Tomas Tranströmer

En la penumbra de la vasta iglesia románica se amontonan los turistas.

Una bóveda tras otra, abiertas, sin perspectiva; no a vista de pájaro.

Tiemblan las llamas de unos cuantos cirios.

Un ángel sin semblante me estrecha entre sus brazos

y llena mi cuerpo de susurros:

«no te avergüences de ser hombre. Sé orgulloso.

Dentro de ti se abre, interminablemente, una bóveda tras otra.

Nunca estarás completo. Y ha de ser así».

Mientras las lágrimas me ciegan,

soy de pronto arrojado a la piazza soleada

junto con Mr. y Mrs. Jones, el señor Tanaka y la signora Sabatini,

y en el interior de todos ellos una bóveda tras otra

se abre, interminablemente.

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