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Poemas en este tema

Emociones y Sentimientos

Ramón Díaz Eterovic

Ramón Díaz Eterovic

Correr tras el viento

En el humo de los cigarrillos de tabaco negro que fumaba por las noches, Changa intuía que el peor enemigo del pasado son lo recuerdos. Y por eso, o porque el amor es el único sentimiento que permite observar la vida, volvía una y otra vez a la tarde en que se descubrió a solas con Rendic en aquella casa donde se imponía un olor a flores secas y humedad, Las pupilas se habían marchado diciendo que era preciso orear las habitaciones y espantar el fantasma de la finada. Una orden que Changa se dispuso a cumplir antes que la nostalgia o la necesidad la obligara a regresar a la casa donde las mañanas eran lentas y las noches largas y bulliciosas.
Al iniciar el trabajo, vio salir a Rendic del cuarto que había sido de Martina y sintió un miedo similar al de aquella noche que ninguno de los dos olvidaba y que a veces, cuando el aguardiente hacía su juego de caracolas y ensueños, recordaban como un secreto que de tarde en tarde era necesario airear para contar con un motivo para seguir viviendo.
Rendic maldijo a las mujeres que habían abandonado la casa y ordenó a Changa dejar tranquilas las ventanas, porque desde ese instante, o más bien desde la muerte de Martina, todo lo que ocurriera en la casona rosada dependía de su voluntad. Envuelto en el silencio que lo caracterizaba Changa se ocupó de trozar leña, vaciar cantoras y lavar las sábanas impegnadas del semen urgente de los últimos visitantes. A la medianoche, mientras barajaba un sucio mazo de naipes españoles, escuchó los gritos que desde la calle daba un cliente y observó a Rendic abrir una ventana y exclamar a voz en cuello la verdad entristecida de esa hora. Lo oscuridad devolvió las protestas del extraño y Rendic, sin ánimo de iniciar una reyerta, retornó a la pieza de Martina para seguir hurgando en la cómoda que contenía sus corpiños, pañuelos y medias de antaño. Las telas rojas del deseo, las negras del olvido, las amarillas de la suerte. Lo vio tomar las prendas, apreciar sus perfumes, las huellas de antiguas fiestas y supo que en ese ejercicio fetichista reconstruía la historia que los unía.
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Pepín Bello

Pepín Bello

Conversaciones con José Pepín Bello

Recuerdo que un día en mi cuarto de la Residencia de Estudiantes Federico [García Lorca] nos leyó, a Juan Ramón Jiménez y a mí, Mariana Pineda. Escena impresionante. Juan Ramón, con los ojos cerrados, lo escuchaba atentamente y mostraba una gran concentración. Cuando acabó de leerla, y tras percatarse de que a los dos nos había complacido, Federico le dijo a Juan Ramón: «Bueno, a ver cuando me la estrena». Juan Ramón Jiménez, sorprendido, le contestó: «¡No, no, eso nunca! Estrenar no!». Él consideraba que era una impureza para ganar dinero. Ya estaba bien con escribir una obra, pero estrenarla no, eso nunca. Que hubiera dinero de por medio de ninguna manera, era inconcebible.
¿El teatro representado no entraba en sus planes?
Tenía un concepto de la dramaturgia un poco extraño. Juan Ramón tenía una salud quebradiza y nunca trabajó. Era un hombre dificilísimo. De una pureza exacerbada, casi un místico. ¡Era intratable! Había que tener cuidado con él. Podías meter sin querer la pata enseguida. Había reñido hace tiempo con la Residencia de Estudiantes. También con muchos de los poetas. Estaba reñido con gente tan encantadora como Dámaso Alonso y Jorge Guillén. A pesar de eso, JR estaba muy informado de lo que hacían las nuevas juventudes de artistas. Dalí y Buñuel le enviaron una carta muy hiriente atacando con firmeza el Platero y yo, diciéndole que era el burro menos burro que habían conocido y acusándolo, eso sí, de «putrefacto».
¿Cómo reaccionó Juan Ramón?
Juan Ramón se enfadó muchísimo. Y les contestó despachándose a su gusto llamándoles maricas. Juan Ramón pretendía vivir del aire. El dinero lo ganaba su esposa, Zenobia Camprubí, alquilando pisos. Ella, que era una mujer muy inteligente, descubrió, hace unos ochenta años, el negocio de los pisos. Los decoraba, los amueblaba y los alquilaba por temporadas de un año a diplomáticos y a científicos. Juan Ramón, gracias a ella, podía dedicarse completamente a escribir poesías.
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Angela Figuera Aymerich

Angela Figuera Aymerich

Bombardeo

Noches de sueño incierto, triturado
por la tremenda sinfonía
del frente en erupción y los caballos
del miedo galopando en explosivos.

Y la sangre con hambre que se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.

Y la desnuda soledad del cuerpo,
desorientado, desgajado en vivo
del cuerpo del amante.

Aquellas noches del pavor sin luces,
apelmazadas de odios y de ruinas,
yo te esperaba. Me llegaste a veces.
Del último bisel de la tragedia,
del borde mismo de la hirviente sima
venías hasta mí. Me contemplabas
con unos ojos llenos de agua sucia
donde asomaban rostros de cadáveres.
Ojos que procuraban ser risueños
y mansos al pasar por mi figura
y acariciar con luces de esperanza
la curva de mi vientre.

¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisa,
con qué vibrar de nervios y raíces
nos quisimos entonces!

Yacíamos unidos, sin lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de nuestros corazones. Escuchando
de vez en vez el tímido latido
del otro corazón encarcelado
que ya, para nosotros, gorjeaba.
Yo sonreía señalando el sitio
en que un talón menudo percutía
mis íntimas paredes en un ansia
gozosa de correr por los senderos
apenas presentidos.

Y, en medio del olvido refrescante,
en lo mejor del conseguido sueño,
surgía denso, alucinante, bronco,
el bélico zumbar de la escuadrilla.
Bramando, sacudiendo, despeñándose,
atropellándose los ecos
iban las explosiones avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin, la muerte en torrentera,
en avalancha loca, trascurría
sobre nuestras cabezas sin refugio.

Entonces tú, imperioso, dominante,
con un impulso elemental de macho
que guarda la nidada, con un gesto
ardiente y violento como el acto
de la amorosa posesión, cubrías
mi cuerpo con tu cuerpo enteramente,
haciendo de tus largos huesos duros,
de tu apretada carne exacerbada,
un ilusorio escudo indestructible
para el hijo y la madre.

Así, unidas las bocas, trasvasándonos
el tembloroso aliento, diluidos
en éxtasis de espanto y de delicia,
las almas contraídas, esperábamos...

No. Nunca nos quisimos como entonces.
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Miguel Hernández

Miguel Hernández

Hijo de la sombra, de Hijo de la luz y de la sombra

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las montañas y los atardeceres.

Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.

El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.

Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.

El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
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Efraín Huerta

Efraín Huerta

Declaración de amor

Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.

Soy el llanto invisible
de millares de hombres.

Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.

Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?
Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.

Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.

Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.

Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!
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