Lista de Poemas

La Espía

LA ESPÍA


El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.

El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.

El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.

El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.

Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.


462

La Guerra

LA GUERRA


El hombre de inteligencia rudimentaria salió
a cazar lejos de su llanura inundada, al empezar el día de una
época primitiva.

Dirigió sus pasos a un desfiladero de origen
volcánico, donde habitaban dragones crispados y aves deformes y
perezosas.

Escogió, durante el trayecto, las piedras
más sólidas, para armar su honda.

Emitió gritos con el mayor aliento, usando
las manos a guisa de tornavoz.

Otro hombre apareció, vestido de una zamarra
y aparejado a la lucha. Vociferaba desde la cima de un monte. Su rostro
se perdía en el bosque del cabello y de la barba.

El combate duró, sin decidirse, un tiempo
indefinido. Hilos de sangre pintaban la cara y el pecho de los rivales.

Una mujer falseó cautelosamente el pie del
defensor y lo precipitó desde la altura. Se vengaba de una
sumisión abyecta.

El vencedor la toma bajo su autoridad e impone sobre
sus hombros la suma del botín. La dirige hacia la llanura por
una cuesta breve.

Se despreocupa de la espalda abrumada y de los pies
sangrientos de la cautiva.


431

El Ciego

EL CIEGO


El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.

Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.

El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.

Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.

Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.

Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible

La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.

Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.


670

El Presidiario

EL PRESIDIARIO


La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.

Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.

No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.

Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.

Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.

Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.

Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.

El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.


556

El Remordimiento

EL REMORDIMIENTO


El gentil hombre pinta a la acuarela una imagen de
la mujer entrevista. La vio en el secreto de su parque, aderezada para
salir a caza, en medio de una cuadrilla de monteros armados de venablos.

El gentil hombre imprime la visión fugaz,
marca la figura delgada y transparente.

Los caballos salieron a galope, ajando la hierba de
la pradera lustrada por la lluvia. El gentil hombre se incorporó
a la cabalgata, de donde toma la escena para el arte de su
afición.

Recuerda las peripecias y los casos de la partida y,
sobre todo, la muerte de su rival, precipitando dentro de un foso
inédito en el curso de la carrera.

El gentil hombre fue inhábil para salvar la
vida del jinete y llega hasta considerarse culpable. Abandona el pincel
y se cubre con las manos el rostro demudado por las sugestiones de una
mente sombría.


449

La Verdad

LA VERDAD


La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.

Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.

La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.

Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.

Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.


438

El Convite

EL CONVITE


Thais era una cortesana de la antigüedad. Su
nombre constaba en la obra perdida de Menandro. El tiempo respetaba su
juventud y yo no he encontrado en los residuos de la era clásica
ninguna señal de su muerte.

He leído una hazaña de su perfidia en
un documento reconstituido. Si yo no revelara a los hombres ese
episodio, faltaría a los consejos de la moral de Plutarco.

Thais atrajo sus amantes a una celada,
después de reconciliarlos mutuamente. Se acomodaron en unas
curules de marfil, dignas de un senado de reyes. La mujer los
dejó maravillados y suspensos con la bizarría de su
imaginación y les ciñó una corona de adormideras,
mientras arrojaba al fuego un laurel seco. Ese laurel había
bastado para defender la vida de un héroe en la empresa de
visitar los infiernos.

Los invitados quedaron embelesados y perdidos en la
incertidumbre.

Thais había abolido su entendimiento y les
había inspirado la ilusión de estar siempre en medio de
los preludios del alba. Oían a veces un himno desvanecido en la
bruma cándida. Lo entonaban unas jóvenes coronadas de
jacintos.

Las arpías y las quimeras tejían un
vuelo circular y bajaban a colgarse de los brazos de un árbol
insociable.


516

El Desesperado

EL DESESPERADO


Yo regaba de lágrimas la almohada en el
secreto de la noche. Distinguía los rumores perdidos en la
oscuridad firme.

Había caído, un mes antes, herido de
muerte en un lance comprometido.

La mujer idolatrada rehusaba aliviar, con su
presencia, los dolores inhumanos.

Decidí levantarme del lecho, para concluir de
una vez la vida intolerable y me dirigí a la ventana de recios
balaustres, alzada vertiginosamente sobre un terreno fragoso.

Esperaba mirar, en la crisis de la agonía, el
destello de la mañana sobre la cúspide serena del monte.

Provoqué el rompimiento de las suturas al
esforzar el paso vacilante y desfallecí cuando sobrevino el
súbito raudal de sangre.

Volví en mi acuerdo por el efecto de la
diligencia de los criados.

He sentido el estupor y la felicidad de la muerte.
Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e
invitaba al canto los cisnes del alba.


441

Fragmento Apócrifo De Pausanias

FRAGMENTO APÓCRIFO DE PAUSANIAS


Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.

Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.

El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.

Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.

El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.

Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.

El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.

La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.


520

Mito

MITO


El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.

El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.

Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.

El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.

El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.

Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.

El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.

El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.


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Identificación y contexto básico

José Antonio Ramos Sucre fue un poeta venezolano. Nació el 30 de junio de 1890 y falleció el 18 de abril de 1930. Fue conocido por su poesía lírica y reflexiva.

Infancia y formación

La infancia de Ramos Sucre transcurrió en Cumaná, donde recibió su educación primaria. Posteriormente, se trasladó a Caracas para continuar sus estudios universitarios en la Universidad Central de Venezuela, donde se graduó de abogado. Durante su formación, mostró un gran interés por la literatura y la filosofía, leyendo vorazmente a autores clásicos y contemporáneos.

Trayectoria literaria

La carrera literaria de Ramos Sucre fue corta pero intensa. Comenzó a publicar sus primeros poemas en revistas literarias de Caracas a principios de la década de 1920. Su obra se caracteriza por una profunda introspección y una búsqueda constante de la perfección formal. A lo largo de su trayectoria, exploró temas como el tiempo, la muerte, la soledad y la fugacidad de la existencia.

Obra, estilo y características literarias

Su obra principal, "Tregua" (1920), es un poemario emblemático que explora la melancolía, la reflexión existencial y la desilusión ante la vida. Otro libro importante es "Soledades", publicado póstumamente. Su estilo es depurado, con un lenguaje preciso y evocador, lleno de metáforas y símbolos que remiten a un universo interior. Utiliza predominantemente el verso libre, pero con una musicalidad y un ritmo muy cuidados. El tono de su poesía es elegíaco y contemplativo, con una voz poética que transmite una profunda sensibilidad y una visión pesimista pero a la vez serena de la vida. Su poesía se asocia al modernismo tardío y a las primeras manifestaciones de la vanguardia en Venezuela.

Contexto cultural e histórico

Ramos Sucre vivió en una época de efervescencia cultural en Venezuela y Latinoamérica, marcada por las transiciones del modernismo hacia las vanguardias. Su obra se nutrió de las inquietudes filosóficas y literarias de su tiempo, dialogando con corrientes como el simbolismo y el existencialismo incipiente.

Vida personal

José Antonio Ramos Sucre llevó una vida discreta y dedicada al estudio y la escritura. Su labor profesional como abogado y diplomático lo llevó a residir en diferentes lugares, pero su alma de poeta siempre lo acompañó. Las experiencias vitales, marcadas por la reflexión y una cierta melancolía, se reflejan en la profundidad de su obra.

Reconocimiento y recepción

Aunque su producción fue limitada, la obra de Ramos Sucre fue reconocida por su calidad lírica y su originalidad. Fue considerado uno de los poetas más importantes de su generación en Venezuela y su influencia se extendió a poetas posteriores. Su reconocimiento se consolidó tras su muerte.

Influencias y legado

Entre sus influencias se encuentran poetas como Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez. Su legado reside en su capacidad para crear una poesía íntima y universal a la vez, explorando las profundidades del alma humana con un lenguaje depurado y una gran maestría formal. Es una figura clave en la lírica venezolana del siglo XX.

Interpretación y análisis crítico

La obra de Ramos Sucre ha sido interpretada como un reflejo de la angustia existencial y la búsqueda de sentido en un mundo cambiante. Sus poemas invitan a la reflexión sobre la condición humana, la fugacidad del tiempo y la inevitabilidad de la muerte.

Infancia y formación

Se dice que Ramos Sucre era un lector voraz y un hombre de hábitos metódicos en su escritura. Su carácter reservado contrastaba con la intensidad lírica de su poesía.

Muerte y memoria

José Antonio Ramos Sucre falleció prematuramente a causa de una enfermedad. Su muerte fue lamentada por el mundo literario, que vio desaparecer a una de sus voces más prometedoras. Sus obras han sido reeditadas y estudiadas, manteniendo viva su memoria y su legado poético.