Hay Que Buscarlo
En la eropsiquis plena de húespedes entonces meandros de espera
ausencia
enlunadados muslos de estival epicentro
tumultos extradérmicos
excoriaciones fiebre de noche que burmúa
y aola aola aola
al abrirse las venas
con un pezlampo inmerso en la nuca del sueño hay que buscarlo
al poema
Hay que buscarlo dentro de los plesorbos de ocio
desnudo
desquejido
sin raíces de amnesia
en los lunihemisferios de reflujos de coágulos de espuma de
medusas de arena de los senos o tal vez en andenes con aliento a zorrino
y a rumiante distancia de santas madres vacas
hincadas
sin aureola
ante charcos de lágrimas que cantan
con un pezvelo en trance debajo de la lengua hay que buscarlo
al poema
Hay que buscarlo ignífero superimpuro leso
lúcido beodo
inobvio
entre epitelios de alba o resacas insomnes de soledad en creciente
antes que se dilate la pupila del cero
mientras lo endoinefable encandece los labios de subvoces que brotan
del intrafondo eufónico
con un pezgrifo arco iris en la mínima plaza de la frente hay
que buscarlo
al poema
Islas Sólo De Sangre
Serán videntes demasiado nadie
colindantes opacos
orígenes del tedio al ritmo gota
topes digo que ingieren el desgano con distinta apariencia
Son borra viva cato descompases tirito de la sangre
Un poco nubecosa entre sienes de ensayo
y algo mucho por cierto indiscernible esqueleteando el aire
dados ay en derrumbe hacia el final desvío de ya herbosos durmientes
paralelos
son estertores malacordes óleos espejismos terrenos
milagro intuyo vermes
casi llanto que rema
de la sangre
Sus remordidas grietas
laxas fibras orates en desparpada fiebre musito por mi doble
son pedales sin olas
huecos intransitivos entre burbujas madres
grifosones infiero aunque me duela
islas sólo de sangre
Aridandantemente
Sigo
solo me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
aridandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro
Canes Más Que Finales
Sombracanes
pregárgolas sangrías
canes pluslagrimales
entre bastardos roces contelúricos de muy ausentes márgenes
Ascuacanes ninfómanos pregono
con ululado ahinco
que malciernen inhímenes posueños de podrelengua amante
Canes viables apenas dilucido tras la yerta penumbra acribillada por
sus arpones rabos al rojo interrogante
cuando el gris hondo enhiedra sus muy amustios huéspedes en
subpisos estrábicos
Intradérmicos canes posesivos de malceñidas células vigías
canes íncubos menos del total despellejo
entre finales canes inhalados rubrico
por la Nada
La Mezcla
No sólo
el fofo fondo
los ebrios lechos légamos telúricos entre fanales senos
y sus líquenes
no sólo el solicroo
las prefugas
lo impar ido
el ahonde
el tacto incauto solo
los acordes abismos de los órganos sacros del orgasmo
el gusto al riesgo en brote
al rito negro al alba con su esperezo lleno de gorriones
ni tampoco el regosto
los suspiritos sólo
ni el fortuito dial sino
o los autosondeos en pleno plexo trópico
ni las exellas menos ni el endédalo
sino la viva mezcla
la total mezcla plena
la pura impura mezcla que me merme los machimbres el almamasa tensa
las tercas hembras tuercas
la mezcla
sí
la mezcla con que adherí mis puentes
Noche Tótem
Son los trasfondos otros de la in extremis médium
que es la noche al entreabrir los huesos
las mitoformas otras
aliardidas presencias semimorfas
sotopausas sosoplos
de la enllagada líbido posesa
que es la noche sin vendas
son las grislumbres otras tras esmeriles párpados videntes
los atónitos yesos de lo inmóvil ante el refluido herido
interrogante
que es la noche ya lívida
son las cribadas voces
las suburbanas sangres de la ausencia de remansos omóplatos
las agrinsomnes dragas hambrientas del ahora con su limo de nada
los idos pasos otros de la incorpórea ubicua también
otra escarbando lo incierto
que puede ser la muerte con su demente célibe muleta
y es la noche
y deserta
El 31 De Febrero, A Las Nueve Y Cuarto De La Noche
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El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los
habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.
Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo
general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras
circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se
derramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja.
Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían,
con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una
lata de sardinas —por ejemplo— para recordar el forro de los
féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir
su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una
enorme consternación, se comprobó que el revoque de las
fachadas poseía un color y una composición
idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba
imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que
se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse
entre las sábanas, sin estudiar el modelado que
adquirirían los repliegues de su mortaja.
El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono y
entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el
órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera
fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre
la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada
instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se
encaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latido
de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus
propias entrañas.
La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo
que cada cual se refugiara —según su idiosincrasia— ya sea en el
misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas,
las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en
los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la
calle... Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud
abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un
limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para
siempre, esa llama rada de piedad y de vicio.
Los excesos del libertinaje y de la devoción habían
durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los
cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada
día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos
eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles
más íntimos de su configuración, pues no
sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que
la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida,
como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir
a tomar sol. Las mujeres más elegantes —por lo demás—
implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no
contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se
ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio
túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de
siemprevivas.
Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas
populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos,
contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como
si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían
bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de
danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la
voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no
solo los tópicos más experimentados adquirían,
entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio
sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera
ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de
cadáver!”
Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso,
¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera
epidemia de suicidios?
En tal sentido, por lo menos, la población demostró una
inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las
especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por
mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades
de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al
suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”.
Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La
emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un
suicidio inédito, original. Una familia perfecta —una familia
mejor organizada que un baúl “Innovación”— ordenó
que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con
toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos
suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto,
desde el veinteavo piso de uno de los edificios más
céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de
transformar en ataúd la carrocería de su
automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta
kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se
descerrajó cuatro tiros en la cabeza.
El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como
para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y
exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de
estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de
“gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las
precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido
amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en
un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que
requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las
posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas
invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste
se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de
sus dueños —ya putrefactos— los papagayos sucumbían con
el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de
malas palabras.
Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban
sobre la ciudad —oscureciéndola en pleno día— se
desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos.
Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor
científico implacable se evidenció desde el primer
momento.
Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio,
los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes,
arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos,
globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo
demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el
record mundial de defunciones, la población se había
reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes.
Fue entonces —y sólo después de haber alcanzado esta
evidencia— cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y
cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la
redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma
de la certidumbre de la muerte.
Tropos
Toco
toco poros
amarras
calas toco
teclas de nervios
muelles
tejidos que me tocan
cicatrices
cenizas
trópicos vientres toco
solos solos
resacas
estertores
toco y mastoco
y nada
Prefiguras de ausencia
inconsistentes tropos
qué tú
qué qué
qué quenas
qué hondonadas
qué máscaras
qué soledades huecas
qué sí qué no
qué sino que me destempla el toque
qué reflejos
qué fondos
qué materiales brujos
qué llaves
qué ingredientes nocturnos
qué fallebas heladas que no abren
qué nada toco
en todo
Se Podrá Discutir Mi Erudición Ornitológica
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Se podrá discutir mi erudición ornitológica y la
eficacia de mis aperturas de ajedrez. Nunca faltará algún
zopenco que niegue la exactitud astronómica de mis
horóscopos ¡pero eso sí! a nadie se le
ocurrirá dudar, ni un solo instante, de mi perfecta, de mi
absoluta solidaridad.
¿Una colonia de microbios se aloja en los pulmones de una
señorita? Solidario de los microbios, de los pulmones y de la
señorita. ¿A un estudiante se le ocurre esperar el
tranvía adentro del ropero de una mujer casada? Solidario del
ropero, de la mujer casada, del tranvía, del estudiante y de la
espera.
A todas horas de la noche, en las fiestas patrias, en el aniversario
del descubrimiento de América, dispuesto a solidarizarme con lo
que sea, víctima de mi solidaridad.
Inútil, completamente inútil, que me resista. La
solidaridad ya es un reflejo en mí, algo tan inconsciente como
la dilatación de las pupilas. Si durante un centésimo de
segundo consigo desolidarizarme de mi solidaridad, en el
centésimo de segundo que lo sucede, sufro un verdadero
vértigo de solidaridad.
Solidario de las olas sin velas... sin esperanza. Solidario del
naufragio de las señoras ballenatos, de los tiburones vestidos
de frac, que les devoran el vientre y la cartera. Solidario de las
carteras, de los ballenatos y de los fraques.
Solidario de los sirvientes y de las ratas que circulan en el subsuelo,
junto con los abortos y las flores marchitas.
Solidario de los automóviles, de los cadáveres
descompuestos, de las comunicaciones telefónicas que se cortan
al mismo tiempo que los collares de perlas y las sogas de los andamies.
Solidario de los esqueletos que crecen casi tanto como los expedientes;
de los estómagos que ingieren toneladas de sardinas y de
bicarbonato, mientras se van llenando los depósitos de agua y de
objetos perdidos.
Solidario de los carteros, de las amas de cría, de los
coroneles, de los pedicuros, de los contrabandistas.
Solidario por predestinación y por oficio. Solidario por
atavismo, por convencionalismo. Solidario a perpetuidad. Solidario de
los insolidarios y solidario de mi propia solidaridad.
Las Mujeres Vampiro Son Menos Peligrosas Que Las Mujeres Con Un Sexo Prehensil
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Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con un sexo
prehensil.
Desde hace siglos, se conocen diversos medios para protegernos contra
las primeras.
Se sabe, por ejemplo, que una fricción de trementina
después del baño, logra en la mayoría de los
casos, inmunizarnos; pues lo único que les gusta a las mujeres
vampiro es el sabor marítimo de nuestra sangre, esa
reminiscencia que perdura en nosotros, de la época en que fuimos
tiburón o cangrejo.
La imposibilidad en que se encuentran de hundirnos su lanceta en
silencio, disminuye, por otra parte, los riesgos de un ataque
imprevisto. Basta con que al oírlas nos hagamos los muertos para
que después de olfatearnos y comprobar nuestra inmovilidad,
revoloteen un instante y nos dejen tranquilos.
Contra las mujeres de sexo prehensil, en cambio, casi todas las formas
defensivas resultan ineficaces. Sin duda, los calzoncillos erizables y
algunos otros preventivos, pueden ofrecer sus ventajas; pero la
violencia de honda con que nos arrojan su sexo, rara vez nos da tiempo
de utilizarlos, ya que antes de advertir su presencia, nos desbarrancan
en una montaña rusa de espasmos interminables, y no tenemos
más remedio que resignarnos a una inmovilidad de meses, si
pretendemos recuperar los kilos que hemos perdido en un instante.
Entre las creaciones que inventa el sexualismo, las mencionadas, sin
embargo, son las menos temibles. Mucho más peligrosas, sin
discusión alguna, resultan las mujeres eléctricas, y
esto, por un simple motivo: las mujeres eléctricas operan a
distancia.
Insensiblemente, a través del tiempo y del espacio, nos van
cargando como un acumulador, hasta que de pronto entramos en un
contacto tan íntimo con ellas, que nos hospedan sus mismas
ondulaciones y sus mismos parásitos.
Es inútil que nos aislemos como un anacoreta o como un piano.
Los pantalones de amianto y los pararrayos testiculares son iguales a
cero. Nuestra carne adquiere, poco a poco, propiedades de imán.
Las tachuelas, los alfileres, los culos de botella que perforan nuestra
epidermis, nos emparentan con esos fetiches africanos acribillados de
hierros enmohecidos. Progresivamente, las descargas que ponen a prueba
nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan desde el
occipucio hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos
escapan de los poros centenares de chispas que nos obligan a vivir en
pelotas. Hasta que el día menos pensado, la mujer que nos
electriza intensifica tanto sus descargas sexuales, que termina por
electrocutarnos en un espasmo, lleno de interrupciones y de
cortocircuitos.