Al Hado
La estrella, el signo... ¡Ideal!
el Hado infausto... locura;
que para todo mortal
propicia, fácil, igual
en el mundo es la ventura.
Para el monarca opulento,
para el mendigo indigente
tiene la vida igualmente
un oportuno momento
de sonrisa complaciente.
No es la fortuna obtener
ese atributo del ser
que jamás faltó a ninguno:
la buena estrella es saber
asegurar cada uno
su fugitivo placer.
Fruto es la felicidad
para gustarle en sazón;
quien malogra la ocasión,
culpa la casualidad,
y llama a su imprevisión
destino, fatalidad.
Unos su influjo sintieron
porque su influjo estimaron,
otros de cerca la vieron,
y su favor desdeñaron
porque no la conocieron.
Y aunque en el mundo tú así
alumbras, felicidad,
sol de muchos, yo ¡ay de mí!
los rayos no percibí
de tu hermosa claridad.
Tal vez a mi lado estabas
cuando de tu lado huía;
tal vez tierna me buscabas
y amorosa me llamabas
cuando tu voz no entendía.
¡Cuán costoso es el saber,
cuán costoso el aprender
lo que debemos buscar,
y cuán fácil olvidar
lo que debemos temer!
¡Y cuán tarde el desengaño
de nuestros errores vemos!
Error que al fin conocemos
para sentir más el daño
que reparar no podemos.
Mas daños al más novicio
corazón han de tocar;
pero es risible artificio
a nuestras culpas llamar
hado adverso ni propicio.
Las Dos Palmeras
Allá entre las tinieblas
de la noche perdido,
¿no oís algunas veces
vago, triste rumor,
Como el eco lejano
del pájaro oprimido,
que estrecha entre sus garras
sacre devorador?
Es la voz de la virgen
palmera enamorada,
que su gemido ardiente
alza en la soledad;
Y a las auras en torno
llama desconsolada,
y sus brazos agita
con amante ansiedad.
En las noches lamenta
sus perdidos amores:
las auras conmovidas
gimen en derredor;
Y por oír su historia
los sauces tembladores,
sus lánguidas cabezas
levantan con dolor.
Cuenta que ya a lo lejos
de su palmera amante
no ve alzarse la frente
con desvelo galán;
Que ya nunca hacia ella
los brazos anhelante
tiende sobre los vientos
con amoroso afán.
Que antes la brisa dulces
halagos la llevaba,
y a su amante en las noches
oía suspirar;
Y de alegría entonces
su seno palpitaba
y dejaba al ambiente
su frente acariciar.
Mas del invierno crudo
el vendaval airado
sus brisas mensajeras
tiernas arrebató;
Y de los rudos golpes
su amante fatigado
hacia el suelo agitada
la cabeza inclinó.
¡Y desde entonces nunca
ve ya la amada frente,
ni sus brazos ansiosos
sobre los aires ve!
¡Ni escucha su murmullo
que halaga solamente
las bellas florecillas
que brotan a su pie!
Así en la noche cuenta
la palma sus amores;
las auras conmovidas
gimen en derredor;
Y al escuchar su historia
los sauces tembladores,
sus lánguidas cabezas
inclinan con dolor.
A Un Ruiseñor
Ruiseñor, que entre las hojas
de la más florida acacia
has tenido todo mayo
fresca, primorosa estancia,
¿Por qué picas ese ramo
de menudas flores albas,
que te mece si dormitas,
y te acaricia si cantas:
Y a tu lado cariñoso
presta a un tiempo con sus galas
colgaduras a tu lecho
perfumes a tu morada?
¡Diote la acacia amorosa
cuna y sombra regaladas;
y tú rompiendo sus hojas,
¡ay! con heridas le pagas!-
Yo sé, pájaro sonoro,
que en tus dos inquietas alas
vas a lanzarte, a otro valle
por siempre huyendo esa rama.
Mas no por eso a tu amiga,
ruiseñor, con loca saña
has de romperle las perlas
de su corona preciada.
¡Que cuando estés lejos de ella,
tal vez recuerdes con ansia
la frescura de su sombra,
la esencia de sus guirnaldas!
Rosablanca
La luz del día se apaga;
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
A Una Golondrina
¡Salud, dulce golondrina,
allá en el suelo africano
bella, errante peregrina;
salud, perenne vecina
del ardoroso verano;
Tu cántiga placentera
llevaste a lejanos mares:
la atrevida, la parlera,
bien llegada a estos lugares,
amorosa compañera!
Bien llegada al suelo amigo,
do no errante ni perdida,
te dará a la par conmigo
un mismo techo el abrigo
en blando nido mecida.
Vuelve, amiga, descuidada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada;
¡Aún duran de pluma y heno
los restos de tu morada!
Aquí tus amores fueron,
y aquí tu canción amante;
aquí tus hijos nacieron,
y a tu arrullo se adurmieron
bajo el ala palpitante:
Y aquí mi voz se mezclaba
a tu viva cantilena;
y aquí impaciente aguardaba,
esa vuelta que tardaba
de amor y recuerdos llena.
Y eres fiel agradecida,
y no te aguardará en vano;
que nunca fue desmentida
esa tu fe prometida
al ardoroso verano.
¡A cuántos ¡ay! golondrina,
que lealtad y fe cantaron
la ingratitud se avecina!
¡Cuántos con planta mezquina
sus juramentos hollaron!
Mas no tú: fiel y graciosa,
cuando se allega el estío,
vuelves tierna y amorosa
allá de playa arenosa
do te arrojo invierno frío.
No olvidaste, no, los dones
de este suelo bienhechor,
ni las fuentes ni la flor,
ni olvidaste los rincones
de tu asilo protector.
Volvistes enamorada,
a este recinto sereno
que te guardo regalada,
y aquí de plumas y heno
formarás nueva morada.
Cantaremos, golondrina,
mis recuerdos y tu amor
mientras que el sol ilumina;
sin que entibie la neblina
ni sus luces, ni su ardor.
Al Mismo Asunto
¡Ay! la tórtola viuda
llora su bello y muerto compañero,
y ensordece la muda
selva, con su gemido lastimero.
Gime sobre la encina
donde arrulló su amigo antes con ella,
la luna peregrina
pasó, y oyó tres veces su querella.
El cierzo se levanta
y sacude los árboles del monte,
y ni el cierzo la espanta
ni la lluvia que anega el horizonte.
Primero que olvidada
su pena, ha de asordar la selva muda;
que es fiel enamorada
la tierna melancólica viuda.
Y era su compañero
como ella amante, hermoso como el día,
y su volar ligero
por el valle a la tórtola seguía.
Solitarias amadas,
vagasteis con la luz por los collados,
y en la sombra, apartadas
os vi, sobre los troncos elevados,
Y tú el cuello escondías
entre las plumas de sus alas bellas,
y a su arrullo dormías
amoroso, al venir de las estrellas
¡Ay tortolilla viuda!
¡Llora tu bello y tierno compañero,
y ensordece la muda
selva con tu gemido lastimero!
Que el fiero azor en tanto
su vuelo sesgo sobre ti avecina,
y ya escucho tu canto
ahogado en la garganta peregrina
El seno que golpeas,
a tu esposo llamando tiernamente,
entre sus garras feas
será regalo de su pico hendiente.
Mas ¡ay triste y viuda
tórtola! si murió tu bello amante,
¿qué importa que a ti acuda
y rompa azor tu seno palpitante?
A La Mariposa
Bien hayan, mariposa,
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de contino
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
A Una Tórtola
Tórtola, que misteriosa
querella de amores cantas,
dolorida,
azorada, temblorosa,
como la lluvia en las plantas
conmovida;
Que levantas arrullando
de tu seno palpitante
la alba pluma,
como el agua murmurando
en las olas, vacilante
leve espuma:
Tórtola tímida y bella,
melancólica vecina
de los valles,
nunca tu blanda querella,
tu cántiga peregrina,
muda acalles:
Lleva a el aura ese ruido
que en las soledades mueven
tus acentos:
los ecos de tu gemido
siempre amorosos se eleven
a los vientos.
Canta, canta dulcemente
con la tierna compañera
tus amores:
verás tu arrullo inocente
dar más vida a la pradera
y alas flores.
¿Mas por qué si regalado
tu murmurio en mis oídos
desfallece,
el pecho mío turbado,
a tus lánguidos gemidos
se estremece?
¿Será que yo también como tú siento
esa ternura que tu seno oprime,
y el dulce sentimiento
que de inefable amor tu acento exprime?
Con nuevo fuego el corazón se anima,
al escuchar tu canto apasionado;
¿será que también gima
en amoroso lazo aprisionado?
Es tu tristeza la tristeza mía;
con tono igual nuestro cantar alzamos;
si nunca en la armonía,
tórtola, en el gemir nos igualamos.
Pues si en gemir son iguales,
nuestras voces uniremos
retiradas,
como de dos manantiales
unirse las aguas vemos
separadas.
Mis suspiros lastimados,
tus arrullos gemidores
mezclaremos,
tú-sentidos, yo-soñados,
entrambas canto de amores
murmuremos.
A La Siempreviva
Cuando el alma primavera
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
La Rosa Blanca
¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?
La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.
Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento
a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.