José Asunción Silva fue un poeta colombiano, figura central del modernismo literario en Hispanoamérica. Su obra, aunque escasa en volumen, es de una calidad excepcional, marcada por la melancolía, la musicalidad y una profunda introspección. Silva exploró temas como la muerte, el amor no correspondido, la fugacidad del tiempo y la búsqueda de la belleza ideal, utilizando un lenguaje innovador y rítmicamente sofisticado. Es considerado uno de los precursores de la poesía contemporánea en lengua española.
n. 1865-11-27, Bogotá·m. 1896-05-24, Bogotá
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Melancolía
De todo lo velado, tenue, lejana y misteriosa surge vaga melancolía que del ideal al cielo nos conduce.
He mirado reflejos de ese cielo en la brillante lumbre con que ahuyenta las sombras, la mirada de sus ojos azules.
Leve cadena de oro que una alma a otra alma con sus hilos une oculta simpatía, que en lo profundo de lo ignoto bulle,
y que en las realidades de la vida se pierde y se consume cual se pierde una gota de rocío sobre las yerbas que el sepulcro cubren.
José Asunción Silva (nombre completo: José Asunción Silva y Gómez) fue un poeta colombiano, nacido y fallecido en Bogotá. Es una de las figuras más importantes del Modernismo literario hispanoamericano y un pionero de la poesía contemporánea en español. Su vida y obra se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, un periodo de cambios y de consolidación de identidades nacionales en América Latina.
Infancia y formación
Silva nació en el seno de una familia acomodada de Bogotá. Su infancia estuvo marcada por una salud delicada y una temprana inclinación por la lectura. Recibió una educación formal limitada, pero fue un autodidacta voraz, devorando obras de la literatura universal. Las lecturas de poetas románticos y simbolistas franceses, así como de autores españoles, moldearon su sensibilidad estética y su visión del mundo.
Trayectoria literaria
La trayectoria literaria de Silva se inició de forma temprana, mostrando desde el principio una gran originalidad y un dominio del lenguaje. A pesar de su corta vida, dejó una obra poética de gran calidad e influencia. Su obra poética se caracteriza por la exploración de etapas marcadas por la melancolía, la búsqueda de la belleza ideal y una profunda introspección. Sus colaboraciones en revistas y periódicos de la época fueron fundamentales para la difusión de su obra y su influencia en otros escritores.
Obra, estilo y características literarias
La obra poética de Silva es célebre por su musicalidad, su tono elegíaco y la profundidad de sus temas. "Nocturno III" es quizás su poema más emblemático, una obra maestra de la melancolía y la expresión del dolor por la pérdida. Otros temas recurrentes son el amor no correspondido, la fugacidad del tiempo, la muerte y la búsqueda de la belleza y la perfección. Su estilo se distingue por el uso del verso libre, la experimentación métrica, la riqueza de imágenes y una cuidada selección léxica, a menudo teñida de vocablos exóticos y de una gran plasticidad sensorial. Se le asocia con el Simbolismo y el Parnasianismo, pero trasciende estas etiquetas por su originalidad y su profunda subjetividad. Introdujo una renovación formal y temática que influyó notablemente en la poesía posterior.
Contexto cultural e histórico
Silva vivió en una época de efervescencia cultural y política en Colombia y América Latina. Fue contemporáneo de importantes movimientos literarios y dialogó con las corrientes estéticas de su tiempo, especialmente con el Modernismo. Su obra refleja las tensiones y las aspiraciones de una sociedad en transición, así como su propia posición crítica frente a las convenciones sociales.
Vida personal
La vida personal de Silva estuvo marcada por la enfermedad, las dificultades económicas y una profunda tristeza, elementos que se reflejan en su obra. Sus relaciones afectivas, a menudo marcadas por la idealización y la pérdida, fueron fuente de inspiración. Tuvo amistades literarias significativas y rivalidades que, si bien no eclipsaron su genio, formaron parte de su compleja personalidad.
Reconocimiento y recepción
Aunque en vida no gozó de un reconocimiento masivo y constante, la obra de Silva fue valorada por un círculo de entendidos y críticos, quienes intuyeron su genialidad y su importancia. Fue tras su muerte que su figura se agigantó, siendo reconocido póstumamente como uno de los grandes poetas del Modernismo y una influencia capital para la poesía latinoamericana.
Influencias y legado
Silva fue profundamente influenciado por poetas como Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire y los parnasianos franceses. A su vez, su obra ejerció una influencia decisiva en generaciones posteriores de poetas hispanoamericanos, quienes admiraron su maestría formal, su originalidad temática y su profunda sensibilidad. Su ingreso en el canon literario es indiscutible, y su legado perdura en la forma en que la poesía en español abordó la subjetividad y la experimentación.
Interpretación y análisis crítico
La obra de Silva ha sido objeto de múltiples interpretaciones, centradas en su melancolía existencial, su búsqueda de lo trascendente y su capacidad para plasmar la complejidad del alma humana. La relación entre su vida y su obra es un tema recurrente de análisis crítico.
Infancia y formación
Entre las curiosidades de su vida, destaca su faceta como comerciante, que lo obligó a viajar y a lidiar con asuntos mundanos que contrastaban con su sensibilidad poética. Sus manuscritos y correspondencia revelan un alma atormentada y un genio singular.
Muerte y memoria
José Asunción Silva murió por suicidio en 1896, a la edad de 29 años, en un contexto de profundas crisis personales y económicas. Su muerte prematura conmocionó al mundo literario y, paradójicamente, contribuyó a cimentar su leyenda y su memoria como uno de los poetas más talentosos y trágicos de Hispanoamérica.
Poemas
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Egalité
Juan Lanas, el mozo de esquina, es absolutamente igual al Emperador de la China: los dos son el mismo animal. Juan Lanas cubre su pelaje con nuestra manta nacional; el gran magnate lleva un traje de seda verde excepcional. Del uno cuidan cien dragones de porcelana y de cristal; Juan Lanas carga maldiciones y gruesos fardos por un real, pero si alguna mandarina siguiendo el instinto sexual al Emperador se avecina en el traje tradicional que tenía nuestra madre Eva en aquella tarde fatal en que se comieron la breva del árbol del Bien y del Mal, y si al mismo Juan una Juana se entrega por modo brutal y palpita la bestia humana en un solo espasmo sexual, Juan Lanas, el mozo de esquina, es absolutamente igual al Emperador de la China: los dos son el mismo animal.
871
Filosofías
De placeres carnales el abuso, de caricias y besos, goza, y ama con toda tu alma, iluso; agótate en excesos.
Y si de la avariosis te librara la sabia profilaxia, al llegar los cuarenta, irás sintiendo un principio de ataxia.
De la copa que guarda los olvidos bebe el néctar que agota: perderás el magín y los sentidos con la última gota.
Trabaja sin cesar, batalla, suda, vende vida por oro: conseguirás una dispepsia aguda mucho antes que un tesoro.
Y tendrás ¡oh placer! de la pesada digestión en el lance, ante la vista ansiosa y fatigada las cifras de un balance.
Al arte sacrifícate: ¡combina, pule, esculpe, extrema! ¡Lucha, y en la labor que te asesina, —lienzo, bronce o poema—
pon tu esencia, tus nervios, tu alma toda! ¡Terrible empresa vana! pues que tu obra no estará a la moda de pasado mañana.
No: sé creyente, fiel, toma otro giro y la razón prosterna a los pies del absurdo: ¡compra un giro contra la vida eterna!
Págalo con tus goces; la fe aviva; ora, metida, impetra; y al morir pensarás: ¿Y si allá arriba no me cubren la letra?
Mas si acaso el orgullo se resiste a tanta abdicación, si la fe ciega te parece triste, confía en la razón.
Desprecia los placeres y, severo, a la filosofía, loco por encontrar lo verdadero, consagra noche y día.
Compara religiones y sistemas de la Biblia a Stuart Mill, desde los escolásticos problemas hasta lo más sutil.
De Spencer y de Wundt, y consagrado a sondear ese abismo lograrás este hermoso resultado: no creer ni en ti mismo.
No pienses en la paz desconocida. ¡Mira! al fin, lo mejor en el tumulto inmenso de la vida es la faz interior.
Deja el estudio y los placeres; deja la estéril lucha vana, y, como Çakia-Muni lo aconseja húndete en el Nirvana.
Excita del vivir los desengaños y en soledad contigo como un yogui senil pasa los años mirándote el ombligo.
De la vida del siglo ponte aparte; del placer y el amigo, escoge para ti la mejor parte y métete contigo.
Y cuando llegues en postrera hora a la última morada, sentirás una angustia matadora de no haber hecho nada...
825
Enfermedades De La Niñez
A una boca vendida, a una infame boca, cuando sintió el impulso que en la vida a locuras supremas nos provoca, dio el primer beso, hambriento de ternura en los labios sin fuerza, sin frescura. No fue como Romeo al besar a Julieta; el cuerpo que estrechó cuando el deseo ardiente aguijoneó su carne inquieta, fue el cuerpo vil de vieja cortesana, Juana incansable de la tropa humana.
Y el éxtasis divino que soñó con delicia lo dejó melancólico y mohíno al terminar la lúbrica caricia. Del amor no sintió la intensa magia y consiguió... una buena blenorragia.
772
Cápsulas
El pobre Juan de Dios, tras de los éxtasis del amor de Aniceta, fue infeliz. Pasó tres meses de amarguras graves, y, tras lento sufrir, se curó con copaiba y con las cápsulas de Sándalo Midy.
Enamorado luego de la histérica Luisa, rubia sentimental, se enflaqueció, se fue poniendo tísico y al año y medio o más se curó con bromuro y con las cápsulas de éter de Clertán.
Luego, desencantado de la vida, filósofo sutil, a Leopardi leyó, y a Schopenhauer y en un rato de spleen, se curó para siempre con las cápsulas de plomo de un fusil.
775
Madrigal
Tu tez rosada y pura; tus formas gráciles de estatua de Tanagra; tu olor de lilas; el carmín de tu boca de labios tersos; las miradas ardientes de tus pupilas; el ritmo de tu paso; tu voz velada; tus cabellos que suelen, si los despeina tu mano blanca y fina, toda hoyuelada, cubrirte con un rico manto de reina; tu voz, tus ademanes, tú... no te asombre: todo eso está, ya a gritos, pidiendo un hombre.
1.098
El Mal Del Siglo
Doctor, un desaliento de la vida que en lo íntimo de mí se arraiga y nace, el mal del siglo... el mismo mal de Werther, de Rolla, de Manfredo y de Leopardi. Un cansancio de todo, un absoluto desprecio por lo humano... un incesante renegar de lo vil de la existencia digno de mi maestro Schopenhauer; un malestar profundo que se aumenta con todas las torturas del análisis...
868
La Respuesta De La Tierra
Era un poeta lírico, grandioso y sibilino que le hablaba a la tierra una tarde de invierno, frente a una posada y al volver de un camino: —¡Oh madre, oh tierra! —díjole—, en tu girar eterno nuestra existencia efímera tal parece que ignoras. Nosotros esperamos un cielo o un infierno, sufrimos o gozamos en nuestras breves horas, e indiferente y muda tú, madre sin entrañas, de acuerdo con los hombres no sufres y no lloras. ¿No sabes el secreto misterioso que entrañas? ¿Por qué las noches negras, las diáfanas auroras? Las sombras vagarosas y tenues de unas cañas que se reflejan lívidas en los estanques yertos, ¿no son como conciencias fantásticas y extrañas que les copian sus vidas en espejos inciertos? ¿Qué somos? ¿A do vamos? ¿Por qué hasta aquí vinimos? ¿Conocen los secretos del más allá los muertos? ¿Por qué la vida inútil y triste recibimos? ¿Hay un oasis húmedo después de estos desiertos? ¿Por qué nacemos, madre, dime, por qué morimos? ¿Por qué? —Mi angustia sacia y a mi ansiedad contesta. Yo, sacerdote tuyo, arrodillado y trémulo, en estas soledades aguardo la respuesta.
La tierra, como siempre, displicente y callada, al gran poeta lírico no le contestó nada.
1.072
Día De Difuntos
La luz vaga... opaco el día, la llovizna cae y moja con sus hilos penetrantes la ciudad desierta y fría. Por el aire tenebroso ignorada mano arroja un oscuro velo opaco de letal melancolía, y no hay nadie que, en lo íntimo, no se aquiete y se recoja al mirar las nieblas grises de la atmósfera sombría, y al oír en las alturas melancólicas y oscuras los acentos dejativos y tristísimos e inciertos con que suenan las campanas ¡las campanas plañideras que les hablan a los vivos de los muertos! ¡Y hay algo angustioso e incierto que mezcla a ese sonido su sonido, e inarmónico vibra en el concierto que alzan los bronces al tocar a muerto, por todos los que han sido! Es la voz de una campana que va marcando la hora, hoy lo mismo que mañana, rítmica, igual y sonora, una campana se queja, y la otra campana llora, ésa tiene voz de vieja, ésta de niña que ora. Las campanas más grandes, que dan un doble recio suenan con acento de místico desprecio, mas la campana que da la hora ríe, no llora. Tiene en su timbre seco sutiles ironías, su voz parece que habla de goces, de alegrías, de placeres, de citas, de fiestas y de bailes, de las preocupaciones que llenan nuestros días, es una voz del siglo entre un coro de frailes, y con sus notas se ríe, escéptica y burladora, de la campana que ruega de la campana que implora y de cuanto aquel coro conmemora, y es porque con su retintín ella midió el dolor humano y marcó del dolor el fin; por eso se ríe del grave esquilón que suena allá arriba con fúnebre són, por eso interrumpe los tristes conciertos con que el bronce santo llora por los muertos... ¡No la oigáis, oh bronces! ¡no la oigáis, campanas, que con la voz grave de ese clamoreo, rogáis por los seres que duermen ahora lejos de la vida, libres del deseo, lejos de las rudas batallas humanas! ¡Seguid en el aire vuestro bamboleo, no la oigáis, campanas! ¿Contra lo imposible qué puede el deseo? Allá arriba suena, rítmica y serena, esa voz de öro y sin que lo impidan sus graves hermanas que rezan en coro, la campana del reló suena, suena, suena ahora y dice que ella marcó con su vibración sonora de los olvidos la hora, que después de la velada, que pasó cada difunto, en una sala enlutada y con la familia junto en dolorosa actitud mientras la luz de los cirios alumbraba el ataúd y las coronas de lirios, que después de la tristura de los gritos de dolor, de las frases de amargura, del llanto desgarrador, marcó ella misma el momento en que con la languidez del luto huyó el pensamiento del muerto, y el sentimiento... seis meses más tarde o diez... Y hoy, día de muertos, ahora que flota, en las nieblas grises la melancolía, en que la llovizna cae, gota a gota, y con sus tristezas los nervios embota, y envuelve en un manto de la ciudad sombría, ella que ha medido la hora y el día en que a cada casa, lúgubre y vacía tras del luto breve volvió la alegría; ella que ha marcado la hora del baile en que al año justo, un vestido aéreo, estrena la niña, cuya madre duerme olvidada y sola, en el cementerio suena indiferente a la voz de fraile del esquilón grave y a su canto serio; ella que ha medido la hora precisa, en que a cada boca, que el dolor sellaba, como por encanto volvió la sonrisa, esa precursora de la carcajada, ella que ha marcado la hora en que el viudo habló de suicidio y pidió el arsénico cuando aun en la alcoba, recién perfumada, flotaba el aroma del ácido fénico y ha marcado luego la hora en que, mudo por las emociones con que el goce agobia, para que lo unieran con sagrado nudo, a la misma iglesia fue con otra novia; ¡ella no comprende nada del misterio de aquellas quejumbres que pueblan el aire, y lo ve en la vida todo jocoserio y sigue marcando con el mismo modo el mismo entusiasmo y el mismo desgaire la huida del tiempo que lo borra todo! Y eso es lo angustioso y lo incierto que flota en el sonido ésa es la nota irónica que vibra en el concierto que alzan los bronces al tocar a muerto. ¡Por todos los que han sido! ésa es la voz fina y sutil, de vibraciones de cristal, que con acento juvenil indiferente al bien y al mal, mide lo mismo la hora vil, que la sublime o la fatal y resuena en las alturas, melancólicas y oscuras sin tener en su tañido claro, rítmico y sonoro, los acentos dejativos y tristísimos e inciertos de aquel misterioso coro, con que ruegan las campanas, las campanas, ¡las campanas plañideras que les hablan a los vivos de los muertos!
1.116
Las Voces Silenciosas
LAS VOCES SILENCIOSAS
(De Lord Tennyson.)
¡Oh voces silenciosas de los muertos!
Cuando la hora muda
y vestida de fúnebres crespones,
desfilar haga ante mis turbios ojos
sus fantasmas inciertos,
sus pálidas visiones...
¡Oh voces silenciosas de los muertos!
En la hora que aterra
no me llaméis hacia el pasado oscuro,
donde el camino de la vida cruza
los valles de la tierra.
¡Oh voces silenciosas de los muertos!
Llamadme hacia la altura
donde el camino de los astros corta
la gélida negrura;
hacia la playa donde el alma arriba,
llamadme entonces, voces silenciosas,
¡hacia arriba!... ¡hacia arriba!...
783
Muertos
En los húmedos bosques, en otoño, al llegar de los fríos, cuando rojas, vuelan sobre los musgos y las ramas en torbellinos, las marchitas hojas, la niebla al extenderse en el vacío le da al paisaje mustio un tono incierto y el follaje do huyó la savia ardiente tiene un adiós para el verano muerto y un color opaco y triste como el recuerdo borroso de lo que fue y ya no existe.
En los antiguos cuartos hay armarios que en el rincón más íntimo y discreto, de pasadas locuras y pasiones guardan, con un aroma de secreto, viejas cartas de amor, ya desteñidas que obligan a evocar tiempos mejores, y ramilletes negros y marchitos, que son como cadáveres de flores y tienen un olor triste como el recuerdo borroso de lo que fue y ya no existe.
Y en las almas amantes cuando piensan en perdidos afectos y ternuras que de la soledad de ignotos días no vendrán a endulzar horas futuras, hay el hondo cansancio que en la lucha, acaba de matar a los heridos, vago como el color del bosque mustio como el olor de los perfumes idos, ¡y el cansancio aquél es triste como el recuerdo borroso de lo que fue y ya no existe!