Preludio
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo
lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada
que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y
vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la
noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi
fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con
la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de
la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo
reposaré eternamente y no lamentaré más la
ofendida belleza ni el imposible amor.
Biografía
Identificación y contexto básico
José Antonio Ramos Sucre fue un poeta venezolano. Nació el 30 de junio de 1890 y falleció el 18 de abril de 1930. Fue conocido por su poesía lírica y reflexiva.Infancia y formación
La infancia de Ramos Sucre transcurrió en Cumaná, donde recibió su educación primaria. Posteriormente, se trasladó a Caracas para continuar sus estudios universitarios en la Universidad Central de Venezuela, donde se graduó de abogado. Durante su formación, mostró un gran interés por la literatura y la filosofía, leyendo vorazmente a autores clásicos y contemporáneos.Trayectoria literaria
La carrera literaria de Ramos Sucre fue corta pero intensa. Comenzó a publicar sus primeros poemas en revistas literarias de Caracas a principios de la década de 1920. Su obra se caracteriza por una profunda introspección y una búsqueda constante de la perfección formal. A lo largo de su trayectoria, exploró temas como el tiempo, la muerte, la soledad y la fugacidad de la existencia.Obra, estilo y características literarias
Su obra principal, "Tregua" (1920), es un poemario emblemático que explora la melancolía, la reflexión existencial y la desilusión ante la vida. Otro libro importante es "Soledades", publicado póstumamente. Su estilo es depurado, con un lenguaje preciso y evocador, lleno de metáforas y símbolos que remiten a un universo interior. Utiliza predominantemente el verso libre, pero con una musicalidad y un ritmo muy cuidados. El tono de su poesía es elegíaco y contemplativo, con una voz poética que transmite una profunda sensibilidad y una visión pesimista pero a la vez serena de la vida. Su poesía se asocia al modernismo tardío y a las primeras manifestaciones de la vanguardia en Venezuela.Contexto cultural e histórico
Ramos Sucre vivió en una época de efervescencia cultural en Venezuela y Latinoamérica, marcada por las transiciones del modernismo hacia las vanguardias. Su obra se nutrió de las inquietudes filosóficas y literarias de su tiempo, dialogando con corrientes como el simbolismo y el existencialismo incipiente.Vida personal
José Antonio Ramos Sucre llevó una vida discreta y dedicada al estudio y la escritura. Su labor profesional como abogado y diplomático lo llevó a residir en diferentes lugares, pero su alma de poeta siempre lo acompañó. Las experiencias vitales, marcadas por la reflexión y una cierta melancolía, se reflejan en la profundidad de su obra.Reconocimiento y recepción
Aunque su producción fue limitada, la obra de Ramos Sucre fue reconocida por su calidad lírica y su originalidad. Fue considerado uno de los poetas más importantes de su generación en Venezuela y su influencia se extendió a poetas posteriores. Su reconocimiento se consolidó tras su muerte.Influencias y legado
Entre sus influencias se encuentran poetas como Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez. Su legado reside en su capacidad para crear una poesía íntima y universal a la vez, explorando las profundidades del alma humana con un lenguaje depurado y una gran maestría formal. Es una figura clave en la lírica venezolana del siglo XX.Interpretación y análisis crítico
La obra de Ramos Sucre ha sido interpretada como un reflejo de la angustia existencial y la búsqueda de sentido en un mundo cambiante. Sus poemas invitan a la reflexión sobre la condición humana, la fugacidad del tiempo y la inevitabilidad de la muerte.Infancia y formación
Se dice que Ramos Sucre era un lector voraz y un hombre de hábitos metódicos en su escritura. Su carácter reservado contrastaba con la intensidad lírica de su poesía.Muerte y memoria
José Antonio Ramos Sucre falleció prematuramente a causa de una enfermedad. Su muerte fue lamentada por el mundo literario, que vio desaparecer a una de sus voces más prometedoras. Sus obras han sido reeditadas y estudiadas, manteniendo viva su memoria y su legado poético.Poemas
166El Rito
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
El Romance Del Bardo
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
Vestigio
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
Geórgica
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
Santoral
El monje vive en la caverna, originada de
pretéritos asaltos del mar. El agua vehemente consiguió
practicar un portillo en la roca.
La costa retorcida, alba de tantas olas, es la orla
del manto de la noche cerrada.
La aspiración de las criaturas al infinito se
torna angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y sienten el cerco
de un cautiverio.
Seres informes se deslizan por el aire fluido. Son
agentes del mal, anteriores al nacimiento de la tierra, más
poderosos en el cambio de estación.
El monje está rodeado por las tentaciones del
miedo. Acude al oficio de la media noche, aprendido de una hermandad
sigilosa.
El socorro del cielo fuga las potencias enemigas de
la luz. Se manifiesta en el trueno hondo y espacioso, en el
relámpago entrecortado.
La faz del monje conserva para siempre el estupor de la noche del
prodigio.
Fantasía De La Estación Adversa
El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.
El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.
El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.
Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.
Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.
Entrevisión Del Peregrino
El vendaval riguroso, nacido en el secreto de un
páramo, sacude los árboles encarados al crepúsculo
violáceo. Los sones del viento, flébiles y largos,
recorren la ciudad de las ruinas monumentales, donde el contado
transeúnte desaparece con pasos de muda sombra. El sol esclarece
las cúpulas de las mansiones de ecos profundos.
En los jardines impenetrables, murados de excelsas
paredes, que despiertan la emoción opresiva de un secuestro en
hundido calabozo, prosperan los árboles verdinegros y
piramidales, rezagos de una flora pretérita. A cada paso
algún recinto espacioso brinda su lóbrega soledad, bajo
la guardia de quimeras ornamentales, reliquias de un arte excepcional,
símbolos de una fe desertada.
La rotura de los monumentos revela profanaciones
sucesivas a fuerza de armas, obra de invasores arribados en tumultuosa
caballería, y la despoblación recuenta la visita de las
epidemias errabundas, criadas en lejanas riberas inundadas, en el seno
de los pantanos cálidos.
Aves engrifadas, de hábitos sanguinarios,
cortejo de ejércitos, celebran el estrago, y describen en la
atmósfera letal, antes de caer sobre la presa, vuelos
arremolinados en forma de embudo. Columbran, tangente al horizonte, la
última cinta de la luz execrada, y su conjunto movedizo, encima
de los pórticos maltratados, desordena la noche estancada.
El Avenimiento De Sagitario
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
Cuento Desvariado
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
Vislumbre Del Día Aciago
El prado fenece en una arboleda. Los vegetales, de
un verde luctuoso, prosperan libremente al aire embebido, fiados al sol
mortecino. Un ave friolenta, de gorjeo tenue, sube en demanda de la
luz. Vuela y trina en medio de un débil esplendor blanco. Posa
alguna vez sobre el techo rojo de un edificio, mansión de dos
pisos, aislada y abandonada.
Lamenta la primavera transparente, cuando revolaba,
trazando orbes y rayas fugaces. Soporta diluvios y torbellinos,
meteoros de la estación maligna. Observa el reposo de las nubes
y de las sombras amontonadas. Recibe la sugestión de la tierra
letárgica y permanece inmóvil, sumada al panorama
desanimado.
Resiste las energías calamitosas, soltadas de
su cárcel nocturna, juntando los débiles alientos de
sí misma, acostumbrada a las oscilaciones de la naturaleza
inmortal; y guarda semejanza con el espectador de una escena
litúrgica, preliminar del retorno indefectible del
júbilo, comentada por el viento en su triste pífano.
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