserillos y alfileres

a piernas ricas desanuda,

es desnudar un tronco andante

y echarlo al agua a que se una

con materiales inasibles

de olvido imágenes fortuna.


Entrar a un bosque es adueñarse

de la opulencia

con que la vida en un instante

todas sus márgenes florea,

y da a sentir su cuerpo claro,

hondo a rumores de sorpresa:

la repentina mariposa, la rama antigua que se quiebra,

lo que ceñido y desligado

se toma o deja;

algo que cae y no sabemos

qué fue y en dónde y por qué suena.


Es este bosque en que los árboles

saben hablar

de aquel silencio de obsidiana

que en fuego tuvo pedestal:

joven Cuauhtémoc que algún día

pudo sus rocas alegrar

con los dinámicos enlaces

de este gran bosque patriarcal.


Joven Cuauhtémoc silencioso,

¿qué amanecer o atardecer

fue aquí en la pluma de tu paso

tu atardecer, tu amanecer,

y en los rumores deshilados

de oculta brisa

te suspiraron gigantescos

los ahuehuetes de tu ser?


Joven Cuauhtémoc, este pueblo

de árboles, lleno de vivir,

tierra amarrada con raíces

oculta en ti,

gasta en el sol de su arboleda

tesorería varonil

¿por qué algún día tu persona

ha de volver a estar aquí?


En este bosque en que los árboles

saben callar,

he hablado a solas, he llorado

y hasta mis manos vino a dar

esa hoja que siempre cae

y que es, tal vez, una señal.

Y así en mi pecho empieza a alzarse

entre hojas secas vendaval.


Entrar a un bosque en que los árboles

tienen historia

y se acompañan espaciosos

a tiempo en luz, a tiempo en sombra,

vale como entrar a un huerto

tan lleno de frutos que todo es sombra

y en el que uno pasa sin tocar nada

porque la sed y el hambre habitan siempre

nuestra boca.


¡Cuántas veces el joven Cuauhtémoc

vendrá a este bosque

a soñar con un pueblo saludable,

lleno de justicia y no pobre!

Y cuando se retira se estremece

todo el follaje como un pulmón enorme.

¡Hermosos y fuertes árboles!

Como estos árboles han de ser un día

en México, los hombres.


El hombre árbol sus palabras

ha extendido.

La tierra de marzo abre su entraña,

pronto recibirá la semilla...

El maíz erigirá su vara

y en su talle la mazorca feliz

multiplicará su fécula sacra.

Sitúala en el hecho preciso,

oh tierra que, desnuda, te vestirás con el agua.

Porque, como el maíz y como el árbol

se siembra y sonríe y sombrea,

también, la palabra.

780
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Poema En Tiempo Vegetal

POEMA EN TIEMPO VEGETAL

A José Clemente Orozco

En este bosque en que los árboles

tienen historia

y se acompañan espaciosos

a tiempo en luz,

a tiempo en sombra,

saqueo al aire los flautines

en que los pájaros devoran

la soledad húmeda y viva

de la raíz y la memoria.


Sonoramente en cuerpo y alma

siento el calor

con que de enérgicas prisiones,

la luz solar se liberó.

Y estoy cantando entre los árboles

y en el follaje de mi voz

pican los pájaros del viento

lentos rincones de sabor.


Entrar a un bosque cuando el día

todo llanura

con braserillos y alfileres

a piernas ricas desanuda,

es desnudar un tronco andante

y echarlo al agua a que se una

con materiales inasibles

de olvido imágenes fortuna.


Entrar a un bosque es adueñarse

de la opulencia

con que la vida en un instante

todas sus márgenes florea,

y da a sentir su cuerpo claro,

hondo a rumores de sorpresa:

la repentina mariposa, la rama antigua que se quiebra,

lo que ceñido y desligado

se toma o deja;

algo que cae y no sabemos

qué fue y en dónde y por qué suena.


Es este bosque en que los árboles

saben hablar

de aquel silencio de obsidiana

que en fuego tuvo pedestal:

joven Cuauhtémoc que algún día

pudo sus rocas alegrar

con los dinámicos enlaces

de este gran bosque patriarcal.


Joven Cuauhtémoc silencioso,

¿qué amanecer o atardecer

fue aquí en la pluma de tu paso

tu atardecer, tu amanecer,

y en los rumores deshilados

de oculta brisa

te suspiraron gigantescos

los ahuehuetes de tu ser?


Joven Cuauhtémoc, este pueblo

de árboles, lleno de vivir,

tierra amarrada con raíces

oculta en ti,

gasta en el sol de su arboleda

tesorería varonil

¿por qué algún día tu persona

ha de volver a estar aquí?


En este bosque en que los árboles

saben callar,

he hablado a solas, he llorado

y hasta mis manos vino a dar

esa hoja que siempre cae

y que es, tal vez, una señal.

Y así en mi pecho empieza a alzarse

entre hojas secas vendaval.


Entrar a un bosque en que los árboles

tienen historia

y se acompañan espaciosos

a tiempo en luz, a tiempo en sombra,

vale como entrar a un huerto

tan lleno de frutos que todo es sombra

y en el que uno pasa sin tocar nada

porque la sed y el hambre habitan siempre

nuestra boca.


¡Cuántas veces el joven Cuauhtémoc

vendrá a este bosque

a soñar con un pueblo saludable,

lleno de justicia y no pobre!

Y cuando se retira se estremece

todo el follaje como un pulmón enorme.

¡Hermosos y fuertes árboles!

Como estos árboles han de ser un día

en México, los hombres.


El hombre árbol sus palabras

ha extendido.

La tierra de marzo abre su entraña,

pronto recibirá la semilla...

El maíz erigirá su vara

y en su talle la mazorca feliz

multiplicará su fécula sacra.

Sitúala en el hecho preciso,

oh tierra que, desnuda, te vestirás con el agua.

Porque, como el maíz y como el árbol

se siembra y sonríe y sombrea,

también, la palabra.

780
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Discurso Por Las Flores

Entre todas las flores, señoras y señores,

es el lirio morado la que mas me alucina.

Andando una mañana solo por Palestina,

algo de mi conciencia con morados colores

tomó forma de flor y careció de espinas.


El aire con un pétalo tocaba las colinas

que inaugura la piedra de los alrededores.


Ser flor es ser un poco de colores con brisa.

Sueño de cada flor la mañana revisa

con los dedos mojados y los pómulos duros

de ponerse en la cara la humedad de tos muros,


El reino vegetal es un país lejano

aun cuando nosotros creámoslo a la mano.

Difícil es llegar a esbeltas latitudes;

mejor que doña Brújula, los jóvenes laúdes.

Las palabras con ritmo —camino del poema—

se adhieren a la intacta sospecha de una yema.

Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila.

Cuando a un árbol le doy la rama de mi mano

siento la conexión y lo que se destila

en el alma cuando alguien está junto a un hermano.

Hace poco, en Tabasco, la gran ceiba de Atasta

me entregó cinco rumbos de su existencia. Izó

las más altas banderas que en su memoria vasta

el viento de los siglos inútilmente ajó.


Estar árbol a veces, es quedarse mirando

(sin dejar de crecer) el agua humanidad

y llenarse de pájaros para poder, cantando,

reflejar en las ondas quietud y soledad.


Ser flor es ser un poco de colores con brisa;

la vida de una flor cabe en una sonrisa.

Las orquídeas penumbras mueren de una mirada

mal puesta de los hombres que no saben ver nada.

En los nidos de orquídeas la noche pone un huevo

y al otro día nace color de color nuevo.

La orquídea es una flor de origen submarino.

Una vez a unos hongos, allá por Tepoztlán,

los hallé recordando la historia y el destino

de esas flores que anidan tan distantes del mar.


Cuando el nopal florece hay un ligero aumento

de luz. Por fuerza hidráulica el nopal multiplica

su imagen. Y entre espinas con que se da tormento,

momento colibrí a la flor califica.


El pueblo mexicano tiene dos obsesiones:

el gusto por la muerte y el amor a las flores.

Antes de que nosotros "habláramos castilla"

hubo un día del mes consagrado a la muerte;

había extraña guerra que llamaron florida

y en sangre los altares chorreaban buena suerte.


También el calendario registra un día flor.

Día Xóchitl, Xochipilli se desnudó al amor

de las flores. Sus piernas, sus hombros, sus rodillas

tienen flores. Sus dedos en hueco, tienen flores

frescas a cada hora. En su máscara brilla

la sonrisa profunda de todos los amores.


(Por las calles aún vemos cargadas de alcatraces

a esas jóvenes indias en que Diego Rivera

halló a través de siglos los eternos enlaces

de un pueblo en pie que siembra la misma

primavera).


A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido.

Vive de sangre y flor su recuerdo y su olvido.

(Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda

en mi lecho de piedra de agua clara y redonda).


Si está herido de rosas un jardín, los gorriones

le romperán con vidrio sonoros corazones

de gorriones de vidrio, y el rosal más herido

deshojará una rosa allá por los rincones,

donde los nomeolvides en silencio han sufrido.


Nada nos hiere tanto como hallar una flor

sepultada en las páginas de un libro. La lectura

calla; y en nuestros ojos, lo triste del amor

humedece la flor de una antigua ternura.


(Como ustedes han visto, señoras y señores,

hay tristeza también en esto de las flores).


Claro que en el clarísimo jardín de abril y mayo

todo se ve de frente y nada de soslayo.

Es uno tan jardín entonces que la tierra

mueve gozosamente la negrura que encierra,

y el alma vegetal que hay en la vida humana

crea el cielo y las nubes que inventan la mañana.


Estos mayos y abriles se alargan hasta octubre.

Todo el Valle de México de colores se cubre

y hay en su poesía de otoñal primavera

un largo sentimiento de esperanza que espera.

Siempre por esos días salgo al campo. (Yo siempre

salgo al campo). La lluvia y el hombre como siempre

hacen temblar el campo. Ese último jardín,

en el valle de octubre, tiene un profundo fin.


Yo quisiera decirle otra frase a la orquídea;

esa frase sería una frase lapídea;

mas tengo ya las manos tan silvestres que en vano

saldrían las palabras perfectas de mi mano.


Que la última flor de esta prosa con flores

séala un pensamiento. (De pensar lo que siento

al sentir lo que piensan las flores, los colores

de la cara poética los desvanece el viento

que oculta en jacarandas las palabras mejores).


Quiero que nadie sepa que estoy enamorado.

De esto entienden y escuchan solamente las flores.

A decir me acompañe cualquier lirio morado:

señoras y señores, aquí hemos terminado.

949
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Horas De Junio

Amor así, tan cerca de la vida,
amor así, tan cerca de la muerte.
Junto a la estrella de la buena suerte
la luna nueva anúnciate la herida.

En un cielo de junio la escondida
noche te hace temblar pálido y fuerte;
el abismo creció por conocerte
robando al riesgo su sorpresa henchida.

Hiéreme así, dejándome en la herida
la sangre que no cuaja ni la muerte
—la llaga con la sangre de la vida—.

Ya estás herido por mi propia suerte
y somos la catástrofe emprendida
con todo nuestro ser desnudo y fuerte.


Éramos la materia de los cielos
que en círculos inútiles perece
sin dar el fuego cósmico que crece
sino apenas el ritmo de sus vuelos.

Energía de idénticos anhelos
que aleja y avecina y que los mece,
juntó en choque de fuerzas luz que acrece
la sombra en tierra de sus hondos cielos.

Y buscándome en ambos nuestra suerte
fluyó hacia tu esbeltez la fuerza fuerte
que al fin su espacio halló propio y profundo.

Salgo de ti y estoy en tu tristeza,
sales de mí y estás en tu belleza.
Las estrellas nos ven: ya hay otro mundo.


Eso que no se dice ni se canta
es sólo un nombre ¿acaso es un suspiro?
En la sangre celeste de un zafiro
tiene lugar, y tiempo, y voz levanta.

¿En qué número numen, qué garganta,
qué secreto feliz, a cuál retiro
donde sólo el suspiro de un suspiro
pase, te he de esconder, ventura tanta?

Si estas manos vacías ya están llenas
al pensar en tu ser —lecho de arenas
con que las aguas doran su camino—,

donde ponerlas, manos asombradas
de mostrarse desnudas al destino
y levantar al cielo llamaradas.
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