Oda Iii Los Besos De Amor
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
Respuesta
Dichoso zagalejo,
por aquel verde valle
bajaron tus amores,
bajaron a buscarte.
Cogiendo flores iba,
y con la voz süave
que envidian los jilgueros
no cesa de llamarte.
Pues corre, no la aflijas.
¡Ay!, corre, no te tardes.
¡Ay!, corre, que te espera
debajo de aquel sauce.
A Las Zagalas
Decidme, zagalejas,
si visteis a mi amada
bajar con sus corderas
por esta verde falda.
Decidme si la visteis,
cuando al rayar del alba
la luz los valles dora,
salir de su cabaña.
¡Ay!, ¿dónde se me esconde?
Decídmelo, zagalas,
miradme cómo vengo
cansado de buscarla.
A Mis Lectores
No con mi blanda lira
serán en ayes tristes
lloradas las fortunas
de reyes infelices,
ni el grito del soldado
feroz en crudas lides,
o el trueno con que arroja
la bala el bronce horrible.
Yo tiemblo y me estremezco,
que el numen no permite
al labio temeroso
canciones tan sublimes.
Muchacho soy y quiero
decir más apacibles
querellas y gozarme
con danzas y convites.
En ellos coronado
de rosas y alhelíes,
entre risas y versos
menudeo los brindis.
En coros las muchachas
se juntan por oírme,
y al punto mis cantares
con nuevo ardor repiten.
Pues Baco y el de Venus
me dieron que felice
celebre en dulces himnos
sus glorias y festines.
Oda I De Mis Cantares
Tras una mariposa,
cual zagalejo simple,
corriendo por el valle
la senda a perder vine.
Cansado recosteme,
y un sueño tan felice
me vino que aun el labio
con gusto hoy lo repite.
Cual otros dos zagales
de belleza increíble
Baco y Amor se llegan
a mí con paso libre.
Amor un dulce tiro
del arco me despide,
y entrambas sienes Baco
de pámpanos me ciñe.
Besáronme en la boca
después, y así apacibles
con voz muy más suave
que el céfiro me dicen:
«Tú de las roncas armas
ni oirás el son terrible,
ni en mal seguro leño
bramar las crudas sirtes.
La paz y los amores
te harán, Batilo, insigne;
y de Cupido y Baco
serás el blando cisne».
Letrillas I A Unos Ojos
Tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
Letrillas Ii A Unos Lindos Ojos
Tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
A Ciparis, En El Día De Sus Años
Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,
merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.
Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.
Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.
¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.
Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.
Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.
De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.
Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
A Cisparis En El Gran Día De Sus Años
Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora.
Merced al verso aonio y al concepto
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro asunto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.
Suben al alto Olimpo los odores
de cinamomo panqueo
y anáraco fragante y otras flores;
mas cumple, oh dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
sonaba el cincio ardor, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.
Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.
¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
la garza generosa
desde el humilde suelo
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.
Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios esparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube obscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.
Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.
De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.
Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte? En el oriente
el sol desvista solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
La Flor Del Zurguén
Sueltas avecillas
que al amanecer
mil alegres salvas
canoras me hacéis:
si dulces trináis
por ver a mi bien,
callad, que ya sale
la flor del Zurguén.
¿Si cuál es pedís?
¿Si señas queréis?
Callad, parlerillas,
que yo os lo diré,
que impresa en mi pecho
la tengo muy bien,
así a mí me tenga
la flor del Zurguén.
su rostro, la gloria;
la nieve, su tez,
de alhelís sembrada;
su boca, la miel,
y el turgente seno,
de Amor el vergel,
donde con él juega
la flor del Zurguén.
Sobre él, la donosa
prendiera un joyel,
do heridas dos almas
yo mismo pinté;
Amor que las hiere
las une también,
en torno esta letra:
la flor del Zurguén.
Sin que yo la llame
me sale aquí a ver
cual suelta corcilla,
ya blando el desdén;
y cual fiel paloma
que a su pichón ve,
así a mi voz corre
la flor del Zurguén.
Conmigo a este valle
la saco a aprender,
de amor en el arte,
lición de querer;
y ya a todas pasa
en menos de un mes:
tanto ingenio tiene
la flor del Zurguén.
Cuidado, avecitas,
que a nadie contéis
los dulces secretos
que yo la enseñé;
ni vos, fuentecillas,
me lo murmuréis,
que esto y más merece
la flor del Zurguén.
Ni me envidiéis necias
el vivo placer
con que, ¡ay!, en sus labios
cien besos le dé,
y ella me dé fina
en pago otros cien,
así tierna os ame
la flor del Zurguén.