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Alma

Julián del Casal

Julián del Casal

Flores De Éter

Flores de éter

A la memoria de Luis II de Baviera


Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve,

¿En qué mundo tu espíritu mora?

¿Sobre qué cimas sus alas mueve?

¿Vive con diosas en una estrella

Como guerrero con sus cautivas,

O está en la tumba —blanca doncella—

Bajo coronas de siemprevivas?...


Aún eras niño, cuando sentías,

Como legado de tus mayores,

Esas tempranas melancolías

De los espíritus soñadores,

Y huyendo lejos de los palacios

Donde veías morir tu infancia,

Te remontabas a los espacios

En que esparcíase la fragancia

De los sueños que, hora tras hora,

Minado fueron tu vida breve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Si así tu alma gozar quería

Y a otras regiones arrebatarte,

En bajel tuvo: la Fantasía,

Y un mar espléndido: el mar del Arte.

¡Cómo veías sobre sus ondas

Temblar las luces de nuevos astros

Que te guiaban a las Golcondas

Donde no hallabas del hombre rastros;

Y allí sintiendo raros deleites

Tu alma encontraba deliquios santos,

Como en los tintes de los afeites

Las cortesanas frescos encantos!

Por eso mi alma la tuya adora

Y recordándola se conmueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Colas abiertas de pavos reales,

Róseos flamencos en la arboleda,

Fríos crepúsculos matinales,

Áureos dragones en roja seda,

Verdes luciérnagas en las lilas,

Plumas de cisnes alabastrinos,

Sonidos vagos de las esquilas,

Sobre hombros blancos encajes finos,

Vapor de lago dormido en calma,

Mirtos fragantes, nupciales tules,

Nada más bello fue que tu alma

Hecha de vagas nieblas azules

Y que a la mía sólo enamora

De las del siglo décimo nueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Aunque sentiste sobre tu cuna

Caer los dones de la existencia,

Tú no gozaste de dicha alguna

Más que en los brazos de la Demencia.

Halo llevabas de poesía

Y más que el brillo de tu corona

A los extraños les atraía

Lo misterioso de tu persona

Que apasionaba nobles mancebos,

Porque ostentabas en formas bellas

La gallardía de los efebos

Con el recato de las doncellas.


Tedio profundo de la existencia,

Sed de lo extraño que nos tortura,

De viejas razas mortal herencia,

De realidades afrenta impura,

Visión sangrienta de la neurosis,

Deliscuescencia de las pasiones,

Entre fulgores de apoteosis

Tu alma llevaron a otras regiones

Donde gloriosa ciérnese ahora

Y eterna dicha sobre ella llueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.

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Julián del Casal

Julián del Casal

Autobiografía

Nací en Cuba. El sendero de la vida
Firme atravieso, con ligero paso.
Sin que encorve mi espalda vigorosa
La carga abrumadora de los años.

Al pasar por las verdes alamedas,
Cogido tiernamente de la mano,
Mientras cortaba las fragantes flores
O bebía la lumbre de los astros,
Vi la Muerte, cual pérfido bandido,
Abalanzarse rauda ante mi paso
Y herir a mis amantes compañeros,
Dejándome, en el mundo, solitario.

¡Cuán difícil me fue marchar sin guía!
¡Cuántos escollos ante mí se alzaron!
¡Cuán ásperas hallé todas las cuestas!
Y ¡cuán lóbregos todos los espacios!
¡Cuántas veces la estrella matutina
Alumbró, con fulgores argentados,
La huella ensangrentada que mi planta
Iba dejando, en los desiertos campos,
Recorridos en noches tormentosas,
Entre el fragor horrísono del rayo,
Bajo las gotas frías de la lluvia
Y a la luz funeral de los relámpagos!

Mi juventud, herida ya de muerte,
Empieza a agonizar entre mis brazos.
Sin que la puedan reanimar mis besos,
Sin que la puedan consolar mis cantos.
Y al ver, en su semblante cadavérico,
De sus pupilas el fulgor opaco
—Igual al de un espejo desbruñido—,
Siento que el corazón sube a mis labios,
Cual si en mi pecho la rodilla hincara
Joven titán de miembros acerados.

Para olvidar entonces las tristezas
Que como nube de voraces pájaros
Al fruto de oro entre las verdes ramas,
Dejan mi corazón despedazado,
Refúgiome del Arte en los misterios
O de la hermosa Aspasia entre los brazos,

Guardo siempre, en el fondo de mi alma,
Cual hostia blanca en cáliz cincelado,
La purísima fe de mis mayores,
Que por ella, en los tiempos legendarios,
Subieron a la pira del martirio,
Con su firmeza heroica de cristianos,
La esperanza del cielo en las miradas
Y el perdón generoso entre los labios.

Mi espíritu, voluble y enfermizo,
Lleno de la nostalgia del pasado,
Ora ansia el rumor de las batallas,
Ora la paz de silencioso claustro,
Hasta que pueda despojarse un día
—Como un mendigo del postrer andrajo—,
Del pesar que dejaron en su seno
Los difuntos ensueños abortados.

Indiferente a todo lo visible,
Ni el mal me atrae, ni ante el bien me extasio,
Como si dentro de mi ser llevara
El cadáver de un Dios, ¡de mi entusiasmo!

Libre de abrumadoras ambiciones,
Soporto de la vida el rudo fardo,
Porque me alienta el formidable orgullo
De vivir, ni envidioso ni envidiado,
Persiguiendo fantásticas visiones,
Mientras se arrastran otros por el fango
Para extraer un átomo de oro
Del fondo pestilente de un pantano.
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Julián del Casal

Julián del Casal

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Julián del Casal

Nocturno

En la noche azulada y silenciosa
Del seno de la Tierra se levanta
Una voz sepulcral, triste, amorosa,
Que así a mi oído, entre las sombras, canta.

«Cruzando por los mares de la vida
Arribé de la muerte al firme puerto
Y observé, con el alma dolorida,
Que el mundo estaba para ti desierto.

»Por eso, al extender su denso manto
La noche, por los ámbitos del cielo,
Vengo a enjugar las gotas de tu llanto,
Vengo a ofrecer a tu dolor consuelo.

»Y como un padre por sus hijos vela
—Aun desde el triste reino del olvido—
Mi corazón, que tu ventura anhela,
Consejos te va a dar, hijo querido.

»Huye del mundo y de su pompa vana
Cual huye del milano la avecilla,
Y alcanzarás, al perecer mañana,
Muerte feliz tras vida sin mancilla.

»Prodiga el bien, con generosa mano,
Sin esperar el premio merecido,
Porque el ingrato corazón humano
Da premio al bien con el eterno olvido.

»No busques los aplausos o el renombre
En la lucha tenaz de la existencia:
Ten sólo por hermano a cada hombre
Y por único juez a tu conciencia.

»Ni sigas de la dicha la luz pura
Si ves brillar sus rayos a lo lejos;
La dicha es como el Sol: desde la altura
Sólo envía a la Tierra sus reflejos.

»Ni te seduzca la apariencia hermosa:
El mal se oculta bajo forma bella,
Como entre flores sierpe venenosa,
Como entre nubes hórrida centella.

»Donde tenga el dolor una morada
Dirige allí tus pasos vacilantes.
¡Vale más una lágrima enjugada
Que una corona de oro y de diamantes!

»Si algún pesar el alma te devora
Ocúltalo del pecho en lo profundo,
Y en soledad tu desventura llora
Antes que llegue a conocerlo el mundo».

Es la voz de mi padre. A su sonido
Feliz el corazón late en mi pecho,
Y, dando mis pesares al olvido,
Tranquilo duermo en solitario lecho;

Como el viajero errante y fatigado,
Lejos mirando el fin de su camino,
Se duerme sobre el césped perfumado
De un ave oyendo el armonioso trino.
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Julián del Casal

Julián del Casal

Amor En El Claustro

Al resplandor incierto de los cirios

Que, en el altar del templo solitario,

Arden, vertiendo en las oscuras naves

Pálida luz que, con fulgor escaso,

Brilla y se extingue entre la densa sombra;

En medio de esa paz y de ese santo

Recogimiento que hasta el alma llega;

Allí, do acude el corazón llagado

A sanar sus heridas; do renace

La muerta fe de los primeros años;

Allí, do un Cristo con amor extiende

Desde la cruz al pecador sus brazos;

De fervorosa devoción henchida,

El níveo rostro en lágrimas bañado,

La vi postrada ante el altar, de hinojos,

Clemencia a Dios y olvido demandando.


De sus mórbidas formas, el ropaje

Adivinar dejaba los encantos,

Como las sombras de ondulante nube

De blanca luna el ambarino rayo.

Sus ebúrneas mejillas transparentes

Conservaban aún el sonrosado

Tinte que ostentan las camelias blancas,

Al florecer en la estación de Mayo.

Brotaba de sus labios el aroma

De las fragantes flores del naranjo,

Y, en actitud angélica, elevaba

Hacia el Señor las suplicantes manos.


Cuando el reloj que asoma por la parda

Torre del gigantesco campanario,

Puebla el aire de acordes vibraciones,

Hiriendo el duro bronce, acompasado,

Para anunciar la misteriosa hora

De medianoche a los mortales; cuando

Las castas hijas del Señor reposan

En apacible sueño; y, solitario,

Pavor infunde al ánimo atrevido,

Con su imponente gravedad el claustro;

Ella entonces las naves atraviesa

Envuelta en negro, vaporoso manto,

Y se prosterna, con fervor ardiente,

Ante el altar del Dios crucificado.

Allí contrita reza: ¡reza y llora!

Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?

¿Es porque mira de la cruz pendiente

Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,

Salvador inmortal? ¿Es que te pide

Perdón para sus culpas? ¿Será acaso

Que, en pugna lo divino y lo terreno

En su alma virginal, triunfa, del santo

Amor a que la ardiente fe la inclina,

El terrenal amor nunca olvidado?


¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra

Del corazón el insondable arcano?

¿Quién puede descender hasta ese abismo

Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida

Deja escapar de sus divinos labios

Esta plegaria que a los cielos sube

Bajo las formas de armonioso canto:


—«Cuando el aura de amor embalsamaba

De mi vida las quince primaveras

Y, en mi mente febril, revoloteaba

Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;


»Cuando la juventud y la ventura

Me prodigaban sus mejores dones,

Y al poder de mi angélica hermosura

Vi doblegarse altivos corazones;


»Cuando del mundo en el sendero, hollaba

Blandas alfombras de fragantes flores,

Y mi virgínea frente coronaba

La diadema inmortal de los amores;


»La muerte arrebató con saña impía

Aquel que, de la vida en los vergeles,

Al conquistar mi corazón un día

Conquistaba del arte los laureles.


»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,

Te consagré la flor de mi inocencia,

Y abismada en tu amor santo y profundo

En ti busqué la paz de la existencia.


»Mas como alterna con la noche el día

Y con las tempestades la bonanza,

¡Oh Dios! alterna así en el alma mía

Con tu amor otro amor sin esperanza.


»En el día, en la noche, a cada hora

La imagen de ese amor se me presenta,

Como brillante resplandor de aurora

En mi sombría noche de tormenta.


»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto

Revestida a mis ojos aparece,

Que anubla mis pupilas triste llanto

Si alguna vez en sombras desparece.


»Haz que ese ardiente amor que me cautiva

Muera en mi corazón ¡Dios soberano!

Y que sólo en mi alma tu amor viva

Sin el consorcio del amor mundano».



Así dijo; dos lágrimas ardientes

Por sus blancas mejillas resbalaron,

Cual resbalan las gotas de rocío

Por el cáliz del lirio perfumado.

En el fondo del alma, los recuerdos

Las sombras del olvido disipando,

Hacen surgir, esplendorosa y bella,

La imagen inmortal de su adorado.

Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!

Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!

Que al dirigir sus encendidos ojos

Al altar que sostiene al Cristo santo,

Aun a través del mismo crucifijo

Aparece la imagen de su amado.

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