Al Príncipe De Ascoli
Pastor, ¿cuál ocasión, cuál cosa extraña,
qué infortunio cruel, cuál fiero hado,
te trujo a apacentar nuevo ganado
tan lejos de tu bien, a esta montaña?
La nueva novedad de tal hazaña
me ha tenido confuso y alterado,
sabiendo que no estás sin el cuidado
que solías tener allá en España.
Mira bien cómo vas por esta tierra;
si tienes libertad mira por ella,
que las ninfas de acá son cautelosas.
Por tal beldad, pastor, podrás perdella,
que te dará mil muestras amorosas
y haráte después bárbara guerra.
(al Príncipe De Ascoli)
El que está como yo tan desvalido,
tan sujeto a su mal, tan desmayado,
no puede su dolor mostrar pintado,
ni con palabra ser bien referido.
Liviano es aquel mal, ya lo has leído,
que el seso puede en sí tener guardado;
pero muy más liviano el que contado
puede ser de la suerte que es sentido.
No quieras, pues, pastor, importunarme
que te muestre en dibujo mis pasiones
para que la ocasión se entienda luego:
que como por la luz se saca el fuego,
se puede de tan altas ocasiones
entender quien las causa y condenarme.
Al Príncipe De Ascoli
Quien tiene tan honrado pensamiento,
Lavinio, como yo, no es tan ligero
mudar de voluntad sin que primero
pierda con el vivir todo el contento.
No fue el primero ardor el que ahora siento,
mas sé yo bien al fin será el postrero;
éste fue el muy sabroso, éste más fiero,
de este fue el bien igual con el tormento.
Si me quejo, pastor, de mi pastora,
si digo que es cruel, que es una ingrata,
a ti, que de mi ardor sabes la historia,
es la contemplación que me maltrata,
que ora el bien, ora el mal pasado llora,
según amor lo trae a la memoria.
(al Príncipe De Ascoli)
Lavinio, si el hallarme el alma ajena
del ardor en que había hábito hecho,
te hace de mi fe mal satisfecho,
sin saber la ocasión que el hado ordena,
la historia de disculpa y razón llena,
que me tiene ya en lágrimas deshecho,
podrás leer, do hallarás que el pecho
el objeto mudó, mas no la pena.
Baste, pues, un recaudo, el más honrado:
la más justa ocasión para mudarme
que pudo un corazón mudar cuidado.
Sola una razón hay para culparme:
que las alas de bajo vuelo usado
no debieran tan alto levantarme.
Al Príncipe De Ascoli
Si está en opinión, Lavinio caro,
del más dulce pastor, del más sabroso,
si por mil buenas partes glorioso
te ha hecho el cielo señalado y claro,
¿por qué de tu cantar único y raro,
del estilo tan alto y tan famoso,
de las pinturas de tu mal rabioso,
pues tan honrosas son, eres avaro?
Ya que el mundo escuchar no te meresce,
¿no miras que no es bien entre los bienes
si no se comunica y se reparte?
Ni en leyes de amistad se compadesce,
pues das a todo el mundo lo que tienes,
que de tanta virtud no nos des parte.
Al Príncipe (de Ascoli)
Deje el estilo ya la usada vena,
mude el suave en doloroso canto;
mudar conviene el llanto en mayor llanto
y pasar de una grande a mayor pena.
Muerto es el que hacer solía serena
la vida, y nuestra edad alegre tanto;
muerta es virtud, muerto es el vivir santo;
no viva puede haber ya cosa buena.
Eterno lamentar, lloroso verso,
lágrimas de dolor, obscuro luto
hagan al mundo fe de común daño.
Lloran, príncipe invicto, a quien adverso
hado cortó, en el dar de primer fruto,
el árbol más hermoso. ¡Ay, fiero engaño!
Al Mismo Príncipe (de Ascoli)
A restaurar tornaba el nuevo día
la aurora, cuando el sueño le mostraba
al pastor principal que nos guardaba,
la imagen que, ya muerta, en él vivía,
diciendo: «¡Oh parte que del alma mía
fuiste la que viviendo más amaba!,
del Reino que en el Trino acá esperaba,
por consolarte, el Señor de él acá me envía.
»Cesen, pues, ya las lágrimas y el luto;
¿a qué sirve llorarme, si mi suerte
pasó de grande a muy mayor estado?
»Alégrate, pastor, y con el fruto
del árbol mío que cortó la muerte,
consuela a ti y al español ganado».
Al Príncipe De Ascoli
Cuando algún hecho grande y glorïoso
o victoria de ejército alcanzaban,
arcos, colosos, mármoles alzaban
los romanos al que era victorioso.
Quedaba el nombre así de aquel famoso,
y de una envidia honesta despertaban
los ánimos de aquellos que aspiraban
venir a un fin tan alto y glorïoso.
Estos escudos de armas, los trofeos,
las memorias que veis en cada parte,
príncipe digno de inmortal historia,
despertadores son de los deseos
que a un hijo tal cual vos del nuevo Marte
harán subir a la paterna gloria.
Al Emperador
No fuera Alcides, no, famoso tanto,
ni durara en el mundo hoy su memoria,
si menos cara hubiera la victoria
de los monstruos que aún hoy causan espanto.
La fuerte emulación con todo cuanto
contrasta casi al par con vuestra gloria,
harán al fin, señor, que vuestra historia
nos ture con eterno e inmortal canto.
El vencer tan soberbios enemigos,
sujetar tantos monstruos, tanta gente,
con el valor que el cielo en vos derrama,
al siglo por venir serán testigos
del honor que dará perpetuamente
a Carlo Quinto Máximo la fama.
Ya Me Vi De Pavor Puesto Tan Alto
Ya me vi de pavor puesto tan alto,
de los bienes de amor tan regalado,
tan cerca de gozar, tan bien tratado,
que no temiera de fortuna el salto.
Mas, ¡ay, mísero yo!, ¿de qué me exalto,
si ahora de mi bien tan desdeñado,
tan fuera de pavor, tan agraviado
me veo, sin porqué tan pobre y falto?
Ventura, ¿para qué, para qué han sido
juntos tantos regalos y favores?
¿Para qué tanto bien? ¿Para perdello?
Mis altas esperanzas, ¿dó se han ido?
Mas, ¡ay! que es ley de amor en los amores
que quien muda de fe, muera por ello.