Lista de Poemas

Respuesta

Dichoso zagalejo,
por aquel verde valle
bajaron tus amores,
bajaron a buscarte.

Cogiendo flores iba,
y con la voz süave
que envidian los jilgueros
no cesa de llamarte.

Pues corre, no la aflijas.
¡Ay!, corre, no te tardes.
¡Ay!, corre, que te espera
debajo de aquel sauce.
500

Oda Ii El Amor Mariposa

Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas
huían de él medrosas
por mirarle con armas,

dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo,
como suya, extremada.

Tornose en mariposa,
los bracitos en alas
y los pies ternezuelos
en patitas doradas.

¡Oh! ¡qué bien que parece!
¡Oh! ¡qué suelto que vaga,
y ante el sol hace alarde
de su púrpura y nácar!

Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para,
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga.

Las zagalas, al verle,
por sus vuelos y gracia
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan.

Una a cogerle llega,
y él la burla y se escapa;
otra en pos va corriendo,
y otra simple le llama,

despertando el bullicio
de tan loca algazara
en sus pechos incautos
la ternura más grata.

Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas
súbito amor se muestra
y a todas las abrasa.

Mas las alas ligeras
en los hombros por gala
se guardó el fementido,
y así a todos alcanza.

También de mariposa
le quedó la inconstancia:
llega, hiere, y de un pecho
a herir otro se pasa.
632

Oda I De Mis Cantares

Tras una mariposa,
cual zagalejo simple,
corriendo por el valle
la senda a perder vine.
Cansado recosteme,
y un sueño tan felice
me vino que aun el labio
con gusto hoy
lo repite.
Cual otros dos zagales
de belleza increíble

Baco y Amor se llegan
a mí con paso libre.
Amor un dulce tiro
del arco me despide,
y entrambas sienes Baco
de pámpanos me ciñe.
Besáronme en la boca
después, y así apacibles
con voz muy más suave
que el céfiro me dicen:
«Tú de las roncas armas
ni oirás el son terrible,
ni en mal seguro leño
bramar las crudas sirtes.
La paz y los amores
te harán, Batilo, insigne;
y de Cupido y Baco
serás el blando cisne».
765

A Las Zagalas

Decidme, zagalejas,
si visteis a mi amada
bajar con sus corderas
por esta verde falda.

Decidme si la visteis,
cuando al rayar del alba
la luz los valles dora,
salir de su cabaña.

¡Ay!, ¿dónde se me esconde?
Decídmelo, zagalas,
miradme cómo vengo
cansado de buscarla.
554

A Mis Lectores

No con mi blanda lira
serán en ayes tristes
lloradas las fortunas
de reyes infelices,

ni el grito del soldado
feroz en crudas lides,
o el trueno con que arroja
la bala el bronce horrible.

Yo tiemblo y me estremezco,
que el numen no permite
al labio temeroso
canciones tan sublimes.

Muchacho soy y quiero
decir más apacibles
querellas y gozarme
con danzas y convites.

En ellos coronado
de rosas y alhelíes,
entre risas y versos
menudeo los brindis.

En coros las muchachas
se juntan por oírme,
y al punto mis cantares
con nuevo ardor repiten.

Pues Baco y el de Venus
me dieron que felice
celebre en dulces himnos
sus glorias y festines.
845

Letrillas I A Unos Ojos

Tus ojuelos, niña,
me matan de amor.


Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.


Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.


Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
629

A Ciparis, En El Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,

merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
551

Letrillas Ii A Unos Lindos Ojos

Tus lindos ojuelos
me matan de amor.


Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,

o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.


Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,

y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.


Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.

Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.


Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;

Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».


Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,

cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».


Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.

¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
556

A Cisparis En El Gran Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora.

Merced al verso aonio y al concepto
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro asunto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cinamomo panqueo
y anáraco fragante y otras flores;
mas cumple, oh dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
sonaba el cincio ardor, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
la garza generosa
desde el humilde suelo
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios esparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube obscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte? En el oriente
el sol desvista solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
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Graciosos Ojuelos

Graciosos ojuelos
de dulce mirar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.


Si en vos, ojos bellos,
el Amor está
tirando mil flechas
con acierto tal

que a mí todas vienen,
todas, a parar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.


Si el mísero pecho
se siente abrasar
en ciegos cuidados,
sin poder hallar

aun por breve alivio
una vez piedad,
dejadme sentir,
dejadme llorar.


Si aun soy castigado
por querer mirar
las niñas divinas
que causan mi mal,

ni basta a excusarme
mi fino adorar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.


Ay, lindos ojuelos,
si en tanto penar
me tenéis, usando
de injusta piedad

con aquel dichoso
que os ha de gozar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
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Identificación y contexto básico

Juan Antonio Meléndez Valdés fue un destacado poeta y jurista español, nacido en Ribera del Fresno (Badajoz). Es una figura clave de la Ilustración española y un poeta que transita entre el Neoclasicismo y el Prerromanticismo.

Infancia y formación

Nació en una familia hidalga y recibió una esmerada educación. Estudió Leyes en la Universidad de Salamanca, donde tuvo como maestro a Jovellanos, quien influyó notablemente en su formación intelectual y literaria. En Salamanca, entró en contacto con otros intelectuales de la época.

Trayectoria literaria

Su carrera literaria se inició en el ámbito universitario. Fue uno de los poetas más reconocidos de su tiempo, miembro de la Real Academia Española y protegido de figuras como Jovellanos y Campomanes. Su obra se desarrolló a lo largo de varias décadas, mostrando una evolución estilística.

Obra, estilo y características literarias

Su obra poética se divide en varias etapas. En sus inicios, predomina el estilo neoclásico, con odas y elegías de tono reflexivo y sereno, inspiradas en Horacio. Temas como la amistad, el amor platónico y la naturaleza son recurrentes. Más adelante, su poesía adquiere tintes prerrománticos, con una mayor expresión de la melancolía, la soledad y la angustia existencial. Sus principales obras incluyen "Epístolas familiarias", "Odas" y "Elegías". Su lenguaje es culto y cuidado, y su métrica se ajusta a las formas clásicas, aunque con una creciente libertad en su obra tardía.

Contexto cultural e histórico

Meléndez Valdés vivió durante el reinado de Carlos III y Carlos IV, un período de gran actividad intelectual en España, conocido como la Ilustración. Fue partícipe de los círculos ilustrados y de las reformas culturales impulsadas por el gobierno.

Vida personal

Además de su carrera literaria, tuvo una destacada trayectoria como jurista, llegando a ser fiscal de la Real Audiencia de México. Fue un hombre de ideas ilustradas, aunque su vida personal estuvo también marcada por la melancolía y la reflexión sobre la fugacidad de la vida.

Reconocimiento y recepción

Fue ampliamente reconocido en su época, obteniendo premios y honores. Su obra fue admirada por su equilibrio entre la tradición clásica y la sensibilidad moderna. Sin embargo, con el paso del tiempo, su figura fue eclipsada por otros poetas más representativos del Romanticismo pleno.

Influencias y legado

Su principal influencia fue el poeta latino Horacio, de quien adoptó el tono reflexivo y la forma de la oda. A su vez, influyó en poetas posteriores que buscaban un equilibrio entre la razón y el sentimiento, sentando las bases para una poesía más intimista y moderna.

Interpretación y análisis crítico

La crítica ha destacado su papel como puente entre el Neoclasicismo y el Romanticismo, su habilidad para combinar la contención formal con la expresión de sentimientos profundos y su defensa de las ideas ilustradas.

Infancia y formación

Era conocido por su carácter reflexivo y a veces taciturno. Su dedicación al estudio y a la escritura de poesía lo convirtió en una figura respetada pero algo apartada de la vida social más bulliciosa.

Muerte y memoria

Falleció en Madrid. Su obra se considera un eslabón fundamental en la evolución de la poesía española hacia la modernidad.