Temas
Poemas en este tema

Soledad

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Segunda Intención

La selva, gran verdad con tanto engaño.
Es una realidad empedernida.
Todo es igual, se suicida la brújula. Se niega
la entrada al sol. Flores y pájaros
llevan en la garganta una penumbra
que acontece en el alma de las cosas
cuando el hombre...
Integridad de un material esbelto.

Lo verde está en el tiempo, en la textura
de los estados de ánimo del bosque.
Lo verde es un incendio que destruye
las oportunidades de la aurora.
Lo verde es la verdad, la deplorable
verdad de tantos verdes, la conjura
de la verde verdad que oculta el sueño,
lo irresponsable del secreto oculto.
El verde es un color hospitalario:
en tanto más oscuro, más humano.
En la lenta explosión del mediodía
la luz hace del trópico un Sebastián sangrante.
Entre la súplica de los atardeceres,
el verde es tinta china,
es la luz refugiada en lo más negro,
edificada silenciosamente
por la vegetación en libertad.

Con las manos arrodilladas
acato el primer paso de la Noche.
Y en la humilde soberbia que da el cielo
con la sabiduría en las estrellas,
entro en la noche como nada limpio,

en un claro del bosque, abandonado.
Y aquí estoy con el timbre de otra voz
que tuve cuando el viento fue mi cuerpo.
Se siembra en mi garganta una semilla
que algún día
será lo que de mí pueda quedar.

Un charco en que se pudre la luz misma
o inmovilizan párpados de muerte.
El agua en tuberías de bejuco
dada al conocedor del laberinto
de vidrio de la sed.
Fragmentos de jaguar muerto de sed
como una luz jamás amanecida.
En tanta realidad el sueño crea
la muerte de las cosas. Una noche huracán,
el relámpago, jaguar instantáneo que saltó
sobre el mundo, da luz y en la sombra del rugido
se estremece el desorden de la selva.

El problema del bosque es exceso de vida.
Ya no hay donde poner nada.
Hay pequeñas libélulas azules
que hacen de ciertas flores una lágrima.
Las flores solidarias de los pájaros
en el vuelo impalpable de la inmovilidad.
Y hay olores que son
gusanos transparentes con sonido.

Como nunca es de noche ni de día,
el tiempo es medio tiempo.
Hay voces que lo llaman a uno
sin motivo.
Voces parecidas a otras voces
que uno escuchó siguiendo una lectura.

La tierra está debajo de la tierra
y más abajo el tiempo
que ignora a veces lo que está pasando.
Abre una flor sin que lo sepa nadie
y así, no existe el tiempo.

En la selva uno se pregunta:
"¿Y yo qué carajos hago aquí
si no hay adonde ir?
Uno dice sí, para negarlo todo".

La carcajada de un pájaro
en esta soledad sin garantías
nos avisa del peligro
de pensar en él.

El árbol del pan
o el bejuco de agua,
¿mitología o están?
Es tanto lo que está
que ya urge colocar
los ceros a la izquierda.
Cada hoja que cae es un cero a la izquierda
hasta cifrar la angustia
en la unidad que soy.
Puede acabar el tiempo en un instante
y no tener ya tiempo para huir.

Pero mi piel está quieta:
ha comenzado la fraternidad.
Sumar. Restar. Multiplicar y dividir.
La muerte alimentada con la vida
en el primero y último compás.

El dónde estoy va desapareciendo;
es la consigna de la fraternidad,
Luz verde a todas partes
a condición de no moverse.

La estatua incomparable
inaugurada para siempre.
Libélulas azules,
volúmenes enormes, ya destruidos.

Recuerdo una ocasión en que unas flores negras
algo dijeron en mis narices.
Se me nubló la vista,
caí sobre la industria de las hojas,
y un trago de aguardiente con anís
me devolvió mi nombre.

En la noche sale a hablar
todo cuanto uno no imagina.
Mitin de multitudes invisibles,
unos duermen de día, otros hablan de noche.
Se genera una hoja con insectos
que sin verlos hacen daño.

Cunden
y se esconden.
Toda la maquinaria del trabajo
es fruto del silencio vegetal.

Aquí se aprende a leer
pensando en muchas cosas.
De la idea a la palabra,
un instante milenario.

Sólo en ciegas parálisis,
los hongos, intocables esculturas
se solidarizan con los miguelángeles.
En inmovilizados cuartos de hora
se proyectan las grandes destrucciones.
¡Ay de los grandes árboles
cuando el rayo volatiliza
las torres de la atmósfera!

Yo recuerdo mis manos inútiles
entre aquel verdor cósmico
que piensa huir
bajo el abismo hostil que a nada escucha.
Lo animal se oculta pavorosamente
y uno es vegetación desesperada.
El venero es azul consigo mismo,
el infinito azul de los orígenes,
que morirán azules algún día.
El bosque estremecido da la vida
a tanto corazón de muerte palpitante.
Y hay que empezar de nuevo
la aventura enraizada
y la guirnalda festival del aire.

Aquí todo está fuera de comercio.
Nada tiene que ver con uno. La poesía
es más espacio que tiempo.
Uno dice la palabra poesía
y no sabe lo que dice.

La voracidad de unas hormigas
interrumpió la cadencia del bosque.
Aquí fácilmente la verdad es mentira
y por lo mismo todo está inventado
con lo que a usted le dé la gana.

Cuando después de siglos de enseñanza
se derrumba una ceiba,
el boquete de sol que se construye
crea opiniones sobre la existencia.
Tanta sabiduría a la intemperie
es una inmensa desnudez de sangre.

En medio de la selva
se habla con la mirada a media voz.

Los ruidos industriales de la noche
lo hacen pensar a usted en el dinero
que se gasta para no poder callarse.

El Reino Vegetal cuyos decretos
se firman en secreto.

Útiles despilfarros, atlético desorden.
De un manotazo pumas y jaguares
destruyen las cortinas de una fiesta de orquídeas,
las joyas solitarias que si hablaran
nadie nunca ya jamás hablaría.

Toda intención flamígera
se diluye en las grietas del follaje.
La luz, un verde
puesto a pensar sombrío.

El viento es lo vocal ejecutivo
de una empresa dispuesta a todo trance.
El viento joven que se arriesga a todo
y puede solo contra la vejez.
El viento guarda luto por la muerte
de tantos huracanes fracasados.
El gran viento que agota un mar de oxígeno
que a los pocos momentos se renueva.
El viento que se muere de cansancio
entre el ambiente hipóstilo de caobas y cedros.

El viento sin linaje
entre las dinastías vegetales.

Este desorden construido
por orden superior

autoriza geológicas sorpresas
a la memoria más abandonada.

La lluvia tiene donde aposentarse
a costa de su auxilio inevitable.
Para la lluvia y sigue íntimamente
con tacto de tambores para niños.
Caen enormes gotas por doquiera.
Gratuito dineral que cubre el despilfarro
de tanta sangre verde,
de nubarrones verdes se resbala
y musicalizando cuanto toca.

¡Ay del torrente aéreo!
Muere con dignidad entre la selva.

Uno quisiera
collares musicales,
flor en los ojos, fruta abierta nasal,
cierto sabor de olvido del pantano
y lo mucho y lo poco tan desconocido.
El gran imperio de la clorofila
resiste siglos milenarios
con el ejemplo de ínclitos insectos.
En tiempo de aguas,
hábiles telarañas de perfumes
languidecen el sueño de los árboles
más viriles. Hay serpientes
como joyas prohibidas
que no se atreven a ofrecer manzanas
a tanta y endiablada desnudez.
Y a tanta soledad la habladuría
de todos los idiomas de la noche.
La noche que habla sola
para olvidar el día.
Y el día que no sabe de la noche
más que el paso de rumores escondidos.
Trabaja el tiempo todo el día
y de noche se olvida de sí mismo:
está el tiempo debajo de la tierra
que es la noche.

Lo que antes fuera religioso esfuerzo,
laboratorio de manos floridas,
habitación de sombras inalcanzables,
rincón donde la luz nunca fue vista,
pero sí adorada,
cumbre piramidal, cielo a la mano
de inteligencias húmedas de cielo;
lugares predilectos de la Nada
que a todo ha dado vida;
alcobas en que el sueño está despierto
sin que nadie lo vea;
la piedra que tocó la noche antigua
de las memorias inolvidables
está asaltada por la selva,
a los lados, adentro, por encima;
la paciencia implacable que se pudre
pero retoña y sigue retoñando.
Lo que fue población de jeroglíficos,
pavorosamente vacío.
Muertos los constructores,
recuperó la selva sus espacios,
izando su victoria sobre ruinas.

Entre esos árboles me reconozco,
yo, animador de íntimas catástrofes.
Aquí el hombre desnudo se enfloró la cabeza
con las plumas más lindas de los aires.
En su pecho y sus pulsos,

los jades a la selva lo asociaban,
y un cinturón con caída central
ocultaba su sexo.
La suntuosa elegancia de los mayas
le dio a la selva un porvenir eterno.
Desnudo y enjoyado,
ese hombre nos asombra.
El cielo de los números
embelleció por justa la cuenta de sus días.
Las ideas fueron esculpidas
para congratularse con la aurora.
Tabasco y el cacao: bebemos Xokol-ja,
en todos los pueblos del planeta.
Se desgranaba la sabiduría
como una lluvia de luces antiguas
entre los ojos de aquellos cerebros.
El maya fue el grande hombre de la selva.

Oí que unos árboles
de antigüedad espléndida dijeron:
"¿Y tú, qué haces aquí?
Nosotros somos sigilosamente analfabetas.
Aprende a leer
para escribir sobre nosotros".
Esto fue todo
lo que pude aprender. Era un idioma
hecho de viento y hojas secas.
Hay telas de araña
que ni el viento más tortuoso de la selva
destruye su área aérea.

Se ven hilos de luz caminando en las hojas
tan gratuitamente
que les cuesta trabajo caminar.

La vida de esa vida
nos mantiene jóvenes.

Los bodoques de lodo de los sapos
se lanzan al pantano.
Es la protesta del amanecer
por la fealdad de un objeto animado.

Un colibrí en la flor de su premura
saquea en un instante
la gota de un tesoro.

La selva tiene su propio cielo movedizo:
se pudre en ella la apoteosis
de las más solitarias soledades.
Lo verde que se pudre sin tristeza
y hace el color que nunca se había visto.

Mariposas inmóviles que ven volar el aire
y se alimentan príncipes de su propia belleza.
Puede un canto destruir aquel desorden
e implantar el silencio unos instantes
puesta en pie la batuta del jilguero.
Un mediodía en el Usumacinta,
hablé con mis amigos, entre el agua,
todos desnudos en la luz profunda.
Nacían y morían las palabras,
relatando la historia de la vida:
un pueblo, un hombre, realidad plantada,
monumental, sonora, repartida,
piedra y palabra con la flor y la muerte,
calendáricamente organizadas.
En la seda desnuda de las aguas,
dejó el tiempo una flor inolvidable.

Palpita en mí, con su soberanía,
el bosque, hijo del agua y de la luz.
Creo que en cualquier parte del poema
esto que estoy diciendo soy yo mismo.
Yo, desollado, rejuvenecido,
cada vez que los días dan la hora.
De las raíces sube hasta mis ojos
el vigor permanente de la ausencia.

No hay crimen: sólo voluntad de vivir
dentro de la simetría de cada uno.
La flor, el fruto, el insecto, el pájaro, las víboras, la
fiera,
y esos colores, húmedos
guantes de algunos árboles,
y la luz de un instante que el viento hace posible.

Y un flautín en la tarde
que enriquece invisibles amarillos,
y el piano de rumores entre un rugido y otro,
y el silencio
que dirige la orquesta de la selva.
Geometría en el aire de la araña.
Saber. Pensar. Hacer. Destruir. Pasar.
Y el mono,
hombre feliz y arriba siempre.

A ciertas horas se marchita el tiempo,
categóricamente liquidado:
unas cuantas gotas
en unas cuantas hojas.
Tanto glóbulo rojo que se pinta de verde
hace vegetariano al tiempo mismo.

No nos iremos sin decir buenos días
al clarín de la selva que improvisa sus luces.
Oírlo cantar es tener en las manos

un collar de esmeraldas y rubíes.
Es el gorjeo del agua
con los colores de un paraje íntimo.
Hay pájaros que huyen de las flores
por no quedarse como ellas...

El bosque es el oído cósmico
que registra el hacer de las hormigas.

Cuando cae una hoja
se vuelve de metal la indiferencia.
La indiferencia de las hojas secas.
Desde una fecha, acaso inexistente,
huele la soledad a cosa activa,
al invisible coito de la vida,
floreciente,
desde siempre.

El gran tambor del viento
que antecede a la lluvia,
en cuyas vidrierías los instantes
cierran la boca a todo comentario,
el gran tambor del viento
perfora los oídos de la atmósfera
y se queda colgando de un cartílago.

A esos momentos,
la dinámica furia de los átomos
pierde velocidad. ¡La Poesía!

Reina del Reino Vegetal, la cifra uno
entre los mil millones del ambiente.

Yo te saludo, bosque,
desde la incomodidad de mi impericia.
Tú eres
lo que yo hubiera querido ser:

horizontalmente lejos del mar:
verticalmente junto a ti.

El drama de la vida se hizo para verse,
no para ocultarse.

Absórbeme Dilátame. Dilúyeme.
Pintor y músico,
con remolinos en el corazón:
el sueño de servir a todo el mundo
y el lujo de pobreza que hay en mí.

Víctima del fuego y de la tierra,
náufrago sin el agua ni el espacio.

Yo sé que sí me espera la esperanza,
contra toda destrucción voy hacia ella.

Puesta en servicio el alma,
tanta potencia corporal construye
su propia decadencia.

En un claro del bosque un charco pudre
la caída de un genio vegetal.
Un brazo seco
muestra el trabajo túnel del quetzal.

Y en noches luminosas,
la brisa huésped de la madrugada
agita con la yema de sus dedos
el verdeoro caudal de aquellas plumas,
retoño volador del árbol muerto.
840
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

El Canto Del Usumacinta

De aquel hondo tumulto de rocas primitivas,

abriéndose paso entre sombras incendiadas,

arrancándose harapos de los gritos de nadie,

huyendo de los altos desórdenes de abajo,

con el cuchillo de la luz entre los dientes,

y así sonriente y límpida,

brotó el agua.


Y era la desnudez corriendo sola

surgida de su clara multitud,

que aflojó las amarras de sus piernas brillantes

y en el primer remanso puso la cara azul.


El agua, con el agua a la cintura,

dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido,

y era como el rumor de una escultura

que tapó con las manos sus aéreos oídos.


Agua de las primeras aguas, tan remota,

que al recordarla tiemblan los helechos

cuando la mano de la orilla frota

la soledad de los antiguos trechos.


Y el agua crece y habla y participa.

Sácala del torrente animador,

tiempo que la tormenta fertiliza;

el agua pide espacio agricultor.


Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.

Yo era un gran árbol tropical.

En mi cabeza tuve pájaros,

sobre mis piernas un jaguar.


Junto a mí tramaba la noche

el complot de la soledad.

Por mi estatura derrumbaba el cielo

la casa grande de la tempestad.

En mí se han amado las fuerzas de origen:

el fuego y el aire, la tierra y el mar.


Y éste es el canto del Usumacinta

que viene de muy allá

y al que acompañan, desde hace siglos, dando la vida,

el Lakantún y el Lakanjá.

Ay, las hermosas palabras,

que sí se van,

que no se irán!


¿En dónde está mi corazón

atravesado por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.


Porque el árbol de la vida,

sangra.

Y la noche herida,

sangra.

Y el camino de la partida,

sangra.

Y el águila de la caída,

sangra.

Y la ventaja del amanecer, cedida,

sangra.


¿De quién es este cuello ahorcado?

Oíd la gritería a media noche.

Todo lo que en mí ya solamente palpo

es la sombra que me esconde.


Empieza a llover

en el tablado de la tempestad

y la anchura del agua abandonada

disminuye la nave de su seguridad.


Es la gran noche errónea. Nada y nadie la ocupan.

Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo.

La gran boa del viento se estranguló en la ceiba

que defiende energúmena, su cantidad de tiempo.


Se canta el canto del Usumacinta,

que viene de tan allá,

y al que acompañan, dando la vida

el Lakantún y el Lakanjá.


En una jornada de millones de años

partió el gran río la serranía en dos.

Y en remolinos de sombrío júbilo

creó el festival de su frutal furor.


Los manteles de su mesa son más anchos que el horizonte.

Pedid, y no acabaréis.

En el cielo de toda su noche,

una alegría planetaria nos hace languidecer.


Ésta es la parte del mundo

en que el piso se sigue construyendo.

Los que allí nacimos tenemos una idea propia

de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.


Se me vuelven tiendas de campo los pulmones,

cuando pienso en este río tropical,

y así en mi sangre se pudre la vida

de tanto ser energía

en soledad antigua o en presente caudal.


Cuando me llega el ruido de hachazos

de la palabra Izankanak,

me abunda el alma hasta salirme a los ojos

y oigo el plumaje golpe de un águila herida por el
huracán.

Un mundo vegetal que trabaja cien horas diarias,

me ha visto pasar en pos de la noche y del alba.


Reconoció en mis ojos el poderoso espejo;

reconoció en mi boca fidelidad madura.

Vio en mis manos la caña que aflautó el aire húmedo

y le mostré mi pecho en que se oye la lluvia.


Mirando el río de aquellos días que el sol engríe,

al verde fuego de las orillas robé volumen

y entre las luces de lo que ríe, lo que sonríe,

es un jacinto que boga al sueño de otro perfume.


El pájaro turquesa

se engarzó en la penumbra de un retoño

y entre verdes azules canta y brilla

mientras la hembra gris calla de gozo.


Mirando el río de aquellas tardes

junté las manos para beberlo.

Por mi garganta pasaba un ave,

pasaba el cielo.


Mirando el río

di poca sombra:

todo era mío.


Todas pintadas, jamás extintas,

son estas aguas, río de monos, Usumacinta.

En tu grandeza

con esplendores reconfortaste savia y tristeza.


Te descubrí,

y en ese instante

tras un diamante

solté un rubí:

de asombro existo,

preclara cosa

sangre dichosa

de haberte visto.


Robé a tu geografía

su riqueza continua de solemne alegría.

El que tumbe así el árbol de que estoy hecho

va a encontrar tus rumores entre mi pecho.

Y es un cantar a cántaros,

y es la nube de pájaros

y es tu lodo botánico.


En las sombras históricas de tu destino

cien ciudades murieron en tu camino.

Atadas de pies y manos

están esas ciudades.

Entre una jauría de árboles desmanes

se moduló la sílaba final de esas edades.


Los hombres de un tiempo del río

la frente se hacían en talud;

y el resplandor terrestre de sus avíos

les dio una honda gracia de juventud.

Sonreían con las manos

como alguien que ha podido tocar la luz.

¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se irán,

que no se irán!

Lo que acontece ya en mi memoria cunde en mis labios,

con Uaxaktún,

con Yaxchilán.


Después fueron los paisajes sumergidos

y el sagrado maíz se pudrió.

Y en las ciudades desalojadas,

el reinado de las orquídeas se inició.

Así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta,

aun en la corteza de los viejos árboles

se encoge el terror.

El hombre abandonado que ahora lo puebla

fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el amor.


Eres el agua grande de mi tierra.

La tremenda dinámica del ocio tropical.

El hombre en ti es ahora la piedra que habla

entre el reino animal y el reino vegetal.

Por el hueco de un árbol podrido

pasa el verde silencio del quetzal.

Es una rama póstuma.

Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que declarar.


La sapientísima serpiente,

lo llevó un día sobre su frente cenital.

¿En dónde está mi corazón

partido en dos por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.


¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se van...,

que no se irán

deste canto del Usumacinta,

que brotó de tan acá,

y al que acompañan, dando la vida, desde hace siglos,

el Lakantún y el Lakanjá.


Porque de el fondo del río

he sacado mi mano y la he puesto a cantar.

9 de mayo de 1947.

673
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Retórica Del Paisaje

En el tiempo compacto

de los dos mil trescientos metros de la altura,

los paisajes están en un solo acto.

El aire es siempre exacto

en su tiempo tonal; sabe escultura

porque un pintor en tan vastos andamios

puede fraguar los delirantes cadmios

y acompasar geométricas figuras.


(Los claros adjetivos

ecuestres en caballos sustantivos...)


Porque la realidad es cosa mía,

es decir, lo que usted nunca verá,

en un plato le da Santa Lucía

los ojos convenientes. (Cortesía

de la Iglesia Romana que usted devolverá).

Veamos:

la flora es intocable; en cutis verde

la aguja del tatuaje, defensiva

punza el tacto a distancia.

Chillan flores carnales

sobre el nopal que sesga sus etapas

rimadas en elipse. Si hundo los pedales

surge en esbelto prisma el cactus órgano,

cuyo bisel alfiletero agarra

pequeñas nubes de heno.

El cactus cuya fálica erección

límite varonil marca al terreno.

El maguey en hileras militares

alerta el armamento y en su espera

endulza al agua de su sed de guerra

y emborracha al ladrón de sus panales.

Cuando se rinde al tiempo alza una lanza

de heroica flor.


Con su sombra metálica

endosela el mezquite siestas largas.

Un toro y una nube y el arbusto.

(Se hace el ojo al espacio, juega y carga).


Así es el verde quieto, la esperanza

de escultórico juego en el paisaje.

En los cambios de cielo hay un celaje

inmóvil, que se borra en su constancia.


Sólo el árbol pirú, primo del sauce,

su copa vuelca en el mantel del llano,

y en ramos de coral tiende la mano

junto a los lavaderos de algún cauce.


El verde cae en la trampa de los grises.

Cien pueblos apedrearon este valle

y por eso las casas y la calle

son de una sola pieza.

Se reduce el lenguaje y la tristeza

es sobria como sombra de detalle.

El amarillo seco se encamina,

ya entre la milpa vieja que el viento papelea,

o en la resbaladiza llaga de la mina

de arena.


Si echo la cara atrás de lo que digo,

la cordillera sube hasta las nieves

perpetuas.

Detrás de ellas el sol desnuda el cielo

y cuando le abandona sus soberbios harapos,

las dos enormes cumbres echan su historia al fuego.


Y hay águilas que cambian huracanes

por resonantes víboras,

aunque hayan de cogerlas en nopales.


La prodigiosa juventud del aire

convida a estar desnudo.

Y en un modesto orgullo de silencio

ganarse loterías de momentos

para costear los oros del escudo.


La escenografía de las quietudes.

Ya no importa el color, sino lo claro.

Sola sabiduría de los grises

que está bien en la huerta y en el teatro.

¿Para qué el adjetivo si las cosas

todas, claras, se ven por cuatro lados?


¡Los nombres de las cosas!

De este valle,

es toda la retórica.
506
Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Horas De Junio

Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,
agua de mis imágenes, tan muerta,
nube de mis palabras, tan desierta,
noche de la indecible poesía.

Por ti la misma sangre —tuya y mía—
corre al alma de nadie siempre abierta.
Por ti la angustia es sombra de la puerta
que no se abre de noche ni de día.

Sigo la infancia en tu prisión, y el juego
que alterna muertes y resurrecciones
de una imagen a otra vive ciego.

Claman el viento, el sol y el mar del viaje.
Yo devoro mis propios corazones
y juego con los ojos del paisaje.


Junio me dio la voz, la silenciosa
música de callar un sentimiento.
Junio se lleva ahora como el viento
la esperanza más dulce y espaciosa.

Yo saqué de mi voz la limpia rosa,
única rosa eterna del momento.
No la tomó el amor, la llevó el viento
y el alma inútilmente fue gozosa.

Al año de morir todos los días
los frutos de mi voz dijeron tanto
y tan calladamente, que unos días

vivieron a la sombra de aquel canto.
(Aquí la voz se quiebra y el espanto
de tanta soledad llena los días).


Hoy hace un año, Junio, que nos viste,
desconocidos, juntos, un instante.
Llévame a ese momento de diamante
que tú en un año has vuelto perla triste.

Álzame hasta la nube que ya existe,
líbrame de las nubes, adelante.
Haz que la nube sea el buen instante
que hoy cumple un año, Junio, que me diste.

Yo pasaré la noche junto al cielo
para escoger la nube, la primera
nube que salga del sueño, del cielo,

del mar, del pensamiento, de la hora,
de la única hora que me espera.
¡Nube de mis palabras, protectora!
742
Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez

Canto Del Despertar

CANTO DEL DESPERTAR

...y cuando salía
por toda aquella vega
ya cosa no sabía...
SAN JUAN DE LA CRUZ



El primer surco de hoy será mi cuerpo.

Cuando la luz impulsa desde arriba

despierta los oráculos del sueño

y me camina, y antes que al paisaje

va dándome figura. Así otra nueva

mañana. Así ota vez y antes que nadie,

aun que la brisa menos decidiera,

sintiéndose vivir, solo, a luz limpia.

Pero algún gesto hago, alguna vara

mágica tengo porque, ved, de pronto

los seres amanecen, me señalan.

Soy inocente. ¡Cómo se une todo

y en simples movimientos hasta el límite,

sí, para mi castigo: la soltura

del álamo a cualquier mirada! Puertas

con vellones de niebla por dinteles

se abren allí, pasando aquella cima.

¿Qué más sencillo que ese cabeceo

de los sembrados? ¿Qué más persuasivo

que el heno al germinar? No toco nada.

No me lavo en la tierra como el pájaro.

Sí, para mi castigo, el día nace

y hay que apartar su misma recaída

de las demás. Aquí sí es peligroso.

Ahora, en la llanada hecha de espacio,

voy a servir de blanco a lo creado.

Tibia respiración de pan reciente

me llega y así el campo eleva formas

de una aridez sublime, y un momento

después, el que se pierde entre el misterio

de un camino y el de otro menos ancho,

somos obra de lo que resucita.

Lejos estoy, qué lejos. ¿Todavía

agrio como el moral silvestre, el ritmo

de las cosas me daña? Alma del ave,

yacerás bajo cúpula de árbol.

¡Noche de intimidad lasciva, noche

de preñez sobre el mundo, noche inmensa!

Ah, nada está seguro bajo el cielo.

Nada resiste ya. Sucede cuando

mi dolor me levanta y me hace cumbre

que empiezan a ocultarse las imágenes

y a dar la mies en cada poro el acto

de su ligero crecimiento. Entonces

hay que avanzar la vida de tan limpio

como es el aire, el aire retador.

440